Valentin n. Voloshinov



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VALENTIN N. VOLOSHINOV

El marxismo y la filosofía del lenguaje


1. EL ESTUDIO DE LAS IDEOLOGÍAS Y LA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE.
Los problemas de la filosofía del lenguaje adquieren para el marxismo una importancia excepcional. Las mismas bases de la doctrina marxista acerca de la creatividad ideológica se entretejen con los problemas de la filosofía del lenguaje. Todo producto ideológico posee una significación, sustituye algo que se encuentra fuera de él, aparece como signo. Donde no hay signo no hay ideología.
Cualquier instrumento de producción puede ser signo (hoz y el martillo): tiene lugar una especie de acercamiento, casi una función entre el signo y un instrumento de trabajo. El instrumento en cuanto tal no llega a ser signo, así como el signo como tal no se convierte en un instrumento de trabajo.
Los signos son también cosas materiales y singulares. Cualquier objeto de la naturaleza puede convertirse en signo. El signo no sólo existe como parte de la naturaleza, sino que refleja y refracta esta otra realidad, y por lo mismo puede distorsionarla o serle fiel, percibida bajo un determinado ángulo de visión. El área de la ideología coincide con la de los signos. El carácter sígnico es la determinación general de todos los fenómenos ideológicos. Todo signo ideológico no sólo aparece como un reflejo, una sombra de la realidad, sino también como parte material de esta realidad.
La filosofía idealista de la cultura y la filosofía psicologista de la cultura sitúan la ideología en la conciencia. El cuerpo exterior del signo es tan sólo la envoltura o un recurso técnico para conseguir un efecto interior: la comprensión. Pero la comprensión misma sólo puede llevarse a cabo mediante algún material. La propia conciencia sólo puede realizarse y convertirse en un hecho real después de plasmarse en algún material sígnico. La comprensión responde al signo mediante otros signos: una cadena de la creatividad ideológica unificada y continua, que se tiende entre las conciencias individuales y las une. Al situar la ideología en la conciencia, convierten la ciencia de las ideologías en el estudio de la conciencia y de sus leyes.
La creatividad ideológica está delimitada por el estrecho marco de la conciencia individual, que pierde todo afianzamiento en la realidad. No se puede explicar lo ideológico desde raíces supra humanas, se encuentra en el ser: en el específico material sígnico y social creado por el hombre. El signo sólo puede surgir en un territorio interindividual. Son necesarios al menos dos individuos socialmente organizados; sólo entonces puede surgir entre ellos un medio sígnico. La conciencia individual es un hecho ideológico y social. La conciencia se convierte en el depósito de todos los problemas irresolubles.
Una definición de la conciencia sólo puede ser sociológica. No es posible deducir la conciencia de la naturaleza, ni se puede derivar la ideología de la conciencia. La conciencia se construye y se realiza mediante el material sígnico. La lógica de la conciencia es la de la comunicación ideológica. El estudio de las ideologías en ningún grado depende de la psicología ni se apoya en ésta: la psicología objetiva debe fundarse en la ciencia de las ideologías.
La palabra es el fenómeno ideológico por excelencia. La palabra no sólo representa un signo puro y ejemplar, sino que aparece además como un signo neutral. Todo el material sígnico restante se especializa de acuerdo con las áreas de la creación ideológica. El material privilegiado de la comunicación cotidiana es la palabra. Ésta llegó a convertirse en el material sígnico de la vida interior, esto es, de la conciencia (el discurso interno). La palabra acompaña, como un ingrediente necesario, a toda la creación ideológica en general. Todos los principales signos ideológicos específicos no son sustituibles plenamente por la palabra. Al mismo tiempo, todos estos signos ideológicos en ésta se apoyan y por esta se hacen acompañar.
No existe un solo signo cultural que, al ser comprendido y conceptualizado, quede aislado. Toda refracción ideológica del ser en devenir es acompañada por una refracción ideológica en la palabra. La introducción del método sociológico marxista en todas las estructuras ideológicas “inmanentes” sólo es posible sobre la base de una filosofía del lenguaje elaborada por el propio marxismo, comprendida como filosofía del signo ideológico.
2. PROBLEMA DE LA RELACIÓN ENTRE LAS BASES Y LAS SUPERESTRUCTURAS.
En la relación entre las bases y las superestructuras del marxismo, las bases determinan las ideologías causalmente. Si por causalidad se entiende causalidad mecánica, dicha respuesta resulta falsa. El establecimiento de un nexo entre las bases y un fenómeno aislado, sacado del contexto ideológico global, no tiene ningún valor cognoscitivo. Toda área ideológica representa una totalidad, la que reacciona a los cambios en las bases. Una explicación debe conservar todas las diferencias cualitativas entre las áreas. Al subestimar la especificidad del material de los signos ideológicos se simplifica el fenómeno ideológico. Entre las transformaciones económicas y la aparición del “hombre superfluo” en la novela hay un camino muy largo, que pasa por toda una serie de esferas cualitativamente diversas, cada una de las cuales posee sus leyes específicas y su singularidad. El problema de la relación entre las bases y las superestructuras requiere un enorme material preliminar. No es tanto la pureza semiótica de la palabra lo que importa como su omnipresencia social. En la palabra se ponen en funcionamiento los innumerables hilos ideológicos. La palabra es el indicador más sensible de las transformaciones sociales.
La ideología social no se origina en alguna región interior sino que se manifiesta globalmente en el exterior. La psicología social es aquel medio ambiente que, compuesto de las actuaciones discursivas, relacionadas con otros tipos de exteriorizaciones e interacciones sígnicas (la gesticulación) más variadas, abarca todas las formas y aspectos de la creación ideológica. La psicología social se manifiesta en las formas muy variadas del enunciado.
La psicología social debe estudiarse desde el punto de vista de su contenido y desde el punto de vista de las formas y tipos de la comunicación discursiva, en la cual dichos temas se realizan. Por el momento, el problema de la psicología social de ha limitado únicamente al primer punto de vista. Pero el problema de las formas concretas tiene una importancia primordial. Cada época y cada grupo social tiene su repertorio de las formas discursivas de la comunicación ideológica real. La clasificación de las formas del enunciado debe fundarse en una clasificación de las formas de comunicación discursiva.
Las formas del signo están determinadas ante todo tanto por la organización social de los hombres como por las condiciones más inmediatas de su interacción. En cuanto cambian las formas, cambia el signo. Principal exigencia metodológica:

1) No se debe disociar la ideología de la realidad material del signo (por ubicarla en la conciencia)

2) No se puede separar el signo de las formas concretas de la comunicación social.

3) No se puede separar las formas de la comunicación de sus bases materiales.


Todo signo ideológico al plasmarse en el proceso de comunicación está determinado por el horizonte social. En cada etapa evolutiva de la sociedad existe un específico y limitado círculo de temas expuestos a la atención de la sociedad y en los que esta atención suele depositar un acento valorativo. Para que un tema forme parte del horizonte social es preciso que involucre las bases de la existencia material del grupo señalado. Es indispensable que el tema posea una significación interindividual: sólo aquello que posea un valor social puede entrar en el mundo de la ideología, constituirse y consolidarse en él. Todos los acentos ideológicos aparecen como acentos sociales.
El tema de un signo ideológico y su forma están indisolublemente relacionados entre sí. Son las mismas fuerzas y los mismos presupuestos sociales los que suscitan el primero y la segunda. La existencia reflejada en el signo no tanto se refleja propiamente como se refracta en él. ¿Qué determina la refracción del signo ideológico? La lucha de clases. Las distintas clases sociales usan una misma lengua: en cada signo ideológico se cruzan los acentos de orientaciones diversas. El signo llega a ser la arena de la lucha de clases. Este carácter multi acentuado del signo ideológico es su aspecto más importante. Aquello, que hace vivo y cambiante al signo ideológico, lo convierte al mismo tiempo en un medio refractante y distorsionador de la existencia. Todo signo ideológico vivo posee dos caras. Cualquier verdad viva puede ser para muchos la mentira más grande.
3. FILOSOFÍA DEL LENGUAJE Y LA PSICOLOGÍA OBJETIVA
El marxismo afronta un problema difícil: el de encontrar un enfoque objetivo, pero al mismo tiempo flexible, del psiquismo humano consciente y subjetivo. La psique subjetiva es el objeto de un proceso de comprensión ideológica y de una comprensiva interpretación sociológica. ¿Qué tipo de realidad abarca el psiquismo subjetivo? Se trata de la realidad del psiquismo interno, esto es, de la realidad semiótica. No existe el psiquismo sin material sígnico. La psique subjetiva se localiza entre el organismo y el mundo exterior, como si estuviese en la frontera entre dos esferas: el organismo y el mundo se encuentran en el signo.
Wilhem Dilthey. Para él, una vivencia psíquica subjetiva más significa que existe como objeto. Si nos abstraemos de la significación damos con un proceso fisiológico en el organismo. La significación convierte la palabra en lo que es. La vivencia asimismo se convierte en tal mediante su significación. La concepción de W. Dilthey ha surgido sobre el terreno idealista. Es inadmisible la prioridad metodológica de la psicología sobre la ideología. Se ha logrado una aproximación entre el psiquismo y la ideología, que se ha encontrado su denominador común: la significación. Pero en el acercamiento mencionado predomina la psicología existente y no la ideología. En las ideas de Dilthey no se toma en consideración el carácter social de la significación. No fue comprendido el vínculo necesario entre la significación y el signo, ni la naturaleza específica de éste. Dilthey no explica el psiquismo mediante el signo ideológico. Su razonamiento pone de manifiesto la tendencia de sustraer todo sentido, toda significación del mundo material y la de localizarlos en un espíritu atemporal y espacial.
La significación es la función del signo, por eso es imposible imaginarse una significación que exista fuera del signo. El signo en sí es una cosa material y singular, pero la significación no es cosa ni puede aislarse del signo como una realidad autónoma existente fuera del signo. La vivencia, incluso para quien la vive, existe tan sólo en el material de los signos. Toda vivencia es expresiva. Todo lo que en el organismo sucede puede llegar a ser un material de la vivencia, puesto que todo puede adquirir una significación semiótica. El material sígnico de la psique es por excelencia la palabra. Si hacemos a un lado la función semiótica del discurso interno y los demás movimientos expresivos, nos encontraremos ante un descarnado proceso fisiológico. Tampoco un biólogo puede rechazar el punto de vista sociológico.
Psicología funcional: la vivencia está compuesta por dos aspectos. Uno de ellos es el contenido de la vivencia, que no es psíquico. Otro aspecto es la función del contenido referencial dado en la unidad cerrada de una vida psíquica individual. La psicología funcional también surge y se desarrolla sobre la base del idealismo. Si Dilthey parecía reducir la vida psíquica y la ideología a la significación, la psicología funcional busca trazar una fundamental frontera entre el psiquismo y la ideología. Lo psicológica se deslinda rigurosamente de lo fisiológico. Al lado del psiquismo individual y de la conciencia individual subjetiva admiten la existencia de una conciencia transcendente. En el medio transcendental sitúan el fenómeno ideológico. Existe una especie de alternancia periódica entre un psicologismo espontáneo y un abrupto antipsicologismo que le niega al psiquismo todo su contenido y lo reduce a una especie de lugar formal y vacío (como en la psicología funcional) o bien a un fisiologismo descarnado. La ideología se ve desplazada. A principios del siglo XX una gran oleada del antipsicologismo. Una forma de psicologismo que está de modo es la filosofía de vida. El psicologismo tiende a interpretar el ser interior metafísicamente.
