Una mirada a la oscuridad



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—Nunca pago por adelantado.

—Algunas veces hay que hacerlo.

—De acuerdo —dijo Charles—. Entonces, ¿puedes traerme un centenar, por lo menos?

Rápidamente, trató de imaginarse cuánto dinero podría obtener. En dos días podía recoger unos ciento veinte dólares y comprar doscientas pastillas. Y si entretanto encontraba un negocio mejor, otra gente que tuviera, olvidaría el trato con Donna y se arreglaría con los otros. Esa era la ventaja de no pagar por adelantado, aparte de que así nunca te timaban.

—Ha sido una suerte que me encontraras —dijo Donna, mientras Charles ponía en marcha el automóvil y volvía a circular—. Se supone que veré a otro tío dentro de una hora y seguramente se quedará con todo lo que yo pueda obtener... Has tenido mucha suerte, hoy es tu día. —Donna sonrió, y Charles la imitó.

—Me alegraría si pudieras tenerlas antes —dijo Charles.

—Si yo... —Abrió el bolso y extrajo un pequeño cuaderno y un bolígrafo en el que se leía SPARKS BATTERY TUNE-UP—. ¿Cómo puedo localizarte? Además, he olvidado tu nombre.

—Charles B. Freck.

Dio su número de teléfono. Que en realidad no era el suyo, sino el de un amigo honrado que empleaba para casos como éste. Donna lo apuntó trabajosamente. Le cuesta mucho escribir, pensó Charles. Forzando la vista y garabateando muy despacio... A las chicas ya no les enseñan nada en la escuela. Una ignorante. Pero cachonda. ¿Que casi no sabe leer y escribir? Es igual, lo que importa de una tía es que tenga buenos pechos.

—Creo que te recuerdo —dijo Donna—. Un poco. No me acuerdo demasiado de aquella noche, yo estaba francamente ida. Todo lo que me viene a la memoria es haber estado llenando de polvos aquellas cápsulas, las cápsulas de Librium que habíamos vaciado de su contenido original. Debí tirar la mitad. Al suelo, quiero decir. —Miró pensativamente a Charles mientras éste conducía—. Pareces muy contento. ¿Volverás a comprarme droga? ¿Querrás más al cabo de un tiempo?

—Claro —respondió Charles, preguntándose si podría rebajar el precio la próxima vez que la viera. Sí, casi seguro que podría. Pero él siempre saldría ganando, de una forma o de otra.

La felicidad, pensó, es saber que has obtenido algunas pastillas.

No advirtió el día soleado, ni la gente atareada, ni la actividad que le rodeaba. Era un hombre feliz.

¡Lo que había encontrado por pura casualidad! Todo porque un blanco-y-negro le había seguido. Un nuevo suministro de sustancia M totalmente insospechado. ¿Qué más podía pedir a la vida? Ahora contaba con dos semanas por delante, casi medio mes, antes de morir o casi morir. No teniendo sustancia M, las dos cosas eran iguales. ¡Dos semanas! Muy animado, pudo sentir por un instante la breve excitación de la primavera que entraba por las abiertas ventanillas del coche.

—¿Quieres acompañarme a ver a Jerry Fabin? —preguntó a la chica—. Voy a llevarle sus cosas a la Clínica Federal Número Tres; está allí desde ayer por la noche. Sólo le llevo unas cuantas cosas en cada viaje, porque es posible que salga pronto y no quiero tener que volver a cargarlo todo.

—Será mejor que no le vea —contestó Donna.

—¿Le conoces? ¿A Jerry Fabin?

—Jerry Fabin piensa que yo fui la primera en contagiarle esos piojos.

—Afidos.

—Bueno, entonces él no sabía lo que eran. Es mejor que no me acerque a él. La última vez que le vi estaba realmente hostil. El problema está en sus zonas receptoras, en el cerebro. Al menos, así lo pienso. Es lo que parece, por lo que ahora dicen los panfletos del gobierno.

—Eso puede arreglarse, ¿no?

—No. Es irreversible.

—La gente de la clínica me dijo que me permitirían visitarle y creían que eso podía dar algún resultado, ¿sabes? —gesticuló—. No... —Volvió a gesticular. Le era difícil encontrar las palabras adecuadas, lo que deseaba decir sobre su amigo.

