Why Latín1, co?



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Why Latín1, co?
A quien corresponda

Vaya por delante que el único y humilde propósito que me mueve a escribir estas líneas es el de persuadir a todos y cada uno de sus lectores de que el tiempo, el esfuerzo y el dinero consagrado al estudio serio y profundo de lengua latina (y, por añadidura, de la griega), a pesar de su aparente inutilidad, no son ni recursos, ni energías, ni años desperdiciados.


Y a quien le resultare pretencioso este impulso que, tras más de veinte años de experiencia docente, me lleva a recabar, organizar y, finalmente, poner por escrito las reflexiones que han anidado en mi espíritu durante todo este tiempo, sepa que, aun plenamente consciente del más que seguro fracaso de mi quijotesco empeño, no pienso renunciar a él, porque, como dijo el gran Borges, hay derrotas que tienen más dignidad que la victoria, y estoy convencido de que ésta será, sin duda, una de ellas.
En todo caso, este engendro mío, como ya se desprende de la lectura atenta de su extravagante título, busca seducir, sobre todo, a los más jóvenes, y, en especial, a aquellos que, ya sea huyendo de las temibles matemáticas, ya sea que no tengan claro por dónde orientar sus pasos en el hoy día inestable terreno de la formación, o cualesquiera que sean sus circunstancias personales, se encuentran en la tesitura de elegir una materia sobre la que apenas han oído tópicos o vaguedades extraídas de fuentes no siempre fiables.
En realidad, cubriría ampliamente mis expectativas el hecho de que alguien que se haya planteado alguna vez si el latín sirve hoy día para algo encontrara en mis palabras cumplida respuesta a sus dudas e inquietudes. Pero si ello no fuere así, si ni el latín ni este escrito que sobre su funcionalidad versa fueran del interés de nadie, sírvame al menos de consuelo el otrora famoso adagio latino que reza así: Nullus est liber tam malus, ut non aliqua parte prosit.2

A modo de breve prólogo

¿Por qué Latín? Es esta una pregunta más pertinente que nunca. En plena revolución biotecnológica, en una sociedad globalizada, digitalizada, en un mundo en plena efervescencia política, tecnológica, mediática ¿qué pinta el Latín? ¿Qué utilidad tiene? Es obvio que una inmensa mayoría de ciudadanos piensa que ninguna. Por eso, es hora de que los profesionales del latín, los que sabemos de las enormes virtudes de esta milenaria lengua, los que, en definitiva, estamos capacitados para, dejando a un lado ambiguos tópicos y falsas verdades, desvelar su auténtica naturaleza y explicar la razón de su existencia en los planes de estudio

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1.- En lo sucesivo, la práctica totalidad de las alusiones a la lengua latina pueden hacerse extensivas al griego clásico.

2.- “No existe libro tan malo que no aproveche en alguna parte". Célebre cita de Plinio el Joven, 61-112 dC. Abogado, escritor y científico que ensalzó magistralmente al emperador Trajano en su Epistularum ad Traianum liber panegyricus y que, gracias a las cartas escritas al gran historiador Cornelio Tácito, amigo suyo, constituye una fuente primaria para saber qué ocurrió en la famosa erupción del Vesubio del 79 dC.

actuales y futuros, abandonemos la torre de marfil en la que nos encerramos in illo tempore y bajemos a la arena a demostrarles nuestros conciudadanos que en el

mundo actual todavía tienen cabida los antiguos saberes que intentamos transmitir y que nos han sido legados por diversas vías entre las que las lenguas clásicas ocupan una situación excepcional.

Ya ha pasado el tiempo del resentimiento estéril, no hay ya necesidad de aislarnos de una sociedad que consideramos a un tiempo moderna y vulgar, no podemos pagar las afrentas con indiferencia y desdén, sino con palabras sosegadas, certeras y persuasivas, por difícil que esto pueda resultar. El latín no sólo sirve para exhibir en sociedad un exclusivo halo que confiere prestigio, marca distancias con el despreciable vulgo e imprime en el talante de quien lo estudia una suerte de pedante marchamo de etérea e inútil sabiduría. Es más, en mi opinión, su utilidad radica precisamente en lo contrario. Si supiéramos aprovechar su enorme potencial, el latín podría erigirse en una materia clave para acercarnos a una verdadera y bien cimentada educación de calidad. La antigua lengua de Roma, eficacísima herramienta para fomentar la igualdad de oportunidades, no ha de servir para elevarse sobre el pueblo, sino para que el pueblo se eleve sobre la ignorancia. Es decir, no se trata de saber más que el otro, sino de que todo ciudadano acceda a unos saberes que, lejos de ser inútiles, desarrollan unas habilidades básicas para vivir en sociedad, como el uso y el conocimiento profundo del lenguaje y la forja de un espíritu crítico maduro, coherente y ecuánime. ¿Por qué latín? Porque, sencillamente, es uno de los mejores caminos que conozco para hacernos mejores, tanto individual como colectivamente.

Ahora, pues, es tiempo de deponer el desprecio, el resentimiento, la soberbia. No podemos permitirnos el lujo de arrugarnos, de replegarnos, de escondernos. Hemos de atrevernos a divulgar los beneficios del estudio de tan bella lengua sin acritud, sin vanas petulancias, sin afanes revanchistas. Admitámoslo: el estudio del latín, visto desde fuera por alguien que no ha tenido el privilegio de contemplar el paradisíaco vergel que oculta su desconchada faz, resulta hoy día anacrónico, inútil, surrealista. Los mayores lo asocian con la peor versión de la iglesia católica, con la España en blanco y negro del hambre y de la emigración y con mentalidades afines al régimen fascista de Franco. Ahí es nada. Pero, en mi opinión, todavía es mucho más trágico que los más jóvenes vean en él el pasado que hay que superar y lo relacionen con unos saberes que no les pueden aportar para su formación absolutamente nada, porque para ellos todo lo que tiene más de dos años, sencillamente, no existe.

