Una preciosa manera de vivir… Por Dolores Aleixandre rscj



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UNA PRECIOSA MANERA DE VIVIR…

Por Dolores Aleixandre rscj
 

“Vuestra vida de fidelidad a la llamada recibida es también una preciosa manera de guardar la Palabra del Señor que resuena en vuestras formas de espiritualidad”. (Discurso de Benedicto XVI a las jóvenes religiosas en la JMJ)



1. LA BELLEZA DE SER “HERMANAS DE JESÚS”

Volvió a casa y de nuevo se reunió tanta gente que no podían ni comer. Sus parientes, al enterarse, fueron para llevárselo, pues decían que estaba trastornado (…).

Llegaron su madre y sus hermanos y desde fuera, lo mandaron llamar. La gente estaba sentada a su alrededor, y le dijeron: -¡Oye! Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan. Jesús les respondió: -¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: -Estos son mi madre y mis hermanos. El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. (Mc 3, 21-22; 31-35)
Un texto de difícil comprensión pero que contiene la revelación de algo nuevo que está naciendo.

Observar el marco espacial: la madre y los hermanos de Jesús están fuera y mandan llamarle; él está dentro de la casa, rodeado de gente sentada en torno a él. Son dos grupos separados: unos dentro y otros fuera y sus relaciones con Jesús son diferentes: unos, con lazos de sangre pero a distancia; otros, físicamente próximos y en disposición concéntrica en torno a él, de tal manera que la palabra circula de ellos a él y de él a ellos como de la periferia al centro. Jesús ocupa el lugar central, por eso mira “a los que le rodean” que están sentados en postura de escucha. No hay contacto ni diálogo con la madre y hermanos: no son rechazados ni acogidos, lo único que se señala es que permanecen en su situación de exterioridad. Sólo importa la reacción de Jesús ante la llamada que le han hecho desde fuera.

Aparecen dos grupos en contraste: los que intentan recuperar a uno de sus miembros y los que rodean a Jesús y tienen con él una relación de escucha.

Los términos “madre” y “hermanos” tocan fibras profundas en quien las pronuncia y en quien las escucha: se refieren a vínculos que atañen al nacimiento, un momento que escapa al nivel consciente pero que perpetúa sus huellas a lo largo de toda la vida. Las palabras de Jesús van a cambiar su sentido habitual, generando un sentido nuevo y revelando otras formas de parentesco distintas de las de la sangre.

Jesús no habla en abstracto ni pregunta: “¿Qué es una madre…, qué son hermanos…?”. Se dirige a los que le rodean y escuchan: “Estos son mi madre y mis hermanos…” y esa declaración no se dirige solamente a ellos sino a todo aquel que esté dispuesto a escucharle: “El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

A través de la relación que se crea entre él y su auditorio, Jesús descubre un nuevo parentesco cuyo fundamento está en que él reconoce como “hermano y hermana y madre” a todo aquel que hace la voluntad de Dios. Es un lenguaje que desafía al sentido común y a las diferencias impuestas por la naturaleza: ¿cómo alguien puede acumular los roles de hermano, hermana y madre? Son palabras desconcertantes que encierran una paradoja extraña que va más allá de de la lógica, expresa algo que escapa a nuestra experiencia pero que trata de atraernos hacia ella. Los lazos de sangre son de tal manera fundamentales, que sirven de referente para ensanchar nuestro concepto del parentesco y nos invitan a mirar fuera del círculo familiar: estamos ante un tipo de relación totalmente inédito porque se trata de un nuevo nacimiento.

El lugar del padre permanece vacío: esta ya “ocupado” por el Otro por excelencia que aparece aludido en la frase: “la voluntad de Dios”. Quien la “hace” se vincula con Aquel que ocupando el polo de alteridad, tiene el nombre de Padre.

A la pregunta por qué es “hacer su voluntad”, la respuesta es ésta: escuchar a Jesús. Ese es el deseo de Dios, su voluntad, y Jesús reconoce como hermano, hermana y madre a quien se alimenta de la misma fuente que él, por eso reenvía a los que le rodean a quien a él le hace vivir y su hermano, hermana y madre son los que participan con él de un nuevo nacimiento.

