Una mirada a la oscuridad



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—¡Voy a destrozarte los neumáticos, los jodidos neumáticos! —seguía gritando, tan fuerte que su voz se escuchaba en toda la zona de edificios—. ¡Y luego te mataré, jodida! —Se agachó y asestó cuchilladas a una rueda y luego a otra del viejo Dodge de la chica.

Kimberly se precipitó hacia la puerta y, de modo frenético, empezó a descorrer los pestillos.

—¡Tengo que detenerle! —gritó—. ¡Está reventando todas las ruedas! ¡Y no tengo seguro!

—Mi coche también está allí —dijo Arctor, tratando de calmar a la chica. Como era de suponer, no llevaba su pistola, mientras que Dan tenía un cuchillo y había perdido el control de sí mismo—. Los neumáticos no son...

—¡Mis neumáticos! —chilló Kimberly, esforzándose por abrir la puerta.

—Eso es lo que él quiere que hagas.

—Ahí abajo —jadeó Kimberly—. Podemos telefonear a la policía... tienen un teléfono. ¡Suéltame! —Se revolvió con todas sus fuerzas y pugnó por salir a las escaleras—. Voy a llamar a la policía. ¡Mis neumáticos! ¡Hay uno que es recién comprado!

—Iré contigo. —Bob agarró por el hombro a la chica. Kimberly se precipitó escaleras abajo, casi soltándose. Llegó al piso más cercano y empezó a golpear la puerta—. ¡Abran, por favor! ¡Por favor, quiero llamar a la policía! ¡Déjenme llamar a la policía!

—Necesitamos usar su teléfono —intervino Arctor—. Es un caso urgente.

Un anciano, vistiendo un suéter gris, corbata y pantalones convencionales, abrió la puerta.

—Gracias —dijo Arctor.

Kimberly entró corriendo en el piso, alzó el teléfono y marcó el número de la operadora. Arctor se quedó en la puerta, esperando a que apareciera Dan. El único sonido provenía del parloteo de Kimberly: un relato tergiversado, algo sobre una pelea por un par de botas que valían setenta dólares.

—El dijo que eran suyas porque yo se las compré como regalo de Navidad —barbullaba ella—, pero eran mías, porque yo las pagué. Y luego las cogió y empezó a destrozar las suelas con un abrelatas. Y... —Se interrumpió y asintió con la cabeza—. Bien, gracias. Sí, estaré a la escucha.

El hombre anciano miró a Arctor, que a su vez devolvió la mirada. En otra habitación, una anciana observaba en silencio la escena, vestida con un traje estampado y con el rostro contraído por el miedo.

—Esto no debe sentarles muy bien —opinó Arctor.

—Siempre están igual —dijo el anciano—. Les oímos pelear, noche tras noche, y él siempre está diciendo que la matará.

—Deberíamos volver a Denver —intervino la anciana—. Ya te lo dije, deberíamos trasladarnos.

—Esas terribles peleas... —prosiguió explicando el anciano—. Cosas que se rompen, ruidos... —Volvió a mirar a Arctor. Parecía afligido, tal vez pidiendo ayuda, o tal vez rogando comprensión—. Una y otra vez, sin cesar. Y luego viene lo peor, sabiendo que cada vez...

—Sí, díselo —apremió la anciana.

—Lo peor de todo —concluyó el anciano, adoptando un aire digno—, es que siempre que salimos, a comprar o a echar una carta al buzón, tenemos que andar entre... Bueno, lo que hacen los perros, ya me entiende.

—Lo que hacen los perros —añadió indignamente la anciana.


Apareció el coche de la policía local. Arctor hizo una declaración presentándose como testigo, no como agente de la ley. El polizonte anotó su informe y trató de obtener otro de Kimberly, como parte denunciante, pero lo que dijo la chica fue absurdo: se lamentó una y otra vez del par de botas, se quejó de lo que él había hecho y explicó lo mucho que significaban para ella. El agente, cuaderno en mano, echó un vistazo a Arctor y le miró con frialdad. Una expresión que Arctor no pudo descifrar pero que, en cualquier caso, no le gustó nada. El polizonte aconsejó finalmente a Kimberly que se hiciera instalar teléfono y que llamara si el sospechoso volvía y ocasionaba más problemas.

