Viaje a la insólita ciudad de campanópolis1



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VIAJE A LA INSÓLITA CIUDAD DE CAMPANÓPOLIS1
Sábado 12 de noviembre de 2016
Me enteré de que existía mirando el History Channel 2: un gringuito que venía recorriendo el continente en busca de cámaras fotográficas viejas. I él mismo sabe bien cómo conoce al hijo de don Antonio Campana, un empresario de los más pudientes que, enfermo de cáncer y mirando de frente (aunque a prudencial distancia todavía) a la Parca resolvió tornar realidad su vago si maravilloso sueño. Don Antonio tenía apenas sexto grado cumplido; lo demás es prodigio de la curiosidad y el tesón. Amante del arte, resuelve crear una aldea medieval en las 220 hectáreas que compra entre villas miseria y alrededor de lagos infectos nada menos que en González Catán, partido –nunca mejor dicho– de .La Matanza. Como a 40 km de la urbe oficial. Para su proyecto, contrata varios arquitectos y un centenar de albañiles (plata, se conoce que tenía). Pero la consigna es que todos los materiales sean de rehús: desechos y retazos supérstites de demoliciones, molduras sin pared, columnas desahuciadas, puertas, ventanas, ventanales y vitrales que sobreviven o abandonan sus nichos primigenios, balaustres sin escalera, escaleras al vacío, rejas, durmientes y señales ferroviarios, adoquines, arañas, chatarra doméstica, agrícola e industrial: arados, utensilios de cocina, herramientas de taller, ruedas, engranajes, trozos impensados de metal que se conjugan en extrañas figuras de búho o cualquier otra cosa o bicho, radios de otrora, sillones de barbero hace mil años difunto, faroles y farolas, relojes. Hay, además, una secta de aficionados a la Edad Media que, disfrazados de Templarios, Teutones u Hospitalarios, o doncellas de cuento de hadas dan el toque humano al pasmoso delirio de don Antonio.

Como no podía ser de otro modo, conchabé a mi porcinetta y aun par de camaraditas, las hermanas Sofi (compañera de curso) y Paloma (una pulga casi invisible de siete años como para comérsela). El combo se vino a dormir el viernes a casa y a las ocho y media de la madrugada salimos a merced del GPS hacia González Catán. El señor eléctrico de mi GPS es un auténtico pelotudo que más de una vez me ha hecho dar cinco o seis veces a la misma mazna, por lo que, antes de partir, consulté la ruta por gúgel. Allí todo parecía relativamente sencillo y auguraban un viaje de, como mucho, una hora. Pero el boludo eléctrico me hizo salir prematuramente de la Ricchieri unos veinte kilómetros y después (evocador, sin duda, de mi afición por los trenes) me mandó a discurrir paralelo a las vías del Belgrano Sur y, llegados a Catán, a zigzaguear interminablemente hasta que, por fin, dimos con nuestro destino. Casi se lo agradezco, pero, porque vi un Buenos Aires inusitado, no tanto pobre (que sí) como feo, con la fealdad casi insultante del subdesarrollo ramplón, que uno (uno de Recoleta, bah) asocia más con las afueras (y no tanto) de Monterrey o Lima: edificios sin gracia, tiendas que no invitan a comprar, gente vestida como al descuido… multitud y multitudes en las ferias de quioscos enclenques o las paradas de colectivos malhumorados y humeantes. Tránsito apelmazado de vehículos agonizantes, camiones con el chasis o la caja fuera de cuadro, capots y tapas de baúl que no terminan de cerrar, puertas que no calzan del todo, ruedas lisas como piel de bebé de goma. Así, casi una hora y media. El zigzag postrero es, en cambio, por callejas silenciosas, de casas igualmente cuadradas y sin ángel, entre las cuales, como, por cierto, en las laterales de la costanera ferroviaria, aparecen, de pronto, chalets increíblemente venidos a más, como en la villa aledaña a la estación Puente Alsina (vide “Concentración ferroviaria”). ¿Quién que puede pagarse una vivienda de pro y tiene la inquietud de mandársela fabricar puede querer quedarse en estos lares? O, peor, ¿a quién se le ocurre venir a ellos?

A poco de llegar, el barrio de clase media baja o bajísima cede hegemonía a la ya irremediablemente villa miseria: techos de latón que fulgen bajo el sol implacable, paredes de madera o cartón o cualquier material ajeno al ladrillo o al cemento, cacharros de toda laya, cadáveres de automóviles, automóviles en ciernes de cadáveres, kilómetros de ropa tendida, mugre y detritos y barro y, se intuye, el hedor insoportable de la pobreza extrema.

