Versión 2 Rodrigo Guerra López



Descargar 121,86 Kb.
Página1/3
Fecha de conversión24.03.2017
Tamaño121,86 Kb.
  1   2   3


Hacia una ontología del embrión humano

Rodrigo Guerra López – Versión 2.2



H
180
acia una ontología del embrión humano


biofilosofía, biología del desarrollo e individuación humana
Versión 2.2
Rodrigo Guerra López*
Tercer Congreso Internacional

de la Federación Internacional de Centros e Instituciones

de Bioética de Inspiración Personalista
«Análisis de la Declaración sobre las normas universales

de Bioética de la UNESCO»
29 de septiembre de 2005

Ciudad de México

Introducción
Elaborar una ontología del embrión humano puede resultar extraño al profesional de la filosofía en la actualidad. Dentro del amplio universo de cuestiones filosóficas las motivadas por la biología, y más aún por la biología del desarrollo, no suelen ser las más socorridas. Es más fácil encontrar en la actualidad filósofos dedicados a explorar el pensamiento de algún autor importante que dedicados a indagar un objeto que de entrada parece ser tema y problema primario para la biología del desarrollo.
El hecho que cada ciencia se especifique por su objeto parece acentuar esta situación. Si bien el ser humano ha sido tema de reflexión filosófica desde la más remota antigüedad, cuando hablamos de «embrión humano» nos referimos a un estado de cosas que involucra un proceso de desarrollo biológico que para ser entendido complexivamente reclama de parte del observador tener competencia en saberes como la biología de la reproducción, la biología molecular, la bioinformática, etc. Dicho de otro modo, la expresión «embrión humano» se refiere a un momento particular de un largo proceso de desarrollo que principalmente pareciera explicarse por el crecimiento y el aumento de complejidad de las estructuras y funciones propias del cuerpo humano. La filosofía al autopresentarse como un saber abstracto y fundamental desde el punto de vista meta-empírico, parecería encontrarse muy lejos de estos asuntos.
Sin embargo, si recordamos los orígenes de la filosofía no debe resultar extraño que los filósofos nos dediquemos a este tipo de cuestiones. Al contrario, es significativo que para un filósofo como Aristóteles la ontología como teoría de la sustancia se construya a partir de la base de un conjunto de observaciones sobre los vivientes1. Estas observaciones serán sumamente amplias y diversificadas incluyendo eventualmente algunas de las primeras investigaciones embriológicas que se conocen en la historia de la humanidad2.
Así mismo, desde el punto de vista de la realidad en sí misma considerada, es importante cobrar conciencia respecto que las ciencias de hechos, si bien exploran ciertas dimensiones de la dinámica causal y explicativa de las cosas, reclaman siempre una comprensión ulterior (filosófica) que busque más allá de la descripción de fenómenos frecuentes y de la enunciación de leyes generales, principios auténticamente universales y hasta necesarios. Esto que es válido respecto de toda ciencia particular es especialmente importante para la biología del desarrollo humano: no basta mostrar cómo sucede la embriogénesis sino es preciso indagar por qué sucede así. Sólo con el concurso de la embriología y de una eventual embriontología3 será posible que nuestras explicaciones muestren con mayor contundencia cuáles son las razones profundas que explican la generación del ser humano, y en el fondo, cuál es el estatuto ontológico de la vida humana naciente y de las diversas etapas que va recorriendo.


  1. Descalificaciones, prejuicios y sobresimplificaciones

Un primer asunto que es imposible obviar al comienzo de una indagación como la que realizamos es reconocer que existen numerosas descalificaciones y prejuicios en quienes participamos en el debate actual sobre el estatuto ontológico del embrión humano. No es extraño observar que muchos de quienes defienden la condición personal del embrión humano en momentos posteriores a la concepción suelen sostener que sus detractores, a veces aglutinados dentro de alguna postura de bioética personalista o al menos iusnaturalista, fundamentan la sacralidad de la vida humana únicamente desde creencias religiosas, sólo válidas como convicciones para la vida privada. En algunas otras ocasiones se irá aún más lejos y se descalificará la defensa de la dignidad de la vida desde la concepción a causa de la utilización de argumentos de corte «metafísico». Una teoría sobre el inicio de la vida humana que apelara a realidades suprasensibles como el alma infundida por Dios queda desde esta posición fuera de juego ya que este tipo de entidades no pueden ser verificadas de acuerdo al rigor propio de las ciencias empíricas. En esta línea Margarita Valdés, una de las filósofas mexicanas más dedicadas a estas cuestiones, ha escrito que:


La razón que el conservador suele esgrimir para defender su interpretación es (…) una razón religiosa o, si se prefiere, una razón teológico-moral: la idea de que cada nueva vida humana es creada directamente por Dios «a su imagen y semejanza» y que, por lo tanto, es intrínsecamente malo destruirla, o la idea de que Dios nos impone, a través del Papa, la obligación moral de respetar la vida de los fetos. Sin embargo, por respetable que puedan parecernos este tipo de razones, cabe señalar que dependen de la aceptación de una creencia religiosa o de una manera religiosa de ver el mundo y, dada la libertad de creencias consagrada en las constituciones políticas contemporáneas de los Estados democráticos, no es el tipo de razón que pueda servir para justificar ninguna legislación pública al respecto4.
Más adelante ella misma insistirá en que:
Habría que señalar que cuando se conceptúa al feto desde el momento de la concepción como persona, a pesar de no tener ninguna de las propiedades distintivas de las personas, o bien se está usando la palabra equívocamente o bien se está cometiendo un franco error categorial. Sospecho que efectivamente quienes impugnan el aborto desde el momento de la concepción usan el término «persona» equívocamente, con un sentido diferente del normal que pone de manifiesto sus orígenes en ciertas creencias religiosas. Es decir, entienden por persona no algo que tiene características corpóreas y psicológicas, sino, tal vez, algo así como «organismo humano con alma». Dejando a un lado las dificultades con la noción religiosa de «alma», darle este sentido a la palabra y aplicarla al óvulo fecundado, depende, como hemos señalado, de aceptar una visión religiosa del mundo que no necesariamente tenemos que compartir todos bajo pena de caer en la irracionalidad5.
En estos textos no es difícil advertir que existe una caricaturización excesiva de las cosas. La noción “normal” de persona que se utiliza como referencia parece ignorar la historia más elemental de este término y la larga controversia sobre el constitutivum personae. Algo similar se puede decir respecto del modo como la Profesora Valdés se refiere a la noción de «alma». Es ampliamente conocido que filósofos tan diversos como Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes, Max Scheler o Edith Stein han desarrollado sus respectivas teorías sobre el alma en clave filosófica y no teológica.
Sin embargo, lo que es sumamente curioso es que de manera simétrica también encontramos importantes imprecisiones en algunas personas que buscan defender la dignidad de la vida humana desde la concepción. La sobresimplificación de los argumentos genera en ocasiones que el diálogo que entablan algunos exponentes de posturas aparentemente «Pro-vida» se torne en un conjunto de alegatos que en nombre de la verdad distorsionan la verdad sobre el hombre y el necesario diálogo científico riguroso. Por ejemplo, una importante bioeticista mexicana de la que no dudamos de su interés y dedicación sincera en la defensa de la vida, Pilar Calva, nos dice en uno de sus textos:
El conocimiento moderno de la biología molecular nos permite constatar que todo ser vivo tiene un genoma propio de su especie; esto es precisamente lo que le define como miembro de esa especie y no de otra. (…) Refiriéndonos concretamente al genoma humano, éste nos hace ser personas y no pertenecer o dudar a qué especie pertenecemos; al mismo tiempo, la individualidad del mismo nos hace únicos e irrepetibles6.
Considerar que el genoma nos hace ser personas e individuos no resiste un análisis biológico o filosófico riguroso. Baste mencionar que a) muchas de las células de nuestro cuerpo aún separadas de él poseen carga genética completa y no son personas, y b) es imposible sostener que la condición personal en cuanto personal se identifique unívocamente con un sistema material complejo debido a que la noción de «persona» precisamente pretende indicar otro modo de ser, es decir, una diferencia radical con respecto al ser de las cosas, aunque como es evidente en el caso de la persona humana, la corporeidad sea un elemento constitutivo de la misma7. Nuevamente aquí se prescinde de toda la historia sobre la noción de persona, de su carácter trascendental (no predicamental) y de su fundamento real. También se prescinden de las teorías personalistas contemporáneas que han avanzado más allá de las teorías medievales y modernas sobre este tema. No podemos proseguir en este momento con estas consideraciones8.
Lo importante aquí es constatar que existe una turbulencia indeseable en las discusiones sobre el estatuto del embrión humano que nos invita a reconsiderar las cosas buscando siempre dialogar y aprender del otro, buscando hacer ciencia con rigor bajo la confianza de que la verdad, aunque sea compleja, está ahí esperando a ser develada.