—¿Se ha dado cuenta de los neumáticos acuchillados? —indicó Arctor cuando el policía se disponía a marchar—. ¿Ha examinado el vehículo de la chica? ¿Ha notado personalmente el número de neumáticos acuchillados? Son cuchilladas hechas con un instrumento muy afilado... y muy recientes. Tal vez se esté escapando el aire todavía.

El polizonte volvió a mirarle, con la misma expresión que antes, y se fue sin decir nada.

—Es mejor que no te quedes aquí —dijo Arctor, dirigiéndose a Kimberly—. El debería haberte aconsejado que te marcharas. O al menos, debería haberte preguntado si tenias otro sitio a donde ir.

Kimberly se sentó en el raído sofá, rodeada por la basura que llenaba el cuarto de estar. Sus ojos habían perdido de nuevo el brillo, una vez terminado el inútil esfuerzo de explicar su situación al agente de servicio. Se encogió de hombros.

—Te llevaré a otro sitio —dijo Arctor—. ¿Tienes algún amigo que...?

—¡Lárgate! —explotó Kimberly, con un tono de voz malicioso, parecido al de Dan Marcher, aunque más áspero—. Lárgate de aquí, Bob Arctor... ¡Vete, vete, maldita sea! ¿Quieres largarte? —Su voz chillona se quebró de desesperación.

Bob la dejó sola y descendió lentamente las escaleras, peldaño a peldaño. Al llegar al último escalón, un objeto rodó estrepitosamente a su espalda: la botella de lejía. Oyó a la chica cerrar la puerta con todos sus cerrojos. Dispositivos inútiles, pensó. Todo era inútil. El agente de servicio aconseja que ella llame por teléfono si el sospechoso vuelve. ¿Y cómo se las apañará Kimberly para hacerlo sin salir de su piso? Dan Mancher aprovechará el momento para destrozarla, igual que los neumáticos. Y probablemente, dedujo mientras le venía a la memoria la queja de los ancianos vecinos, ella se tambaleará y caerá encima de la mierda de los perros. Al pensar en la escala de valores de aquel par de viejos, no pudo por menos que sentirse como si estuviera riendo histéricamente: el chiflado drogadicto que vivía en el piso de arriba se pasaba las noches golpeando y amenazando de muerte a una chica joven, adicta a las drogas, de mal vivir y que, sin duda alguna, tenía una infección en la garganta (o algo peor). Y por si eso fuera poco...

Ya con Luckman y Barris, de vuelta hacia el norte, Bob no pudo ocultar su burla.

—Mierda de perro —dijo—. Mierda de perro. —Hay que saber apreciarlo, pensó, pero es una cosa humorística. La graciosa mierda de perro.

—Es mejor que cambies de carril y pases a ese camión Safeway —aconsejó Luckman—. Ese monstruo apenas puede moverse.

Se puso a la izquierda y pisó el acelerador. Pero un momento después, al sacar el pie, el pedal cayó hasta la esterilla. El motor rugió de manera furiosa y el coche fue lanzado hacia delante a una velocidad salvaje.

—¡Más despacio! —gritaron al unísono Luckman y Barris.

El vehículo ya había alcanzado los ciento sesenta por hora. Apareció una furgoneta Volkswagen, circulando en dirección contraria a la de ellos. El pedal del gas no funcionaba: ni recuperaba su posición normal, ni servía para nada. Luckman, sentado junto a Bob, y Barris, en el asiento trasero, se protegieron instintivamente con los brazos. Arctor giró el volante a la izquierda para esquivar la furgoneta y ocupó el reducido espacio que quedaba a la izquierda, antes de ver a un Corvette que avanzaba a toda velocidad y ocupaba todo el carril. Escucharon los bocinazos y chirridos de los frenos del otro coche. Luckman y Barris empezaron a chillar. El primero alargó repentinamente el brazo y cortó el encendido. Al mismo tiempo, Arctor ponía punto muerto. El coche redujo su velocidad y Bob, pisando el freno a intervalos, pasó al carril derecho. Con el motor totalmente parado y en punto muerto, ocupó el arcén lateral hasta detenerse por completo.

El Corvette siguió expresando a bocinazos su indignación, pese a estar ya muy lejos. El gigantesco camión Safeway pasó junto al coche de Bob y, en un momento ensordecedor, hizo sonar su señal acústica.

—¿Qué demonios ha ocurrido? —preguntó Barris.

—El muelle de retorno del cable del estrangulador... el gas —dijo Arctor, voz, manos y todo su cuerpo temblando—. Debe estar atascado o roto. —Señaló la parte averiada.

