Xiii el sentido místico de la vocacióN



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XIII

EL SENTIDO MÍSTICO DE LA VOCACIÓN

No pudimos comprender del todo la Vocación cuando la señalábamos con un solo punto, su punto Ideal, ¿no es así? Porque reducirla a un ideal supondría comprender la vida como ideal.


Tampoco pudimos comprender la vocación cuando la señalábamos con un punto de referencia material, queriéndolo reducir al ejercicio de un rol, un trabajo, una profesión, o sea reducirla a una función social -tengo vocación para esto o para lo otro-; eso supondría comprender la vida como esfuerzo (y mucha gente comprende la vida como esfuerzo solamente).
Hace falta un tercer punto, que es el aspecto místico de la Vocación.

De modo que la Vocación sólo se dibuja como figura o función cuando la señalamos con tres puntos o tres coordenadas:


su dimensión vertical, que llama a la unión con lo trascendente;

su dimensión horizontal, que llama a la unión con la humanidad;

y su dimensión íntima, que llama a realizar estos valores en el propio corazón del hombre.

1. La vocación como valor de síntesis
Llega a un momento en que el ser humano se da cuenta de que no puede ubicar el sentido de su existencia en un punto Ideal -en aquel instante Inspirativo de que hablábamos en clases anteriores, de expansión del alma en la conciencia cósmica-, porque, pese a su grandeza, dicho momento inspirativo es fugaz. Y aún aquellos que transforman su vida entera en un ideal, en un idealismo, se dan cuenta, a la larga, de que dicho idealismo no llega a colmar las aspiraciones totales del hombre.
Y tampoco se puede determinar el sentido de la vida por el sólo esfuerzo de la Voluntad, por más noble que sea dicho esfuerzo -lo vemos en la leyenda de Vishnú-: porque cuando el esfuerzo se hace unilateral, en una sola dirección, lleva a “cristalizar” la vida en un rol de utilidad social pero que puede carecer de sentido existencial. Y muchísima gente se da cuenta -hoy más que nunca- de que después de haber realizado una vida entera de esfuerzos y sacrificios, aún estando en la cumbre del éxito, se preguntan: ¿y todo esto para qué?
En otras palabras, uno puede llegar a darse cuenta de que Ideal y Esfuerzo, Conciencia y Voluntad, se constituyen a menudo en movimientos independientes cuando no contrarios y opuestos a la vida, generadores de frustración y muerte.
En ese instante se comprende el valor de síntesis de la Vocación.

El alma comprende entonces, que para realizar la unión con aquello “que debe ser”, para que Conciencia y Voluntad dejen de oponerse entre sí y sean una única expresión de vida, el alma misma debe ponerse en el juego de las fuerzas universales de la Vida: es el momento místico de la Vocación, el instante en que se realiza la unidad del ser.



2. La vocación como camino de Vida
El alma comprende que para realizar “Aquello que debe ser” no es suficiente el camino del Ideal (de una verdad abstracta, o de una belleza ideal al margen del mundo y de la vida, o de un Océano de Conciencia Cósmica que estuviera “más allá” de mi propia vida). Ni es suficiente el camino del Esfuerzo Material (de una voluntad que se afirma en el mundo negando la ciencia del Ser). Sino que es necesario que la verdad ideal encarne en la propia vida.
Ante este umbral, el hombre comprende que todas las especulaciones de la mente son vanas; que las pretensiones de autosuficiencia de la volunta son vanas; y que aún las aspiraciones más nobles del corazón son vanas, si la verdad Ideal que descubrió un día en su momento de Inspiración no se hace camino de Vida en su propia alma.

3. El Camino vocacional
Cuando se da cuenta de todo esto y decide responder poniéndose a sí mismo como respuesta al Llamado, la Vocación por su sola fuerza “abre” el Camino...
Es decir, el Camino no es una “puerta exterior” a la que debo golpear. El Camino se “descubre” -es decir, queda al descubierto- en el instante del Compromiso. Cuando estoy dispuesto a responder a la verdad el Camino se hace patente, se muestra ante mis ojos. El Camino siempre se da desde adentro, no desde afuera.
Entonces uno empieza a comprender lo que es el Camino y se desvanecen todas las ilusiones que se había formado acerca de esas cosas.

Cuando se quiere la verdad aparece el Camino. Lo que vela el Camino son los “encubrimientos” de la verdad para consigo mismo; cuando uno se está engañando a sí mismo el Camino no aparece.


