Voces: culpabilidad ~ ebriedad ~ imputabilidad ~ inimputabilidad ~ procedimiento penal tribunal



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Voces: CULPABILIDAD ~ EBRIEDAD ~ IMPUTABILIDAD ~ INIMPUTABILIDAD ~ PROCEDIMIENTO PENAL

Tribunal: Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional, en pleno(CNCrimyCorrec)(EnPleno)

Fecha: 13/08/1964

Partes: Segura, Néstor

Publicado en: Colección de Análisis Jurisprudencial Elems. de Derecho Penal y Procesal Penal - Andrés José D'Alessio, 107

Cita Online: AR/JUR/19/1964
Sumarios:

1. Excepto los casos de ebriedad patológica y de alcoholismo crónico, en que la imputabilidad del agente puede estar excluida si se halla en alguna de las situaciones previstas en la última parte del inc. 1°, párr. 1 del art. 34 del Código Penal, el que delinque en estado de ebriedad completa y voluntaria es imputable por mandato de la citada norma que se inspira en el principio de las "actiones liberae in causa"; no obstante ello, y según las probanzas de cada caso, puede no ser culpable por el delito cometido en dicho estado o serlo, a título de dolo o de culpa, si las respectivas circunstancias psicológicas que integran una u otra forma de culpabilidad concurren en su conducta al tiempo en que se embriagó.
Texto Completo: Buenos Aires, agosto 13 de 1964.

¿Qué resolución corresponde adoptar con respecto a la responsabilidad penal del agente que en el momento del hecho obró en un estado de embriaguez completa y voluntaria?

El doctor Frías Caballero dijo:

Responder cumplidamente al tema de este plenario exigiría el cuidadoso examen de múltiples cuestiones que, aunque reducidas al marco del derecho vigente, se vinculan con difíciles problemas de medicina legal, de psiquiatría y aun de política criminal. Pero no siendo ello posible reduciré mi exposición metódicamente, a las que juzgo esenciales para fundar las soluciones que estimo correctas de "lege lata". Lo haré del modo más sintético posible.

1° - La tradicional respuesta del tribunal al tema en debate requiere, a mi juicio, una total revisión crítica.

Sabido es que esa respuesta, sostenida casi sin excepciones en una larga serie de pronunciamientos que se remontan a más de un cuarto de siglo, es la siguiente: quien en el momento de cometer un delito se encontraba en estado de ebriedad "completa y voluntaria" (tal la terminología aceptada entre nosotros), no sólo es plenamente imputable sino responsable en idénticos términos al de cualquier otro sujeto normal. Sólo la ebriedad completa "involuntaria o accidental" (fortuita) comportaría, según tal tendencia jurisprudencial firme inimputabilidad en los términos del Cód. Penal, art. 34, inc. 1°.

Tal tesis se ha admitido a veces incluso con respecto a casos de alcoholismo crónico. Así en la causa "Cabrera", mayo 17 de 1938 (Rev. La Ley, t. 10, p. 855, fallo 4972), en la que se dijo que la ebriedad no fue accidental.

En muy pocas ocasiones se ha apartado el tribunal de este criterio. En una de ellas -se trataba también de un ebrio consuetudinario- afirmó que el agente había obrado en estado de inconsciencia no involuntaria, no obstante la cual era "indudablemente irresponsable del atentado a la autoridad por cuanto se trata de un delito que requiere la intervención del dolo". Se lo condenó, en cambio, por lesiones "por ser éste un delito susceptible de cometerse por culpa" ("in re": "Costas, C.", julio 4 de 1934, Fallos, t. 1, p. 194).

2° - No es fácil señalar inequívocamente las bases doctrinarias en tal orientación jurisprudencial ni es sencillo conciliarla con el sistema del derecho positivo en vigor.

Por de pronto, debe apuntarse que la mayor dificultad, al menos aparente, proviene de que el código penal se abstiene de legislar específicamente sobre la responsabilidad del ebrio. Digo aparente porque no siempre la prolija regulación normativa (por ejemplo en los códigos italiano y uruguayo) significó el logro de soluciones pacíficas.

