Williamsjame s elsignificado



Descargar 419,36 Kb.
Página5/7
Fecha de conversión09.01.2017
Tamaño419,36 Kb.
1   2   3   4   5   6   7



HUMANISMO Y VERDAD32

Al recibir del director de Mind unas galeradas del artículo de Bradley "Verdad y práctica" considero este envío como una sugestión para unirme a la polémica sobre "Pragma­tismo" que parece haber empezado tan seriamente. Como mi nombre ha sido emparejado al movimiento, me parece una buena medida aceptar la sugestión, y mucho más, teniendo en cuenta que en algunos sectores se me ha con­cedido más valor del que merezco, y en otros menos proba­blemente del que me pertenece.


Comenzaré, ante todo, por lo que se refiere a la palabra "pragmatismo". Lo que yo he hecho ha sido utilizar el término para indicar un método que realiza discusiones abstractas. El significado serio de un concepto, dice Peirce, reside en la diferencia concreta que con respecto a algo le hará el ser verdad. Esforcémonos en traer todas las con­cepciones debatidas a esta prueba pragmática y evitaremos vanas disputas: si no existe diferencia práctica acerca de cuál de dos enunciaciones es verdadera, entonces lo que realmente ocurre es que hay sólo una enunciación en dos formas verbales; si no hay diferencia práctica en que una enunciación dada sea verdadera o falsa, entonces la enun­ciación carece de significado real. En ningún caso hay nada que merezca discutirse: podemos ahorrarnos el tiempo y pasar a cosas más importantes.
Todo lo que implica, pues, el método pragmático es que las verdades deben tener consecuencias prácticas 33.
En Inglaterra se le ha dado a la palabra un uso todavía más amplio: que la verdad de una enunciación consiste en sus consecuencias, y especialmente en sus buenas conse­cuencias. Aquí no se trata ya de cuestiones de método enteramente, y puesto que mi pragmatismo y este prag­matismo más amplio son tan diferentes —y lo bastante importantes ambos para tener nombres diversos— creo que la proposición de Schiller de llamar a este pragma­tismo más amplio por el nombre de "humanismo" es exce­lente y debería adoptarse. El otro puede seguir llamándose "método pragmático".
He leído en los seis meses pasados muchas críticas hostiles a las publicaciones de Schiller y Dewey, pero, excepto la elaborada acusación de Bradley, no las tengo a mano mien­tras escribo y las he olvidado en gran parte. Creo que una discusión libre del tema por mi parte sería, en cualquier caso, más útil que intentar una polémica para rebatir detalladamente estas críticas. Bradley se ocupa de Schiller y repetidamente se confiesa incapaz de comprender sus ideas; evidentemente no ha intentado hacerlo con simpatía, y lamento mucho decir que, a mi parecer, su laborioso artículo no arroja absolutamente ninguna luz sobre el tema. Considero que es en su totalidad una ignoratio elenchi por lo que lo paso por alto enteramente.
El tema es difícil, sin duda. El pensamiento de Dewey y Schiller es, ante todo, una inducción, una generalización que actúa libre de toda clase de enredos. Si es verdadero, implica una reafirmación de nociones tradicionales. Es una especie de producto intelectual que no alcanzó una forma de expresión clásica cuando se promulgó por pri­mera vez. El crítico no debe, por lo tanto, mostrarse dema­siado exigente y meticuloso al ocuparse de él, sino que debe considerarlo en tu totalidad y especialmente conside­rar sus posibles alternativas. Se debería intentar, también, aplicarlo primero a un ejemplo, luego a otro, para ver cómo actúa. Me parece que no es caso de ejecución inme­diata porque exista el convencimiento de que es intrínseca­mente absurdo, contradictorio consigo mismo, o porque quede caricaturizado al reducirlo a una forma esquelética. El humanismo, en efecto, se parece mucho más a uno de esos cambios seculares que ocurren en la opinión pública de la noche a la mañana, por decirlo así, llevados sobre mareas too deep for sound or foam, que sobreviven a todas las brusquedades y extravagancias de sus abogados, que no cabe fijar absolutamente en ninguna enunciación esencial, ni destruir de un golpe decisivo.
