Unidad 4 Las ideas y el origen de la semiótica en J. Locke



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UNIDAD 4
Las ideas y el origen de la semiótica en J. Locke

Índice esquemático

  1. La dimensión crítica de la reflexión sobre el lenguaje natural

  2. La noción de idea en J. Locke. Las ideas como significado de las palabras. Clases de ideas: ideas individuales y generales

  3. Lenguaje y comunicación: las condiciones de posibilidad de la comunicación

  4. Nombres comunes e ideas generales

  5. Esencias reales y nominales

  6. La semiología de Leibniz. El lenguaje como instrumento cognitivo.

  7. Nombres comunes y abstracción

  8. El proyecto de una lengua universal



1. La dimensión crítica de la reflexión sobre el lenguaje natural



El libro III del Ensayo sobre el entendimiento humano es la primera obra en que se exponen de forma sistemática las tesis semánticas basadas en el giro epistemológico cartesiano. En cierta medida constituye el primer tratado de filosofía del lenguaje porque en él se abordan explícitamente problemas epistemológicos ligándolos a problemas semánticos. El Ensayo de Locke constituye pues una de las primeras obras en que se manifiesta conciencia de que las investigaciones logico-semánticas están indisolublemente ligadas a la resolución de problemas filosóficos: existe una conexión tan estrecha entre las ideas y las palabras... que es imposible afirmar algo claro y distinto de nuestro conocimiento, que no consiste sino en proposiciones, sin acudir ante todo a consideraciones acerca de la naturaleza, el uso y el significado del lenguaje (Ensayo, 2-33-19).
Esto no quiere decir que Locke elaborara una filosofía del lenguaje en sentido moderno, esto es, un conjunto articulado de tesis sobre la naturaleza del significado, sino que, en su caso, la reflexión sobre el significado es parte de la elucidación filosófica. El sentido que tiene la reflexión sobre el significado en Locke no es el de contribuir a la constitución de una teoría lingüística filosóficamente fundada, sino el de colaborar en la eliminación de obstáculos para la resolución del problema epistemológico central en su filosofía: la naturaleza y los límites del conocimiento humano. En este sentido, Locke fue influido por F. Bacon y sus ídolos del mercado: el lenguaje vela, antes que desvela, la naturaleza del pensamiento. La adquisición de un pensamiento claro y distinto, paradigma cartesiano del conocimiento, exige ante todo remediar «las imperfecciones y los abusos» que se dan en el uso del lenguaje. La reflexión semántica tiene ante todo una dimensión práctica: prevenir y evitar los errores a que nos induce el conocimiento imperfecto del funcionamiento del lenguaje. El estudio del lenguaje adquiere, particularmente en el mundo anglosajón, una dimensión crítica que se puede relacionar con el surgimiento de la nueva metodología de la ciencia (el Novum Organum de F. Bacon), que reniega de la tradición apriorista y deductiva de la lógica medieval. El prestigio creciente del método experimental, con su carga crítica del conocimiento recibido, provocó una desconfianza en las convenciones lingüísticas al uso. Ese es un sentido claro de la obra de F. Bacon: desconfiar, sistemática o metodológicamente, de los usos establecidos, petrificados en ele lenguaje, en la medida en que expresan un conocimiento caduco, incierto o confuso. El lenguaje natural deja de ser un instrumento fiable para el acceso al conocimiento: o bien es preciso sustituirlo por un lenguaje perfeccionado, un lenguaje filosófico, o directamente suplirlo por el lenguaje matemático, en el que está presuntamente escrita la naturaleza. En cualquier caso, el uso correcto del lenguaje natural, o el uso de un lenguaje correcto, requiere el conocimiento auténtico. Requiere también en consecuencia una teoría correcta sobre el origen y la naturaleza del conocimiento, esto es, una epistemología adecuada. Sólo cuando se está en posesión de esa epistemología, se puede abordar el estudio del lenguaje natural con garantías de éxito. Y esto es independiente de que, por ejemplo, el propio Locke considerara su epistemología como una especie de semiótica, como una investigación doble, de la relación entre las palabras y las ideas, por un lado, y de las ideas y las cosas, por el otro. Pero ya no en términos de la correspondencia cuasi perfecta propugnada por los modistae, que iba de los modi essendi a los modi significandi. Aquéllos dejan de ser considerados el polo fijo, fuente de las relaciones de significación, un conjunto de formas sustanciales que dividen naturalmente la realidad en géneros y especies, y al que corresponden los nombres comunes y las categorías gramaticales. La dirección se invierte: son los modi significandi los que efectúan, de una forma arbitraria, esa disección de la naturaleza. Por eso es tan importante la crítica de las convenciones lingüísticas tradicionales: porque su análisis de la realidad no representa un auténtico conocimiento. Bajo las denominaciones usuales puede esconderse el error, el engaño o la confusión. No hay nada natural en las denominaciones, fruto de las decisiones humanas y, por tanto, falibles.
2. La noción de idea en J. Locke. Las ideas como significado de las palabras. Clases de ideas: ideas individuales y generales.

