Viajes astrales y alucinaciones



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VIAJES ASTRALES Y ALUCINACIONES

G. Vega

¿Cajón de sastre? ¿Desastre de cajón? ¿Una novela loca? ¿La novela de un loco?

Los siquiatras callan. Pero rechinan los dientes.

DEDICATORIA


A Miguel Furtado
En recuerdo de aquel vino que le robé, por aquello, por lo otro...
Y por lo que falta.

Copyright: 4332, en Málaga, el 21-3-97


gvega-libros.com

PREFACIO


  1. Pues aunque basta el espacio de una lápida


para contener, encuadernada en musgo,

la versión abreviada de la vida de un hombre,

los detalles siempre se agradecen.

(V. Navokob, “Risa en la oscuridad”)


Por dos motivos sugiero leer este libro con los ojos abiertos, con un poco de atención crítica:

Primero: porque tal vez ¿quién sabe? haya aquí una chispa de verdad, algo que sea cierto. He leído más de una vez libros en que ni eso había. Sin hablar de los periódicos, claro. (Bueno: la fecha sí. Creo.)

Segundo: porque nunca está demás.
Digo yo.

No sé.
Lo que sigue es un intento de explicación (es mi esperanza) a la pregunta “¿Por qué le dije esa gansada a la señora de la cueva?”


En un principio mi idea fue escribir el relato (escrito aquí en las tres o cuatro páginas finales) condensado en media página y desconectado de todo, como hago usualmente. Pero a pesar de mis fracasos, le pondré voluntad ¡por una vez y sin que sirva de precedente! a la insistente recomendación de R., eso de que debo relacionarme más, ser más explícito, que no está bien que sea tan seco con los demás. Uuuff... Eso. Que por falta de voluntad no quede. Aquello de “Mejor que sobre todo lo que reluce.” O algo así.

Yo me debo a mi público.

Verán: una-vez-detuve-a-un-caballo-desbocado. Una, dos, tres… Siete palabras. Siete palabras que resumen una historia pero que no son una historia. Para que lo sea, para que se entienda la dimensión del suceso, se requieren detalles. Y según la calidad de éstos será una buena o mala historia (sin mencionar al buen entendedor).

Pues estaba yo a la sombra de la gran pirámide de Keops, en la explanada de grandes piedras que la rodea (piedras separadas unas de otras por profundas hendiduras). A unos cincuenta metros un hombre grita enarbolando un látigo a un caballo precioso que alza sus manos y relincha espantado. Por supuesto que ni el látigo ni los gritos lo calman, de modo que el pobre animal opta por huir, casualmente en mi dirección. Temo que por su alocada carrera se rompa una pata en una de esas grietas y decido detenerlo: me interpongo en su camino con mucha calma, sin correr ni gritar, y allí lo espero seguro de que se detendrá por no atropellarme. Así lo hace, y, sin ningún movimiento brusco, lo sujeto. Nadie me felicita por mi acto heroico. El hombre del látigo llega corriendo y siempre gritando se hace cargo del pobre caballo y le da una buena paliza. Pero dentro de mí se había producido un pequeño fenómeno: fui consciente. Consciente de lo que estaba haciendo al esperar al animal. Consciente de mi actitud, de mis motivaciones, del lugar en que estaba, del lugar que ese lugar ocupa en el mundo, de la hora, de la situación del sol, de un sueño que había tenido y que tenía que ver con el asunto... Todo eso y mucho más sin palabras, en un flash instantáneo de consciencia... Consciente incluso de que lo exótico de las circunstancias desvirtuaban un poco el valor de ese destello de consciencia. Y todo sucedió en dos o tres segundos.



