Universidad Internacional de Verano Ciencia y Vida



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La Familia Soberana

Prof. José Pérez Adán

Universidad Internacional de Verano Ciencia y Vida


Guadalajara, Jal., a 10 de julio de 1998
Algunos proponen solucionar los problemas de convivencia social apuntando como objetivo internacional la disminución del número de personas que viven en el planeta. Desde el punto de vista sociológico, el tema de la población es un asunto eminentemente cualitativo y no cuantitativo.
A continuación, se expone una posible solución que va de lo menos a lo mas abstracto. No se refiere al espacio, ni a los recursos, sino a la reciprocidad social. Por ello se centra en la familia. Los problemas de convivencia, los problemas de falta de equilibrio entre espacio-recursos y población, a mi juicio, no son problemas cuantitativos sino cualitativos; son problemas culturales. Y mi solución depende de que todos estemos dispuestos, culturalmente dispuestos a acoger a los demás: en esa medida nuestro mundo será mejor.
La política internacional que impera hoy en día es una política de exclusión. Quiero recordar que desde marzo de 1998 la ONU ha lanzado dos documentos importantes: uno expedido por el Fondo de las Naciones Unidas para la Población, y otro de la Organización Mundial de la Salud, centrados ambos documentos en el tema de lo que las Naciones Unidas llama “Salud reproductiva”, y son dos documentos estrictamente neomaltusianos.
Dicho, como he dicho, que la solución a los aparentes problemas de falta de equidad entre espacio y recursos en el mundo, está en el fortalecimiento de la capacidad de acogida que tienen nuestros países, voy a exponer a continuación qué entiendo por familia soberana.
La familia es el instrumento paradigmático de acogida. En la medida en que nuestra cultura defienda como sujeto activo y como sujeto relativo a la familia funcional, es decir, a aquella que cumple las funciones que la sociedad espera de ella en esa medida nuestra cultura será una cultura de acogida; en esa medida desaparecerán los problemas de falta de equilibrio entre espacio-población y recursos; y en esa medida también nuestra sociedad será una sociedad más justa; en esa medida nuestra sociedad será más social, más igualitaria; y en esa medida también en nuestra sociedad se respetarán los derechos humanos.
Los derechos humanos son una sociología de la igualdad y el ámbito supremo de igualdad es la familia. Si no pasamos por la familia, podemos diseñar una política técnicamente preciosista pero inútil para las futuras generaciones.
La familia, después intentaré dar algún tipo de definición, es el ámbito de equidad generacional básico y primordial. Es el marco en el que la reciprocidad social resulta ser la muestra, la prueba más palmaria de equidad entre los seres humanos. Donde más iguales somos, es en la familia. Por eso defendemos el derecho a la soberanía de la familia, que no está reconocido en ninguna de las formulaciones y codificaciones de los llamados derechos humanos.
Vamos a comentar en esta exposición que la unidad familiar, vista desde el punto de observación de lo que conviene a la sociedad para que pueda ejercer sus funciones, esas que demanda la sociedad de ella, necesita autonomía y, por tanto, necesita poder. Argumentaremos que es socialmente conveniente, socialmente saludable dale ese poder y que ello implica necesariamente concederle soberanía. Es de todos sabido que el concepto de soberanía que en el mundo contemporáneo ha venido a constituirse como un coto cerrado que guardan dos sujetos sociales, los únicos que se abrogan la exclusividad de su monopolio. Esos dos sujetos sociales son el individuo y el estado.
El reparto de poderes, las áreas de libertad, los ordenamientos legales y penales reflejan nítidamente que efectivamente, en las sociedades modernas superestructuradas del mundo contemporáneo no hay espacio vital para terceros soberanos como podría ser la familia. Tanto las diversas proclamaciones de los derechos humanos como las constituciones de los distintos estados nacionales independientes defienden respectivamente este monopolio de la soberanía, exclusivamente para el individuo y para el estado; y es en este contexto en el que la familia, como realidad cultural y social, se abre paso sólo a duras penas y principalmente en los ámbitos privados.