—No tendrás dañado el centro del habla, ¿verdad? —preguntó Donna, mirándole fijamente—. En tu... ¿Cómo se llama? Lóbulo occipital.

—No —negó firmemente.

—¿Tienes algún tipo de lesión? —Donna se tocó la cabeza.

—No, es sólo que... Mira, no me gusta hablar de esas jodidas clínicas. Odio las clínicas para afásicos. Una vez estuve visitando a un tío. Le encontré tratando de encerar el suelo y me explicaron que no podía hacerlo, que era incapaz de pensar en la forma de hacerlo... Lo que más me llamó la atención fue que él seguía intentándolo. Y no durante una hora, qué va. Cuando volví al cabo de un mes, aún seguía así, igual que cuando le había visto la primera vez, el primer día que fui a verle. Él no sabía por qué era incapaz de hacerlo. Recuerdo la expresión de su cara. Estaba convencido de que lo lograría si seguía haciendo lo que erróneamente hacía. «¿Qué es lo que hago mal?», preguntaba una y otra vez. No había forma de explicárselo. Porque se lo explicaban, claro... ¡Demonios, yo mismo se lo expliqué! Pero seguía sin entenderlo.

—Las zonas receptoras de su cerebro, eso es lo que va mal al principio, por lo que he leído —dijo Donna con una voz muy suave—. Así reacciona el cerebro cuando la persona ha recibido una inyección muy fuerte, una dosis excesiva o algo así. —Estaba contemplando los coches que circulaban por delante—. ¡Mira, es uno de esos Porsches nuevos, con dos motores! —señaló con excitación—. ¡Qué bárbaro!

—Conocí a un tío que robó uno de esos Porsches. Se fue hasta la autopista de Riverside y lo puso a doscientos ochenta por hora... Se estrelló. —Hizo un gesto muy expresivo—. Contra la parte trasera de un enorme camión. Supongo que nunca lo vio.

Empezó a imaginar una fantasía. Él, Charles, al volante de un Porsche, pero viendo el camión, todos los camiones. Y la gente mirándole correr por la autopista... la autopista de Hollywood a una hora punta. Llamaría la atención, seguro. Un larguirucho de amplia espalda y buena presencia, en un Porsche nuevo y lanzado a trescientos por hora... Y la bofia desesperada, todos los polis con la boca abierta.

—Estás temblando —dijo Donna. Puso una mano sobre el brazo de Charles. Una mano tranquila que él percibió instantáneamente—. Tranquilízate.

—Estoy cansado —explicó—. Estuve dos días y dos noches sin dormir, cogiendo piojos. Cogiéndolos y metiéndolos en botellas. Al final nos caímos muertos de sueño. A la mañana siguiente nos levantamos dispuestos a cargar las botellas en el coche y llevárselas al médico para que las viera. Pero no había nada en las botellas. Vacías, todas las jodidas botellas vacías. —En aquel momento sintió el temblor y lo vio en sus manos, en el volante. Manos temblorosas empuñando un volante a treinta kilómetros por hora—. No había nada. Ni un solo piojo. Y entonces lo comprendí. ¡Jo! Aquello me llegaba a través de su cerebro, del cerebro de Jerry.

El aire ya no olía a primavera y Charles pensó, repentinamente, que necesitaba con urgencia una dosis de sustancia M. Era más tarde de lo que le habla parecido, o bien había tomado menos de lo que pensaba. Por fortuna, llevaba consigo el suministro portátil, bien escondido en el compartimento de los guantes. Empezó a buscar aparcamiento para detenerse.

—Tu mente hace travesuras —dijo Donna. Parecía inmersa en sus pensamientos, estar muy lejos de allí.

Charles se preguntó si la estaría mareando con su alocada forma de conducir. Casi seguro que sí. Sin pretenderlo, otra fantasía fue desarrollándose en su mente. Vio un gran Pontiac, aparcado, con un gato mecánico en la parte trasera. Pero el gato estaba cediendo. Un chico de unos trece años, de pelo largo y abundante, trataba de evitar que el coche rodara cuesta abajo y pedía ayuda a gritos. Se vio así mismo, saliendo de la casa de Jerry Fabin y corriendo junto a éste hacia el coche, entre latas de cerveza esparcidas en el paso de vehículos. El mismo asía la puerta del coche, la del lado del conductor, para pisar el freno. Pero Jerry Fabin, vestido únicamente con calzoncillos, descalzo y con el pelo revuelto —había estado durmiendo—, se dirigió a la parte trasera del automóvil y con su hombro desnudo y pálido, que nunca veía la luz del sol, apartó al chico del coche. El gato se inclinó y cayó, la parte trasera del coche cayó estrepitosamente, el neumático y la llanta rodaron y el muchacho estaba ileso.