Y ya está. Sé que con los datos añadidos tampoco llega a ser una gran historia. Y lo que sigue también podría ser algo así, algo que podría resumirse en un par de páginas como muy extenso: “Yo estaba en la cueva de Nerja así y así cuando una señora con peinado de peluquería me preguntó tal cosa y contesté tal otra”... pero quien oyera ese relato dicho de esa forma poco entendería... Porque también sucede que cada palabra emitida se filtra en la mente del receptor en forma diferente según la experiencia de éste: menciono “El Pato Donald ataca de nuevo”… ¿Qué elementos tiene usted para entender lo que pretendo decir? O digo la palabra “Caballo”... y en la mente del que oye habrá una imagen si es un jugador de polo, otra si es heroinómano, otra diferente si es un fabricante de mortadela, y así. De modo que, si pretendo ser más o menos correctamente entendido, debo precisar más qué entiendo yo al usar esa palabra... pero para esas precisiones debo utilizar ¡más palabras! que deberé también matizar. Y no se puede llegar a la perfecta comprensión, porque, por lo dicho (no sé si me he explicado bien) sería un juego de espejos hasta el infinito. Entonces sí, me acercaré un poco a una mejor comprensión, con el riesgo de la digresión, de que cada explicación me aleje un poco del meollo, del estricto asunto de la historia... Pero así es la vida.

Porque se me ocurre que todo acto de un ser cualquiera es la condensación no solo de “su” pasado sino de todo, absolumente todo el pasado. Claro, sería demasiado exhaustivo remontarse al Big Bang, -o, resumiendo mucho, al caso de Eva y Adán, (las damas primero)- si queremos tener muy completo el análisis de cualquier acto, aún de uno banal; si intentáramos tener presente todos (o muchos, y hasta algunos) de los hechos que contribuyeron a conformarlo, a realizarlo, no tendríamos tiempo para otra cosa: entramos en casa y distraídamente preguntamos por Fulano. “Fue a comprar pan... Ah... Aquí llega”. Cuando uno va a comprar pan no piensa –y sospecho que es mejor que no piense mucho, digo- en el milagro de ese estar ahí y en ese ahora frente a las infinitas posibilidades de que no, pues es el resultado de infinitas casualidades (o destino): que sus padres se hayan conocido por tal casualidad, sus abuelos por tal y tal otra y así, más las casualidades que determinaron la existencia de esa panadería, sumándole la influencia de los destinos colectivos (la existencia de Napoleón y elementos significativos de similar índole), que agitó la coctelera de tantos destinos individuales, las leyes físicas, las infinitas casualidades, la panadería de la esquina... etcétera ad náuseum. Pero si nos interesa conocer más a fondo el suceso, deberíamos tener cómo mínimo algunos datos por lo menos individuales del pasado del comprador de pan: sus características genéticas, sociales, familiares, que determinarán el cómo se ha comportado en su ir y venir. Para ser entendido cabalmente, más datos del pasado cuanto más banal (menos significativo) sea el suceso. Esta densidad del pasado influye, es: es el presente de todo lo existente. Eso de que “El pasado, pisado que con sangre entra” no es verdad, el pasado sigue existiendo, bueno o malo, nos guste o no. Parafraseando a Gustav Meyrink, eso de que somos tiempo coagulado, podería decir que cada instante del presente es todo el pasado coagulado. Todo. Todo el pasado del universo. La particularidad de los seres existentes y vivos, es que también está vinculado cada acto al futuro que pretende (sus esperanzas, lo que pretenderá... ¡condicionado por el peso del pasado! je je), cosa que complica más el juego. Alguien nos muestra dos cartas y nos dice que elijamos una, que si elegimos con suerte tendremos premio. Podríamos pensar que matemáticamente tenemos un cincuenta por ciento de posibilidades de acertar, pero la cuestión es que ese porcentaje variará... según el pasado: podría parecer que tenemos una posibilidad sobre 36 de acertar un pleno entre los 36 números de la ruleta, pero conviene preguntar antes de apostar quén número acaba de salir, pues las posibilidades de que se repita son mucho menores que ese 36. Se llama “la paradoja de Monty Hall”: el presentador de un concurso televisivo sabe tras cuál de las tres puertas cerradas se esconde el premio. Permite que el concursante elija una (sin abrirla) y después abre otra en la que no hay premio y le propone “¿Se queda usted con la que ha elegido o prefiere cambiarla por la otra que aún está también cerrada... siendo que el premio está en una de las dos?” El aspirante tiene dos opciones y puede pensar, -como nosotros en el primer ejemplo,- que tiene ahora un cincuenta por ciento de probabilidades, que da igual cambiar o no. Y no, el pasado determina que cambiando tendrá dos terceras partes de posibilidad de acertar, pues, suponiendo que al principio se le hubiera dado la posibilidad entre un millón de puertas, la posibilidad será de una millonésima, y si se le abrieran 999.998 que no tienen premio, quedando solo dos, la que él eligió entre un millón y la que verdaderamente tiene premio, sus posibilidades de acierto al cambiar serían de un millón contra una. Y toda esta pavada que escribí pretende aumentar la solidez de mis argumentos para explicar por qué dije aquella pavada (pavada al cuadrado) a la señora, por qué doy más datos sobre mi pasado, -consciente de que por mucha historia que añada,- nada será excusa, que al final una rosa es una rosa y una boludez es una boludez, por muchas vueltas que demos, pero en fin. Quedará por lo menos demostrado hasta la saciedad que es casi (¿casi?) imposible dar una vuelta de tuerca en cerebro ajeno, que si la señora me hubiera entendido... sería, como siempre, por que no necesitaría mis palabras. Porque unas vaporosas palabras no pueden competir con todo un densísimo pasado diferente al nuestro, por mucho que tengamos en común la humedad ambiente y otras muchas pero insuficientes cosas.