Recordemos que viendo la familia desde lo que conviene a la sociedad, las funciones específicas de la familia que estudiamos los sociólogos son: la equidad generacional, la transmisión cultural, la socialización y el ejercicio del control social sobre sus miembros. Funciones que no pueden ser asumidas propiamente por los otros dos soberanos consagrados y defendidos en el mundo contemporáneo. Recordemos que la familia tiene sus propios mecanismos de intercambio y de comunicación, ajenos tanto a los mercados -que es el ámbito en el que se relacionan los individuos a través fundamentalmente del dinero- como a los del estado -la ley y la pena-. En la familia la relación interpersonal está compensada por la reciprocidad social y no admite equivalentes funcionales, no tiene sustituto. Sus funciones no pueden ser sistemáticamente asumidas por ninguno de los otros dos soberanos. La familia localiza, promueve y desarrolla aquellas dimensiones de equidad, de igualdad, que no pueden ser asumidas por ningún otro factor social, y fundamentalmente por esos dos a los que nos hemos referido.
La sociedad, observamos, y más que nunca en los últimos años, cambia aceleradamente. Por eso, la familia debe de reaccionar y redefinirse ante los cambios producidos en los estilos de vida privados de los últimos años. Para ello debe poder adecuar su estructura interna a los condicionantes que indudablemente imponen una nueva cultura, la cultura moderna, caracterizada por nuevos entendimientos de lo que es autoridad, de lo que es identidad, y que ha supuesto, a su vez, nuevos modos de convivencia inter-relacional, y la creación de marcos alternativos de seguridad que configuran lo que se ha dado en llamar el estado de bienestar.
La descripción es que al entrar en un nuevo contexto cultural que podemos llamarle el siglo XXI, con cambios sociales notables que se reflejan estadísticamente en las áreas de relación interpersonal, por ejemplo, en los índices de monoparentalidad. La familia debe adecuarse para prestar adecuadamente las funciones sociales: ese trabajo que la sociedad espera de ella. Esta adecuación, a nuestro juicio, requiere profundizar primero en dos aspectos básicos en relación a los cambios de los que la familia debe dotarse. El primero de ellos es la reformulación de los roles sexuales, de manera que efectivamente se consiga una paridad efectiva de poder entre varón y mujer. Tenemos que adecuar un nuevo reparto de poder en los ámbitos privados equivalente a los nuevos repartos de poder en los ámbitos públicos. Ciertamente no podemos entender la familia como elemento de funcionalidad social de manera estática. Por eso nosotros, yo personalmente, no estoy de acuerdo con el concepto de familia tradicional. La aceptación cultural del trabajo de la mujer fuera de casa debe traducirse en una reformulación cultural de la vida privada. De lo contrario se produce la situación de desequilibrio en status y carga laboral que habitualmente sufre la mujer.
Por otro lado, en segundo lugar, debemos de reformar culturalmente, valorativamente, lo que nosotros entendemos por el valor de las tareas femeninas. La línea de aplicación para encausar este defecto social contemporáneo está, a nuestro entender, en dar poder y reconocimiento públicos a los trabajos y servicios orientados a subvenir las necesidades sociales reales que se manifiestan originariamente en los ámbitos privados: en las tareas de cuidado. Esto quiere decir, ni más ni menos, que reconocer, a mi juicio, la superioridad cultural de la feminidad sobre la masculinidad desde el punto de vista social en el mundo contemporáneo. Desde el momento en que la sociedad, esa que dibuja el siglo XXI, necesita más de la complementariedad o del espíritu de servicio, que de la autonomía a del afán de logro personal; y desde el momento en que sobran dominantes y dominantas debe de reconocerse la superioridad social de los valores que nuestra tipifica como genéricamente femeninos. Esto, indudablemente, afectaría al mercado laboral a la larga, a largo plazo, y permítaseme la propuesta, ciertamente utópica para muchos hoy, de creer que esto tendría repercusiones no en la línea como piensan algunos, de monetarizar los trabajos no remunerados como se plasmaría, por ejemplo, en la percepción de un sueldo del ama o del amo de casa, sino en la línea de domiciliar los trabajos externos, en un esquema próximo de la generalización del trabajo o del servicio, que es lo mismo, gratis. Es decir, poniendo como modelo el trabajo del ama o del amo de casa.