En nuestro derecho la solución del problema de la responsabilidad penal del que obra en estado de embriaguez depende, pues, de los principios generales extraídos del sistema del código vigente que se refieren a la teoría jurídica del delito. Se vincula más concretamente a los conceptos de imputabilidad, culpabilidad y responsabilidad, que resultan necesariamente implicados cuando se trata de aplicar una pena al autor de una acción típicamente antijurídica que en el momento del hecho se encontraba en un estado de intoxicación alcohólica. Por esto resulta imprescindible hacer un esbozo de estos conceptos que se manejan todos los días en la cátedra, el libro y el foro, gracias al progreso técnico-científico que ha alcanzado el derecho penal en nuestro país y que este tribunal utiliza en el entramado cotidiano de sus pronunciamientos. Pido por ello excusas a mis colegas.

En nuestro derecho la responsabilidad penal sólo deriva de la comisión u omisión de un acto descripto en la ley penal (típico) siempre que la acción sea contraria al derecho (valoración propia de la antijuridicidad) y, "además", haya sido perpetrado por un sujeto capaz (estado de imputabilidad en el instante del hecho) que obró culpablemente, con dolo o culpa (reproche; valoración ínsita de la culpabilidad). Ausente cualesquiera de estos requisitos la responsabilidad desaparece. Existe, pues, inexcusables presupuestos de la pena (de la responsabilidad) de predominante carácter objetivo-valorativo al lado de otros infeudados en lo subjetivo.

La responsabilidad penal entre nosotros jamás se fundamenta sobre bases puramente objetivas. Los presupuestos subjetivos (en tanto se hallan situados en el alma del autor) son la imputabilidad y la culpabilidad (comprensiva del dolo de la culpa). Debe, pues, afirmarse la vigencia sin resquicios del principio "nullum crimen, nulla poena sine culpa" (culpa, "lato sensu").

Lo expuesto resulta, en primer lugar, de lo dispuesto en los arts. 34, inc. 1°, y 36, reformado, Cód. Penal. Tales normas exigen para la responsabilidad, sin excepción alguna, que el autor mayor de 16 años haya tenido la "efectiva posibilidad", en el momento del hecho, de comprender la criminalidad del acto y de dirigir sus acciones, no impedidas por causas indicadas en el primero de dichos textos. No hay responsabilidad posible sin imputabilidad.

Pero la imputabilidad no agota las exigencias legales en punto a presupuestos de la pena enraizados en la subjetividad del agente. Ser imputable implica una determinada capacidad o posibilidad abstracta de comprender o dirigir la conducta. Supone, pues, apenas, una mera actitud. Pero la ley exige algo más aún. Requiere que tal posibilidad abstracta se convierta en concreta realidad, en ejercicio actual de dicha actitud, esto es, en una subjetiva toma de posición, en una real actitud psicológica del autor referida a su propio acto. Esta es la base fáctico-subjetiva de la culpabilidad que debe concretarse en dolo o en culpa. Esta última exigencia surge dogmáticamente de lo dispuesto en el art. 34, inc. 1° del Cód. Penal, en punto al error o ignorancia de hecho; a la coacción moral (inc. 2°, parte 2ª) y a la obediencia jerárquica (inc. 5°). Basta advertir que aquí la capacidad de comprender la criminalidad del acto y de dirigir las acciones permanece indemne: la aptitud bio-psicológica que supone la imputabilidad está presente. El sujeto no es responsable, sin embargo, porque "in concreto" las circunstancias aludidas han impedido que se anude efectivamente entre acto y autor el vínculo exigido para el reproche de culpabilidad. Así, por ejemplo, el sujeto que por error de hecho inculpable mata a otro obra sin culpabilidad a pesar de ser imputable: la equivocada percepción o representación psicológica de la situación de hecho ha destruido aquí las bases anímicas de la culpabilidad dolosa y culposa.

Una coherente reconstrucción del sistema impone en este punto una generalización de las exigencias que resultan de los textos aludidos. Las normas citadas, al condicionar negativamente la responsabilidad, consagran a la culpabilidad (dolosa o culposa) como uno de los presupuestos imprescindibles de la pena. Consecuentemente, tampoco existe responsabilidad sin culpabilidad.

La declaración de responsabilidad supone, pues, entre otras cosas, que el juzgador se encuentra frente a un sujeto imputable que "además" ha obrado con culpabilidad. Imputabilidad y culpabilidad son, así, "y esto es importantísimo, dos presupuestos distintos" de la pena, aunque la existencia de la segunda se halla condicionada a la previa comprobación de la primera (que es aptitud para ser culpable), pues no hay culpabilidad sin imputabilidad. Puede haber, en cambio, sujeto imputable sin ser culpable.