Combatir esas falsas ideas sobre el estudio del latín tan nefastamente arraigadas en nuestra sociedad, desmontar los aparentemente sólidos argumentos de los que, desde la ignorancia, claman por su desaparición y divulgar la verdadera esencia de su naturaleza y sus potenciales bondades para los estudiantes. Estos son, con la razón como única herramienta, los auténticos fines de este manojo de reflexiones que aquí se plasman por escrito. Why latín, co? Because …


Preguntas y respuestas
Expuestas ya las necesarias premisas, vayamos al meollo del asunto, al quid de la cuestión: ¿Es hoy el aprendizaje de la lengua latina un anacronismo que, por mor de la tradición, sobrevive como una antigualla en nuestro sistema educativo? O, de otra manera, ¿qué puede aportar el latín a las actuales y futuras generaciones del país para superar los retos que se nos presentan a la vista? Es muy probable que la inmensa mayoría de la ciudadanía, independientemente de su formación e incluso de sus inquietudes intelectuales, responda a la primera pregunta "sí" y a la segunda "poco" o "nada".
Esto es así y no hay por qué rasgarse las vestiduras. Bien mirado, es normal que esas respuestas sean abrumadoramente mayoritarias, dado que el conocimiento que de las lenguas clásicas tiene la práctica totalidad de la población descansa en vagos tópicos que nada tienen que ver con la verdad ni con el papel que, a mi juicio, éstas deberían desempeñar en la sociedad moderna y que más adelante explicaré.
En el mejor de los casos, muchos de los que estudiaron estas materias las identifican con un árido aprendizaje memorístico de tablas con declinaciones y casos cuya utilidad real era más que cuestionable. Bien es cierto que esa angustia era de tanto en tanto dulcificada por alguna ingeniosa traducción de algún compañero que arrancaba más de una carcajada, como la consabida y disparatada "Las aves de César murieron por falta de salud" que intentaba volcar al castellano el archiconocido "Ave, Caesar, morituri te salutant". Pero, dejando a un lado su esporádica función humorística, en general, la clase de latín requería - y requiere - un elevado grado de abstracción para el atribulado adolescente y, hoy más que nunca, cierta explicación de los beneficios de esa violencia que hay que causarse para aprender latín.
Es, por tanto, lícito que quienes hayan experimentado la tortura de memorizar en abstracto un sistema de terminaciones con el único fin de aprobar unos exámenes se cuestionen qué sentido tiene invertir tanto esfuerzo para lograr tan magros resultados y por qué han de tener las lenguas clásicas una relevancia tan notable como la que aquí propongo en los nuevos planes de estudio.
No quiero con ello poner en la picota a los profesores de latín del siglo pasado, ni tampoco transmitir la idea de que todos se dedicaban a martirizar a sus alumnos o de que carecían de habilidades didácticas. De hecho, en nuestro país ha habido muchos profesores de latín y de griego - algunos de ellos muy ilustres, sobre todo, fuera de nuestras fronteras - que han divulgado magistralmente su labor en el campo de las ciencias de la antigüedad y más concretamente en el terreno de didáctica de las lenguas clásicas.
Sin embargo, es evidente que, bien porque, en medio del maremagnum de voces - de gritos, más bien - en el que acaba degenerando cualquier debate en este país, ya sea éste serio o esperpéntico, siempre se acaba por no escuchar a los que más saben; bien porque, por cualquier otro motivo, sus enseñanzas no han calado en amplios estratos de la población, el latín, como materia de estudio, goza actualmente de una más que dudosa reputación y arrastra lastres ancestrales en forma de verdades absolutas, como el pesado sambenito de su exclusiva identificación con el rancio nacionalcatolicismo y con la educación franquista.
Naturalmente, no pretendo aquí tachar de analfabeto a quien no tenga conocimientos en la materia, no aprecie las virtudes de la lengua latina - a pesar de haberla estudiado siquiera someramente - o asocie su estudio con los tópicos arriba explicados; pero tampoco es lógico equiparar los argumentos que sobre un particular expresan quienes saben de lo que hablan y los que opinan "desde fuera" sin ningún criterio firme y apoyándose en generalidades que, por evidentes que parezcan, no son, en el fondo, más que simplezas. Al menos no debería ser así, si lo que realmente queremos es acercarnos al conocimiento de la verdad y si consideramos importante mejorar la realidad actual de nuestro maltrecho panorama educativo.
Dicho todo lo cual, el abajo firmante, profesor de latín y griego, se permite asegurar, contraviniendo a la inmensa mayoría de sus conciudadanos, que la respuesta más acertada a la primera pregunta clave (¿Es hoy el aprendizaje de la lengua latina un anacronismo que, por mor de la tradición, sobrevive como una antigualla en nuestro sistema educativo?) es "no" y a la segunda (¿qué puede aportar el latín a las actuales y futuras generaciones del país para superar los retos que se nos presentan a la vista?) "muchísimo".
Y como quiera que es un sentimiento filantrópico el que le lleva a contradecir a quienes tanto aprecia, para evitar que ese desacuerdo pueda generar sentimientos de incomprensión, de agresividad o, peor, de encubierto y amargo odio hacia quien osa discrepar de la opinión mayoritaria, pasa a continuación a argumentar, conveniente y convincentemente espera, la aseveración de que el latín debería ser una de las materias troncales en un sistema educativo que tenga una mínima vocación de mejorar a quienes han de pasar por él.