Una misma llave abre el acceso objetivo a las dos esferas. Esta llave es la filosofía del signo, la filosofía de la palabra en cuanto signo ideológico por excelencia. El signo ideológico es donde debe efectuarse el deslinde entre la psicología y la ideología. Todo contenido ideológico, cualquiera que sea su material semiótico, puede ser comprendido y asumido psíquicamente. Todo signo ideológico externo, del género que sea, está sumergido en los signos internos de la conciencia. En un principio no hay frontera entre el psiquismo y la ideología, sino tan sólo una diferencia de grado. Lo que más dificulta nuestro problema de deslinde entre el psiquismo y la ideología es el concepto de lo individual. Como correlato de lo individual suele pensarse en lo social, de ahí que el psiquismo sea individual, y la ideología social. Esta concepción es falsa. El correlato de lo social es lo natural, es un fenómeno estrictamente socio-ideológico. El contenido de una psique individual es tan social como la ideología. Los fenómenos ideológicos son tan individuales como lo son los fenómenos psíquicos. Todo producto ideológico lleva el sello de su creador, aunque este sello sea social. La singularidad psíquica es absolutamente compatible con la concepción ideológica y sociológica del psiquismo. Cuanto más estrechamente se entretejen un signo interno con la unidad de sistema psíquico, tanto más fuertemente se somete a la determinación por el aspecto biológico y biográfico.
Según la vivencia, comprender quiere decir relacionar el signo interior con la unidad de otros signos interiores, percibirlo en el contexto de una psique. Según el signo exterior, se trata de percibir un signo interno dado dentro de un sistema ideológico correspondiente. Toda expresión sígnica externa puede constituirse en dos direcciones: hacia el sujeto y desde éste hacia la ideología. El signo interno, es decir, una vivencia, sólo se presta a una autoobservación. La unidad de nuestra experiencia objetiva y externa mediante la autoobservación no se destruye. El objeto de ésta puede exteriorizarse, por lo que la propia autoobservación tiene un carácter expresivo. No vemos ni percibimos la vivencia, sino que la comprendemos, inevitablemente en cierta dirección ideológica. La autoobservación busca esclarecer activamente el signo interno, conducirlo hacia una mayor articulación sígnica. Este proceso llega a su límite cuando el objeto se vuelve del todo comprensible, cuando puede llegar a ser no sólo objeto de observación de sí mismo, sino también de una normal observación ideológica objetiva (semiótica).
La comprensión de cualquier signo se lleva a cabo en un vínculo indisoluble con toda la situación de realización de este signo determinado. Siempre se trata de una situación social. El signo y su situación social se encuentran indisolublemente ligados uno a otro. El signo interno por excelencia es la palabra, el discurso interno. ¿En qué formas se realiza el discurso interno? Las unidades del discurso interno son ciertas totalidades, las réplicas de un diálogo. Las totalidades no son divisibles en elementos gramaticales y entre ellas no existen nexos gramaticales, aunque sí relaciones. Estas impresiones globales de los enunciados se vinculan entre sí según las leyes de la correspondencia valorativa (emocional) de una secuencia dialógica.
El antipsicologismo tiene razón al negarse a derivar la ideología del psiquismo. Es el psiquismo el que debe derivarse de la ideología. La palabra primero tuvo que originarse y madurar en el proceso de la comunicación social para después convertirse en palabra interior. El psicologismo también tiene razón; no existe signo externo sin el signo interno. El signo ideológico sobrevive gracias a su realización psicológica, de la misma manera como la realización psicológica se sostiene gracias a la plenitud ideológica. El signo ideológico que se encuentra fuera del organismo debe entrar en el mundo interior para realizar su significación semiótica. El psiquismo se anula al convertirse en ideología, mientras que la ideología se anula al convertirse en psiquismo.
Simmel percibe esta interacción (psiquismo / ideología) como tragedia de una personalidad subjetiva creadora de la cultura. La personalidad creadora se anula a sí misma, su subjetividad y su individualidad en el producto objetivo que crea misma. Para Simmel, entre el psiquismo y la ideología existe una ruptura insalvable: no existe para él un signo de una realidad que sea compartido tanto por el psiquismo como por la ideología. Como resultado, la contradicción se convierte en tragedia. El psiquismo y la ideología se compenetran dialécticamente en un proceso singular y objetivo de la comunicación social.
HACIA UNA FILOSOFÍA MARXISTA DEL LENGUAJE
1. DOS CORRIENTES DEL PENSAMIENTO FILOSÓFICO-LINGÜÍSTICO.
Para la ciencia del lenguaje las tentaciones de un empirismo superficial son muy frecuentes. La de aislar el objeto real de la filosofía del lenguaje es una tarea nada fácil. Con cualquier intento perdemos la propia esencia del objeto estudiado. Si aislamos el sonido como fenómeno acústico, no aprehendemos el lenguaje como objeto. Si agregamos el proceso fisiológico de la producción del sonido y el proceso de su percepción acústica, tampoco nos acercaremos a nuestro objeto. Si unimos la vivencia (signos internos) del hablante con la del oyente, obtenemos dos proceso psicofísicos. Aún no aparece el lenguaje. Sin embargo, ya abordamos tres esferas de la realidad - la física, la fisiológica, la psicológica - pero este conjunto carece de alma. Es menester incluir este conjunto la esfera global de la comunicación social organizada. La unidad del medio verbal y la unidad del acontecimiento social inmediato de la comunicación son condicionantes absolutamente indispensables para que el conjunto pueda vincularse al lenguaje.
Dos corrientes principales en cuanto a la solución del problema de la separación y delimitación del lenguaje como objeto de un estudio específico. La primera corriente es el subjetivismo individualista y la segunda, el objetivismo abstracto. La primera corriente analiza el acto individual y creativo como fundamento del lenguaje. La psique individual es el origen del lenguaje. La lengua es análoga a otros fenómenos ideológicos en especial al arte.

