Una mirada a la oscuridad



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—M —dijo en voz alta a su audiencia—, de sustancia M. Que indica Mudez, Miseria y Menosprecio, menosprecio y abandono por parte de tus amigos hacia ti, de ti hacia ellos, y de todo el mundo hacia todo el mundo, aislamiento, soledad, odio y sospechas mutuas. M indica también Muerte. Muerte lenta, como nosotros... —Se interrumpió—. Como nosotros, los drogadictos, la denominamos. —Su voz se hizo ronca y temblorosa—. Como tal vez ustedes la conozcan. Muerte lenta. Empieza en el cerebro y prosigue hacia abajo. Bien, eso es todo. —Se retiró a su silla y se sentó. En silencio.

—Ha fracasado —dijo su superior, el apuntador—. Venga a verme a mi despacho cuando vuelva. Sala 430.

—Sí —dijo Arctor—. He fracasado.

Todos le miraban, como si se hubiera orinado en el estrado ante sus ojos. Aunque él no estaba seguro del porqué de aquellas miradas.

El anfitrión del Lions Club corrió hasta el micrófono.

—Con anterioridad a la conferencia —dijo—, Fred me pidió que fuera fundamentalmente un forum de preguntas y respuestas, con tan sólo una pequeña introducción por su parte. Olvidé mencionarlo. Bien —prosiguió, levantando la mano derecha—, ¿quién será el primero, señores?

Arctor volvió a levantarse repentina y torpemente.

—Parece que Fred tiene algo que añadir —anunció el presentador, haciéndole un gesto.

Arctor se dirigió lentamente hacia el micrófono.

—Sólo esto —dijo con la cabeza baja, hablando con precisión—. No los traten a patadas después que ya se han metido en el asunto. A los adictos, a los drogadictos. La mitad, la mayoría de ellos, sobre todo las chicas, no sabían dónde se estaban metiendo, ni siquiera que se estuvieran metiendo en algo. Limítense, la gente, cualquiera de nosotros, a evitar que se metan en ello. —Alzó la vista un momento—. Miren, ellos disuelven algunos barbitúricos en un vaso de vino... Los distribuidores de droga, a esos me refiero. Dan la bebida a una chica, una menor de edad, con ocho o diez pastillas dentro, y ella pierde el conocimiento. Luego la inyectan con mex, mitad heroína y mitad sustancia M... —Se interrumpió—. Gracias.

—¿Cómo podemos impedirlo, señor? —preguntó un hombre.

—Matando a los proveedores —contestó Arctor. Y volvió a sentarse.
No tenía ganas de volver directamente al Centro Social del condado de Orange, a la sala 430, así que deambuló por una de las calles comerciales de Anaheim, contemplando los puestos de hamburguesas McDonald, las estaciones de gasolina y lavado de coches, las pizzerías y otras maravillas parecidas.

Cuando erraba así por la calle, confundido entre gente de todos los tipos, siempre sentía extrañeza respecto a su propia personalidad. Tal como había dicho en la sala del Lions Club, cuando abandonaba su monotraje mezclador su aspecto era el de un drogadicto. Hablaba como un drogadicto. La gente que le rodeaba le tomaba, sin duda alguna, por drogadicto, y reaccionaba en consecuencia. Otros drogadictos... Fíjate en aquel, pensó. «Otro», por ejemplo, le ofreció una mirada de «paz, hermano», pero no los honrados.

Te pones la ropa de obispo, pensó, coges la mitra y paseas por aquí, y la gente inclinará la cabeza y se arrodillará. Tratarán de besar tu anillo y pronto serás un obispo, por así decirlo. ¿Qué es identidad?, se preguntó. ¿Cuándo termina la comedia? Nadie lo sabe.

Su conciencia respecto a quién y qué cosa era él se enturbiaba realmente cuando la policía le acosaba. Cuando polizontes de servicio, de patrulla o lo que fuera llegaban a su altura, circulando lentamente, de una forma intimidadora, observándole con atención mientras caminaba, con una mirada intensa, penetrante, metálica, escrutadora; y luego, la mitad de las veces, evidentemente a capricho, aparcaban y le hacían un gesto para que se acercara.