Argumentos
1.- Carácter propedéutico de las lenguas clásicas.
Por su idiosincrasia, el latín y el griego son disciplinas que preparan el camino para aprendizajes posteriores. Ambas lenguas, por ejemplo, constituyen la base de la práctica totalidad de las lenguas europeas, incluídas lenguas no románicas como el inglés y el alemán. Es conveniente no tergiversar esta idea y dejar claro que lo que aquí se afirma es que las lenguas clásicas constituyen una excelente vía de acceso a las lenguas modernas, no que su estudio sea imprescindible para aprenderlas. Lo cierto es que son muchos los que no saben, entre otros datos relevantes, que más de un 60% de palabras del inglés tienen su origen en el latín y que numerosas estructuras de su gramática - y de otras lenguas no románicas como el alemán – coinciden con las de esta milenaria lengua.
El latín es también uno de los mejores antídotos contra la pobreza de vocabulario que caracteriza a muchos de nuestros jóvenes a la hora de expresarse en nuestra propia lengua materna. Es un hecho cierto el acelerado proceso de empobrecimiento en el uso de la lengua española y no lo es menos que el aprendizaje del latín aporta un conocimiento profundo de los orígenes de nuestra lengua y facilita la comprensión y la adquisición de miles de términos castellanos y de una miríada de expresiones vigentes en la lengua actual y que hunden sus raíces en la mitología, en la historia y en la vida cotidiana de la Antigüedad. Esto es así. No es opinable.
En consecuencia, el estudio del latín constituye una privilegiada vía de acceso al conocimiento de las distintas lenguas europeas y favorece enormemente la adquisición de un adecuado y extenso caudal léxico en la lengua materna del estudiante, aspecto este vital para su expresión oral y escrita, que, a su vez, supone – por la intrínseca dificultad que caracteriza a la didáctica de estas habilidades lingüísticas básicas - un auténtico quebradero de cabeza para el profesor de Lengua y Literatura y se ha convertido en una de las facetas de la lengua en la que el alumnado muestra unos déficits más graves.
2.- Acceso a unos contenidos de enorme trascendencia para el conocimiento no sólo de nuestra historia sino también de la realidad actual.
Pero el latín es, ante todo, una lengua y, como tal, es un vehículo del pensamiento. Su dilatado cauce incluye una extraordinaria selección de textos, de voces, de reflexiones que desde el pasado ha llegado hasta nosotros. Cierto que la utilidad de muchos de ellos hoy día puede ser restringida, pero también hay allí gran cantidad de ideas que son perfectamente válidas para cimentar conocimientos básicos en diversos campos como el de las ciencias humanas y sociales, la psicología, el arte, la filosofía, la religión …
En un mundo en el que vemos diariamente tambalearse valores que, como el altruismo, la fraternidad, la humildad etc., deberían ser universales, tal vez necesitemos un referente moral que marque el camino de una sociedad cada vez más desnortada. Es tal la riqueza de ese legado clásico que podría iluminar a unas masas adormecidas, idiotizadas por unos patrones ideológicos que han hecho de ellas verdaderos ejércitos disciplinados y sumisos de consumidores abocados a satisfacer, más que necesidades, el vacuo pero poderoso deseo de poseer lo superfluo. ¿Desde cuándo son las orejas luminosas de Mickey Mouse imprescindibles para un adulto y no lo son los Ensayos Montaigne?
Muchas veces, para argumentar contra la vigencia del estudio del latín, se habla de que es preciso mirar al futuro. Totalmente de acuerdo. Sería tremendamente estúpido hacer lo contrario. Pero, llegados a este punto, es necesario tener presente la afirmación de que “el futuro necesita un origen”3. O de otro modo, para saber a dónde vamos, debemos saber primero de dónde venimos. Las lenguas clásicas constituyen un punto de partida privilegiado porque, sensu lato, conforman la espina dorsal de nuestro pasado y, a mi juicio, deberíamos acceder a ellas como quien asciende a una excelente atalaya desde la que es posible otear tanto el camino andado como el que se abre ante nuestros ojos. El estudio de sus

estructuras gramaticales básicas – como acabamos de ver, un marco lingüístico idóneo para la adquisición de cualquier lengua moderna - debe convertirse en un mecanismo de acceso al conocimiento de la Antigüedad y dejar de ser, de una vez por todas, un fin en sí mismo.

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3.- La sentencia no es mía. Es una acertada aseveración del sublime filósofo alemán recientemente fallecido Odo Marquard. Con ella, el pensador germano pretende sintetizar la necesidad del ser humano de reflexionar sobre sí mismo, sobre el lugar que habita, sobre su destino, sobre las presiones a las que indefectiblemente queda expuesto ...

Y es que sólo cuando uno analiza en profundidad y con inteligencia aspectos del mundo antiguo, entiende que ese análisis, mutatis mutandis, arroja clara luz sobre la compleja realidad actual y contribuye enormemente a su interpretación y a su comprensión. Y por tanto, a sentar las bases de un futuro mejor.

No me cabe la menor duda de que es éste el verdadero talón de Aquiles de cuantos tratamos de defender la importancia del estudio del latín en estos convulsos tiempos y en los que están por venir: la incapacidad de explicar la aplicación práctica, la rabiosa actualidad que, por extraño que parezca, lleva implícita la materia que impartimos y, por añadidura, su extraordinario potencial para abrir nuevos caminos que conduzcan a un paisaje menos inhóspito, a un mañana más justo, a una humanidad mucho más evolucionada. Porque lo cierto es que, mientras nos limitemos a argumentar los beneficios de su estudio aludiendo exclusivamente a razones lingüísticas o a supuestos beneficios en el terreno del razonamiento lógico, nos ganarán la batalla. No estoy con ello afirmando que no sea importante el estudio de la gramática y del léxico de las lenguas clásicas, pero si eso es lo único que podemos ofrecer, estamos perdidos.