  1. La presentación de la genética en algunos manuales de Bioética católica

Manuales de Bioética como el de Elio Sgreccia atendieron en su momento con sumo tino las cuestiones fundamentales en torno a la vida humana y a los nuevos desafíos biotecnológicos que se presentaban a finales de la década de los ochenta y principios de la década de los noventa9. Estos manuales trataban de elaborar un discurso culto principalmente orientado a la formación de profesionales de la salud y agentes de pastoral que requerían tener una cierta iluminación para el momento de tomar decisiones concretas ya sea en hospitales y centros de salud, ya sea en la consejería espiritual o institucional.


Sin embargo, conforme fue pasando el tiempo los argumentos ofrecidos comenzaron a mostrar desde mi punto de vista una doble debilidad: por una parte el fundamento filosófico que justificaba los puntos más álgidos resultaba débil cuando aparecía un interlocutor bien educado en alguna filosofía contemporánea. Los manuales daban por resueltos una gran cantidad de problemas filosóficos sobre la relación entre sustancia y accidentes, sobre la relación entre la naturaleza como esencia y la naturaleza como conjunto de características físico-biológicas, sobre el origen y fundamento de la dignidad humana, y en algunas ocasiones, se llegaban a apreciar exposiciones éticas sumamente esquemáticas que fácilmente caían en falacia naturalista.
Por otra parte, algunos manuales católicos ofrecían (y a veces continúan ofreciendo) exposiciones sumamente compendiadas de embriología y de genética que reproducían las ideas más o menos convencionales sobre estos temas divulgadas hacia los años setenta y ochenta.
En efecto, el descubrimiento de los genes y del DNA que los constituye permitió durante algunas décadas contemplar un cierto resurgimiento de una versión modificada de preformacionismo, es decir, de la teoría que sostiene que las características fenotípicas del individuo humano adulto se encuentran de alguna manera precontenidas en su genotipo originario10. Así, en el último tercio del siglo XX, como fruto de la eclosión de la biología molecular muchos textos sobre estas materias comenzaron a presentar de manera más o menos explícita una relación directa y determinista entre los genes y la realidad biológica resultante luego de su desarrollo. Parecía claro que la información genética era no sólo necesaria sino también suficiente para constituir a un organismo vivo maduro y por ende completo desde el punto de vista de su plan básico de desarrollo configurado precisamente en el momento de la fecundación. Nacía así la convicción de que en el orden biológico existe un sustrato –el genoma– que asegura la identidad personal a través de los cambios…
Esto permitió que parte de la manualística católica hallara un respaldo empírico para afirmar que la persona está ya en acto desde el momento de la fusión de los gametos. Todos los argumentos sobre la supuesta existencia de una «persona en potencia» o de un «pre-embrión» antes de la implantación caían con facilidad debido a la afirmación simultánea de a) el papel conductor del desarrollo que realizaba el genoma de acuerdo a un modelo más o menos determinista, y b) la teoría filosófica que parecía explicarlo: el cambio que sucede en el viviente humano a partir de la fecundación es de orden accidental, no es de orden sustancial, y está direccionado teleológicamente. El sujeto del cambio está ya en acto y por ello en potencia activa para desplegar las virtualidades orgánicas y eventualmente operativas que suelen caracterizar a la persona humana adulta.


  1. Tres objeciones al estatuto personal del embrión humano

En la actualidad, sin embargo, es necesario repensar estos asuntos una vez más. Desde mi punto de vista no son sostenibles afirmaciones del tipo «todo está ya en los genes al establecerse un nuevo genoma por la fusión de gametos de los padres». A comienzos del siglo XXI existen en la mesa de discusión nuevas evidencias empíricas que parecen cuestionar muchas de las bases sobre las que descansaban convicciones como la mencionada. Será posible reconstruir un cierto argumento sobre la condición personal del embrión humano desde la concepción sólo si somos capaces de responder a las que parecen ser nuevas objeciones bio-filosóficas basadas en evidencia empírica. Así, a continuación de manera análoga a como se presentaban las cuestiones en la filosofía escolástica medieval presentamos primero tres objeciones (incisos 3.1, 3.2 y 3.3), luego una solución general (incisos 4 y 5), y por último, la respuesta compendiada a los aspectos problemáticos de cada una de las objeciones (inciso 6).