—Bien, veamos tu identificación —diría el polizonte, alargando la mano. Y después, mientras Arctor-Fred-Quien-fuera-Dios-sabe buscaba en su cartera, el polizonte preguntaría—: ¿Te han ARRESTADO alguna vez? —O, como una variante, añadiría—: ¿ANTES DE AHORA? —dejando entrever que iban a detenerle precisamente entonces.

—¿Qué he hecho? —solía replicar, si es que contestaba algo.

Como era lógico, se congregaba una multitud. La mayoría de aquella gente suponía que le habían sorprendido haciendo un trato en la esquina. Estaban inquietos, hacían muecas, y esperaban a ver lo que sucedía, aunque algunos, por lo general chicanos, negros o tipos muy sospechosos, parecían muy preocupados. Y estos últimos se daban cuenta, casi de inmediato, de que su cara mostraba preocupación, por lo que se apresuraban a adoptar un aspecto impasible. Todo el mundo sabía que cualquier persona que pareciera estar muy preocupada o inquieta ante la presencia de la bofia, ocultaba algo. Los polizontes eran los que mejor lo sabían —una virtud legendaria—, e interrogaban al instante a este tipo de personas.

Sin embargo, nadie le molestó en esta ocasión. Había muchos sospechosos, y él sólo uno de tantos.

¿Qué soy en realidad?, se preguntó. Arctor deseó por un momento llevar puesto el monotraje mezclador. Así, pensó, sería una masa difusa y los transeúntes, la gente de la calle en general, me aplaudirían. ¡Escuchemos a la masa difusa!, recordó. ¡Vaya manera de obtener reconocimiento! Por ejemplo, ¿cómo podían estar seguros de que se trataba de la masa difusa apropiada y no de otra cualquiera? Dentro de ella podía ocultarse otra persona distinta, u otro Fred, y ellos nunca se enterarían, ni siquiera cuando Fred abriera su boca y hablara. No lo sabrían, jamás. Podría tratarse de Al haciéndose pasar por Fred, por ejemplo. Allí dentro podía meterse cualquiera, o incluso nadie. Podían estar comunicando una voz al traje mezclador, transmitiéndola desde el despacho del sheriff en las oficinas del condado de Orange. Y en tal caso, Fred sería cualquier persona que se presentara aquel día en el despacho para leer el guión ante el micrófono, o la cominación de todo tipo de individuos en sus despachos.

Pero, meditó, creo que lo que dije al final elimina todas las posibilidades. Nadie hablaba por mí. Los tipos del despacho quieren hablar conmigo, eso es un hecho.

No se preocupó más del asunto y siguió vagando y perdiendo tiempo, sin ir a ninguna parte, a ningún lugar concreto. En la California meridional no tenía importancia ir a un sitio o a otro. Una y otra vez aparecía el mismo puesto de hamburguesas McDonald, como un círculo que se cerraba en torno al individuo cuando éste pretendía ir a un lugar concreto. Y cuando finalmente el tipo se notaba hambriento e iba a comprar una hamburguesa McDonald, le vendían la misma que la última vez, y la penúltima y la antepenúltima, y así sucesivamente hasta llegar a una época anterior a su nacimiento. Además, los mal pensados, los chismosos, decían que la hamburguesa estaba hecha de intestinos de pavo.

Según el letrero que se exhibía en los puestos de venta, habían vendido la misma hamburguesa, la original, cincuenta mil millones de veces. Arctor se preguntó si habría sido a la misma persona. La vida en Anaheim, California, era en sí misma comercial, repetitiva hasta la saciedad. Nada cambiaba. Simplemente, se esparcía más y más como la luz de un tubo de neón. Todo había sido congelado, detenido hacía mucho tiempo, como si la empresa automatizada que suministraba aquellos productos se hubiera atorado en la posición conectado. Igual que la materia prima se convierte en plástico, pensó Arctor, recordando la fábula «Cómo el mar se transformó en sal.» Algún día, supuso, será obligatorio que todos vendamos y compremos hamburguesas McDonald. Nos las venderemos unos a otros, incansablemente, en los cuartos de estar de nuestras casas. Así nunca tendremos que salir a la calle.

Miró su reloj. Las dos y media: la hora de hacer una llamada para comprar droga. De acuerdo con Donna, podía obtener, a través de ella, tal vez mil pastillas de sustancia M cortada con meta.