Los miembros de esta nueva familia no sólo comparten entre ellos la voluntad de Dios que es lo que funda su parentesco, sino que intercambian también entre ellos la palabra de vida, se la intercomunican en una relación mutua que es generadora de vida. Estamos ante una forma de parentesco que excede a lo que se experimenta en la familia carnal aunque sin devaluarla sin más bien recogiendo lo más hondo de su sentido. La voluntad de Dios engendra y convoca hacia la comunión comunitaria.1
En el texto todo está contado para el lector y destinado a él y no se interesa por la familia de Jesús. Nos sitúa ante una palabra difícil que encierra una propuesta de nuevo nacimiento, abriéndonos el camino hacia una nueva situación relacional que, como en una gestación, no podrá acontecer sin pérdidas.


  • Qué nuevo tipo de relación crea estar “en torno a Jesús” escuchándole

  • Buscar esa nueva forma de “parentesco” entre nosotras que surge de “hacer la voluntad de Dios” y no de nuestros parecidos y coincidencias

  • Qué invitación encontramos a ir más allá de nuestras diferencias de cultura, procedencia, edad, mentalidad…



2. LA BELLEZA DE FORMAR COMUNIDAD (Mc 1,9-31)
Al salir de la sinagoga, Jesús se fue a casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Le hablan en seguida de ella, y él acercándose, la levantó tomándola de la mano. La fiebre le desapareció y se puso a servirles. (Mc 1, 29-31)
Es el relato más corto del Evangelio de Marcos sobre un acontecimiento que podemos llamar “la primera escena comunitaria” de Jesús y los suyos. Después de las escenas anteriores de la llamada a los primeros discípulos y de la expulsión del endemoniado en la sinagoga, es la primera vez que encontramos a la incipiente comunidad junta en un espacio privado (la casa). Vemos en ella a seis personajes: Jesús, Simón, Andrés, Santiago, Juan y la suegra de Simón y cada uno va a desempeñar un rol diferente en la narración:

- “Le hablan enseguida de ella”: se sobreentiende que son los que le acompañan, especialmente Simón y Andrés porque están en su casa. Hablan de ella como de alguien que está ausente


- …”estaba en la cama con fiebre”(…) “la fiebre le desapareció” La fiebre aparece asociada a una disposición en el espacio (en la cama) . El mal que la aqueja aparece como un poder ajeno a ella que la “posee”. Está “fuera” del grupo y mientras que los demás están de pie, ella está separada y acostada, en la postura de los muertos.


  • Jesús acercándose, la levantó tomándola de la mano”. Jesús, después de lo que

le han dicho, toma la iniciativa y franquea la distancia que le separa de la mujer. La acción principal “la levantó” (es el mismo verbo que el que se emplea para la resurrección) va acompañada de dos participios: acercándose y tomándola de la mano. Evocan aproximación y toma de contacto directo entre los dos cuerpos y el resultado es que ahora la mujer ya no está separada sino en contacto con Jesús y de pie: Jesús que ha suprimido la distancia, la ha puesto a su misma altura. Y cuando desaparece la distancia que separa a dos seres y ambos están en pie, a la fiebre que abate al ser humano y le separa de los otros no le queda más remedio que desaparecer. Ya no hay sitio para ella.


  • El final del relato evoca una comida comunitaria en la que ahora todos están

integrados. La mujer a la que Jesús ha hecho pasar de la exclusión a la integración, está ahora dentro del grupo y en actitud de servicio. No se trata de un “rol de género”: ha hecho suya la actitud de diakonía que es la de Jesús en la Cena y que según el Evangelio es “el lugar del discípulo”. Ella muestra su agradecimiento adoptando la postura del servicio: precisamente porque ahora “está en pie”, puede inclinarse a servir…
La escena puede servirnos de espejo para contemplar a su luz nuestra vida comunitaria:

- Podemos preguntarnos por los dinamismos que llevan a que a veces nos sintamos fuera del grupo, excluidas, a distancia, en posición de inferioridad…Y que en otras ocasiones colaboremos a que otras se sientan así. Y poner nombre a las “fiebres” que a veces nos amenazan y poseen.


