Una mirada a la oscuridad



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—¿Cuál ha sido mi papel, entonces? —gritó repentinamente Fred.

—Debíamos tender una trampa a Jim Barris.

—Ustedes son unos guarros.

—Lo montamos todo de forma que Barris, suponiendo que se llame así, fuera sospechando paulatinamente que usted era un agente secreto de la policía. Y que usted pretendía atraparlo o usarle para llegar hasta peces más gordos. De modo que...

Sonó el teléfono, y Hank lo cogió.

—Perfecto —dijo—. Descanse, Bob. Bob, Fred o como guste. Tranquilícese... Hemos atrapado al sujeto y es un... bueno, la palabra que usted acaba de utilizar para nosotros. Ha valido la pena, ¿no? Atrapar a ese monstruo, sea lo que sea lo que esté haciendo...

—Sí, vale la pena. —Fred apenas podía hablar. Chirriaba como una máquina, simplemente.

Los dos hombres esperaron en silencio.
Camino de New-Path, Donna detuvo el coche en la carretera para que ambos pudieran ver las luces que había abajo, en todas direcciones. Sin embargo, no había mucho tiempo que perder: el dolor había empezado para Bob, y ella se daba cuenta. Pero deseaba estar con él una vez más. Bien, ya había esperado bastante. Vio lágrimas en las mejillas de Bob, que comenzó a marearse y vomitar.

—Vamos a sentarnos un rato —dijo Donna. Le guió entre arbustos, sobre un suelo arenoso lleno de latas de cerveza y otros desperdicios—. Yo...

—¿Tienes la pipa de hash? —masculló Bob.

—Sí.


Debían alejarse bastante de la carretera, de modo que la policía no les viera. O buscar un lugar que les permitiera esconder la pipa si aparecía un agente. Donna vería el coche detenerse y apagar las luces a cierta distancia, antes de que el polizonte se acercara andando. Habría tiempo.

Tiempo suficiente para esto, pensó Donna, para estar a salvo de la ley. Pero ni un segundo más para Bob Arctor. Su tiempo, al menos desde el punto de vista humano, había concluido. Ahora había iniciado otro tipo de vida, una existencia similar a la de una rata: correr de un lado a otro sin utilidad alguna. Moverse sin objetivo, errar de aquí para allá. Claro que Bob aún distingue las luces. Pero quizás eso no le importe en absoluto.

Encontraron un lugar resguardado y Donna sacó el envoltorio que contenía el trozo de hash. Encendió la pipa, sin que Bob Arctor, a su lado, pareciera advertirlo. Se había ensuciado, sin poder hacer nada por evitarlo, quizás incluso sin darse cuenta. Era un síntoma normal de la abstinencia.

—Aquí —dijo Donna.

Se inclinó para darle la supercarga, pero tampoco esto llamó la atención de Bob. Estaba encogido, sufriendo los retortijones de estómago, vomitando encima de su ropa, temblando, gimiendo desesperadamente, musitando una extraña canción...

Donna recordó entonces a un tipo que había conocido en cierta ocasión, un hombre que había visto a Dios. Se comportó de forma muy similar, gimiendo y gritando, pero sin ensuciarse. Había visto a Dios en medio de una llamarada tras tomar una buena dosis de ácido, en medio de un viaje. El tipo había hecho experimentos con vitaminas solubles en el agua, grandes cantidades de ellas. La fórmula ortomolecular que supuestamente mejoraba la actividad nerviosa del cerebro, acelerándola y sincronizándola. Pero aquel individuo no se había vuelto más inteligente, sino que había visto a Dios. Una sorpresa total para él.

—Supongo que nunca sabemos lo que nos espera —dijo Donna.

Bob Arctor, a su lado, gimió por toda respuesta.

—¿Conocías a un tipo llamado Tony Amsterdam?

Silencio.

Donna aspiró el hash y contempló las luces que se extendían ante ellos, percibiendo los olores y sonidos de la noche.

—Después de ver a Dios se sintió muy bien, durante casi un año. Y luego cambió todo. Estuvo peor de lo que había estado en toda su vida, pues se dio cuenta de que jamás volvería a ver a Dios. Viviría el resto de su vida, décadas, quizá cincuenta años, y no vería otra cosa distinta a lo que siempre había visto. Lo que nosotros vemos. Se puso peor que si no hubiera visto a Dios. Me lo explicó un día que se encontraba muy mal. Perdió la cabeza y empezó a maldecir y a romper cosas que tenía en su piso, incluso el tocadiscos. Había comprendido que siempre viviría igual, sin ver nada, sin finalidad alguna. Un montón de carne en movimiento, comiendo, bebiendo, durmiendo, trabajando y cagando.

—Como todos nosotros. —Aunque las náuseas seguían atormentándole, Bob Arctor pudo pronunciar su primera frase.

—Eso mismo le dije yo —comentó Donna—. Todos estábamos en el mismo barco y los demás no perdíamos la cabeza. Y me contestó, «Tú no sabes lo que he visto. No lo sabes.»

Bob Arctor sufrió un espasmo convulsivo y después se atragantó.

—¿Te explicó... qué vio? —dijo por fin.

—Chispas. Surtidores de chispas de todos los colores, igual que cuando se te estropea la tele. Chispas trepando por la pared, en el aire... Y el mundo entero era una criatura viviente, mirara a donde mirara. No había accidentes. Todo encajaba y tenía una finalidad, un objetivo... una meta en el futuro. Después vio un portal. Lo vio durante una semana, en todas partes... dentro de su piso, cuando salía a comprar o conducía el coche... Y siempre tenía las mismas proporciones, muy estrecho. Dijo que le resultó muy... agradable. Sí, esa era la palabra que empleó. Nunca intentó traspasarlo. Era tan agradable que se conformó con observarlo. Un portal perfilado en una luz intensa de color rojo y oro, como si las chispas se hubieran reunido en líneas y formando una figura geométrica. No volvió a verlo en toda su vida y por eso acabó tan fastidiado.

—¿Qué había al otro lado? —preguntó Bob al cabo de un rato.

—Otro mundo, eso es lo que dijo él. Pudo verlo.

—¿Nunca... atravesó el portal?

—Por eso empezó a patear todo lo que había en su casa. Nunca se le ocurrió atravesarlo, sólo admirar el portal. Luego dejó de verlo y fue demasiado tarde. Se abrió para él unos cuantos días y después se cerró y desapareció para siempre. Tomó un montón de LSD y de esas vitaminas solubles en el agua, pero jamás volvió a verlo. No pudo redescubrir la combinación.

—¿Cómo era el otro lado?

—Dijo que siempre era de noche.

—¡De noche!

—La luz de la luna y agua, siempre lo mismo. Nada se movía o cambiaba. Agua negra, como la tinta, y una orilla, la playa de una isla. El estaba convencido de que se trataba de Grecia, la Grecia antigua. Imaginó que el portal era una falla del tiempo y que a su través se contemplaba el pasado. Y después, cuando dejó de verlo, se encontró en la autopista, conduciendo entre un montón de camiones, y le estalló la cabeza. Le resultó imposible soportar el movimiento, los ruidos, los vehículos que pasaban en las dos direcciones, los bocinazos y los chirridos... Nunca comprendió por qué había podido ver aquello, pero estaba convencido de que era Dios y la puerta que llevaba al otro mundo. Al final no consiguió otra cosa más que chamuscarse la cabeza. Perder el acceso al portal fue un problema irresoluble para él. Siempre que se encontraba con alguien, no tardaba mucho en explicar que lo había perdido todo.