En cuanto la consiguiera, claro está, la pasaría al Departamento Antidroga del condado para que fuera analizada y destruida... o lo que fuera que hicieran con ella. Tal vez la tomarían ellos mismos, según se decía. O la venderían. Pero al comprar las ruedas a Donna no pretendía cazarla. Ya las había obtenido de ella en numerosas ocasiones, y jamás la había detenido. No, no se trataba de pescar a una traficante local de poca categoría, a una chica que consideraba el tráfico de drogas como algo seguro y fabuloso. La mitad de los agentes de narcóticos del condado de Orange sabían que Donna era una camello y la reconocían nada más verla. Algunas veces Donna incluso hacia sus tratos en el aparcamiento del establecimiento 7-11, frente a la holocámara automática que la policía había instalado allí, y nada sucedía. En cierto sentido, Donna siempre estaba a salvo, sin importar lo que hiciera o quién estuviera delante.

Lo que pretendía tratando con Donna, igual que siempre, era encontrar una pista que le condujera hasta la persona que suministraba la droga a la chica. Y así, las compras que hacía a Donna habían ido aumentando gradualmente. Al principio la engatusó —si es que esta era la palabra— para que le diera diez ruedas, como un favor, un trato entre amigos. Posteriormente había sonsacado un cartucho de cien a modo de recompensa por el servicio anterior, y luego tres cartuchos más. Ahora, con un poco de suerte, podría conseguir mil tabletas, es decir, diez cartuchos. Y al final compraría tal cantidad que superaría la capacidad económica de la chica. Donna no podría adelantar a su proveedor la suficiente pasta para que la mercancía llegara a su destino, y de tal forma ella saldría perdiendo en lugar de obtener un gran beneficio. El y Donna discutirían; ella insistiría en que le adelantara al menos una parte del dinero, y él se negaría. La chica no podría adelantar nada a su proveedor. Pasaría el tiempo. Surgiría una cierta tensión, sin importar que el trato en sí fuera insignificante. Todos se impacientarían. El proveedor, quienquiera que fuese, no podría desembarazarse de la droga y se enfadaría al ver que Donna no daba señales de vida. Y por fin, si todo salía bien, la chica se hartaría y les diría a los dos, a él y al proveedor: «Mirad, es mejor que os entendáis entre vosotros. Os conozco a los dos y sé que sois de confianza. Respondo de los dos. Arreglaré una cita y os conoceréis. Así que a partir de ahora, Bob, puedes empezar a comprar directamente, si es que piensas hacerlo en esas cantidades.» Porque esas cantidades le convertirían, en todos los sentidos, en un traficante; era un volumen de mercancía que se aproximaba al de un traficante. Donna supondría que él estaría revendiendo la droga para obtener beneficios, puesto que como mínimo compraba mil tabletas todas las veces. De este modo iría ascendiendo por la pirámide, llegando hasta la siguiente persona de la cadena, convirtiéndose en traficante como ella. Más adelante quizá podría dar otro paso hacia delante, y aún otro más, mientras las cantidades que comprara fueran aumentando.

Finalmente —este era el nombre del proyecto— conocería a un pez lo bastante gordo como para que valiera la pena detenerlo. Es decir, alguien que supiera algo. Alguien que o bien estuviera en contacto con los laboratorios o que conociera al proveedor principal, que a su vez sabría el origen de la droga.

A diferencia de otras drogas, la sustancia M sólo tenía en apariencia una fuente. Era un producto sintético, no orgánico. Por lo tanto, procedía de un laboratorio. Podía sintetizarse y ya lo había sido en experimentos federales. Pero los constituyentes se derivaban de sustancias complejas casi tan difíciles de sintetizar. En teoría podía ser fabricada por cualquier persona que tuviera, en primer lugar, la fórmula, y en segundo lugar, la capacidad tecnológica para montar una fábrica. Pero en la práctica el costo era prohibitivo. Además, los inventores y distribuidores la vendían a un precio reducido que hacía imposible una competencia efectiva. Y la extensa distribución sugería que, aun cuando sólo existiera una fuente, estaba muy ramificada. Probablemente existiría una cadena de laboratorios situados en varias zonas estratégicas, quizás un laboratorio en las cercanías de toda concentración urbana importante de América del Norte y Europa. ¿Por qué no se había encontrado ninguno de ellos? Un misterio. Pero el público y los medios oficiales, aunque estos últimos veladamente, opinaban que la Agencia S. M. —término arbitrario con que las autoridades la denominaban —estaba profundamente introducida en las instituciones que velaban por el cumplimiento de la ley y que, por ello, toda persona que descubría algo valioso sobre sus operaciones dejaba de preocuparse por el tema al momento... o simplemente dejaba de existir.