- Preguntarnos también por el empleo de nuestras palabras a la hora de relacionarnos: los que hablan de la mujer no lo hacen para acusarla, descalificarla o criticarla. Están “a favor” de ella, utilizando el recurso del lenguaje para sacarla de su situación de postración. Ponen a su servicio el recurso del que disponen que es la palabra.


  • Contemplar también si se dan entre nosotras los “gestos comunitarios” elementales que realiza Jesús: acercarse, contactar, levantar, poner a su misma altura… Y cuál es la manera concreta con que cada una puede ponerse al servicio de las demás.


3. LA BELLEZA DE ENCONTRARNOS MÁS ALLÁ DE NUESTRAS DIFERENCIAS (Lc 1,39-56)


  • Tanto María como Isabel son visitadas cuando “estaban en casa”.

Tomar conciencia de nuestro “estar en casa”, de habitar y estar presentes al momento congregacional que hoy vivimos, a la situación en que estamos. No huir de la realidad, ni disfrazarla ni negarla…Aquí y ahora “es nuestra casa”.


  • Las dos son visitadas en su esterilidad. Las dos vivieron la tentación de decir "¡Imposible!" pero hicieron la experiencia de que “nada es imposible para Dios”. La esterilidad vencida es lo que las puso en marcha.

Reconocer y poner nombre a nuestras “esterilidades”, pobrezas y carencias…

En los momentos de tensión o de oscuridad, abrirnos a la seguridad de que cuando alguien se compromete a amar y a dar su vida, "¡nada es imposible con Dios!".





  • María sale de su casa de Nazaret, se pone en camino y atraviesa montañas para dirigirse hacia Isabel.

Poner nombre a la tierra de la que tendríamos que salir,

al camino ya recorrido y el que aún nos queda por recorrer

a las montañas difíciles de remontar…




  • Las dos mujeres son portadoras de un misterio de vida en su interior.

Desear una actitud de profundo respeto por la vida que cada persona lleva dentro.

Reconocer y agradecer la vida de la que cada una es portadora

Dedicar un tiempo a reconocer y agradecer la vida secreta que está presente en las demás

Pedir que nuestra mirada se ilumine para hacer ese descubrimiento




  • Las dos han estado atentas: María a la noticia de que Isabel, la estéril, espera un hijo; Isabel, a la voz de María, a la vida invisible que lleva dentro

Cómo crecer en capacidad de atención y escucha de los movimientos del propio corazón y de los de cada las personas que nos rodean.


  • Las dos van más allá de ellas mismas: María sale de Galilea; Isabel va más allá de lo que ve: llama a María “Madre de mi Señor”. Cada una lleva a la otra más allá de sí misma: María provoca la fe de Isabel y que se llene de Espíritu Santo; Isabel provoca a María para que cante el Magnificat.

Desear esa disposición de “ir más allá” de las propias posturas y actitudes y ser capaces de ver más allá de las apariencias o de las ideas preconcebidas sobre las demás. Preguntarnos por los pasos a dar para ir “más allá de nosotras mismas”


Preguntarnos qué significa hoy para nosotros ese gesto de extender los brazos y cómo acoger el deseo de encuentro que nos habita.


  • Cada una da, recibe y aprende de la otra: María, su saludo y su servicio; Isabel, su bendición, su proclamación de felicidad. Cada una se expresa desde lo más profundo y auténtico de su ser.

Pedir la libertad de poder hablar desde nuestra verdad más profunda y estar atentas a lo que, aunque diferente, resuena con nuestra propia experiencia de Dios. Sólo así llegaremos a descubrir ese lugar profundo que nos hace una.


  • María e Isabel se abandonaron a Dios en total confianza.

Cuando en medio de situaciones de conflicto no veamos resultados y ni siquiera el paso siguiente, renovemos nuestra confianza en la existencia de la sabiduría del grupo que busca al Señor: la encontraremos si nos abrimos a ella. Estemos seguras de que el Espíritu está presente en cada momento de nuestro diálogo y de nuestra búsqueda.



1 Cf. Jean Delorme, L’heureuse annonce selon Marc, Cerf, Paris 2008




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