—Así soy yo.

—Había una mujer en la isla. Una estatua, en realidad. Tony Amsterdam dijo que era la Afrodita cirenaica, inmóvil bajo la luna. Una estatua de mármol, pálida y fría.

—Debió aprovechar la oportunidad y cruzar el portal.

—No tuvo ninguna oportunidad. Era una persona, algo que ha de venir. Algo mejor dentro de mucho tiempo, en el futuro. Quizá después de que él... —Hizo una pausa—. Después de su muerte.

—Se equivocó —afirmó Bob Arctor—. Hay que aprovechar la oportunidad cuando se presenta, así de fácil. —Cerró los ojos para resistir el dolor. El sudor bañaba su rostro—. Además, ¿qué puede saber un tío enmerdado en ácido? ¿Qué sabemos nosotros? No puedo hablar. Olvídalo. —Otra vez la oscuridad, los temblores, las convulsiones...

—Son trailers, avances que nos ofrecen —dijo Donna. Abrazó a Bob, lo más estrechamente que pudo, y le meció—. Así que nos mantendremos firmes.

—Eso es lo que ahora tratas de hacer conmigo, mantenerme firme.

—Eres un buen chico, pero has estado metido en un mal negocio. La vida no ha terminado para ti todavía. Voy a cuidar mucho de ti. Ojalá... —Continuó abrazándole en silencio, en una inútil lucha contra la oscuridad interna que iba devorando, consumiendo a Bob—. Eres un buen chico, muy bueno. No te merecías esto, pero era inevitable. Lucha por llegar hasta el final. Un día, cuando haya pasado mucho tiempo, volverás a ver claras las cosas. La claridad volverá a tu cabeza.

Recuperarás la claridad, pensó Donna. Llegará un día en que todo el mundo recuperará lo que injustamente le fue arrebatado. Pueden pasar mil años, o incluso más, pero ese día llegará y se hará justicia. Tal vez estés en el caso de Tony Amsterdam, quizás hayas visto a Dios y la visión haya desaparecido temporalmente. Una visión oscurecida, pero no finalizada. Tu cerebro es una masa en llamas, circuitos que arden y no cesan de chamuscarse por más que yo te abrace. Pero quizás haya una chispa de brillante colorido en medio de ese torbellino, una chispa oculta, de forma irreconocible, que a través de su recuerdo te guíe en los años venideros, en el futuro horrible que te aguarda. Una palabra mal asimilada, algo minúsculo que has visto pero no has comprendido, un fragmento estelar que se ha mezclado con la basura de este mundo para guiarte con su brillo hasta el día que... Un día muy lejano. Donna no pudo imaginarlo. Quizás algo procedente de otro mundo, confundido entre la vulgaridad de éste, había aparecido ante Bob Arctor antes del fin. Donna no podía hacer otra cosa que no fuera abrazarle y esperar.

Pero si Bob lo redescubría, si ese momento afortunado llegaba, se produciría un proceso de reconocimiento, una comparación correcta en el hemisferio derecho. Incluso al nivel subcortical que fuera accesible a Bob. Y ese sería el fin de aquel trayecto tan espantoso, costoso y falto de objetivo para Bob.

Una luz deslumbró a Donna. Frente a ella vio un policía armado con vara y llevando en la mano una linterna.

—¡Pónganse en pie, los dos! —dijo el polizonte—. Carnets de identidad. Usted primero, señorita.

Donna soltó a Bob, que se deslizó hasta caer al suelo. Arctor no había advertido la presencia del policía. El coche patrulla había aparcado en el arcén de una carretera situada en lo alto de la colina, y aquel pasmoso les había sorprendido. Donna sacó la cartera que llevaba en el bolso y forzó al policía a alejarse un poco de Bob, donde éste no pudiera escucharla. El polizonte examinó durante un largo rato la documentación de la chica, con la ayuda de su linterna.

—Usted es una agente secreta de la policía —dijo finalmente.

—No grite, por favor —apremió Donna.

—Lo siento. —El agente le devolvió la cartera.

—Haga el favor de largarse, deprisa.

El policía iluminó la cara de Donna con la linterna y luego se marchó, con el mismo sigilo con que había aparecido.

Donna se acercó de nuevo a Bob y comprendió que éste no había visto nada en absoluto. Arctor no se daba cuenta de nada, ni de Donna ni mucho menos de otra persona.

A lo lejos sonó el motor del coche policial, prosiguiendo su ruta por aquella carretera inadvertida. Varios insectos, y quizás una lagartija, se movieron entre los secos arbustos de los alrededores. La autopista 91 quedaba delimitada por una hilera de luces, pero estaba muy lejos y ningún sonido llegaba hasta allí.

—Bob —dijo Donna con gran suavidad—. ¿Me oyes?

Silencio.

Todos los circuitos fundidos, pensó Donna. Recalentados y fundidos. Nadie podrá repararlos, por mucho que lo intenten. Y lo intentarán.

—Vamos, Bob —dijo. Tiró de aquel cuerpo, tratando de que Bob se pusiera en pie—. Debemos irnos.

—No puedo hacer el amor —contestó Arctor—. Mi herramienta ha desaparecido.

—Nos están esperando —urgió Donna—. Tengo que ingresarte.

—¿Y qué haré sin herramienta? ¿Me aceptarán?

—Te aceptarán.

Es precisa una gran sabiduría para saber cuándo hay que aplicar injusticia, pensó Donna. ¿Cómo es posible que la justicia caiga víctima, aunque sólo sea por una vez, de lo que es justo? ¿Cómo puede suceder esto? Porque este mundo está maldito, se contestó ella misma, y aquí, ahora mismo, tenemos las pruebas. En un momento dado, al nivel más profundo, se averió el mecanismo que rige todos los procesos. Y de lo que quedaba en pie brotó la necesidad de transformar la variada gama de errores que cometemos en la elección más inteligente. El fallo debió producirse hace miles de años y ahora está infiltrado en la misma esencia de todo lo que vemos. Inmerso en todos y cada uno de nosotros. Es algo que llevamos dentro cuando actuamos, cuando abrimos la boca para decir algo, cuando tomamos una decisión... No me importa cuándo, cómo o por qué empezó todo esto, pero confío en que tenga un fin, algún día. Espero, igual que Tony Amsterdam, volver a ver el brillante surtidor de chispas de todos los colores. Y confío en que todos podamos verlo. Un estrecho portal que nos abra el camino de la paz. Una estatua, el mar y la luz de la luna, o algo similar, y ningún elemento perturbador, nada que rompa la calma.