—Demasiado tarde para el freno —jadeó Jerry, parpadeando y tratando de apartarse de los ojos su pelo revuelto y grasiento—. No había tiempo.

—¿Estás bien? —gritó Charles. Su corazón aún latía apresuradamente.

—Sí. —Jerry sostenía al chico, todavía jadeante—. ¡Mierda! —le gritó furioso—. ¿No te dije que nos esperaras? Y cuando un gato se desliza... ¡Mierda, tío, es imposible aguantar dos toneladas! —Su rostro se contrajo. El chico, el pequeño Ratass, estaba angustiado, se sentía culpable—. ¡Te lo repetí una y otra vez!

—Quise pisar el freno —explicó Charles Freck, advirtiendo su estupidez, su incompetencia, tan grande como la del chico e igualmente fatal. Su incapacidad como hombre maduro para responder adecuadamente. Pero deseaba justificarse con palabras, igual que el muchacho—. Pero ahora comprendo... —se lamentó... y la fantasía se deshizo.

En realidad se trataba de un hecho real, porque recordaba el día que aquello había sucedido, cuando todos vivían juntos. El gran instinto de Jerry... De otra forma, Ratass habría estado bajo la parte trasera del coche, con la espalda destrozada.

Los tres habían vuelto a la casa, tristes y andando muy despacio, sin preocuparse por recuperar el neumático, que aún seguía rodando.

—Estaba dormido —murmuró Jerry, mientras entraban en la oscura vivienda—. Es la primera vez en dos semanas que los piojos me dejan lo bastante tranquilo. No había dormido nada en los últimos cinco días... siempre despierto, haciendo algo. Pensaba que a lo mejor se habían ido, que se habían ido. Que se habían cansado y se iban a otra parte, a la casa de al lado. Ahora vuelvo a sentirlos. Ese insecticida «No Pest Strip» que compré... Es el décimo, o quizás el undécimo... Me han vuelto a engañar, igual que con todos los demás. —Su voz era suave. Ya no estaba furioso, sólo deprimido y perplejo. Alzó el brazo y dio un manotazo a la cabeza De Ratass—. Estúpido chico... Cuando se te suelte un gato has de salir corriendo. Olvídate del coche. Nunca te pongas detrás ni trates de empujar toda esa masa o frenarla con tu cuerpo.

—Pero, Jerry, temía que el eje...

—¡A la mierda el eje! ¡Y el jodido coche! ¡Es tu vida! Atravesaron la oscura salita, los tres juntos. La proyección de un momento ya pasado centelleó y murió para siempre.

II
—Caballeros del Lions Club de Anaheim —dijo el hombre que hablaba ante el micrófono—, esta tarde tenemos una maravillosa oportunidad, porque han de saber que el condado de Orange nos ha ofrecido la posibilidad de escuchar, y luego formular preguntas, a un agente secreto que trabaja en narcóticos en el departamento del sheriff de aquel condado. —Estaba radiante. Vestía un traje estampado de color rosa, corbata amarilla de plástico, camisa azul y zapatos de imitación de cuero. Era un hombre obeso, viejo y tremendamente feliz, aunque allí había muy poco o nada por lo que sentirse feliz.

Contemplándole, el agente de narcóticos sintió asco.

—Advertirán —prosiguió el anfitrión del Lions Club— que apenas pueden ver a esta persona, sentada aquí, a mi derecha, porque viste lo que se denomina un monotraje mezclador, el mismo que utiliza, y debe utilizar, en la ejecución de algunas, o casi todas, de sus actividades diarias en favor de la ley. Luego él mismo nos explicará el porqué.

La audiencia, que reflejaba las cualidades del anfitrión en todos los sentidos posibles, observó al invitado vestido con su monotraje mezclador.

