Unió de Religiosos de Catalunya ● Centre de Vida Religiosa i Espiritualitat



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Documentación

Unió de Religiosos de Catalunya ● Centre de Vida Religiosa i Espiritualitat



Plaça d’Urquinaona, 11, 2n 2ª | 08010 Barcelona | 93 302 43 67 | sec.general@urc.cat





Autoría

CIIVCSVA y Congregaciones para la Educación Católica y para las Iglesias Orientales

Título

Nuevas vocaciones para una nueva Europa

Datos




Fuente

Vatican.va

Idioma

Español




OBRA PONTIFICIA PARA LAS VOCACIONES ECLESIASTICAS


NUEVAS VOCACIONES

PARA UNA NUEVA EUROPA


(In verbo tuo...)
Documento final del Congreso Europeo

sobre las Vocaciones al Sacerdocio y a la Vida Consagrada

en Europa
Roma, 5-10 de mayo de 1997
*
Preparado por las Congregaciones para la Educación Católica,

para las Iglesias Orientales,

para los Institutos de Vida Consagrada

y las Sociedades de Vida Apostólica


INTRODUCCION
Damos gracias a Dios
1. Bendito sea Dios Omnipotente que ha bendecido la tierra de Europa con toda clase de bendiciones espirituales, en Cristo y en el Espíritu (cfr. Ef 1,3).
Le damos gracias por haber llamado desde el comienzo de la era cristiana a este continente a ser centro de irradiación de la buena nueva de la fe, y a manifestar en el mundo su paternidad universal. Le damos gracias porque ha bendecido esta tierra con la sangre de los mártires y el don de innumerables vocaciones al sacerdocio, al diaconado, a la vida consagrada en sus distintas formas, a la vida monástica y a los institutos seculares. Le damos gracias porque su Santo Espíritu no cesa todavía hoy de llamar a los hijos de esta Iglesia a ser heraldos del mensaje de salvación en cualquier parte del mundo, y a otros, además, a dar testimonio de la verdad del Evangelio que salva, en la vida matrimonial y profesional, en la cultura y en la política, en las artes y en el deporte, en las relaciones humanas y de trabajo, a cada uno según el don y misión recibidos. Le damos gracias porque El es la voz que llama y da el valor de responder, el pastor que conduce y sostiene la fidelidad de cada día, camino, verdad y vida para todos los llamados a realizar en sí mismos el plan del Padre.
El Congreso Europeo Vocaciona
2. Reunidos en Roma, del 5 al 10 de mayo de 1997, para el Congreso sobre las Vocaciones al Sacerdocio y a la Vida Consagrada en Europa,(1) pusimos en manos del Dueño de las mies los trabajos del Congreso, pero sobre todo el ansia de la Iglesia que está en Europa, en este tiempo difícil y también formidable, junto al agradecimiento a Dios que es fuente de toda consolación y autor de cada vocación.
Reunidos en Roma confiamos a María, imagen perfecta de la criatura llamada por el Creador, a quienes Dios, también hoy, continúa llamando. A los Santos Pedro y Pablo y a todos los santos y mártires de ésta y de cada ciudad e Iglesias europeas, del pasado y del presente, confiamos ahora este documento. Que logre expresar y compartir aquella riqueza que nos fue dada en los días de la asamblea romana, así como en otro tiempo los mártires y santos dieron testimonio del amor del Eterno.
El Congreso, en efecto, fue un acontecimiento de gracia: el compartir fraterno, la profundización doctrinal, el encuentro de los varios carismas, el intercambio de la diversas experiencias y trabajos llevados a cabo en las Iglesias del Este y del Oeste enriquecieron a todos y cada uno. Confirmaron en los participantes la voluntad de continuar trabajando con pasión en el campo vocacional, a pesar de la precariedad de los resultados en algunas Iglesias del viejo continente.
La fuerza de la esperanza
3. Desde el Documento de trabajo del Congreso a las Proposiciones finales, desde el Discurso del Santo Padre a los participantes al Mensaje para las comunidades eclesiales, desde las intervenciones en el aula a las discusiones en los grupos de estudio, desde los intercambios informales a los testimonios, hubo como un hilván que unió entre ellos todos los actos y cada uno de los momentos de este Congreso: la esperanza. Una esperanza más fuerte que todo temor y toda duda, esperanza que sostuvo la fe de nuestros hermanos de las Iglesias del Este en los tiempos en que lo difícil y arriesgado era creer y esperar, y que ahora se ve premiada con una nueva floración de vocaciones, como fue atestiguado en el Congreso.
A estos hermanos estamos profundamente agradecidos, como a todos los creyentes que continúan dando testimonio de que la « esperanza es el secreto de la vida cristiana y el hálito absolutamente necesario para la misión de la Iglesia y, en especial, para la pastoral vocacional (...). Se precisa, pues, hacerla renacer en los sacerdotes, en los educadores, en las familias cristianas, en las Familias religiosas, en los Institutos seculares; en suma, en todos aquellos que deben servir la vida cercanos a las nuevas generaciones ».(2)
Os escribimos a vosotros, niños, adolescentes y jóvenes...
4. Afianzados en esta esperanza nos dirigimos, ante todo a vosotros, niños, adolescentes y jóvenes para que en la elección de vuestro futuro acojáis el proyecto que Dios tiene sobre vosotros: sólo seréis felices y plenamente realizados si os disponéis a realizar el plan del Creador sobre la criatura. ¡Cuánto desearíamos que este escrito fuese como una carta dirigida a cada uno de vosotros, en la que pudieseis sentir, con la ayuda de vuestros educadores, la solicitud de la madre-Iglesia para cada uno de sus hijos, esa solicitud tan particular que una madre tiene para sus hijos más pequeños. Una carta en la que podáis reconocer vuestros problemas, la preguntas que anidan en vuestro corazón joven y las respuestas que vienen de Aquél que es el amigo perennemente joven de vuestras almas, ¡el único que os puede decir la verdad! Sabedlo, queridos jóvenes, la Iglesia sigue ansiosa vuestros pasos y vuestras opciones. Y qué hermoso sería si esta carta suscitase en vosotros alguna respuesta, para un diálogo continuo con quien os guía...
...a vosotros, padres y educadores
