Ward Moore



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Ward Moore


Lo que el tiempo se llevo

Ediciones Martínez Roca, S. A

Colección dirigida por Alejo Cuervo

Traducción de Cristina Macía

Diseño cubierta: J. C. Mena

Ilustración: Tim White

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni la recopilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, por registro o por otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de Ediciones Martínez Roca, S. A.


Título original: Bring the Jubilee
©1955, Ward Moore

© Renovado 1983, by Ward Moore Estáte

© 1989, Ediciones Martínez Roca, S. A.

Gran Via, 774, 7.°, 08013 Barcelona

ISBN 84-270-1284-5

Depósito legal B. 2196-1989

Impreso por Romanyá/Valls, Verdaguer, 1, Capellades (Barcelona)
Impreso en España — Printed in Spain

Para



Tony Boucher y Mick McComas,

a quienes tanto gustó esta historie
Hace todo lo que quiere, y hace tanto

que la evidencia se llama imposibilidad.

TROILO Y CRECIDA



El enigma de la naturaleza del tiempo es el obstáculo con el que siempre choca el curso de nuestros pensamientos. Y, si el tiempo es tan fundamental que comprender su auténtica naturaleza no estará nunca a nuestro alcance, tampoco obtendremos nunca una decisión en la milenaria controversia entre la determinación y el libre albedrío.

the mysterious universe by james jeans


1

La vida en los veintiséis estados

Aunque estoy escribiendo estas líneas en 1877, no nací hasta 1921. No, no me he equivocado en las fechas ni en los tiempos verbales. Me explicaré.

Como he dicho, nací en 1921. Pero no fue hasta 1930, casi a los diez años, cuando empecé a darme cuenta de lo frustrante y falto de esperanzas que era el mundo que me rodeaba. Fue a causa del retrato al carboncillo del abuelo Hodgins, que colgaba solemnemente sobre la repisa de la chimenea.

El abuelo Hodgins —en cuyo honor me habían bautizado, no sin cierta grandilocuencia, Hodgins McCormick Backmaker— había sido un veterano de la Guerra de la Independencia Sureña. Como tantos otros jóvenes, se embutió en un desastrado uniforme azul y respondió a la llamada del mal aconsejado y testarudo —quizá martirizado— señor Lincoln. Depende de con qué punto de vista se mire, en mi vida he tenido varios.

El abuelo perdió su brazo en la Gran Retirada a Filadelfia, tras la caída de Washington ante las victoriosas tropas del general Lee, procedentes de Virginia del Norte. Así que la guerra terminó, para él, seis meses antes de la capitulación en Reading, y del reconocimiento de la independencia de los Estados Confederados, el 4 de julio de 1864. Manco y amargado, el abuelo volvió aquí, a su casa de Wappinger Falls. Como sus camaradas veteranos, trató de rehacer su vida en un mundo diferente del que conoció, y cada vez más desesperanzador.

Aparentemente, la Paz de Richmond era una serie de disposiciones —casi generosas— del vencedor para con el enemigo derrotado. (Ambos bandos, por diferentes razones, recordaban el motín de los Federales intransigentes en los ejércitos de Cumberland y Tennessee. A pesar de la derrota de Chattanooga, éstos no consiguieron olvidarse de Vicksburg o de Port Hudson, y combatieron sangrientamente la orden de rendición.) Al Sur le habría resultado fácil hacer pedazos el país, y complacer a sus más apasionados patriotas; incluso podría haberse anexionado el Oeste para convertirlo en un protectorado. En vez de eso, los caballerosos sureños se contentaron con trazar la frontera, siguiendo unas líneas más tradicionales. La línea Maxon-Dixon les dio Delaware y Maryland; ellos, generosamente, devolvieron el saliente de Virginia Oeste, que quedaba por debajo de esa línea. Missouri pasó a formar parte de la Confederación, naturalmente; pero los disputados territorios de Colorado y Deseret pasaron a la vieja Unión. Sólo Kansas y California, así como la cuña que formaba Nevada —por razones defensivas evidentes—, quedaron en manos del Sur.