—Este hombre —declaró el presentador—, al que llamaremos Fred, porque tal es el nombre de código con el que facilita la información que logra obtener... Este hombre, digo, una vez vestido con el monotraje mezclador, no puede ser identificado por la voz, o ni siquiera por registro vocal tecnológico, o por su aspecto. Aparenta ser una masa difusa y nada más. ¿Están de acuerdo? —Mostró una amplia sonrisa. La audiencia, apreciando que el asunto era realmente divertido, también sonrió.

El monotraje mezclador era una invención de Laboratorios Bell, un descubrimiento fortuito de un empleado llamado S. A. Powers. Este había estado experimentando, hacía algunos años, con sustancias desinhibidoras actuando sobre el tejido nervioso, y una noche, después de haberse administrado él mismo una inyección intravenosa considerada segura y causante de una ligera euforia, experimentó una desastrosa reducción del fluido GABA de su cerebro. Luego había presenciado, de un modo subjetivo, una espeluznante actividad de falsas impresiones visuales que se proyectaban en la pared de su dormitorio, un montaje de ritmo frenético que él supuso, en aquel momento, que se trataba de cuadros abstractos modernos.

Durante seis horas, extasiado, S. A. Powers había contemplado miles de cuadros de Picasso, sucediéndose a velocidad vertiginosa, y luego había presenciado la obra de Paul Klee, más cuadros de los que el pintor hubiera pintado en toda su vida. S. A. Powers, mientras contemplaba cuadros de Modigliani que iban variando a una velocidad furiosa, supuso primero (todo precisa una teoría) que los rosacruces estaban proyectando imágenes telepáticas en su mente, tal vez amplificadas por sistemas de microrrelés de tipo muy avanzado. Pero luego, cuando las pinturas de Kandinsky empezaron a atormentarle, recordó que el principal museo de arte de Leningrado estaba especializado en este tipo de modernismo irrealista, y dedujo que los soviéticos estaban tratando de contactar telepáticamente con él.

Por la mañana se acordó que una drástica disminución del fluido GABA cerebral producía por lo general aquel tipo de actividad fosfénica. Nadie había estado tratando de contactar telepáticamente con él, ni con estaciones a microrrelés ni sin ellas. Pero esto le dio la idea del monotraje mezclador. En esencia, su proyecto consistía en una lente de cuarzo, multifacética, unida a un computador miniaturizado cuyos bancos de memoria contenían hasta millón y medio de representaciones fisiognómicas parciales de diversas personas. Hombres, mujeres y niños, con todas sus variaciones codificadas y proyectadas uniformemente en todas las direcciones sobre una membrana tremendamente delgada, similar a una mortaja y lo bastante grande como para ajustarse en torno al cuerpo de una personal normal.

El computador, al recorrer sus bancos de memoria, proyectaba todo posible color de ojos o cabello, forma y tipo de nariz, dentadura, configuración de la estructura ósea facial... Toda la superficie de la membrana adoptaba cualquier característica física que se le proyectara durante un nanosegundo y después pasaba a la siguiente. Para que el monotraje mezclador fuera más efectivo, S. A. Powers programó el computador para que variara al azar la secuencia de características que entraban en cada imagen. Y para rebajar el coste (un detalle que siempre gustaba a la gente del gobierno), encontró la fuente del material de la membrana en un subproducto de una gran firma industrial que ya estaba en tratos con Washington.

En cualquier caso, el usuario del monotraje mezclador era en el transcurso de cada hora todas las personas y en todas las combinaciones posibles (las de un millón y medio de sub-bits). Por lo tanto, describir al usuario, o a la usuaria, no tenía sentido. Ni que decir tiene que S. A. Powers alimentó los computadores con sus propias características fisiognómicas. Así, su ser, diseminado en la frenética permutación de cualidades, era combinado y proyectado a razón, según sus cálculos, de una vez cada cincuenta años por cada traje. Representaba su mayor aproximación a la inmortalidad.

—¡Escuchemos a la masa difusa! —dijo el anfitrión, alzando la voz.

Se produjeron aplausos. Embutido en su monotraje mezclador, Fred, que también era Robert Arctor, gimió y pensó: Esto es terrible.

