Una mirada a la oscuridad



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—¿Qué habrá pasado en casa mientras estábamos fuera? —preguntó Luckman—. Entiéndeme, Bob. Todo este asunto demuestra que hay alguien dispuesto a joderte, a fastidiarte de mala manera. Espero que la casa siga igual que antes.

—Sí —dijo Arctor—. No lo había pensado. Además, ni siquiera hemos conseguido un cefaloscopio prestado. —Se esforzó por mostrar resignación en el tono de su voz.

—Yo no me preocuparía demasiado —intervino Barris, exhibiendo una sorprendente jovialidad.

—¿No te preocuparías? —Luckman, en cambio, pareció muy enfadado—. ¡Jo! A lo mejor han entrado en la casa y nos han robado todo lo que teníamos. Bueno, quiero decir todo lo que tiene Bob. Y pueden haberse cargado a los animales. O...

—Dejé una pequeña sorpresa para los que entraran en la casa mientras estábamos fuera —interrumpió Barris—. Lo hice de madrugada... trabajando hasta que lo conseguí. Una sorpresa electrónica.

—¿Qué tipo de sorpresa? —dijo Arctor, esforzándose en ocultar su preocupación—. Se trata de mi casa, Jim, y no tienes derecho a...

—Calma, calma. Como dirían nuestros amigos alemanes, leise. O sea, tómatelo con calma.

—¿Qué es lo que hiciste?

—Si alguien ha entrado en la casa por la puerta principal, durante nuestra ausencia —explicó Barris—, mi cassette empezará a grabar. La puse debajo del sofá. Tiene una cinta de dos horas. Coloqué tres micros Sony omnidireccionales en tres diferentes...

—Debías habérmelo dicho —dijo Arctor.

—¿Y qué pasará si entran por una ventana? —preguntó Luckman—. ¿O por la puerta de atrás?

—Te lo explicaré —contestó Barris—. Para aumentar las posibilidades de que entraran por la puerta principal, en vez de por otros sitios más difíciles, la dejé sin cerrar con llave. Un detalle providencial.

Hubo unos instantes de silencio. Finalmente, Luckman empezó a reírse entre dientes.

—Supongamos que no saben que la puerta está abierta —dijo Arctor.

—Dejé una nota —contestó Barris.

—¡Me estás tomando el pelo!

—Sí —se apresuró a responder Barris.

—¿Nos la estás pegando o no? —dijo Luckman—. Contigo es imposible saberlo. ¿Tú qué piensas, Bob?

—Te lo diré cuando lleguemos —repuso Arctor—. Si hay una nota y la puerta no está cerrada con llave, entonces sabremos que no nos toma el pelo.

—Lo más seguro es que tiren la nota —comentó Luckman—. Después de haber robado y saqueado la casa, claro. Y luego habrán cerrado la puerta. Así que no nos enteraremos de nada. Nunca sabremos si era verdad o no, eso es seguro. Nos quedaremos en la duda, como siempre.

—¡Claro que estoy bromeando! —afirmó Barris—. Dejar la puerta abierta y una nota en ella sólo puede ocurrírsele a un loco.

—¿Qué pusiste en la nota, Jim? —preguntó Arctor, volviendo la cabeza.

—¿Para quién era la nota? —inquirió a su vez Luckman—. Ni siquiera sabía que fueras capaz de escribir.

—Esto es lo que escribí —dijo Barris, con aire de resignación—: «Donna, puedes entrar. La puerta no está cerrada con llave. Nosotros...» Era para Donna —concluyó con cierta vacilación.

—Lo ha hecho —aseguró Luckman—. Todo lo que ha dicho es verdad.

—Así sabremos quién es el culpable de todo esto, Bob —prosiguió Barris, esta vez en tono seguro—. Y eso es muy importante.

—Lo sabremos si es que no roban la grabadora cuando se lleven el sofá y todo lo demás —objetó Arctor.

Bob trató de llegar a una rápida conclusión respecto a si el problema era o no grave. Se encontraba ante una nueva muestra del confuso genio electrónico de Barris, de una mente tremendamente infantil. Bueno, reflexionó, la bofia descubrirá los micrófonos antes de que pasen diez minutos y de ellos llegará hasta la grabadora. No tendrán problema alguno: borrarán la cinta, la rebobinarán y lo dejarán todo tal como estaba, incluida la puerta y la nota. Bien pensado, la puerta abierta les facilitará la tarea. El jodido de Barris... Grandes planes geniales que acabarán en la confusión universal. Hasta es probable que se olvidara de enchufar la grabadora. Y claro, si la encuentra desenchufada...