Por descontado, Bob disponía de otras pistas, aparte de Donna. Otros traficantes a los que iba presionando con pedidos cada vez mayores. Pero Donna era su chica —o al menos, tenía ciertas esperanzas en esa dirección— y le resultaba la pista más fácil de seguir. Visitarla, hablar con ella por teléfono, pasear juntos o recibirla en su propia casa... eso también era un placer personal. En cierto sentido era el camino más fácil. Puestos a espiar e informar sobre alguien, era mejor que se tratara de personas conocidas; resultaba menos sospechoso y fastidioso. Y si era gente a la que se veía poco antes de vigilarla, esta tarea obligaba pronto a variar las relaciones. El proceso era el mismo, de una forma o de otra.

Entró en la cabina y marcó un número.

Ring-ring-ring.

—Hola —dijo Donna.

Todas las cabinas del mundo estaban intervenidas. Y si no lo estaban era simplemente porque alguna brigada, por la razón que fuese, aún no había tenido tiempo de hacerlo. Las derivaciones alimentaban electrónicamente bobinas grabadoras situadas en una centralita. Cada dos días un oficial obtenía una cinta que le permitía escuchar numerosas conversaciones telefónicas sin necesidad de moverse del despacho. Se limitaba a conectar la cinta y oírla. Además, la grabación había eliminado ya todos los momentos de silencio. La mayoría de las llamadas carecían de importancia. El oficial podía identificar las interesantes con gran facilidad. Era su habilidad. Para eso le pagaban. Algunos oficiales eran mejores que otros en este trabajo.

De modo que nadie les estaba escuchando en aquel momento. La grabación sería examinada probablemente un día después. Y eso como más pronto. Si discutían de algo claramente ilegal, y el oficial encargado lo captaba, se encargaría inmediatamente de tomar los registros vocales correspondientes. Pero todo lo que él y Donna debían hacer era no excederse en la conversación. Siempre sería posible que el diálogo fuera identificado como un trato de drogas, pero aquí entraban en juego las consideraciones gubernamentales sobre economía: no valía la pena tomar registros vocales y seguir su pista cuando se trataba de transacciones ilegales rutinarias, de las que había muchas cada día de la semana y en infinidad de teléfonos. Tanto él como Donna lo sabían.

—¿Cómo te va? —preguntó.

—Bien —respondió la voz cálida y ronca de la chica.

—¿Cómo está tu cabeza hoy?

—No muy bien. Algo deprimida. —Una pausa—. El jefe me ha estado dando la lata esta mañana, en la tienda. —Donna trabajaba de dependienta en una pequeña perfumería de Gateside Mall, en Costa Mesa, a la que acudía todas las mañanas en su MG—. ¿Sabes lo que me ha dicho? Que ese cliente, ese tipo viejo, de pelo gris, que nos estafó diez dólares... Bueno, que yo había tenido la culpa y que tengo que pagarlos, de mi sueldo. Así que debo dar diez dólares sin tener jodida culpa, perdona.

—Hey —dijo Arctor—, ¿puedes pasarme algo?

—¿Cuánto... cuánto quieres? —Donna se hacia la remolona ahora, como si no quisiera saber nada del asunto. Estaba disimulando—. No sé si podré.

—Diez —repuso Arctor. Se habían puesto de acuerdo en que uno significaba cien tabletas. En consecuencia, diez quería decir mil.

Entre revendedores, y cuando el negocio se hacía utilizando los medios de comunicación públicos, un truco muy bueno consistía en hacer pasar por pequeño un pedido grande. De hecho, se podía tratar una y otra vez con estas cantidades sin despertar el interés de las autoridades. Si la brigada de narcóticos se dedicaba a registrar pisos de todas las calles durante las veinticuatro horas del día... poco iba a encontrar.

—Diez —murmuró Donna, irritada.

—Estoy que no me aguanto —explicó Arctor, con un tono más de drogadicto que de traficante—. Te pagaré después, cuando lo tenga.