1) El lenguaje es actividad.

2) Las leyes de la creación lingüística son leyes individuales y psicológicas.

3) La creatividad lingüística es una actividad análoga a la artística.

4) El lenguaje como producto hecho, como sistema estable, es una especie de sedimento muerto construido en abstracto por la lingüística.
Los fundamentos de la primera corriente se reducen en el psicologismo empirista de Wundt. Considera la lengua como hecho de una psicología de los pueblos. La escuela de Vossler se define por un rechazo del positivismo lingüístico se promueve el aspecto conscientemente ideológico del lenguaje. El motor principal de la creatividad lingüística es el gusto lingüístico (gusto artístico). No son importantes aquellas formas gramaticales que son estables sino el acto individual y creativo. Todo lo que llega a ser hecho gramatical, antes fue hecho estilístico.
Según la segunda corriente, el centro organizador de todos los fenómenos lingüísticos es el sistema de la lengua en cuanto sistema de las formas fonéticas, gramaticales y léxicas. La lengua es inamovible. Todo enunciado es individual e irrepetible, pero en todo enunciado hay elementos idénticos a los elementos de otros enunciados de un grupo discursivo dado. El sonido fisiológico es irrepetible. Sin embargo, lo que resulta esencial es justamente la identidad normativa del sonido. No puede tratarse de una consciente creatividad lingüística por parte del individuo hablante. La lengua se le opone al individuo como una norma inquebrantable que sólo puede ser asumida por él. ¿Cuál es la ley que rige desde dentro el sistema lingüístico? Es una ley inmanente y específica, irreductible a cualquier ley ideológica, artística u otra. Una específica regularidad lingüística, a diferencia de una regularidad ideológica no puede ser motivo de una conciencia individual. Sólo existe un criterio lingüístico: correcto-incorrecto (correspondencia de una forma dada al sistema normativo de la lengua).
Entre el aspecto fonético de una palabra y su significado no existe ningún vínculo natural. Es el producto de una creatividad colectiva. Para la segunda corriente, se produce una ruptura entre la historia y el sistema de la lengua tomada en su corte ahistórico, sincrónico. El cambio de un miembro a otro del sistema crea un sistema nuevo, así como el cambio de uno de los miembros de la fórmula crea una nueva fórmula. Las relaciones sistemáticas que vinculan dos formas lingüísticas en un sistema de la lengua nada tienen en común con aquellas relaciones que unen una de esas formas a su aspecto transformado en la siguiente etapa de la generación histórica de la lengua. La transición es espontánea y pasa inadvertida. Junto a la norma sólo puede existir su transgresión, si la transgresión no se advierte por lo mismo no se corrige; entonces tal transgresión llega a convertirse en una nueva norma lingüística.
El presente de una lengua y la historia de la misma no se corresponden y no son capaces de comprenderse uno a otra. Para la primera corriente, la esencia de la lengua se pone de manifiesto justamente en su historia. Presupuestos de la segunda corriente:

1) La lengua es un sistema estable e invariable previamente dado a la conciencia individual.