Aparte de todo ello, la concurrencia de ambos requisitos en el caso concreto depende de las pruebas de que disponga el juez con respecto a las situaciones de hecho sobre las que uno y otro concepto descansan. Pero aquí me urge una sustancial aclaración. Pienso que tales conceptos no agotan su esencia en el puro plano fáctico-descriptivo. La afirmación de que concurren implica algo más que un juicio de existencia en el mundo de la realidad natural. Es indudable que ambos tienen un sustrato naturalístico (bio-psicológico en la imputabilidad; psicológico en la culpabilidad). Ese sustrato de hecho (factum), es el que depende de las probanzas de autos (exigibles también en cuanto a los hechos subjetivos que fundamentan la responsabilidad) pero no agota el concepto. La imputabilidad depende en verdad de las circunstancias biológico-psiquiátricas o descriptivas que según las pruebas del proceso (en su caso el informe médico) acompañan subjetivamente la acción; pero ella requiere, además, del juez una apreciación valorativa de tales circunstancias que a su vez depende de los fines del derecho penal, de la esencia, naturaleza y fin de la pena. Esto último, que implica a menudo una fina tarea valorativa, es de exclusiva competencia del juez y en modo alguno del perito.

Algo semejante ocurre con la culpabilidad que no se agota tampoco con la consideración de los presupuestos psicológicos de la pena contenidos en el dolo y en la culpa. Tales elementos son el sustrato natural fáctico sobre el cual debe insertarse el auténtico juicio de valor (juicio de reproche) en que la culpabilidad consiste. La culpabilidad es, esencialmente, reproche, y no pura actitud anímica acaecida en el mundo del ser.

En suma, imputabilidad y culpabilidad no solamente requieren la simple verificación de determinados hechos en el plano del ser natural sino, fundamentalmente, una suerte de valoración, lo que no puede sorprender si se tiene en cuenta que el derecho está inserto en el ámbito de la cultura y que el hombre no puede ser juzgado como cosa o como puro ser zoológico sino como persona.

Finalmente, y esto es también importante, tampoco el dolo y la culpa son meros "hechos psicológicos" sino conceptos normativo-valorativos, como lo reconocen incluso los psicologistas, y como tendré ocasión de destacarlo en lugar oportuno.

3° - Ahora bien, este sistema del derecho penal común vigente en materia de responsabilidad criminal es incompatible con ciertas formas o fundamentos de la responsabilidad postuladas en la doctrina o inspiradoras de ciertos viejos proyectos o códigos extranjeros y, especialmente, con toda especie de responsabilidad puramente objetiva, incluso con la fórmula de la llamada "responsabilidad legal o social" (muy envejecida ya en estos últimos 30 años). La responsabilidad fundada en el binomio imputabilidad-culpabilidad no admite forma objetiva alguna, salvo que alguna norma especial derogue el sistema general (lo que no acontece en el derecho vigente como ya lo demostrara Núñez, "La culpabilidad en el código penal", ps. 15 y sigtes.).

Tampoco es admisible la afirmación de que la peligrosidad criminal fundamenta la responsabilidad (como se ha dicho incluso en documentos judiciales). Menos aún que puede ocupar el lugar que corresponde a la imputabilidad o a la culpabilidad (todo ello a pesar de afirmaciones deslizadas al expresar los fundamentos de la reforma: Exposición de motivos, edición oficial del código vigente, ps. 103 y 247).

Culpabilidad y peligrosidad son conceptos profundamente diversos. Se trata de juicios que juegan en planos ontológicamente antitéticos que no pueden interferir ni coincidir entre sí: cultural-valorativo el primero; naturalístico-criminológico el segundo. Es inadmisible sostener la culpabilidad de un sujeto sólo por ser peligroso. La culpabilidad, (juicio ético de valor) se inserta en el acto que yace en el pasado. La peligrosidad (pronóstico criminológico de conducta) mira el futuro; importa un cálculo empírico de probabilidades que opera en el mundo natural. Trasladar el fundamento de la responsabilidad, de la culpabilidad o la peligrosidad, implica un absurdo filosófico, lógico y jurídico que por fortuna no permite el código penal.