Bueno, por lo menos, ya sé en qué terminó todo esto, y la verdad, el hecho de que se me dé la gana (un futuro que me place) también influye, claro. Si es que existe el libre albedrío, digo yo, que esa es otra, pues el peso del pasado (incluyendo genética obligada) es mayor para todos que el que soporta Atlas... Y las expectativas, las esperanzas, lo deseado del futuro (sea buscar la sombra bajo una piedra o picar a la rana, buscar fembra placentera o suicidarse con un rallador de queso) también son resultado del peso dicho. Para un análisis, ofrece más evidencias de ese peso, carácter, -y de la eternamente discutible cuestión del libre albedrío,- un hecho destacado que uno banal: ver a un escorpión buscar la sombra bajo una piedra nos dice menos que su historia del asesinato suicida de la rana, y nos resulta difícil concluir que ambas actitudes respondan al mismo patrón. Cuando observamos un collar de perlas, abstraemos la observación del hilo que las une, por mucho que sea tan esencial al collar como las perlas, pero quiero decir que lo que sigue incluye referencias a ese elemento, al hilo. Comentario “al hilo del asunto” que intenta disculpar partes de lo que sigue un tanto menos brillantes de las perlas del ejemplo, (que ya se juzgará si son naturales, cultivadas o de plástico). Escribe Sandor Marai en “El último encuentro” que “...un alma humana sólo puede ayudar a otra alma humana si no es distinta, si sus puntos de vista, sus convicciones y su realidad secreta son parecidos”, en lo que que estoy de acuerdo aunque sea un poco desmoralizante, pero es un hecho y nada lo cambiará que nos guste poco o nada. Paciencia, entonces, digo yo. Si hubiera tenido esto claro allá en la Cueva, tal vez me hubiera callado... Aunque también nos dice don Sandor que las experiencias, la sabiduría, no sirven de nada, “puesto que nadie puede cambiar de carácter”. Eso de “Al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”. Paciencia y más paciencia. “El arte y la ciencia no bastan, sino que es también indispensable la paciencia”, dijo uno. Eso: paciencia es lo que se puede rescatar. “Peor es nada”, me decía suspirando una especie de ex (cuando la conocí ya era mi futura ex) y mejor ni preguntarle en qué pensaba la muy quejosa, que ese es otro tema y nunca oí que un hombre le ganara una discusión a una mujer, con o sin razón.) Pero eso: la esperanza creo que es “la cosa en sí” de los seres vivos, sea (cada uno con sus cosas, claro) el perejil, una bacteria, Napoleón o mi cuñado. Schopenhauer con muy buenos argumentos decía que era la voluntad “la cosa esencial” (por cierto: algo no-material), pero no tengo muy clara la diferencia entre voluntad y fe, o entre esperanza y deseo: esperanza o voluntad de escapar de los depredadores o de los acreedores, esperanza (o...) de comer o de cobrar, etc. (Repito: esa esperanza de tal futuro está condicionada por el pasado.) Tal vez no haya mucha diferencia, que sea una cuestión de grados. No sé. Sin garantía de llegar a ninguna certeza, claro, un día que no den nada en la tele pensaré en el asunto, según la ineluctable Ley del Cerebro de G. Vega: “El cerebro es una máquina de resolver problemas. Cuando no los tiene, los inventa”, que he visto a más de uno hasta sacar un crédito para tenerlos. Bueno: adoptar una gata preñada está al alcance de cualquiera. Sigamos. Pero aquí vemos que en los seres vivos el presente (que será un pasado de inmediato) está hecho de una gran, descomunal, masa de pasado... con unas gotas (a modo de levadura) de esperanzas, de voluntad de modificar un futuro. Aquí se mezclan pasado y futuro. Para rascarnos la nariz dentro de un segundo podríamos escribir una receta como de cocina, muy simple: basta una millonésima de gramo de esperanzas (o voluntad) agregada a todo el pasado. Para cosas más complicadas, habrá que aumentar la dosis: para mover una montaña hace falta –dijo alguien- algo así como una fe del tamaño de una semilla de mostaza, pero (seguramente me falta fe, sabrá Dios por qué) no me convence el asunto. Luego esperar a que la levadura actúe en grado suficiente. Por buscar la cosa positiva, pienso que si hubiera mucha gente con fe, el mundo sería un lugar muy peligroso, lleno de montañas voladoras. Por otra parte, muchas veces, o no tenemos tanta voluntad (o esperanzas) como haría falta por mucho que hayamos leído “Pedid y se os dará”, o será insuficiente echemos la que echemos, ya se sabe. “Las circunstancias” a las que se refería Unamunu (“Yo soy yo y mis circunstancias”) son ni más ni menos que todo el pasado del universo, mucho peso para un pobre yo. Demasiado milagro es que podamos rascarnos la nariz. Eso de Unamunu, con más gracia lo expresó Neruda, “Debes construir tu vida con barro y luz”, con pasado y futuro, amasando realidad y sueños; pero es que Neruda era poeta. Yo, que no lo soy, diría “Yo soy yo y lo que tengo”, que no es lo mismo un Yo con Rolex y Ferrari que el mismo con con un reloj chino y un Citroen oxidado, adónde vamos a parar, che, que ni comparación. (Aunque lo normal es que hasta un Rolex trucho valga más que ese Yo.) Lo que podemos apostar, entonces, es que el futuro influye en los seres vivos y que el pasado también está hecho de futuros (cumplidos según las esperanzas o no). Para colmo, ahora dice la ciencia que nuestra consciencia, nuestras esperanzas, influyen en el Universo, en lo no vivo, ¡y aun al pasado! Que le dan solidez, dice. ¡Uy! ¡Qué kilombo! Paciencia, no se rindan. Por pura gana de complicar, -que soy así, vaya uno a saber por qué,- pero es que se me ocurre que el sucédaneo de la esperanza es la paciencia, que a menos esperanza más paciencia conviene tener, por lo menos hasta que hechos nuevos justifiquen el aumento de las esperanzas. Como dicen que dijo Pandora, “La paciencia es lo último que debería perderse”