Además, la Paz de Richmond estableció que el derrotado Norte pagara el alto precio de la guerra. Y era eso, mucho más que la pérdida del brazo, lo que convertía al abuelo Hodgins en un mutilado. La inflación de posguerra, galopante durante la Administración Vallandigham, se hizo vertiginosa durante los años del presidente Seymour, y provocó las revueltas del hambre de 1873 y 1874. El dinero y la propiedad sólo lograron recuperar su estabilidad en 1876, tras la elección del presidente Butler, candidato de los muy conservadores Whigs, gracias a una reorganización y una drástica reducción de la inflación. Claro que, para entonces, todos los valores normales habían quedado destruidos. Y tenían que seguir pagando las indemnizaciones. El abuelo jamás consiguió recobrarse de aquello, y otro tanto les sucedió a centenares de miles de personas como él.

Recuerdo perfectamente cómo era yo en los años veinte y treinta: un chiquillo que oía a sus padres hablar amargamente de la guerra que lo había estropeado todo. No se referían a la Guerra de los Emperadores, la de 1914 a 1916, reciente todavía, sino a la Guerra de la Independencia Sureña. Aun entonces, setenta años más tarde, terminó malogrando lo que quedaba de los Estados Unidos.

Tampoco se puede decir que fueran únicos u originales. Los hombres que holgazaneaban en la herrería de mi padre, o los que se reunían cada mes en torno a la oficina de correos, esperando saber los números ganadores de la lotería, solían maldecir a los confederados, y discutir sobre qué habría pasado si Meade hubiera sido mejor general, o Lee peor; o sobre las nuevas bicicletas con engranajes, que hacían más fácil pedalear cuesta arriba; o sobre el último escándalo relativo al emperador francés, Napoleón VI.

Yo intentaba imaginar cómo habían sido las cosas en tiempos del abuelo Hodgins, visualizar ese pasado perdido, esa era extraña y deslumbrante. En ella, según decían, gente como nosotros o nuestros vecinos eran los propietarios de sus propias granjas. No tenían que pagar alquiler al banco, ni entregar la mitad de la cosecha a un terrateniente. Y escrutaba las profundas arrugas que componían el rostro del abuelo Hodgins, en busca de algún signo que le diferenciase de sus descendientes.

—Pero ¿qué hizo para perder la granja? —solía preguntarle a mi madre.

— ¿Hacer? No hizo nada. No pudo evitarlo. Anda, vete a hacer tus tareas. Tengo un montón de trabajo.

¿Cómo podía haber tenido resultados tan desastrosos la pasividad de mi abuelo? No podía comprenderlo. Igual que no podía comprender esos tiempos pasados, en los que un hombre podía conseguir casi siempre un trabajo, con un salario que le permitía mantenerse a sí mismo y a su familia. Pero eso fue antes de que el sistema de contratación se hiciera tan corriente, que la única alternativa a la indigencia era venderse a una compañía.

La contratación sí podía comprenderla: en Wapperin Falls, había una fábrica que confeccionaba un tejido de mala calidad, muy inferior al que tejía mi madre en su telar manual. A pesar de estar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, mi madre podría haberse contratado allí por un buen precio, y ella misma admitía que su trabajo sería más fácil que el que hacía en casa para competir con la fábrica. Pero, como solía decir con un terco movimiento de cabeza, «nací libre, y libre moriré».

En tiempos del abuelo Hodgins, si es que se podía dar crédito a las leyendas del pueblo y a las historias de la familia, los hombres y las mujeres se casaban jóvenes, y tenían grandes familias. Entre él y yo podrían haber existido cinco generaciones, en vez de sólo dos. Y muchos tíos, primos y hermanos. Ahora, lo normal eran matrimonios tardíos e hijos únicos.

¡Si no hubiera sido por la guerra...! Era la cantinela habitual, aunque sujeta a las ligeras variaciones que exigieran las circunstancias concretas del momento. Si no hubiera sido por la guerra, los jóvenes más vigorosos no emigrarían; los visitantes extranjeros no vendrían, como el que va a hacer caridad a un arrabal; y las grandes potencias se lo pensarían dos veces antes de enviar soldados, cada vez que uno de sus ciudadanos sufría la menor molestia. Si no hubiera sido por la guerra, el odioso comprador de Boston —odioso para mi madre; a mí me resultaba fascinante, con su chaleco de colores chillones, y aquel permanente olor a jabón y a tónico capilar—, no vendría habitualmente a casa para ofrecerle un precio miserable por sus tejidos.

— ¡Extranjero! —exclamaba siempre mi madre, cuando el comprador se marchaba—. Envían los buenos tejidos fuera del país.

—Se limita a hacer su trabajo —se atrevió a aventurar en una ocasión mi padre.

— ¡Claro, debí saber que un Backmaker se pondría de parte de los extranjeros! De tal padre, tal hijo. Si las cosas funcionaran a tu gusto, dejarías que nos lo robaran todo.