Deducirá que alguien ha estado allí, concluyó Arctor. Se agarrará a eso y nos dará la lata durante varios días. Alguien entró en la casa, descubrió el dispositivo y fue lo bastante inteligente como para desconectarlo. Espero, pensó Bob, que si encuentran la grabadora desenchufada la conecten a la red. Y no sólo eso, sino que comprueben que funciona perfectamente. En realidad, deberían comprobar todo el sistema que ha montado Barris, desarrollar la secuencia completa, tal como hacen con sus aparatos, para asegurarse de que funciona a la perfección. Y como paso final, borrar la cinta. En caso de que alguien —la bofia, por ejemplo— hubiera entrado en la casa, su presencia habría sido indefectiblemente detectada por la grabadora. Si no lo hacían así, Barris mantendría sus sospechas para siempre.

Mientras seguía conduciendo, Bob continuó su análisis teórico de la situación, ahora con un segundo ejemplo bien establecido. Era algo que había aprendido durante su entrenamiento en la academia de policía, o que había leído en los periódicos.

Teoría: una de las formas más efectivas de sabotaje industrial o militar se limita a causar daños que no puedan ser completa o absolutamente atribuidos a una acción deliberada. Es similar a un movimiento político invisible; quizá ni siquiera exista. Si se conecta una bomba al encendido de un coche, es evidente que hay un enemigo. Si un edificio público o una sede política sufre un atentado, es que existe un enemigo político. Pero si ocurre un accidente, o una serie de accidentes, si se trata de fallos de funcionamiento, de errores, en especial si son poco importantes, ocurridos en un período natural de tiempo, de pequeñas faltas... entonces la víctima, sea un individuo, un partido o un país, no puede organizar jamás su defensa.

En realidad, especuló Arctor mientras conducía a poca velocidad por la autopista, la persona tiende a suponer que es una paranoica y que no tiene enemigos, a dudar de sí misma. Su coche sufre un accidente normal; eso es porque la suerte empieza a darle la espalda. Y sus amigos están de acuerdo en esa apreciación. El problema está en su cabeza, realidad que empieza a consumirle más violentamente que cualquier otra situación tangible. Y, además, el proceso dura un tiempo superior. La persona o personas que persiguen la ruina del individuo en cuestión deben acechar, aguardar y aprovechar la oportunidad durante un período de tiempo más prolongado. Entre tanto, si la víctima puede sospechar la identidad de los agresores, dispone de una mayor posibilidad para atraparlos... Mucho mejor que en el caso, por ejemplo, de que le disparen con un rifle de mira telescópica. Es la ventaja que tiene el perseguido.

Toda nación del mundo, Bob lo sabía, entrena y envía un gran número de agentes para que aflojen tornillos aquí y eliminen conexiones eléctricas allá, para cortar cables e iniciar pequeños incendios, para hacer desaparecer documentos... en fin, percances poco importantes. Una bola de chiclé, introducida en una máquina de xerocopias de una oficina gubernamental, puede destruir un documento único y vital: en lugar de salir una copia, aparecerá el original inservible. Los hyppies de los años sesenta sabían que con un exceso de jabón y papel higiénico podían atorar toda la instalación de desagüe de un edificio comercial, dando así a los empleados una inesperada semana de vacaciones. Una bola de naftalina metida en el depósito de gasolina de un coche agota el motor al cabo de dos semanas, cuando el vehículo ya está en otra ciudad, y no deja residuos que puedan analizarse. Toda estación de radio o TV puede ser puesta fuera de antena mediante un martinete que corte accidentalmente un cable de microondas o eléctrico. Y miles de casos más.

Entre las antiguas clases sociales de la aristocracia se sabía muy bien lo que podía ocurrir con criados, jardineros y otros siervos: un jarrón roto, una joya heredada de valor incalculable que se desliza de una mano indolente...

—¿Por qué has hecho eso, Rastus Brown?

—¡Oh! ¡Ah! Bue... Es que yo...

