Una mirada a la oscuridad



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—Hay otra razón —interrumpió Charles Freck—. Se me está acabando la droga, como tantas otras veces. No puedo soportarlo, siempre vas teniendo menos y nunca sabes si volverás a ver una jodida tableta.

—Bueno, nunca podemos estar seguros de volver a ver otro amanecer.

—Pero... ¡mierda! Me queda muy poca, es cuestión de días. Y, además... Creo que me están robando. No puedo tomarlas tan deprisa. Alguien se las está llevando de mi jodido escondite.

—¿Cuántas tabletas tomas cada día?

—Es muy difícil saberlo. Pero no tantas.

—Ten en cuenta que cada vez las toleras más.

—Desde luego, pero no tantas. No puedo soportar estar de vacío y todo lo que sigue. Por otra parte... —Charles reflexionó—. Creo que tengo un nuevo camello. Esa chica, Donna. Donna no sé qué.

—Ah, sí. La que va con Bob.

—Su mujer —dijo Charles Freck, asintiendo con la cabeza.

—No, jamás ha podido bajarle las bragas. Trata de hacerlo, que es muy distinto.

—¿La chica es de confianza?

—¿En qué sentido? ¿En su trabajo o...? —Barris se llevó una mano a la boca y simuló tragársela.

—¿Qué tipo de sexo es ese? —Lo comprendió perfectamente—. ¡Ah, sí! A eso me refiero.

—Muy de confianza. Un poco tonta. Como es de esperar con las chicas, especialmente con las morenas. Tiene el cerebro entre las piernas, igual que la mayoría de ellas. Quizá guarde allí su mercancía. —Barris rió entre dientes—. O toda la mercancía de su proveedor, quién sabe.

Charles Freck se inclinó hacia su amigo.

—¿Arctor nunca se ha cepillado a Donna? Siempre habla como si lo hubiera hecho.

—Así es Bob Arctor. Habla como si hiciera muchas cosas. Pero no es lo mismo que hacerlas, no lo es.

—¿Cómo es que nunca se ha acostado con ella? ¿No puede ponerse en forma?

—Donna tiene problemas —contestó Barris con aire pensativo. Seguía jugueteando con la empanada, ya partida en trocitos—. Quizá por culpa de la droga. Le fastidia que la toquen... Los drogadictos pierden el interés en el sexo, porque sus órganos se entumecen con la vasoconstricción. Y Donna, lo he observado, muestra una excesiva incapacidad para excitarse sexualmente, hasta un punto poco normal. No con Arctor solamente, sino también con... —Se interrumpió y torció el gesto—. También con otros hombres.

—Mierda, lo que quieres decir es que no se dejará camelar.

—Sí que se dejará, si se la trata adecuadamente. Por ejemplo... —Barris adoptó una expresión misteriosa—. Puedo explicarte cómo seducirla por noventa y ocho centavos.

—No quiero seducirla. Sólo hacerle compras. —Charles se sintió molesto. Siempre había algo en Barris que le producía mal de estómago—. ¿Por qué noventa y ocho centavos? Ella no aceptaría dinero, no quiere trucos. Además, es la chica de Bob.

—El dinero no iría a parar directamente a ella —explicó Barris con su característica precisión y educación. Se inclinó hacia Charles Freck. Los peludos orificios de su nariz temblaban de satisfacción y malicia. Y no sólo eso: sus gafas de sol, teñidas de verde, se habían empañado—. Donna toma coca. No hay duda de que abrirá sus piernas a cualquiera que le de un gramo de coca. Sobre todo si se añade a la droga ciertos productos químicos especiales de un modo estrictamente científico que me ha costado mucho trabajo descubrir.

—Me gustaría que no hablarás de esa forma. De ella. Mira, de todas maneras un gramo de coca cuesta ahora cien dólares. ¿Quién tiene ese dinero?

—Escucha —dijo Barris, ahogando un estornudo—. Sin contar el trabajo, sólo los ingredientes, puedo obtener un gramo de cocaína pura por un coste inferior a un dólar.

—Y una mierda.

—Te lo demostraré.

—¿De dónde sacas los ingredientes?

