Vaya a la puerta



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Do Androids Dreams of Electric Sheep?

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VAYA A LA PUERTA

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Do Androids Dreams of Electric Sheep?

Traducción: César Terrón

Diseño de la cubierta: Iborra

De esta obra, Edhasa ha publicado una Guía de Lectura para el profesorado que la solicite

acreditando su condición

Primera edición en Pocket Edhasa: octubre de 1992 Quinta reimpresión: mayo de 1997

©Philip K. Dick. 1980

©Edhasa, 1981 v 1992

Avda. Diagonal, 519-521. 08029 Barcelona

Tel. 439 51 05

ISBN: 84-350-1595-5

Depósito legal: B-22.733-1997

Indice:

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Auckland (REUTERS, 1966). Ayer murió una tortuga que el capitán Cook había regalado en

1777 al rey de Tonga. Tenía casi 200 años. El animal, llamado Tu’Imalila, murió en el parque del

palacio real de la capital tongana de Nuku, Alofa.

El pueblo de Tonga daba a la tortuga las consideraciones de un jefe; tenía guardias especiales y

hace pocos años había quedado ciega durante un incendio forestal.

Radio Tonga anunció que los restos de Tu’Imalila serían enviados al museo de Auckland, en

Nueva Zelandia.

A Maren Augusta Bergrud

10 de agosto de 1923 - 14 de junio de 1967.

Y aún sueño que pisa la hierba

caminando espectral entre el rocío

atravesado por mi canto alegre.

Yeats


1

Una alegre y suave oleada eléctrica silbada por el despertador automático del órgano de ánimos

que tenía junto a la cama despertó a Rick Deckard. Sorprendido -siempre le sorprendía encontrarse

despierto sin aviso previo- emergió de la cama, se puso en pie con su pijama multicolor, y se

desperezó. En el lecho, su esposa Irán abrió sus ojos grises nada alegres, parpadeó, gimió y volvió a

cerrarlos.

- Has puesto tu Penfield demasiado bajo -le dijo él-. Lo ajustaré y cuando te despiertes…

- No toques mis controles -su voz tenía amarga dureza-. No quiero estar despierta.

El se sentó a su lado, se inclinó sobre ella y le explicó suavemente:

- Precisamente de eso se trata. Si le das bastante volumen te sentirás contenta de estar despierta.

En C sobrepasa el umbral que apaga la conciencia.

Amistosamente, porque estaba bien dispuesto hacia todo el mundo -su dial estaba en D- acarició

el hombro pálido y desnudo de Irán.

- Aparta tu grosera mano de policía -dijo ella.

- No soy un policía -se sentía irritable, aunque no lo había discado.

- Eres peor -agregó su mujer, con los ojos todavía cerrados-. Un asesino contratado por la

policía.

- En la vida he matado a un ser humano.

Su irritación había aumentado, y ya era franca hostilidad.

- Sólo a esos pobres andrillos -repuso Irán.

- He observado que jamás vacilas en gastar las bonificaciones que traigo a casa en cualquier

cosa que atraiga momentáneamente tu atención -se puso de pie y se dirigió a la consola de su órgano

de ánimos-. No ahorras para que podamos comprar una oveja de verdad, en lugar de esa falsa que

tenemos arriba. Un mero animal eléctrico, cuando yo gano ahora lo que me ha costado años conseguir

-en la consola vaciló entre marcar un inhibidor talámico (que suprimiría su furia), o un estimulante

talámico (que la incrementaría lo suficiente para triunfar en una discusión.)

- Si aumentas el volumen de la ira -dijo Irán atenta, con los ojos abiertos- haré lo mismo.

Pondré el máximo, y tendremos una pelea que reducirá a la nada todas las discusiones que hemos

tenido hasta ahora. ¿Quieres ver? Marca… Haz la prueba -se irguió velozmente y se inclinó sobre la

consola de su propio órgano de ánimos mientras lo miraba vivamente, aguardando.

El suspiró, derrotado por la amenaza.

- Marcaré lo que tengo programado para hoy -examinó su agenda del 3 de enero de 1992:

preveía una concienzuda actitud profesional-. Si me atengo al programa -dijo cautelosamente-, ¿harás

tú lo mismo? -esperó; no estaba dispuesto a comprometerse tontamente mientras su esposa no hubiese

aceptado imitarlo.

- Mi programa de hoy incluye una depresión culposa de seis horas -respondió Irán.

- ¿Cómo? ¿Por qué has programado eso? -iba contra la finalidad misma del órgano de ánimos-.

Ni siquiera sabía que se pudiera marcar algo semejante -dijo con tristeza.

- Una tarde yo estaba aquí -dijo Irán-, mirando, naturalmente, al Amigo Buster y sus Amigos

Amistosos, que hablaba de una gran noticia que iba a dar, cuando pasaron ese anuncio terrible que

odio, ya sabes, el del Protector Genital de Plomo Mountibank, y apagué el sonido por un instante. Y

entonces oí los ruidos de la casa, de este edificio, y escuché los… -hizo un gesto.

- Los apartamentos vacíos -completó Rick; a veces también él escuchaba cuando debía

suponerse que dormía. Y sin embargo en esa época, un edificio de apartamentos en comunidad

ocupado a medias tenía una situación elevada en el plan de densidad de población. En lo que antes

de la guerra habían sido los suburbios, era posible encontrar edificios totalmente vacíos, o por lo

menos eso había oído decir… Como la mayoría de la gente, dejó que la información le llegara de

segunda mano; el interés no le alcanzaba para comprobarla personalmente.

- En ese momento -continuó Irán-, mientras el sonido de la TV estaba apagado, yo estaba en el

ánimo 382; acababa de marcarlo. Por eso, aunque percibí intelectualmente la soledad, no la sentí. La

primera reacción fue de gratitud por poder disponer de un órgano de ánimos Penfield; pero luego

comprendí qué poco sano era sentir la ausencia de vida, no sólo en esta casa sino en todas partes, y

no reaccionar… ¿Comprendes? Me figuro que no. Pero antes eso era una señal de enfermedad

mental. Lo llamaban “ausencia de respuesta afectiva adecuada”. Entonces, dejé apagado el sonido de

la TV y empecé a experimentar con el órgano de ánimos. Y por fin logré encontrar un modo de

marcar la desesperación -su carita oscura y alegre mostraba satisfacción, como si hubiese

conseguido algo de valor-. La he incluido dos veces por mes en mi programa. Me parece razonable

dedicar ese tiempo a sentir la desesperanza de todo, de quedarse aquí, en la Tierra, cuando toda la

gente lista se ha marchado, ¿no crees?

- Pero corres el riesgo de quedarte en un estado de ánimo como ése -objetó Rick-, sin poder

marcar la salida. La desesperación por la realidad total puede perpetuarse a sí misma…

- Dejo programado un cambio automático de controles para unas horas más tarde -respondió

suavemente su esposa-. El 481: conciencia de las múltiples posibilidades que el futuro me ofrece, y

renovadas esperanzas de…

- Conozco el 481 -interrumpió él; había discado muchas veces esa combinación, en la que

confiaba-. Oye -dijo, sentándose en la cama y apoderándose de las manos de Irán, a la que atrajo a su

lado-, incluso con el cambio automático es peligroso sufrir una depresión de cualquier naturaleza.

Olvida lo que has programado y yo haré lo mismo. Marcaremos juntos un 104, gozaremos juntos de

él, y luego tú te quedarás así mientras yo retorno a mi actitud profesional acostumbrada.

Eso me dará ganas de subir al terrado a ver la oveja y de partir enseguida al despacho. Y sabré

que no te quedas aquí, encerrada en ti misma, sin TV -dejó libres los dedos largos y finos de su mujer

y atravesó el espacioso apartamento hasta el living, que olía suavemente a los cigarrillos de la noche

anterior. Allí se inclinó para encender la TV.

Desde el dormitorio llegó la voz de Irán:

- No puedo soportar la TV antes del desayuno.

- Disca el 888 -respondió Rick mientras el receptor se calentaba-. Quiero ver la TV, haya lo

que hubiere.

- En este momento no quiero discar nada -dijo Irán.

- Entonces marca el 3 -sugirió él.

- No puedo pedir un número que estimula mi corteza cerebral para que desee discar otro. No

quiero discar nada, y el 3 menos aún, porque entonces tendré el deseo de discar, y no puedo imaginar

un deseo más descabellado. Lo único que quiero es quedarme aquí, sentada en la cama, y mirar el

suelo -su voz se afiló con el acento de la desolación mientras dejaba de moverse y su alma se

congelaba: el instintivo y ubicuo velo de la opresión, de una inercia casi absoluta, cayó sobre ella.

Rick elevó el sonido del televisor, y la voz del Amigo Buster estalló e inundó la habitación.

- Hola, hola, amigos. Ya es hora de un breve comentario sobre la temperatura de hoy. El satélite

Mongoose informa que la radiación será especialmente intensa hacia el mediodía y que luego

disminuirá, de modo que quienes os aventuréis a salir…

Irán apareció a su lado, arrastrando levemente su largo camisón, y apagó el televisor.

- Está bien, me rindo. Discaré lo que quieras de mí. ¿Goce sexual extático? Me siento tan mal

que hasta eso podría soportar. Al diablo. ¿Qué diferencia hace…?

- Yo marcaré por los dos -dijo Rick, y la condujo al dormitorio.

En la consola de Irán disco 594: reconocimiento satisfactorio de la sabiduría superior del

marido en todos los temas. Y en la propia pidió una actitud creativa y nueva hacia su trabajo, aunque

en verdad no la necesitaba; ésa era su actitud innata y habitual sin necesidad de estímulo cerebral

artificial del Penfield.

… Y después de un apresurado desayuno -había perdido tiempo a causa de la discusión- subió

vestido para salir, incluso con su Protector Genital de Plomo Mountibank, modelo Ayax, a la pradera

cubierta del terrado. Ahí “pastaba” su oveja eléctrica; por más que fuera un sofisticado objeto

mecánico, ramoneaba con simulada satisfacción y engañaba al resto de los ocupantes del edificio.

Por supuesto, también algunos de sus animales eran imitaciones electrónicas. De eso no había

duda, pero él, por supuesto, jamás había curioseado al respecto, así como ellos no espiaban para

descubrir el verdadero carácter de su oveja. Nada habría sido más descortés. Preguntar "¿Es

auténtica su oveja?" era todavía peor que averiguar si los dientes, el pelo o los órganos internos de

una persona eran genuinos.

El aire gris de la mañana, lleno de partículas radiactivas que oscurecían el sol, ofendía su

olfato. Aspiró involuntariamente la corrupción de la muerte. Bueno, eso era una descripción algo

excesiva, observó mientras se dirigía hacia el sector particular de césped que poseía juntamente con

el inmenso apartamento situado más abajo. La herencia de la Guerra Mundial Terminal había

disminuido su poder. Los que no pudieron sobrevivir al polvo habían sido olvidados años antes;

entonces el polvo, ya más débil y con sobrevivientes más fuertes, sólo podía alterar la mente y la

capacidad genética. A pesar de su protector genital de plomo, era indudable que el polvo se filtraba

y traía cada día -mientras no emigrara- su pequeña carga de inmundicia. Hasta ahí, los exámenes

médicos mensuales confirmaban su normalidad: podía procrear dentro de los márgenes de tolerancia

que la ley establecía. Pero cualquier mes el examen de los médicos del Departamento de Policía de

San Francisco podía dictaminar lo contrario. Continuamente el polvo omnipresente convertía a los

normales en especiales. Esa basura del correo oficial, los posters y los anuncios de TV vociferaban:

"¡Emigra o degenera! ¡Elige!" Era verdad, pensó Rick mientras abría la puerta de su minúscula

dehesa y se acercaba a su oveja eléctrica. Pero no puedo emigrar, se dijo, a causa de mi trabajo.

El propietario de la parcela adyacente, su vecino Bill Barbour, lo saludó. Igual que Rick, se

había vestido para ir a trabajar, y también se había detenido a ver cómo estaba su animal.

- Mi yegua está preñada -declaró Barbour encantado, y señaló el gran ejemplar de percherón

que miraba el espacio con expresión vacía-. ¿Qué me dice?

- Que pronto tendrá usted dos caballos -respondió Rick. Ya estaba al lado de su oveja, que

rumiaba con los ojos clavados en él por si le había traído avena arrollada. La presunta oveja estaba

equipada con un circuito sensible a la avena, de modo que a la vista del cereal se mostraba

convincentemente interesada y se acercaba-. ¿Y quién la ha preñado? -le preguntó a Barbour-. ¿El

viento?


- He comprando el plasma fertilizante de mayor calidad que se puede conseguir en California -

informó Barbour-. Por medio de algunos contactos internos que poseo en la Junta Ganadera del

Estado. ¿Recuerda que la semana pasada vino un inspector a examinar a Judy? Están impacientes por

ver el potrillo, porque ella es un animal incomparable -palmeó cariñosamente el cuello de la yegua,

que inclinó la cabeza.

- ¿No ha pensado en venderla? -preguntó Rick; mucho deseaba poseer un caballo, o cualquier

otro animal. Mantener una imitación era gradualmente desmoralizador, de algún modo. Y sin

embargo, dada la ausencia de un animal verdadero, era socialmente necesario. Por lo cual no le

quedaba otra opción que seguir como hasta entonces. Aunque él mismo no se preocupara por las

apariencias, estaba su esposa. Irán se preocupaba, y mucho.

Barbour respondió:

- Sería inmoral.

- Venda el potrillo, entonces. Tener dos animales es más inmoral que no tener ninguno.

- ¿Cómo? -respondió Barbour, confundido-. Mucha gente posee dos animales, o tres o cuatro y,

como en el caso de Fred Washborne, el dueño de la planta procesadora de algas donde trabaja mi

hermano, hasta cinco. ¿No leyó ayer en el Chronicle el artículo acerca de su pato? Parece que es el

moscovy más grande y pesado de toda la Costa Oeste -sus ojos se tornaron vidriosos al imaginar

semejante riqueza. El hombre caía poco a poco en trance.

Explorando los bolsillos de su chaqueta, Rick halló su arrugado y muy leído ejemplar del

suplemento de enero del Catálogo de Aves y Animales de Sidney. Buscó “potrillos” en el índice

(véase Caballos, progenie), y halló el precio nacional vigente.

- Puedo comprar un potrillo percherón en Sidney por cinco mil dólares -dijo en voz alta.

- No -respondió Barbour-. No podrá. Vuelva a mirar la lista: está en bastardilla. Eso significa

que no tienen existencias de potrillos, pero eso valdrían si las hubiera.

- ¿Qué le parecería si le pagara quinientos dólares mensuales durante diez meses? -dijo Rick-.

La cifra entera del catálogo.

- Deckard -repuso compasivamente Barbour-, usted no entiende de caballos. Hay una razón para

que Sidney no tenga potrillos percherón. No son animales que pasen de mano en mano, por lo menos

al precio del catálogo. Son demasiado raros, incluso los relativamente inferiores -se inclinó sobre la

cerca común, gesticulando-. Hace tres años que tengo a Judy: en todo ese tiempo no he visto una

yegua percherón de su calidad. Para comprarla tuve que volar a Canadá, y la traje aquí

personalmente para asegurarme de que no la robaran. Si anda usted con un animal como éste cerca de

Wyoming o Colorado, le darán un golpe y se lo quitarán. ¿Sabe por qué? Porque antes de la Guerra

Mundial Terminal había allí, literalmente, centenares.

- Pero si usted posee dos caballos y yo ninguno -interrumpió Rick-, eso viola toda la estructura

moral y teológica del Mercerismo.

- Usted tiene su oveja, demonios. Puede seguir la Ascensión en su vida individual y, cuando

coge las dos asas de la empatía, puede también acercarse honorablemente. Si no tuviera usted esa

vieja ovejita, vería alguna lógica en su posición. Por supuesto, si yo poseyera dos animales y usted

ninguno, le impediría fundirse verdaderamente con Mercer. Pero todas las familias de este edificio…

Veamos, unas cincuenta. Una por cada tres apartamentos, calculo. Todos nosotros tenemos un animal

de alguna clase. Graveson tiene esa gallina -señaló hacia el norte-. Oakes y su esposa son dueños de

ese gran perro colorado que ladra por las noches -meditó-. Creo que Ed Smith tiene un gato en su

apartamento, por lo menos eso dice, aunque nadie lo ha visto nunca. Quizá sea mentira.

Rick se inclinó sobre su oveja, buscando algo entre la gruesa lana blanca (al menos los vellones

eran auténticos), hasta que lo encontró: el panel de control oculto. Mientras Barbour miraba, abrió el

panel.

- ¿Ve? -le dijo a Barbour-. ¿Comprende ahora por que” quiero su potrillo?



Después de una pausa, Barbour respondió:

- Lo siento mucho. ¿Siempre ha sido así?

- No -dijo Rick, cerrando nuevamente el panel de su oveja eléctrica-. Originalmente era una

oveja verdadera -se enderezó, se volvió y enfrentó a su vecino-. El padre de mi mujer nos la regaló

cuando emigró. Pero hace un año la llevé al veterinario. ¿Recuerda? Usted estaba aquí esa mañana

que subí y la encontré echada. No se podía poner de pie.

- Usted la levantó -repuso Barbour, asintiendo-. Sí, consiguió levantarla; pero después de andar

uno o dos minutos volvió a caer.

- Las ovejas tienen enfermedades extrañas -dijo Rick-. O mejor dicho, las ovejas tienen una

cantidad de enfermedades, pero los síntomas son siempre los mismos. El animal no se puede poner

en pie y no se sabe si es sólo una torcedura, o si se va a morir de tétanos. De eso murió la mía.

- ¿Aquí? -preguntó Barbour-. ¿En el terrado?

- El heno -explicó Rick-. Esa vez no arranqué todo el alambre del fardo. Dejé un trozo y

Groucho -ése era su nombre- sufrió un rasguño y contrajo el tétanos. La llevé al veterinario, y allí

murió; y yo reflexioné y por fin fui a una de esas tiendas que fabrican animales artificiales y les

mostré una foto de Groucho. Y aquí está su obra -señaló al sucedáneo, que continuaba rumiando y

aguardando, alerta, algún indicio de avena-. Es un trabajo excelente. Y le dedico tanto tiempo y

atención como a la verdadera. Pero… -se encogió de hombros.

- No es lo mismo -concluyó Barbour.

- Es casi lo mismo. Uno se siente igual. Hay que ocuparse del animal exactamente como si fuera

de verdad. Además, se descompone; y todo el mundo sabe, en la casa, que lo he llevado seis veces al

taller de reparación. Pequeños inconvenientes, pero si alguien los advierte… Por ejemplo, una vez la

cinta de la voz se rompió o se atascó y balaba sin cesar… Cualquiera comprende que se trata de un

desperfecto mecánico. Naturalmente el camión del taller pone “Hospital de Animales Algo” -agregó-

. Y el conductor viste de blanco, como un veterinario -miró de pronto su reloj-. Debo ir a trabajar.

Lo veré esta noche.

Mientras se dirigía a su vehículo, Barbour lo llamó.

- Este… No le diré nada a nadie de la casa.

Rick se detuvo y empezó a darle las gracias. Pero un remanente de esa desesperación a que Irán

se había referido le golpeó en el hombro y respondió:

- No sé. Quizá no haga ninguna diferencia.

- Pero le tendrán en menos. No todos; algunos. Usted sabe cómo piensa la gente de quien no

cuida un animal; consideran que eso es inmoral y antiempático. Quiero decir, técnicamente. No es un

crimen, como después de la G. M. T. Pero el sentimiento perdura.

- Por Dios -dijo Rick, gesticulando vanamente con las manos vacías-. Querría tener un animal;

estoy tratando de comprar uno. Pero con mi salario, con lo que gana un funcionario municipal… -y

pensó: si tan sólo volviera a tener suerte en mi trabajo, como hace dos años, cuando capturé cuatro

andrillos en un mes… Si en ese momento hubiera sabido que Groucho iba a morir…

Pero eso había sido antes del tétanos, antes de ese trozo de alambre puntiagudo de cinco

centímetros en el fardo de heno.

- Podría comprar un gato -sugirió Barbour-. Los gatos no son caros. Consulte su catálogo de

Sidney. Rick respondió tranquilamente:

- No quiero un animal doméstico. Quiero lo que tenía al comienzo, un animal grande. Una oveja,

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