Y no había nada, o casi nada, que pudiera remediarlo. Podía ser un rico propietario, un escritor político mal visto por el régimen, una pequeña nación recién formada que amenazara a los Estados Unidos o a la URSS...

En cierta ocasión, la esposa de un embajador americano en Guatemala había alardeado en público de que su marido era un perfecto «pistolero» que había terminado con el gobierno izquierdista de aquella pequeña nación. Cumplida su misión, el embajador cayó en desgracia y fue trasladado a un pequeño país asiático. Un día, conduciendo su deportivo, descubrió de repente un lento camión de heno que salía de un camino lateral y embestía su vehículo. Bastó un momento para que el embajador quedara reducido a un montón de restos deformes. Ser pistolero y tener a sus órdenes todo un ejército privado formado por la CIA no le había sentado demasiado bien. Su esposa no escribió ningún poema épico en su honor.

—Este... ¿Qué he hecho? —habría sido la posible contestación del propietario del camión ante la policía—. ¿Qué he hecho, jefe? ¡Oh! ¡Ah! Bue... Es que yo...

O como el caso de su propia ex esposa, recordó Arctor. Al principio de su matrimonio Bob había trabajado como investigador para una casa de seguros («¿Ha observado si los vecinos de enfrente beben mucho?»), y su mujer se quejó de que se pasaba las noches redactando los informes en vez de comérsela con los ojos en cuanto la veía. Poco antes del divorcio, ella había aprendido a fastidiarle mientras trabajaba por la noche: se quemaba la mano encendiendo un cigarrillo, decía que tenía una mota en el ojo, pasaba el polvo a su despacho o, en fin, se pasaba las horas buscando alguna tontería en o cerca de la máquina de escribir. Su reacción inicial consistió en dejar el trabajo, no sin un cierto enojo, y simular que se comía con los ojos a su mujer en cuanto la veía. Luego ocurrió lo del golpe contra el canto de un armario, mientras sacaba el tostador de maíz, y descubrió una solución más conveniente.

—Si matan a nuestros animales —estaba diciendo Luckman—, los machacaré. A todos. Alquilaré una banda profesional de Los Angeles. Tal vez un grupo de Panteras.

—No harán eso —intervino Barris—. No ganan nada matando animales. Los animales no les han hecho nada.

—¿Y yo? —preguntó Arctor.

—Es evidente: ellos piensan que sí —repuso Barris.

—Si hubiera sabido que era inofensivo, lo habría matado yo misma —recitó Luckman—. ¿Os acordáis?

—Sí, pero esa tía era una honrada —dijo Barris—. Nunca se metió en la droga y estaba cargada de dinero. ¿Recordáis su apartamento? Los ricos nunca entienden el valor de la vida. Eso es otra cosa. ¿Te acuerdas de Thelma Kornford, Bob? Aquella chica bajita de pechos impresionantes... Nunca llevaba sostenes y pasamos el tiempo sentados a su lado y mirándole las tetas. Vino a buscarnos para que matáramos aquella libélula, ¿te acuerdas? Y cuando explicamos a la chica que...

Al volante de su coche, conduciendo lentamente, Bob Arctor olvidó los asuntos teóricos y volvió a vivir un momento que les había impresionado mucho a los tres: la delicada y elegante chica honrada de suéter con cuello de cisne, pantalones acampanados y pechos bailarines que les llamó para matar un gran insecto inofensivo. Un bicho que en realidad era beneficioso, ya que se alimentaba de mosquitos y aquel año habían anunciado un brote de encefalitis en el condado de Orange. Cuando vieron que se trataba de una libélula y se lo explicaron, Thelma había pronunciado unas palabras que se convirtieron para ellos en algo que debía ser temido y despreciado, en un lema de parodia:

SÍ HUBIERA SABIDO QUE ERA INOFENSIVO,

LO HUBIERA MATADO YO MISMA.

La frase había sido un resumen (y todavía lo era) de los motivos que les llevaban a desconfiar de sus enemigos honrados, suponiendo que tuvieran enemigos. De todos modos, Thelma Kornford, una persona bien-educada-y-de-buena-posición, se convirtió en enemiga en el mismo instante que pronunció aquellas palabras. Y ellos se habían ido corriendo de su apartamento, aquel día, dejando perpleja a la chica. El abismo entre los dos mundos, el de Thelma y el suyo, se había mostrado con toda claridad. Y seguía existiendo, no importa lo mucho que hubieran pensado en irse a la cama con la chica. El corazón de Thelma, reflexionó Bob Arctor, era una cocina vacía: baldosas, grifos, un escurridero para platos de aspecto descolorido y, junto al fregadero, un vaso abandonado por el que nadie se preocupaba.