—No —fue la inexpresiva respuesta—. Te lo daré gratis. Diez. —No había duda: Donna estaba preguntándose si también él estaría en el negocio. Era muy probable—. Diez. ¿Por qué no? Digamos... ¿dentro de tres días?

—¿No puede ser más pronto?

—Mira, eso es...

—Vale, de acuerdo.

—Iré a verte.

—¿A qué hora?

Donna lo pensó.

—Digamos a las ocho de la noche —contestó la chica—. Hey, quiero enseñarte un libro que alguien se dejó en la tienda. Muy bueno. Habla de lobos. ¿Sabes lo que hacen los lobos? ¿Los machos? Cuando un lobo derrota a su adversario, no lo mata: se mea encima. ¡Cómo lo oyes! Se queda allí, se mea encima del vencido, y luego se marcha. Así mismo. Luchan más que nada por el territorio. Y por el derecho a las lobas. ¿Comprendes?

—Hace poco rato me he meado encima de cierta gente.

—¿No es un chiste? ¿Qué pasó?

—Metafóricamente —aclaró Arctor.

—¿No en la forma normal?

—Quiero decir que... les hablé de... —Se interrumpió. Estaba hablando demasiado. Vaya lío. Jesús, pensó—. Estos tíos, los de las motos, ¿sabes? Como los de Foster’s Freeze. Bueno, yo pasé a su lado y me insultaron. Así que me volví y les dije... —No se le ocurrió nada.

—Ya puedes decírmelo, aunque sea muy gordo. Hay que decir cosas muy fuertes para que los de las motos te entiendan.

—Les dije que prefería montar a una marrana antes que una moto. Siempre.

—No lo entiendo.

—Bueno, una marrana es una chica que...

—¡Ah, ya te entiendo! ¡puaf!

—Bueno, te espero en mi casa tal como hemos quedado. Adiós. —Hizo ademán de colgar.

—¿Puedo llevar el libro de los lobos, para enseñártelo? El autor es Konrad Lorenz. En la contraportada, donde explican el libro, dicen que era el hombre más entendido en lobos de la tierra. ¡Ah! Otra cosa más. Tus compañeros de piso han venido hoy a la tienda. Ernie no-sé-qué y ese Barris. Te buscaban, querían saber si podrías...

—¿El qué?

—Tu cefalocromoscopio, el que te costó novecientos dólares y que siempre lo pones cuando llegas a casa... Ernie y Barris han estado hablando del aparato. Trataron de usarlo hoy y no funcionaba. Ni colores, ni trazas cefálicas, ni nada. Así que cogieron el equipo de herramientas de Barris y destornillaron la placa inferior.

—¡Maldita sea! —se indignó Arctor.

—Dicen que alguien lo ha jodido. Saboteado. Hilos cortados y cosas por el estilo... una locura. Partes cortocircuitadas y rotas... Bueno, Barris dijo que trataría de...

—Vuelvo a casa ahora mismo —dijo Arctor, y colgó. Mi mejor aparato, pensó con amargura. Y ese imbécil de Barris manoseándolo. Pero no puedo ir a casa ahora, comprendió. Debo ir a New-Path para ver qué van a hacer.

Era su misión: una orden de obligado cumplimiento.

III
También Charles Freck había estado pensando en visitar New-Path. Las alucinaciones de Jerry Fabin le habían afectado hasta ese punto.

Sentado con Jim Barris en la cafetería Fiddler’s Three de Santa Ana, manoseó morosamente su buñuelo cubierto de azúcar.

—Es una decisión muy difícil —dijo—. Allí te hacen el pavo frío, la abstinencia total. Te vigilan día y noche para impedir que te mates o te muerdas un brazo, pero jamás te dan nada. Ni siquiera lo que un médico podría recetar. Valium, por ejemplo.

Barris ahogó la risa y examinó su empanada: una imitación de queso fundido con un sucedáneo de paté y pan orgánico de un tipo especial.

—¿Qué tipo de pan es éste? —preguntó.

—Míralo en el menú contestó Charles Freck—. Ahí lo explica.