El concepto central de la filosofía de Locke es el de idea. A menudo se ha criticado el uso que Locke hace de dicho concepto, plurivalente y en ocasiones inconsistente. Lo cierto es que Locke consideró las ideas como un cierto tipo de signos de las cosas, y las palabras como signos de las ideas. En este sentido, la tesis central de su semiótica, en lo que se refiere al lenguaje, es que las palabras significan ideas; una tesis cartesiana, que también se encuentra expuesta en la Lógica y Gramática de Port-Royal y que, como sucede en general en esa teoría racionalista, se encuentra en dificultades para explicar las relaciones entre el lenguaje y la realidad.
Aun con las dificultades que implica la vaguedad de la noción de idea en Locke, la exposición de sus tesis semánticas pasa necesariamente por el examen de las clases de ideas que distinguía y las categorías de palabras con que las relacionaba. En primer lugar, hay que tener en cuenta el problema del carácter individual o general que las ideas, en el sentido de Locke. ¿Son las ideas de carácter subjetivo? ¿U objetivo? ¿Confiere cada individuo su significado a las palabras que usa? Y, si es así, ¿cómo es posible la comunicación? Esos son los problemas con que ante todo se enfrenta la teoría semántica de Locke y a los que trata de dar respuesta.
El enunciado más sintético que se conoce de su teoría del significado es el siguiente (Ensayo, III, II, 2): las palabras, en su significación primaria, nada significan excepto las ideas que están en la mente de quien las usa. Con la matización en su acepción primaria, Locke parecía excluir ante todo las ocurrencias metalingüísticas de las palabras, esto es, cuando las palabras se utilizan para referirse a sí mismas, y, además, las palabras sincategoremáticas, de las que explícitamente afirma que sirven para significar la conexión que establece la mente entre las ideas o proposiciones, vinculando unas con otras. Con esto se previno Locke contra críticas, que no obstante fueron formuladas posteriormente (p. ej. por Berkeley), que insistieron en la necesidad de que a cada palabra le correspondiera una idea, so pena de ser considerada asignificativa (TEXTO 1).
La teoría del significado de Locke atañe pues primordialmente a los términos categoremáticos, verbos, sustantivos y adjetivos, aunque es preciso advertir que sus reflexiones semánticas sobre los verbos son más bien accesorias y circunstanciales. Parece que Locke, como sucede frecuentemente en otras teorías semánticas de índole filosófica, dio una especial importancia a la función nominativa, centrando sus análisis sobre la categoría de nombre, que englobaba a los sustantivos y a los adjetivos, suponiendo sin mas que tales análisis eran aplicables, de un modo u otro, a los predicados verbales.
Esta preponderancia concedida a la función nominativa se enmarca perfectamente en la concepción general de Locke sobre la función del lenguaje en la interacción social: fue necesario que el hombre encontrara unos signos visibles, por los cuales esas ideas invisibles de que están hechos sus pensamientos pudieran darse a conocer a otros hombres. Para cumplir semejante finalidad, nada más a propósito que aquellos sonidos articulados que se encontró dotado para producir con tanta facilidad y variedad. Es así como podemos llegar a concebir de qué manera las palabras, por naturaleza tan bien adaptadas a aquel fin, vinieron a ser empleadas por los hombres para que sirvieran de signos de sus ideas. (Ensayo, llI, II, l).
3. Lenguaje y comunicación: las condiciones de posibilidad de la comunicación

La función del lenguaje es, ante todo, la exteriorización de un mundo individual, inaccesible en principio al examen del congénere. Sólo mediante su uso se abre la vía a la comunicación, que es entendida por Locke ante todo como un intercambio de información sobre los contenidos de la vida mental. La comunicación consiste esencialmente en la manifestación de las ideas que el hablante experimenta y en la captación de esas ideas por parte del auditorio (TEXTO 2).