Claro está que no conviene que nadie me haga mucho caso, aunque me quedo tranquilo pensando en que nadie hace caso de nada. Son cosas para pensar, como decía, si no dan nada en la tele, nada más; que unos en más tiempo y otros en menos, somos todos olvidados que caminan: algunos –con el permiso de don Alzheimer- recordamos el nombre del constructor de las grandes pirámides, pero ya no sabemos quién hizo la Esfinge. Ni quién fué Taraletti, el cartero cantor: los pocos que recordamos cuál fué la canción que lo llevó a la fama deberíamos ser subvencionados por la Unesco, por patrimonio cultural de la humanidad. (Respuesta: “Luna luneda cascabeleda”. El loro de Langostino Mayonessi, navegante independiente, repetía... ¿qué? “¡Cáspita, que carucha!”) Si la humanidad ha olvidado estas cosas importantes ¿qué queda para lo demás? Olvido que también tiene sus cosas buenas, que dicen que caminar es conveniente, por lo menos del lado de la sombra, y estoy seguro de que es mejor que nadie se acuerde de algunas cosas que hicimos, que al final no nos arrepentimos de todo. Bueno, después de la resaca, digo. Y si no es así, en muchos casos: peor para nosotros. Y si esos argumentos no lo convencen, aquí juego el As de Espadas: si caminamos (por muy olvidados que vayamos a ser) es una prueba de que estamos vivos. Lo que en líneas generales es conveniente, sobre todo considerando alternativas. Eso: que estar vivo es conveniente para la salud. Y también tiene otra ventaja el peso del pasado, pues si bien nada nos impide juzgarnos a nosotros mismos, esa presión del pasado (sin hablar del libre albedrío) pone en cuestión la validez del juicio ajeno, sea en el juicio de Nuremberg o en Juicio Final. “No juzguéis y no seréis juzgados”, dijo el flaco Henri. Y si juzgamos, conviene que seamos cautos al condenar, (salvo algunos que yo me sé, de puro injusto e incoherente que soy). Augusto Roa Bastos pone en boca (en pensamiento) de la protagonista, Madama Sui, algo respecto a una amiga alemana que se ha portado muy mal con ella: “Sui se negaba a juzgarla. Cada uno es como es –trató de razonar- ella es una víctima de la derrota de su país, de su carácter sombrío, de sus frustraciones, de su inteligencia fuera de lo común quemada en quimeras delirantes, en catástrofes colectivas inenarrables.” Luminosamente, piensa “No quiero ser juzgada por lo que soy sino por lo que debí haber sido y no pude”. Que eso, que no somos lo que debemos ser sino lo que podemos ser. Y muchas veces, lo que no tenemos más remedio que ser. Me parece.