Estoy convencido de que los profesores de Latín del s.XXI somos conscientes de esta realidad y, aunque, en demasiadas ocasiones recurrimos a la pataleta y al victimismo, intentamos convencer a diario a nuestros alumnos de los beneficios del esfuerzo y del trabajo constante y bien hecho, titánica tarea, pero también condición sine qua non para apreciar en toda su dimensión el reflejo que la práctica totalidad de los contenidos que tratamos tiene en la sociedad actual. Con todo, muchas veces, tal vez contagiados del desdén que la mayoría manifiesta por las mal llamadas lenguas muertas, no somos capaces de explotar el extraordinario potencial didáctico del latín y desperdiciamos posibilidades de mostrar a nuestros alumnos todo el interés que puede despertar en ellos. Y es que lo importante es contagiarle al alumno el fuego que continúa ardiendo en el interior del legado de la Antigüedad, no mancharle, como si de una sagrada unción se tratase, con la ceniza que modela su superficie.
Sí, pero, y eso, ¿cómo se consigue?, se preguntará más de uno (siempre que no seas tú, desocupado lector, el único que haya conseguido llegar hasta aquí ); ¿cómo se puede contagiar a los alumnos el entusiasmo que despierta la cultura clásica, la pasión por descubrir ideas que brotaron hace miles de años, esa llama que todavía sigue viva tras la cadavérica imagen de una lengua que se resiste a irse de este mundo? Pues, oiga, muy difícilmente. Es una labor quasi prometeica, pero al tiempo, tan apasionante, que no yo no podría dedicarme a otro oficio.
A este respecto no me atrevo a darles consejo alguno, pero sí les diré que en mis clases ha funcionado una actividad muy sencilla a la vez que profundamente edificante. Se trata de proponerles a los muchachos una máxima en latín o en griego, es decir, un pensamiento sobre alguna cuestión más o menos trascendente, una frase lapidaria que transmita alguna idea original que aluda a algún tema de actualidad. Las hay a millares, pero resulta crucial para el éxito de la propuesta una adecuada selección de las mismas. Se les encomienda la tarea de analizar, traducir y, sobre todo, comentar el pequeño texto. Digo sobre todo porque, en ocasiones, el comentario da para un pequeño debate, generalmente muy enriquecedor, sobre asuntos de máxima actualidad. Evidentemente, cuanto más conocimientos gramaticales tenga el alumno, más compleja y profunda será la sentencia, pero incluso en niveles iniciales se puede trabajar con máximas muy sencillas, como aquélla que reza "Aquilae muscas non captant" o la famosísima "In dubio pro reo". En griego, suelen tener éxito las que hablan de educación (paideia) y de democracia, pero las hay también de todo tipo y condición.
Les aseguro que es uno de los ejercicios más efectivos para motivar a los chicos, para que se decidan a hablar en público, para despertar conciencias. Si además se lleva a cabo al comienzo de la clase y con el aliciente extra de un plus de un par de décimas para el próximo examen, el resultado mejora considerablemente. También el hecho de que el profesor se crea la trascendencia de lo que explica y sea capaz de contagiar el entusiasmo que nace del llegar a traducir una idea que nos ha sido legada a través de los milenios y que, milagrosamente, podemos no sólo entender sino también utilizar para iluminar oscuros aspectos de la actualidad.
De todos modos, no es éste ningún descubrimiento genial. Hace unos días, tuve la ocasión de hablar con una alumna francesa que está estudiando en nuestro centro gracias al programa de intercambio "Cruzando fronteras". Con apenas 16 años ya había cursado dos años de griego clásico y lo aprendió básicamente a través de una selección de máximas de Menandro.   Máximas como aquella que reza: ” Ὃν οἱ θεοὶ φιλοῦσιν, ἀποθνῄσκει νέος” “Aquél a quien los dioses aman, muere joven.”
3.- El latín, la cultura y Europa: Spain is different

En otro orden de cosas, creo que la sociedad española, que tantas virtudes tiene, arrastra, sin embargo, desde tiempos inmemoriales, unas estructuras mentales excesivamente rígidas, al menos en lo que atañe al terreno formativo y a la proyección que éste tiene en el plano laboral. En un mundo cambiante y en continua ebullición, desarrollar la capacidad de adaptación va a resultar crucial para encontrar un hueco en él. Ya no basta con recorrer el estrecho camino de la especialización en un campo determinado, sino que, cada vez más, se va a primar la adquisición de unos saberes básicos que puedan cimentar aprendizajes posteriores. Conozco excelentes profesionales que han acabado ejerciendo en profesiones que aparentemente tienen poco que ver con los estudios que realizaron, sobre todo en el campo de las Humanidades.


Hoy día son éstos, los relacionados con las Humanidades, con las letras, unos saberes enormemente desprestigiados y, como veremos, aquí más que en ninguno de los países punteros de nuestro entorno. Así pues, parece ocioso su estudio. Y sin embargo, el conocimiento profundo del lenguaje es una habilidad de incuestionable valor en un marco social en el que el trabajo en equipo será (ya lo es) primordial. En la medida en que lenguaje y pensamiento van de la mano, el dominio del primero permite ampliar los límites del segundo. Esto tampoco es opinable: es una verdad científica.
Por todo ello, es inaceptable que triunfe en un país civilizado como el nuestro, entre otras, la idea de que es una pérdida de tiempo aprender nuevas palabras en la lengua materna, porque con las que uno tiene le basta para expresarse bien. Esto es más propio de una sociedad iletrada, sin ambición y sin futuro que de una sociedad moderna. En mis clases, he tenido bastantes alumnos que creen firmemente que los sinónimos o la ortografía se estudian para complicarles la vida a los estudiantes y para justificar los sueldos de los profesores. Omito decir aquí lo que piensan del estudio de la literatura y, evidentemente, del latín, por razones obvias. Algunos de ellos, los más atrevidos, incluso te espetan un ¿paké? (Es decir, para qué quieres aprender una nueva palabra que significa lo mismo que otra si ya sabes la otra; para qué sirven las reglas de ortografía si lo que de verdad importa es que me entiendan y la práctica cotidiana demuestra que un mensaje plagado de faltas de ortografía se entiende) Y ese paké dice mucho más de lo que dice. Detrás de ese paké se esconde el peor de los conformismos, la aceptación del fracaso, el resignarse a ser un analfabeto en el mundo real, mientras no lo seas en el virtual. Es el colmo de la desidia, de la pereza, de la dejadez, de la justificación de la propia vagancia y de la propia ignorancia … Pero sobre todo, ese paké oculta una visión de la vida que, desgraciadamente, muchos padres transmiten a sus hijos: la filosofía de que no merece la pena esforzarse para adquirir unos saberes que no les van a reportar un beneficio material, tangible e inmediato. Sé que decir esto es política y socialmente muy incorrecto. Pero creo que no por ello hay que dejar de decirlo, porque es ésta la cruda realidad que vivimos día a día en nuestras aulas. O dicho de otro modo, si queremos progresar como colectivo social, primero tendremos que hacer un diagnóstico certero de la situación, a continuación poner el foco en todo aquello que no nos permite avanzar y, finalmente, corregirlo.

No obstante, sucede que esta idea no sólo está en algunas familias: impregna a toda la sociedad y mucho me temo que no nos ha sido transmitida de forma inocente. Interesa. Et cui prodest? (¿A quién le interesa?) ¿Quién se beneficia de que esa manera de entender la vida cale en amplias capas de la sociedad? Esa es otra de las cuestiones vitales en el asunto que aquí tratamos: ¿Hasta qué punto es el pueblo responsable de conformarse con el panem et circenses que, sin ningún recato, el gobernante le ofrece desde hace milenios como el máximo ideal al que se puede aspirar en la efímera vida humana, cobrándole a cambio el costoso peaje de contribuir con su ímprobo esfuerzo al progreso social y de renunciar a enriquecerse con otro tipo de ocio mucho más edificante que, verbi gratia, el omnipresente fútbol?