5. Llenos de la misma esperanza nos dirigimos a vosotros padres, llamados por Dios a colaborar con su voluntad de transmitir la vida, y a vosotros educadores, docentes, catequistas y animadores, llamados por Dios a colaborar de varias formas en su designio de educar para la vida. Querríamos deciros cuánto aprecia la Iglesia vuestra vocación, y cuánto se confía a ella para promover la vocación de vuestros hijos y alumnos y una verdadera y auténtica cultura vocacional.
Vosotros, padres, sois también los primeros y naturales educadores vocacionales, mientras que vosotros, educadores, no sois sólo instructores que orientan en las opciones existenciales: estáis llamados, también, a transmitir la vida a las jóvenes existencias que abrís al futuro. Vuestra fidelidad a la llamada de Dios es mediación preciosa e insustituible para que vuestros hijos y alumnos puedan descubrir su vocación personal, para que « tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10,10).
...a vosotros, pastores y presbíteros, consagrados y consagradas...
6. Siempre con la esperanza en el corazón nos dirigimos a vosotros, sacerdotes, y a vosotros, consagrados y consagradas, en la vida religiosa y en los institutos seculares. Quienes habéis oído una particular llamada para seguir al Señor en una vida totalmente dedicada a El, estáis, también, particularmente llamados, todos sin excepción alguna, a testimoniar la belleza del seguimiento.
Sabemos cuán difícil es hoy esta propuesta y cuán halagadora la tentación del desaliento cuando el trabajo parece inútil. « La pastoral vocacional constituye el ministerio más difícil y más delicado ».(3) Pero también querríamos recordar que no hay nada más a propósito que un testimonio apasionado de la propia vocación para hacerla atractiva. Nada es más lógico y coherente en una vocación que engendrar otras vocaciones, lo que os convierte, con todo derecho, en « padres » y « madres ». En particular, querríamos con este documento dirigirnos no sólo a quien tiene la tarea explícita de la promoción vocacional, sino también a quien no tiene un empeño directo en ella, o a quien cree no tener ninguna obligación al respecto.
Quisiéramos recordaros que sólo un testimonio coral hace eficaz la animación vocacional, y que la crisis vocacional va unida, ante todo, a la falta de responsabilidad de algún testimonio que hace débil el mensaje. En una Iglesia toda vocacional, todos son animadores vocacionales. Dichosos vosotros, si sabéis decir con vuestra vida que servir a Dios es hermoso y satisfactorio, y descubrir que en El, el Viviente, se esconde la identidad de cada viviente (cfr. Col 3,3).
...a todo el pueblo de Dios que está en Europa...
7. En fin, querríamos ser « samaritanos de la esperanza » para aquellos hermanos y hermanas con los que compartimos la fatiga del camino. Querríamos dirigir a todo el pueblo de Dios, en esta vieja y bendita tierra, en las Iglesias del Este y del Oeste, el mismo mensaje de esperanza. De aquí, hace tiempo, partió la difusión del anuncio de la buena nueva, gracias al valor de muchos evangelizadores, que pagaron incluso con la sangre su testimonio. También hoy, así lo queremos creer, el Espíritu del Padre sigue llamando.
El envía por los derroteros del mundo a los hijos de esta tierra generosa de profundas raíces cristianas, pero necesitada ella misma de nueva evangelización y de nuevos evangelizadores. También nosotros, ahora, nos presentamos al Señor, como un tiempo los Apóstoles, conscientes de nuestra pobreza y de las necesidades de esta Iglesia: « Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada » (Lc 5,5). Pero queremos, sobre todo, « en tu palabra », creer y esperar que, como entonces, el Señor puede llenar también hoy con una pesca milagrosa las barcas de sus apóstoles y hacer de cada creyente un pescador de hombres.
Desde el Congreso a la vida
8. El fin, por tanto, del presente documento es compartir con todos vosotros el tiempo de gracia que fue el Congreso. Sin pretender hacer una síntesis exhaustiva del mismo, ni creer haber elaborado un tratado sistemático sobre la vocación, querríamos fraternalmente poner a disposición de toda la Iglesia que está en Europa o fuera de Europa, en sus diferentes denominaciones cristianas, los frutos más significativos del Congreso mismo.
El estilo tratará de expresar lo mejor posible la voluntad de hacernos entender por todos, puesto que todos indistintamente están llamados a realizar la propia vocación y a promover la del que está a su vera.
Procurará, sobre todo, unir entre sí reflexión teológica y práctica pastoral, propuesta teórica y orientación pedagógica, a fin de ofrecer una ayuda concreta a cuantos trabajan en la animación vocacional.
No pretendemos, en modo alguno, decirlo todo, no sólo por no repetir lo que otros documentos ya han dicho al respecto,(4) sino para permanecer abiertos al misterio, misterio que envuelve la vida y la llamada de cada ser humano, misterio que es también camino de discernimiento vocacional y que sólo en el momento de la muerte se completará. O la pastoral vocacional es mistagógica, y, por tanto, parte una y otra vez del Misterio (de Dios) para llevar al misterio (del hombre), o no es tal pastoral.
Las partes del documento
9. En concreto, el presente documento sigue la lógica que orientó los trabajos del Congreso: de lo concreto de la existencia a la reflexión, para volver otra vez a lo concreto de la existencia. Es con la realidad de cada día con lo que debe medirse la pastoral vocacional. Por consiguiente, iniciaremos presentando la situación, para, después, analizar el temavocacional desde el punto de vista teológico, y dar, así, un fundamento y una indispensable estructura de referencia a todo lo dicho.
A continuación, viene la parte más práctica: de tipo pastoral, ante todo, o de grandes estrategias que poner en práctica; y luego de tipo más pedagógico. Será útil para trazar al menos algunas pistas orientadoras sobre el plan del método y de la práctica diaria. Y quizá sea precisamente este aspecto el más deficiente y, al mismo tiempo, el más deseado por los agentes pastorales.
PRIMERA PARTE
LA SITUACION VOCACIONAL EUROPEA HOY
« La mies es mucha,

pero los obreros pocos » (Mt 9,37)