Ahora bien, dada esta concepción sobre el uso del lenguaje, se plantean dos problemas: 1) ¿cómo es posible la utilización significativa del lenguaje?, y 2) ¿cómo es posible la utilización comunicativa del mismo? En el primer caso, el obstáculo con el que se enfrenta la teoría de Locke es su propia concepción epistemológica: Como entre las cosas que la mente contempla no hay ninguna salvo sí misma que sea presente para el entendimiento, es necesario que alguna otra cosa se le presente como signo o representación de la cosa que considera y ésas son las ideas (Ensayo, IV, 21,4).
Esto implica que las palabras sólo pueden adquirir significado para quien las utiliza en la medida en que en su mente se encuentra presente la idea correspondiente. La realidad sólo es captable en la forma de idea, esto es, de signo representativo, mediante el cual es asimilada e integrada en el ámbito de la experiencia. Esta tesis hace dificultosa la explicación del aprendizaje y uso del lenguaje porque, si sólo se pueden emplear las palabras a las que, en la mente de cada cual, corresponden ideas, ¿cómo explicar la utilización de las palabras que designen objetos o experiencias desconocidos? Si de esos objetos o experiencias no existe representación ideacional, no existe la posibilidad de nombrarlas significativamente, nadie puede aplicar (las palabras) como señales, de un modo inmediato, a ninguna otra cosa, salvo a las ideas que él mismo tiene. Porque eso sería tanto como convertirlas en signos de sus propias concepciones y, sin embargo, aplicarlas a otras ideas; lo que equivaldría a hacerlas signos y no signos al mismo tiempo de sus ideas, de manera que, en realidad, carecerían completamente de significación (Ensayo, III, II, 2).
El lenguaje no permite referirse directamente a la realidad, sino que sólo secundariamente es relacionable con ella, a través de las ideas Pero, si no existen tales ideas, fruto de la experiencia y sólo de la experiencia (Locke rechaza la posibilidad de las ideas innatas), el lenguaje pierde su significatividad, el cordón umbilical que le une a la realidad. La conclusión que parece inevitable extraer de la teoría semántica de Locke es que sólo podemos hablar significativamente de aquello que en alguna medida hemos experimentado, es decir, de aquello de lo que tenemos formada alguna representación ideacional. Y, así, parece lógico pensar que los límites del lenguaje, del lenguaje que yo hablo y puedo entender, han de coincidir con los límites de mi experiencia individual: Un niño que tan sólo ha advertido el color brillante y luminoso en el metal que oye llamar 'oro', aplicará la palabra «oro» sólo a sus ideas acerca de ese color... Un segundo... le añade el amarillo brillante la idea de gran peso... Otra persona le añade a esas cualidades las de fusibilidad... Cada una de estas personas emplea la misma palabra 'oro', cuando tiene la ocasión de expresar la idea a la cual la ha aplicado; pero es evidente que cada uno sólo puede aplicarla a su propia idea, y que no puede convertirla en signo de la idea compleja que no tenga en la mente (Ensayo, III, 2.3).
Las condiciones que Locke establece en su teoría para la utilización significativa del lenguaje son tan rigurosas que de hecho hacen imposible explicar su función comunicativa de una forma real. Para explicar ese simple hecho, el de que los hombres se comunican mediante el lenguaje, Locke tiene que acudir a dos tesis implausibles: en primer lugar, que esa comunicación se basa en la presunción de que las ideas que tiene los demás en su mente son similares a las nuestras: En tal supuesto, no es común que los hombres se detengan a examinar si la idea que tienen en la mente es la misma que la que tienen aquellos con quienes conversan, sino que se dan por satisfechos con pensar que usan las palabras, según se imagina, en la acepción común del lenguaje, suponiendo de ese modo que la idea de la cual han hecha un signo a esa palabra es precisamente la misma a la cual aplican ese nombre los hombres entendidos de ese país (Ensayo, llI, 2,4).
En segundo lugar, la comunicación se hace posible mediante el espejismo de una relación directa entre el lenguaje y la realidad: nos comunicamos porque creemos que nuestras palabras se refieren a una misma realidad, en particular cuando empleamos nombres para las sustancias. Pero esta creencia no es sino una ilusión, fruto de una equivocada concepción de cómo funciona el lenguaje y de nuestra necesidad de dar valor de realidad a nuestras afirmaciones: las palabras se refieren a las ideas, y sólo pueden referirse a ellas cuando se habla significativamente. La conclusión natural que Locke extrajo es que en muchas ocasiones usamos las palabras asignificativamente, porque no les asociamos ideas. Incluso el aprendizaje lingüístico está afectado por esta clase de ilusión:

Como muchas palabras se aprenden antes de que se conozcan las ideas que significan, por eso algunos, y no solamente los niños, sino también hombres, pronuncian algunas palabras no de otro modo que los loros, sólo porque las han aprendido y porque se han acostumbrado a esos sonidos (Ensayo, llI, II,7).
De acuerdo con la teoría lockeana, la auténtica comunicación requiere identidad de denominaciones e identidad de ideas. La investigación de los criterios de identidad en el primer nivel suscita el problema de la sinonimia y remite al segundo nivel, puesto que dos palabras son sinónimas si y sólo si son signos de la misma idea. La entera teoría del significado depende de los criterios de identificación de las ideas y de los requisitos especificables para su identidad. Y aunque Locke no formuló en su teoría criterios para tal identidad, lo cierto es que su teoría epistemológica asegura su posibilidad. Los hombres pueden tener las mismas ideas porque experimentan una misma realidad, y porque los instrumentos mediante los cuales perciben esa realidad son también similares. Incluso sucede que el hombre particular puede acceder a un conjunto de ideas codificadas en su comunidad lingüística: el uso común, por un consenso tácito, apropia ciertos sonidos a ciertas ideas en todos los lenguajes, lo cual limita la significación de ese sonido hasta el punto de que, a no ser que un hombre lo aplique a la misma idea, no habla con propiedad (Ensayo, III, II,8, TEXTO 2).
4. Nombres comunes e ideas generales
Aparte de estas dificultades en explicar el aprendizaje y la comunicación lingüísticas, la teoría semántica de Locke hubo de enfrentarse a los problemas que plantea la diversidad de las categorías lingüísticas, incluso en el puro nivel nominativo. El más inmediato de estos problemas es el de explicar la existencia y el funcionamiento de los nombres generales, de los nombres cuyo significado no es una idea de una realidad particular. Según Locke: las palabras se convierten en generales al hacerse de ellas signos de ideas generales, y las ideas se convierten en generales cuando se les suprimen las circunstancias de tiempo y de lugar, y cualesquiera otras ideas que puedan determinar a tal o cual existencia particular (Ensayo, III, 3.6, TEXTO 3).
Así, aun estando la realidad constituida únicamente por entidades particulares, es posible la existencia de ideas generales, que son el resultado de un proceso de abstracción, que opera sobre las ideas particulares. Son estas ideas generales las que constituyen el significado de los nombres comunes, que se aprenden mediante un proceso paralelo de generalización. En un principio, el niño utiliza todos los nombres como si fueran propios, pero luego aprende que ciertos nombres son igualmente aplicables en conexión con diferentes ideas particulares, prescindiendo pues de algunos rasgos que les identifican. Infiere en definitiva que los nombres comunes se utilizan no como nombres propios de naturalezas abstractas, sino para designar ideas generales, consecuencia de un proceso de abstracción sobre ideas particulares(TEXTO 3). Lo general por tanto no existe como tal, sino que es un producto del entendimiento (Ensayo, III, 3,11 y TEXTO 4). Ahora bien, ese producto no es identificable sin mas con una pluralidad de cosas o ideas particulares, aunque se aplique a todas y cada una de ellas: lo significado por las palabras generales es una clase de cosas, y cada una de esas palabras significa eso, en cuanto que son signo de una idea abstracta que tenemos en la mente; y en la medida que las cosas existentes se conforman a esa idea, caen bajo aquel nombre o, lo que es lo mismo, son de aquella clase (Ensayo, III, 3.12).
5. Esencias reales y nominales