Los tres hombres se quedaron mirando el pedal, que seguía caído en el suelo. El motor había revolucionado al máximo, un régimen considerable para aquel tipo de coche. Bob no había comprobado la velocidad máxima que habían alcanzado, pero la supuso muy por encima de los ciento sesenta kilómetros por hora. Y advirtió que, pese a haber pisado los frenos, el vehículo sólo había reducido un poco su velocidad.

En silencio, bajaron del coche y levantaron el capó. Brotaba humo blanco de los anillos de engrase y de otras partes situadas más abajo, y agua casi hirviendo escapaba silbando por el inundado tubo del radiador.

Luckman se inclinó sobre el recalentado motor y señaló algo.

—No es el muelle —dijo—. Es la articulación del pedal con el carburador. ¿Lo veis? Se ha caído. —La varilla pendía del bloque, inútil e impotente, con la anilla de fijación todavía en su lugar—. Por eso el pedal del gas no recuperó su posición cuando sacaste el píe. Pero... —Inspeccionó el carburador con gesto de preocupación.

—El carburador tiene un dispositivo de seguridad —dijo Barris, sonriendo y mostrando sus dientes casi artificiales—. Cuando la varilla se suelta...

—¿Y por qué tenía que soltarse? —interrumpió Arctor—. La anilla de fijación debía mantenerla en su lugar, ¿no? —Pasó la mano por la varilla—. ¿Cómo ha podido caerse de esta forma?

—Si la varilla cede, por la razón que sea —dijo Barris como si no hubiera estado escuchándole—, entonces el motor se pone a funcionar al ralentí. Como medida de seguridad. Pero en lugar de eso, empezó a revolucionarse hasta el máximo. —Se inclinó para observar mejor el carburador—. Este tornillo ha sido desenroscado por completo. El tornillo de la marcha lenta. Así que, cuando la varilla cedió, el dispositivo de seguridad funcionó al revés: aumentó la velocidad en lugar de disminuirla.

—¿Cómo pudo suceder eso? —casi gritó Luckman—. ¿Es que el tornillo pudo desenroscarse por accidente?

Sin decir nada, Barris sacó su navaja, abrió la hoja y empezó a enroscar el tornillo de ajuste, contando en voz alta las vueltas que daba: veinte en total.

—Para soltar la anilla de fijación y la tuerca que unen el acelerador y las varillas de articulación —dijo finalmente—, se necesita una herramienta especial. Dos, mejor dicho. Supongo que me hará falta media hora para repararlo. Pero tengo de todo, en mi caja de herramientas.

—Tu caja de herramientas está en casa —advirtió Luckman.

—Sí, es verdad —asintió Barris—. Entonces tendremos que ir a una gasolinera para pedir prestadas las herramientas o para que venga aquí la grúa. Sugiero lo segundo. Será mejor que repasen el coche antes de volver a utilizarlo.

—Oye, tío —dijo Luckman—. ¿Esto ha sido un accidente o lo ha hecho alguien deliberadamente? ¿Igual que el cefaloscopio?

Barris meditó por un instante, sin perder su sonrisa, maliciosa y triste a la vez.

—No puedo asegurarlo —contestó por fin—. Normalmente, sabotear un coche, provocar una avería que lleve al accidente... —Miró a Bob, los ojos ocultos tras sus gafas de sol verdes—. Nos hemos salvado de milagro. Si ese Corvette hubiera ido un poco más deprisa... La cuneta era demasiado pequeña para meter el coche allí. Mira, Bob, debías haber cortado el encendido en cuanto te diste cuenta de lo que pasaba.

—Puse punto muerto —dijo Arctor—, al cabo de un instante. Tardé un poco en comprender lo que pasaba. —Si hubieran sido los frenos, pensó Bob, si el pedal del freno hubiera caído, habría reaccionado más pronto, habría sabido qué hacer. Todo fue tan... raro.

—Alguien lo hizo deliberadamente —opinó Luckman. Se revolvió furiosamente, mostrando los puños—. ¡HIJOS DE PUTA! ¡Por poco nos la pegamos! ¡Los muy jodidos, casi nos han matado!

Barris, ante la infinidad de coches que circulaba por la autopista, sacó del bolsillo una pequeña caja de tabletas de sustancia M y se llevó varias a la boca. Luego las pasó a Luckman, que también tomó unas cuantas, y después a Arctor.

—A lo mejor es esto lo que nos está jodiendo —dijo Arctor, rechazando de mala gana el ofrecimiento—. Lo que nos está volviendo locos.