—Del 7-11. —Barris se puso en pie con torpeza. Tan excitado estaba que se olvidó de los trozos de empanada que le quedaban—. Paga la cuenta y te lo mostraré. Tengo un laboratorio en casa, un laboratorio provisional hasta que pueda montarme otro mejor. Podrás verme extraer un gramo de cocaína de sustancias normales y legales compradas a la luz del día en el 7-11 por menos de un dólar. —Se dirigió hacia la salida—. Vamos. —Su voz era apremiante.

—En seguida —contestó Charles. Recogió la nota y le siguió.

Está majareta, pensó. O quizá no. Con todos esos experimentos químicos que hacía, y leyendo y leyendo en la biblioteca del condado... quizás haya algo de verdad. Pensemos en los beneficios, se dijo. ¡Pensemos en todo lo que podríamos solucionar!

Apretó el paso. Barris pasó la caja de la cafetería, sacando de un bolsillo de su mono de mecánico las llaves de su Karmann Ghia.


Se detuvieron en el aparcamiento del 7-11, salieron del coche y penetraron en el establecimiento. Como siempre, un polizonte imponente y estúpido estaba en pie ante el mostrador de la entrada, simulando ojear una revista porno. Pero en realidad, como Charles Freck sabía perfectamente, el poli vigilaba a todos los que entraban en la tienda, para ver si trataban de cometer un robo.

—¿Qué vamos a comprar aquí? —preguntó a Barris que, con toda naturalidad, paseaba entre las hileras de alimentos.

—Un spray. De Solarcaína.

—¿Un spray para las quemaduras de sol? —Charles Freck no creía que todo aquello estuviera sucediendo realmente, aunque por otra parte, ¿quién podía asegurarlo? Siguió a Barris hasta el mostrador. Al fin y al cabo, esta vez pagaba Barris.

Compraron el spray de Solarcaína, pasaron junto al policía y volvieron al coche. Barris salió del aparcamiento a toda prisa y lanzó el vehículo a lo largo de la calle, ignorando las señales de velocidad máxima. Se detuvo ante la casa de Bob Arctor. Frente a la puerta, sobre la hierba crecida, había periódicos viejos que nadie había recogido.

Barris salió del coche y cogió del asiento trasero algunos objetos de los que colgaban cables. Charles Freck pudo ver un voltímetro, otro aparato electrónico de medidas y un soldador.

—¿Para qué es eso? —preguntó.

—Tengo un largo y arduo trabajo por delante —contestó Barris, llevando todos los aparatos y el spray de Solarcaína hasta la puerta principal. Entregó la llave a Charles—. Y es probable que no gane ni un centavo, como siempre.

Charles Freck abrió la puerta y ambos entraron en la casa. Dos gatos y un perro les rodearon entre sonidos de ansiedad. Los dos hombres los apartaron cuidadosamente con las botas.

Barris había montado un extraño laboratorio en la parte trasera del pequeño comedor. Semana tras semana había acumulado botellas y trastos de todos los tipos, objetos que aparentaban no valer nada y que había birlado de diversos lugares. Charles Freck sabía que Barris, por lo que le habían dicho, creía más en el ingenio que en la amplitud de medios. Barris predicaba que una persona debía ser capaz de usar lo primero que tuviera a mano para conseguir sus objetivos. Una chincheta, un clip, una parte de algún aparato que se hubiera roto o al que le faltaran otras partes... Charles Freck tuvo la impresión de que una rata se había instalado allí y realizaba experimentos con cosas apreciadas por su género.

La primera parte del plan de Barris consistía en hacer una bolsa de plástico con el rollo que había junto al fregadero y verter en ella el contenido del spray hasta que ya no quedara nada en el bote, o al menos hasta agotar el gas del mismo.

—Esto es increíble —opinó Charles Freck—. Superincreíble.

—Lo que han hecho deliberadamente —explicó Barris, muy alegre mientras trabajaba— es mezclar la cocaína con aceite, de modo que la droga no pueda extraerse. Pero con mis conocimientos de química sé con precisión cómo separar ambas cosas. —Agitó vigorosamente un salero sobre el líquido viscoso de la bolsa. Luego la vació en una jarra de vidrio—. Estoy congelando la mezcla —anunció sonriente—. Los cristales de cocaína subirán hasta la superficie, puesto que son más ligeros que el aire. Que el aceite, quiero decir. El paso final es mi secreto, claro, pero se basa en un complicado y metódico proceso de filtraje. —Abrió el congelador de la nevera y metió la jarra con extremo cuidado.