Ésa fue la primera noticia que tuve sobre el escándalo del abuelo Backmaker. Por entonces, ya no había ningún retrato de él, y mucho menos sobre la repisa de la chimenea. Tengo la impresión de que el padre de mi padre no sólo era extranjero de nacimiento, sino un personaje deshonroso, un hombre que seguía creyendo en los ideales por los que había luchado el abuelo Hodgins, incluso después de que demostraran ser erróneos. No sé cómo llegué a descubrir que el abuelo Backmaker había pronunciado discursos, exigiendo la igualdad de derechos para los negros, o protestando por los linchamientos que tan populares eran en el Norte. Tampoco recuerdo cómo me enteré de que le habían expulsado de muchos lugares, antes de instalarse definitivamente en Wappinger Falls. O de que, durante toda su vida, la gente murmuró a sus espaldas, «¡Sucio abolicionista!». Un insulto terrible, desde luego. Sólo sé que, como consecuencia de esto, mi padre, un hombrecillo tímido y trabajador, siempre estuvo dominado por mi madre, y nunca le permitió olvidar que un Hodgins o un McCormick valían por una docena de Backmaker.

Yo debí de ser para ella un auténtico castigo, porque no mostré ni rastro de la iniciativa y el sentido común de los Hodgins, el que tenía ella y que nos mantenía a todos libres, por precariamente que fuera. Para empezar, yo era notablemente torpe y desmañado, bastante inútil para el millar de tareas necesarias en nuestra ruinosa casa. Aunque me lo ordenaran, era incapaz de levantar el martillo para arreglar los maltrechos suelos del lado este, sin machacarme el pulgar o sin hacer astillas la vieja madera. No podía cuidar del pequeño huerto, sin destrozar valiosísimas verduras y dejar intactas todas las malas hierbas. Podía quitar la nieve en invierno porque era tuerte y resistente, pero cualquier trabajo que exigiera habilidad manual me superaba. Me hacía un lío cada vez que tenía que ensillar a Bessie, nuestra yegua, o engancharla al carro para que mi padre fuera a Poughkeepsie. Y, cada vez que intentaba ayudarle en la granja o en la herrería, mucho me temo que mis esfuerzos provocaban, en aquel hombre tranquilo, algo muy parecido a la ira. Solía dejar las riendas en el arado o el martillo en el yunque, y movía la cabeza tristemente.

—Será mejor que vayas a ayudar a tu madre, Hodge. Aquí no haces más que estorbarme.

Sólo en una cosa casi logré complacer a mi madre; aprendí muy pronto a leer y a escribir, y parecía que se me daba bien. Pero incluso en esto tenía un fallo; ella veía la literatura como algo que distinguía a los Hodgins o a los McCormick de la muchedumbre; algo que, de una manera vaga e inconcreta, serviría para salir de la pobreza. Para mí, la lectura era un fin en sí misma. Y eso, probablemente, le recordaba la laxitud de mi padre, o las ideas subversivas del abuelo Backmaker.

—Tienes que ser algo en la vida, Hodge —solía amonestarme a menudo—. No puedes cambiar el mundo —evidente alusión al abuelo Backmaker— pero, si lo intentas, puedes arrancarle algo. Siempre hay alguna posibilidad.

Aun así, no aprobaba la lotería por correo, en la que tantos centraban sus esperanzas para escapar de la pobreza o del contrato. En ese aspecto, estaba de acuerdo con mi padre: los dos confiaban más en el trabajo que en el azar.

De todos modos, el azar también puede ayudar al trabajador más firme. Recuerdo la ocasión en que un minimóvil —una de las pequeñas locomotoras sin rieles— se estropeó, a menos de kilómetro y medio de la herrería de mi padre. Era una oportunidad de oro, increíble, irrepetible. Los minimóviles, como cualquier otro artículo de lujo, eran muy comunes en países prósperos como la Unión Alemana o la Confederación, pero escaseaban en los Estados Unidos. Nuestros medios de transporte se limitaban a los caballos, que jamás fallaban, y a los ferrocarriles, por desgastados y estropeados que estuvieran.