Esta primera parte constituye una mirada sapiencial sobre Europa, consciente de su complejidad cultural, en la que parece predominar un modelo antropológico de « hombre sin vocación ». La nueva evangelización debe reanunciar el sentido fuerte de la vida como « vocación », en su fundamental llamada a la santidad, recreando una cultura favorable a las distintas vocaciones y apta para promover un verdadero salto cualitativo en la pastoral vocacional.
« Nuevas vocaciones para una nueva Europa »
10. El tema del Congreso (« Nuevas vocaciones para una nueva Europa ») incide directamente en el meollo del problema: hoy, en una Europa nueva respecto al pasado, hay necesidad de vocaciones igualmente « nuevas ». Es necesario explicar esta afirmación para comprender el sentido de esta novedad, y sacar de ella la relación con la pastoral « tradicional » de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. No nos limitaremos, por lo tanto, a exponer la situación y a ofrecer datos, sino que procuraremos indicar en qué dirección va la novedad y la necesidad de vocaciones que de ella se derivan.
Al mismo tiempo, leeremos la situación que se limita al presente, partiendo de la exclamación de Jesús ante la misión que le esperaba: « La mies es mucha, pero los trabajadores pocos » (Mt 9,37). Estas palabras continúan siendo válidas y constituyen una preciosa clave para la lectura de la actualidad. De alguna manera encontramos en ellas la exacta medida de nuestro trabajo y la justa proporción (o desproporción) entre una mies que siempre sobreabundará y nuestras pocas fuerzas. Evitando toda interpretación pesimista del presente, como también toda hipotética autosuficiencia para el mañana.
Nueva Europa
11. Ya el Documento de trabajo presentó un cuadro de la situación europea sobre la problemática vocacional fuertemente marcado por elementos novedosos. Aquí los resumimos apenas, según el análisis que hizo de ellos el Congreso mismo, tratando de recoger los más significativos, destinados a orientar por largo tiempo la mentalidad y la sensibilidad juveniles y, por tanto, también la praxis pastoral y las estrategias vocacionales.
a) Una Europa diversificada y compleja
Ante todo un hecho se da por descontado: es prácticamente imposible reflejar de modo único y permanente la situación europea, por lo que concierne a la situación juvenil y a las inevitables repercusiones vocacionales. Estamos ante una Europa diversificada, resultante de los diversos acontecimientos histórico-políticos (ver la diferencia entre Este y Oeste), y también de la pluralidad de tradiciones y culturas (greco-latina, anglosajona y eslava).
Todo ello, sin embargo, constituye también su riqueza y hace significativa, en contextos diversos, experiencias y opciones. Así, si en los países de la parte oriental se presenta el problema de cómo administrar la libertad recuperada, en los de la parte occidental se nos pregunta sobre cómo vivir la auténtica libertad.
Tal heterogeneidad es también ratificada por el desarrollo de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, no sólo por la diferencia existente entre el florecimiento vocacional de la Europa oriental y la crisis generalizada que invade el occidente, sino porque en lo profundo de tal crisis hay signos de recuperación vocacional, particularmente en aquellas Iglesias en las que la labor postconciliar asidua y constante ha abierto un surco profundo y eficaz.(5)
Si, pues, en Oriente es necesario poner en marcha una verdadera pastoral orgánica al servicio de la promoción vocacional, desde la animación a la formación, sobre todo, de las vocaciones, en Occidente es indispensable una atención diferente. Aquí se debe preguntar sobre la real consistencia teológica y sobre la orientación aplicativa de ciertos proyectos vocacionales, sobre el concepto de vocación que está en la base y sobre el tipo de vocaciones que se derivan de él. En el Congreso se oyó insistentemente la pregunta: « ¿Por qué determinadas teologías o praxis vocacionales no producen vocaciones, mientras que otras sí las producen? ».(6)
Otro aspecto caracteriza la actualidad socio-cultural europea: la abundancia de posibilidades, de ocasiones, de solicitudes, frente a la carencia de enfoques, de propuestas, de proyectos. Es como un último contraste que aumenta el grado de complejidad de este tiempo histórico, con recaída negativa en el plano vocacional. Como la Roma antigua, la Europa moderna se asemeja a un panteón, a un gran « templo » en el que todas las « divinidades » tienen cabida, o en los que cada « valor » tiene su puesto y su hornacina.
« Valores » diversos y contrarios están presentes y coexisten, sin una jerarquización precisa; códigos de lectura y de valoración, de orientación y de comportamiento totalmente diferentes unos de otros.
Resulta difícil, en tal contexto, tener un concepto o una visión del mundo unitarios, y llega a ser, por tanto, débil también la capacidad proyectiva de la vida. Cuando una cultura, en efecto, no define ya las supremas posibilidades de significado, o no logra la convergencia en torno a algunos valores como particularmente capaces para dar sentido a la vida, sino que pone todo al mismo plano, pierde toda posibilidad de opción proyectiva y todo llega a ser indiferente y sin importancia.
b) Los jóvenes y Europa
Los jóvenes europeos viven en esta cultura pluralista y ambivalente, « politeísta » y neutra. Por un lado, buscan apasionadamente autenticidad, afecto, relaciones personales, amplitud de horizontes; y por otro, se sienten fundamentalmente solos, « heridos » por el bienestar, engañados por las ideologías, confusos por la desorientación ética.
Y todavía: « de muchos sectores del mundo juvenil se resalta una clara simpatía por la vida entendida como valor absoluto, sagrado... »,(7) pero, a menudo y en muchas partes de Europa tal apertura respecto a la existencia se ve contrarrestada por políticas no respetuosas del derecho a la vida misma, sobre todo, para los más débiles. Políticas que arriesgan hacer al « viejo continente » más viejo todavía. Si, por tanto, por un lado estos jóvenes constituyen un capital apreciable para la Europa de hoy, que sobre ellos apuesta grandemente para construir su futuro, por otro no siempre las expectativas juveniles son acogidas con coherencia por el mundo de los adultos o por los responsables de la sociedad civil.
Como quiera que sea, dos aspectos nos parecen de capital importancia para comprender la actitud actual de los jóvenes: la reivindicación de la subjetividad y el deseo de libertad. Son dos instancias dignas de atención y típicamente humanas. A menudo, sin embargo, en una cultura débil y compleja como la actual, dan lugar —al encontrarse— a combinaciones que deforman el significado de las mismas: la subjetividad se convierte entonces en subjetivismo, mientras que la libertad degenera en arbitrariedad.