Una vez, antes de que se dedicara exclusivamente a su trabajo como agente secreto, había tomado declaración a un par de honrados de excelente posición y nivel de vida. Les habían robado mientras se encontraban ausentes. Los ladrones, cosa evidente, habían sido yonquis. En aquella época aún era frecuente que este tipo de gente viviera en barrios donde bandas de ladrones vagabundos robaban todo lo que podían, que era bastante. Eran bandas profesionales que situaban vigías, hombres con un walkie-talkie en las manos, en los alrededores del lugar del robo, para advertir el regreso de los primos. Recordó lo que había dicho aquel matrimonio: «La gente que viene a robar, a llevarse el televisor en color que es tuyo, son el mismo tipo de criminales que matan despiadadamente a los animales o que destruyen obras de arte invalorables.» No, había respondido Bob Arctor, dejando a un lado el informe que estaba redactando, ¿qué les hace pensar eso? Los adictos, al menos por lo que él sabía, rara vez dañaban animales. Había visto yonquis que alimentaban y cuidaban animales heridos durante largos períodos de tiempo. Y en casos similares, muchos honrados habrían optado por «hacer dormir» a las pobres bestias. «Hacer dormir», un extraño término empleado por los honrados —y también por un viejo «Sindicato»— para no verse obligados a decir «matar». En cierta ocasión había colaborado con dos tipos, totalmente flipados, en la penosa experiencia de liberar a una gata que había quedado atrapada en una ventana rota. Los dos tipos, apenas conscientes, llevaban casi una hora dedicados a la paciente y difícil tarea de lograr que la gata saliera viva del lance. Todos sangraban un poco, tanto los hombres como la gata. Uno de los tipos permanecía dentro de la casa, con Arctor, sujetando al animal, que estaba muy quieto, por la cabeza, y el otro estaba en la calle, aguantando el culo del animal. Al final, liberaron a la gata, que salió muy bien parada, y le ofrecieron comida. No sabían a quién pertenecía el animal que, al parecer, teniendo hambre y oliendo comida por la ventana rota, había tratado de meterse en la casa por el hueco. Al oír los maullidos, los dos flipados habían olvidado por un rato sus viajes y sueños para socorrer a la gata.

En cuanto a las «obras de arte invalorables», Bob no estaba demasiado seguro, ya que desconocía el significado exacto de la expresión. En My Lai, durante la guerra de Vietnam, la CIA había dado órdenes de destruir cuatrocientas cincuenta obras de arte inapreciables... aparte de bueyes, pollos y otros animales no catalogados. Siempre que recordaba este detalle perdía un poco la cabeza, y le resultaba muy difícil razonar sobre cuadros, museos y cosas similares.

—¿Sabéis una cosa? —dijo en voz alta, mientras seguía su lenta conducción—. Cuando muramos y comparezcamos ante Dios el Día del Juicio, se hará una lista de nuestros pecados siguiendo un orden cronológico, o de gravedad, que podrá ser ascendente o descendente, o alfabético. ¿Será verdad? Porque no me haría ninguna gracia que Dios, cuando yo muera a los ochenta y seis años, me dijera a la cara en un bramido: «¿Así que tú eres el niño que en 1962 robó tres botellas de Coca-Cola del camión de reparto cuanto estaba aparcado frente al 7-11? Pues vas a tener muchas cosas que explicar.»

—Creo que este asunto de los pecados lo tratan mediante referencias o remisiones —opinó Luckman—. Lo único que hacen es entregarte una hoja de registro de computador.

—El pecado —dijo Barris, sin poder aguantar la risa—, es un mito judeo-cristiano y, además, anticuado.

—Tal vez ellos tengan tus pecados en conserva, como si fueran un enorme barril de escabeche. —Y diciendo esto, Arctor volvió la cabeza para mirar a Barris, el antisemita—. En un barril de conservas autorizadas por la religión judía, claro. Y es posible que lo alcen y te arrojen todo el contenido a la cara, para que te quedes chorreando pecados. Los tuyos y puede ser que algún otro que haya ido a parar allí por error.