Durante décadas, el gran tema de discusión en el Congreso, fue la inconclusa línea transcontinental Pacífico, aunque la América Británica tenía una, y los Estados Confederados siete. (Aún se tenían ciertas reticencias contra los foques náuticos, a pesar de ser económicos y bastante corrientes.) Sólo escasos millonarios, con contactos en Frankfurt, Washington-Baltimore o Leesburg, podían permitirse un costoso y complicado minimóvil. Además, requería un conductor experto que lo guiara por las maltrechas carreteras, llenas de accidentes y baches. Sólo un espíritu extraordinariamente aventurero se atrevía a abandonar las alquitranadas calles de Nueva York o de su ciudad hermana, Brooklyn, en las que los gruesos neumáticos de goma de los minimóviles, en el peor de los casos, podían al menos contar con la tracción de los caballos.

Cuando se hacía, era inevitable que los traqueteos y saltos rompieran o desconectaran alguno de los delicados componentes de la complicada maquinaria. En esos casos, el único recurso —aparte de enviar un telegrama a la ciudad, si el apurado viajero se encontraba cerca de alguno de estos instrumentos— era la herrería más cercana. Los herreros no solían conocer el mecanismo y funcionamiento de los minimóviles, pero podían fabricar un duplicado aceptable de la pieza rota, y a menos que la máquina hubiera sufrido daños graves, colocarla en su sitio. Lo acostumbrado era que el artesano se compensara a sí mismo por el tiempo que había estado apartado de las herraduras o el fuelle —o, simplemente, de mordisquear una paja— exigiendo una remuneración exorbitante, que en algunos casos podía llegar a los veinticinco o treinta centavos por hora. Así vengaban su pobreza rural y su obligada autosuficiencia, ante la riqueza y la impotencia del excursionista urbano.

Como he dicho, mi padre tuvo una de estas oportunidades de oro en el otoño de 1933, cuando yo tenía doce años. El conductor llegó hasta la herrería, dejando que el propietario del minimóvil se ahogara de ira en el asiento del pasajero. Un rápido vistazo convenció a mi padre, que arreglaba con igual destreza un reloj que un rastrillo roto, de que debían llevar la máquina hasta la forja. Allí podrían calentar y enderezar una parte que no podía desmontarse fácilmente. (Tanto el conductor como el propietario, incluso mi padre, repitieron varias veces el nombre de esa parte. Pero siempre he sido tan inepto para las cosas «prácticas» que, a los diez minutos, ya no lo recordaba. Mucho menos treinta años más tarde.)

—Hodge, coge la yegua y ve a casa de Jones. No intentes ensillarla, monta a pelo. Pídele por favor al señor Jones que me preste su yunta.

—Le daré un cuarto de dólar al chico, si vuelve con la yunta antes de veinte minutos —añadió el propietario del mini móvil sacando la cabeza por la ventanilla.

No diré que volé como el viento, porque en esta vida he aprendido a detestar las exageraciones y las hipérboles, pero me moví más de prisa de lo que lo había hecho en toda mi vida. ¡Un cuarto, todo un deslumbrante cuarto de plata para mí solo, para que me lo gastara como quisiera! Era la paga de todo un día para un chico, siempre que encontrara trabajos raros, o medio día de paga para un adulto que no se hubiera contratado ni trabajara horas extras.

Volví corriendo al granero, saqué a Bessie por las riendas y monté rápidamente, soñando despierto. Una vez tuviera el cuarto de dólar, quizá podría convencer a mi padre de que me llevara en su próximo viaje a Poughkeepsie. Allí, en las tiendas, encontraría unos metros de algodón estampado para mi madre, o una caja de los cigarros que más le gustaban a mi padre y que rara vez compraba, o un algo inimaginable para Mary McCutcheon, que tenía unos tres años más que yo. Me gustaba estar con ella, aunque también me avergonzaba el que se me viera con una débil chica, en vez de con otro chico.

Ni por un momento se me ocurrió lo primero que habría pensado cualquiera: invertirlo en un octavo de billete de lotería. No sólo porque mis padres se opusieran abierta y firmemente a este popular juego de azar, sino porque yo también sentía una aversión puritana a jugar con la suerte.

Claro que, también podía gastar mi cuarto de dólar en la tienda de libros y relojes de Newman. No podría permitirme uno de los últimos libros ingleses o confederados —hasta las novelas, que yo desdeñaba, costaban cincuenta centavos en la edición original, y treinta en la edición pirata de los Estados Unidos—, pero... ¡qué tesoros había entre las reediciones de a doce centavos y medio, o entre los clásicos de a diez centavos!

Las patas de Bessie se movían rítmicamente debajo de mí. Repasé con la imaginación todas las existencias de la tienda del señor Newman, que me conocía de memoria por haberlas inspeccionado un millar de veces, bajo el regular y arrullador sonido de su otra mercancía, sin duda mucho más rentable.