El significado del término general es pues la idea general que permite agrupar a las cosas en clases, pero no es ese conjunto de cosas sin más; constituye lo que Locke denominaba la esencia de la especie o género correspondiente a la clase: como el tener la esencia de cualquier especie es aquello que hace que cualquier cosa sea de esa especie, y como la conformidad con la idea, a la cual se anexa el nombre, es lo que otorga el derecho a llevar ese nombre, el tener la esencia y el guardar esa conformidad tienen necesariamente que ser lo mismo, ya que el ser de cualquier especie es una y la misma cosa, como, por ejemplo, ser un hombre o ser de la especie hombre, y tener derecho al nombre «hombre», es todo la misma cosa (Ensayo, III, III, 12).
En este sentido, Locke es un precedente claro del intensionalismo moderno, que no identifica los conceptos (las ideas generales, en su terminología) con las clases extensionales correspondientes, sino con conjuntos de propiedades definitorias que se aplican a todos los miembros de la clase en cuestión.
Ahora bien, un punto que interesa resaltar en la concepción semántica de Locke, y que fue objeto de críticas posteriores, es su tesis de que el proceso de abstracción de ideas generales no es siempre arbitrario, sino que en ocasiones tiene fundamento en la naturaleza de la realidad. En particular, Locke se refiere a lo que luego se han dado en llamar clases naturales. Entre ellas, destaca Locke todas las cosas que se propagan por simiente, afirmando que el hecho de que les apliquemos un mismo término se debe a que corresponden a una misma idea general, constituida sobre la base de la similitud existente entre los individuos perteneciente a la especie en cuestión (TEXTO 4). No obstante, aunque pueda existir una relación causal entre la conexión de las propiedades naturales de los individuos pertenecientes a una especie y la idea abstracta que nos hacemos de ella, es ésta última la esencia misma de la especie en cuestión, el significado del término general: las supuestas esencias reales de las substancias, si son diferentes de nuestras ideas abstractas, no pueden ser las esencias de las especies en que clasificamos a las cosas (Ensayo, III, 3.13). Esto es lo que ha permitido clasificar la postura de Locke como conceptualista moderada: el significado de los términos generales es el concepto, que tiene un fundamento, incognoscible en el caso de las substancias, y que equivale a la totalidad articulada de componentes conceptuales (ideas simples, en terminología de Locke). El significado no se corresponde pues con la esencia real (el modo en que está realmente constituida la cosa), sino con la esencia nominal, que es la idea abstracta constituida sobre la base de aquella: Es cierto que, por lo general, se supone una constitución real de las clases de cosas, y está fuera de duda que tiene que haber alguna constitución real de la que dependa cualquier colección de ideas simples coexistentes. Pero, como es evidente que las cosas no se ordenan en clases o especies, bajo ciertos nombres, sino en cuanto hemos anexado esos nombres, la esencia de cada género o clase acaba por no ser sino la idea abstracta significada por el nombre general o clasificante (Ensayo, llI, III, 15).
Esta tesis de la disimilitud entre la esencial real y la nominal se aplica en particular en el caso de las substancias: no así en el caso de los nombres de las ideas simples y de los modos, en que ambos tipos de esencia coinciden; en el primer caso, por la naturaleza elemental de lo nombrado, el contenido inmediato de la experiencia, y en el segundo, por ser modificaciones mentales de las ideas simples (modos simples) o producto arbitrario de la elaboración del entendimiento (modos mixtos) sin correspondencia con modelos reales.
La influencia de J. Locke sobre la filosofía del siglo XVIII fue amplia y profunda. Esta influencia tuvo dos dimensiones: una positiva, de aceptación, difusión y aplicación de sus teorías, y otra reactiva, de crítica y rechazo de sus tesis sobre la relación entre el lenguaje y el pensamiento. Dentro de la primera dimensión hay que destacar la relación de la filosofía del lenguaje de Locke con las teorías semióticas de los enciclopedistas. Para algunos de los enciclopedistas, y sobre todo para los ideólogos, como Destutt de Tracy, la teoría semiótica de Locke constituyó un auténtico giro copernicano en la filosofía del lenguaje. De hecho la teoría de Locke era la que abría la perspectiva conceptual de que el pensamiento estuviera indisolublemente ligado al lenguaje, esto es, que sólo a través de él pudiese el pensamiento adquirir la propiedad de ser articulado, esto es, compuesto.

Dentro del aspecto reactivo, en cambio, es preciso referirse a las concepciones lingüísticas de Leibniz, conformadas sobre una crítica pretendidamente sistemática de los supuestos epistemológicos y semióticos de Locke.