Hace mucho tiempo, miles de años, pensó Donna. Antes de la maldición, antes de que todas las cosas y todos los hombres sufrieran esta transformación. La edad de oro, cuando sabiduría y justicia eran conceptos idénticos. Antes de que todo se diseminara en fragmentos, partes rotas que no encajaban, que no podían ser recompuestas por mucho que nos esforzáramos.

Muy lejos, entre la oscuridad y uniformidad de las luces urbanas, Donna escuchó el sonido de una sirena. Un coche policial que iba persiguiendo a alguien. Le pareció oír a un animal enloquecido, ávido de sangre, sabedor de que la presa caería pronto en sus garras. Donna se estremeció. Hacía frío. Es hora de volver al coche, pensó.

No, ya no era la edad de oro. Esos ruidos en la oscuridad... ¿Soy yo la que produce esos sonidos codiciosos?, se preguntó Donna. ¿Soy yo ese ser ávido de sangre que se acerca a su presa o está aproximándose a ella?

¿Soy yo ese animal que ya ha capturado a su presa?

Bob se agitó y gimió junto a ella, mientras le ayudaba a levantarse. Donna le sostuvo de vuelta al coche, ayudándole, ayudándole, ayudándole sin desmayo. La sirena de la policía cesó de repente: había capturado su presa, cumplida su misión.

También yo he cumplido mi misión, pensó Donna mientras sostenía contra ella a Bob Arctor.


Los dos miembros del personal de New-Path observaron atentamente la piltrafa humana que yacía en el suelo: un hombre vomitando, retorciéndose entre sus propias inmundicias, abrazándose como si quisiera anular el frío que le hacía temblar de modo tan violento.

—¿Qué es eso? —preguntó uno de los asistentes.

—Una persona —contestó Donna.

—¿Sustancia M?

Donna asintió con un gesto de cabeza.

—La droga le ha comido el cerebro. Otro pobre diablo.

—Triunfar es fácil —dijo Donna—. Todo el mundo puede triunfar. —Se inclinó sobre el cuerpo de Robert Arctor y, silenciosamente, se despidió de su amigo.

Adiós.


Donna abandonó New-Path sin volver la mirada. Los dos asistentes cubrieron a Bob con una vieja manta del ejército.

Donna puso en marcha el coche y se dirigió hacia la autopista más cercana, hacia el lugar donde el tráfico fuera más denso. Cogió un cartucho de Carole King, Tapestry, su disco favorito de entre todos los que tenía, y lo introdujo en la grabadora. Luego extrajo su pistola Ruger, adherida magnéticamente a la parte trasera del tablero de mandos. Puso la directa y siguió a un camión repleto de cajas de Coca-Cola. Mientras Carole King cantaba, Donna vació el cargador de la Ruger en las botellas de Coca-Cola que veía a un par de metros de distancia.

Carole King evocó con su suave voz las personas que se alineaban y convertían en individuos repelentes. Antes de agotar sus municiones, Donna apuntó a otras cuatro botellas. El parabrisas del coche se llenó de vidrios y salpicaduras de Coca-Cola. Después se sintió mejor.

Justicia, honestidad, lealtad... no son cualidades de este mundo, reflexionó Donna. Y acto seguido embistió a su eterno enemigo, el viejo rival, el camión de Coca-Cola, que siguió su ruta como si nada hubiera ocurrido. El coche de Donna dio una vuelta de campana. Los faros se apagaron. Chirridos horribles surgidos del guardabarros al friccionar contra un neumático. Se encontró fuera de la autopista, en el lateral, con el coche enfilando la dirección opuesta. El agua brotaba del radiador. Los automovilistas se detenían junto a ella para quedarse mirando boquiabiertos.

¡Vuelve aquí, hijo de puta!, gritó Donna para sus adentros. Pero el camión de la Coca-Cola había desaparecido, seguramente sin sufrir el menor daño. Un rasguño, como mucho. Aquella batalla contra algo que era a la vez símbolo y realidad, contra algo que era más poderoso que ella, debía terminar así. Había sido algo inevitable. Donna salió del coche pensando en las cuotas del seguro: iban a aumentar, no había duda. En este mundo, se dijo Donna, atacar al diablo es un crimen que hay que pagar en el acto... y en metálico.

Un Mustang último modelo se detuvo junto a Donna.

—¿Te apetece un paseo, guapa? —dijo el conductor.

Donna no respondió. Se puso a andar. Un ser diminuto caminando entre una infinidad de luces en movimiento.

XIV
Samarkand House, edificio residencial de New-Path en Santa Ana, California. Una hoja de revista clavada con chinchetas en el tablón de anuncios del recibidor:

Cuando el paciente senil se despierte por la mañana y pregunte por su madre, debe recordársele que ella murió hace mucho tiempo, que él tiene cerca de ochenta años, que está internado en una casa de reposo, que estamos en 1992 y no en 1913, y que debe enfrentarse a la realidad y.

El texto acababa allí. Era evidente que algún interno había arrancado el resto del artículo. Era un trozo de papel satinado, perteneciente sin duda a una revista especializada en gerontología.

—Lo primero que harás será encargarte de los cuartos de aseo —dijo George, uno de los asistentes del centro, mientras ambos recorrían el pasillo—. Los suelos, los lavabos y, sobre todo, los retretes. Hay tres cuartos de aseo en ese edificio, uno en cada piso.

—De acuerdo —contestó.

—Aquí tienes una fregona y un cubo. ¿Crees que sabrás hacerlo? ¿Sabrás limpiar el cuarto de aseo? Bueno, empieza. Te estaré observando para darte consejos.

Cogió el cubo y se dirigió a la parte trasera del piso. Una vez allí, vertió jabón líquido en el recipiente y luego lo llenó de agua caliente. Agua espumosa delante suyo, no veía otra cosa. Espuma brotando mientras el agua surgía estrepitosamente.

—Si lo llenas mucho, no podrás levantarlo —le dijo George.

—Creo que no sabes explicar dónde te encuentras —expuso George al cabo de un rato.

—Estoy en New-Path. —Dejó el cubo en el suelo. El agua se derramó en parte. Se quedó mirándole fijamente.

—Sí, en New-Path. ¿Pero en dónde?

—En Santa Ana.

George alzó el cubo, mostrándole cómo debía empuñar el asa y caminar sin que el agua se cayera.

—Creo que dentro de algún tiempo te mandaremos a la isla o a alguna de las granjas. Pero antes debes aprender a fregar platos.

—Puedo hacerlo. Puedo fregar platos.

—¿Te gustan los animales?

—Sí, mucho.

—¿Animales de granja?

—Animales.

—Ya lo veremos. De momento, esperaremos a conocerte mejor. Y eso llevará algún tiempo, de todas formas. Todo el mundo, toda persona que ingresa aquí, pasa un mes fregando platos.

—Me gustaría vivir en el campo.

—Disponemos de varios tipos de instalaciones. Ya determinaremos la que más te conviene. Mira, puedes fumar aquí, pero no lo aconsejamos. Synanon es distinto, allí no te dejan fumar.

—Ya no tengo cigarrillos.

—Entregamos un paquete diario a cada residente.

—¿Dinero? —No tenía ni un centavo.