En esta coyuntura, en este caldo de cultivo a un tiempo bárbaro y chabacano, en el país del utilitarismo radical, monolítico e implacable, es difícil que aflore el gusto por la reflexión seria y profunda, que los ciudadanos tengan inquietudes intelectuales, que el espíritu crítico se imponga al aborregamiento doctrinario. En España, por tanto, es imposible que el estudio del latín cotice hoy día al alza. Somos los campeones del pragmatismo, pero del pragmatismo más ciego, vulgar e inútil que existe.
Todo esto es fácilmente constatable cuando uno se traslada a vivir a otros países y comienza a establecer inevitables comparaciones, a veces odiosas, entre la tierra de acogida y la patria. No quiero decir con ello que en Europa la educación funcione de forma impecable y que aquí atemos los perros con longaniza. De hecho no es así. De mi estancia en Inglaterra, por ejemplo, recuerdo cómo me sorprendió la gran cantidad de ofertas de trabajo destinadas a profesores de latín que aparecían en la prensa. Eso sí, los anunciantes eran exclusivamente colegios privados, prestigiosos colleges que muy pocos podían permitirse. Podemos colegir de ello que el latín es una materia útil para la formación de las elites, de los futuros cuadros dirigentes británicos. Y las preguntas que surgen a continuación son obligadas: ¿Estudiarían Latín las clases acomodadas de la pérfida Albión si no sirviera para nada? ¿Lo hacen como mero pasatiempo que les confiere prestigio? ¿Estudian latín las nuevas generaciones la aristocracia inglesa sólo respetar el vínculo sagrado que les une a sus antiguos próceres? ¿Sólo por tradición? ¿Pueden llegar a ser tan estúpidas las elites de un país serio?
Detengámonos un momento en este punto. Personalmente, discrepo de ese modelo elitista, porque, si es cierto aquello de que todos los hombres nacemos libres e iguales, si de verdad creemos en ese puntal de la democracia que se conoce como “igualdad de oportunidades”, lo que es bueno para el poderoso también debería serlo para el desheredado. Es decir, yo creo que la tan cacareada justicia social ha de poner su primera meta en el acceso a los bienes materiales de toda la población, pero nunca podremos hablar de una igualdad real si ese enriquecimiento crematístico no corre parejo a un enriquecimiento espiritual y cultural, inédito hasta ahora en la larga carrera de la historia de la Humanidad, de los más débiles. Y es aquí donde el latín puede jugar el papel de igualar en lo sublime, en lo selecto, en lo mejor que tiene el ser humano.
Ahora bien, en España estamos en las antípodas de este modelo que propongo: aquí el estudio del latín se considera una pérdida de tiempo incluso para los optimates4. Aquí extraña mucho que alguien, rico o pobre, bueno o malo, estudie latín porque, sencillamente, es algo que “no tiene salida”. Pero, realmente ¿no sirve? ¿no tiene futuro? ¿no tiene salida? De momento, ya hemos visto que parece que sí la tiene para la nobilitas anglosajona.
Veamos, pues, qué ocurre en otros países de similares características. Por ejemplo, vayamos al modelo educativo por excelencia de los últimos años, a ese referente mundial de la enseñanza por obra y gracia del informe PISA: Finlandia ¿Por qué se estudia Latín allí como una lengua más, si los romanos nunca pusieron el pie en tan septentrionales latitudes? ¿Y por qué hay allí una emisora de radio que da las noticias en latín? ¿Deriva acaso su lengua del latín? ¿Es el suomi una lengua románica? ¿Qué? ¿Que ni siquiera es indoeuropea? Entonces ¿es que son también son imbéciles los finlandeses y, en este caso, todos los finlandeses, ya que ellos sí apuestan casi exclusivamente por la educación pública?
Pero prosigamos nuestra peculiar tournée europea ¿Cómo es que el latín continúa formando parte del currículo de los Gimnasia alemanes y es considerado allí como una materia importante para acceder a la universidad, incluso en estudios que, aparentemente, nada tienen que ver con ella? ¿Acaso es Alemania un país poco pragmático, atrasado, romántico como la noche en Cuba?
Hace unos años, recibí una llamada de la madre de una alumna zaragozana que cursaba 2º de ESO en un lycée francés. La pobre chica, y, claro, también la madre, estaba desesperada porque en su plan de estudios figuraba el latín y sus compañeros le llevaban un año de ventaja al haber estudiado esta materia tan inútil en 1º de ESO5. ¡Sí, en el s. XXI, en Francia y en 1º de ESO! ¿Delirantne isti Galli?6 ¿Es tamaña insensatez propia de unos vecinos modernos y civilizados como los nuestros?
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4.- Literalmente, "los mejores". El mismo concepto aparece más abajo en la expresión "nobilitas anglosajona", que hemos de traducir como "nobleza anglosajona".

5.- La adolescente en apuros salió airosa del envite, aprendió latín - al principio con cierta angustia, pero después con auténtica fruición - y demostró que los alumnos de primer ciclo de la ESO son capaces de hacer lo que se les proponga, hasta pueden estudiar latín, siempre que se les estimule convenientemente y no se les infravalore ni a ellos ni a la materia en cuestión.

6.- Literalmente: ¿Están locos estos galos?


Por tanto, nadie puede esgrimir el argumento de que en los países avanzados de nuestro entorno no se estudia latín. Eso sí, en nuestros días se está imponiendo la idea de que esta milenaria lengua es una rémora para el progreso de la vieja Europa, una rara avis que, más pronto que tarde, se extinguirá cuando se compruebe su escasa aportación a la educación del futuro, un pasatiempo para filólogos trasnochados con irreprimibles ansias justificar lo injustificable, de razonar lo que hoy ya no es razonable, de aburrir al personal con tal de ganarse la vida con tan bizarra afición. Y sin embargo, como el ave fénix, la vieja lengua de Roma siempre renace de sus cenizas, acaba por resurgir de las profundidades abisales a las que la quieren condenar y, cada cierto tiempo, de forma muy sorprendente, experimenta un aumento de alumnos que se interesan por ella en colegios y facultades de países punteros en el panorama mundial. ¿Por qué? ¿Es una cuestión de simple cabezonería? ¿De romanticismo pedagógico? No creo. Pero que cada cual saque sus propias conclusiones.