6. La semiología de Leibniz. El lenguaje como instrumento cognitivo.

La obra de Leibniz, Nuevos Ensayos sobre el entendimiento humano, fue concebida como una respuesta detallada al Ensayo de Locke. Escrita bajo la forma de un diálogo entre un expositor de las teorías de Locke y un portavoz de las de Leibniz, su estructura reproduce punto por punto la del Ensayo. Así, las ideas lingüísticas de Leibniz quedan expresadas también en un tercer libro, titulado justamente De las palabras, en el que Teófilo, el portavoz de Leibniz, puntualiza o rectifica las ideas sobre el lenguaje que propone Filaletes, el trasunto de Locke. El libro fue escrito por Leibniz hacia 1704, pero no se publicó hasta bien entrado el siglo XVIII (1765), por lo que no produjo el impacto que pretendía su autor.
En sus Nuevos Ensayos, en los capítulos dedicados al lenguaje, Leibniz insiste en primer lugar en el carácter diferencial del lenguaje: no sólo es el producto de la necesidad social e histórica (evolutiva) de comunicación, sino que también es la expresión de una naturaleza racional, que separa a la humanidad de la animalidad. En este sentido, Leibniz observa que la facultad del lenguaje no depende (sólo) de una estructura morfológica adecuada, que el hombre puede compartir con otras especies animales, sino de su facultad de razón, de su capacidad para representarse la realidad a través de las ideas. No hay un nexo necesario entre el lenguaje hablado y el organismo humano, pero sí entre aquél y la estructura de su entendimiento. Es posible concebir un lenguaje no basado en la articulación de palabras, pero no un lenguaje que no represente la actividad raciocinadora del entendimiento, que no sólo sirve a la necesidad de transmisión de información, como había indicado Locke, sino que también constituya un instrumento activo en la consecución del conocimiento. La diferencia entre las concepciones generales de Locke y Leibniz sobre la función del lenguaje es una diferencia de énfasis, pero importante. Para Locke, el lenguaje es ante todo un sistema de representación del conocimiento, que juega un papel esencial para remediar las limitaciones del entendimiento humano (la finitud de su memoria, entre otras). Para Leibniz, en cambio, el lenguaje es sobre todo un instrumento cognitivo, un medio natural para acceder al conocimiento de la realidad (B. 2, TEXTO 1).
Esta diferencia en las concepciones de Locke y Leibniz se difunde a lo largo de todas sus afirmaciones sobre el lenguaje y afecta a problemas tan esenciales como el de la naturaleza del significado y el de la posibilidad de una lengua filosófica universal. Por lo que respecta al primero, Leibniz discute la naturaleza absolutamente arbitraria del vínculo entre la palabra y lo que significa, expuesta en el Ensayo (III, 2.8) de Locke. Su argumento es que, si bien en la actualidad la relación entre el sonido y el significado parece arbitraria, es posible que ello sea fruto de la evolución histórica de la lengua, que haya borrado los rastros de una relación natural primitiva. Por ello, se esfuerza Leibniz en mostrar la plausibilidad de la hipótesis del origen común de todas las naciones, y de una lengua radical y primitiva, utilizando datos filológicos de dudosa fiabilidad. Así, Leibniz cree que el alemán (junto con el hebreo y el árabe) es la lengua que más vestigios ha conservado de esa lengua adánica (término introducido por el místico J. Boehme), y que en esa lengua son perceptibles restos de relaciones naturales entre términos y significados. Leibniz apela esencialmente a la similaridad existente, según él, entre los sonidos componentes de las palabras y los objetos o acciones referidos por éstas, tratando de mostrar que en el origen de las palabras existe algo natural, algo que establece una relación entre las cosas y los sonidos y movimientos de los órganos de la voz (Nuevos ensayos, III, 1.1). Propugna Leibniz por tanto que el fundamento para la significatividad de la lengua adámica fue el simbolismo fónico o fonestesia, las relaciones naturales entre dos clases de sonidos, los propios de la articulación de la palabra y los correspondientes o asociados a lo referido por la palabra. Por ejemplo, alude a que los antiguos germanos, los celtas y los demás pueblos entroncados con ellos, siguiendo una especie de instinto natural, utilizaron la letra r para significar un movimiento violento y un ruido parecido a dicha letra, mientras que el sonido /l/ figuraría en palabras que hacen referencia a ruidos o movimientos suaves.

Los motivos de Leibniz para defender la hipótesis de la lengua adámica y el carácter natural de la significación en esa lengua eran de muy diversa índole, pero se reducen a uno fundamental: coherencia con su propio sistema filosófico. Por eso, cuando se consideran las teorías sobre el lenguaje de Leibniz, hay que tener muy en cuenta el contexto que configura el resto de su obra filosófica. Leibniz propugnaba, en su metafísica, la existencia de un orden natural, que se correspondía con un orden en el pensamiento y, eventualmente, con un orden lingüístico. Bajo la aparente diversidad de las lenguas humanas, debía existir, según Leibniz, una unidad subyacente, que fuera prueba a la vez de la existencia de unas leyes universales en la representación de la realidad por el pensamiento y del ordo naturalis. En este sentido se ha considerado que, en teoría del lenguaje, Leibniz representa un retorno al realismo de los modistae. Su naturalismo semántico no vendría a ser sino la expresión teórica de la tesis de que el lenguaje (la primitiva lengua adámica) refleja, a través del pensamiento (los modi significandi), la estructura de la realidad (los modi essendi).