Un agente secreto de narcóticos era elegido mensualmente por el condado para hablar ante audiencias de cabezas huecas como aquellas. Hoy le había tocado a él. Observando a los reunidos comprendió lo mucho que detestaba a los honrados. Pensaban que todo esto era grandioso. Sonreían. Se estaban divirtiendo.

Tal vez en aquel momento los componentes virtualmente infinitos de su traje mezclador habían formado la imagen de S. A. Powers.

—Pero para ser serios sólo un momento —dijo el anfitrión—, este hombre... —Hizo una pausa, tratando de recordar.

—Fred —dijo Bob Arctor—. S. A. Fred.

—Fred, sí. —El presentador, animado, prosiguió vociferando ante su audiencia—. Ya lo ven, la voz de Fred es como la de uno de esos robot-computadores que ustedes encuentran en los bancos de San Diego. Perfectamente neutra y artificial. No deja características en nuestras mentes, igual que cuando informa a sus superiores del... ¡ah, sí!, del Programa Antidrogas del Condado de Orange. —Hizo una estudiada pausa—. Comprenderán que estos agentes policiales se exponen a un terrible riesgo, porque las fuerzas de la droga, tal como sabemos, se han introducido con asombrosa pericia en las diversas instituciones defensoras de la ley de toda nuestra nación, o pueden hacerlo perfectamente, según la mayoría de expertos. El monotraje mezclador es preciso, pues, para proteger a estos hombres dedicados.

Un tímido aplauso para el monotraje mezclador. Y a continuación, miradas expectantes dirigidas a Fred, oculto en su membrana.

—Pero Fred, en su línea habitual de trabajo en el campo —añadió finalmente el anfitrión, mientras se apartaba del micrófono para dejar sitio al orador—, no viste esto, claro. Viste como usted o yo, aunque, eso sí, con el aire hippy de esos grupos subculturales a los que acosa incansablemente.

Hizo un gesto para que Fred se levantara y aproximara al micrófono. Fred, Robert Arctor, había hecho lo mismo en otras seis ocasiones anteriores, y sabía qué decir y lo que vendría después: los variados grados y tipos de preguntas estúpidas e imbecilidad incomprensible. La pérdida de tiempo que esto le representaba, más el enfado de su parte, y un sentimiento de futilidad todas y cada una de las veces. Y siempre era peor.

—Si ustedes me vieran por la calle —dijo ante el micrófono, una vez los aplausos se apagaron—, dirían, «Ahí va un desgraciado drogadicto.» Sentirían aversión y se alejarían.

Silencio.

—Mi aspecto es diferente al suyo —prosiguió—. Y así debe ser. Mi vida depende de ello. —En realidad, su apariencia no era tan distinta a la de ellos. Además, habría vestido igual de todas maneras, trabajando o no, viviendo como viviera. Le gustaba su vestimenta. Pero lo que estaba diciendo había sido escrito, en su totalidad, por otras personas. Él sólo había tenido que memorizarlo. Podía desviarse un poco, pero todos tenían y usaban un formato típico. Presentado hacia dos años por un entusiasta jefe de división, ya se había convertido en algo de empleo obligatorio.

Aguardó a que sus últimas palabras fueran asimiladas.

—En primer lugar —prosiguió—, no voy a explicarles qué es lo que trato de hacer como agente secreto encargado de seguir la pista de los traficantes, y de la mayoría de sus ilegales fuentes de droga, en las calles de nuestras ciudades y en los pasillos de nuestras escuelas, aquí en el condado de Orange. Lo que voy a explicarles... —Hizo una pausa, tal como le habían enseñado en la academia, en la asignatura de relaciones públicas—. Lo que voy a explicarles es cuáles son mis temores.

Las últimas palabras concentraron todas las miradas en su persona.

—Lo que yo temo —continuó—, lo que me asusta día y noche, es que nuestros hijos, los suyos y los míos... —Otra pausa—. Yo tengo dos niños. —Y a continuación, con extremada lentitud, añadió—: Pequeños, muy pequeños. —Y después elevó enérgicamente la voz—. Pero no demasiado pequeños para ser viciados, calculadamente viciados, en provecho de esa gente que quiere destruir la sociedad. —Nueva pausa—. Aún no sabemos, en concreto —prosiguió en tono más suave—, quiénes son estos hombres, o mejor dicho, animales, que acosan a nuestros jóvenes como si esto fuera una jungla salvaje, un país extranjero, no el nuestro. La identidad de los proveedores de los venenos, de la infección que destruye el cerebro y que es inyectada, tomada oralmente o fumada a diario por varios millones de hombres y mujeres... o de seres que otrora fueron hombres y mujeres, están siendo descubierta gradualmente. Pero vamos a encontrarlos a todos, lo juro ante Dios.