En tal contexto, merece que se preste atención a la relación que los jóvenes europeos establecen con la Iglesia. El Congreso dice con valentía y realismo en una de sus Proposiciones finales: « Los jóvenes con frecuencia no ven en la Iglesia el objeto de su búsqueda, ni el lugar de respuesta a sus interrogantes y expectativas. Se resalta que no es Dios el problema, sino la Iglesia. La Iglesia es consciente de su dificultad en comunicar con los jóvenes, de la carencia de auténticos planes pastorales..., de la debilidad teológico-antropológica de ciertas catequesis. En un amplio sector de jóvenes perdura el temor a que una experiencia en la Iglesia coarte su libertad »,(8) mientras que para otros muchos la Iglesia permanece o está llegando a ser el más autorizado punto de referencia.
c) « Hombre sin vocación »
Este juego de contrastes se refleja inevitablemente en el plano de proyectar el futuro, que es visto —por parte de los jóvenes— en una óptica consecuente, limitada a las propias ideas, en función de intereses estrictamente personales (la autorrealización).
Es una lógica que reduce el futuro a la elección de una profesión, a la situación económica o a la satisfacción sentimental-afectiva, dentro de horizontes que de hecho reducen la voluntad de libertad y las posibilidades de la persona a proyectos limitados, con la ilusión de ser libres.
Son opciones sin ninguna apertura al misterio y al trascendente, y quizá también con escasa responsabilidad respecto a la vida, propia y ajena, de la vida recibida como don y para transmitir a otros. Es, en otras palabras, una sensibilidad y mentalidad que corren el peligro de diseñar una especie de cultura antivocacional. Que es tanto como decir que, en la Europa culturalmente compleja y privada de precisos puntos de referencia, semejante a un gran panteón, el modelo antropológico prevalente fuese el del « hombre sin vocación ».
He aquí una posible descripción de éstos: « Una cultura pluralista y compleja tiende a producir jóvenes con una identidad imperfecta y frágil con la consiguiente indecisión crónica frente a la opción vocacional. Muchos jóvenes ni siquiera conocen la « gramática elemental » de la existencia, son nómadas: circulan sin pararse a nivel geográfico, afectivo, cultural, religioso; « ellos lo intentan ». En medio de la gran cantidad de informaciones, pero faltos de formación, aparecen distraídos, con pocas referencias y pocos modelos. Por esto tienen miedo de su porvenir, experimentan desasosiego ante compromisos definitivos y se preguntan acerca de su existencia. Si por una parte buscan, a toda costa, autonomía e independencia, por otra, como refugio, tienden a ser dependientes del ambiente socio-cultural y a conseguir la gratificación inmediata de los sentidos: de aquello que « me va », de lo que « me hace sentirme bien » en un mundo afectivo hecho a medida ».(9)
Produce una inmensa pena encontrar jóvenes, incluso inteligentes y dotados, en los que parece haberse extinguido la voluntad de vivir, de creer en algo, de tender hacia objetivos grandes, de esperar en un mundo que puede llegar a ser mejor también gracias a su esfuerzo. Son jóvenes que parecen sentirse supérfluos en el juego o en el drama de la vida, como dimisionarios en relación con ella, extraviados a lo largo de senderos truncados y aplanados en los niveles mínimos de la tensión vital. Sin vocación, pero también sin futuro, o con un futuro que, todo lo más, será una fotocopia del presente.
d) La vocación de Europa
No obstante, esta Europa de muchas almas y de cultura tan débil (pero que todavía se impone con fuerza) da señales de poseer energías insospechadas, está más viva que nunca y llamada a desempeñar un rol importante en el contexto mundial.
Nunca como en este momento, el viejo continente, no obstante muestre todavía las heridas de recientes conflictos y de contraposiciones también violentas en su interior, ha sentido fuerte la llamada a la unidad. Una unidad que todavía se debe construir, a pesar de que se hayan abatido algunos muros, y que deberá extenderse a toda Europa y a quien en ella pide hospitalidad y acogida. Unidad que no podrá ser sólo política o económica, sino también y, ante todo, espiritual y moral. Unidad, además, que deberá superar viejos rencores y antiguos recelos, y que podría encontrar precisamente en las primitivas raíces cristianas un motivo de convergencia y una garantía de entendimiento. Unidad que incumbe realizar, consolidar y acabar especialmente a la actual generación juvenil, del Oeste al Este, del Norte al Sur, defendiéndola de cualquier tentación contraria de aislamiento y de encerramiento en sus propios intereses, y proponiéndola al mundo entero como ejemplo de serena convivencia en la diferencia.
¿Serán capaces estos jóvenes de asumir una tal responsabilidad?
Si es cierto que el joven de hoy corre el peligro de estar desorientado y de encontrarse sin un preciso punto de referencia, la « nueva Europa » que está naciendo podría llegar a ser una meta y ofrecer un adecuado estímulo a los jóvenes que, en realidad, « tienen nostalgia de libertad y buscan la verdad, la espiritualidad, la autenticidad, la propia originalidad personal y la transparecia, que juntos tienen deseos de amistad y de reciprocidad », que buscan « compañía » y quieren « construir una nueva sociedad, fundada en valores tales como la paz, la justicia, el respeto del medio ambiente, la atención a las discrepancias, la solidaridad, el voluntariado y la igual dignidad de la mujer ».(10)
En último análisis, los más recientes estudios presentan a los jóvenes europeos como desorientados, mas no desesperados; impregnados de relativismo ético, pero también deseosos de vivir una « vida buena »; conscientes de su necesidad de salvación, aunque sin saber dónde buscarla.
Su problema más grave es probablemente la sociedad éticamente neutra en la que les ha tocado vivir, pero cuyos recursos no se han agotado. Especialmente en un tiempo de transición hacia nuevas metas como el nuestro. De ello dan fe tantos jóvenes animados por una sincera búsqueda de espiritualidad, valientemente comprometidos en lo social, confiados en sí mismos y en los otros y comunicadores de esperanza y de optimismo.
Nosotros creemos que estos jóvenes, a pesar de las contradicciones y del « peso » de un cierto ambiente cultural, pueden construir esta nueva Europa. En la vocación de su madre-tierra se trasluce también su propia vocación.