2) Las leyes de la lengua son lingüísticas, expresan la relación entre los signos lingüísticos dentro de un sistema cerrado.

3) Las relaciones lingüísticas específicas no tienen nada que ver con los valores ideológicos.

4) Los actos individuales de enunciación aparecen como refracciones y variaciones casuales o como distorsiones de las formas normativamente idénticas. Entre el sistema de la lengua y su historia no hay relación ni motivación común. Son ajenos el uno a la otra.

Las raíces de esta corriente son cartesianas. Cualquier racionalismo se caracteriza por el convencionalismo y la arbitrariedad de la lengua por una comparación del sistema de la lengua con el sistema de los signos matemáticos. La mente matemática no se interesa por la relación entre el signo y la realidad que éste refleja, sino por la relación entre los signos dentro de un sistema cerrado. Les interesa la lógica interna. La “escuela de Ginebra” de Ferdinand de Saussure es la más destacada del objetivismo abstracto. Saussure parte de la distinción entre tres aspectos del lenguaje: como facultad discursiva (langage), lengua como sistema de formas (langue) y acto discursivo individual (parole). El lenguaje no puede ser objeto de la lingüística. Es necesario tomar como punto de partida la lengua como sistema de formas normativamente idénticas, y enfocar todos los fenómenos del lenguaje hacia esas formas estables. El habla no puede ser objeto de estudio de la lingüística. La lengua se contrapone al habla como lo social se contrapone a lo individual. El habla es totalmente individual. El acto del habla regresa como el factor necesario de la historia de la lengua. La historia representa un elemento irracional que distorsiona la pureza del sistema lingüístico. Escuela sociológica de Durkeheim: también para Meillet la lengua es social como sistema estable de normas lingüísticas.