7. Nombres comunes y abstracción

Otro punto en que las tesis lingüísticas de Leibniz difieren radicalmente de las de Locke es en la semántica de los términos generales. Para Locke, tales términos existen en el lenguaje en virtud de su función económica: permiten un ahorro a la memoria. Para Leibniz, no solamente sirven para perfeccionar las lenguas, sino que son imprescindibles para su constitución esencial (Nuevos ensayos, III, 1.3). El lenguaje no sólo ha de dar cuenta de la existencia de entidades particulares, sino también de sus relaciones (de similitud). Las relaciones son tan reales como los particulares mismos, no son fruto arbitrario de nuestro entendimiento, sino que forman parte de la estructura de la realidad que el lenguaje refleja: ya que al hablar de géneros y de especies no nos estamos refiriendo mas que a una similitud más o menos amplia, es natural que indiquemos todos los tipos de similitud o conveniencia y, en consecuencia, que empleemos términos generales de todos los grados (Nuevos ensayos, III, 1.3). Es más, Leibniz concede primacía, tanto desde el punto de vista epistemológico como desde el del aprendizaje lingüístico, a los términos generales sobre los nombres propios: las primeras palabras habrían sido términos generales y los nombres propios el resultado de un proceso de especificación progresiva a partir de aquéllas. En la medida en que los términos generales designan, según Leibniz, relaciones de similitud entre individuos, propiedades que los individuos comparten, es evidente que el autor de los Nuevos ensayos consideraba los nombres propios como aplicaciones abreviadas de nombres de clase: me atrevo a afirmar que originariamente casi todas las palabras son términos generales, ya que será muy extraño que se llegue a inventar un nombre a propósito para señalar a un determinado individuo sin alguna razón. Resulta posible mantener que los nombres de individuos eran nombres de especie otorgados preferentemente, o de cualquier otra manera que sea, a algún individuo (Nuevos ensayos, III, 3.5).
Esta tesis tiene que ver con la concepción, contraria a la de Locke, sobre la función del proceso de abstracción en semántica. Leibniz coincide con Locke en concebir la abstracción como carencia de determinación, pero piensa que es cognitivamente antecedente a la especificación individual. Según Leibniz, el proceso de aprendizaje lingüístico va desde lo general a lo particular: primero se emplean nombres abstractos, incluso para designar realidades individuales, y sólo posteriormente se aprende la aplicación de nombres con una referencia más reducida. Ese proceso, no obstante, no desemboca en el nombre propio puro (lógico), sino que se detiene en un nivel bajo de abstracción, pero abstracción al fin y al cabo. La propia noción de nombre propio lógico carece para Leibniz de sentido, si es que tal noción se entiende como determinación lingüística de la individualidad: por paradójico que pueda parecer, nos resulta imposible tener un conocimiento de los individuos y encontrar exactamente el modo de determinar la individualidad de cada cosa, a no ser que la conservemos a ella misma (Nuevos ensayos, III, 3.6). Mientras que, para Locke, la captación de la realidad comienza necesariamente por la experiencia de lo individual, Leibniz mantiene lo contrapuesto: lo individual no es accesible al entendimiento sino a través de lo general. Sólo las propiedades generales que tienen una aplicación suficientemente restringida (por ejemplo, por combinación) nos pueden dar una idea de lo radicalmente individual, que escapa a nuestra mente finita.
El realismo radical de Leibniz acentúa y se contrapone al de Locke, expresado a través de su moderado conceptualismo. Leibniz no ve ninguna necesidad de establecer la distinción entre esencias reales y nominales en términos lockeanos, esto es, como una diferencia entre la constitución real de las cosas y su representación a través de ideas abstractas. Su argumento, sencilla reducción al absurdo, se basa en la identificación de lo posible y lo real, típica de su teoría modal: o bien las esencias nominales son posibles y, por tanto, verdaderas y coincidentes con esencias reales, o bien son falsas y, en consecuencia, imposibles, pseudoesencias; en cualquier caso, no pueden existir diferencias entre unas y otras basadas en nuestra capacidad de elaboración «arbitraria» de ideas abstractas: no depende de nosotros el poder juntar las ideas a nuestro arbitrio, salvo que dicha combinación esté justificada por la razón, que la demuestra posible, o por la experiencia, que la muestra actual y, por consiguiente, también posible (Nuevos ensayos, III, 3.17). Por eso no advierte Leibniz la diferencia que establece Locke entre la semántica de los sustantivos que designan clases naturales (ideas de sustancias) y la de los predicados que refieren a modos [«(ser) triángulo] o ideas simples [«(ser) rojo»]. Para Leibniz, sólo existen diferentes formas de especificación de su significado (esencia): o bien la definición expresa la posibilidad (realidad) de lo definido y, en este caso, se trata de una definición real; o bien la definición no la expresa y se trata de una definición nominal, que no nos permite concluir a priori sobre la realidad de tal esencia, en definitiva sobre la significatividad del término, pero que no la excluye.
8. El proyecto de una lengua universal