Nueva Evangelización
12. Todo esto abre nuevos caminos y requiere nuevo impulso al mismo proceso de evangelización de la vieja y nueva Europa. Hace tiempo que la Iglesia y el actual Pontífice vienen pidiendo una profunda renovación de los contenidos y del método del anuncio del Evangelio, « para hacer a la Iglesia del siglo XX siempre más idónea para anunciar el Evangelio a la humanidad del siglo XX ».(11) Y como nos recordó el Congreso, « no hay que tener miedo de vivir en una época de paso de una orilla a la otra ».(12)
a) El « semper » y el « novum »
Se trata de unir el « semper » y el « novum » del Evangelio para ofrecerlo a las nuevas exigencias y condiciones del hombre y de la mujer de hoy. Es, pues, urgente proponer de nuevo el núcleo o centro del kerigma como « noticia perennemente buena », rica de vida y de sentido para el joven que vive en Europa, como anuncio capaz de dar respuestas a sus expectativas y guiar su búsqueda.
En torno a estos puntos se concentran especialmente la tensión y el desafío. De esto dependen la imagen de hombre que se quiere construir y las grandes decisiones de la vida, el futuro de la persona y de la humanidad; el significado de la libertad y la relación entre subjetividad y objetividad, el misterio de la vida y de la muerte, el amar y el sufrir, el trabajo y el descanso.
Es preciso aclarar la conexión entre praxis y verdad, entre momento histórico personal y futuro definitivo universal o entre bien recibido y bien dado, entre conocimiento del don y opción de vida. Somos conscientes de que precisamente en torno a estos puntos gira también una cierta crisis de significado, de la que derivan, por tanto, una cultura antivocacional y una imagen de hombre sin vocación. Por consiguiente, de aquí debe partir o aquí debe arribar el camino de la nueva evangelización, para evangelizar la vida y el significado de la vida, la exigencia de libertad y de subjetividad, el sentido del propio ser en el mundo y del relacionarse con los otros.
De aquí podrá emerger una cultura vocacional y un modelo de hombre abierto a la llamada. Para que a una Europa, que va cambiando en profundidad su imagen, no le llegue a faltar la buena noticia de la pascua del Señor, en cuya sangre los pueblos dispersos se han reunido y los alejados se han aproximado, « destruyendo el muro de enemistad que los separaba » (Ef 2,14). O mejor, podemos decir que la vocación es el corazón mismo de la nueva evangelización en los umbrales del tercer milenio, es la llamada de Dios al hombre para un tiempo nuevo de verdad y libertad, y para una nueva construcción ética de la cultura y de la sociedad europeas.
b) Nueva santidad
En este proceso de inculturación de la buena nueva, la Palabra de Dios se hace compañera de viaje del hombre y le sale al encuentro a lo largo de los caminos para revelarle el designio del Padre como condición para su felicidad. Y es exactamente la Palabra extraída de la carta de Pablo a los cristianos de la Iglesia de Efeso, la que nos guía también hoy a nosotros, pueblo de Dios en Europa, a descubrir cuanto quizá no es inmediatamente visible a primera vista, pero que es evento, es donación, es vida nueva: « Así, pues, ya no sois extraños ni forasteros, antes bien, sois conciudadanos de los santos y familiares de Dios » (Ef 2,19).
No es, evidentemente, palabra nueva, pero es palabra que hace ver de un modo nuevo la realidad de la Iglesia del viejo continente, que está lejos de ser « Iglesia vieja ». Es comunidad de creyentes llamados a la « juventud de la santidad », a la vocación universal a la santidad, subrayada con fuerza por el Concilio(13) y reafirmada, en diversas ocasiones, por el Magisterio subsiguiente.
Es tiempo, ahora, de que aquella llamada adquiera fuerza y llegue a todo creyente, « a fin de que alcancéis a comprender juntamente con todos los santos cuál sea la anchura y la longitud, la altura y la profundidad » (Ef 3,18) del misterio de gracia confiado a la propia vida.
Es tiempo, ahora, de que aquella llamada suscite nuevos modelos de santidad, porque Europa tiene necesidad, sobre todo, de la santidad que el momento exige, original por tanto y, en algún modo, sin precedentes.
Se necesitan personas, capaces de « echar puentes » para unir cada vez más a las Iglesias y a los pueblos de Europa y para reconciliar los espíritus.
Son precisos « padres » y « madres » abiertos a la vida y al don de la vida; esposos y esposas que testimonien y celebren la belleza del amor humano bendecido por Dios; personas capaces de diálogo y de « caridad cultural » para transmitir el mensaje cristiano mediante los lenguajes de nuestra sociedad; profesionales y personas sencillas capaces de imprimir al compromiso en la vida civil y a las relaciones de trabajo y amistad, la transparecia de la verdad y la fuerza de la caridad cristiana; mujeres que descubran en la fe cristiana la posibilidad de vivir plenamente su condición femenina; sacerdotes de corazón grande, como el del Buen Pastor; diáconos permanentes que anuncien la Palabra y la libertad del servicio para con los más pobres; apóstoles consagrados, capaces de sumergirse en el mundo y en la historia con corazón contemplativo, y místicos tan familiarizados con el misterio de Dios como para saber celebrar la experiencia de lo divino y hacer ver a Dios presente en la vorágine de la acción.
Europa necesita nuevos confesores de la fe y del gozo de creer, testigos que sean creyentes creíbles, valientes hasta la sangre, vírgenes que no sean tales sólo para sí mismas, sino que sepan decir a todos que la virginidad reside en el corazón de cada uno y reenvía inmediatamente al Eterno, manantial de todo amor.
Nuestra tierra está ávida no sólo de personas santas, sino de comunidades santas, de tal forma enamoradas de la Iglesia y del mundo que sepan presentar al mundo mismo una Iglesia libre, abierta, dinámica, presente en la historia diaria de Europa, cercana a los sufrimientos de la gente, acogedora con todos, promotora de la justicia, solícita para con los pobres, no preocupada por su minoría numérica ni por las barreras puestas a su acción, no asustada por el clima de descristianización social (real pero quizá no tan radical ni generalizado), ni de la escasez (a menudo sólo aparente) de los resultados.
¡Será ésta la nueva santidad capaz de reevangelizar a Europa y de construir la nueva Europa!
Nuevas vocaciones
13. Se impone, en este momento, un razonamiento nuevo sobre la vocación y sobre las vocaciones, sobre la cultura y sobre la pastoral vocacional. El Congreso ha creído percibir una cierta sensibilidad, ya largamente extendida respecto a estos temas, proponiendo, sin embargo, al mismo tiempo, una « sacudida » adecuada para abrir tiempos nuevos en nuestras Iglesias.(14)