—¡Acaben con ellos! —gritó alguien del público.

—¡Abajo los comunistas! —Otra voz, igualmente entusiasta.

Aplausos y más gritos.

Robert Arctor interrumpió su charla. Contempló a los honrados de elegantes trajes, corbatas y zapatos, y pensó que la sustancia M no podía destruir sus cerebros. No tenían cerebro.

—¡Explíquenos más detalles! —gritó una voz ligeramente menos firme, una voz femenina. Arctor distinguió a una mujer de edad madura, no demasiado obesa, con las manos entrelazadas ansiosamente.

—Cada día que pasa —continuó Fred, Bob Arctor o la persona que fuera en aquel momento—, esta enfermedad cobra su tributo entre nosotros. Al finalizar cada día, el torrente de beneficios, y el lugar al que van... —Se interrumpió. Le resultaba realmente imposible recordar el resto de la frase, aun cuando la había repetido infinidad de veces, tanto estando en clase como en conferencias anteriores.

Todo el mundo guardaba silencio en aquella inmensa sala.

—Bien —prosiguió—, en realidad no se trata de los beneficios. Hay algo más. Los resultados que ustedes pueden ver.

Comprendió que la audiencia no advertía ninguna diferencia. Pero se había apartado del discurso preparado y estaba divagando, improvisando, sin ayuda de los chicos de relaciones públicas del Centro Social del condado de Orange. ¿Y qué importa?, pensó. ¿Y qué? ¿Qué es lo que en realidad saben o les preocupa? Los honrados, siguió pensando, viven en sus apartamentos, colosales y fortificados, protegidos por sus guardas, preparados para disparar a cualquier drogadicto que trepe por el muro con una bolsa para robarles el piano, el reloj eléctrico, la máquina de afeitar y el estéreo —o cualquier cosa por la que ellos, de todas formas, no han pagado un centavo— para solucionar su problema, porque si no roba aquello tal vez muera, así de sencillo, como resultado del dolor y la conmoción de la abstinencia de droga. Pero cuando se vive tranquilamente, en un recinto electrificado y vigilado por guardias armados... ¿para qué preocuparse por ello?

—Si uno de ustedes fuera diabético —dijo— y no tuviera dinero para pagarse una inyección de insulina, ¿robaría para conseguir el dinero? ¿O simplemente se moriría?

—Creo que hará mejor volviendo al texto preparado, Fred —dijo una voz por el auricular de su monotraje mezclador—. Es un buen consejo, créame.

—Lo olvidé —contestó Fred, Bob Arctor o el hombre que fuera, a través del micrófono conectado a su garganta. Sólo su superior en las oficinas del condado de Orange, que no era el señor F., es decir, Hank, podía estar escuchándole. Se trataba de un superior anónimo, alguien que le habían asignado únicamente para esta ocasión.

—Bieeen —respondió la apagada voz del oficial—. Voy a leérselo. Voy a repetirlo, pero trate de darle un tono natural. —Una ligera vacilación, páginas pasando...—. Veamos... «Cada día, el torrente de beneficios... y el lugar al que van...» Aquí se interrumpió.

—Mi memoria está bloqueada —dijo Arctor.

—...«Pronto los determinaremos —prosiguió el apuntador, sin escucharle—, y aplicaremos rápidamente el justo castigo. Y en ese momento no me gustaría estar en la piel de esos hombres, se lo juro.»

—¿Sabe por qué no recuerdo el texto? —preguntó Arctor—. Porque eso es lo que lleva a que la gente se drogue.

Por eso caes y te haces drogadicto, pensó. Por eso cedes. En señal de disgusto.

Pero luego observó una vez más a la audiencia y comprendió que las cosas eran distintas para ellos. Esta era la única forma de llegar hasta aquella gente. Estaba hablando ante mentecatos. Mentalmente simples. Había que explicarles todo como si fueran párvulos: M de Manzana y la Manzana es Redonda.




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