Que esto es ver el lado bueno de las cosas ¿por qué insistir en el malo, si no lo podemos remediar? Yo qué sé, como quieran, que a mí me da igual, que yo ya estoy amortizado. Y me dijo la flaquita “Ah... No me dirás que te sientes realizado, campeón de la perinola” y le dije más o menos que sí, pero que en mi caso no tenía mucho mérito, porque normalmente el asunto se mide según las expectativas que uno tiene de chico: llegar a ser bombero, o astronauta, o Tarzán, o Maradona, o gangster, y años después se descubre cartero o -peor aun- ¡abogado! y se acuerda de sus esperanzas y que no, que la cosa no encaja. “Pero –seguí- como yo empecé con unas expectativas propias de tono bajo, pues sí, he superado mis más locos sueños veinte veces, je je, que yo de chico esperaba llegar a ser una rata grande, sucia y negra”, pero en vez de reírse, como no tiene sentido del humor, me dijo “Bueno, te felicito. Tendrías que tomar más sol, únicamente”. Pudo ser peor, que en otra anterior me soltó “Voy a la farmacia a comprar un test de embarazo”, que entonces el serio fuí yo, que soy una persona seria y responsable, y ahí va la tonta y se ríe de eso, de puro tonta, y me dice que era una broma. Será posible.