—No me entiendes. El paquete diario es gratis. Tú ya has pagado lo que vale. —George cogió la fregona, la metió en el cubo y empezó a fregar para darle una lección práctica.

—¿Cómo es que no tengo dinero?

—Por la misma razón que no tienes cartera o apellido. Pero todo se te devolverá. Todo. Lo que queremos hacer es devolverte todo lo que has perdido.

—Estos zapatos no me van bien.

—Dependemos de las donaciones que nos hacen las empresas, y, además, todo lo que nos dan es nuevo. Es posible que dentro de algún tiempo obtengamos algo de acuerdo con tus medidas. ¿Te probaste todos los zapatos que había en la caja?

—Sí.

—Vale. Aquí está el cuarto de aseo de la planta baja. Es el primero que debes limpiar. Cuando hayas acabado, cuando lo hayas dejado bien, perfecto, sube al segundo piso, con el cubo y la fregona y te acompañaré hasta el cuarto de aseo que hay allí. Y después de ese, el cuarto de aseo del tercer piso. Pero tendrás que obtener un permiso para subir a ese piso, al tercero, porque allí se alojan las chicas. Antes de subir tendrás que hablar con alguien del personal. No se te ocurra hacerlo sin que te den permiso. —Le dio una palmada en la espalda—. ¿Vale, Bruce? ¿Has comprendido todo?



—Sí. —Bruce empezó a fregar.

—Estarás haciendo este trabajo, limpiar los cuartos de aseo, hasta que lo hagas muy bien. Lo importante no es lo que haga una persona, sino que se proponga hacerlo bien y pueda sentirse orgullosa cuando lo consiga.

—¿Podré volver a ser como era antes? —preguntó Bruce.

—Entraste aquí por culpa de lo que eras antes. Si vuelves a la misma situación, regresarás a este centro, tarde o temprano. O ingresarás en otro sitio peor, quizá. ¿No te gusta estar aquí? Tienes suerte, un poco más y no te habríamos visto nunca la cara.

—Me trajo otra persona.

—Eres muy afortunado. La próxima vez quizá no haya nadie que te traiga hasta aquí. Podrían abandonarte en la cuneta de una carretera y decir: ¡Que se vaya al infierno!

Bruce siguió fregando.

—Lo mejor es empezar con los lavabos, luego la bañera, después los retretes y por último el suelo.

—De acuerdo —aceptó Bruce. Enjuagó la fregona.

—Hace falta una cierta habilidad. Pero tú aprenderás.

Bruce, concentrado en su trabajo, vio algunas grietas en el esmalte del lavabo. Puso en ellas un poco de detergente y abrió el agua caliente. El vapor se elevó en el aire. Se quedó inmóvil sumergido en aquella corriente. Le gustaba el olor.
Después de comer se sentó en la salita para tomar su taza de café. Nadie le dirigió la palabra, ya que todos pensaban que era un drogadicto sometido a la abstinencia total. Mientras bebía el café, escuchó la conversación de sus compañeros. Todos ellos se conocían.

—Si estuvieras en el pellejo de un muerto, seguirías viendo, pero bastante mal, puesto que no podrías mover los músculos oculares. Tampoco podrías mover los ojos o la cabeza. Estarías paralizado y sólo verías lo que pasara justo por delante. Lo único que harías sería esperar y esperar. Una escena terrible.

Bruce contempló el humo que surgía de la taza, sólo eso. Le gustaba aquel olor.

—¡Hey!


Una mano sobre su hombro. Una mano femenina.

—¡Hey!


Bruce miró de reojo.

—¿Cómo te va?

—Muy bien —contestó.

—¿Te sientes mejor?

—Me siento bien.

Se quedó mirando el café, el humo, y no miró a la mujer. No miró a nadie, sólo su taza de café. Le gustaba el calorcillo que tenía el vapor.

—Sólo podrías ver a alguien cuando pasara justo por delante tuyo. Sólo entonces. O cuando pasara alguien en la dirección que estuvieras mirando, pero sólo en esa dirección. Si una hoja de árbol, o algo por el estilo, te tapara el ojo, siempre verías lo mismo: una hoja de árbol. Y nada más, puesto que no podrías mover el ojo.

—De acuerdo —dije Bruce, asiendo la taza de café con ambas manos.

—Imagínate que eres consciente. Y que estás muerto. Puedes ver y pensar, pero no estás vivo. Lo único que haces es mirar. Identificar lo que ves, pero estás muerto. Una persona puede morir y conservar la conciencia. A veces, es lo que distingues en el brillo de los ojos de una persona que murió en la infancia. Algo ya muerto, pero que sigue reflejándose. No es el cuerpo vacío el que te mira, sino algo ya muerto y que sigue observando y observando, mirando sin cesar.

—Ese es el significado de la muerte —dijo otra persona—. Cuando mueres no puedes dejar de observar cualquier cosa que haya delante tuyo. Alguna cosa sin importancia que está precisamente allí. Y no puedes elegir o cambiar nada. Has de resignarte a aceptar tal como es lo que hay allí delante.

—¿No te gustaría estar observando eternamente una lata de cerveza? Quizá no fuera tan terrible, pues no habría nada que temer.
Antes de la cena, servida en el comedor del centro, tenía lugar la sesión de Conceptos. Varios asistentes escribían Conceptos en la pizarra para que fueran posteriormente discutidos.

Bruce tomó asiento con los brazos cruzados sobre su regazo. Miró al suelo y escuchó el sonido del agua que bullía en la cafetera. El ruido intermitente acabó por asustarle. Plof-plof.

Seres vivos y seres muertos intercambian sus propiedades.

Todos los residentes, sentados en sillas plegables esparcidas por el comedor, discutieron el Concepto. A todos parecía resultarles familiar. Era evidente que se trataba de algo característico de la ideología de New-Path. Tal vez un Concepto aprendido de memoria y discutido después una y otra vez. Plof-plof.

La energía de los seres muertos es superior a la de los seres vivos.

Hablaron del nuevo Concepto. Plof-plof. El ruido de la cafetera fue aumentando de volumen, asustando aún más a Bruce. Pero no movió un solo dedo. Permaneció sentado, escuchando. Era muy difícil prestar atención a las discusiones. La cafetera le impedía concentrarse.

—Estamos admitiendo demasiada energía muerta dentro nuestro. E intercambiando... ¿Quiere alguien ver qué pasa con esa maldita cafetera?

Hubo un descanso mientras se examinaba la cafetera. Bruce siguió con la mirada baja, aguardando.

—Volveré a escribirlo. Estamos intercambiando demasiada vida pasiva por la realidad exterior.

Discutieron el punto. La cafetera dejó de hacer ruido y todo el mundo acudió a llenar su taza.

—¿Quieres café? —dijo alguien a sus espaldas, tocándole—. ¿Ned? ¿Bruce? ¿Cómo se llama? ¿Bruce?

—Sí. —Se levantó y los siguió hasta la cafetera, a esperar turno. Le observaron mientras ponía leche y azúcar en su taza. Le miraron cuando volvió a su silla, la misma de antes. Se aseguró que así fuera, se sentó y siguió escuchando. Aquel café caliente, el humo, le hizo sentirse mejor.