La identificación entre posibilidad y realidad, trasladada a términos de teoría del lenguaje, está estrechamente relacionada con el proyecto de una lingua universalis expresión de la mathesis universalis. En efecto, si la realidad tiene una estructura, un orden natural, este orden ha de poder reflejarse en una lengua auténticamente pura, que transparente ese orden en su estructura lógico-semántica. En esa lengua, la definición del significado de los términos, la descripción de la estructura de su significado, ha de conllevar la expresión de su posibilidad (realidad): la semántica de esa lengua no sería sino la verdadera ontología, la descripción auténtica de la realidad y su estructura.
Descartes ya había avanzado dos ideas básicas en la fundamentación del proyecto de una lengua universal: en primer lugar, la idea de la correspondencia entre el orden natural y el orden lingüístico: existe un orden en la naturaleza según el cual se puede colocar, como ha hecho el Creador, primero las sustancias espirituales, luego las corporales... Resta pues por encontrar igualmente un orden en las palabras, que se corresponde con el de las cosas: la primera con la primera, la segunda con la segunda (Descartes, Carta del 20 de noviembre de 1629 al P. Mersenne). En segundo lugar, la idea de que tal correspondencia no es puramente formal y arbitraria, sino que expresa una relación natural entre el lenguaje y la realidad. Pero la invención de esa lengua universal, en palabras de Descartes, depende de la filosofía verdadera, porque de otro modo es imposible enumerar todos los pensamientos de los hombres, y ponerlos en orden, ni siquiera distinguirlos de forma que sean claros y simples... y si alguien hubiera explicado cuáles son las ideas simples que se encuentran en la imaginación de los hombres, de las cuales se compone todo lo que piensan y fuera esto admitido por todo el mundo, me atrevería a tener confianza en una lengua universal muy fácil de aprender, pronunciar y escribir y, lo que es más importante, ayudar al juicio, representándole tan claramente todas las cosas que le sería prácticamente imposible equivocarse (Descartes, carta citada al P. Mersenne).

A lo largo del siglo XVII, los proyectos de lenguas universales proliferaron a pesar de los fuertes requisitos establecidos por la filosofía cartesiana para su firme fundamentación. Así, influyeron sobre Leibniz el De arte combinatoria de Kircher (1601-1680), De arts signorum de Dalgarno (1626-1677) y el Essay towards a real character and philosophicum language, de J. Wilkins (1614-1672). En todos estos lenguajes artificiales propuestos está patente una misma concepción semiótica, expresada ya desde T. Hobbes: el signo lingüístico es un instrumento de cálculo que, como tal, puede ser sustituido por una entidad matemática, una cifra. Como la realidad tiene una estructura matemática (Galileo), la lengua universal, matematizada a su vez, nos permite acceder a esa estructura, operando por tanto como el auténtico instrumento de conocimiento.

Esta idea se encuentra también en Leibniz, para quien la lingua rationalis unificará milagrosamente las operaciones mentales y podrá servir a la física del mismo modo que el álgebra a la matemática (citado en C. Hamans, 1984, pág. 319). La concepción de Leibniz coloca por tanto la estructura lógico-semántica como columna vertebral del lenguaje y la realidad. Esa estructura lógica ha de ser común tanto a la combinación de las ideas simples como a la concatenación de los términos primitivos. La relación natural entre el símbolo y lo simbolizado no sólo se aplica a los elementos, sino también a sus relaciones, incluso en el lenguaje natural: incluso si los caracteres son arbitrarios, el uso y la interconexión de ellos tiene algo que es arbitrario, esto es, una cierta proporción entre los caracteres y las cosas, y las relaciones entre diferentes caracteres que expresan las mismas cosas. Esta proporción o relación es el fundamento de la verdad (Leibniz, Dialogus de connexione inter res et verba et veritatis realitate, 1677; Erdman, 1974, pág. 77). Pero, y esto es lo importante, la fijación de los elementos primitivos y su combinación, y la construcción de la lengua universal es interdependiente, sin relación temporal de prioridad. Leibniz pensaba que la misma elaboración sistemática de la characteristica universalis abocaría al descubrimiento de la «filosofía verdadera" que había reclamado Descartes como requisito previo a cualquier proyecto de lengua «filosófica». Por tanto, concebía esta lengua menos como un sistema de representación del conocimiento y la realidad que como un medio para alcanzar dicho conocimiento.
En Leibniz, más allá de los detalles de su sistema lingüístico, interesa subrayar la función de dicho sistema en el conjunto de su filosofía. En él se encuentran prefiguradas ideas que tendrán su momento de vigencia en la filosofía contemporánea del lenguaje: la idea de que la ontología y la gramática se encuentran vertebradas en torno a la lógica y la idea de que ésta determina, a su vez, el ámbito de lo real.


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