4.- El latín es mu difícil, co.
Otro elemento que juega en contra de la supervivencia del latín es ese filosimplismo, ese proceso de puerilización que caracteriza a la sociedad moderna europea y que tiene en España a uno de sus máximos exponentes. El latín, bien estudiado, es una materia difícil y eso lo aleja a años luz de los intereses de la gente corriente. Mientras tanto, en los últimos años, están recalando en las aulas en las que se imparte - y lo mismo puede decirse de las materias optativas de letras - alumnos que huyen de las matemáticas por su gran complejidad, muchachos con un perfil determinado y que en un porcentaje muy elevado responde al mismo patrón: desmotivación, malos resultados, problemas de aprendizaje, falta de ambición, de seguridad y de hábitos de estudio etc.
Ante este panorama, al docente se le plantea el siguiente dilema: ofrecer un latín light, desustanciado y facilón para que no se espante la grey – y, por tanto, desnaturalizarlo al suprimir gran parte de las virtudes que le son propias – o impartir la materia comme il faut, es decir, utilizando los numerosos recursos didácticos que hoy día existen, pero sin obviar las dificultades con el objeto de que el alumno alcance un dominio profundo del léxico, de la gramática y de la cultura clásica que redunde en beneficio de su formación. En suma, mantenerse firme, enseñar, convencer al alumnado de las ventajas que para ellos tiene el estudio a fondo del latín, de su carácter propedéutico, de su validez actual ... o claudicar. Enseñar o renunciar a ello. Esa es la cuestión.
Yo creo que es precisamente esa dificultad consustancial al latín la que hemos de convertir en un reto. En el reto de apostar por la educación integral como condición sine qua non para educar, en sentido amplio, no sólo a los futuros cuadros de mando sino también, por utópico que parezca, al pueblo. Evidentemente es ésta una labor ardua, ímproba, titánica incluso, pero no siempre hay que salir huyendo ante un objetivo difícil. A veces merece la pena embarcarse en una empresa arriesgada y la que aquí se describe lo es y lo vale, porque, sencillamente está en juego nuestro futuro.
Eso sí, antes de nada, ha de arraigar en nuestro espíritu la convicción de que el esfuerzo de optar por ese marco social ideal compensa. Ha de calar entre nuestros jóvenes la idea de que una sociedad más digna, más igualitaria y, por tanto, mejor es posible. Que es algo que está en sus manos. Que es una cuestión de educación. Y, sobre todo, que es preciso empezar por uno mismo ese complejo proceso de mejora.
Detengámonos un momento en este punto. Igual que sucedía con el dilema que se le planteaba al profesor de latín a la hora de impartir su materia, también hay dos posibles modelos de organización política que son básicos, antagónicos y universales. El más habitual, el que se ha impuesto a lo largo de la historia y en los cinco continentes es el que apuesta por una sociedad de oprimidos y de opresores, de dirigentes y de dirigidos, una sociedad escindida, a dos velocidades, la que corre en un privilegiado circuito habitado por patricios, oligarcas y oportunistas especuladores y la que está estancada en el lodo, la de los plebeyos, de los desheredados, de los perdedores; una sociedad en la que el pueblo, la working class, el proletariado, asume su rol de gobernado, se conforma con el pan que se le da a cambio de su trabajo y se complace con el circo, esto es, con un ocio facilón y nada edificante. El ciudadano medio de este tipo de sistema (en el fondo, un consumidor) es constantemente bombardeado con la idea de que otro modelo social no es posible porque cualquier otra opción conduce al paro, a la pobreza, al caos, hasta que finalmente queda convencido de que eso es irremisiblemente así y, por tanto, una vez sembrada la evidencia de la imposibilidad de otra alternativa, el gobernante puede manejar a su antojo a un pueblo sumiso, asustadizo y concienciado de sus “verdaderos” derechos y deberes. De este modo, en una "perfecta" comunión de contrarios, el país progresa, vence los obstáculos y mantiene un rumbo constante y firme. Pero ¿hacia dónde? Esa ya es otra cuestión. Y, desde luego, la respuesta a esa pregunta está muy lejos del alcance del españolito de a pie, porque, sencillamente, no tiene ni los recursos, ni la preparación, ni los medios para embarcarse en reflexiones tan trascendentales y tan alejadas de su realidad vital.
En mi opinión, interesarse por la cultura y por la ciencia, lo que conocemos como "tener inquietudes intelectuales", no debería ser patrimonio exclusivo de determinadas profesiones ni de ciertos estratos sociales, sino de todo el conjunto de la ciudadanía. En una sociedad tiene que haber periodistas, fontaneros, médicos, constructores, barrenderos, empresarios etc. Pero, ¿por qué no puede, por ejemplo, un policía o un agricultor interesarse por la Historia, emocionarse con un pasaje de la Eneida o disfrutar yendo a un museo? La formación básica en los primeros años es esencial para conseguir una ciudadanía culta y educada. El latín, bien estudiado, es un excelente modelador de espíritus, despierta la sensibilidad literaria y desarrolla enormemente la competencia lingüística de quien lo estudia a fondo y es capaz de superar sus complicaciones iniciales ¿Por qué, pues, en España se prohíbe el estudio del latín a los menores de 16 años? Me adelanto a darles la respuesta de quienes elaboran las leyes educativas: "Porque, sobre ser difícil, como materia del currículo, no sirve para cubrir las necesidades de la población, no tiene nada que ver con la formación práctica que demanda el mercado laboral y está alejada de los intereses de la sociedad moderna". Podrán decirlo de otra manera (porque, aunque no sepan latín, muchos de ellos sí son maestros en el arte de la retórica ), pero en el fondo es eso lo que piensan y no sólo ellos, sino, por desgracia y como hemos visto, la práctica totalidad de la población en contra de sus propios intereses.

Por mi parte, yo tengo la esperanza de que estas justificaciones, aparentemente muy acertadas, de los que buscan reducir la presencia del latín en la enseñanza queden, si no desarmadas, al menos compensadas por las razones que, para fomentar su estudio, aquí estoy tratando de exponer. Pero, en todo caso, prefiero que seas tú, esforzado lector que hasta aquí has llegado, quien valore justamente los argumentos a favor y en contra sobre la cuestión que aquí se dirime.