Actividad no significa necesariamente vida. Los quasars son activos. Y un monje meditando no es un ser inanimado.

Observó la taza vacía, un objeto de porcelana. En el fondo, por fuera, vio algo impreso y grietas en el barniz. La taza parecía muy vieja, pero había sido fabricada en Detroit.

El movimiento circular representa la forma más inerte del universo.

—Tiempo —dijo otra voz.

Bruce conocía la respuesta a eso. El tiempo es circular.

—Sí, es la hora de acabar. ¿Tiene alguien un comentario final que hacer?

—Bueno, hay que seguir la línea de menor resistencia, esa es la regla de la supervivencia. Seguirla, no encabezarla.

—Exacto, los seguidores sobreviven al dirigente. Como en el caso de Cristo. Y no al revés.

—Será mejor que cenemos, porque ahora Rick deja de servir exactamente a las cinco y media.

—Hablad de eso en el juego, pero no ahora.

Ruidos y crujidos de sillas. Bruce también se levantó. Llevó la taza de porcelana a la bandeja y se puso en la cola. Olió ropa fría a su alrededor. Buenos olores, pero fríos.

Parecen afirmar que la vida pasiva es buena, pensó. Pero no existe vida pasiva. Es una contradicción.

Se preguntó qué era la vida, qué significado tenía. Quizá no lo había entendido.
Acababa de llegar un montón enorme de llamativas ropas donadas. Algunos residentes iban cargados con ellas, otros se habían puesto camisas para probarlas.

—Hey, Mike. Te queda muy bien.

Un hombre de corta estatura y regordete, pelo rizado y cara de bulldog, estaba de pie en el centro de la sala. Trataba de ponerse un cinturón y se le veía irritado.

—¿Cómo va esto? No veo la manera de ponérmelo. ¿Por qué no da de sí? —Tenía un cinturón de ocho centímetros, sin hebilla, con anillos metálicos que no sabía cómo trabar. El hombre parpadeó y miró a su alrededor—. Creo que me han dado uno que nadie sabe manejar.

Bruce se acercó a él por detrás y aseguró el cinturón con los anillos.

—Gracias —dijo Mike. Rebuscó entre varias camisas, con los labios fruncidos—. Usaré una de estas cuando me case.

—Muy bonita —opinó Bruce.

Mike se dirigió hacia dos mujeres que estaban en el extremo opuesto de la sala y se puso por encima una camisa de flores color vino tinto. Las mujeres sonrieron al verle.

—Me voy de juerga a la ciudad —dijo.

—¡A cenar! ¡Todos adentro! —gritó el director del centro con su enérgica voz. Guiñó el ojo a Bruce—. ¿Cómo va todo, muchacho?

—Bien —contestó Bruce.

—¿Estás resfriado?

—Sí, es por culpa de la abstinencia. ¿Puedo tomar Dristan o...?

—Nada de fármacos. Nada. Entra y ponte a cenar. ¿Tienes apetito?

—Más que antes —dijo Bruce, entrando en el comedor. Alguna gente le sonrió desde sus mesas.
Después de la cena, Bruce se sentó en medio de los grandes peldaños que llevaban al segundo piso. Nadie le dijo una palabra, ya que todo el mundo asistía a una reunión en aquel mismo momento. Se quedó sentado allí hasta que terminó. La gente salió y llenó el vestíbulo.

Le miraron, y quizás alguien le habló. Permaneció en las escaleras, encogido y con los brazos cruzados, observando y observando... la alfombra oscura que tenía ante sí.

Las voces callaron.

—¿Bruce?


No se movió.

—¿Bruce?


Una mano le tocó. No dijo nada.

—Bruce, vamos a la sala. Deberías estar acostado en tu habitación, pero quiero hablar contigo.

Mike le hizo señas para que le siguiera. Bajaron juntos las escaleras y entraron en la sala, que estaba vacía, Una vez allí, Mike cerró la puerta.

Sentándose en un sillón muy hondo, Mike indicó a Bruce que hiciera lo propio delante suyo. Mike parecía cansado. Había ojeras en torno a sus ojillos. Se restregó la frente.

—Estoy levantado desde la cinco de la mañana —dijo.

Un golpe. La puerta empezó a abrirse.

—¡No quiero que entre nadie! —gritó Mike—. ¡Estamos hablando! ¿Vale?

Murmullos. La puerta se cerró.

—Mira, es mejor que te cambies de camisa un par de veces al día —dijo Mike—. Sudas como una bestia.

Bruce asintió.

—¿De qué parte del estado vienes?

Bruce no contestó.

—A partir de ahora, recurre a mí cuando te encuentres así de mal. Yo pasé por lo mismo, hace año y medio. Solían pasearme en coche, varios miembros del personal. ¿Conoces a Eddie? ¿Ese larguirucho que sólo bebe agua y se mete con todo el mundo? Me estuvo acompañando durante ocho días, sin dejarme solo ni un momento. —Mike gritó de repente—: ¿Queréis largaros? ¡Estamos hablando! ¡Id a ver la tele! —Se calló, y miró a Bruce de arriba abajo—. A veces hay que hacerlo. No dejar que una persona esté sola.

—Comprendo —dijo Bruce.

—Bruce, ten cuidado. No pienses en quitarte la vida.

—No, señor —repuso Bruce, bajando la vista.

—¡No me llames señor!

Bruce asintió.

—¿Estuviste en el ejército, Bruce? ¿Ahí empezaste? ¿Te hiciste drogadicto en el ejército?

—No.


—¿Te picabas o la tragabas?

No movió los labios.

—Señorito, he pasado diez años en chirona. Una vez, ocho tipos de nuestro corredor de celdas se cortaron el cuello el mismo día. Dormíamos poniendo los pies en el lavabo, las celdas eran muy pequeñas. Así es la cárcel, duermes con los pies en el lavabo. ¿Has estado en chirona?

—No.


—Pero por otra parte, también conocí viejos de ochenta años que eran felices estando vivos y ansiaban seguirlo estando. Recuerdo cuando estaba metido en la droga... Yo me picaba. Empecé cuando era un quinceañero y no hice otra cosa más que eso. Inyectarme una y otra vez durante diez años. Hero y sustancia M juntas... Me picaba tanto que no me quedaba tiempo para otra cosa. Ahora me he librado de todo, de la droga y la cárcel, y estoy aquí. ¿Sabes qué es lo que más noto? ¿Sabes cuál es la principal diferencia? Ahora ando por la calle y me fijo en algunas cosas. Escucho el ruido del agua cuando vamos al bosque... Dentro de poco conocerás las otras instalaciones, las granjas y todo eso. Paseo por la calle, por una calle vulgar y corriente, y veo los perros y los gatos. Antes no los veía nunca. Sólo me preocupaban la droga. —Miró su reloj—. En fin, por eso puedo comprender cómo te sientes.

—La abstinencia es muy dura —dijo Bruce.

—Todos los que están aquí han pasado por eso. Claro que algunos reincidieron. Si te vas ahora, volverás a caer. Y tú lo sabes.

Bruce asintió.