    1. Primera objeción: la importancia de la información epigenética

Miremos en primer término la importancia que ha adquirido el papel de la información epigenética: conforme se fue acercando el final del siglo veinte se descubrieron gradualmente los mecanismos de activación y represión de los genes y el proceso detallado que va desde la información genotípica hasta la aparición de las características fenotípicas. En este proceso, de gran complejidad, evidentemente intervienen las informaciones genéticas pero también, en una gran dosis, las de procedencia extragenética, al grado que cuando estas últimas no hacen acto de presencia el fenotipo se altera o resulta inviable. Dicho de otro modo, el individuo humano se constituye por la interrelación integrada de todo lo que él es y no sólo por su DNA: en la actualidad sabemos que los genes son los elementos que definen la herencia. Sin embargo, existen numerosos elementos celulares citoplasmáticos que contienen las informaciones que dirigen, reprograman y aún interpretan la información contenida en los genes11. De este modo, no heredamos sólo genes sino una amplia gama de flujos moleculares que modulan y dirigen la información genética. Estos flujos son capaces de hacer que un núcleo de célula somática con cierta diferenciación terminal pueda direccionarse a otro estado.


Más aún, existen elementos maternos que influyen en la determinación de los fenotipos. De ahí que exista en la actualidad la opinión generalizada respecto a que no son sólo las informaciones del cigoto las que lo «constituyen», sino que durante un cierto tiempo se despliega un proceso en el que elementos provenientes de la madre colaboran a la constitución de lo que eventualmente será propiamente el programa de desarrollo. Un ejemplo a este respecto es la función de la hormona T4 materna. Esta hormona se comunica de la madre al embrión en un cierto momento de su desarrollo antes de que éste pueda expresar su propia T4. La hormona regula la expresión de los genes del embrión que son esenciales para el desarrollo del sistema nervioso12. Sin ella, por más que se tenga un código genético completo, éste no se expresa de la manera adecuada y por ende no cumple su función plena de «programa de desarrollo».
Esto parece indicar que los seres vivos, y entre ellos el ser humano, necesitan de un periodo constituyente en el que la información genética y epigenética concurren. Mientras ese periodo de constitución no culmina, el individuo humano en acto – el que posee un plan realmente direccionado hacia término – pareciera ser una mera posibilidad de entre varias.
Este tipo de observaciones parecen explicar el por qué muchos científicos actualmente consideran que no pueda decirse con seguridad que existe una persona desde el momento mismo de la concepción. Desde este punto de vista la biología parece más bien sugerir que el cigoto no es el mismo y la misma cosa todo el tiempo del desarrollo. La biología parece mostrarnos que la realidad del término depende de manera sumamente importante del nicho dónde se coloca al cigoto y de un periodo de tiempo en el que este nicho interactúa con él13.
La importancia del nicho puede mostrarse con dos ejemplos. El primero es un caso similar al de la hormona T4 y que me atrevo a calificar de «débil», sin embargo, nos sensibiliza con respecto de la trascendencia que el nicho posee en el proceso de desarrollo: nos referimos al tema de malformaciones causadas por deficiencias genéticas en la madre. El segundo me parece un caso «fuerte» y extremo –por otra parte sumamente interesante– ya que se refiere a las supuestas clonaciones humanas realizadas recientemente en Corea y en Inglaterra.


      1. Mismo genotipo, diferente fenotipo, dependiendo del nicho

Un cigoto con una mutación (homocigótica14) grave, al colocarse en un endometrio de una madre con dotación genética normal en el gen PAH15, nace con fenotipo normal. El mismo cigoto o un hipotético gemelo monocigótico al ser colocado en el endometrio de una madre con niveles permanentemente altos de fenilananina o con una deficiencia en el gen PAH puede originar a un individuo con importantes defectos anatómicos y trastornos neurológicos (retraso mental, microcefalia, etc.). De este modo se aprecia que un mismo genotipo en el origen da lugar a fenotipos diversos de acuerdo al nicho que lo acoge.


El nicho introduce un cambio drástico en el desarrollo. La información de la madre repercute en la regulación de los genes y otros flujos energéticos del embrión. En otras palabras, el DNA del embrión no transporta toda la información programática necesaria para el desarrollo. La información está contenida en una red compleja de interacciones del conjunto celular que incluyen al genoma pero que no están limitadas por él.