Pero entonces ¿qué es el Camino?
El Camino se da en un encuentro entre las almas... El Camino se da en un encuentro significativo con otra alma. O sea, que la “puerta” que da acceso al Camino es el alma humana: de ahí la importancia que tiene el encuentro con otra alma.

Pero de todo esto se ha hecho un romance espiritual y cada un interpreta estos encuentros a su manera...


Algunos -sobre todo quienes están influenciados por la literatura orientalista- esperan encontrar un “Maestro” de sabiduría, un“Gurú”, ¿o es así?

Otros esperan encontrar el “alma gemela”...



Pero todas estas cosas pueden ser muy ilusorias. ¡En realidad no es posible encontrar el camino de las almas si uno no puede reconocerse a sí mismo como alma! ¿Y qué quiere decir reconocerse como alma? Quiere decir, precisamente, quitarse los velos de “encubrimiento”, desenmascararse a sí mismo, estar dispuesto a escuchar la Voz de la verdad..., estar dispuesto a encontrarse con la Verdad que se manifiesta dentro de sí mismo en el momento oportuno.

4. El instante místico de la vocación
Sólo se puede escuchar cuando hay silencio de sí mismo, cuando se ha aprendido a callar.
Cuando el hombre deja de afirmarse a sí mismo como un valor positivo e independiente, cuando deja de creer que todo lo sabe y todo lo puede, en ese instante de verdadera humildad, hay una expansión inefable que hace posible su reconocimiento como alma: es el instante místico de la vocación; no el instante fáustico de la volunta de poderío sino el instante místico de la ofrenda de sí mismo.
Entonces se comprende que el camino de la Unión, el camino de la unidad del ser, comienza dentro de sí mismo, pero no como un subjetivismo intelectual -al que se le reduce con frecuencia- sino como una ofrenda de los valores personales.
En otras palabras, el camino de la unión no nace como un valor ideal sino que nace como un valor vital; no como un valor de la mente o de la sensibilidad estética, sino como un valor del alma, como un valor del corazón, porque sólo el corazón es capaz de ofrenda y de renuncia: por eso hablamos de una mística del corazón, que es una mística de la Vida.
La mística de nuestro tiempo no es una mística intelectual, una mística social o una mística política -si es que con la palabra mística se pueden significar todas esas cosas-, sino que es una mística de la Vida. Y una mística de la vida sólo puede nacer en el alma humana, en el corazón del hombre.

5. El futuro del corazón humano
Hemos perdido el sentido de la ofrenda, el sentido de la renuncia, porque hemos perdido el sentido del Amor. Nuestro corazón egoísta no está aún del todo humanizado..., aún tiene territorios salvajes y de animalidad y otras zonas permanecen en la edad de piedra. Nuestro corazón sólo sabe amar cuando vibran las cuerdas del amor utilitario y posesivo, pero tiene también otras fuerzas más sutiles que esperan la mano del hombre nuevo que las haga vibrar por la ofrenda de sí mismo: es una zona virgen de futuro.
Cuando hablamos de renuncia, nuestro corazón egoísta se desgarra al sólo pronunciar la palabra renuncia, porque acostumbrados ancestralmente a poseer las cosas, vivo la renuncia como muerte. Aún no hemos descubierto la renuncia como camino de Vida.
Sólo tenemos de la vida una imagen de la vida material y comenzamos a percibir la vida como energía, pero tenemos que aprender a descubrir la vida de la Conciencia. Tenemos que aprender a rescatar la vida de la conciencia de sus reductos materiales, no negando la materia -como se hizo en el pasado-, sino aprendiendo a transformarla: este es el sentido de la mística del hombre del futuro.

6. La Renuncia como camino vocacional: Vocación de Renuncia
Tal vez ahora podamos comprender mejor el sentido de la Renuncia. Ya no solamente como una virtud para asegurar la salvación del alma, sino como una nueva Función al servicio de la vida del ser humano completo, la función que hace posible la transformación de la vida: es la función transmutadora por excelencia.
La renuncia Inicia el proceso de la transformación del hombre, y no solamente una transformación de sus valores, una transformación cultural o espiritual sino también una transformación material. Sus resultados no se traducen solamente en valores ideales o anímicos sino que implican también una transformación de las funciones corporales y una transmutación de las energías corrientes en formas superiores de energía espiritual. O sea, que la renuncia no sólo tiene un sentido moral, ético o espiritual, sino también un sentido biológico con el alcance de una fisiología de futuro.

7. La Renuncia como función social: el Corazón de la sociedad
Al valorizar este sentido místico de la Vocación a través de la Renuncia, no lo estamos reduciendo a un valor exclusivamente individual sino que adquiere un profundo sentido social. La mística del corazón, al restablecer la unidad del ser, expande la vida del alma entre todas las almas: el hombre que descubre el camino de su propia alma reconoce al mismo tiempo su misión a cumplir dentro de la sociedad.
Desde este punto de vista, la Renuncia -en cuanto Vocación- significa un compromiso no sólo ante Dios y ante sí mismo sino también un compromiso con la sociedad y con la historia.
El alma que responde al llamado de su vocación con la renuncia a sus valores personales no es alguien que quiere huir del mundo para refugiarse en un paraíso artificial sino alguien que se da cuenta de que él y el mundo son la misma cosa, y que para transformar el mundo es necesario transformar su propia vida...

Frente a los movimientos radicales de cambio social, político y tecnológico que hoy se dan en el mundo, muchos califican a esta posición como idealista: en realidad, no saben lo que dicen porque ignoran las leyes profundas de transformación de la vida.


En resumen, la renuncia ya no aparece como una negación de la vida sino como una función integral de vida. Y la mística adquiere la jerarquía de una muy alta y específica función dentro de la sociedad y no fuera de ella.

Pregunta

Si hablamos de una mística como un proceso de transformación del hombre, de una transformación que se produce dentro de nosotros mismos, mi pregunta es: ¿qué fuente de energía vamos a utilizar para dicha transformación?


M.S.

La fuente de energía es la materia de nuestra propia vida. Son nuestros propios valores, nuestros propios bienes: no hay otra materia prima para desintegrar. Y es el corazón el único que puede decidir esta ofenda porque la mente va a dudar siempre. Es la materia del propio corazón la que tiene que ponerse en juego y cuando este “átomo” material se fisiona, una luz atómica brilla en el corazón del hombre.


Pregunta

A pesar de lo que usted ha dicho yo quisiera un poco de aclaración: ¿a qué hay que renunciar?


M.S.

¿No se da usted cuenta de que esa es una pregunta de la mente?


Mismo interlocutor

El corazón entiende, pero la mente habla y necesita más explicación.


M.S.

Tal vez cuando usted pregunta ¿a qué hay que renunciar? Esté preguntando por el sentido de la renuncia. Si la mente pregunta ¿a qué hay que renunciar? Quiere decir que no alcanza a comprender el sentido, el “para qué”; ¿es así?


Mismo interlocutor

¡Claro! Yo quisiera saber cómo hacer práctica la ofrenda o la renuncia.


M.S.

Tiene que haber un altar en su corazón donde llevar la ofrenda. Tiene que haber podido descubrir en sí mismo una Presencia misteriosa con suficiente jerarquía como para que usted como hombre pueda ofrendarse ante Ella. Dicha Presencia, ¿tomará la forma de la Verdad, de la Belleza, del Amor? De todas maneras nunca será algo abstracto. Ya sea el amor más animal o el amor más ideal nunca es un amor abstracto. El amor es siempre ante alguien. Y ese Alguien se constituye en un cierto instante en el centro del corazón como un altar receptivo de la ofrenda humana. En ese momento la ofrenda puede hacerse práctica. Pero esa ofrenda es un acto libre, no hay regla, ley o método que la determine. No hay ley para eso. La Ley la da el amor mismo. Es decir, no se puede dar una ley externa que señale “cómo renunciar” porque eso sería ordenar compulsivamente la renuncia, y la renuncia, por naturaleza, no puede ser impulsada. No hay ley para el amor como no sea el amor mismo. No se puede ordenar por una ley o un método cómo practicar el amor.


Pregunta

La renuncia al amor mismo ¿se considera ofrenda?, ¿la renuncia a un sentimiento amoroso, por ejemplo?


M.S.

Usted me quiere llevar a que yo determine lo que es renuncia, lo que puede ser, si es esto o si es aquello. Y ya he dicho que la renuncia no puede ser determinada desde afuera. Yo no quiero instrumentar la ofrenda sino solamente colocarla en el lugar que le corresponde y el único lugar que le corresponde es el corazón de cada uno de ustedes. Sólo su corazón puede decidir en un cierto instante si un sentimiento amoroso es algo que Ud. quiere hacer objeto de ofrenda o no.


Pregunta

A veces tememos renunciar porque parecería que nos sacamos una parte de nosotros mismos.


M.S.

La renuncia es ofrenda de una parte de la vida misma. Por eso la personalidad corriente la vive como muerte, pero el resultado final es la transfiguración del ser.








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