a) Vocación y vocaciones
Como la santidad es para todos los bautizados en Cristo, así también existe una vocación específica para todo viviente; y así como la primera tiene su fundamento en el Bautismo, la segunda está vinculada al simple hecho de existir. La vocación es el pensamiento providente del Creador sobre cada criatura, es su idea-proyecto, como un sueño que está en el corazón de Dios, porque ama vivamente la criatura. Dios-Padre lo quiere distinto y específico para cada viviente.
El ser humano, en efecto, es « llamado » a la vida y al venir a la vida, lleva y encuentra en sí la imagen de Aquél que le ha llamado.
Vocación es propuesta divina a realizarse según esta imagen, y es única-singular-irrepetible precisamente porque tal imagen es inagotable. Toda criatura significa y es llamada a manifestar un aspecto particular del pensamiento de Dios. Ahí encuentra su nombre y su identidad; afirma y pone a seguro su libertad y su originalidad.
Si, pues, todo ser humano tiene su propia vocación desde el momento de su nacimiento, existen en la Iglesia y en el mundo diversas vocaciones que, mientras en el plano teológico manifiestan la imagen divina impresa en el hombre, a nivel pastoral-eclesial responden a las varias exigencias de la nueva evangelización, enriqueciendo la dinámica y la comunión eclesial: « La Iglesia particular es como un jardín florido, con gran variedad de dones y carismas, funciones y ministerios. De aquí la importancia del testimonio de la comunión entre ellos, abandonando todo espíritu de competencia ».(15)
Más aún, se dijo explícitamente al Congreso, « hay necesidad de apertura a los nuevos carismas y ministerios, sin duda distintos de los habituales. La valoración y el puesto de los seglares es un signo de los tiempos que, en parte, está todavía por descubrir y que se está manifestando cada vez más fructífero ».16
b) Cultura de la vocación
Estos elementos están penetrando progresivamente la conciencia de los creyentes, pero no todavía hasta el punto de crear una verdadera y propia cultura vocacional,(17) capaz de traspasar los confines de la comunidad creyente. Por esto el Santo Padre, en su Discurso a los participantes al Congreso les desea que la constante y paciente atención de la comunidad cristiana al misterio de la llamada divina promueva una « nueva cultura vocacional en los jóvenes y en las familias ».(18)
Ella es una componente de la nueva evangelización. Es cultura de la vida y de la apertura a la vida, del significado del existir, pero también del morir.
En especial hace referencia a valores un tanto olvidados por cierta mentalidad emergente (« cultura de la muerte », según algunos), tales como, la gratitud, la aceptación del misterio, el sentido de lo imperfecto del hombre y, a la vez, de su apertura a lo trascendente, la disponibilidad a dejarse llamar por otro (o por Otro) y preguntar por la vida, la confianza en sí mismo y en el prójimo, la libertad de turbarse ante el don recibido, el afecto, la comprensión, el perdón, admitiendo que aquello que se ha recibido es inmerecido y sobrepasa la propia capacidad, y fuente de responsabilidad hacia la vida.
También forma parte de esta cultura vocacional la capacidad de soñar y anhelar, el asombro que permite apreciar la belleza y elegirla por su valor intrínseco, porque hace bella y auténtica la vida, el altruismo que no es sólo solidaridad de emergencia, sino que nace del descubrimiento de la dignidad de cualquier ser humano.
A la cultura del ocio, que corre el peligro de perder de vista y anular los interrogantes serios en el montón de palabras, y se opone una cultura capaz de encontrar valor y gusto por las grandes cuestiones, las que atañen al propio futuro: son las grandes preguntas, en efecto, las que hacen grandes las pequeñas respuestas. Pero son precisamente las pequeñas y cotidianas respuestas las que provocan las grandes decisiones, como la de la fe; o que crean cultura, como la de la vocación.
En todo caso, la cultura vocacional, en cuanto conjunto de valores, debe pasar cada vez más de la conciencia eclesial a la civil, del conocimiento de lo particular o de la comunidad a la convicción universal de no poder construir ningún futuro, para la Europa del 2000, sobre un modelo de hombre sin vocación. En efecto, dice el Papa: « La crisis que atraviesa el mundo juvenil revela, incluso en las nuevas generaciones, apremiantes interrogantes sobre el sentido de la vida, confirmando el hecho de que nada ni nadie puede ahogar en el hombre la búsqueda de sentido y el deseo de encontrar la verdad. Para muchos éste es el campo en el que se plantea la búsqueda de la vocación ».(19)
Precisamente esta pregunta y este deseo hacen nacer una auténtica cultura de la vocación; y si pregunta y deseo están en el corazón del hombre, también de quien los rechaza, entonces esta cultura podría llegar a ser una especie de terreno común donde la conciencia creyente encuentra la conciencia seglar y se confronta con ella. A ésta dará con generosidad y transparencia la sabiduría que ha recibido de lo Alto.
De esta forma dicha nueva cultura será verdadero y propio terreno de evangelización, donde podría nacer un nuevo modelo de hombre y florecer también una nueva santidad y nuevas vocaciones para la Europa del 2000. La escasez, en efecto, de vocaciones específicas —las vocaciones en plural— es, sobre todo, carencia de conciencia vocacional de la vida —la vocación en particular—, o bien, carencia de cultura de la vocación.
Esta cultura llega a ser hoy, probablemente, el primer objetivo de la pastoral vocacional(20) o, quizá, de la pastoral en general. ¿Qué pastoral es, en efecto, aquella que no cultiva la libertad de sentirse llamados por Dios, ni produce cambio de vida?
c) Pastoral de las vocaciones: el « salto de calidad »
Hay otro elemento que une entre sí la reflexión del pre-congreso con el análisis del congreso. Es el conocimiento de que el congreso de las vocaciones se encuentra ante la exigencia de un cambio radical, de un « »impacto » idóneo », según el documento de trabajo,(21) o de « un salto de calidad », como el Papa recomendó en su Discurso al final del Congreso.(22) Todavía una vez más nos encontramos ante una convergencia evidente que ha de comprenderse en su significado auténtico, en este análisis de la situación que estamos proponiendo.