Tales fueron los cambios de la aristocracia a la democra­cia, del gusto clásico al romántico, del sentimiento teísta al panteísta, del modo estático de comprender la vida al evolucionista, cambios de los que hemos sido espectadores. El escolasticismo opone aún a tales cambios el método de refutación por razones decisivas individuales, mostrando que la nueva visión envuelve autocontradicción o se opone a algún principio fundamental. Pero esto es como querer detener a un río clavando una estaca en medio del lecho. El agua sigue su curso rodeando al obstáculo, y todo segui­rá lo mismo. Leyendo a alguno de nuestros contradictores, recordaba un poco a aquellos escritores católicos que refutan el darwinismo diciéndonos que las especies más elevadas no pueden proceder de las inferiores porque minus nequit gignere plus, o que la noción de transformación es absurda porque implica que las especies tienden a su propia des­trucción y que violaría el principio de que toda realidad tiende a perseverar en su propia forma. El punto de vista es demasiado miope, demasiado rígido y cerrado para con­siderarlo como argumento inductivo. Las generalizaciones amplias en la ciencia siempre se encuentran con estas suma­rias refutaciones en sus primeros días; pero aquéllas sobre­viven y entonces las refutaciones suenan a algo extraña­mente anticuado y escolástico. No puedo evitar la sospecha de que la teoría humanística está pasando actualmente por esta clase de pretendida refutación.
Condición indispensable para comprender al humanismo es convertirse uno mismo en un espíritu inductivo, despren­derse de definiciones rigurosas y seguir las líneas de menor resistencia "en conjunto". "En otros términos —diría un contradictor—: hacer que el intelecto sea más moldeable". "Bien —replicaría yo—, incluso eso, si es que no quiere usar una expresión más cortés. Pues el humanismo al con­cebir lo más "cierto" como lo más "satisfactorio" (términos de Dewey) tiene sinceramente que renunciar a la argu­mentación rectilínea y a los antiguos ideales de rigor y finalidad. Es precisamente en este temperamento de renun­ciación, tan diferente del temperamento del escepticismo pirrónico, en lo que consiste esencialmente el espíritu del humanismo. La satisfacción ha de medirse por una multi­tud de "standards", algunos de los cuales sabemos que pueden fallar en un caso dado, y lo que es más satisfactorio que cualquier alternativa presente puede ser el fin de una suma de pluses y minuses respecto a los cuales sólo podemos confiar que por ulteriores correcciones y progresos quepa llegar algún día a un máximo de uno y a un mínimo de otro. Significa un cambio real de corazón, un rompimiento con las esperanzas absolutistas adoptar esta opinión induc­tiva de las condiciones de la creencia.
Tal como yo lo entiendo, el modo pragmático de ver las cosas debe su esencia al hundimiento que se ha produ­cido en los viejos conceptos de verdad científica en los últimos cincuenta años. "Dios geometriza", se acostumbraba a decir, y se creía que los elementos de Euclides reproducían literalmente su geometrizar. Existe una "razón" eterna e inmutable, y se suponía que su voz reverberaba en Bárbara y Celarent. Lo mismo ocurría con las "leyes de la naturaleza" físicas y químicas, y con las clasificaciones de la historia natural; todas se suponían que eran duplica­dos exactos y exclusivos de arquitectos prehumanos enterra­dos en las estructuras de las cosas y en los que nos permitiría penetrar la chispa de divinidad escondida en nuestro inte­lecto. Se pensaba que la anatomía del mundo es lógica y que su lógica es la de un profesor de Universidad. Hasta 1850 casi todo el mundo creía que las ciencias expresaban verdades que eran copias exactas de un código definido de realidades no humanas. Pero la enormemente rápida multi­plicación de teorías en estos últimos años, ha trastornado el concepto de que cualquiera de ellas sea de un género de cosas más literalmente objetivo que otras. Hay tantas geometrías, tantas lógicas, tantas hipótesis físicas y quími­cas, tantas clasificaciones, cada una de ellas buena para muchas cosas pero no para todas, que hemos comprendido que incluso la fórmula más cierta puede ser un artificio humano y no una transcripción literal. Oímos ahora que las leyes científicas se consideran como una "taquigrafía conceptual", verdaderas en cuanto que son útiles, pero nada más. Nuestra mente ha llegado a tolerar el símbolo en vez de la reproducción, la aproximación en lugar de la exactitud, la plasticidad en vez del rigor. La Energética que mide la mera faz de los fenómenos sensibles para des­cribir en una simple fórmula todos su cambios de "nivel" es la última palabra de este humanismo científico, para el cual quedan fuera las encuestas, bastante notables, sobre la razón de que exista una congruencia tan curiosa entre el mundo y la mente, pero que en cualquier caso hace a toda nuestra noción de la verdad científica más flexible y jovial de lo que acostumbraba a ser.