2. LENGUA, LENGUAJE, ENUNCIADO
La crítica de la segunda corriente (objetivismo abstracto): ¿en qué medida es real el sistema de normas idénticas a sí mismas? Ninguno de los representantes del objetivismo abstracto le atribuye al sistema de la lengua una realidad material y objetual. Los exponentes de la segunda corriente subrayan continuamente que el sistema de la lengua aparece para cualquier conciencia individual como un hecho externo y objetivo. Lo es, en realidad, desde el punto de vista de la conciencia.
Si analizamos la lengua desde fuera, nos enfrentamos a una generación permanente de las normas de la lengua. Desde un punto de vista objetiva que trate de enfocar la lengua independientemente del cómo se le presente a su portador aparecerá desde esta forma. El sistema sincrónico objetivamente no corresponde a ningún momento real del proceso de la generación histórica, y existe únicamente desde el punto de vista de una conciencia subjetiva.
Todo sistema de normas sociales se encuentra en una situación análoga.
Los representantes del objetivismo abstracto se inclinan a sostener al unidad inmediata de la lengua como sistema de formas normativamente idénticas, con una marcada hipostatización (atribuir realidad a una noción abstracta). Ningún representante del objetivismo abstracto ha llegado a una comprensión clara y precisa del género de actividad que es propio de la lengua en cuanto sistema objetivo. La conciencia subjetiva del hablante no maneja la lengua como un sistema de formas normativamente idénticas. El objetivo del hablante consiste en producir un cierto enunciado concreto. Él no ubica el centro de gravedad en la adecuación de la forma, sino en aquella nueva significación que la forma adquiere en el contexto dado.
Al hablante no le importa la forma lingüística como una señal estable y siempre igual a sí misma, sino como signo siempre mutante y elástico. También el receptor, el que comprende, al pertenecer al mismo colectivo lingüístico, está orientado hacia la forma lingüística dada no como señal inamovible, sino como signo mutante.
El proceso de comprensión no puede ser confundido con el proceso de reconocimiento. Un signo se comprende, mientras que una señal se reconoce. Una señal en ningún caso se refiere al terreno de lo ideológico. Para una forma lingüística en cuanto signo, su momento constitutivo es su variabilidad específica. La señal y el reconocimiento están dialécticamente desactivados para la conciencia lingüística de un miembro de un colectivo lingüístico dado. En el proceso de asimilación de una lengua extranjera la cualidad de señal y el reconocimiento todavía se perciben. El ideal de la apropiación de una lengua es la absorción de la señalidad por la signicidad pura, del reconocimiento por la comprensión pura.
La conciencia lingüística tanto del hablante como del receptor nada tiene que ver con el sistema abstracto de formas normativamente idénticas de la lengua, sino que está relacionada con el lenguaje en cuanto conjunto de los posibles contextos del uso de una forma lingüística dada. La forma lingüística se le da al hablante solamente dentro de un contexto ideológico. La palabra siempre aparece llena de contenido y significación ideológica y pragmática. Uno de los errores más profundos del objetivismo abstracto es la ruptura entre la lengua y su capacidad ideológica. Si convertimos en regla esta separación abstracta, aprehenderemos entonces la señal y no el signo del lenguaje-discurso.
Este sistema ha sido obtenido mediante una abstracción. Para ser verídica, toda abstracción debe justificarse por algún propósito determinado. Se encuentra una orientación práctica y teórica hacia el estudio de las lenguas muertas y ajenas, que se conservan en los monumentos escritos. Es sobre los cadáveres de las lenguas como se ha formado este pensamiento. La lingüística aparecía en los lugares y momentos en que aparecían las necesidades filológicas. La lingüística es hija de la filosofía. Guiada por la necesidad filológica, la lingüística siempre ha partido de un enunciado monológico acabado (de un monumento antiguo), pero tal tipo de enunciado ya aparece como abstracción. Una lengua muerta estudiada por un lingüista es para él una lengua ajena. Por eso el sistema de las categorías lingüísticas menos que nada aparece como producto de la reflexión cognoscitiva en una conciencia lingüística del hablante de la lengua en cuestión. No se trata de una reflexión de una conciencia que irrumpe en el mundo inexplorado de una lengua ajena.
Toda la doctrina acerca de la significación y del tema está completamente impregnada de la falsa idea de la comprensión pasiva, es decir, de una comprensión de la cual se excluye de antemano y por principio una respuesta activa. La comprensión pasiva se caracteriza por privilegiar el aspecto de la identidad del signo lingüístico, por una percepción de su aspecto de señal. Los monumentos se convierten en el patrón escolar y clásico de una lengua. Un filólogo siempre y en todas partes ha sido un descifrador de las escrituras y palabras ajenas y “secretas” y un maestro y propagador de lo descifrado. Los primeros filólogos fueron sacerdotes. La filosofía de la palabra y el pensamiento lingüístico fundan sus bases sobre la percepción específica de la palabra ajena. La lengua propia se vive de una manera muy distinta. Es familiar, en ella no hay misterios. Esta orientación simboliza el enorme papel histórico que la palabra ajena ha desempeñado en el proceso de edificación de todas las culturas históricas. La lingüística aun ahora sigue esclavizada por la palabra ajena.
Peculiaridades de la percepción de la palabra ajena que se convirtieron en el fundamento del objetivismo abstracto:
1) El momento estable e idéntico a sí mismo de las formas lingüísticas prevalece sobre su variabilidad.
La comprensión de la lengua propia no implica el reconocimiento de los elementos idénticos del lenguaje, sino la comprensión de su nueva significación contextual. La edificación de un sistema de formas idénticas a sí mismas aparece necesaria en el proceso del desciframiento y transmisión de una lengua extranjera.
2) Lo abstracto prevalece sobre lo concreto.
La concretización de la palabra sólo es posible mediante su inclusión en un contexto histórico real de su realización primitiva.
3) La sistematicidad abstracta prevalece sobre la historicidad.
Los creadores e iniciadores de nuevas corrientes ideológicas nunca son sus sistematizadores formales. Las empieza a sistematizar la época que se siente en la posesión de un pensamiento acabado y recibido de una autoridad. El pensamiento gramático se cree propietario de una lengua ajena, y se encargó de tratar una lengua viva como si estuviera acabada.
4) Las formas de los elementos prevalecen sobre las formas de la totalidad.
Todo el trabajo se lleva a cabo dentro de los límites de un enunciado dado. Todos los problemas de la política exterior del enunciado permanecen fuera del análisis. La lingüística carece de enfoque de las formas composicionales de la totalidad.
5) La substancialización del elemento lingüístico aislado sustituye la dinámica del discurso.
En el terreno del subjetivismo abstracto la forma lingüística se convierte en substancia, aparece como un elemento que puede ser separado de la realidad, capaz de su propia existencia aislada. El enunciado como totalidad no existe para la lingüística. Por consiguiente, permanecen tan sólo las formas lingüísticas aisladas.
6) La monosemia y la monoacentualidad de la palabra sustituyen a la polisemia y la poliacentualidad.
El sentido de una palabra se define plenamente por su contexto. La unidad de la palabra no se asegura tan sólo por la unidad de su composición fonética, sino también por el factor de unidad propio de todas las significaciones. ¿Cómo actúa el objetivismo abstracto? El momento de la unidad de la palabra parece separarse de la pluralidad fundamental de sus significaciones. Un filólogo-lingüista, al cotejar los contextos de una palabra dada, privilegia el momento de la identidad en el uso, puesto que le importa sustraer la palabra dada y atribuirle una definición fuera del contexto.
El error más profundo del objetivismo abstracto: los diversos contextos de uso de alguna palabra aparecen concebidos en un mismo plano. En la realidad, los contextos de uso de una misma palabra a menudo se contraponen mutuamente. Un caso clásico son las réplicas de un diálogo. Los contextos no permanecen uno junto a otro sin hacerse caso, sino que se encuentran en un permanente estado de lucha (cambio del acento valorativo de la palabra en sus distintos contextos).
7) Se presenta el concepto de la lengua como una cosa acabada que se transmite de una generación a otra.
La lengua se toma como si fuera una obra acabada que se transmite de generación en generación. En realidad la lengua se mueve junto con la corriente y es inseparable de ella. Continúa como un proceso ininterrumpido de generación. La lengua materna no se recibe por la gente: la gente despierta por primera vez dentro de la lengua materna.
8) La incapacidad de comprender la generación de la lengua dese su interior.
El objetivismo abstracto no sabe relacionar la existencia de la lengua materna en el corte sincrónico abstracto con su proceso generativo. Se excluye la posibilidad de una participación activa de la conciencia hablante en el proceso de la generación histórica.