—¿Cuánto tiempo ha de estar ahí?

—Media hora. —Barris sacó uno de sus cigarrillos liados a mano, lo encendió y se acercó al montón de aparatos electrónicos de medida. Se quedó allí, meditando y restregándose la barba.

—Bueno, ya veo —dijo Charles Freck—. Pero, mira, aunque obtengas un gramo de cocaína pura, no puedo usarlo con Donna para... bueno, ya me entiendes, para que se baje las bragas a cambio. Es como comprarla. Sí, es comprarla.

—Un intercambio —corrigió Barris—. Tú le haces un regalo y ella otro a ti. El mejor regalo que puede hacer una mujer.

—Ella se daría cuenta de que la están comprando. —Sabía lo bastante de Donna para adivinar su reacción: la chica comprendería la jugada al momento.

—La cocaína es un afrodisíaco —murmuró Barris como si hablara consigo mismo. Estaba colocando el equipo de medida junto al cefalocromoscopio de Bob Arctor, la posesión más cara de Bob—. En cuanto Donna aspire una buena dosis estará encantada de entregarse.

—Mierda, tío —protestó Charles Freck—. Estás hablando de la chica de Bob Arctor. Es mi amigo y el tipo con el que vivís Luckman y tú.

Barris alzó por un instante su peluda cabeza para escrutar a Charles.

—Hay muchas cosas sobre Bob Arctor que tú desconoces —dijo—. Que ninguno de nosotros sabe. Tu punto de vista es simplista e ingenuo. Crees de él lo que quieres que Bob crea.

—Es un tío fabuloso.

—Sí —admitió Barris sonriendo—. No hay duda de ello. Uno de los mejores del mundo. Pero yo, y todos los que conocemos muy bien a Arctor, hemos descubierto en él algunas contradicciones. Tanto en su personalidad como en su conducta. En su conexión total con la vida. En su, digamos, estilo innato.

—¿Qué has descubierto, en concreto?

Los ojos de Barris se movieron de un lado a otro detrás de sus gafas verdes.

—El movimiento de tus ojos no me dice nada —dijo Charles—. ¿Qué le ocurre al cefaloscopio? ¿Por qué estás trabajando con él? —Se aproximó al aparato.

—Dime lo que observas ahí, bajo el alambrado —contestó Barris al tiempo que inclinaba el chasis central.

—Veo hilos cortados. Y muchos cortocircuitos que parecen deliberados. ¿Quién lo hizo?

Los ojos de Barris, expertos y risueños, siguieron danzando con especial deleite.

—Ese maldito gesto no me dice una puñetera mierda —protestó Charles Freck—. ¿Quién estropeó el aparato? ¿Cuándo sucedió? ¿Acabas de descubrirlo? Arctor no me dijo nada la última vez que nos vimos, y eso fue anteayer.

—Quizá no estaba preparado aún para hablar de esto.

—Escucha; por todo lo que veo, no haces más que hablarme de misterios. Creo que me iré a una de las residencias New-Path, me internaré y aceptaré el pavo frío y la terapia, el juego destructivo que a ellos les gusta. Estaré con esos tipos día y noche y no tendré que soportar chalados misteriosos como tú, absurdos e incomprensibles. Me doy cuenta de que el cefaloscopio está jodido, pero tú no me explicas nada. ¿Tratas de decirme que lo hizo el mismo Bob Arctor? ¿Qué ha jodido un aparato de tanto valor y que, además, era suyo? ¿Es eso o no? ¿De qué me estás hablando? Me gustaría estar viviendo en New-Path, sin tener que soportar cada día esta mierda absurda que no comprendo. Sin tener que aguantarte ni a ti ni a cualquier chalado tan flipado como tú. —Echaba fuego por los ojos.

—No estropeé esta unidad transmisora —respondió un expectante Barris que se retorcía las patillas—. Y dudo mucho de que Ernie Luckman lo hiciera.