Es dudoso que exista actualmente algún teorizante, ya sea en matemáticas, lógica, física o biología que se imagine a sí mismo como un literal reeditor de procesos de natu­raleza o pensamientos de Dios. Las formas principales de nuestro pensar, la separación de sujetos y predicados, los juicios negativos, hipotéticos y disyuntivos son puramente hábitos humanos. El éter, como dijo lord Salisbury, sólo es un nombre para el verbo ondular; y muchas de nuestras ideas teológicas son consideradas como humanistas en un grado semejante, incluso por los que las llaman "verda­deras".
Imagino que estos cambios en los conceptos corrientes de verdad son los que dieron el impulso original a las tesis de Dewey y Schiller. En nuestro ambiente actual flota la sospecha de que la superioridad de una de nuestras fórmu­las sobre otras debe consistir no tanto en su "objetividad" literal cuanto en sus cualidades subjetivas, es decir su uti­lidad, su "elegancia" o su congruencia con nuestras creen­cias restantes. Rindiéndonos a estas sospechas, y generali­zando, caemos en algo parecido al estado humanístico de la mente. Concebimos la verdad en todas partes no como duplicación, sino como adición; no como construcción de copias internas de realidades ya completas, sino más bien como colaboración con realidades para ocasionar un resul­tado más claro. Evidentemente este estado mental está al principio lleno de vaguedad y ambigüedad. "Colaborar" es un término vago; en cualquier caso debe comprender concepciones y ordenaciones lógicas. "Más claro" es aún más vago. La verdad debe aportar pensamientos claros, así como aclarar el camino para la acción. El término más vago de todos es "realidad". El único modo de some­ter a prueba un programa semejante es aplicarlo a los varios tipos de verdad con la esperanza de lograr una explicación que sea más precisa. Toda hipótesis que obli­gue a una revisión tal tiene un gran mérito, aunque final­mente pruebe que no es válida: pues nos pone en una mejor comunicación con el tema en conjunto. Es mejor táctica dar a la teoría mucha "cuerda" y ver lo que da de sí que obstruirla desde el comienzo con repetidas acusacio­nes de autocontradicción. Creo, por lo tanto, que la actitud provisional recomendable para el lector es hacer un deci­dido esfuerzo para simpatizar mentalmente con el huma­nismo.
Cuando yo me he hallado simpatizando con el huma­nismo he acabado por pensar que significa lo siguiente:
La experiencia es un proceso que constantemente nos da que digerir nuevas materias. Mediante la masa de cre­encias de que ya estamos en posesión, operamos intelectualmente asimilándolas, rechazándolas o reordenándolas en diversos grados. Algunas de las ideas percibidas son adquisiciones recientes nuestras, pero la mayoría de ellas son tradiciones del sentido común de la raza. No existe pro­bablemente una tradición del sentido común, de todas las que conocemos, que no sea, en primera instancia, un des­cubrimiento genuino, una generalización inductiva como las más recientes del átomo, de la inercia, de la energía, de la acción refleja o de la supervivencia del más apto. Los conceptos de tiempo y espacio como simples receptáculos continuos; la distinción entre pensamientos y cosas, materia y espíritu; entre sujetos permanentes y atributos cambiantes; la concepción de clases y sus correspondientes subclases; la separación entre relaciones causadas regularmente y for­tuitas; todas éstas fueron seguramente conquistas realizadas por nuestros antepasados en tiempos históricos en sus inten­tos de convertir el caos de sus toscas experiencias respec­tivas en algo ordenado y equitativo. Han alcanzado un uso tan importante como denkmittel que, actualmente, consti­tuyen parte de la estructura misma de nuestra mente. No podemos manejarlas libremente. Ninguna experiencia puede perturbarlas sino que por el contrario, ellas inter­pretan toda experiencia asignándoles su lugar respectivo.