La lengua como sistema de formas normativamente idénticas es una abstracción. Este sistema no puede ser la base de una comprensión. El sistema nos aleja de la generación viva y real del lenguaje. El objetivismo abstracto tiene como base teórica los presupuestos de una visión el mundo racionalista y mecanicista. Rechaza el acto discursivo como acto individual. El subjetivismo individualista considera precisamente el acto discursivo (o enunciación) como lo único que importa. Pero también esta corriente define este acto como individual. En la realidad, un acto discursivo no puede ser reconocido como fenómeno individual en el sentido exacto de la palabra ni puede ser explicado a partir de las condiciones psicológico-individuales o psico-fisiológicas del sujeto hablante. El enunciado tiene carácter sociológico.


3. INTERACCIÓN DISCURSIVA


La primera corriente, el subjetivismo idealista, se relaciona con el romanticismo. Fue una reacción a la palabra ajena y a las categorías del pensamiento por ella condicionadas. Los románticos fueron los primeros filólogos de la lengua vernácula. También para el subjetivismo individualista el enunciado monológico fue la realidad definitiva y el punto de partida en su reflexión acerca del lenguaje.
La categoría de la expresión es la categoría superior y general a la que se ajusta un acto lingüístico: la enunciación. Algo que de alguna manera se ha formado en la psique individual y que puede ser proyectado hacia fuera mediante algunos signos externos. La expresión contiene dos miembros: lo expresado y su objetivación externa. Si lo expresado existiera desde un principio en la forma de la expresión, y si entre ambos se diera una transición cuantitativa, entonces toda la teoría de la expresión se derrumbaría. Todo lo sustantivo se encuentra en el interior, mientras que lo externo puede llegar a ser importante tan sólo al convertirse en el recipiente de lo interno. Todas las fuerzas creativas y organizativas de la expresión se encuentran en el interior. Todo lo externo es tan sólo un material pasivo.
La teoría de la expresión es errónea. No hay vivencia fuera de su encarnación sígnica. Desde un principio, ni siquiera puede plantearse una diferencia cualitativa entre lo interno y lo externo. No es la vivencia la que organiza la expresión, sino es la expresión la que organiza la vivencia. La palabra está orientada hacia un interlocutor, y hacia la condición de éste. El mundo interior y el pensamiento de todo hombre posee un auditorio social estable, en cuya atmósfera se estructura. La palabra se determina en la misma medida por aquel a quien pertenece y por aquel a quien está destinada. Aparece como producto de las interrelaciones del hablante y del oyente.
Si no nos atenemos al acto fisiológico de la realización de la palabra, sino a la realización de la palabra en cuanto a signo, la cuestión de la propiedad se complica. El hablante toma prestada la palabra en cuanto signo del acervo social, pero aquella individualización estilística representa también un reflejo de las interrelaciones sociales. La situación inmediata y sus participantes sociales más próximos determinan la forma ocasional y el estilo del enunciado. Toda concientización requiere (se puede sentir el hambre de una manera suplicante, molesta, rencorosa, indignada). La dirección que va a tomar el despliegue emocional depende de la situación inmediata de la vivencia.
En relación con un receptor potencial pueden distinguirse dos polos, dos límites entre los cuales la vivencia puede tomar forma y ser objeto de una toma de conciencia, tendiendo a uno u otro límite: vivencia-yo y vivencia-nosotros. La vivencia-yo en cuanto se aproxima al límite, pierde su articulación ideológica, va perdiendo todas las potencialidades, todos los brotes de orientación social. En la vivencia-nosotros, el crecimiento de la conciencia es directamente proporcional a la firmeza y la solidez de la orientación social. Cuanto más unido, organizado y diferenciado es el colectivo al que un individuo se orienta, tanto más brillante y complejo el mundo interior. En todas partes, la situación social determina qué imagen, qué metáfora y qué forma de enunciado pueden desarrollarse a partir de una orientación entonacional de una vivencia dada. La vivencia-de sí mismo es de carácter especial. No se trata de una vivencia-yo. El tipo individualista de la vivencia se determina por una orientación social consolidada y segura. El valor de sí mismo no se extrae de las profundidades de la personalidad, sino desde el exterior. Es un tipo peculiar de vivencia-nosotros, individualista.
No existe el pensamiento sin una tendencia hacia una posible expresión. El camino que dista entre una vivencia interior (lo expresable) y su objetivación externa (lo enunciado) se traza a través de un territorio social. Sin contar con una objetivación, con una expresión mediante un material determinado la conciencia es una ficción. La conciencia en cuanto expresión material organizada es un hecho objetivo y una enorme fuerza social. Al pasar por todas las fases de la objetivación social y al ingresar en el campo de fuerzas de la ciencia, del arte, de la moral, del derecho, la conciencia se convierte en una fuerza real. Inclusive en la forma vaga de un pensamiento, la conciencia había sido ya un pequeño acontecimiento social. La vivencia está orientada hacia una expresión externa. No tanto la expresión se acomoda a nuestro mundo interior, cuanto nuestro mundo interior busca adaptarse a las posibilidades de nuestra expresión.