—Dudo mucho de que Ernie Luckman estropeara nada en toda su vida, a no ser aquella vez que se flipó con ácido malo y arrojó por la ventana la mesita del cuarto de estar y todo lo que encontró en el apartamento que tenían él y esa chica, Joan. Eso es diferente. Lo normal es que Ernie sepa muy bien lo que hace, más que todos nosotros. No, Ernie nunca sabotearía el cefaloscopio de otra persona. Y Bob Arctor... Es su aparato, ¿no? ¿Por qué levantarte a escondidas, a medianoche, sin darte cuenta, y hacer esto, estropear tu propio aparato? Esto lo hizo alguien que quería fastidiarle. Esa es la explicación. —Y ese alguien fuiste tú, hijo de puta, pensó Charles. Sabías cómo hacerlo. Y eres lo bastante asqueroso como para hacer una cosa así—. La persona que lo hizo debería estar en una clínica para afásicos o en chirona. En mi opinión, mejor en chirona. En realidad, Bob siempre utilizaba este cefaloscopio Alpec para olvidarse de todos sus problemas. Puedo verle conectándolo una y otra vez, en cuanto llega a casa por la noche, en cuanto entra por esa puerta, en cuanto vuelve de trabajar. Toda persona tiene un tesoro. Y este era el de Bob. Así que no puedo creer que él lo hiciera. ¡Mierda, tío! Eso es lo que te digo.

—Y es lo que yo quería decir.

—¿Qué es lo que tú querías decir?

—En cuanto llega a casa por la noche, en cuanto vuelve de trabajar. —repitió Barris—. Hace ya tiempo que me pregunto para quién trabaja Bob. ¿En qué tipo de organización trabaja? ¿Por qué no puede explicárnoslo?

—Trabaja para el jodido Blue Chip Redemption Stamp Center de Placentia —replicó Charles Freck—. Me lo dijo una vez.

—¿Y qué hace allí?

—Pinta los sellos de color azul. —Charles Freck suspiró. No había duda: Barris no le gustaba. Ojalá estuviera en cualquier otra parte, obteniendo droga de la primera persona que viera o llamara por teléfono. Quizá debía irse de allí, pensó. Pero inmediatamente recordó la jarra de aceite y cocaína que estaba congelándose en la nevera: cien dólares de beneficio a cambio de noventa y ocho centavos—. Escucha, Barris, creo que me estás tomando el pelo. ¿Cuándo estará lista la coca? Además, estoy pensando que la gente de Solarcaína no vendería tan baratos sus productos si hubiera un gramo de cocaína pura en ellos. ¿Qué beneficios iban a obtener?

—Sus ventas son enormes.

Charles Freck se sumió en una fantasía mental: camiones repletos de cocaína descargando la mercancía en la factoría Solarcaína, en cualquier parte del mundo que estuviera. Quizás en Cleveland. Camiones vertiendo coca pura, sin adulterar, sin cortar, de primera clase, en un extremo de la factoría. Y allí la mezclaban con aceite, gas inerte y otras porquerías, para envasarla a continuación en pequeños botes que luego se amontonarían en los millares de establecimientos de la cadena 7-11, droguerías y supermercados. Lo que deberíamos hacer, pensó, es asaltar uno de esos camiones, apoderarnos de toda la carga. Tres o cuatrocientos kilos... ¡Qué narices, mucho más! ¿Qué carga puede llevar un camión?

Barris le mostró el vacío envase de Solarcaína para que lo inspeccionara. Llamó su atención sobre la etiqueta del spray, en la que se enumeraban todos los componentes.

—¿Lo ves? —dijo Barris—. Benzocaína. Hay muy poca gente que sepa que se trata de un nombre comercial de la cocaína. Si ellos hablaran de cocaína en la etiqueta, todo el mundo se enteraría y acabarían haciendo lo mismo que yo hago. Pero la gente no está lo bastante educada como para comprenderlo. Es precisa una instrucción científica, y yo la tengo.

—¿Y qué piensas hacer con tus conocimientos? —preguntó Charles Freck—. Quiero decir, aparte de poner caliente a Donna Hawthorne.

—Pienso escribir un best-seller. Con el tiempo. Un libro para el ciudadano medio en el que explicaré la forma de obtener droga a domicilio sin quebrantar la ley. ¿Lo comprendes? Todo esto no va contra la ley. La benzocaína es legal. Telefoneé a una farmacia y lo pregunté al dueño. Es un producto que está en un montón de fármacos.

—¡Jo! —exclamó el impresionado Charles Freck. Miró su reloj de pulsera para saber cuánto tiempo debería esperar todavía.


