Una mirada a la oscuridad



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—¿Qué? —La voz del hombre no reflejó sorpresa, sino rabia.

—Sí, señor. Tal como lo ha oído.

—Señor Arctor, el banco ya ha devuelto dos veces el talón. Y en cuanto a esos síntomas de infección intestinal que usted describe...

—Creo que alguien me hizo tragar algo malo. —Barris esbozó una rígida sonrisa.

—Creo que usted es uno de esos... —No encontró la palabra.

—Crea lo que quiera. —Barris seguía sonriendo.

—Señor Arctor. —La respiración del otro era perfectamente audible—. Voy a ir a la oficina del fiscal del distrito con este talón. Pero antes voy a decirle un par de cosas sobre lo que...

—Drógate, ponte fino y adiós. —Y colgó.

La derivación del teléfono grababa automáticamente el número de todos los que llamaban. Era un proceso electrónico que se iniciaba con la emisión de una señal inaudible en cuanto el circuito quedaba conectado. Fred leyó aquel número en particular en un contador instalado al efecto. Fred desconectó el sistema reproductor de todas las holocámaras, cogió su propio teléfono y pidió información sobre el desconocido comunicante.

—Cerrajería Englesohn, 1343 Harbor, Anaheim —contestó el policía encargado de este servicio—. Un negro de buena fama.

—Una cerrajería —repitió Fred. Anotó los datos—. Gracias.

Una cerrajería... Veinte dólares justos: sugerían un trabajo fuera de la tienda, quizá para hacer el duplicado de una llave que el «propietario» había perdido.

Una hipótesis: Barris, haciéndose pasar por Arctor, había telefoneado a Englesohn pidiéndole un duplicado, bien para la casa, el coche, o ambas cosas. Había dicho al cerrajero que había perdido su llavero... Pero entonces, el receloso Englesohn había exigido un talón como garantía. Barris había robado un talonario nuevo de Arctor y hecho un talón para el cerrajero. Pero el talón había sido devuelto. ¿Por qué? Arctor tenía una buena suma en su cuenta corriente, de manera que un talón tan insignificante debía haber sido aceptado. Aunque en ese caso... Arctor se habría enterado y descubierto que lo había hecho Jim Barris. Así que éste habría buscado entre las cosas de Arctor un viejo talonario de alguna época anterior, de alguna cuenta que ya estaba dada de baja. Y lógicamente, si la cuenta estaba cancelada el talón no fue admitido. Barris estaba en un lío ahora.

Pero, ¿por qué Barris no iba a la tienda y pagaba en metálico? Englesohn ya estaba harto y había telefoneado. Cuando se cansara del todo, iría a ver al fiscal del distrito. Arctor lo averiguaría. Y Barris se encontraría nadando en mierda. Pero Barris había contestado de una forma muy extraña al furioso cerrajero... Había estado provocando a Englesohn para enojarlo aún más, sin importarle las medidas que tomara contra él. Y lo peor de todo es que Barris había descrito su «infección intestinal» de forma que cualquier persona, por poco informada que estuviera, reconocería los síntomas como un resultado de la heroína. Barris había insinuado claramente durante la conversación que era un drogadicto. ¿Y qué más daba, si estaba hablando en nombre de Bob Arctor?

En este momento el cerrajero sabía que tenía un yonki por deudor, un tipo que le había entregado un talón sin fondos y que no había mostrado intención alguna de arreglar la situación. Y si el drogadicto se comportaba así era porque estaba lo bastante chiflado, flipado y aturdido por la droga como para no preocuparse por el talón. Un insulto para América. Un insulto deliberado y detestable.

De hecho, Barris había concluido la conversación con una cita del temible ultimátum lanzado por Tim Leary a la sociedad burguesa y los individuos honrados. Y esto era el condado de Orange, lleno de miembros de la John Birch Society y civiles armados que buscaban, precisamente, estos barbudos drogadictos de respuestas insolentes.

Barris acababa de poner una bomba a Bob Arctor. Como mínimo podían juzgarle por firmar un talón sin fondos. Pero también se exponía a bombas auténticas u otros medios de venganza, sin tener idea alguna de lo que se avecinaba.