—Algún otro pecado de gente que se llame igual —añadió Luckman—. Otro Robert Arctor. ¿Cuántos Robert Arctor crees que haya, Barris? —Dio un codazo al aludido—. ¿Podríamos averiguarlo con los computadores Cal Tech? ¿Y saber cuántos Jim Barris hay?

¿Cuántos Bob Arctor existen?, se preguntó mentalmente Bob. Un pensamiento extraño y fastidioso. Al menos había dos, se dijo. Uno que se llama Fred y otro que se llama Bob y que estará siendo vigilado por el primero. La misma persona. Aunque... ¿son la misma persona? ¿Fred y Bob son el mismo individuo? ¿Hay alguien que lo sepa con certeza? Si ese alguien existe, yo lo sabría, puesto que soy la única persona en todo el mundo que sabe que Fred es Bob Arctor. Pero, ¿quien soy yo? ¿Fred o Bob?


Por fin, llegaron a la casa, aparcaron en el camino de entrada y, con mucha cautela, se dirigieron a la puerta principal. La encontraron cerrada, pero sin llave, y vieron la nota de Barris. Al entrar, todo parecía estar igual que cuando se habían ido. Pero Barris no tardó mucho en manifestar sus sospechas.

Murmuró algo entre dientes y, sigilosamente, recogió la pistola calibre 22 que había dejado sobre la estantería cercana a la puerta. Bob y Luckman recibieron a los animales que, como era acostumbrado, pedían comida.

—Bien, Barris —dijo Luckman—. Veo que tenias razón. Porque es indudable que hubo alguien aquí. Habrás advertido, igual que Bob, ¿verdad, Bob?, cómo han eliminado todos y cada uno de los rastros que habrían demostrado su... —Asqueado, se tiró un pedo y se dirigió a la cocina para buscar una lata de cerveza en la nevera—. Barris, eres un chiflado.

Pero Barris no le prestaba atención alguna. Pistola en mano, siguió buscando pistas delatoras. Y Arctor, sin dejar de observarle, pensó: quizás encuentre algo. Es posible que hayan dejado alguna huella de su presencia. Es extraño cómo la paranoia y la realidad pueden coincidir de vez en cuando, en instantes pasajeros, en condiciones especiales como las de hoy. Dentro de poco, Barris llegará a la conclusión de que los engañé para que salieran de la casa, permitiendo así que unos intrusos desconocidos ejecutaran propósitos extraños. Y dentro de otro poco, comprenderá quiénes son esos tipos, qué pretendían... Tal vez ya lo imagine, desde hace mucho tiempo. Si fuera así, le habrían sobrado días para preparar y realizar su sabotaje destructor del cefaloscopio, el coche y Dios sabe qué otras cosas. Es posible que al encender la luz del garaje se incendie la casa. Pero la cuestión vital es ésta: ¿Han estado aquí los técnicos? Y si es así, ¿han tenido tiempo de completar la instalación? No lo sabría hasta que hablara con Hank y éste le diera la confirmación de que las holocámaras estaban funcionando. Y que le dijera, claro está, dónde podía obtener las grabaciones y toda posible información que el jefe del equipo de instalación, u otros expertos que hubieran colaborado en la operación, pudieran facilitar. Todo lo concerniente a sus planes contra Robert Arctor, el sospechoso.

—¡Mirad esto! —gritó Barris, inclinado sobre un cenicero en la mesita del café—. ¡Venid aquí! —les urgió.

Arctor y Luckman obedecieron. Bob sintió un calorcillo que emanaba del cenicero.

—Una colilla de cigarrillo —dijo Luckman, apenas dando crédito a lo que veía—. Y aún está encendida. Sí, no hay duda.

¡Jesús!, pensó Arctor. Han metido la pata. Uno de los técnicos ha debido fumar y, lógicamente, ha puesto la colilla aquí. Es decir, han terminado poco antes de que llegáramos. El cenicero, cosa normal en aquella casa, rebosaba de colillas. Y el técnico habría supuesto que una más no se notaría, que se apagaría en cuestión de segundos.