En el proceso de fundamentación de la responsabilidad la peligrosidad no juega papel alguno, según el derecho vigente. De "lege lata" su función se reduce a servir como índice mensurador de la pena (arts. 40 y 41, Cód. Penal). Adquiere relevancia "después" de que en el juicio se ha declarado la culpabilidad de un sujeto imputable. Ningún juez argentino puede, pues, decir a un ciudadano: "Te declaro penalmente responsable por todos los delitos que con relevante probabilidad cometas en el futuro", ni siquiera añadiendo "y no sólo o no tanto por el delito que ya has cometido". El art. 44 del Cód. Penal, no modifica el panorama. Incluso en este caso la responsabilidad requiere previamente imputabilidad y culpabilidad. Es que la índole de la pena en el vigente derecho es siempre retributiva, aunque asume también carácter finalista.

Por último, conviene precaverse de otros principios que de una u otra manera abren brecha en el sistema imputabilidad-culpabilidad-responsabilidad en vigor.

En primer término, el de las presunciones legales de culpabilidad (el principio general que consagraba el art. 6° del código de 1886 ha sido fundamentalmente derogado; Exposición de motivos, p. 138 y sigtes. Asimismo el del "versari 'in re' illicita", principio medieval que también pulveriza el "nullum crimen sine culpa" en cuanto permite imputar incluso el resultado fortuito, cuando el autor se hallaba en "cosa ilícita".

No menos extrañas a la teoría legal son otras fórmulas como la de la culpa o culpabilidad indeterminada (vinculada a un inexistente dolo genérico). La auténtica culpabilidad es siempre culpabilidad concreta -típica- referida a los elementos propios de la figura delictiva que se halla en juego. Jamás se es culpable en gracia a un vago e impreciso propósito de perpetrar acciones ilícitas.

En cuanto a la llamada culpabilidad del carácter, en nuestro derecho, tampoco se es culpable "por lo que se es" (carácter, temperamento, personalidad) sino "por lo que se hace". La culpabilidad no desemboca en una responsabilidad por el ser sino por la conducta.

En lo que respecta a la llamada "culpa en la conducción de la vida" -en la cual la culpabilidad deja de ser culpabilidad del acto aislado para serlo de la total conducta precedente que ha plasmado la actual personalidad del autor- sólo tiene vigencia si es expresamente recogida en la norma (ej., 92 del código italiano: acaso entre nosotros, el art. 52 referente a la multirreincindencia).

Tal según mi leal saber y entender, la teoría del código, vigente. La expresión de cuanto llevo escrito sólo es excusable por cuanto estimo que la jurisprudencia aludida no se ajusta en modo alguno a los lineamientos expuestos.

4° - Demostrar esto exige asimismo intentar un esquema clasificatorio de las intoxicaciones alcohólicas, entre otras razones porque a este respecto suelen existir no pocas confusiones y discrepancias terminológicas sobre las que urge ponerse de acuerdo.

Desde el punto de vista médico-legal existen dos importantes clasificaciones. La primera separa las distintas formas de la intoxicación; la segunda tiene en cuenta su grado o intensidad.

Por sus formas clínicas es necesario distinguir la intoxicación crónica por el alcohol (estado de alcoholista; alcoholismo) (I); de la embriaguez aguda (II). Esta última se subdivide, a su vez, en fisiológica, normal, ordinaria (III) y anormal o patológica (IV).

El alcoholismo crónico implica un estado de intoxicación permanente debido a diversas causas que no es del caso examinar aquí y que se diferencia de la llamada ebriedad habitual, entre otras cosas, porque aquél requiere la presencia de una compleja sintomatología corporal, fisiológica, neurológica y psíquica, extraña a ésta. Suele originar diversos cuadros psicopatológicos, entre ellos: el "delirium tremens"; el síndrome alucinatorio (alucinosis) agudo o crónico; el amnésico (psicosis de Korsakow) y el síndrome paralítico o pseudo demencial (demencia alcohólica).

La embriaguez aguda (momentánea; transitoria) es un trastorno psíquico más o menos profundo consecuente a la ingestión de bebidas alcohólicas en cantidades variables durante un breve lapso.