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Ah... Lo del flaco Henri: un demente que conocí hace años (alias Lafín) se refería a Jesús así, “El flaco Henri”. Decía cosas como “Luchá, pibe, no te rindas. Hacé como el flaco Henri, que ni en la cruz bajó los brazos”. Total, que un día le pregunto por qué lo llama así, y sinceramente extrañado por mi pregunta me contesta que “Todo el mundo sabe que así se llamaba”. Le digo que no y triunfante argumenta “¡Pero si su nombre figura escrito en la misma cruz!”. Me quedo un instante desconcertado hasta que me cae la moneda: “¡INRI!”... Qué bessstia. (Y otro “Ah...” al hilo: cuando llegaba al bar se acercaba a la barra frotándose las manos y decía enérgicamente “¡Una ginebrita con limón, que llega Lafín!” y también terminamos por enterarnos que no se llamaba así, sino que anunciaba “La fin del mundo”.) Por buscar el lado positivo, mi conclusión era que si un tarado de ese calibre vivía, tenía hijitos, no se caía para atrás en las escaleras, etc., yo era casi inmortal. Y por decir algo bueno del menda: de una buena herencia recibida, contaba que el 90 por ciento la había invertido en putas, y que –agregaba compungido- “...El resto lo malgasté”.


Y, señoras y señores, sin más milongas, desabróchense los cinturones que allá vamos, que una señora que tal vez ya me olvidó no sabe que me espera en la Cueva y no sé por qué (¿genética?) me gusta ser puntual, (aunque no sé bien para qué sirve –ser puntual, digo- que, como saben los cariocas, al final e lo memo).

I

MARRAKESH

..............el Nordestino

...El Que MuchísimoVe

.......historia del genio
La señora (no la de la cueva: otra, otra que tal vez sí fuera ella) señaló uno. Yo estaba orgulloso de todos los cuadros que estaba exponiendo y de ese en particular. Ella creyó tener derecho a que se “lo explicara ”. Obviamente, me negué: -Ah... no. Yo pinto, no vendo explicaciones. Usted no le pide al vendedor de discos que le traduzca un tema que le gusta ¿no? Sin saber la letra, sin saber “lo que dice”, usted es capaz de sacar muchas conclusiones de esa canción aunque esté cantada en ruso: si es triste o alegre, si es una creación auténtica o un mal plagio, si el que canta tiene buena voz o es un borracho que canta en una esquina...

-Entiendo... Lo importante es eso, que me guste ¿no?

-Tal vez sea eso importante. No lo sé.

-Me gusta, sí. Me gusta mucho todo ese verde... lo veo muy bien con mis cortinas color tabaco.


Una vez me agarré los dedos con la puerta y fue peor.

Pintar cuadros para que hagan juego con las cortinas...

Creo que en parte por esa señora dejé de pintar durante años.

Aunque, sí, tal vez fuera una excusa. Vaya uno a saber. Me da igual.

En fin...
El nordestino está y no está presente en este relato.

En Caracas tenía una buena amiga. Una colombiana con mucha guita.

Estábamos en su casa una Navidad cuando sonó el teléfono: “Sí... sí... ¡Hola! ¿Cómo estás?... bien... sí... claro, sí... ¡Ay, no me digas!... claro... lógico, sí, te entiendo... bueno, de acuerdo, sí... el mismo banco, la cuenta de siempre... Chau... igualmente, chau. Feliz Navidad.”

Cuelga y se pone a llorar desconsolada.

-¿Qué pasó?

(Se sirve un wisky medida John Wayne) “¡El millón de dólares! ¡Que no lo quiere más! ¡Buááá...”

-¿Qué millón?

-Es que... es que... le presté hace tres años... hace tres años... un millón de dólares, y me envía ¡me enviaba! unos miles de dólares de intereses mensuales ¡Y ahora no lo precisa más! ¡Me lo devuelve! ¡Buáá... ¿Qué voy a hacer con ese millón?