5.- El latín, la retórica y el s.XXI
Veamos ahora otro de los aspectos más desconocidos de esta materia tan peculiar. Partiré de otra anécdota para ilustrar dicho aspecto. Poco tiempo después de la experiencia que acabo de relatar a propósito de las tribulaciones de la pobre alumna de latín en el lycée francés, recibí la llamada de un familiar que se hallaba en Madrid cursando un Master en Administración y Dirección de Empresas. Me llamaba para que la asesorara sobre una extraña tarea que le habían encomendado y que era considerada de la máxima trascendencia para su formación y para la nota final de ese importante Curso de Posgrado. Consistía el tal trabajo en leer detenidamente uno de los mejores discursos de Obama - aquél que lo consagró como candidato a la Casa Blanca; sí, el del we can; ése en el que repetía machaconamente esa consigna mundialmente famosa y que traducimos al español como “podemos” - y extraer en él todas las figuras retóricas que lo jalonan, que conforman su estructura y su sustancia y que explican en gran medida el elevado grado de perfección formal que alcanza ese discurso, su increíble fuerza emotiva y el arrollador éxito que logró al persuadir a una sociedad exhausta, sin alma y sin salida de que había un camino por el que transitar con un proyecto ilusionante y con futuro.
Ya en una primera lectura comprobé que ese discurso estaba repleto de figuras retóricas clásicas y que quien pronunciaba esas palabras era una especie de Cicerón americano. Pero analizando más profundamente su estructura, eran tales los paralelismos con la obra del orador romano que, cuando tocó explicar el tema de "La retórica y la oratoria en Roma", meses después de asesorar a mi becado familiar, decidí llevar a mi clase ese discurso de Obama y estudiar con los alumnos su estructura y el empleo que en él se hacía de los recursos expresivos clásicos. Creo que fue una excelente oportunidad para demostrar que el análisis profundo del legado clásico no sólo no es inútil, sino que es imprescindible para entender muchos de los aspectos de la realidad actual.
Considero esencial que todo alumno posea unos conocimientos básicos de retórica, no sólo para expresarse mejor, sino también para ser capaz de desvelar los mecanismos de persuasión, y por tanto, de manipulación del lenguaje. La retórica está presente en nuestras vidas por doquier: en la publicidad, en la política y en cada decisión, intrascendente o vital, que se toma en grupo, después de analizar todas las posibles opciones. Es incuestionable que esos mecanismos de persuasión son exactamente los mismos que emplearon magistralmente oradores como Demóstenes o Cicerón. La disección de esos discursos en su lengua original desarrolla la capacidad de juicio y de crítica del alumno, le desvela el increíble poder de la palabra y desmonta los mensajes subliminales y manipuladores con los que se nos maneja a diario y que, en más ocasiones de lo que la decencia permite, tienen como destinatarios, porque son presa fácil, a los adolescentes. Pero es que además, el alumno de latín aprende estos oscuros mecanismos del lenguaje y estas figuras literarias que lo conforman en su propio contexto histórico, allí donde se originó su validez, su fuerza expresiva y su capacidad para elevarse hasta convertirse en un referente universal; es decir, en latín.
¿Puede aprenderse retórica sin estudiar latín? Por supuesto. Pero es también evidente que el conocimiento de primera mano que el estudio del latín aporta sobre el increíble poder de la palabra es, sencillamente, insustituible.

Paulo maiora canamus
Todavía hay otro aspecto, nada desdeñable y estrechamente relacionado con la idea que acabo de exponer, que hemos de tratar, si es que queremos ofrecer una panorámica completa de las prestaciones que las lenguas clásicas pueden aportarnos hoy día. Tal aspecto debería ser en sí una respuesta o un argumento, pero prefiero desarrollarlo por separado dada su trascendencia, su calado en el espíritu humano y, sin embargo, su escasa presencia en los debates que sobre la utilidad de las lenguas clásicas proliferan tanto en las conversaciones de café como en las multitudinarias redes sociales.
En esta nueva perspectiva, tenemos que abordar asuntos de cierta altura intelectual como son la estética, el arte y la belleza, conceptos que se nos presentan actualmente tan difuminados, tan contaminados por las nuevas tendencias del culto al cuerpo (y de menosprecio del espíritu) y tan mediatizados por la esta absorbente y alienante vorágine de nuevas tecnologías que resulta francamente difícil valorarlos en su justa medida ... Y es que, digámoslo de una vez, la transmisión de unos textos que educan la sensibilidad y el gusto, de unos contenidos no sólo útiles sino también estéticamente bellos; en suma, de una literatura sublime, es otra de las virtudes del latín y del griego clásico. Sólo quien ha accedido, por ejemplo, a traducir unos versos de La Eneida, actividad para la que tampoco es preciso ser un experto latinista, es capaz de apreciar la belleza que transpiran sus versos y experimentar el goce estético que se desprende del intento -vano- de captar su esencia; eso sí, no sin antes haber invertido un esfuerzo -palabra maldita en estos tiempos- en aprender los rudimentos básicos de la lengua. Este placer, abstracto, sí, elevado, incluso etéreo, diferente, pero no menos intenso que otros, este gustazo intelectual que los humanos experimentamos al entender conceptos tan aparentemente ajenos a nosotros y sin embargo tan íntimamente ligados a nuestra esencia, a nuestros ancestros, a nuestra propia historia, no conoce de modas pasajeras, trasciende las barreras del tiempo y del espacio y, por tanto, constituye, en palabras del eximio Tucídides7, un κτῆμα ἐς αἰεὶ, es decir, una adquisición para siempre. ¿Acaso no es ésta una buena razón para entender el aprendizaje de las lenguas clásicas como una apuesta de futuro?
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7.- Historiador ateniense del s.V a.C. Es considerado el auténtico padre de la Historia, porque, a diferencia de Heródoto, utilizó un método de exponer los acontecimientos riguroso y objetivo. Es uno de los genios de la antigüedad de cuya obra todavía podemos aprender mucho y, sin embargo, es también un autor completamente desconocido para el gran público. Su homólogo en Roma podría ser Tácito. Otro grande igualmente ignorado. Una pena. Espero que sepamos poner freno a la barbarie y se considere importante que estos referentes de nuestro pasado formen parte de los futuros planes de estudio.