Con un cuarto de dólar podría comprar dos reediciones, pero las leería en otras tantas tardes. Y volvería a estar como al principio, hasta que el recuerdo se desvaneciera y pudiera leerlas otra vez. Sería mejor invertirlo en ediciones baratas de historias de aventuras, de ésas que contenían buenas narraciones de la vida en el Oeste, o que recordaban las glorias de la guerra. Claro que casi todas estaban escritas por autores confederados. Y yo era, quizá gracias al abuelo Hodgins y a mi madre, un devoto partidario de la causa perdida de Sheri dan, Sherman y Thomas. Pero el patriotismo no bastaba para alejarme de las emociones que ofrecían los libros confederados; sencillamente, la literatura ignoraba la frontera que se extendía hacia el Pacífico.

Por fin, decidí no invertir mis veinticinco centavos en cinco volúmenes, sino en diez de segunda mano, o con las cubiertas estropeadas por la exposición en la tienda. Fue en ese momento cuando me di cuenta que llevaba mucho tiempo cabalgando sobre Bessie. Miré a mi alrededor, un poco deslumbrado por el repentino contraste entre el interior ligeramente mohoso de la tienda de Newman y el brillante campo que se extendía ante mí. Descubrí, consternado, que Bessie no me había llevado a la granja de Jones, sino en dirección opuesta, en un viaje de placer de su propia elección.

Me temo que esta pequeña anécdota no tiene importancia —aunque, para mí, sí la tuvo aquella noche: además de perder el cuarto de dólar prometido, mi madre me dio una buena zurra con una vara de cardar la lana. Mi padre, como de costumbre, rehusó apáticamente cumplir con sus deberes de progenitor— , excepto como demostración de cómo puedo olvidarme de la realidad cuando persigo un sueño.

Mi sincera creencia de que los libros eran parte de la vida, y la parte más importante, no fue una etapa transitoria. La mayoría de los adolescentes sueñan con irse a los bosques de Dakota, Montana o Wyoming, contratarse en una compañía dirigida por una bella joven —este tema también es habitual en los libros de bolsillo—, descubrir el botín escondido por una banda de forajidos, o emigrar a Australia o a la República Sudafricana. La alternativa era enfrentarse a la realidad de los contratos, la de llevar la granja de la familia o el pequeño comercio. Yo sólo quería que me dejaran leer.

Sabía que esta ambición, si es que se la puede llamar así, era rara y extravagante. También era prácticamente imposible. La escuela de Wappinger Falls, superviviente de los días de aprendizaje compulsivo y espina en el bolsillo de los contribuyentes, enseñaba lo menos posible. Y de la forma más rápida imaginable. Los padres necesitaban la ayuda de sus hijos, para sobrevivir o para acumular unos mínimos ahorros, siempre con la ilusoria esperanza de liberarse de sus contratos. Tanto mi madre, como mis maestros, contemplaban con recelo mi deseo de seguir aprendiendo a mi edad, cuando la mayoría de mis coetáneos ya eran económicamente útiles.

Suponiendo que yo hubiera tenido dinero, la desastrada y anticuada Academia de Poughkeepsie —creada en principio para la educación de los acomodados— no podía proporcionarme lo que quería. No es que estuviera demasiado claro lo que deseaba, pero sí sabía que ni la aritmética comercial, ni la agrimensura, ni ninguna de las asignaturas que se enseñaban allí, era la respuesta a mis deseos.

Y, desde luego, no había dinero para pagar una universidad. Nuestra posición había ido empeorando paulatinamente, y mi padre hablaba de vender la herrería y contratarse. Mis sueños de Harvard o Yale eran tan imposibles como los de mi padre: el conseguir una buena cosecha, que le permitiera pagar todas las deudas. Y por aquel entonces yo tampoco sabía —lo averigüé más tarde—, que las universidades eran cada vez más provincianas y decadentes, y que ofrecían un doloroso contraste con las florecientes universidades de la Confederación y de Europa. El hombre de la calle se preguntaba para qué demonios querían universidades los Estados Unidos: al parecer, los que asistían a ellas, sólo aprendían a quejarse y a cuestionar las instituciones de toda la vida. La constante y minuciosa inspección de las facultades, y el despido sumario de cualquier profesor, sospechoso de tener ideas irregulares, no pareció mejorar la situación ni elevar el nivel de la enseñanza.