—La droga no puede sabotear el acelerador y el carburador de un coche —replicó Barris, aún sosteniendo la caja de tabletas en sus manos y ofreciéndola a Arctor—. Será mejor que te tomes tres, por lo menos tres... Son de primera calidad, aunque no muy fuertes. Están cortadas con un poco de meta.

—Quítame esa maldita caja de la vista —fue la respuesta de Arctor. Escuchaba voces en su cabeza, cantando, chillando... Oía una música terrible, como sí la realidad, todo lo que le rodeaba, se hubiera vuelto repentinamente irritante. Todo apestaba: los coches circulando a toda velocidad, sus dos amigos, su coche con el capó levantado, el olor del somg la luminosidad cálida y brillante del mediodía... Todo el mundo a su alrededor parecía putrefacto. Sí, putrefacto más que cualquier otra cosa. No fue una repentina sensación de peligro o miedo. Era como si todo fuera pudriéndose poco a poco. Y no sólo percibía la hediondez por el olfato, sino también por la vista y el oído. Sintió náuseas. Cerró los ojos y se estremeció.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Luckman—. ¿Tienes alguna pista? ¿Algún olor del motor que...?

—Mierda de perro —contestó Arctor. El motor y todo lo que había cerca de él olía a mierda de perro. Se inclinó y sintió aquel olor de forma clara y más fuerte. Qué extraño, pensó. Monstruosa y jodidamente raro—. ¿No oléis a mierda de perro? —preguntó a sus amigos.

Barris, sonriente, negó con un gesto de cabeza.

Al inclinarse sobre el motor, aún muy caliente, y oler mierda de perro, Arctor supo que se trataba de una ilusión. No olía a mierda de perro. Pero él la sentía. Y luego vio una sustancia repugnante que impregnaba el bloque del motor y, en especial, todos los salientes que había más abajo. Manchas de color oscuro que, supuso, eran de aceite derramado, vertido: tal vez una arandela floja. Pero necesitaba tocarlo para estar seguro, para reforzar su convicción racional. Sus dedos tocaron las manchas, espesas y oscuras, y se retiraron automáticamente. Había metido los dedos en mierda de perro. El motor, todas las piezas, estaban cubiertos por una capa de mierda de perro. Después advirtió que también la había en el tabique a prueba de fuego. Alzó la vista y volvió a ver mierda de perro en el aislamiento del capó. El hedor era insoportable. Cerró los ojos y se estremeció de nuevo.

—Hey, tío —dijo Luckman, agarrando a Arctor por la espalda—. Parece que estés viendo un flash-back, ¿eh?

—Y con entradas gratis —añadió Barris, riendo entre dientes.

—Será mejor que te sientes. —Luckman guió a Bob hasta el asiento del conductor y le obligó a sentarse—. Tío, estás flipado del todo. Quédate sentado y no te preocupes. Nadie ha muerto y ya estamos avisados. —Cerró la puerta del coche—. Todos estamos perfectamente, ¿comprendes?

Barris se asomó por la ventanilla y dijo:

—¿Quieres un buen montón de mierda de perro, Bob? ¿Para comértela?

Arctor, tiritando, abrió los ojos y se quedó mirándolo. Los ojos de Barris, cubiertos por las gafas verdes, no decían nada, no daban ninguna pista. ¿Había dicho realmente aquello?, se preguntó Arctor, ¿o son imaginaciones mías?

—¿Qué dices, Jim? —preguntó.

Barris empezó a reír. A reírse sin parar.

—Déjale solo, tío —ordenó Luckman, dando un golpe en la espalda a Barris—. ¡Cierra el pico, Barris!

—¿Qué ha dicho hace un momento? —preguntó Arctor a Luckman—. ¿Qué demonios me ha dicho exactamente?

—No lo sé —contestó Luckman—. No comprendo ni la mitad de las cosas que Barris dice a la gente.

Barris seguía sonriendo, pero ya se había callado.

—Maldito Barris —le dijo Arctor—. Sé que tú eres el culpable. Primero jodiste el cefaloscopio y ahora el coche.

Tú lo hiciste, hijo de puta, chiflado.

Su voz apenas fue audible para él mismo, pero, al decir aquello al sonriente Barris, aumentó el pavoroso olor a mierda de perro. Decidió permanecer callado y quedarse sentado ante el inútil volante de su coche, esforzándose por no vomitar. Por fortuna, Luckman me acompaña, pensó. Si él no estuviera aquí, todo se habría acabado para mí. Me habría jodido este chalado, este cabeza hueca, este hijo de puta que vive en mi misma casa.

