Una reflexión económica sobre el poder



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JERARQUIA, MERCADO, VALORES: Una reflexión económica sobre el poder

David Anisi

1.-A MODO DE INTRODUCCION

1.1.-Transformar el mundo.

Vivimos rodeados de poderes. A veces los sentimos sobre nosotros mismos u observamos como se aplican sobre los otros. También los ejercemos.

Se habla de individuos poderosos, de ejércitos poderosos, de países poderosos...y aún sintiendo y sabiendo lo que es el poder, siempre representa un cierto esfuerzo definirlo con alguna preci­sión.

En principio podríamos decir que el poder de un individuo concreto es la capacidad de éste para hacer realidad sus deseos.

Definir así el poder puede interesarnos momentáneamente, en cuanto nos proporciona una cierta base de la que partir hacia la tarea que nos proponemos. Aunque, debemos advertir que en el fondo, tal definición no hace otra cosa sino desplazar el proble­ma desde la ambigüedad que se esconde tras el término "poder" a otra asociada a nociones tales como "capacidad", "reali­dad" o "de­seos".

De hecho, llegará el momento en que tengamos que ocuparnos también de tales conceptos, pero basta con reflexionar brevemente sobre la relación que los vincula con los problemas asociados al significado del propio "conocimiento" y de lo que pueda haber detrás de la "satisfacción", para que nos apartemos de tan pantanoso terreno.

Pero hay una razón adicional - en el fondo es la básica -para abandonar una definición del poder como aquella con la que hemos comenzado. Y no es otra que nuestra voluntad explícita de practicar en esta obra un cierto reduccionismo social: nuestro interés estará exclusivamente centrado en los individuos y en las relaciones de poder que entre ellos se establecen.

Alguien poderoso puede desear cruzar cómodamente un río y para ello manda construir un puente. Y al cabo de un tiempo allí lo tiene. Transformó el mundo. Se arrancaron trozos a las mon­tañas y se los convirtió en piedras con formas regulares que fueron luego colocadas en un cierto orden. El puente pudo per­mitir la comunicación regular entre dos hipotéticos pueblos a ambos lados del río y el comercio resultante cambió hábitos y costumbres, modificó oficios, creencias, riquezas y autoridades. E incluso el poder de nuestro poderoso pontífice pudo ser altera­do por la propia construcción: incrementando su respeto entre las gentes que admiraron su obra, elevando su riqueza por la imposi­ción de un derecho de paso, o incluso reduciendo su poder a la nada cuando sus enemigos utilizaron el puente para llegar hasta él y asesinarlo.

Nuestro interés no se dirigirá todavía aquí, a la evalua­ción­ de alguno de tales aspectos de tan apasio­nante y figurada histo­ria. Quere­mos limitar nuestra atención a unas relacio­nes especí­ficas: ¿Por qué los individuos que construyeron el puente así lo hicie­ron? ¿Fue por miedo al poderoso? ¿Fue porque aquel les compensó de alguna forma? ¿Lo levantaron simplemente porque consideraron que así debía hacerse?

Modificaremos entonces nuestra primera definición y, cohe­rentes con la línea marcada diremos que el poder de un individuo es su capacidad para que los otros actuen en la dirección desea­da.

Tal definición tiene sobre la que proporcionamos al comienzo una gran ventaja, pero, quizá por aquello de la compensación, también introduce una cierta complicación, y, por supuesto, supone una limitación importante.

La ventaja radica en la propia limitación impuesta. A partir de ahora nuestro foco de atención será los individuos moviliza­dos por los deseos y no la naturaleza de éstos ni las cosas concretas con las que se satisfacen.

De alguna forma - y de aquí la complicación introducida -se trata de observar algo a lo que podríamos denominar "deseos intermedios", consciente o inconscientemente pensados y con­figurados. Intentaremos ver tras cualquier acto de deseo de algo, el deseo subyacente de que sea algún individuo el que lo satis­faga. Reflexionaremos no tanto sobre el acto de obtener lo deseado, sino sobre el proceso de movilización de los otros para conseguirlo.