Creemos que la defensa de la sociedad como realidad que se proyecta en el futuro pasa por la defensa de la nueva familia. La familia la concebimos aquí con razón de instrumentalidad social en el sentido de que debe de ser socialmente legitimada. La familia que presta las funciones que se esperan de ella y no otra. Para nosotros, la familia nueva, igualitaria, comunitaria, se entiende como una familia con claras responsabilidades hacia la siguiente generación, muy en la línea de la concepción que calificamos como familia funcional y que también puede ser llamada familia comunitaria. Aquí estamos hablando ciertamente de producto. El reconocimiento público de la libertad para el cambio dentro de la familia implica que deje una puerta para poder repartir soberanía a la familia en muchas de las cosas que hoy en día son monopolio exclusivo del estado y del individuo. Es lo que se ha tratado de explicar utilizando el término inglés empowerment como sinónimo de empoderizamiento: la acción de recuperar cuotas de poder detentados por un sistema ajeno a las necesidades y a la identidad familiar.
Cabe decir que las responsabilidades, como las que detenta habitualmente la familia, pueden ser ejercidas colectivamente en la medida en que existan formas genuinas de repartir poder por los que participan en esas responsabilidades. La sociedad ha dado a la familia una gran responsabilidad; sin embargo, no le ha dado poder. El camino para recuperar o detentar ese poder pasa, a nuestro juicio, por el olvido del individualismo. El individuo es el obstáculo más importante para la concesión de soberanía a la familia. El individualismo metodológico a nivel intelectual ha devenido en un entendimiento de la privacidad de los ámbitos privados que destruye a menudo la interdependencia, y eso nos parece un grave error de vacío, porque a la larga, la visión de la autonomía que proyecta el individualismo, defendiendo al sujeto individual, hiere de muerte a la misma sociedad. Por el contrario, una visión de la privacidad o de la autonomía que incluya la interdependencia con los demás, con la naturaleza, con la misma tradición y proyección futura, con las futuras generaciones, por supuesto, subrayaría el carácter social y relacional del sujeto individual. Lo fundamental del sujeto individual no es que sea, sino que coexista, que está intrínsecamente relacionado con otros sujetos; y a menudo la primaria más palmaria forma de interrelación es la más solidaria, es decir, la familia.
Aquí, estos días, hemos hablado muchas veces de manera muy positiva del cincuentenario que celebramos este año de la Declaración Universal de los derechos Humanos. En esa Declaración, la familia es solamente sujeto de derechos por extensión; y en esa medida yo creo que esa Declaración debe de ser enmendada. Hablando concretamente de derechos humanos. Bien sabemos que no existe un consenso global sobre qué son los derechos humanos, pero también sabemos que cuando nos referimos a ellos no estamos hablando de abstracciones idealizadas, de hecho, el genocidio y los crímenes de guerra son moral y judicialmente examinados ya hoy en día. Este examen, no obstante, se hace a menudo en base a un juego de concentración de poder y no en base al juego de la diseminación del mismo; juego del que se beneficiaría indudablemente la familia. Por eso, encontramos aquí una razón para afirmar la construcción política; es decir, en muchos casos interesado y partidista y no la construcción social de los derechos humanos.