—Si te vas allí experimentarás síntomas que emanan de los fluidos corporales básicos, en concreto los del cerebro. Me refiero a las catecolaminas, como noradrenalina y serotonina. Mira, funciona así: La sustancia M, y en realidad todas las drogas que producen hábito, pero sobre todo la sustancia M, se combina con las catecolaminas de tal forma que la complicación queda confinada a nivel subcelular. Se ha producido una contraadaptación biológica, en cierto sentido irreversible. —Dio un gran bocado a su empanada—. Pensaban que esto sucedía sólo con los narcóticos alcaloides, tales como la heroína.

—Nunca tomo hero. Es un depresivo.

La camarera se acercó a la mesa. Era una rubia de pechos llamativos, muy sexy con su uniforme amarillo.

—Hey —dijo—, ¿todo va bien?

Charles, asustado, alzó la vista.

—¿Eres Patty? —preguntó Barris, haciendo un gesto a Charles para indicarle que no se preocupara.

—No. —La chica señaló el nombre que había sobre su pecho derecho—. Beth.

¿Y cómo se llamará el izquierdo?, pensó Charles.

—La chica que nos sirvió la última vez se llamaba Patty —dijo Barris, contemplando descaradamente a la camarera.

—Pues ya lo ves: no soy Patty —replicó ella sin inmutarse.

—Todo va fabulosamente —dijo Barris. Charles Freck pudo ver sobre la cabeza de su amigo un bocadillo de historieta en el que la chica, tras desnudarse, imploraba que la follaran.

—A mí no —intervino Charles—. Tengo un montón de problemas que nadie más tiene.

—Los tiene más gente de la que podrías suponer —dijo Barris en tono sombrío—. Y más gente cada día. Estamos en un mundo enfermo, siempre empeorando. —El bocadillo que había sobre su cabeza iba nublándose.

—¿Os gustaría algo de postre? —preguntó Beth sonriendo.

—¿Cómo qué? —quiso saber el receloso Charles.

—Tenemos pastel de fresa y pastel de melocotón. —Beth volvió a sonreír—. Los hacemos nosotros mismos.

—No, no queremos postre —dijo Charles Freck. La camarera se alejó—. Los pasteles de frutas son para las tías.

—La idea de presentarte tú mismo para rehabilitarte —dijo Barris— te está asustando. Temes que sea una manifestación de síntomas negativos deliberados. Es la droga la que habla por ti, tratando de evitar que vayas a New-Path y que te desentiendas de ella. Mira, todos los síntomas son deliberados, tanto los positivos como los negativos.

—Mierda, entonces —musitó Charles Freck.

—Los negativos emergen como deseos, generados por el conjunto del organismo para forzar a su dueño, a ti en este caso, a buscar frenéticamente...

—Lo primero que te hacen cuando entras en New-Path —interrumpió Charles Freck— es cortarte el aparato. Como lección práctica. Y luego prosiguen en todas direcciones a partir de ahí.

—Después te extirpan el bazo —dijo Barris.

—Ellos te cortan... ¿Para qué sirve eso, el bazo?

—Te ayuda a digerir la comida.

—¿Cómo?


—Eliminando la celulosa que contiene.

—Entonces, supongo que después...

—Sólo alimentos sin celulosa. Ni hojas ni alfalfa.

—¿Cuánto tiempo se puede vivir así?

—Depende de cómo te lo tomes.

—¿Cuántos bazos tiene una persona normal? —Charles sabía que por lo general se tenían dos riñones.

—Depende de su peso y edad —replicó Barris.

—¿Por qué? —Charles Freck empezaba a mosquearse.

—Bueno, van creciendo más bazos conforme pasan los años. Cuando el individuo llega a los ochenta...

—¡Me estás tomando el pelo!

Barris soltó una carcajada. Siempre había tenido una risa extraña, pensó Charles Freck. Una risa irreal, como el sonido de algo quebrándose.

—¿Por qué has decidido someterte a una terapia residencial en un centro de rehabilitación para drogadictos? —preguntó Barris.

—Jerry Fabin.

—Jerry era un caso especial —dijo Barris, con un gesto de rechazo—. Una vez vi a Jerry Fabin tambaleándose y cayéndose, cagándose encima, no sabiendo dónde estaba y tratando de que yo examinara qué tipo de veneno había conseguido... Sulfato de talio, seguramente. Se usa en insecticidas y para matar ratas. Era un timo, alguien que le había engatusado. Conozco diez tipos distintos de toxinas y venenos que podrían...




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