No se trata sólo de una invitación a reaccionar ante una sensación de cansancio o de desaliento por los escasos resultados; ni con estas palabras se pretende incitar a renovar simplemente ciertos métodos o a recuperar energía y entusiasmo, sino que, substancialmente se quiere indicar que la pastoral vocacional en Europa ha llegado a una articulación histórica, a un paso decisivo. Existe una historia, con una prehistoria, seguida de fases que se han sucedido lentamente a los largo de estos años, como estaciones naturales, y que ahora deben necesariamente avanzar hacia el estado « adulto » y maduro de la pastoral vocacional.
Por tanto, no se trata ni de subestimar el sentido de este paso, ni de culpar a nadie por lo que se haya hecho en el pasado; al contrario, nuestro propósito y el de toda la Iglesia es de sincero reconocimiento a aquellos hermanos y hermanas que, en condiciones verderamente difíciles, han ayudado con generosidad a tantos adolescentes a buscar y encontrar la propia vocación. De todas formas, en cualquier caso, se trata de comprender de una vez la orientación que Dios, Señor de la historia, está dando a nuestra historia, también a la rica historia de las vocaciones en Europa, hoy ante una encrucijada decisiva.
— Si la pastoral de las vocaciones nació como emergencia debida a una situación de crisis e indigencia vocacional, hoy ya no se puede pensar con la misma incertidumbre y motivada por una coyuntura negativa; al contrario, aparece como expresión estable y coherente de la maternidad de la Iglesia, abierta al designio inescrutable de Dios, que siempre engendra vida en ella;
— si en un tiempo la promoción vocacional se orientaba exclusiva y principalmente a algunas vocaciones, ahora se debería dirigir cada vez más a la promoción de todas la vocaciones, porque en la Iglesia de Dios o se crece juntos o no crece ninguno;
— si en sus comienzos la pastoral vocacional trataba de circunscribir su campo de acción a algunas categorías de personas (« los nuestros », los más próximos a los ambientes de Iglesia, o a aquéllos que parecían manifestar inmediatamente un cierto interés, los más buenos y estimados, los que habían hecho ya una opción de fe, etc.), ahora se siente cada vez más la necesidad de extender con valor a todos, al menos en teoría, el anuncio y la propuesta vocacionales, en nombre de aquel Dios que no hace acepción de personas, que elige a pecadores en un pueblo de pecadores, que hace de Amós, que no era hijo de profeta sino tan solo recogedor de sicómoros, un profeta, que llama a Leví, y entra en la casa de Zaqueo, que es capaz de hacer nacer incluso de las piedras hijos de Abraham (cfr. Mt 3,9);
— si anteriormente la actividad vocacional nacía en buena parte del miedo (a la desaparición, a la disminución) y de la pretensión de mantener determinados niveles de presencia o de obras, ahora el miedo, siempre pésimo consejero, cede el puesto a la esperanza cristiana, que nace de la fe y se proyecta hacia la novedad y el futuro de Dios;
— si una cierta animación vocacional es, o era, perennemente insegura y tímida, casi hasta aparecer en condiciones de inferioridad respecto a una cultura antivocacional, hoy hace aunténtica promoción vocacional sólo quien está animado por la convicción de que toda persona, sin excluir a ninguna, es un don original de Dios que espera ser descubierto;
— si el fin, un tiempo, parecía ser el reclutamiento, o el método de propaganda, a menudo con resultados obtenidos forzando la libertad del individuo o con episodios de « competencia », ahora debe ser cada vez más claro que el fin es la ayuda a la persona para que sepa discernir el designio de Dios sobre su vida para la edificación de la Iglesia, y reconozca y realice en sí misma su propia verdad;(23)
— si en época aún no muy lejana había quien se engañaba creyendo resolver la crisis vocacional con opciones discutibles, por ejemplo « importando vocaciones » de allende las fronteras (a menudo desarraigándolas de su ambiente), hoy nadie debería engañarse con resolver la crisis vocacional vagando de un lado a otro, porque el Señor continúa llamando en cada Iglesia y en cada lugar;
— e igualmente, en la misma línea, el « cirineo vocacional », solícito y a menudo improvisador solitario, debería cada vez más pasar de una animación hecha con iniciativas y experiencias episódicas a una educación vocacional que se inspire en la seguridad de un método de acompañamiento comprobado para poder prestar una ayuda apropiada a quien está en búsqueda;
— en consecuencia, el mismo animador vocacional debería llegar a ser cada vez más educador en la fe y formador de vocaciones, y la animación vocacional llegar a ser siempre más acción coral,(24) de toda la comunidad, religiosa o parroquial, de todo el instituto o de toda la diócesis, de cada presbítero o consagradoa o creyente, y para todas las vocaciones en cada fase de la vida;
— es tiempo, por fin, de que se pase decididamente de la « patología del cansancio »(25) y de la resignación, que se justifica atribuyendo a la actual generación juvenil la causa única de la crisis vocacional, al valor de hacerse los interrogantes oportunos y ver los eventuales errores y fallos a fin de llegar a un ardiente nuevo impulso creativo de testimonio.
d) Pequeño rebaño y misión grande(26)
Será la coherencia con la que se proceda en esta línea la que ayudará cada vez más a descubrir la dignidad de la pastoral vocacional y su natural posición de centralidad y síntesis en el ámbito pastoral.
También aquí venimos de experiencias y concepciones que han arriesgado marginar, en algún modo, en el pasado, la misma pastoral de las vocaciones, considerándola como menos importante. Ella, tal vez, presenta un rostro no convincente de la Iglesia actual o es considerada como un sector de la pastoral teológicamente menos fundamentado que otros, consecuencia reciente de una situación crítica y contingente.
La pastoral vocacional vive, quizá, todavía en una situación de inferioridad, que, si por un lado puede dañar su imagen e indirectamente la eficacia de su acción, por otro puede llegar a ser también un contexto favorable para trazar y experimentar con creatividad y libertad —libertad incluso para equivocarse— nuevos caminos pastorales.
Sobre todo dicha situación puede recordar aquella otra « inferioridad » o pobreza de la que hablaba Jesús mirando al gentío que le seguía: « La mies es mucha, pero los obreros pocos » (Mt 9,37). Frente a la mies del Reino de Dios, frente a la mies de la nueva Europa y de la nueva evangelización, los « obreros » son y serán siempre pocos, « pequeño rebaño y misión grande », para que resalte siempre más que la vocación es iniciativa de Dios, don del Padre, Hijo y Espíritu Santo.
SEGUNDA PARTE
TEOLOGIA DE LA VOCACION
« Hay diversidad de carismas,