Hank, el señor F., había ordenado a Bob Arctor que inspeccionara los centros residenciales New-Path. Se trataba de localizar a un importante traficante al que Bob había estado investigando. Pero el individuo se había esfumado de la noche a la mañana.

Era un hecho frecuente el que un traficante, advirtiendo que estaba a punto de ser detenido, se refugiara en alguno de los centros de rehabilitación para drogadictos, tales como Synanon, Center Point, X-Kalay y New-Path. El individuo se presentaba como un adicto que buscaba ayuda y, una vez internado, su cartera, su nombre y todo lo que pudiera identificarlo desaparecía. Así se preparaba una nueva personalidad no orientada hacia las drogas. En este proceso de reorientación los defensores de la ley perdían la mayor parte de las pistas que podrían llevarles a la localización del sospechoso. Con el tiempo, cuando la investigación perdía fuerza, el traficante abandonaba el centro y reasumía sus actividades normales.

¿Cuántos casos así existían? Nadie lo sabía. El personal de los centros de rehabilitación trataba de averiguar cuándo se los utilizaba de tal modo, pero no siempre lo descubrían. Un traficante temeroso de que lo encarcelaran por cuarenta años estaba lo suficientemente motivado como para inventarse una buena historia que convenciera al personal del centro de rehabilitación. La desesperación del individuo era más real que fingida.

Bob Arctor, conduciendo lentamente por Katella Boulevard, buscó el letrero y el edificio de madera de New-Path. El local había sido una vivienda particular en otros tiempos, pero ahora lo regentaba el activo personal que trabajaba en esta zona tratando de rehabilitar a los drogadictos. A Bob no le gustaba la idea de presentarse allí como un toxicómano en demanda de ayuda, pero no tenía otra alternativa. Si se identificaba como agente de narcóticos que iba en busca de alguien, los del centro de rehabilitación —o la mayoría de ellos— evadirían todas las preguntas. Era su línea de acción. No querían que la policía se metiera en sus asuntos. Y Bob era capaz de simpatizar con esa línea, apreciar su valor. Se suponía que los ex-adictos estaban finalmente a salvo. En realidad, el personal del centro acostumbraba a garantizar oficialmente la seguridad de los internados. Por otra parte, el traficante que buscaba era un canalla de renombre y el hecho de que usara los centros de rehabilitación para despistar a la policía no favorecía los intereses de nadie. Bob no vio otra alternativa, ni para él ni para el señor F., el hombre que en un principio le había asignado el caso de Negro Weeks. Este tipo, Weeks, había sido el objetivo principal de Arctor durante un período de tiempo interminable, sin haber obtenido resultado alguno. Y ahora, en los últimos diez días, Weeks había desaparecido del mapa.

Bob divisó el cartel y dejó el coche en el pequeño aparcamiento que aquel establecimiento concreto de New-Path compartía con una panadería. Recorrió el camino que llevaba a la entrada principal haciendo su numerito de tipo apesadumbrado y miserable, con el paso vacilante y las manos crispadas dentro de los bolsillos.

Al menos el departamento no le había culpado de perder la pista de Negro Weeks. Oficialmente se consideraba el hecho como una prueba de la astucia de Weeks. Técnicamente hablando, Weeks era un proveedor más que un traficante: compraba lotes de droga dura en Méjico, a intervalos regulares, que llegaban a alguna parte de Los Angeles y se repartían entre los compradores. El método que seguía Weeks para pasar el cargamento por la frontera era excelente: ocultaba la droga bajo el chasis del coche de algún tipo honrado que le precedía en la carretera, lo seguía hasta llegar al lado americano y lo mataba a la primera oportunidad. Si la patrulla fronteriza de los Estados Unidos descubría la droga en su escondite, no era Weeks el detenido, sino el tipo honrado. En California la posesión se determinaba prima facie. Una verdadera desgracia para el honrado, su esposa e hijos.

Bob reconocía a Weeks en cuanto lo veía, mejor que a cualquier otra persona a la que vigilara en su trabajo secreto para el condado de Orange. Era un negro gordo, treinta y pico de años, que hablaba de forma muy característica, con lentitud y elegancia, como aprendida de memoria en alguna escuela inglesa de pega. Pero la verdad es que Weeks procedía de los barrios bajos de Los Angeles. Lo más probable es que hubiera aprendido su dicción utilizando educassettes alquiladas en alguna biblioteca universitaria.