Pero, ¿con qué objeto? Para que podamos prever mejor el curso de nuestras experiencias, comunicar una con otra, dirigir nuestra vida por reglas. También para que poda­mos tener una visión mental más limpia, más clara, más comprensiva.
La mayor conquista del sentido común, después del des­cubrimiento de un tiempo y un espacio es, probablemente, el concepto de cosas de existencia permanente. La primera vez que a un niño se le cae un sonajero de las manos no mira para ver adonde ha ido a parar. Acepta la no-percep-ción como aniquilación hasta que halla una creencia mejor. Que nuestras percepciones significan seres, sonajeros que existen, los tengamos o no en nuestras manos, se convierte en una interpretación tan luminosa de lo que nos sucede que, una vez empleada, nunca la olvidamos. Se aplica con igual fortuna a cosas y a personas, a la esfera objetiva y a la inferida. Aunque un Berkeley, un Mill o un Cornelius puedan criticarla, actúa; y en la vida práctica nunca pensamos en "volver atrás" sobre lo que ella nos dice o leer nuestras experiencias aferentes en otros términos. Sin duda, podemos imaginar especulativamente un estado de experiencia "pura" antes de haberse formado la hipótesis de objetos permanentes detrás de su flujo, y podemos ope­rar con la idea de que algún genio primitivo podría haber tramado una hipótesis diferente. Pero ciertamente no pode­mos imaginar en la actualidad que habrían sido las diver­sas hipótesis, pues la categoría de realidad transperceptual es ahora uno de los fundamentos de nuestra vida. Nuestros pensamientes deben emplearla aún si han de poseer razonabilidad y verdad.
Esta noción de algo primero en la forma de una expe­riencia pura caótica que suscita cuestiones, de un segundo en forma de categorías fundamentales, desde hace tiempo arraigado en la estructura de nuestra conciencia y prácti­camente irreversible, que define el marco general dentro del que deben darse las respuestas, y de un tercero que da los detalles de las respuestas en las formas más congruentes con nuestras necesidades vitales es, según lo considero yo, la esencia de la concepción humanística. Representa la experiencia en su prístina pureza y envuelta en predicados tan históricamente desarrollados que podemos considerarla como algo poco más que un Otro o un Que que la mente, según frase de Bradley, "encuentra", y a cuya presencia estimulante respondemos con modos de pensar que llama­mos "verdaderos" en proporción a como facilitan nuestras actividades mentales o físicas y nos proporcionan fuerza externa y paz interna. Pero si el Otro, el universal Que tiene en sí mismo una estructura interna definida, o si, en caso de que la tenga, la estructura se asemeja a cual­quiera de nuestros predicados ques, ésta es una cuestión que el humanismo deja sin tocar. Para nosotros, en cual­quier caso —insiste—, la realidad es una acumulación de nuestras invenciones intelectuales propias, y la lucha por la "verdad" en nuestros progresivos tratos con ella es siempre una lucha para actuar con nuevos nombres y adjetivos, alterando lo antiguo lo menos posible.