-Sí, es un problema...
¿Qué le podía decir? La oía llorar ¡por no saber qué hacer con un millón de dólares! ¡Cuanto más se tiene, más miedo a perderlo! Ya antes, por otro suceso, le había contado la teoría de Bernard Rivadavia, un famoso cantor de tangos y arquero de Banfield, un club de fútbol del sur de Buenos Aires: que las mujeres pueden ser simples o complicadas, pero siempre son complicadoras. De modo que, reafirmado en la teoría de Bernard, la oía y fumaba mi pipa, pensando en los trescientos dólares que yo debía de alquiler este mes y que no me preocupaban mucho, en los mil que le debía al tano que enmarcaba mis cuadros y que le pagaría después de la exposición, en los...miraba distraído el humo de la pipa, la oía hablar con otra gente por teléfono y sin dejar de sollozar. Cuando pensé “Yo sí que tengo problemas” lo vi, lo vi clarito en el humo de la pipa, tan claro como veo ahora mis manos escribiendo: vi la cara del nordestino, de un amigo pescador en la isla del Gobernador, en Río de Janeiro. Riéndose. Riéndose cordialmente de mí: ¿qué diferencia esencial había entre mi actitud y la de ella? ¡Ninguna! Y desapareció, volvió el humo a ser un honesto y simple humo. Pero entendí su risa y me contagié, aunque reprimí la mía para que ella (ahora sollozando en el sofá) no se ofendiera.

Es que hay ¡un problema! con el lenguaje: cuando compro carne no le digo al carnicero “Deme un kilo de carne” sino que especifico qué parte del animal quiero, si lomo, si riñones, lo que quiera. Y para los muchísimos matices de “Problema” solo tenemos esta insuficiente palabra. No saber qué hacer con un millón de dólares es un problema, pero es algo muy muy diferente a… yo qué sé… perder las llaves, que también lo es. Es demasiado imprecisa y –faltándonos consciencia por falta de palabras precisas- nos dificulta la valoración de las diversas circunstancias. El que inventó la palabra “Tigre” podría haber pensado tres o cuatro al respecto de “Problema”. (Dicen que al que inventó la palabra “Tigre” la mujer le preguntó porqué “Tigre” y no otra cosa, y que el poeta respondió “¡Utiliza la lógica, mujer! ¿No ves que es igual a un tigre?”)

Para que entiendan: imaginen al fantasma del nordestino volviendo a su casa miserable contándoles a sus amigos famélicos: “El estaba en una casa donde tenía todo el agua que quería con sólo abrir un grifo... y tanta comida que si no la guarda en una nevera –que nevera también tenía- se le pudre. Y adivinen qué estaba pensando el muy pendejo...” Sé cómo cuenta las historias y sé que ahí haría un silencio no para esperar respuesta sino para crear sabiamente mayor expectación. Y que agregaría levantando la voz “¡YO SI QUE TENGO PROBLEMAS!” para después recoger los aplausos en forma de risas.

Al nordestino muchas veces lo encuentro así: en las arrugas del guardabarros de un auto recién chocado, en las manchas de humedad de un calabozo, en los nudos de un árbol una noche que me perdí en la montaña... Y sí, reconozco que no siempre puedo estar seguro de verlo o de imaginarlo. Una vez en Marbella me pareció ver al papa Woitila (o como se escriba) vestido con un elegante traje gris subiendo al autobús... y concluí que seguramente me había equivocado, pues en la prensa no decía nada de que estuviera aquí. Y, si fuera él, como mínimo debería viajar en taxi.

Anoche estacioné la furgoneta, mi casa rodante, en un bosque cerca de la playa. Descorché una botella de vino y cociné unos huevos con jamón y ¿dónde está la sal? No está en su lugar. Abro la puertita del minilavadero... tampoco. En la biblioteca no puede ser... Los huevos se enfrían... pero la puta que lo parió... Me inclino con el farolito de gas sobre el cajón de las herramientas y en los reflejos de la luz en el barniz veo sonreír al nordestino. Me hago el distraído, el que no lo vi y sólo para hacerlo reír más digo en voz alta haciéndome el enojado, el preocupado “¡Qué problema! ¡No encuentro la sal!”
Para que lo conozcan un poco mejor, una historia que me contó el nordestino en su barca, una noche que pescando nos quedamos sin viento. Yo había comprado una caja de cervezas y para que se mantuviera fría la llevábamos bajo el agua, metida en una pequeña red. Hablaba en un castellano increíble, aprendido –dijo- en sus años en Colombia, que en su momento me enteré que los había pasado en la cárcel, pero nunca supe por qué.

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