—No te preocupes, Bob —dijo Luckman. Bob pudo escucharle entre las oleadas de náuseas que le agobiaban.

—El tiene la culpa, lo sé —insistió Arctor.

—¡Jo, tío! ¿Y por qué? —¿Era Luckman el que hablaba? ¿El que intentaba hablar?—. El también habría muerto si fuera el culpable. ¿Qué ganaba con eso, tío? ¿Por qué iba a hacerlo?

Bob Arctor se sintió dominado por el olor que emanaba del sonriente Barris, y vomitó sobre el tablero de mandos de su propio coche. Miles de vocecitas tintinearon en sus oídos, casi ensordeciéndole, y el olor fue apagándose. Las voces eran extrañas, no podía descifrar su significado. Lo importante era que podía ver y que aquella hediondez desaparecía. Se estremeció, y buscó el pañuelo que llevaba en el bolsillo.

—¿De qué eran esas tabletas que nos diste? —preguntó Luckman al sonriente Barris.

—Demonios, yo también las tomé, igual que tú —dijo Barris—. Y no hemos visto las estrellas. Así que no ha sido la droga. Además, Bob ha reaccionado demasiado pronto. ¿Cómo iba a ser por causa de la droga? El estómago no puede absorber...

—¡Me has envenenado! —estalló Arctor. Podía ver casi perfectamente y estaba lúcido. Pero tenía miedo. Se había sumergido en el miedo, en una respuesta racional que eliminaba la locura. Miedo ante lo que había podido pasar y lo que eso significaba. Miedo, un miedo terrible al pensar en el sonriente Barris, en su jodida caja de ruedas, sus explicaciones, sus frases sobrecogedoras, sus gestos, sus costumbres, sus idas y venidas... Y de su informe anónimo a la policía sobre Robert Arctor, su dispositivo infantil para ocultar la voz que tan buen resultado le había dado. Pero no podía tratarse de otra persona que no fuera Barris.

El hijo de puta la ha tomado conmigo, pensó Bob Arctor.

—Nunca he visto a nadie que se flipara tan rápidamente —dijo Barris—. Aunque la verdad es que...

—¿Ya estás bien, Bob? —preguntó Luckman—. No te preocupes, nosotros limpiaremos todo esto. Será mejor que vayas atrás.

Luckman y Barris abrieron la puerta del coche y ayudaron a Bob a cambiarse de sitio.

—¿Estás seguro de no haberle dado nada raro? —preguntó Luckman a Barris.

Y Barris alzó las manos, agitándolas en señal de protesta.

VI
Item: lo que más teme un agente secreto que trabaje en narcóticos no es que le maten o le den una paliza, sino que le hagan tomar una gran dosis de alguna droga psicodélica, una dosis que proyectará en su mente, y para el resto de su vida, un film horrorífico e interminable. O bien que le inyecten mex, mitad hero y mitad sustancia M, o las dos cosas anteriores más un veneno del tipo de la estrictina, que casi le matará, pero no del todo. Y así ocurrirá lo más temible: convertirse en adicto para toda la vida y presenciar la eterna película de horror. Su existencia quedará reducida entonces a la jeringa y la cuchara, a darse de golpes contra las paredes de un hospital psiquiátrico o, lo peor de todo, a morir en vida en una clínica del gobierno. Día y noche tratará de sacudirse los áfidos que lo atormentan o se preguntará en vano por qué no puede encerar el suelo. Y todo ello sucederá deliberadamente. Alguien averiguaría lo que estaba haciendo y lo atraparían, condenándolo a una existencia de terror. Lo peor de todo: la culpa sería de la sustancia que ellos vendían y que él trataba de poner fuera de circulación.

Conduciendo precavidamente de vuelta a casa, Bob Arctor prosiguió sus reflexiones. Debía suponer que tanto los traficantes como la gente de la brigada de narcóticos conocía los efectos que las drogas callejeras causaban en la gente. Era un punto de concordancia.

Una gasolinera de la cadena Union, cercana al lugar de su accidente, se había ocupado de reparar el coche, por un total de treinta dólares. Todo pareció haber ido bien, aunque el mecánico había estado examinando durante un buen rato la suspensión de la parte delantera izquierda.