Ideología cotidiana: conjunto de experiencias vivenciales y expresiones relacionadas directamente con éstas. La ideología cotidiana corresponde a aquello que las fuentes marxistas designan como “psicología social”. Los sistemas ideológicos se cristalizan a partir de la ideología cotidiana, y a su vez la influyen. La ideología cotidiana ubica la obra en una situación social determinada. La obra se interpreta en el espíritu del contenido de la conciencia receptora. Solamente en la medida en que una obra sea capaz de establecer una relación con la ideología cotidiana de una época determinada, será capaz también de mantenerse viva durante esta época. La vivencia puede ser eventual e instantánea, distintiva tan sólo de una agrupación accidental de varias personas. Estas vivencias constituyen en estrato inferior, inestable y sumamente cambiante de la ideología cotidiana. Los estratos superiores de la ideología cotidiana, que son contiguos a sistemas ideológicos, resultan más consistentes; son capaces de transmitir los cambios de las bases socioeconómicas en forma más dinámica Lo que suele llamarse “individualidad creativa” representa la expresión de una línea firme y permanente en la orientación social de una persona.
La teoría de la expresión, fundamento del subjetivismo ideológico, debe ser rechazada por nosotros. El centro organizador de cada enunciado, de cada expresión, no se encuentra adentro, sino afuera: en el medio social que rodea al individuo. Sólo un grito animal inarticulado aparece organizado desde el interior del aparato fisiológico de un individuo aislado. El enunciado es plenamente, pues, producto de una interacción social.
El subjetivismo idealista tiene razón en que las enunciaciones singulares representan la única realidad concreta de la lengua. Pero no tiene razón en dejar de comprender la naturaleza social del enunciado, tratando de derivar la enunciación del mundo interior del hablante como su expresión. El subjetivismo individualista tiene toda la razón al sostener que no deben desligarse la forma lingüística del contenido ideológico, pero no tiene razón al deducir también este contenido ideológico de la palabra a partir de las condiciones de un psiquismo individual. Tampoco tiene razón en tomar como punto de partida el enunciado monológico.
Para Otto Dietrich, la función principal del lenguaje no es la expresión, sino la comunicación. Esto le permite tomar en cuenta al receptor. La realidad concreta del lenguaje en cuanto discurso no es el sistema abstracto de formas lingüísticas, ni tampoco una enunciación monológica y aislada, ni el acto psicofísico de su realización, sino el acontecimiento social de interacción discursiva, llevada a cabo mediante la enunciación y plasmada en enunciados. Todo enunciado es tan sólo un momento en la comunicación discursiva continua. Este intercambio discursivo es a su vez un momento de un continuo proceso generativo de un colectivo social determinado. La comunicación discursiva jamás puede ser comprendida y explicada fuera del vínculo con una situación concreta. El lenguaje vive y se genera históricamente en la comunicación discursiva concreta, y no en un sistema lingüístico abstracto de formas, ni tampoco en la psique individual de los hablantes.
Generación concreta del lenguaje: primero se genera la comunicación social (fundada sobre las infraestructuras), en ella se genera la comunicación y la interacción discursiva y finalmente esta generación se refleja en el cambio de las formas de la lengua. Un enunciado actualizado externo representa una isla que asoma desde un océano sin orillas que es el discurso interior, dimensiones y formas de la isla se determinan por la situación dada del enunciado y por su auditorio. Cualquier situación cotidiana estable posee una determinada organización del auditorio, y por consiguiente un repertorio correspondiente de pequeños géneros cotidianos. El género cotidiano es parte del medio social. Un análisis productivo de las formas de totalidad en los enunciados, en cuanto unidades reales del flujo discursivo, es sólo posible en base al reconocimiento del enunciado como un fenómeno sociológico. En conclusión.
1) La lengua como sistema estable de formas normativamente idénticas es tan sólo una abstracción científica, productiva únicamente para ciertos fines teóricos y prácticos.
2) El lenguaje es un proceso continuo de generación, llevado a cabo en la interacción discursiva social de los hablantes.
3) Las leyes de generación lingüística, lejos de ser psicológicas o individuales, tampoco pueden ser desvinculadas de la actividad de los individuos hablantes. Son sociológicas.
4) La creación del lenguaje no coincide con la artística o con algún otro tipo de creación específicamente ideológica. Pero al mismo tiempo la creación del lenguaje no puede ser comprendida en una separación de los sentidos y valores ideológicos que contiene.
5) La estructura del enunciado es puramente sociológica. El enunciado como tal surge entre los hablantes.


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