—Ni una sola persona del centro ha tenido una vida fácil. Y con eso no quiero decir que la tuya lo sea. Eddie si que te lo diría. Te explicaría que tus problemas son chorradas. Pero no es cierto. Comprendo cómo te sientes, pero yo también estuve así y ahora me encuentro mucho mejor. ¿Quién es tu compañero de habitación?

—John.


—Ah, sí, John. Debes estar en la planta baja, ¿no?

—Me gusta.

—Sí, es más caliente. Debes tener mucho frío, supongo. Como otra gente que hay por aquí. Recuerdo que yo también tenía mucho frío. Me pasaba los días temblando y me cagaba en los pantalones. Escucha, no tendrás que volver a pasar por eso si te quedas aquí, en New-Path.

—¿Cuánto tiempo?

—El resto de tu vida.

Bruce alzó la cabeza.

—Yo no puedo irme —explicó Mike—. Volvería a la droga en cuanto saliera de aquí. Tengo muchos amigos fuera, demasiados. Y no tardaría mucho en volver a comprar droga por las esquinas e inyectármela, en volver a la cárcel por otros veinte años. Mira... ¡Hey!, tengo treinta y cinco años y voy a casarme por primera vez. ¿Conoces a Laura, mi novia?

Bruce no estaba seguro.

—Una chica bonita, algo llenita. ¿No la recuerdas?

Bruce asintió.

—Laura tiene miedo de cruzar la puerta. Alguien debe acompañarla. Vamos a ir al zoo... La semana que viene llevaremos al zoo de San Diego al hijo del director ejecutivo, y Laura está asustada a más no poder. Más de lo que estoy yo.

Silencio.

—¿Has oído lo que he dicho? —preguntó Mike—. ¿Que me asusta ir al zoo?

—Sí.


—No recuerdo haber visitado un zoo. ¿Qué se hace allí? Quizá tú lo sepas.

—Mirar jaulas y zonas valladas.

—¿Qué tipo de animales tienen?

—De todos los tipos.

—Salvajes, supongo. Normalmente salvajes. Y animales exóticos.

—En el zoo de San Diego tienen casi todos los tipos de animales salvajes.

—Tienen esos osos... ¿cómo se llaman? ¿Koalas?

—Sí.


—Vi un anuncio en la tele —explicó Mike—. Y salía un koala. Esos osos saltan y parecen muñecos de trapo.

—El viejo osito de trapo, ese que tienen los críos, lo fabricaron en los años veinte basándose en el koala.

—¿De verdad? Supongo que habría que ir a Australia para encontrar un koala. ¿O ya están extinguidos?

—Hay muchos en Australia —dijo Bruce—, pero su exportación está prohibida. No dejan sacarlos vivos, ni tampoco las pieles. Casi han desaparecido.

—Nunca he salido del país, excepto cuando pasaba mercancía de Méjico a Vancouver, en la Columbia Británica. Siempre seguía la misma ruta, así que poca cosa pude ver. Lo único que me preocupaba era llegar pronto. Conduzco uno de los coches de la Fundación. Si te sientes así, muy mal, te llevaré a dar un paseo y podremos seguir hablando. No me importa. Eddie y otros que están aquí ahora lo hicieron por mí en otro tiempo. Así que no me importa hacerlo.

—Gracias.

—Ahora deberíamos ir a tumbarnos. ¿Te han puesto ya en el turno de cocina? ¿Para poner las mesas y servir?

—No.


—Entonces te toca irte a dormir a la misma hora que yo. Nos veremos en el desayuno. Siéntate conmigo y te presentaré a Laura.

—¿Cuándo os casaréis?

—Dentro de mes y medio. Nos gustaría que estuvieras presente. La boda será aquí en el edificio, claro, así que asistirá todo el mundo.

—Gracias.


Participó en el juego, y todo el mundo le gritó. La habitación estaba llena de rostros gritando. Bruce bajó la mirada.

—¿Sabéis qué es él? ¡Un viejo verde! —Una voz aguda hizo que Bruce levantara la cabeza. Era una chica china que estaba gritando en medio de aquel estruendo—. ¡Eres un viejo verde, eso es lo que eres!

—¿Puedes orgasmarte? ¿Puedes orgasmaste tú solo? —gritaron todos los residentes, sentados en el suelo formando un círculo.

El director ejecutivo sonrió. Vestía pantalones acampanados y zapatillas de color rosa, y el brillo de sus arrugados ojos le daba un aspecto espectral. Su cuerpo oscilaba de un lado a otro mientras mantenía las piernas cruzadas sobre el mismo suelo, sin ningún cojín.

—¡Orgásmate, queremos verlo!

El director ejecutivo parecía gozar de aquella locura. Sus ojos resplandecían de alegría. Observaba lo que ocurría a su alrededor y disfrutaba. Daba la impresión de ser un bufón de alguna antigua corte, con sus vestimentas elegantes y repletas de colorido. De vez en cuando se oía el sonido áspero y monótono de su voz, un ruido que parecía brotar de un metal, de una bisagra mal ajustada.

—¡El viejo verde! —aulló la chica china. Detrás de ella, otra mujer agitó los brazos e infló las mejillas. Plop-plop—. ¡Aquí! —siguió gritando la china. Se puso de espaldas, mostrando a Bruce las nalgas y señalándolas con un dedo—. ¡Bésame el culo, viejo verde! ¡Te gusta dar besos! ¡Besa aquí, viejo verde!

—¡Orgásmate, queremos verlo! —insistió la concurrencia—. ¡Hazte una paja, viejo verde!

Bruce cerró los ojos, pero las voces siguieron llegando hasta sus oídos.

—¡Alcahuete! —dijo el director ejecutivo con su voz monótona—. ¡Jodido! ¡Chulo! ¡Mierda de hombre! ¡Polla tonta!

Los gritos se mezclaban en los oídos de Bruce. Levantó la vista al escuchar la voz de Mike en una momentánea y relativa calma. Mike estaba mirándole, impasible, con el rostro enrojecido y la garganta oprimida por el cuello de la camisa, demasiado pequeño.

—Bruce —dijo Mike—. ¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que te trajo aquí? ¿Qué quieres explicarnos? ¿Puedes contarnos alguna cosa sobre ti?

—¡Alcahuete! —gritó George, dando saltos como si fuera una pelota de goma—. ¿Qué eras antes, alcahuete?

—¡Abre el pico! —gritó la chica china, también brincando—. ¡Habla, pajillero! ¡Alcahuete, besador de culos, jodido! ¿Qué tienes que decirnos?

—Soy un ojo —dijo Bruce.

—¡Eres una mierda de hombre! —gritó el director ejecutivo—. ¡Canijo! ¡Asqueroso! ¡Pajillero! ¡Marica!

Bruce ya no oía nada. Olvidó el significado de las palabras y, finalmente, las mismas palabras.

Lo único que advirtió fue la mirada de Mike, que observaba y escuchaba sin oír nada. Bruce no recordaba cosa alguna, no entendía lo que estaba pasando, se sentía muy mal y quería irse.

El Vacío fue creciendo en su interior. Y esto le produjo una cierta alegría.
Era muy tarde.