Luego, una laguna poco recomendable, el asfalto que fenece y la calle devenida comino devenido senda que se esfuma hacia la pampa y, con el último metro de brea, la puerta sin anuncio y el muro de hormigón tras los cuales florece en todo el esplendor de un día diáfanamente peronista, un remedo de St. Cirque Lapopie, o Ivoire o cualquier village fleuri de Francia. El cancerbero verifica nuestras credenciales y nos indica dónde estacionar en la inmensa playa de césped a lo inglés. No bien entramos, nos recibe una coppia histórica, él, en efecto, de –nunca mejor elegido el nombre- Hospitalario, de barba espesa y renegrida, con la cruz negra en el manto y el escudo, cota diz que de malla, y espada a lo bestia. Ella, debidamente rubia, me recuerda a la princesa Tilina (¿haberá algún gerente que se acuerde de Gatito?). Las Tres Mosqueteras, desde luego, embelesadas. La coppia nos cuenta que son parte de un grupo de aficionados a la cultura, las comidas y las artes marciales medievales y que forman parte voluntaria del folklore campanopolita. Un guía nos anuncia que la próxima visita guiada es en media hora y salimos los cuatro a chismear. Es difícil dar crédito a la amalgama de objetos totalmente incongruos entre sí que conforman un todo absolutamente verosímil: No hay, porque no hay manera de que haya, nada, pero nada, con siquiera un tufillo de antigüedad mayo que, en el mejor y más esporádico de los casos, siglo y medio. Es más, el único edificio dendeveras histórico es el casco de avanzada de una de las estancias de los Ezcurra, heredada luego por Rosas, que ha de datar, cuando mucho, de 1820 o 30. Lo demás está hecho a la que te criaste: estos postes son, si se miran bien, columnas de señales ferroviarias (en efecto, más adelante se verá que conservan una señal), estas otras, truchamente corintias, vienen, nos contará Romina, nuestra guía, de las Galerías Pacífico (que lucen intactas, ¿dónde habrían estado, entonces?) Hay esculturas abstractas hechas con ruedas de bicicleta y otras piezas reconocibles que me recuerdan esos cuadros de Dalí, que, bien mirados, no son lo que parecen porque son, en realidad, decenas o centenas de otros cuadros, o las caricaturas de Arcimboldo, que no son sino un montón de hortalizas o de peces.

A la media hora, como adelantaba, empezamos la excursión. Mi tocayo Sergio, el guía original, explica un poco dónde estamos: Es el salón de actos de la ciudad: las butacas viene de un cine de Quilmes, detrás hay unos toldos porque sí, los inmensos ventanales son, en rigor, puertas ventanas colocadas a un metro de altura y viene vaya uno a saber de dónde. De las paredes cuelga toda suerte de objetos. Sergio pregunta de dónde somos. Hay un argelino y algún otro alienígena. La porcinetta me pregunta al oído si “puedo decir que zoy mexicana”. Claro. Entonces alza la ristra de chorizos de la que le nace la mano y anuncia, “yo zoy medio mexicana”. El grupo se divide en dos (han venido uno o dos autobuses de excursión) y al nuestro le toca Romina, bien criolla, retacona y entradita en carnes, de pelo renegrido, tez morena y ojos azabache.

Vamos pasando de edificio en edificio (hay cuarenta en total). En el Paladio del Hierro hay, por supuesto, de todo, incluida una escultura a lo Brancussi, planchas prehistóricas, faroles Sol de Noche, herramientas de toda laya y, un tanto fuera de lugar, una tapa de inodoro primorosamente decorada como para un culo VIP. En el Museo de los Caireles, pues eso: cientos, quizá miles de caireles sueltos que brillan intermitentemente a medid que van ofreciendo sus aristas al sol. En el Museo de la Madera, descuellan un inmenso trapiche y una entrañable escardadora, de las que el camarada Schwartz, el colchonero judío polaco, acarreaba para mullir el sueño de los hogares cuando yo era un gamín desprevenido pero ya triste. Nunca había vuelto a ver una y no recordaba haberla evocado. Es más, tardé en caer en cuenta de que el colchonero de mi infancia era, en efecto, el polaco Schwarcz.


INTERMEZZO GLORIOSO:

JOSÉ SCHWARCZ, EL COLCHONERO BOLCHEVIQUE2
José Scwarcz era un judío rotundo de puro polaco, de profesión colchonero. Lo recuerdo con los lompas escamoteados a la cadena de la bicicleta por unos broches de madera de esos para colgar ropa, arrastrando su acopladito con la escardadora o lo que fuese, un aparato en el que como que amasaba la lana. Iba de puerta en puerta, haciendo más muelle el dormir de los vecinos, siempre sonriente y siempre con aquel castellano incompleto. Si la memoria no me falla, había emigrado a la Argentina, supongo que solo, como a los doce años, allá por las postrimerías o el medio o el principio de la Primera Guerra Mundial. Llegó ya rojo, y cuando se fundó el PC el 7 de enero de 1917, entró a militar en el grupo lingüístico correspondiente, nunca supe si polaco o yidish, porque el PC nació plurilingüe, alimentado de la riada obrera que nos arrojaba la Europa hambrienta y devastada que hoy nos escudriña el pasaporte de soslayo, no sea que le vayamos a devolver la visita.