Es difícil comprender por qué la propia lógica de Bradley o su metafísica lo han de obligar a discutir esta concepción. Podría muy bien adoptarla verbatim et literatim si quisiera, y prescindir de su peculiar absoluto siguiendo en esto el buen ejemplo del profesor Royce. Bergson en Francia, y sus discípulos el físico Wilbois y Leroy, son completamente humanistas en el sentido expuesto. También parece serlo el profesor Milhaud y al gran Poincaré le falta poco. En Alemania el nombre de Simmel se ofrece como el de un humanista radical. Mach y su escuela, Hertz y Ostwald deben clasificarse como humanistas. La doctrina se halla en el ambiente y debe discutirse con tranquilidad.
El mejor modo de hacerlo sería ver la alternativa a que da lugar. ¿De qué se trata realmente? Sus críticos no hacen una declaración explícita, y sólo el profesor Royce ha formulado algo con claridad. El primer servicio del humanismo a la filosofía parece, pues, consistir en que probablemente obligará a quienes no les gusta a bucear en sus propios corazones y entendimientos. Forzará al análisis a mostrarse abiertamente y se convertirá en el orden del día. Actualmente la perezosa tradición de que la verdad es adaequatio intellectus et rei parece contradecirse. La única sugestión de Bradley es que el pensamiento "debe corresponder a un ser determinado que no puede decirse que esté hecho por él", y evidentemente esto no propor­ciona nueva luz sobre el asunto. ¿Qué quiere decir la palabra "corresponder"? ¿Dónde está el "ser"? ¿Qué clase de cosas son las "determinaciones" y qué se entiende en este caso particular por "no estar hecho"?
El humanismo procede inmediatamente a valorar estos epítetos. Correspondemos de algún modo con lo que nos relacionamos. Si es una cosa podemos producir una copia exacta de ella, o simplemente podemos sentirla como exis­tente en un lugar determinado. Si es una demanda podemos obedecerla sin conocer de ella nada más que su exigencia. Si es una proposición podemos estar de acuerdo no contradiciéndola, dejándola pasar. Si es una relación entre cosas podemos actuar sobre la primera de modo que quedemos fuera al darse la segunda. Si es algo inaccesible podemos sustituirlo por un objeto hipotético que teniendo las mis­mas consecuencias cifre para nosotros resultados reales. En general, sólo podemos simplemente "añadir a ello nuestro pensamiento", y si "sufre la adición" y toda la situación se prolonga y enriquece armoniosamente, el pensamiento pasará a ser verdadero.
En cuanto a los concomitantes de los seres así correspon­didos, aunque puedan estar tanto fuera como dentro del pensamiento actual, el humanismo no ve motivos para decir que se hallan fuera de la experiencia finita misma. Pragmáticamente su realidad significa que nos sometemos a ellos, que los tomamos en cuenta, nos gusten o no, pero esto debemos hacerlo eternamente con otras experiencias que no sean las nuestras. Todo el sistema con el que la experiencia presente debe corresponder "adecuadamente" puede ser continuo con la misma experiencia presente. La realidad, considerada como experiencia distinta de la actual, podría ser o el legado de la experiencia pasada o el conte­nido de la experiencia futura. Sus determinaciones para nosotros son, en todo caso, los adjetivos que les aplican nuestros actos de juzgar, que son esencialmente cosas huma­nísticas. Decir que nuestro pensamiento no "hace" a esta realidad significa pragmáticamente que si nuestro pensamiento par­ticular fuera aniquilado, la realidad aún existiría en alguna forma, aunque posiblemente sería una forma a la que le faltaría algo que nuestro pensamiento proporciona.
Que la realidad es "independiente" significa que existe algo en toda experiencia que escapa a nuestro arbitrario control. Si es una experiencia sensible, coacciona a nuestra atención; si es una secuencia, no podemos invertirla; si comparamos dos términos, sólo podemos llegar a un resul­tado. Hay un empuje, una urgencia, dentro de nuestra misma experiencia, contra la que somos impotentes en con­junto, y que nos conduce en una dirección que es el destino de nuestra creencia. Puede o no ser verdad que este rumbo de la experiencia misma sea en última instancia debido a algo independiente de toda experiencia posible. Puede existir o no una "ding an sich" más allá de la experiencia que haga rodar a la bola, o un "absoluto" que eternamente resida detrás de todas las sucesivas determinaciones que ha hecho el pensamiento humano. Pero dentro de nuestra experiencia misma, en todo caso, dice el humanismo, unas determinaciones se muestran como independientes de otras; algunas cuestiones, si las planteamos, sólo pueden respon­derse de un modo; algunos seres, si los suponemos, debe suponerse que han existido antes de la suposición; algunas relaciones, si es que existen, deben existir en tanto que existan sus términos.