—¿Pasa algo? —había preguntado Arctor.

—Da la impresión de que usted tenga problemas cuando toma una curva muy cerrada —había dicho el mecánico—. ¿No patina el coche?

El coche no patinaba. Al menos, Arctor no lo había advertido. Pero el mecánico no aclaró el problema, limitándose a inspeccionar el resorte espiral, la articulación y el amortiguador bañado en aceite. Arctor había pagado la factura y la grúa se había marchado. Luego se había metido en el coche, con Luckman y Barris ocupando el asiento trasero, para dirigirse al norte, hacia el condado de Orange.

Mientras conducía, Arctor pensó en otras irónicas maniobras propias de agentes y traficantes especializados en narcóticos. Varios policías conocidos suyos se habían hecho pasar por traficantes en su trabajo clandestino, acabando por vender hachís e, incluso, hero. Era una buena coartada, pero el agente veía como sus ingresos iban superando cada vez más el salario que cobraba oficialmente y el dinero que obtenía al colaborar en la requisa de un buen lote de mercancía. Además, los agentes se acostumbraban a tomar sus propios productos; era algo inevitable, un elemento vital. Con el tiempo se convertían en adictos y traficantes de fortuna, mientras seguían desempeñando su trabajo para la policía y en defensa de la ley... que algunos cambiaban para dedicarse por completo al tráfico de estupefacientes. Pero había más: también algunos traficantes, bien para vengarse de gente molesta o bien temiendo una inminente detención, entraban en la policía y se iniciaban como agentes de narcóticos, con un cargo más oficioso que oficial. El panorama era tétrico. En realidad, el mundo de la droga era sombrío para cualquier persona. Como estaba empezando a serlo, por ejemplo, para Bob Arctor: aquella misma tarde, mientras él y sus dos camaradas habían estado a punto de morir en la autopista de San Diego, las autoridades habían estado instalando, por su cuenta, los aparatos de vigilancia y escucha que servirían para controlar a todos los inquilinos de su casa. Y si lo habían hecho, como él esperaba, no tendría nada que temer de ahora en adelante, nada similar a lo que le había sucedido hoy. Era un golpe de suerte que, en último término, podría establecer la diferencia entre su muerte —envenenado, tiroteado o drogado— y el echarle el guante a su enemigo, a la persona que le acechaba y que había estado a punto de acabar con él. En cuanto las holocámaras estuvieran instaladas, meditó, la posibilidad de un sabotaje o ataque contra él sería muy pequeña. O en cualquier caso, su enemigo podría intentarlo, pero no lograrlo.

Tan sólo este pensamiento le dio ánimos. El culpable puede huir si nadie lo persigue, reflexionó mientras se abría paso con todo cuidado entre la maraña de vehículos que circulaban a últimas horas de la tarde. Había oído decirlo y tal vez fuera cierto. Una cosa era segura: el culpable huía, a toda prisa y con grandes precauciones, cuando alguien lo acosaba. Cuando iba tras él un experto, un ser de carne y hueso, pero invisible al mismo tiempo. Y un individuo que siempre estaba muy cerca. Tan cerca, pensó, como el asiento trasero de este coche. Desde ahí atrás, si él tuviera su jodida 22 de fabricación alemana y su irrisorio silenciador casero, y si Luckman se durmiera como suele hacer siempre, me metería una bala en el cerebro y estaría tan muerto como Bobby Kennedy, que murió a causa de heridas de balas del mismo calibre... de un calibre muy pequeño.

Y no sólo ahora, sino cualquier día o cualquier noche.

Claro que, estando en casa, podré examinar las grabaciones de las holocámaras. Sabré perfectamente, y enseguida, qué hacen todos los que viven en mi casa, cuándo lo hacen e, incluso, por qué lo hacen. Incluyéndome yo, por supuesto. Contemplaré a mi propio yo, pensó Bob, despertándose de madrugada para orinar. Veré lo que ocurre en todas las habitaciones en el transcurso de veinticuatro horas... aunque habrá un cierto retraso. No me será de mucha ayuda el ver a través de las cámaras que me están dando alguna droga desorientadora robada por los Angeles del Infierno de un arsenal militar y vertida en mi café. Será otra persona de la brigada, la que se encargue de las grabaciones, la que observará mis convulsiones, incapaz de ver o comprender qué me pasa o en qué me he convertido. Será una escena retrospectiva que nunca podré contemplar. Otra persona deberá hacerlo por mí.




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