Weeks gustaba vestir de un modo sobrio pero elegante, dando la impresión de que era médico o abogado. Era frecuente verle con un maletín de piel de cocodrilo, muy caro, y gafas con montura de carey. Solía ir armado con una escopeta de cañón corto y culata de pistola, construida a la medida en Italia; un arma magnífica y elegante. Pero en New-Path no tenía cabida toda esa elegancia. Le habrían dado la ropa normal para que fuera vestido como cualquier otra persona, y su maletín estaría oculto en algún armario.

Arctor abrió la sólida puerta de madera y entró.

Un vestíbulo sombrío y, a su izquierda, una sala con tipos leyendo. En el extremo opuesto una mesa de ping-pong y una cocina. Había carteles en las paredes, algunos de imprenta y otros hechos a mano: EL ÚNICO FALLO ES FALLAR A OTROS y cosas por el estilo. Pocos ruidos, escasa actividad. New-Path manejaba diversos negocios menores, y era probable que la mayoría de los residentes, hombres y mujeres, estuvieran trabajando en sus peluquerías, gasolineras y fábricas de bolígrafos. Bob guardó allí con aire cansado.

—¿Sí? —Apareció una chica, bonita, vistiendo una cortísima falda de algodón azul y una blusa de manga corta. Sobre esta prenda y entre los dos pezones de la mujer se leía NEW-PATH.

—Yo... —dijo Arctor con voz ronca y confusa—. Estoy desequilibrado. No sé lo que hago. ¿Puedo sentarme?

—Desde luego. —La chica hizo un gesto con la mano y aparecieron dos tipos de aspecto vulgar e impasible—. Acompañadle para que se siente en algún sitio y traedle café.

Qué asco, pensó Arctor mientras los dos tipos le conducían a un mullido sofá de apariencia descuidada. Paredes lúgubres. Igual que los cuadros, regalados y de escasa calidad. Pero aquella gente subsistía gracias a donaciones, les resultaba difícil conseguir una subvención.

—Gracias —dijo estremeciéndose, como si fuera un alivio tremendo estar allí y sentado—. ¡Huau! —Trató de arreglarse el pelo, simuló no poder hacerlo y desistió.

—Tu aspecto es desastroso —intervino la chica, con voz firme y mirándole fijamente.

—Sí —convinieron los dos tipos a la vez, en un tono sorprendentemente vivaz—. Auténtica basura. ¿Qué has estado haciendo? ¿Nadando en tu propia mierda?

Arctor parpadeó.

—¿Quién eres? —preguntó uno de los tipos.

—Ya puedes ver lo que es —contestó el otro—. Algún desecho del cubo de la basura. Fíjate. —Señaló el pelo de Arctor—. Piojos. Por eso te pica, tío.

—¿Para qué has venido aquí? —La chica habló con tranquilidad, sin hacer caso a los otros dos, pero no de modo amistoso.

Porque tenéis oculto un pez gordo, pensó Arctor. Y aquí está la policía. Y sois estúpidos, todos vosotros. Pero no expresó sus pensamientos en voz alta, sino que, en el tono lastimoso que los demás esperaban, dijo:

—Usted dijo que...

—Sí, te daremos café. —La chica hizo un rápido gesto de cabeza, y uno de los tipos corrió sumisamente hacia la cocina.

Un silencio. Luego la chica se inclinó y tocó una rodilla de Arctor.

—Te sientes muy mal, ¿verdad? —dijo dulcemente. Bob sólo pudo asentir con la cabeza—. Vergüenza y cierto disgusto por tu estado actual.

—Sí —admitió Bob.

—Te fastidia haberte convertido en una piltrafa. Una letrina. Día tras otro inyectándote el trasero, todo su cuerpo, con...

—Ya no aguanto más —interrumpió Arctor—. Este sitio es la única esperanza que me queda. Creo que un amigo mío está aquí, me dijo que vendría. Un negro. Pasa de los treinta, es educado, muy atento y...

—Verás más tarde a la familia. Si es que se te permite el ingreso. Compréndelo, has de reunir los requisitos. Y el primero es que tu necesidad sea sincera.

—Lo es. Muy sincera.

—Para entrar aquí has de estar muy mal.

—Lo estoy.

—¿Estás muy viciado? ¿Qué cantidad tomas?

—Una onza diaria.

—¿Pura?




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