—Echa un vistazo —dijo una mujer—. Aquí tenemos a los monstruos.

Mientras ella abría la puerta, Bruce se asustó. Escuchó el ruido que surgía de aquella habitación, una sala que le sorprendió por su tamaño, y vio muchos niños jugando en el interior.

Aquella misma noche observó cómo dos viejos daban leche y otros alimentos a los niños, sentados en una pequeña alcoba que estaba cerca de la cocina. Rick, el cocinero, sabía que todos los residentes se hallaban en el comedor, esperando la cena, pero su primera preocupación fue dar a los dos viejos la comida de los niños.

Una chica china llevaba platos al comedor.

—¿Te gustan los niños? —le preguntó, sonriendo.

—Sí.

—Puedes sentarte ahí y comer con ellos.



—¡Oh!

—Dentro de poco, un mes o dos, les darás de comer. —La mujer vaciló—. Cuando estemos seguros de que no les harás daño. Aquí tenemos una regla: no se puede pegar a los niños, hagan lo que hagan.

—De acuerdo.

Bruce sintió el calor de la vida que brotaba de aquellos niños comiendo. Se sentó. Uno de los niños más pequeños se puso en sus rodillas. Empezó a darle de comer con la cuchara. Una agradable sensación para los dos, pensó Bruce. La muchacha china le sonrió y se fue a poner los platos en el comedor.

Estuvo allí, con los niños, durante mucho rato. Cuando uno de ellos abandonaba su regazo, otro ocupaba el lugar vacante. Los dos viejos se peleaban constantemente. Ambos criticaban la forma de dar de comer a los niños que cada uno de ellos tenía. La mesa y el suelo estaban cubiertos de migas, trozos y restos de comida. Sorprendido, Bruce se dio cuenta de que los niños ya habían cenado y marchaban a su gran cuarto de juegos para ver los dibujos animados que ofrecía la televisión. No sin tropezar, se agachó para recoger la comida esparcida por el suelo.

—¡No, ese trabajo no te corresponde! —gritó irritado uno de los viejos—. Soy yo el que debe hacerlo.

—De acuerdo —dijo Bruce. Al levantarse se pegó contra el borde de la mesa. Tenía la mano llena de migas y comida y se quedó mirándola con aire pensativo.

—¡Vete al comedor y ayuda a recoger el servicio! —le dijo el otro viejo. Aquel hombre tenía un ligero defecto en el habla.

Un tipo que servía en la cocina, ayudando a fregar los platos, pasó junto a Bruce.

—Necesitas permiso para sentarte con los niños —le dijo.

Bruce asintió y se quedó parado, sin saber qué hacer.

—Ese trabajo le va muy bien al viejo —siguió diciendo el ayudante de cocina—. Hace de niñera. —Soltó una carcajada—. Es lo único que puede hacer. —Se alejó.

Sólo quedaba una criatura en la habitación, una niña que estaba mirando, estudiando a Bruce con sus grandes ojos.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

Bruce no contestó.

—Te he preguntado cómo te llamas.

Con mucho cuidado, Bruce tocó un trozo de carne que había en la mesa. Ya estaba frío. Pero Bruce, consciente de la compañía de la niña, sintió un cierto calor. Acarició por un instante la cabeza de la pequeña.

—Me llamo Thelma —dijo la niña—. ¿Has olvidado tu nombre? —Dio una palmadita a Bruce—. Tienes que escribirlo en la palma de tu mano, así no te olvidarás nunca.

—Otra palmadita.

—¿Y no se borrará? —preguntó Bruce—. Si lo escribes en la mano, en cuanto hagas algo o te laves, se borrará.

—Oh, sí, es verdad. Bueno, pues escríbelo en la pared, en la pared de tu habitación. Muy alto, para que no se borre. Cuando quieras saber tu nombre...

—Thelma —susurró Bruce.

—No, Thelma es mi nombre. Debes tener un nombre distinto. Además, Thelma es un nombre de chica.

—Déjame pensar —dijo Bruce, meditando.

—Cuando volvamos a vernos te daré un nombre. Pensaré uno para ti. ¿Vale?

—¿No vives aquí?

—Sí, pero es posible que me vaya. Mi madre quiere irse de aquí, y nos llevará con ella, a mi hermano y a mí.

Bruce asintió, notando que parte de aquel calor iba desapareciendo.

La niña se fue corriendo. Una acción repentina que Bruce fue incapaz de comprender.

Debo recordar mi nombre, pensó Bruce. Al fin y al cabo, es mi responsabilidad. Se miró la mano. ¿Por qué estaba haciendo eso? No había nada que ver. Bruce, ese es mi nombre, meditó. Pero deberían existir otros nombres mejores. El poco calor que sentía desapareció. Igual que la niña.

Otra vez solo, desamparado, perdido en un lugar extraño, descontento...
Un día, Mike Westaway se las arregló para que le enviaran fuera, a recoger un lote de productos casi descompuestos que un supermercado local había donado a New-Path. Tras asegurarse de que no era seguido por ningún asistente del centro, hizo una llamada telefónica. Al cabo de un rato, se encontró con Donna Hawthorne en el mostrador de un establecimiento McDonald.

Se sentaron afuera, en una mesa de madera, con sus correspondientes hamburguesas y botellas de Coca-Cola.

—¿Crees que hemos logrado introducirle? —preguntó Donna.

—Sí —repuso Westaway. Pero ese tipo está muy jodido, pensó. ¿Para qué servirá todo esto? ¿Hemos ganado algo?, se preguntó. Pero las cosas eran así, por fuerza.

—¿No sospechan cosas raras de ese hombre?

—No.


—¿Crees que son ellos los que fabrican la mercancía?

—No soy yo el que lo cree, son ellos. —Los que nos pagan, pensó.

—¿Qué significa el nombre?

—Mors ontologica. Muerte del espíritu. La identidad. La naturaleza esencial.

—¿Podrá actuar ese hombre?

Westaway contempló los coches y la gente que pasaba. Estaba manoseando su hamburguesa y su mirada reflejaba irritación.

—No lo sabes, ¿verdad? —dijo Donna.

—Nunca se sabe hasta que sucede. Hasta que un recuerdo, unas cuantas células chamuscadas vuelven a la vida. Es un reflejo. Una reacción, no una acción. Nos queda la esperanza, sólo eso. Recuerda lo que Pablo dijo en la Biblia: fe, esperanza y caridad. —Observó a la chica que tenía delante, una mujer guapa, morena. Su rostro inteligente aclaraba por qué Bob Arctor... No, pensó Mike. Bruce. Aunque sea pensando, debo llamarle Bruce. Si no lo hago así, me encontraré con que sé demasiadas cosas, cosas que ni debo ni puedo saber. Pero ahora me explico por qué Bruce tenía tan metida en su cabeza a esta mujer. Cuando tenía cabeza, claro.

—El estaba muy bien preparado —dijo Donna, en un tono de voz que a Mike le pareció de extraordinaria congoja. Y al mismo tiempo, una expresión de dolor apareció y desapareció instantáneamente en el rostro de Donna, deformando sus facciones—. Hay que pagar un precio tan alto... —añadió, como si pensara en voz alta. Bebió un poco de Coca-Cola.