A modo de conclusión
Por todo ello, frente a lo que se nos presenta como una evidencia, sostengo que el latín no sólo no es una materia anacrónica que ha sobrevivido por mor de la tradición, del inmovilismo con el que se nos asocia hoy al colectivo docente, y, en especial, al profesorado de latín y griego, de los privilegios que, como funcionarios, dicen que tenemos todos los profesores; sino que me atrevo a afirmar que el estudio de las lenguas clásicas, por todas las virtudes que le son consustanciales, es uno de los que garantiza la adquisición de unos valores, de unas habilidades útiles para vivir en sociedad y de unos conocimientos que han sido, son y serán los cimientos de la sociedad futura, cuya construcción no puede partir de la nada, si es que queremos un edificio social seguro, sólido y a prueba de las inclemencias de los tiempos venideros. Del pasado, de la tradición cultural europea, del enorme legado del que somos herederos podemos permitirnos el lujo de ignorar lo que no nos sirva, pero antes de hacerlo hay que tener claro qué es útil y para qué lo es.
Temo que al finalizar este, más que ensayo, monólogo sin gracia, el anunciado fracaso ante el reto de tratar de convencer a cada uno de sus lectores de la enorme utilidad de los estudios clásicos se haya hecho realidad definitivamente. Me queda el pobre consuelo de que este escrito no se pierda para siempre en la noche de los futuros tiempos y de que haya alguien que lo rescate del cruel olvido y a quien le sea útil para poner en valor (qué bonito ejemplo de locución verbal y de modernísima expresión del castellano actual) los estudios de las lenguas clásicas y de la Antigüedad en general. Ese alguien podría muy bien ser aquel muchacho que, por primera vez, se plantea qué le puede aportar el estudio de una materia antigua, ninguneada, desconocida, pero que todavía tiene mucho que decir antes de que algún ínclito ministro de educación pase a la Historia por el dudoso mérito de haberle asestado el golpe de gracia. Sean para ese joven, que yo sitúo en las antípodas de la famosa niña de Rajoy, las últimas palabras de este escrito que aquí acaba. Y a ti, desocupado lector que has conseguido escapar airoso de este laberíntico y espeso manojo de aburridas reflexiones, sólo me queda darte las gracias por tu paciente dedicación y despedirme de ti con un último adagio, que condensa gran parte de lo que aquí quiero transmitirte y que, espero, te resulte pertinente y útil: Non quia difficilia sunt non audemus, sed quia non audemus difficilia sunt. (Algunas cosas) no es que no las intentemos porque son difíciles, sino que son difíciles porque no las intentamos. Vale.

Contraportada

¿Por qué Latín? Es esta una pregunta más pertinente que nunca. En plena revolución biotecnológica, en una sociedad globalizada, digitalizada, en un mundo en plena efervescencia política, tecnológica, mediática ¿qué pinta el Latín? ¿Qué utilidad tiene? Es obvio que una inmensa mayoría de ciudadanos piensa que ninguna. Por eso, es hora de que los profesionales del latín, los que sabemos de las enormes virtudes de esta milenaria lengua, los que, en definitiva, estamos capacitados para, dejando a un lado ambiguos tópicos y falsas verdades, desvelar su verdadera naturaleza y explicar la razón de su existencia en los planes de estudio actuales y futuros, abandonemos la torre de marfil en la que nos encerramos in illo tempore y bajemos a la arena a demostrarles nuestros conciudadanos que en el mundo actual todavía tienen cabida los antiguos saberes que intentamos transmitir y que nos han sido legados por diversas vías entre las que las lenguas clásicas ocupan una situación excepcional.

Ya ha pasado el tiempo del resentimiento estéril, no hay ya necesidad de aislarnos de una sociedad que consideramos a un tiempo moderna y vulgar, no podemos pagar las afrentas con indiferencia y desdén, sino con palabras sosegadas, certeras y persuasivas, por difícil que esto pueda resultar. El latín sirve mucho más que para exhibir en sociedad un exclusivo halo que confiere prestigio, marca distancias con el despreciable vulgo e imprime en el talante de quien lo estudia una suerte de pedante marchamo de etérea e inútil sabiduría . Es más, en mi opinión, su utilidad radica precisamente en lo contrario. El latín podría erigirse en una materia clave para acercarnos a una verdadera y bien cimentada educación de calidad. La antigua lengua de Roma, eficacísima herramienta para fomentar la igualdad de oportunidades, no ha de servir para elevarse sobre el pueblo, sino para que el pueblo se eleve sobre la ignorancia. Es decir, no se trata de saber más que el otro, sino de que todo ciudadano acceda a unos saberes que, lejos de ser inútiles, desarrollan unas habilidades básicas para vivir en sociedad, como el uso y el conocimiento profundo del lenguaje y la forja de un espíritu crítico maduro, coherente y ecuánime. ¿Por qué latín? Porque, sencillamente, es uno de los mejores caminos que conozco para hacernos mejores, tanto individual y como colectivamente.



Ahora, pues, es tiempo de deponer el desprecio y divulgar los beneficios del estudio de tan bella lengua sin acritud, sin vanas petulancias, sin afanes revanchistas. Admitámoslo: el estudio del latín, visto desde fuera por alguien que no ha tenido el privilegio de contemplar el paradisíaco vergel que oculta su desconchada faz, resulta hoy día anacrónico, inútil, surrealista. Los mayores lo asocian con la peor versión de la iglesia católica, con la España en blanco y negro del hambre y de la emigración y con mentalidades afines al régimen fascista de Franco. Ahí es nada. Y, en mi opinión, todavía es mucho más trágico que los más jóvenes vean en él el pasado que hay que superar y lo relacionen con unos saberes que no les pueden aportar para su formación absolutamente nada, porque para ellos todo lo que tiene más de dos años, sencillamente, no existe.

Destruir esas falsas ideas sobre el estudio del latín tan nefastamente arraigadas en nuestra sociedad, desmontar los aparentemente sólidos argumentos de los que, desde la ignorancia, claman por su desaparición y divulgar la verdadera esencia de su naturaleza y sus potenciales bondades para los estudiantes. Estos son, con la razón como única herramienta, los auténticos fines de este manojo de reflexiones que aquí se plasman por escrito. Why latín,co? Because …


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