Ahora que ya había pasado la edad del cambio, mi madre me dio una larga y severa conferencia sobre la holgazanería y la confianza en uno mismo.

—Vivimos en un mundo difícil, Hodge, y nadie te va a dar nada que no te hayas ganado. Tu padre es un hombre despreocupado, demasiado para su propio bien. Pero siempre sabe cuál es su deber.

—Sí, claro —repliqué educadamente, sin saber muy bien a dónde quería llegar.

—Trabajo duro y honrado. Eso es lo único que importa, no los milagros que esperes, imagines o desees. Trabaja duro y mantente libre. No dependas de las circunstancias ni de los demás, ni les culpes de tus propios defectos. Depende sólo de ti mismo. Sólo así llegarás donde quieras.

Me habló de la responsabilidad y el deber, como si fueran haremos mensurables. En ningún momento mencionó la parte amable de tales ecuaciones, los factores del afecto y la compasión. No quisiera dar la impresión de que nuestra familia era particularmente puritana, pues sé que nuestros vecinos tenían el mismo aspecto sombrío. Pero me sentía culpablemente vulnerable. No sólo por querer aprender más, sino por otra cosa que mi madre jamás habría podido perdonar.

Mi juvenil interés en Mary McCutcheon tuvo las consecuencias lógicas, pero pronto empezó a pensar que yo era un compañero demasiado joven y se llevó su interés a otro lado. Por mi parte, me volví hacia Agnes Jones, una joven repentinamente atractiva, surgida de una niña flacucha con la que solía pelearme. Agnes comprendía mis aspiraciones y me animaba de manera muy agradable. Lo malo era que, sus planes concretos para mi futuro, se limitaban a que me casara con ella y ayudara a su padre en la granja. Y eso, comparando con lo que ya tenía en casa, no me parecía un progreso demasiado considerable.

Además, yo no era precisamente una ayuda: consumía tres suculentas comidas diarias y ocupaba una cama. Y era consciente de las miradas y las sonrisas que me seguían por la calle: un buen ejemplar de varón, con diecisiete años, demasiado perezoso para trabajar, siempre vagabundeando con la cabeza en las nubes, o tumbado con la nariz metida en un libro. ¡Qué desperdicio! ¡Con lo trabajadores que eran los Backmaker! Yo comprendía que mi comportamiento con Agnes, añadido a mi pereza, resultase de lo más doloroso para mi madre.

Aun así, ni yo era un depravado, ni me diferenciaba demasiado de los demás jóvenes de Wappinger Falls: no sólo cogían lo que querían, allí donde lo encontraban, sino que la mayoría de las veces utilizaban la fuerza más que la persuasión. Aunque no con demasiada claridad, yo era consciente —al menos, en parte—, de que el ambiente que me rodeaba carecía casi por completo de afecto. La rígida convención social del matrimonio tardío fomentó un exagerado respeto hacia la castidad, con dos vertientes: una, que el honor de hermanas e hijas se vengaba duramente, sin que la sociedad protestara en absoluto; y dos, que una seducción no descubierta proporcionaba una satisfacción mucho mayor. Pero, tanto la venganza como el placer, tenían un algo demasiado mecánico: solían ser pasiones más convencionales que arrolladuras. Los predicadores —y nosotros, la gente de campo, apreciábamos profundamente a esa gente itinerante, que acudía periódicamente a castigarnos por nuestros pecados—, denunciaban nuestro relajamiento moral, y ensalzaban las virtudes de nuestros abuelos y bisabuelos. Nosotros aceptábamos sus consejos, pero con las modificaciones que estimábamos oportunas, que no era en absoluto lo que pretendían.

Y apliqué la misma regla al consejo de mi madre, ése sobre depender de mí mismo. La mejor manera de pagar la deuda que tenía con ella y con mi padre, puesto que no tenía la menor intención de equilibrar nuestra balanza particular, era librarles de la carga que representaba mi presencia. Ni siquiera se me ocurrió pensar que hubiera una obligación emocional por parte de ninguna de ambas partes. No creo que ellos lo pensaran tampoco. Y no creía tener la menor deuda para con Agnes Jones.

Pocos meses después de mi decimoséptimo cumpleaños, envolví mis tres libros más queridos en la mejor camisa de algodón blanco que tenía. Y, tras una muy romántica despedida con Agnes Jones, que seguramente habría consumado las esperanzas de la chica en caso de que su padre nos hubiera visto, salí de Wappinger Falls en dirección a Nueva York.




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