El marco de estudio y formulación de los derechos humanos, recordémoslo, se desarrolla tras la 2a. Guerra Mundial; en primer lugar, en el juicio de Nuremberg donde en un sentido claro y real, se castiga por crímenes contra la humanidad. La subsiguiente declaración de la ONU, ya mencionada, de 1948 es también un compromiso entre vencedores que nace de la experiencia del holocausto nazi. Hasta estos orígenes hemos de remontarnos para definir el espíritu que después será trasladado al acta final de Helsinki de 1975, que tanta influencia tuvo en el desmantelamiento del sistema político comunista de los países del Este. El problema que nosotros encontramos, o que yo personalmente encuentro con la historia de la formulación de la consagración de los derechos humanos es que muy a menudo parte de la idea de dignidad del individuo que consideran, cosa que no me parece mal, y creo que los derechos humanos en este sentido han hecho bastante por restar autonomía al estado y dárselo al individuo. Parte de la idea de autonomía, de dignidad, de la identidad del individuo, pero no llegan a construir las formas de las relaciones interindividuales básicas que conforman la sociedad.
En las formulaciones de los diversos derechos humanos la familiar raramente aparece como sujeto. Si en la familia solamente hay individuos, los más débiles en el marco de las relaciones entre individuos y entre estados, tienen siempre las de perder. Es por ello que muchas representaciones internacionales en las que se contempla el divorcio, los niños no cuentan, la familia no está representada activamente como sujeto. Muchas veces sí, indirectamente, a un nivel secundario de los individuos. Esa es una especie de segundo paso, tenemos que llegar a un reconocimiento del poder de ese núcleo humano que llamamos familia en base a las funciones que la sociedad espera de ellas.
Voy a obviar la explicación de cómo hemos llegado a poner al individuo, al sujeto individual en una especie de pedestal a través de la historia del pensamiento, sobre todo a partir de la ilustración. Individualismo que fue muy acertadamente criticado por el Profesor Jesús Ballesteros en su exposición del 6 de julio de 1998 en esta Universidad de Verano Ciencia y Vida. Voy a trata de explicar la formación de una escuela de pensamiento que se ha desarrollado fundamentalmente en los Estados Unidos que es el comunitarismo que contempla, como pocas escuelas de pensamiento contemporáneo, la defensa de los derechos de la familia como sujeto soberano. El fundador del comunitarismo es Amitai Etzioni. El aceptó, toleró, podríamos decir mejor, un individualismo genérico, no determinista, que entiende como autonomía y como libertad la decisión. Pero, en cambio, no aprueba el reduccionismo de un individualismo que se desligue del contexto social, familiar y relacional, en el que los individuos operen. Por eso, en opinión de Etzioni y de todos los comunitaristas, entre los que me encuentro, el énfasis liberal en el individuo no hace sino romper los vínculos sociales y atomizar la sociedad hasta el extremo de llegar a la insolidaridad efectiva, como ha denunciado el Profesor D´Entremont. La crítica que, a mi juicio, debemos hacer todos los defensores de la familia como sujeto soberano, apunta fundamentalmente contra el liberalismo.
En mi disciplina, en la sociología, quizá -yo no la he encontrado en otras- es el espacio cultural en el que encontramos más aportaciones críticas a la cultura liberal. Desde Durkheim a Parsons, casi todos los sociólogos, puesto que nuestro objeto de estudio es la sociedad en su conjunto, con cierta sospecha y recelo, todas aquellas escuelas de pensamiento que ponen el individualismo por delante: primero es el individuo, y después la sociedad. Nosotros decimos que no, nosotros nacemos, tenemos la experiencia vital, ¿donde?, en una familia que ya existe. Nacemos en una sociedad que ya existe, y en ese sentido nos parece curioso, nos resulta sorpresivo que esta sociedad que ya existe, esta familia que ya existe, después venga a considerarse en la cultura dominante como un sucedáneo de la libertad de elección individual. Es sucedáneo de la libertad de elección individual si consideramos exclusivamente a los sujetos mayores de edad con capacidad de elección y con poder. Pero si consideramos también a los niños y a los sin poder, ciertamente no.
En el comunitarismo, en los Estado Unidos sobre todo, la defensa de la familia se quiere hacer, con propuestas novedosas cambiando la legislación, sobre todo a lo que se refiere a la facilidad con que en algunos Estados se tramitan los procesos de divorcio. En Wisconsin, por ejemplo, el Estado ya se persona en los trámites de separación matrimonial para defender intereses de la familia, que son los intereses de la sociedad.