Nuestro reduccionismo tiene, claro está, sus costes. No solamente hemos apartado de nuestro estudio buena parte de lo que sensatamente se consideran poderes, sino que también ocurre que, bajo esta perspectiva, el individuo aislado carece de interés. Nada de lo que haga Robinsón Crusoe tendrá para nosotros alguna relevancia hasta que aparezca Viernes. Y en una muchedumbre de individuos sólo atenderemos a las palabras que pronuncian, los vestidos que portan, las casas en las que habitan, las relaciones que mantienen, las creencias que profesan, los valores que interiorizan,...,en la medida en que todo ello sea el reflejo, demostración, instrumento o resultado de esa capacidad de movili­zarse los unos a los otros en el sentido deseado a la que hemos llamado poder.

Podríamos incluso avanzar en la precisión de la definición del poder concretando éste como el número de horas del tiempo de los otros dedicadas a cumplir los deseos de un individuo.

De esta forma, la capacidad abstracta de movilizar a los otros se perfila como la capacidad concreta de usar el tiempo de los demás para los propios fines.

Nadie, en este planeta, dispone de más de veinticuatro horas diarias, ni tampoco de menos. Y en esa restricción general radica nuestra igualdad básica. Nadie tiene, en principio una dotación inicial distinta de ese tiempo. Pero existen mecanismos para apropiarse del tiempo de los otros. Y es ese el poder que estamos aquí tratando de analizar.

Esta última definición permite la cuantificación, y tal cosa, para aquellos que piensan que sólo lo medible resulta útil y operativo, suponemos tendrá su importancia.

Aunque sólo sea de pasada nos merecerá la pena vislumbrar la ruta que se abre para los que deseen seguir tal dirección. Podríamos, puestos a medir, distinguir entre niveles e inten­sidad, y, en relación con los niveles, diferenciar entre los valores correspondientes a la acumulación, esto es, el número de horas de sí mismo que ha debido dedicar a conseguir el poder presente, de los valores del ejercicio, medidos como el número de horas necesarias en el momento preciso para movilizar a los demás, y del propio valor correspondiente a las horas de realiza­ción, es decir, el número de horas de los demás que logra se dediquen a sus fines.

Los valores de intensidad, nos mostrarían, a su vez, otra faceta importante del triple proceso al poner en relación los niveles de acumulación, ejercicio y realización con el período de tiempo en el que se desenvuelven. No es lo mismo, claro está, necesitar doscientas horas - espaciadas a lo largo de un año - para conseguir en dos horas - a lo largo de una semana - que se movilicen cinco mil horas de los demás - a lo largo de diez años -, que necesitar las mismas doscientas horas - en veinte días - para conseguir en las mismas dos horas - durante un día - que se movilicen las mismas cinco mil horas de los demás - en una semana -.

Podríamos también, en esa misma línea, clasificar los poderes así definidos en potenciales o efectivos, personales o delegados, privados o colectivos. Como también se podría distin­guir y cuantificar los períodos de generación, conservación y mantenimiento; observar las magnitudes correspondientes al ejercicio, desgaste y reproducción; e incluso proponer unas cuantas reglas sencillas de comportamiento basadas en la maxi­mización, o en la sustitución óptima, entre la intensidad, el rendimiento y la perdurabilidad.

Sin embargo, no pensamos que sea éste el momento, ni esta obra el lugar para avanzar en esa dirección. Bástenos con saber que si queremos podemos, y, manteniendo el sentido de lo dicho, olvidemos aquí y ahora esas seducciones cuantitativas.



1.2.-El hombre usado.

Dejémonos entonces seducir por otras realidades no menos ciertas. La forma del poder que vamos a estudiar es aquella en la que se usa a los demás. Es aquella en la que los demás nos usan y nosotros los usamos. Y el hecho de haber rechazado a Robinsón Crusoe no implica que la dura soledad haya desaparecido de nuestra construcción. Se vive en compañía, pero se percibe solo. Por ello nos usarán, y usaremos también, en la soledad y en la compañía.