La fisiológica o normal se produce en sujetos física y psíquicamente normales. La patológica surge en sujetos con base anormal, física o psíquica, de cierta índole.

Las distinciones que aluden al grado o intensidad se refieren sólo a la embriaguez aguda. Aunque hay autores que distinguen cuatro y aun cinco grados, usualmente éstos se reducen a tres: primer grado o período (de excitación) en que la ebriedad es relativa, semiplena, parcial, comúnmente denominada eufórica; un segundo grado ("período médico-legal") de embriaguez absoluta, plena, total, denominada colérica; tercer grado (letárgico) en que se produce el coma alcohólico, ebriedad letárgica. El primer grado se dice de embriaguez incompleta; los dos últimos suponen completa ebriedad.

Todas las formas clínicas y grados mencionados tienen su propia sintomatología extensamente descripta por los especialistas (conf., por ejemplo, Ruiz Maya, "Psiquiatría Penal y Civil", p. 646 y sigtes., Codon y López Saiz, "Psiquiatría Jurídica Penal y Civil", p. 262 y sigtes., Mira y López, "Psiquiatría", 1946, t. 1, p. 398 y sigtes.; Rojas, "Medicina Legal", p. 177 y sigtes., etcétera.

He recordado estas clasificaciones porque pienso que el tema del plenario exige una respuesta con respecto a cada una de sus categorías.

Existen, asimismo, otras clasificaciones diferentes, de designio puramente jurídico, elaboradas sobre la base del papel que juega la voluntad del agente. Su examen contribuirá, en primer término, a esclarecer sin equívocos lo que se ha de entender por ebriedad "voluntaria" (vocablo que necesariamente ha debido utilizarse en la enunciación del tema y que es susceptible de múltiples malentendidos). Tales clasificaciones juegan un decisivo rol en lo que respecta a la responsabilidad penal. Sin embargo, puestas en conexión con las anteriores, su significación se reduce, según se verá oportunamente, a las formas agudas de embriaguez y, dentro de ellas, a la normal o fisiológica.

Me atrevo aquí a intentar un esquema clasificatorio que juzgo comprensivo del total panorama, utilizando a la vez los vocablos que me parecen más adecuados ya que a este respecto incluso la terminología es frecuentemente equívoca, cuando no inoportuna.

La posición de la voluntad del agente que en estado de ebriedad comete una acción descripta como delito debe ser considerada en una triple conexión, a saber: con el acto mismo de ingerir bebidas alcohólicas (I); con el estado de embriaguez consecuente (II); finalmente con la acción u omisión típica cometida (III).

En cuanto a lo primero (I), la acción de ingerir bebidas alcohólicas puede ser voluntaria (el sujeto tiene conciencia de beber alcohol) (A); e involuntaria (sin esa conciencia ni voluntad) (B).

La acción consciente y voluntaria de beber sustancias alcohólicas (A), a su vez, puede suponer, además, una voluntad dirigida o no dirigida a la embriaguez consecuente (III). Si lo primero, ha de distinguirse la ebriedad preordenada (a) y la ebriedad simplemente intencional (b); si lo segundo, la ebriedad imprudente (c) y la accidental (d).

En la embriaguez preordenada hay voluntad de embriagarse con el propósito de cometer un delito. La embriaguez intencional, en cambio, agota su fin en la propia embriaguez. La embriaguez imprudente resulta sin proponérselo el agente y como consecuencia del exceso o la imprevisión. La embriaguez accidental es el producto de circunstancias fortuitas e imprevisibles. En la primera hay voluntad de beber alcohol, voluntad de embriagarse y voluntad de delinquir. En la segunda únicamente voluntad de beber y voluntad de embriagarse. En la tercera concurre la voluntad de beber, pero está ausente la intención de embriagarse, aunque la consecuencia haya sido previsible. En la cuarta media voluntad de beber, pero la embriaguez es obra de circunstancias que escapan a la previsión.

A su vez, el acto involuntario de beber bebidas alcohólicas (B) que en modo alguno es imposible (piénsese en la posibilidad del error), ocasionará en su caso una embriaguez también involuntaria, exactamente equiparable a la que antes se ha llamado accidental.

En suma, frente a las hipótesis de ebriedad accidental o involuntaria se hallan las voluntarias: preordenada, intencional e imprudente.