En Europa las reuniones que nosotros hemos mantenido, tanto en la Sociedad Europea de Comunitaristas como en España, las aportaciones van fundamentalmente en la línea de proponer reformas a la ley electoral. Si la familia ha de ser soberana, si la familia ha de tener poder, donde se tiene que manifestar fundamentalmente es a la hora del voto. Si le tenemos que dar poder a la familia, le tenemos que dar voto. ¿Cómo se puede hacer eso? Hay muchas propuestas, todavía no se ha incrementado ninguna, desgraciadamente. Pero está la reformulación del concepto de mayoría de edad y el voto múltiple. Por ejemplo, al tratar sobre las pensiones, las discusiones de los presupuestos nacionales en muchos países de Europa se presenta la cuestión respecto a quién representa los intereses de aquellas personas -niños, jóvenes- que ven peligrar su futuro bienestar; es decir, que ven desaparecer sus pensiones como causa de la avaricia de los que ahora cotizamos la seguridad de los distintos Estados. La paradoja de muchos padres con hijos, con respecto a quienes no tienen hijos, es que “mis hijos” van a pagar las pensiones, mientras que unos y otros cotizamos lo mismo en el sistema de seguridad social. Esto es claramente injusto. Y ese es el tipo de marginación, de desconsideración.
El futuro de la sociedad pasa necesariamente por el futuro de la familia, que es el ámbito del viraje generacional humano. Sin embargo, a la familia todavía no hemos encontrado la fórmula da darle ese protagonismo de la riqueza soberana que la pervivencia social necesita. Yo opino que muchos de los problemas relacionados con el modo de preservar el entorno natural y del mismo concepto de desarrollo sostenible, no pasa necesariamente por fórmulas técnicas, pasa por dar nuevas fórmulas de relación social. Y la palabra mágica no es tecnología; la palabra mágica es ACOGIDA. Acojamos el futuro; acojamos a los niños, sin necesariamente esperar como condicionante de ello que nosotros descubramos la fórmula mágica para no depender del petróleo, para sacar adelante el motor de agua o para solucionar los problemas del efecto invernadero y del agujero de ozono. Los problemas que tenemos que planteados son problemas de organización social, nos son problemas ni siquiera de desarrollo tecnológico sino de dispersión, o de poner accesible la tecnología para el uso de todas las personas, de todos los pueblos, de todos los países de la tierra.
Yo voy a terminar haciendo referencia a la cumbre de Río de 1992 que ya mencionamos en el acto de apertura de esta Universidad de Verano. En 1992 se reúnen todos los jerifes del planeta, personas de muchísimo poder y contemplamos todos los problemas que tenemos planteados cara al futuro y entonces hay como dos opciones, dos alternativas, como dicen en España: nos apretamos el cinturón nosotros para que ellos puedan vivir, y la otra alternativa es esperar a que la ciencia nos depare solución a los problemas que tenemos planteados, creando nuevas fuentes de energía, que nos depare nuevas tecnologías. El recurso a apretarnos el cinturón, el recurso a disminuir nuestros consumo para poder acoger mejor a los demás es un recurso que ni siquiera es planteable y se apuesta por la otra solución: por confiar en la promesa de que los futuros descubrimientos científicos nos libren del problema. Naturalmente es una solución que pena necesariamente a aquellos padres que tienen hijos, pena necesariamente a las familias.
Yo creo que la apuesta, ahí barro un poco para mi terreno, debe de ir en estudiar nuevas formas de organización social, en adecuar nuestras formas de relación familiar, adecuar nuestras familiar a la función que debe prestar para el futuro de la sociedad. En definitiva, a reformar el status jurídico de la familia, dándole soberanía. Pero el poder que le demos a la familia se lo tenemos que quitar a alguien y fundamentalmente se lo quitaría al Estado; pero también al individuo, porque la cultura del individualismo es quizá la cultura más antifamiliar que existe, porque es ciertamente extremista.
PREGUNTAS:
1. ¿Considerarías que hay una definición previa de la familia o se va redefiniendo según las necesidades?
Respuesta:

¿Qué es lo natural? Como sociólogo respondo, hay otras respuestas válidas desde otros campos. La formulación de la familia la demanda la sociedad. La familia tiene instrumentalización; las funciones de la familia son:

a) la equidad generacional, que es el cuidado que una generación toma de la siguiente; se hace débito de la realidad familiar.

b) la socialización

c) la culturalización.

d) el ejercicio de control social

La familia es el vehículo que traspasa la cultura. Y, en ese mismo sentido, la familia construye también la sociedad y ejerce el control social. Un dato que tenemos los sociólogos, y es lo que pasa en Estados Unidos, es que la variable determinante de la criminalidad infantil no es la raza, no es la pobreza, es la situación familiar: dato estadístico.

Por eso yo sólo te puedo decir que la familia es un concepto dinámico que tiene una razón social. Pero considerando las necesidades y los ejemplos sociales que tenemos ahora mismo, yo te podría defender con este concepto con mucha más fuerza que los que defienden la familia tradicional desde el punto de vista científico la irracionalidad del divorcio, por ejemplo.

Yo creo que hay que hacer algunos cambios, pero esos cambios van en la línea de lo que hemos mencionado aquí.

Dos cambios: una reformulación de los equilibrios de poder entre hombre y mujer: que los varones nos dediquemos más y fundamentalmente a las tareas familiares. Y, en segundo lugar, a nivel social, a apostar decididamente por los valores femeninos: que todos veamos, comprobemos y nos decidamos a servir, que para eso estamos.


2. Me llamó la atención que en tu exposición nunca mencionaras la palabra amor.
Respuesta:

Sí he mencionado la palabra amor, pero no la he llamado amor. Le llamo reciprocidad social, que es el término científico que utilizamos los sociólogos para hablar de amor. Si yo hablara de amor en un seminario internacional de sociología, tendría que salir por la puerta falsa. Sin embargo, si hablo de reciprocidad social, que es una manera científica en mi campo de llamarle al amor, hablo de lo mismo, es lo mismo.


3. La familia tradicional, ¿ha sido un fracaso?
Respuesta:

No, porque la familia tradicional ha sido funcional. La familia tradicional ha sido funcional en el tiempo en que la sociedad demandaba de la familia tradicional que se comportase como tradicional. Yo entiendo como familia tradicional, la familia en la que el padre tiene el poder hegemónicamente. En ese sentido esa familia ha sido funcional en un tiempo, no necesariamente es funcional ahora. Entonces, cuando hablo de familia tradicional no me refiero a una familia que deriva del matrimonio monógamo, porque la familia funcional también lo es fundamentalmente, sino a una familia en lo que los repartos de poder están hechos de distinta manera. Nuestra sociedad, hoy en día, exige que el varón ceda poder y que se ponga a servir. Y a eso le llamo yo familia funcional, opuestamente a familia tradicional. Y en el tema del amor estoy de acuerdo: sin amor no hay hada que hacer, pero lo que pasa es que le llamo reciprocidad social.


4. (Responde unitariamente a 11 preguntas más). ¿Cómo podemos concienciar a los padres de familia de que participen más en las actividades del hogar, en una cultura machista?
Respuesta:

Hay que cambiar la cultura. Yo también creo que es interesante. A veces nosotros nos podemos plantear líneas de actuación casi siempre ad extra y muy pocas veces ad intra. El cambio comienza por uno mismo. La cultura machista la construimos nosotros mismos y es ahí donde debemos actuar: mirando nuestro ambiente familiar.










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