Utilizarán el poder contra nosotros - e incluso podremos llegar a pensar que lo hacen por nuestro bien - usando nuestra soledad de animales perplejos. De la misma forma que usaremos la ingenuidad de los otros, desorientados, para realizar nuestros deseos no menos sin sentido. Supondrán y supondremos que nuestra vida es una continua elección entre alternativas. Y diremos y nos dirán que esa capacidad de elección es lo que asegura la liber­tad. Pero también sabremos, como los que a nosotros nos lo aplican cono­cen, que la elección es un resultado del poder. Quien elige es que no puede tenerlo todo: la libertad de elegir es sólo la sumisión al poder.

Todos pensaremos que en nuestra soledad se encuentra la esencia de nosotros. Que ese mundo cerrado que habitamos es nuestro reducto íntimo en el que únicamente nosotros mismos miramos, cuidamos, odiamos y entendemos. Allí el ángulo de las decisiones más secretas, allí el local de nuestros ordenados valores, también allí, floreciente y luminoso, el basar de la autoestima, el origen, hermético o místico, de nuestras lágrimas, el duro génesis de los sinsabores...

Y allí fuera, es decir, en el aquí dentro de nuestras relaciones, los otros que nos quieren u odian, que nos respetan o desprecian. Aquellos por los que nos esforzamos y que también algo nos dan. Esos otros a los que veneramos en distintos niveles y gradientes. Esos a los que tememos porque de ellos puede venir nuestra aniquilación final, nuestro dolor, nuestra molestia, o simplemente una tarde tediosa y tonta con la que piensan nos obsequian.

Y qué decir de nuestra figuración ante ellos. Lo mismo, casi, que de la ceremonia que ejercitan frente a nosotros. Sonrisas, aspavientos, agitaciones convencionales de miembros o manejo adecuado de los músculos faciales. Comidas que se hacen sin hambre, vestidos que se portan sin frío, habitáculos que se exhiben sin sentido...

Mas la presunción del entendimiento. De que comportándonos así sabrán ellos que somos de los mismos. Necesidad de acep­tación, de compañía, de saber y decir que caminamos juntos, por azar, en la rueda de la vida.

Tendremos sobre nosotros el juicio de los demás. Y tratare­mos de adaptarnos a la norma presumiendo que el comportamiento normal confiere algún sentido a nuestros instantes de vida leve en el transcurrir de los tiempos cósmicos. Nos encontraremos, al nacer y ver, con unas formas ya existentes en las que podremos reconocer el cómo hacerlo todo. Sabremos la forma de vestir, de comer, dormir o amar. Nos dirán como se dice, y con qué palabras y en qué idioma, los deseos más íntimos, las formas alegres de comunicación, los estremecimientos de dolor y tristeza...Nos sen­tiremos juzgados, mirados, criticados y alabados por los demás, amigos o enemigos. Nos sentiremos compelidos a trabajar de una forma, a formar una familia, a construir la vida, a figurar y a ser. Pensaremos a veces que esas pulsiones son instintivas y nos recon­ciliaremos con nuestro cerebro de pollo; pensaremos otras veces que simplemente nos están usando, y nos esperará la soledad en nuestra comprensión pasiva o en nuestra rebelión real.

Querremos que los demás nos quieran. Y gastaremos en ello horas de nuestro escaso tiempo.

Querremos que los demás nos respeten. Y gastaremos en ello horas de nuestro escaso tiempo.


Y no solamente ese juicio de los demás será utilizado por nosotros y contra nosotros para usar y ser usado. También las raíces del poder succionarán y provocarán el juicio de nosotros mismos sobre nosotros mismos. Si aferrarse al comportamiento general es un intento de dar sentido evidente al devenir como colectivo, la norma individual trata de proporcionar ese sentido a la vida íntima.

En ese rincón solitario de nuestra alma se tejerán los miedos que luego otros usarán para obligar a hacer cosas que no deseamos; en ese mismo rincón se configurarán nuestros deseos, que luego otros usarán para conseguir que, a cambio de nuestra satis­facción, nos comportemos como quieran; y también en ese rincón aparecerán los valores, la ética, la moral, que nos llevará tantas veces a comportarnos según quieren los otros simplemente porque estaremos convencidos de que así debe ser.

Aprenderemos a decidir considerando ese difícil equilibrio entre lo que se quiere y lo que se puede. Y una y otra vez elegiremos, esto es nos someteremos, entre unos deseos, miedos y creencias que alguien nos implantó, y unas restricciones, lega­les, monetarias o morales que también vienen de fuera. Maximiza­remos y actuaremos. Entregaremos nuestro tiempo a los otros y recibi­remos de ellos el tiempo que logremos a cambio. Sometién­donos al poder o ejer­citándolo.

Buscaremos el sentido de la vida. Encontraremos sin dema­siado esfuerzo - y rápidamente lo interiorizaremos en nuestro rincón íntimo, sin desconfiar tan siquiera un poco ante la facilidad del hallaz­go - que tenemos que protegerla, disfrutarla y sentirla.

Sobre la protección se instalarán los miedos que otros utilizarán para utilizarnos. Sobre el disfrute comenzarán a caer cachivaches cosas y cuerpos que pensaremos nos dan sentido. Y sobre el sentimiento, sobre nuestro pobre sentimiento, los comedo­res de corazón y los chantajistas morales harán su agosto. Bienvenido a la vida.

1.3.-Cosas y Gente.

Decíamos que el uso de la gente era una especie de deseo intermedio dirigido a la consecución de deseos finales. Y debemos reflexionar un poco sobre la naturaleza de estos últimos.

Qué duda cabe que como animales especiales que somos, pero animales al fin, compartimos con los mas próximos de estos los sentimientos de ira, molestia y placer. Como también está claro que una vez superadas unas necesidades estrictamente fisiológicas hay algo más que simple hambre tras la comida, más que simple sed tras la bebida, más que simple protección en el vestido y la vivienda, más que un simple interés tras la relación, más que simple sexo en el amor...Podemos arriesgarnos a asegurar que inmediatamente que se superan los umbrales fisiológicos mínimos, los deseos se configuran alrededor de la persistencia del miedo, la búsqueda de sentido y la demanda de respeto.

Un miedo a lo conocido. Miedo que lógicamente está en función de nuestro propio conocimiento: nuestra racionalización, intuitiva o consciente, de las experiencias pasadas, y nuestra imaginación proyectada hacia el futuro.

Miedo a lo conocido ya en el pasado, o a lo sensatamente previsto para el futuro. Miedo a la enfermedad, la vejez o la muerte. Miedo al dolor, la tristeza o el desamor. Miedo a la agresión, la imposición y la violencia...Y para combatir esos miedos inventaremos o nos inventarán remedios que pensamos, o nos aseguran, pueden tener cierto grado de eficacia. Trataremos de movilizar a los demás, usando nuestro poder, para obtener tales remedios, de la misma forma que nos movilizará el poder de los otros a fin de proporcionárselos.

También el miedo a lo desconocido. Al más allá de la muerte, al enemigo ignorado, a los hados adversos, al accidente imprevis­to, a la rueda de la fortuna, a los pesados dados que transporta­mos para que otros lancen.

Y, claro está, inventaremos e inventarán instituciones que nos protejan, planes de evacuación, protección, seguros, creen­cias, amuletos, elixires, consuelos espirituales, conocimientos herméticos,...y en su búsqueda sacrificaremos nuestro tiempo, como otros nos darán su tiempo a fin de satisfacer nuestra ansia de seguri­dad.

También veremos el paso del tiempo. Sin saber nada de Termodinámica, o sabiéndolo, percibiremos la degradación física de las cosas y las gentes. Sin saber nada de psicología, o sabiéndolo, comprenderemos que el pasado es algo que se recuerda y el futuro algo que se imagina y buscaremos un sentido a ese devenir del tiempo, un sentido que complete al físico y al psicológico.

Y como seres sociales que somos, nos educarán, contarán, revelarán...haciéndonos mirar con sus ojos, oír con sus oídos, pensar con sus conceptos, hablar con sus palabras.

Nuestra vida resultará relativamente sencilla si nos adapta­mos y aceptamos la visión que nos han proporcionado. El propio hecho de la supervivencia de esa particular visión afirma su conveniencia para el mantenimiento de ese grupo social a donde nos condujo el azar de nuestro nacimiento. La adecuación de esa individua­lidad que percibimos, pues somos únicos e irrepetibles, a ese conjunto, es el sentido más elemental de nuestro tiempo, el sentido más normal de nuestra existencia: la aceptación de la norma: lo normal.

La norma nos dirá qué es lo que tenemos que hacer en la vida. Marcará los tiempos de ocio, juego, trabajo y amor. Nos dirá cuando estudiar y cuando dejar de hacerlo; informará de como defender a los nuestros y cuando constituir una familia; llegará incluso a persuadirnos sobre cómo debe ser la cocina o de la manera más adecuada de doblar unas sábanas...Las cosas y las formas darán sentido a nuestra vida. Y trataremos de movilizar a los demás para conseguirlas, mientras que nos movilizaremos para lograrlas. El poder.

Mientras, nuestro pobre sentido individual estará resentido. Claro está que podemos convencernos de que sería presuntuoso por nuestra parte ser distintos, y, por supuesto que podemos inten­tar por nosotros mismos buscar un sentido distinto del propuesto, pero la tarea es larga y nadie puede asegurarnos nada respecto a su conclusión. Lo que siempre podremos, y nos lo facilitarán, faltaría mas, es que afiancemos nuestra individualidad dentro de la norma: que tengamos "éxito", que logremos el "triunfo". Y así, hombres de éxito, aspi­rantes a triunfadores, profundos buscadores de sentido, nos encontraremos usando a los demás para conseguir esa meta, como, a poco que seamos algo perspicaces nos daremos cuenta, entregaremos tiempo y tiempo de nuestra leve existencia. Y lo entregaremos a alguien que nos usa.

Pero si bien la norma o el triunfo son manifestaciones del intento de búsqueda de sentido, el respeto nos convence de la calidad de nuestro hallazgo. Los demás deben saber y nos deben reconocer como "normales" y "triunfadores". No sólo se trata de alcanzar un alto grado en una jerarquía para manejar a los demás con nuestras órdenes, ni de poseer una elevada riqueza a fin de movilizar a los otros con nuestro poder de compra, ni de man­tenerse en un elevado grado de venerabilidad y así motivar a las gentes con nuestras persuasiones valorativas. Se trata además - pobres animales al fin - de enviar las señales jerárquicas, monetarias y emocionales suficientes para que todos los que nos rodean comprendan nuestra posición y nos respeten.

Hay quien, en su búsqueda de poder sobre los otros, consigue su grado de jerarquía, riqueza o venerabilidad que le permite utilizar el tiempo de los otros para sus fines (Fines que, no lo olvidemos, pueden ser completamente altruistas, desprendidos y repletos de generosidad y entrega a los demás). En un mundo de información imperfecta como es el que habitamos difícilmente se librará de tener que emitir las señales correspondientes par que los demás reaccionen. Plumas y galones, bienes y signos de riqueza, símbolos y actitudes acompañarán casi siempre la deten­tación del poder real.

Pero también, en esa búsqueda de respeto, muchos tratarán de hacerse solo con las señales, confiando en que éstas serán capaces de suplir, en cuanto a movilización de los otros, la falta de poder real que experimentan. La proliferación de distin­tivos jerárquicos que nada significan, la ostentación falsa de la riqueza inexistente, los hábitos y signos vacíos que para nada orientan, es la respuesta esperpéntica a la lógica del montaje.

Fingir lo que no se es para tratar así de ser lo que se finge, es una de las bases de movilización de un inmenso número de horas destinado a conseguir lo imposible. Pero también ese fingimiento exige a los realmente poderosos un considerable esfuerzo temporal para hacer que se distingan las señales autén­ticas de las espúreas. El cambio continuo de los códigos de señali­zación, los intentos pertinaces de exclusión de sitios, cosas y espacios, los dictados de garantía y declaraciones de ortodoxia no son otra cosa que el dual grotesco del esperpento fingidor en esas sociedades que por ser mas móviles y dinámicas se creen mas vivas.



1.4.-Deseos y Esperanzas.

La forma del poder que vamos a tratar aquí, es aquella en la que se usa a los demás para obtener lo que se desea. Y la ac­tuación concreta siempre se centrará en la manipulación de las preferencias o en la imposición de restricciones.

Podemos ir en una galera cómodamente sentados mientras que otros reman para nosotros. Podremos conseguirlo por su miedo a ser castigados, por la recompensa que les otorgaremos por hacer­lo, o simplemente por su profunda convicción de que su propio trabajo es un alto honor que les conferimos. Normalmente, como posterior­mente veremos, al final remarán por una mezcla adecuada de las tres cosas. El caso es que reman, es decir, eligen remar. Y como ya dijimos, tras todo acto de elección hay un sometimiento a un poder.

A todos los que alguna formación económica ortodoxa tenemos, se nos dijo en su momento que toda elección es una decisión que equilibra dos mundos: el de los deseos abstractos y el de las posibilidades concretas. Podremos tener elaboradas unas prefe­rencias sobre lo que nos rodea. Nos molesta el esfuerzo de remar y nos molesta el dolor de los latigazos, e incluso podemos susti­tuir una cosa por otra: más latigazos pero nos esforzamos menos, menos latigazos pero nos esforzamos más. Hasta aquí lo propio nuestro. Luego viene lo de los demás. Observamos cómo se compor­tan y cuantos latigazos reales suelen dar con su capacidad de vigilancia y nuestro esmerado disimulo. Y en función de lo que preferimos y de lo que nos dan, elegimos libremente y establece­mos un cierto grado de esfuerzo acompañado de un número determi­nado de latigazos. Elegimos libremente, luego nos dominan.

Pero no hay que pensar que el proceso hubiera sido distinto si en lugar de remar a cambio de latigazos lo hiciéramos por repollo. También hubiéramos considerado en nuestra intimidad lo que nos gusta el repollo y lo que nos molesta remar. Esas son nuestras preferencias.

Conoceríamos asimismo la cantidad de repollo que nos ofrecen según nuestro esfuerzo. Esas son nuestras restricciones.

Y con esas preferencias y con esas restricciones definiría­mos nuestra actitud. Eligiendo libre­mente, es decir, sometiéndo­nos.

Puede que en el caso del remero por honor el proceso parezca distinto. Pero todo es solo una apariencia que esconde más de lo mismo. Nos siguen molestando los remos pero agradecemos el honor que nos han dispensado por permitirnos servirlos. O quizás creemos que hacemos méritos para la salvación eterna. En nuestro inte­rior valoramos y compensamos el esfuerzo con la recompensa espiri­tual. He aquí nuestras preferencias.

Y desde el exterior recibi­remos los datos o la doctrina que necesitamos para elaborar nuestra sosegada decisión. Tal vez veamos que a determinados niveles de esfuerzo se otorgan lacitos de distintos colores que demuestran la complacencia del venerado con nuestro servicio, o quizá nos informen de que por cada golpe de remo pasaremos un día menos en el Purgatorio, o tal vez observemos que esfuerzos concretos reciben miradas cariñosas y valorativas por parte del adorado. He aquí nuestra restricción.

Y con nuestras preferencias y con nuestras restricciones elegiremos libremente.Esto es, acataremos el poder. No decimos­ que con ello no recibamos casi ningún latigazo, ni que no nos llevemos a casa un buen número de jugosos repollos, ni que realmen­te alcan­cemos la salvación eterna. El caso es que hemos remado, que es lo que los otros deseaban que hiciéramos.

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