Cierto día, hará de esto unos ahora treinta años, lo fui a visitar a la casita que había levantado prácticamente con sus manos y las de su mujer. Me sirvió un licor relativamente infecto y se puso a evocar en voz alta.



Kvando yo yegué en Argentina, pibe, yo era de pocos que sabían de lana y colchones y me coticé insiguida. Las fábricas se peleaban por mí. Porque yo podía determinar calidad de lanas, y sabía kvanto podía pesar un paquete, o de qué tamaño tenía que ser un paquete de cinkventa kilos. Un día un proveedor mi dijo, Mirá, pibe, si vos comprás la lana que yo traigo, te hago comisión de diez por ciento, y si además no la pesás, de quince. Yo quedé sorprendido, porque era más plata de que ganaba en tres meses, Déjeme pensar que contesto mañana, dije, y esa noche te juro, pibe, no pude dormir: ¡era muchísima plata! Pero también pensé: esta es una barranca, que si yo caigo no paro más. Y entonces al día siguiente, kvando vino el proveedor y me preguntó, ¿Y, pibe, qué dicidiste?, yo contesté: Vea, en este lugar el único ladrón es el patrón; ¡vaya a hablar con él!

Recuerdo una sola mañana en que no se haya caído a eso de las once a charlar con mi viejo. El día que se enteró de que me iba becado a la Unión Soviética, lo vi entrar con su escolta de broches. Qué tal, José, le dije, te viniste al pedo, porque el viejo se fue a ver a un enfermo,



No pibe, hoy vengo a verte a vos, a dispidirme, porque sé que te vas en Unión Soviética. Mi padre murió soñando con ver tierra de Israel. Mi sueño de comunista es ver la Unión Soviética. Vos mirala bien por mí, pibe, porque no creo que yo vaya a poder.

Y la miré bien, José; demasiado. Y por eso nunca quise contarte nada. Hay sueños que son sagrados, como los de los niños, y vos no te merecías que te rompieran el tuyo.

Hoy me arrepiento, porque vos habrías sabido limpiar ese sueño y dejarlo bien pero bien bruñido para que nunca dejara de iluminar en la más oscura de las noches ni de llenarse de toda la gloria del sol el día en que nos despertemos, por fin, de esta pesadilla tenebrosa del capitalismo infame. Ojalá te pasees por un Edén en que no haya explotadores ni explotados, ni pogromos ni guerras ni cárceles ni torturas, donde, ¡por fin!, el hombre sea hermano del hombre y no su lobo, ¡Puta si te lo has merecido, luchador incansable y eternamente pobre!
*****
Pero volvamos a Campanópolis, donde la ballenata se queja amargamente de la impiedad de los mosquitos y el dolor de sus piernas. Hay pasajes tapados por los edificios, y edificios unidos por pasarelas, hay una torre de doce metros que, vista desde dentro, es un caleidoscopio de vitrales, hay un muelle hecho con tablones de la tribuna popular de Argentino Juniors antes de que la rehicieran de cemento, hay calles empedradas de adoquines venidos de calles ahora lamentablemente asfaltadas o cubiertas de durmientes cuyos rieles han dejado de estar. Luego vienen las doce casas del bosque y, a su término, a lo lejos, la carcasa toda herrumbre de una vieja locomotora tanque y de un vagón de pasajeros. Don Antonio preveía una estación de trenes, pero no llegó. Cerrando casi el círculo, los edificios más recientes, Ya no hay pretensiones medievalosas. Ahora el juego es de formas, texturas y colores. Un pabellón expulsa tres chimeneas torcidas; semeja un escarabajo gigantesco y mutante. Luego tres o cuatro escaleras metálicas en caracol se trasmutan en esculturas abstractas clavadas en medio de la nada. A continuación lo que podría pasar por un templo griego soñado por un robot. Finalmente una construcción interrumpida antes de convertirse en usina o fábrica psicodélica, como dejó inconclusa Bach su postrer partitura del Arte de la Fuga.

La jabaliciña llega al auto con su último aliento, malhumorada, mohína y zollipeante. Romina nos ha recomendado el manducatorio del Padre Mario, del otro lado de la avenida. Un lugar tipo enorme tinglado donde almuerzan por poca plata las familias del barrio. Sofi, Paloma y yo nos pedimos tres sándwiches de milanesa y la paquidermuela dos empanadas (ha pedido tres, pero father knows best). Los sándwiches son descomunales, de dos panes enteros cada uno y unos veinticinco o treinta centímetros de largo. Paloma, como era de prever, no puede con el suyo y yo dono la tercer parte del mío a mi vástaga, con la que comparto, además, un inmenso si poco agraciado pastel de manzana.



De regreso, el GPS nos hace dar tres o cuatro vueltas hasta que por fin se decide llevarnos para casa mientras las Tres Mosqueteras duermen el sueño ahíto de los inocentes.


1 Las fotos están subidas de Facebook.

2 Vide “Crónica de una muerte anunciada”.


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