pero un solo Espíritu » (1 Cor 12,4)


La finalidad fundamental de esta segunda parte teológica es hacer comprender el sentido de la vida humana en relación a Dios comunión trinitaria. El misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo fundamenta toda la existencia del hombre, como llamada al amor en la entrega de sí mismo y en la santidad; como don en la Iglesia para el mundo. Toda antropología separada de Dios es ilusoria.
Se trata de estudiar los elementos estructurales de la vocación cristiana, su entramado esencial que, evidentemente, no puede ser sino teológico. Esta realidad, que ha sido ya objeto de muchos análisis, incluso del Magisterio, posee una rica tradición espiritual, bíblico-teológica, que ha formado no sólo generaciones de llamados, sino también una espiritualidad de la llamada.
La cuestión del sentido de la vida
14. En la escuela de la palabra de Dios, la comunidad cristiana recibe la respuesta más elevada a la cuestión del significado que surge, más o menos claramente, en el corazón del hombre. Es una respuesta que no viene de la razón humana, aunque siempre provocada dramáticamente por el problema del existir y de su destino, sino de Dios. Es El mismo quien entrega al hombre la clave de lectura para esclarecer y resolver las grandes cuestiones que hacen del hombre un sujeto interrogante: « ¿Por qué estamos en el mundo? ¿Qué es la vida? ¿A qué puerto arribamos más allá del misterio de la muerte? ».
No se olvide, sin embargo, que en la cultura del ocio, en la que se encuentran embarcados sobre todo los jóvenes actuales, las cuestiones fundamentales corren el peligro de ser sofocadas o de ser eludidas. El sentido de la vida, hoy, más que buscado viene impuesto: o por aquello que se vive en lo inmediato, o por cuanto satisface las necesidades, satisfechas las cuales, la conciencia llega a ser cada vez más obtusa, y las cuestiones más importantes quedan eludidas.(27)
Es, por tanto, tarea de la teología pastoral y del acompañamiento espiritual ayudar a los jóvenes a preguntar a la vida, para llegar a formular, en el diálogo decisivo con Dios, la misma pregunta de María de Nazaret: « ¿Cómo es posible? » (Lc 1,34).
La imagen trinitaria
15. En la escucha de la Palabra, no sin asombro, descubrimos que la categoría bíblico-teológica más comprensiva y más conveniente para expresar el misterio de la vida, a la luz de Cristo, es aquella de « vocación ».(28) « Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta también plenamente el hombre al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación ».(29)
Por esto la figura bíblica de la comunidad de Corinto presenta los dones del Espíritu, en la Iglesia, subordinados al reconocimiento de Jesús como el Señor. Efectivamente, la cristología está en la base de toda antropología y eclesiología. Cristo es el proyecto del hombre. Sólo después de que el creyente ha reconocido que Jesús es el Señor « bajo la acción del Espíritu Santo » (1 Cor 12,3) puede acoger el estatuto de la nueva comunidad de los creyentes: « Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero uno mismo es el Señor. Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios, que obra todas las cosas en todos » (1 Cor 12,4-6). La imagen paulina pone en evidencia, claramente, tres aspectos fundamentales de los dones vocacionales en la Iglesia, estrechamente unidos a su origen en el seno de la comunión trinitaria y con específica referencia a cada Persona.
A la luz del Espíritu, los dones son manifestación de su infinita gratuidad. El mismo es carisma (Hch 2,38), manantial de todo don y expresión de la incontenible creatividad divina.
A la luz de Cristo, los carismas vocacionales son ministerios, y manifiestan las más variadas formas de servicio que el Hijo vivió hasta dar la vida. El, en efecto, « no ha venido para ser servido, sino a servir y dar su vida... » (Mt 20,28). Jesús, por tanto, es el modelo de todo ministerio.
A la luz del Padre, los carismas son « operaciones », porque por El, origen de la vida, todo ser libera el propio dinamismo creador.
La Iglesia, pues, refleja como imagen, el misterio de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo; y cada vocación lleva en sí los rasgos característicos de las tres Personas de la comunión trinitaria. Las Personas Divinas son origen y modelo de toda llamada: o mejor, la Trinidad es en sí misma un misterioso entrecruce de llamadas y respuestas. Sólo allí, en el interior de aquel diálogo ininterrumpido, todo viviente encuentra no sólo sus raíces, sino también su destino y su futuro, es decir, lo que está llamado a ser y a llegar a ser, en la verdad y en la libertad, en la realidad de su historia.
Los carismas, en efecto, en el estatuto eclesiológico de la 1a a los Corintios, tienen una finalidad histórica y concreta: « A cada uno se le otorga la manifestación para la común utilidad » (1 Cor 12,7). Hay un bien superior que normalmente sobrepasa el carisma personal: construir en la unidad el Cuerpo de Cristo; hacer epifánica su presencia en la historia « para que el mundo crea » (Jn 17,21).
Por tanto, la comunidad eclesial, por una parte, está asida por el misterio de Dios, del que es imagen visible, y, por otra, está totalmente comprometida con la historia del hombre, en situación de éxodo, hacia « los cielos nuevos ».
La Iglesia, y en ella cada vocación, manifiestan un idéntico dinamismo: ser llamadas para una misión.
El Padre llama a la vida
16. La existencia de cada uno es fruto del amor creador del Padre, de su voluntad eficiente, de su palabra creadora.
El acto creador del Padre tiene la dinámica de una invitación, de una llamada a la vida. El hombre viene a la vida porque es amado, pensado y querido por una Voluntad buena que lo ha preferido a la no existencia, que lo ha amado antes de que fuese, conocido antes de formarlo en el seno materno, consagrado antes de que saliese a la luz (cfr. Jer 1,5; Is 49,1-5; Gal 1,15).



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