—Un momento —dijo Luckman, que estaba inspeccionando el cenicero. Recogió una colilla—. Esta es la que todavía arde. Se han fumado un porro mientras estaban aquí. Lo que no entiendo es el motivo. ¿Por qué narices lo han hecho? —Malhumorado y confuso, empezó a escudriñar la habitación—. ¡Mierda, Bob! Barris tenía razón. ¡Alguien ha estado aquí! Esta colilla sigue ardiendo, huélela... —La alzó hasta la nariz de Arctor—. Sí, está encendida por dentro. Una semilla, seguramente. No han triturado bien la mierda antes de liarla.

—Quizá no sea accidental el que hayan dejado aquí esa colilla —dijo Barris—. Quizá no sea un descuido.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Arctor. ¿Cómo podía ser que un equipo de intervención policial tuviera un miembro que se fumaba un porro en pleno trabajo y ante las narices de sus compañeros?

—Es posible que hayan venido exclusivamente para dejar droga en esta casa, para comprometernos. Luego un soplo por teléfono y... Quizás haya droga oculta en el teléfono, por ejemplo, o en los enchufes de la pared. Vamos a tener que examinar toda la casa y dejarla limpia antes de que den el soplo. Y no creo que nos quede mucho tiempo.

—Encárgate de los enchufes —dijo Luckman—. Yo miraré el teléfono.

—Espera —repuso Barris, alzando una mano—. Si nos cogen revolviéndolo todo antes del registro...

—¿Qué registro? —inquirió Arctor.

—Si nos cogen buscando droga por toda la casa, no podremos alegar, aunque sea cierto, que no sabíamos que hubiera droga. Nos cogerán con las manos en la masa. Y eso también puede formar parte de su plan.

—¡Mierda! —protestó Luckman. Se dejó caer en el sofá—. Mierda, mierda, mierda. No podemos hacer nada. Además, habrá droga oculta en un montón de sitios y no podremos encontrarla toda. Estamos jodidos. —Sus ojos encendidos por la furia se posaron en Arctor—. ¡Estamos jodidos!

—¿Qué me dices de tu cassette conectada a la puerta principal? —preguntó Arctor a Barris. Se habían olvidado de la grabadora, los tres.

—Sí —repuso Barris—. Tienes razón, esto podría darnos mucha información. —Se arrodilló junto al sofá, metió un brazo debajo, gruñó y sacó una pequeña cassette de material plástico—. Esto nos será de gran utilidad... —De repente se apagó el brillo de sus ojos—. Bueno, en realidad ya no va a servirnos de mucho. —Quitó el cable de la grabadora y dejó el aparato sobre la mesita—. Sabemos lo más importante: alguien estuvo aquí durante nuestra ausencia. Y para eso estaba el aparato.

Silencio.

—Me atrevería a adivinar lo que pasó —dijo Arctor.

—Lo primero que hicieron nada más entrar fue poner la grabadora en posición off. Yo la dejé en on, pero mirad: ahora está en off. Así que...

—¿No ha grabado nada? —preguntó Luckman apenado.

—Actuaron deprisa —explicó Barris—. La apagaron antes de que pasaran dos centímetros de cinta por la cabeza grabadora. Este aparato, aprovecho para decirlo, es muy bueno, un Sony. Cabezales separados para reproducción, borrado y grabación, y el sistema Dolby para reducción de ruidos. Me costó muy barato. Lo compré a un agente que hacía cambalaches. Y siempre me ha ido muy bien.

—Jim, no es momento para rollos —apremió Arctor.

—Sí, tienes razón. —Barris se sentó en un sillón y se quitó las gafas—. En vista de sus tácticas evasivas, no tenemos otro remedio. Mira, Bob, hay una cosa que podrías hacer, aunque llevaría tiempo.

—Vender la casa y marcharnos de aquí —dijo Arctor.

Barris asintió con la cabeza.

—¡Mierda! —protestó Luckman—. ¡Es nuestro hogar!

—¿Qué puede valer ahora una casa así, en este barrio? —preguntó Barris, entrelazando las manos por detrás de la cabeza—. ¿Cómo estará el mercado? Tampoco sé cómo estarán las tasas de interés, Bob, pero puede que obtengas un buen beneficio. Por otra parte, podrías salir perdiendo en una venta rápida. Pero piensa una cosa, Bob: te estás enfrentando a profesionales.




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