¿Por qué?, reflexionó Fred. Anotó en su cuaderno el número de código de esta secuencia de la grabación, y añadió también el teléfono del cerrajero. ¿Por qué Barris quería hundir a Arctor? ¿Qué demonios le había hecho? Algo muy malo, pensó Fred, o no se explica la reacción de Barris. Es pura malicia, mezquina, diabólica...

Este Barris es un hijo de puta, decidió. Quiere matar a alguien.

Otro de los monotrajes mezcladores que había en el piso le sacó de sus pensamientos.

—¿Conoce en realidad a estos tipos? —El otro agente señaló los monitores, ahora en blanco, que Fred tenía ante sí—. ¿Los frecuenta para cumplir alguna misión?

—Sí.

—No sería mala idea advertirles sobre la gran toxicidad de los hongos, de lo que está preparando ese imbécil de las gafas verdes. ¿Puede hacerlo sin comprometer su identidad?



Otro monotraje mezclador que estaba cerca, sentado en su sillón giratorio, dijo:

—Si uno de ellos mostrara náuseas incontenibles.. Bueno, a veces es un síntoma de envenenamiento por hongos.

—¿Cómo la estrictina? —dijo Fred. Sintió un frío terrible que se extendía por su cabeza. Volvió a vivir el día de la mierda de perro, lo sucedido con Kimberly Hawkins, las náuseas que tuvo cuando se averió el coche...

Sus náuseas.

—Se lo diré a Arctor —contestó—. Con él puedo hacerlo sin que sospeche nada. Es un hombre dócil.

—También tiene muy mal aspecto —dijo uno de sus compañeros—. ¿Es el tipo que apareció en la puerta, encorvado y echo un asco?

—¡Puf! —dijo Fred. Dio la vuelta al sillón para encararse de nuevo con los monitores.

¡Maldita sea!, pensó. Aquel día Barris nos dio tabletas cuando estábamos en la carretera... Su mente se convirtió en un torbellino de imágenes confusas hasta que se produjo la escisión. Se encontró en el lavabo de la central clandestina con un vaso de agua en la mano. Se enjuagó la boca y trató de pensar. Bien mirado, soy Arctor, reflexionó. Soy el hombre de los monitores, el tipo al que el jodido Barris quiere hundir mediante su asquerosa charla con el cerrajero. Y yo estaba preguntándome, ¿qué ha hecho Arctor para que Barris le acose así? Estoy enfangado. Mi cerebro está lleno de barro. Esto no es real. No lo creo, puedo verme... ¡Ese es Fred! ¡El que está en la casa es Fred sin el monotraje mezclador! Es Fred cuando no lleva puesto el disfraz.

Y el otro día fue Fred el que estuvo a punto de diñarla por culpa de fragmentos tóxicos de hongo, comprendió. Estuvo a punto de no volver aquí para encargarse de estos monitores. Pero ahora ha vuelto.

Fred tiene una posibilidad. Aunque muy lejana.

Maldito trabajo de locos me han encomendado, siguió pensando. Claro que, si yo no lo hiciera, habría otro en mi lugar y las cosas podrían complicarse. Mi sustituto le acosaría... acosaría a Arctor. Le tendería una trampa para obtener su recompensa. Metería droga en casa de Arctor y luego le detendría. No hay duda, concluyó, soy el más indicado para vigilar esa casa, por muchas desventajas que tenga el trabajo. Proteger a todo el mundo contra el chalado y jodido Barris es una compensación suficiente.

Si otro agente observa las acciones de Barris y ve lo que con toda seguridad verá, llegará a la conclusión de que Arctor es el mayor traficante de drogas de la costa oeste de los Estados Unidos y recomendará —¡Dios mío!— que sea eliminado por nuestras fuerzas secretas. Esos tipos de negro que alquilamos en el este, que se mueven silenciosamente y llevan Winchester 803 de miras telescópicas. Las nuevas miras dotadas con telescopios de infrarrojos sincronizados con proyectiles de seguimiento térmico, en manos de individuos siempre descontentos, aunque sea con una simple máquina de bebidas automática, y que siempre están jugando a sacar la paja más larga para ver quién de ellos será el próximo presidente de los Estados Unidos. ¡Dios mío!, siguió pensando, esos chiflados son capaces de abatir un avión en pleno vuelo y hacerlo de tal modo que se eche la culpa a una bandada de pájaros inhalados por el motor. Esos proyectiles de seguimiento térmico... Los muy jodidos dejarán restos de plumas en lo que quede del motor. Y les darán una prima por eso.

Es espantoso pensarlo, se dijo. No que Arctor sea sospechoso, sino que sea... cualquier cosa. Un blanco. Seguiré observándole. Fred seguirá cumpliendo con su trabajo como Fred. Será mucho mejor. Yo puedo encargarme de la dirección e interpretación. Y de decir un montón de veces, «Esperemos hasta que él haga en realidad...» Tras su último pensamiento, Fred dejó el vaso de agua y salió del lavabo.

—Se le ve agotado —le dijo uno de los monotrajes mezcladores.

—Bueno —contestó Fred—, estaba camino de la tumba, pero he tenido suerte. —En su mente vio la imagen del proyector láser que había producido un ataque cardíaco mortal al fiscal del distrito, de cuarenta y nueve años de edad, cuando faltaba poco para que reabriera el caso seguido para aclarar un atroz y famoso asesinato político cometido en California—. Casi he llegado al final —añadió en voz alta.

—Casi —dijo el monotraje mezclador—. Eso no es el final.

—Oh, claro que no —admitió Fred—. Desde luego.

—Siéntese y prosiga su trabajo —dijo otro agente—, o en vez de paga tendrá que cobrar el seguro de paro.

—¿Se imaginan que este trabajo valiera para lograr un ascenso en...?

No terminó la frase. A sus compañeros no pareció divertirles mucho el comentario, suponiendo que estuvieran escuchándole. De modo que Fred volvió a tomar asiento y encendió un cigarrillo. Una vez más, conectó la batería de monitores.

Lo que debo hacer, decidió, es volver a casa ahora mismo, ahora que puedo pensar tranquilamente. Como tarde mucho voy a perder la cabeza y acabaré con Barris en un instante.

Cumpliendo con mi deber. Así es como debo hacerlo.

Le diré, «¡Hey, tío!, estoy chafado. ¿Puedes darme un porro? Te pagaré un dólar.» Barris dirá que sí. Le detendré, le obligaré a subir al coche, iré a la autopista y le obligaré a tirarse en marcha, a punta de pistola, justo cuando pase un camión al lado. Luego explicaré que trató de huir. Es una cosa muy normal.

Si no hago esto, me será imposible comer o beber cualquier cosa que haya en mi casa. Igual que a Luckman, Donna o Freck. El primero que se lleve una cosa a la boca morirá envenenado por fragmentos de hongos tóxicos. Moriremos todos. Y después Barris explicará que habíamos ido al bosque a coger setas. Que él trató de disuadirnos. Y que no le hicimos caso porque no tenemos tanta instrucción como él.

Aunque el psiquiatra del tribunal afirme que está totalmente loco y acabe con él para siempre, alguien la diñará. Quizá Donna, pensó. Tal vez la chica vaya a buscarme a casa después de una dosis de hash, preguntando por las flores de primavera que le había prometido. Barris le ofrecerá un tazón de alguna cosa viscosa que haya preparado él mismo, y diez días después Donna se encontrará agonizando en una unidad de cuidados intensivos, cosa que no será nada agradable.

Si eso sucede, pensó, llenaré la bañera de lejía, de lejía hirviendo, y meteré dentro a Barris hasta que sólo queden sus huesos. Y luego los enviaré por correo a su madre o a los familiares que tenga, si es que tiene alguno. Y si no tiene parientes, echaré los huesos a los perros que me encuentre por la calle. Sea como sea, vengaré a Donna.

Su fantasía mental le llevó a preguntar a los otros agentes, vestidos con sus monotrajes mezcladores, «Por favor, ¿pueden decirme dónde puedo comprar cien litros de lejía a estas horas de la noche?»

Estoy loco, pensó, y se concentró en los monitores para no seguir llamando la atención de los otros ocupantes de la central clandestina.

Barris, captado por el monitor dos, estaba hablando con Luckman, que se tambaleaba ante la puerta principal, sin duda alguna emborrachado con vino vulgar. Luckman trataba de encontrar la puerta de su habitación y demostraba estar pasando un mal momento.

—En los Estados Unidos —dijo Barris—, hay más alcohólicos que drogadictos. Las lesiones cerebrales y hepáticas producidas por el alcohol, sin contar con las impurezas de...

Luckman desapareció sin advertir siquiera la presencia de Barris. Te deseo suerte, pensó Fred. Aunque de nada te servirá si el asesino sigue estando allí.

También Fred se encuentra allí ahora. Pero Fred no puede hacer otra cosa más que contemplar lo que ya ha sucedido. A menos que yo, pensó, vuelva atrás las holograbaciones. En ese caso estaré allí antes que Barris. Lo que yo haga precederá a todo lo que pretenda hacer Barris. Si es que se atreve, viéndome allí.

La otra parte de su mente empezó a hablarle con más sosiego. Era su otro yo que le transmitía un mensaje mucho más sencillo sobre cómo enfrentarse al problema.

—Para arreglar lo del talón del cerrajero —le dijo su otro yo—, debes ir a su tienda a primera hora de la mañana, pagar el talón y recuperarlo. Es lo primero que debes hacer, antes de cualquier otra cosa. Hazlo. Acaba con ese posible problema ahora mismo. Después podrás dedicarte a otras cosas más serias. ¿De acuerdo?

Sí, meditó, eso me apartará de la lista de los condenados. Debo empezar por ahí.

Apretó el botón de avance rápido hasta que el contador le permitió deducir que el monitor captaría una escena nocturna mientras todos dormían. Era un pretexto para acabar su trabajo en la central clandestina.

Todas las luces estaban apagadas. En tales momentos, las holocámaras trabajaban mediante rayos infrarrojos. Luckman estaba acostado en su habitación. Barris en la suya. Arctor hacía lo propio... aunque con una chica al lado. Ambos dormían.

Veamos, pensó Fred. Se llama Connie no-sé-qué. Tenemos sus antecedentes en los archivos. Una drogadicta sin remedio, que también es una prostituta y una traficante. Una auténtica condenada al fracaso.

—Tiene suerte —comentó uno de los agentes—. Por lo menos no ha de observar al sospechoso mientras está en pleno coito.

—Es un alivio —contestó Fred, contemplando estoicamente las dos figuras que dormían en la cama. Pero pensaba en el cerrajero y en lo que haría al respecto—. Nunca me ha gustado...

—Es algo muy agradable de hacer —le interrumpió el otro monotraje mezclador—, pero no tan agradable de observar.

Arctor dormido, pensó Fred. Con su ramera. Supongo que podré largarme de aquí enseguida. En cuanto se despierten empezarán a follar, pero eso no me incumbe.

Sin embargo, continuó observando la imagen. El ver durmiendo a Bob Arctor... hora tras hora, sin cesar. De repente se fijó en algo sorprendente. ¡Esa chica sólo puede ser Donna Hawthorne!, se dijo. Allí en la cama, acostada junto a Arctor...

Esto no concuerda, decidió, y alargó el brazo para detener la grabación. Apretó el botón de retroceso y luego el de avance rápido. ¡Bob Arctor estaba con una chica, pero no podía ser Donna! ¡Era Connie, la yonki! No se había equivocado. Los dos cuerpos estaban allí, muy juntos, ambos durmiendo.

Mientras Fred seguía examinando la escena, las demacradas facciones de Connie fueron diluyéndose. El rostro de Donna Hawthorne apareció en su lugar.

Volvió a detener la grabación y trató de aclarar sus pensamientos. No lo entiendo, pensó. Esto es... ¿Cómo lo llaman? ¡Un truco de cine! Una película trucada. ¡Jo! ¿Qué es esto? ¿Un montaje para TV? ¿Con un director que utiliza efectos visuales?

Una vez más, apretó el botón de retroceso, luego el de avance. Detuvo la grabación en el preciso momento que la cara de Connie se alteraba. Observó aquella escena fotográfica.

Movió el mando de ampliación. Las ocho zonas holográficas quedaron reducidas a una sola, captando a Bob Arctor y a una mujer durmiendo en la cama.

Fred se puso en pie, introduciéndose en la imagen holográfica, acercándose a la proyección tridimensional de la cama. Quería ver de cerca el rostro de la chica.

Un rostro intermedio, fue su conclusión. Parecido al de Connie y al de Donna al mismo tiempo. Será mejor que lleve la cinta al laboratorio, pensó Fred. Un experto ha trucado la imagen, no hay duda. Me han dado una grabación retocada.

¿Quién será el culpable?, pensó. Salió de la imagen holográfica y eliminó la ampliación. Volvió a sentarse frente a las ocho zonas holográficas que componían la escena.

Alguien había hecho una superposición. La cara de Donna puesta sobre la de Connie. Falsas pruebas de que Arctor se había acostado con la señorita Hawthorne. ¿Por qué? Un técnico experto, capaz de trucar una banda de sonido o de video, había hecho lo propio con una grabación holográfica. Algo increíble, pero...

Si todo se reducía a un simple corte en la cinta, pensó Fred, habría una secuencia en la que Arctor estaría en la cama con una chica con la que probablemente no se había acostado, ni se acostaría, jamás en su vida. Pero no era un corte, sino un cambio paulatino.

O quizá sea una interrupción visual, un fallo electrónico, meditó Fred. Lo que los técnicos denominan impresión. Holoimpresión: una parte de la grabación que se confunde, se mezcla con otra. Supongamos que en un principio hubo un fallo en el avance de la cinta o que el factor de ampliación fuera muy elevado... En tal caso, se producirían sobreimpresiones. ¡Jo!, pensó Fred. Tal vez Donna había estado en el cuarto de estar y su imagen se hubiera confundido con otra escena anterior o posterior.

Me gustaría poseer más conocimientos técnicos sobre el proceso, se dijo Fred. No puedo hacer nada antes de documentarme. ¿Y si hubiera otra emisora de onda normal que interfiriera...?

Diafonía, pensó, algo accidental.

Como una imagen secundaria en una pantalla de televisión. Un problema operacional, un funcionamiento defectuoso. Un transductor momentáneamente disparado.

Volvió a pasar la cinta. Connie de nuevo, inalterada. Y un momento más tarde... Fred vio por segunda vez cómo el rostro de Donna iba apareciendo poco a poco. El hombre que había junto a la chica, Bob Arctor, se despertó al cabo de un instante y se sentó bruscamente en la cama. Arctor quiso encender la luz de la mesita de noche, pero sólo consiguió tirarla al suelo. Sorprendido, Bob se quedó mirando a la mujer dormida junto a él, a Donna.

La cara de Connie volvió a surgir de repente. Arctor se tranquilizó, se tumbó de nuevo y siguió durmiendo, aunque sin cesar de revolverse en la cama.

Bien, concluyó Fred, esto elimina la posibilidad de una «interferencia técnica». No es una sobreimpresión ni tampoco un fenómeno de diafonía. Arctor también lo ha visto. Se despertó, vio a Donna, la miró fijamente... y todo volvió a la normalidad.

Esto es demasiado para mí, pensó Fred. Desconectó la batería de monitores.

—Bueno, ya no puedo seguir —dijo a sus compañeros. Se levantó del sillón, sin poder evitar que su cuerpo temblara—. No puedo aguantarlo por más tiempo.

—¿Alguna escena sexual escabrosa? —preguntó un monotraje mezclador—. Con el tiempo, se irá acostumbrando.

—Nunca me acostumbraré a este trabajo —contestó Fred—. Puede estar seguro.

XI
A la mañana siguiente, Bob se presentó en la cerrajería Englesohn con cuarenta dólares en metálico y un montón de excusas preparadas. Había ido allí en taxi, puesto que ahora, y aparte del cefaloscopio, también su coche estaba en reparación.

La tienda tenía el aspecto de la madera vieja, con un letrero más moderno y un escaparate repleto de adminículos de latón: buzones espantosos, alucinantes perillas que parecían cabezas humanas y grandes llaves de imitación hechas de hierro forjado. Entró y se encontró en la penumbra. Igual que la casa de un drogadicto, pensó, comprendiendo la ironía de la situación.

En el mostrador se vislumbraban dos enormes máquinas de hacer llaves y miles de moldes balanceándose en sus tableros.

—Buenos días —le saludó una regordeta mujer ya entrada en años—. ¿Qué desea?

—He venido aquí...

Ihr Instrumente freilich spottet mein,

Mit Rad and Kämmen, Walz’s und Bügel:

Ich stand am Tor, ihr solltet Schlüssel sein;

Zwar euer Bart ist kraus, doch hebt ihr nicht die Riegel.

—...para pagar un talón que el banco devolvió. Es de veinte dólares, creo.

—Ah, bien. —La mujer extrajo un archivador metálico, buscó la llave para abrirlo y luego descubrió que no estaba cerrado. Lo abrió y sacó el talón al momento, junto con una nota unida a él—. ¿El señor Arctor?

—Si —contestó, ya con el dinero preparado.

—Veinte dólares justos. —Separó la nota del talón y con gran dificultad empezó a escribir en la primera, señalando que el cliente se había presentado y satisfecho la deuda.

—Lamento lo ocurrido —se excusó Arctor—. Me equivoqué y les di un talón de una cuenta que ya está cancelada, en vez de la buena.

—Mmm —murmuró la vieja, sonriendo mientras escribía.

—También le agradecería que dijera a su marido, el que me llamó por teléfono el otro día...

—En realidad es mi hermano Carl. —Miró hacia atrás con disimulo—. Si Carl habló con usted... —Sonriendo, hizo un gesto vago—. A veces pierde la cabeza con los talones... Perdónele, si es que le dijo...

—Dígale que cuando llamó me cogió un poco confuso —dijo Arctor, recitando la excusa que tenía preparada—. Y que también lo lamento mucho.

—Creo que me comentó algo sobre el asunto, sí. Le tendió el talón, y Arctor pagó los veinte dólares.

—¿No hay recargo?

—No, ninguno.

—Fue un día que me encontraba muy abatido —explicó Bob—. Un amigo mío acababa de morirse de repente.

—¡Oh, cuánto lo siento!

—Se atragantó con la comida y murió de asfixia. Estaba solo, en su habitación, y nadie lo oyó.

—¿Sabe, señor Arctor? Ese tipo de muertes ocurre con más frecuencia de lo que la gente piensa. Leí que cuando estás comiendo con un amigo, y él, o ella, no habla durante un buen rato, debes inclinarte hacia él y preguntar, ¿puedes hablar? Porque a lo mejor no puede. Si se está asfixiando no puede hacerlo.

—Sí. Gracias. Eso es cierto. Y gracias por lo del talón.

—Lamento lo de su amigo.

—Gracias. Era casi el mejor amigo que tenía.

—Es tan horrible... ¿Cuántos años tenía, señor Arctor?

—Estaba en los treinta. —Y era cierto: Luckman tenía treinta y dos.

—¡Oh, qué pena! Se lo diré a Carl. Y gracias por haber venido.

—Gracias a usted. Y también al señor Englesohn, de mi parte. Muchas gracias a los dos.

Salió de la tienda y volvió a la cálida calle matutina. El sol y el aire le hicieron entornar los ojos.

Pidió un taxi por teléfono. En el trayecto de vuelta meditó lo bien que se había librado de la trampa de Barris, sin tener que pasar por escenas desagradables. Podía haber sido mucho peor, se dijo. El talón estaba en su poder y no había tenido que enfrentarse directamente con aquel tipo.

Sacó el talón para examinar la habilidad de Barris falsificando su letra y su firma. Sí, era una cuenta cancelada. Reconoció el color del talón al momento. El banco había estampado las palabras CUENTA CANCELADA. No era extraño que el cerrajero se hubiera puesto nervioso. Más tarde, estudiando el talón con más detenimiento, Bob advirtió que la letra era suya. No se parecía en nada a la de Barris. Una falsificación perfecta. Nunca lo habría notado, a no ser porque no recordaba haber llenado aquel talón.

¡Dios mío!, pensó, ¿cuántas falsificaciones como ésta habrá hecho Barris? Puede haberme robado la mitad de lo que tengo.

Barris es un genio, meditó. Además, debe haberlo hecho por un procedimiento de reproducción caligráfica u otro medio mecánico. Pero yo no he dado nunca un talón a ese Englesohn, no puede ser una copia. Es un talón único. Lo entregaré a los grafólogos del departamento para que averigüen cómo fue hecho. Quizás a base de práctica, simplemente a base de práctica y más práctica.

Y en cuanto al rollo ese de los hongos, siguió pensando, hablaré con Barris y le diré que otra gente se queja de que ha tratado de venderles cápsulas de hongos. Y que los tire todos a la basura. Le explicaré que me he enterado por alguien que estaba preocupado, cosa que no tiene nada de extraño.




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