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LOS TIGRES EN LA INDIA27

Hay dos modos de conocer cosas: inmediata o intuitiva­mente y conceptual o representativamente. Aunque cosas tales como el papel blanco que está ante nuestros ojos pue­den conocerse intuitivamente, la mayoría de las cosas que conocemos, como los tigres que existen en la actualidad en la India, por ejemplo, o el sistema de filosofía escolás­tico, se conocen sólo representativa o simbólicamente.


Para fijar nuestras ideas supongamos que, en primer lugar, tomamos un caso de conocimiento conceptual, que puede ser, como hemos dicho, nuestro conocimiento de los tigres en la India. ¿Qué queremos significar exactamente aquí al decir que conocemos los tigres? ¿Cuál es el hecho preciso de que el conocer, tan confiadamente pretendido, sea conocido-como, según la frase tan poco elegante pero tan valiosa de Shadworth Hodgson?
La mayoría de las personas responderían que lo que que­remos significar por conocer los tigres es aprehenderlos, aunque naturalmente estén lejos de nosotros, es decir, estar de' algún modo presentes a nuestro pensamiento; o que nuestro conocimiento de ellos es conocido como presencia de nues­tro pensamiento para ellos. Generalmente se hace un gran misterio de esta peculiar presencia en ausencia; la filosofía escolástica, que es sólo el sentido común convertido en pedantería, la explicaría como una determinada clase de existencia de los tigres en nuestra mente, llamada "inexis­tencia intencional". Finalmente, muchas personas dirían que lo que queremos significar por conocer los tigres es apuntar mentalmente hacia ellos mientras nos hallamos sentados aquí.
Ahora bien, ¿qué queremos decir con apuntar en tal caso como éste? ¿Cuál es aquí el apuntar conocido-cómo?
A esta pregunta tendré que dar una respuesta muy pro­saica; una respuesta que niegue no sólo los prejuicios del sentido común y del escolasticismo, sino también los de casi todos los epistemólogos que he leído. Resumiéndola, la res­puesta es ésta: el apuntar de nuestro pensamiento a los tigres se conoce sólo y simplemente como un proceso de asociaciones mentales y de consecuencias motoras que si­guen al pensamiento, y que lo dirigirían armoniosamente, de continuarse, hacia algún contexto real o ideal o incluso a la presencia inmediata, de los tigres. El apuntar se conoce como un rechazar a un jaguar, si nos lo pretendieran hacer pasar por un tigre; como un asentimiento a un tigre real, si nos lo mostraran. Se conoce como la facultad que tene­mos para expresar toda clase de proposiciones que no contradigan a otras que son ciertas de los tigres reales. Se conoce incluso este apuntar, si tomamos muy en serio a los tigres, como acciones nuestras que pueden terminar en tigres directamente intuidos, como lo serían si hiciéramos un viaje a la India con objeto de cazarlos y traernos unas cuantas pieles de esos pícaros rayados que hemos situado allí. En todo esto no hay autotrascendencia de nuestras imágenes mentales consideradas en sí mismas. Son un hecho fenoménico, como los tigres son otro hecho, y el apuntar de las imágenes a los tigres, es una relación intra-experimental perfectamente trivial si se concede la existencia de un mundo correlacionado. En suma, las ideas y los ti­gres se hallan en sí mismas tan sueltas y separadas, usando el lenguaje de Hume, como puedan estarlo dos cosas cua­lesquiera; y el apuntar significaría en este caso una opera­ción tan externa y adventicia como cualquier otra que pro­duzca la naturaleza28.
Confío en que ahora se estará de acuerdo conmigo en que no existe ningún misterio especial en el conocimiento representativo, sino sólo un encadenamiento exterior de intermediarios físicos o mentales que unen el pensamiento y la cosa. Conocer un objeto es aquí dirigirse hacia él a través de una conexión que proporciona el mundo. Todo esto fue expuesto con la mayor claridad por nuestro colega D. S. Miller en nuestra reunión en Nueva York en las na­vidades pasadas, y le estoy agradecido por confirmar mi, algunas veces, vacilante opinión 29.
Pasemos ahora al caso del conocimiento intuitivo o íntimo con un objeto y sea éste el papel blanco que aparece ante nuestra vista. La sustancia-pensamiento y la sustancia-cosa son en este caso de la misma indistinguible naturaleza, como vimos hace un momento, y no existe conexión de intermediarios o asociados que se den, y separen, entre el pensamiento y la cosa. No hay aquí "presencia en la au­sencia" ni "apuntar" sino más bien un abarcar del papel por el pensamiento; está claro que el conocer no se puede explicar ahora exactamente como lo fue cuando eran su objeto los tigres. Acentuados por toda nuestra experien­cia existen estados de conocimiento inmediato como el in­dicado. De algún modo nuestra creencia se basa siempre en datos últimos como la blancura, la suavidad o la forma rectangular de este papel. Que tales cualidades sean real­mente aspectos últimos del ser o que sean sólo suposiciones provisionales nuestras, mantenidas hasta que nos informe­mos mejor, carece de importancia para nuestra presente investigación. En tanto que las creemos, vemos nuestro objeto cara a cara. ¿Qué queremos decir ahora con "co­nocer" tal clase de objeto como éste? Pues éste, ¿no sería también el modo por el que conoceríamos al tigre si nuestra idea conceptual de él terminara por conducirnos a su cueva? Este estudio no debe convertirse en demasiado extenso, de manera que contestaré esta objeción en muy pocas pala­bras. Primero diré esto: en tanto que el papel blanco u otro dato último de nuestra experiencia se considera que entra también en la experiencia de los otros, y nosotros al conocerlo somos inducidos a conocerlo tanto en un caso como en otro; en tanto que, además, se considera como una mera máscara de ocultas moléculas que experiencias de otro orden, ahora imposibles, pueden algún día poner de relieve; en tanto que se repite aquí el caso de los tigres en la India el conocer sólo puede consistir, puesto que las cosas conocidas son experiencias abstraídas, en pasar sua­vemente hacia ellas a través de las conexiones intermedia­rias que el mundo proporciona. Pero si nuestra visión privada del papel se considera abstraída de todo otro acon­tecimiento, como si constituyera por sí sola el universo (lo que cabe hacer perfectamente, pues por algo podemos com­prender lo contrario) entonces el papel visto y la visión de él son sólo dos nombres para un hecho indivisible que, propiamente llamado, es el datum, o el fenómeno o la expe­riencia. El papel está en la mente y la mente está alrede­dor del papel, porque el papel y la mente son sólo dos nombres que se dan después a la experiencia cuando, con­siderada en un mundo más amplio del que forma parte, sus conexiones se trazan en diferentes direcciones 30. Cono­cer inmediata o intuitivamente es, pues, para el contenido mental y el objeto, ser idéntico. Ésta es una definición muy diferente de la que dimos del conocimiento representativo, pero ni una ni otra implican aquellas nociones misteriosas de autotrascendencia y presencia en la ausencia que son parte esencial de las ideas del conocimiento de filósofos y no filósofos 31.


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