Así, pues, la verdad significa según el humanismo, la relación de las partes menos fijas de la experiencia (predicados) a otras partes más fijas relativamente (sujetos), y nada nos obliga a buscarla en una relación de experien­cia como tal a algo más allá de la misma. Podemos per­manecer en casa, pues nuestra conducta como sujetos de experiencia está cercada por todos lados. Las fuerzas ofen­sivas y defensivas son ejercidas por nuestros propios objetos, y el concepto de la verdad como algo opuesto a caprichosidad o licencia, crece inevitablemente de un modo solipsista dentro de cada vida humana.
Tan evidente es todo esto que un cargo muy corriente contra los escritores humanistas "me produce hastío". ¿Cómo puede distinguir un deweysta la sinceridad del bluff?, se me preguntó en una reunión filosófica donde hablé de los Studies, de Dewey. "¿Cómo puede el mero34 pragmatista sentir deber alguno de pensar correctamente?", es la objeción hecha por el profesor Royce. Bradley a su vez dice que si un humanista comprende su propia doctrina "debe admitir como verdad cualquier idea por loca que sea, si alguien la considera tal". Y el profesor Taylor des­cribe al pragmatismo como el creer lo que a uno le plazca y llamarlo verdad.
Me parece sorprendente este superficial sentido de las condiciones bajo las que se desenvuelve actualmente el pensamiento de los hombres. Los críticos citados parecen suponer que si se abandona a sí misma la débil barquilla de nuestra experiencia no seguirá rumbo alguno. Parecen decir que incluso aunque haya brújulas a bordo no habrá un polo hacia el que orientarse. Insisten en que debe haber direcciones de navegación absolutas, impuestas desde afuera, y una carta de navegar independiente agregada al mero viaje mismo, si es que se quiere llegar a puerto. Pero no está claro que , aun cuando existan tales direcciones de navegación absolutas en forma de standares prehumanos de verdad que debamos seguir, la única garantía de que los seguiremos, en efecto, deba residir en nuestro equipo humano. La palabra "deber" sería un brutum fulmen, a menos que existiera algo dentro de nuestra experiencia que nos obligara. De hecho, los creyentes más devotos en los standards absolutos deben admitir que los hombres fraca­san en obedecerlos. A pesar de las prohibiciones eternas adviértese aquí la caprichosidad, y la existencia de cual­quier cantidad de realidad ante rem no es una garantía contra el ilimitado error in rebus en que se incurre. La única garantía real que poseemos contra el licencioso pen­sar, es la presión circular de la experiencia misma, que nos entorpece con errores concretos, exista o no una realidad metaempírica. ¿Cómo sabe el partidario de la realidad absoluta lo que ésta le ordena pensar? No puede obtener una visión directa de lo absoluto, ni posee medios de ima­ginar qué es lo que ella quiere de él, a no ser que siga las huellas humanísticas. La única verdad que aceptará siempre prácticamente será aquella a la que le conduzcan sus experiencias finitas. El estado mental, que se atemoriza ante la idea de un cúmulo de experiencias si se aban­dona a ellas, y que augura protección del extraño nombre de un absoluto como si, a pesar de ser inoperante, repre­sentara una especie de seguridad espiritual, es análogo al modo de ser de aquellas buenas personas que, cuando tie­nen conocimiento de que existe una tendencia social que es condenable, solicitan, pudorosos y encolerizados, que "el Parlamento haga una ley contra ella", como si un impo­tente decreto pudiera solucionar el problema.
1   2   3   4   5   6   7


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal