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ABSTRACCIÓN Y FINITUD:EDUCACIÓN,

AZAR Y DEMOCRACIA1

Richard Smith

Universidad de Durham, Inglaterra

Imagina el hombre abstracto, sin la guía del mito —educación abstracta, costumbres abstractas, derecho abstracto, el Estado abstracto.
Friedrich Nietzsche, El Origen de la Tragedia § 23.
Para mí Wittgenstein descubre la amenaza o la tentación del escepticismo en la manera en que los esfuerzos para solucionarlo continúan su trabajo de negación. La cuestión es de qué es esta negación. Algunas veces digo que es de la finitud, otras veces de lo humano. Estas son difícilmente respuestas finales.
Stanley Cavell, Conditions Handsome and

Unhandsome, p. 23.


I. La guía del mito
En una escuela de infantes, en una de las regiones más desfavorecidas del Reino Unido, la clase de lecto-escritura estaba en progreso. El tema era el “embolismo”. En el lenguaje inglés algunas sílabas con sonido similar se escri- ben de diferente manera: -er y -ur por ejemplo, y los niños deben aprender cómo escribir las palabras que contienen estos sonidos. Father, pero blur.

DEVENIRES VII, 13 (2006): 112-131

Abstracción y finitud: educación, azar y democracia


Further”, pero herd. Murder”. Mientras tanto, detrás de las ventanas, a lo largo del camino que pasa por la escuela, una escena rival competía por la atención de los niños: un funeral. Al frente de la lenta caravana fúnebre cami- naba un diminuto sepulturero, cargando un bastón y vistiendo un sombrero alto negro (“¡Un mago!” cuchichearon los niños). Detrás de la caravana, una procesión de camiones de bombero, cuyo color rojo y accesorios de latón casi lastimaban la vista: se trataba del funeral de un bombero, o matafuegos como solía conocérsele. Y detrás de los camiones de bombero moviéndose más len- tamente de lo que jamás se haya visto antes, una procesión de vehículos más pequeños. La maestra se apresuró a alejar a los niños de las ventanas y de un espectáculo que le pareció tan mórbido. Además, la clase de lecto-escritura debía continuar. Stern, turn, burn.

El asunto no consiste en criticar a la maestra. Ella no es más que una perso- na de su época, y su época y la nuestra no se encuentran cómodas con esa escena. Es perturbadora. Tiene una fuerza casi elemental: parece venir de un mundo remoto —el de Charles Dickens, tal vez. Los niños ciertamente reac- cionaron a ella, embelesados en su atención y sobrecogidos por el incompren- sible respeto que la escena les imponía. Se observará el mismo embelesamiento si se les cuenta la historia de la Reina de las Nieves (“y ella le dijo a Kay que si él podía mover los bloques de hielo para formar la palabra ‘eternidad’ le daría el mundo, y un par de patines”) o si se les lee una versión de Caperucita Roja que procede con determinación y sin condescendencia, o si se les platica qué le sucedió a Odiseo en su largo viaje a casa desde Troya.



Nietzsche piensa que necesitamos el mito, porque una cultura que recurre

al mito será menos propensa a lo que él llama socratismo, que es la perniciosa tendencia a racionalizar, a confiar en la razón en exceso y en contextos donde la razón tiene poca cabida. Es más, el mito se encuentra en el corazón de nuestro sentido de lo trágico, y a la vez tiene la función vital de recordarnos que no tenemos el poder de lograr todo. Por naturaleza nos esforzamos por progresar, por construir defensas contra la insensibilidad del destino (nuestras posesio- nes, nuestro curriculum vitae, incluso nuestras relaciones), pero el sentido de lo trágico puede rescatarnos de la peligrosa suposición de que podemos hacernos perfectos a nosotros mismos. A continuación daré a conocer algunos comenta- rios sobre por qué pienso que esto es particularmente relevante para las cultu- ras occidentales en la actualidad.


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En particular, los antiguos griegos pensaban que la tragedia mantiene vivo nuestro sentido de la contingencia pura de las cosas: de la propensión del azar para intervenir en los aparentemente bien ordenados asuntos humanos, de la base sobre la que construimos nuestros logros para revelarse tan frágil como el papel, y abrirse ante nuestros pies la mayor parte de las veces en el mismo punto donde parecía ser más sólida. No es sólo que el desastre pueda ocurrir, simplemente con estar en el sitio equivocado en el tiempo equivocado. Es más bien que tendemos a sobre-confiar, la soberbia griega, en nuestras propias capa- cidades: nuestra destreza intelectual, nuestra habilidad para hacer que el mundo responda a nuestra voluntad. Podemos dirigir barcos a través de los mares en medio de olas y tormentas, arrear caballos para arar la siempre fructífera tierra, atrapar las aves del aire, construir ciudades, y aprender a hablar y razonar (Sófocles, Antígona 11. 332 ss.). Podemos hacer muchas cosas maravillosas, impresionantes, e incluso cosas terribles (la palabra griega deina, que Sófocles usa aquí tiene todos estos significados). La contingencia del mundo radica en su poder para revelar nuestra confianza como inadecuada, incluso, o quizá de modo especial, allí donde está más firmemente apoyada, y sobre las bases más racionales.

La obra de Sófocles Edipo rey, frecuentemente considerada como la tragedia griega por excelencia por otras razones —tales como su capacidad para inspi- rar compasión y sobrecogimiento y para producir catarsis— ejemplifica consi- derablemente el funcionamiento de la contingencia como se describe anterior- mente. Se recordará que Layo y Yocasta, rey y reina de Tebas, abandonaron a su bebé varón en la ladera de una montaña con sus tobillos atravesados con un clavo, en respuesta a un oráculo que dijo que el niño mataría a su padre y se acostaría con su madre. Un campesino encontró al bebé, le llamó “Edipo” o “pie-hinchado”, y lo entregó a los reyes de Corinto quienes criaron al niño como si fuera su propio hijo. Cuando el niño se hizo adulto circularon rumo- res en Corinto acerca de sus orígenes que provocaron que Edipo visitara el oráculo en Delfos en busca de la verdad. El oráculo confirmó lo que Layo y Yocasta habían escuchado antes: Edipo estaba predestinado a matar a su padre y acostarse con su madre. Horrorizado con esta perspectiva, y olvidando en- tonces tal vez que se le había dado razón para dudar de su linaje, Edipo deci- dió jamás volver a Corinto. En su camino cerca de Tebas tuvo un altercado con un hombre que viajaba en carruaje. En la pelea que tuvo lugar a continua-
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ción el hombre le golpeó y Edipo lo mató —un hombre suficientemente ma- yor como para ser su padre. Continuando ahora hacia Tebas, Edipo descubrió que la ciudad estaba afligida por la monstruosa esfinge con una plaga que no podía desaparecer hasta que alguien solucionara la adivinanza de la esfinge:



¿qué es lo que anda sobre cuatro patas al amanecer, sobre dos al mediodía y sobre tres al atardecer? Edipo, asiduamente racional, o como diríamos ahora despierto, con habilidad para dar en el clavo y entendimiento, vió la respues- ta: la humanidad, gateando en cuatro miembros, caminando en dos piernas, apoyándose en un bastón. El héroe que había liberado a Tebas de la esfinge y de la plaga recibe en matrimonio a la recientemente viuda y desconsolada reina: una mujer suficientemente mayor como para ser su madre.

La contingencia consiste aquí en que Edipo se encuentre en esa encrucija-

da en particular, de todas las encrucijadas en Grecia, en ese momento especí- fico, y confiando alegremente que todo se ha solucionado de la mejor manera posible. Desde luego, para cumplir con el oráculo mientras se trata de escapar de las consecuencias que predice se requiere un tipo de determinación cultiva- da al punto de la estupidez: por lo que la sobre-confianza parece ser tanto la causa como el efecto de la tragedia de Edipo. Su sensatez, como parecía, de distanciarse de Corinto, es su perdición. Existen modernas variantes del mis- mo tema. Recuerdo un drama de televisión de hace unos treinta años que trataba sobre una persona aparentemente normal que era de hecho un robot portando un dispositivo nuclear. El robot, se sabía, detonaría la bomba si pronunciaba ciertas palabras que se le habían programado. La primera tarea parecía ser entonces convencer a la “persona” de que era un robot (la lógica de esto no es del todo clara, o me falla la memoria). Finalmente convencido, el robot-persona declaró, “Pero si no soy... entonces debo ser...” momento en el cual se observa un destello y la pantalla se queda en blanco. Un elemento del tema aquí subyacente podría recordarnos a Rick Deckard, el cazador de réplicos de Blade Runner, a quien finalmente parece asaltarle la idea de que él mismo puede ser un réplico.

En todo caso la profunda estupidez de Edipo merece estudiarse. No sólo matar y casarse con gente de la generación de sus padres —¿fue simplemente su obsesión de que era de sangre real, de la casa de Corinto? Nunca parece haber mirado abajo abajo a los pies que contaban una historia, si sólo él hubiera podido escucharla. Porque Edipo, casi de manera única, no caminó


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sobre cuatro miembros en la mañana, porque sus pies fueron atravesados por un clavo y había llevado las marcas desde entonces. Su estupidez y un cierto tipo de saber —la inteligencia con que solucionó el acertijo y ganó el trono— son semejantes. Es debido a este saber que Edipo es un emblema, si tan sólo atendemos correctamente a la historia.


Sófocles está ofreciendo un diagnóstico de “saber”: una crítica a su fragilidad como un modo de ser en el mundo, y una explicación de la manera como toma el control de una cultura... Edipo Tirano es un relato de abandono. Edipo es abandonado por sus padres, y en respuesta a ello, él se abandona así mismo al pensamiento... Actúa como si el pensamiento pudiera compensarlo de su pérdida, pero como no puede haber compensación, el pensamiento tiene que hacerse tan entusiasta, y tan frágil, que lo ciega de cualquier reconocimiento de pérdida. (Lear, 1998, pp. 47-48)

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