      1. Si no hay reprogramación génica, no hay embrión

El segundo caso a tener en cuenta es el relativo a los esfuerzos que se están realizando para lograr clonaciones humanas. El primer intento de obtener un clon de un adulto humano se llevó a cabo en el año 2001. Se estimularon y enuclearon varios óvulos humanos en laboratorio y se les transfirieron el núcleo de células precursoras de la piel o de las células que nutren al óvulo –células del cumulus-. Se cultivaron los óvulos manipulados y unos pocos de ellos se dividieron y dieron lugar a pequeños grupos de células. A este proceso le llamaron “desarrollo embrionario a estado pronuclear y temprano”. El nombre escogido ya indicaba que al grupo de células obtenidas se le consideraba un «embrión»16.

A finales del 2004 un equipo de investigadores de Corea anunciaron la consecución de una línea celular de una célula madre humana embrionaria derivada de un “blastocisto clonado”17. En los medios de comunicación el acontecimiento se presentó como una «clonación humana». En efecto, las células producidas con material genético de célula de adulto se organizaron en una configuración similar a la de un embrión porque derivan de la multiplicación de un óvulo y por tanto algunas de ellas adquieren las propiedades de las células madre de origen embrionario. De una manera parecida, en marzo de 2005, un equipo inglés presentó también los resultados de sus investigaciones ante los medios de comunicación como “clonación terapéutica”18. En los tres casos existe un abuso terminológico. La clonación de un individuo supone algo más que la mera transferencia del núcleo de una célula de adulto a un óvulo desnucleado. Efectivamente este sería el primer paso en un proceso de clonación, es decir, en el proceso de obtención de uno o más individuos genéticamente iguales al organismo de origen. Sin embargo, son precisos otros pasos entre los que destaca la reprogramación completa del genoma (técnicamente más compleja cuando más complejo es el individuo) que ponga ese material genético en la situación de conducir auténticamente un proceso de desarrollo con término asegurado, es decir, un proceso de desarrollo estrictamente «embrionario»19. Si la reprogramación no se logra o se logra de manera incompleta lo que se forma es un conjunto celular con algunas estructuras y propiedades semejantes a las que se encuentran en un embrión, pero no un individuo clónico. Lo que se produce es un «embrioide» (también llamado «nuclóvulo») al que le faltó recibir el influjo del citoplasma estimulado por la acción del espermatozoide dentro del proceso de fecundación ordinario20.
En una palabra, sin información citoplasmástica que reprograme el genoma, éste no opera como verdadero plan de desarrollo embrionario. Sin reprogramación, no hay auténtico embrión humano.


    1. Segunda objeción: continuidad o discontinuidad en el desarrollo embrionario

La categoría «embrión humano» es un nombre utilizado para designar un cierto segmento de desarrollo dentro de un proceso más amplio que culmina eventualmente con la muerte. En el proceso existe, sin duda, una cierta continuidad ya que no existen «vacíos» entre una etapa y otra. Sin embargo, el detectar ciertos momentos diferenciados como los que existen entre a) el momento en que existe vida pero no hay capacidad de conocer, b) el momento en que el viviente humano ya posee un mínimo de operaciones cognitivas aún cuando no sean racionales, y c) el momento en el que ser humano ya puede razonar y escoger libremente de manera explícita, pareciera indicar que el proceso de desarrollo no es un continuo absoluto sino más bien relativo. ¿Qué quiere decir esto?


Carlos Alonso Bedate, investigador del Centro de Biología Molecular de la Universidad Autónoma de Madrid, afirma:
Nuestro entendimiento ve el proceso de desarrollo como un todo que obedece a reglas simples y deterministas porque sólo observamos los fenotipos finales de los procesos individuales. Pero el fenotipo no es la suma de los procesos individuales sino una realidad nueva, en cierta forma, creada. Creación que no es ex nihilo pero sí ex prior. En este contexto, aunque evidentemente existe un proceso por el cual una entidad se convierte en otra, éste no sería un continuo sino un proceso en continuidad en el que en tiempos definidos se originan novedades con relación de causa anterior eficiente. Estas novedades serían «ontos» nuevos21.



  1   2   3


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2019
enviar mensaje

    Página principal