He dicho que la terminología usual suele ser anárquica: A veces se denomina a las dos formas aludidas en último término -de modo promiscuo- ebriedad voluntaria o intencional y se llama a la tercera involuntaria. Es más aún, hasta suelen utilizarse los vocablos dolosa y culposa o grave; terminología ésta por demás confusa e inapropiada en el derecho argentino (lo que no ocurre en el italiano). Por mi parte, pienso que la aquí propuesta se adecua a nuestra tradición (que separa la ebriedad "voluntaria" de la "involuntaria o accidental").

Por último, la voluntad del agente puede (y debe) ponerse en conexión con el resultado delictivo (III). Se ha aludido a esto al definir la ebriedad preordenada. Nada añadiré, por ahora, pues, en lo que toca a las demás formas de ebriedad voluntaria he de examinar la cuestión más adelante con el cuidado que merece, ya que de ella dependen, en definitiva, las conclusiones en lo que respecta a la responsabilidad.

Finalmente, existe otra clasificación de contenido jurídico que distingue ebriedad habitual y circunstancial u ocasional (mal llamada "accidental"). Con respecto a la primera es importante diferenciarla del alcoholismo crónico, como se ha señalado ya antes. El ebrio habitual es simplemente el sujeto que bebe cotidianamente pequeñas o grandes cantidades de alcohol sin presentar la peculiar sintomatología del crónico.

5° - Tampoco me parece hacedero contestar a la cuestión planteada en este plenario sin una previa aclaración de lo que ha de entenderse por embriaguez "completa". El problema se vincula tanto a los diversos grados que puede exhibir la ebriedad aguda como a la interpretación de la frase "estado de inconsciencia" del Cód. Penal, art. 34, inc. 1°.

La fórmula -en este punto poco feliz- induce al error de suponer que la embriaguez "completa" o "total" requiere la "total inconsciencia". No es así. Tal pérdida total sólo existe en la ebriedad letárgica, en el coma alcohólico, durante cuyo transcurso el sujeto se halla reducido a la situación de un objeto inerte, incapaz de movimiento corporal o anímico. En rigor aquí no se trata de inimputabilidad sino de ausencia de acción (por esencia toda conducta humana requiere un mínimo de participación psicológica del autor en aquello que hace u omite: por eso hay acción en la conducta del alienado aunque no exista imputabilidad). Excluidos, pues, estos supuestos, que no pertenecen a la teoría de la imputabilidad, ésta puede excluirse aunque el estado de inconsciencia no sea total. Bastaría una razón dogmática para demostrarlo; el art. 34, inc. 1, del Cód. Penal, adopta una fórmula mixta y no biológica. Todas las causas allí enumeradas (incluso el mal llamado estado de inconsciencia) sólo acarrean inimputabilidad cuando originan como concreto efecto la incapacidad de comprender lo que se hace, "o" de dirigir las acciones conforme a esa comprensión. Pues bien, si se dice que el "estado de inconsciencia" es sinónimo de "inconsciencia total", se maneja la fórmula como si fuese puramente biológica, olvidando que la imputabilidad puede provenir no sólo de la imposibilidad de comprender sino también de la incapacidad para dirigir la conducta a pesar de al comprensión, es decir, de la conciencia (así ocurre, sin embargo, frecuentemente; v. por ej., el fallo de este tribunal "in re": "Citrini, marzo 18 de 1930, JA, t. 32, p. 881; íd. "Fernández Barceló", noviembre 21 de 1958, etc.). A ello debe añadirse que el problema de la imputabilidad y culpabilidad se plantea precisamente en aquellos casos en que existe conciencia, aunque obnubilada, esto es, cuando la intoxicación alcohólica deja un saldo de psiquismo rudimentario, anormal, más o menos confuso. De ahí que existe universal acuerdo en interpretar el llamado "estado de inconsciencia" como trastorno, obnubilación, alteración, perturbación profunda o de alto grado de la conciencia (se me excusará no citar aquí la nutrida bibliografía nacional y extranjera que avala esta afirmación; no es ésta la mejor ocasión para hacerlo). Valga como mero ejemplo el recuerdo de que el código alemán fue reformado en 1933 para consolidar tal interpretación, sustituyéndose el "estado de inconsciencia" (Zustande von Bewusstlosigkeit" por perturbación de la conciencia (Bewusstseinstörung).


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