Es el único camino, pensó Mike. El único medio para meterse allí. Yo no puedo hacerlo, eso es una verdad como un templo. Y llevo mucho tiempo intentándolo, pero ellos sólo dejarán entrar a un flipado como Bruce, un hombre inofensivo, alguien que sea... como debe ser. De lo contrario, no se arriesgarán. Esa es su línea.

—El gobierno exige mucho, demasiado —comentó Donna.

—La vida exige mucho.

—En este caso se trata del gobierno federal —dijo Donna. Estaba mirando fijamente a Mike, conteniendo su irritación—. Nos exige mucho, a ti y a mí. Y a... A ese hombre que en tiempos fue mi amigo.

—Sigue siendo tu amigo.

—No, te refieres a lo que queda de él —puntualizó cruelmente Donna.

Lo que queda de él, pensó Mike Westaway, sigue buscándote, a su manera. También él se sentía triste. Pero el día era muy agradable, la gente y los coches le animaban y el aire olía muy bien. Además, había una perspectiva de triunfo, el detalle que más levantaba su moral. Si habían llegado tan lejos, podían alcanzar la meta.

—Creo que no hay nada más terrible que sacrificar algo o alguien, un ser viviente —dijo Donna—, sin que ese ser lo sepa. Si lo supiera, si lo comprendiera y se ofreciera voluntario... —Gesticuló—. Pero él no lo sabe, nunca lo supo. Ni se ofreció voluntario...

—Claro que lo hizo. Era su trabajo.

—No tenía la menor idea, ni la tiene ahora. Porque ahora ya no tiene ideas, ninguna. Y lo sabes tan bien como yo. Nunca volverá a tener ideas, mientras viva. Sólo reflejos. Y no fue por accidente, sino porque se suponía que había de ser así. De modo que ahora nos toca soportar este... horrible karma. Lo noto en mi espalda. Es como si estuviera aguantando un cadáver. Llevo sobre mi espalda un cadáver, el de Bob Arctor, por mucho que él siga viviendo. —Donna había alzado la voz sin advertirlo. Mike Westaway hizo disimulados gestos hasta que la chica se tranquilizó. En otras mesas de madera, algunos clientes habían olvidado por un momento sus hamburguesas y miraban tratando de averiguar qué ocurría.

—Bueno, considéralo desde otro punto de vista —expuso Mike después de una pausa—. No pueden interrogar a alguien, a lo que sea, que carece de mente.

—Debo volver a mi trabajo —dijo Donna. Miró su reloj—. Les diré que todo parece ir bien, de acuerdo con lo que tú me has explicado. En tu opinión.

—Hay que esperar hasta el invierno.

—¿Hasta el invierno?

—Exacto. No importan las razones, pero así es. El asunto funcionará en el invierno próximo, o no funcionará en absoluto. Será entonces cuando triunfemos o fracasemos. —Justo en el solsticio, pensó Mike.

—Una época muy apropiada. Todo está muerto y cubierto de nieve.

—¿En California? —Mike se echó a reír.

—El invierno, el ocaso del espíritu. Mors ontologica. Cuando el espíritu muere.

—Aunque en realidad sólo esté dormido —añadió Westaway. Se levantó—. También yo debo irme. Debo recoger unos fiambres.

Donna se quedó mirándole. Sus ojos reflejaban consternación, tristeza, dolor...

—Es para la cocina —explicó Westaway—. Zanahorias, lechugas y cosas por el estilo. Una donación del supermercado McCoy para nosotros, los pobres desgraciados de New-Path. Sé que esos alimentos no estarán en muy buenas condiciones y por eso he dicho fiambres. Pero no pretendía hacer un chiste, no pretendía nada. —Dio una palmada en la espalda a Donna. Y al hacerlo, al tocar la chaqueta de cuero de aquella mujer, se le ocurrió que quizá la prenda era un regalo de Bob Arctor, un obsequio hecho en una época mejor y mucho más feliz.

—Hemos trabajado juntos en esto durante mucho tiempo —dijo Donna en un tono de voz reposado, moderado—. Pero ya estoy cansada. Tengo ganas de llegar al final. Algunas noches, cuando no puedo dormir, pienso, mierda, somos más insensibles que ellos, que el adversario.

—Mirándote, no puedo creer que seas una persona insensible. Claro que no te conozco demasiado. Lo que veo, y muy claramente, es una de las personas más cordiales que conozco.

—Parezco cordial, eso es lo que ve la gente. Una mirada afectuosa, un rostro encantador, una sonrisa cálida... todo es pura apariencia. Pero por dentro soy fría, una máquina de fabricar mentiras. No soy lo que parezco ser. Soy espantosa. —La voz de Donna se mantuvo sosegada. Sonreía mientras hablaba y sus ojos, grandes y tiernos, no mostraban malicia alguna—. Pero así ha de ser, no hay más remedio. ¿No es cierto? Hace mucho tiempo que lo comprendí y por eso finjo. No es una situación insoportable. Te permite obtener todo lo que deseas. Y hasta cierto punto, todas las personas son iguales. Lo que es francamente malo es que... soy una mentirosa. Mentí a mi amigo, mentí a Bob Arctor desde que nos conocimos. Un día le dije que no creyera en nada que yo dijera. Pensó que era una broma, claro, no me hizo caso. Pero se lo dije. Si no quiso escucharme, si no quiso creerme, la culpa es de él, no mía. Le advertí, pero él olvidó la advertencia al momento y siguió adelante, aceptó el engaño.

—Hiciste lo que debías hacer. Más de lo que debías.

—Bien, en realidad no hay nada que deba informar, hasta el momento —dijo Donna poniéndose en pie—. Sólo que, en tu opinión, se ha introducido y le han aceptado. No han podido sonsacarle nada en esos... —Se estremeció—. En esos juegos asquerosos.

—Ya nos veremos. —Hizo una pausa—. La gente del gobierno no querrá esperar hasta que llegue el invierno.

—Tendrá que hacerlo, hasta el solsticio de invierno.

—¿Qué?


—Esperar. Y rezar.

—Vaya tontería —dijo Donna—. Rezar es una tontería. Yo lo hacía en tiempos, y mucho, pero lo dejé. Si las oraciones sirvieran de algo, no tendríamos que hacer esto, lo que estamos haciendo. Es otro engaño.

—Como tantas cosas. —Donna empezó a caminar y Mike la siguió un trecho. Aquella mujer le atraía, le gustaba—. No creo que tú destruyeras a tu amigo. Tengo la impresión de que has quedado tan destrozada como la víctima, por mucho que no se te note. De todas formas, no había otra alternativa.

—Iré al infierno —dijo Donna. De repente, sonrió. Una sonrisa juvenil que iluminó toda su cara—. Me educaron en el catolicismo.

—Dicen que en el infierno te venden bolsas de mierda a cinco dólares. Y cuando llegas a casa descubres que hay un montón de bombones dentro de ellas.

—Bombones hechos con lo que cagan los pavos.

Fueron las últimas palabras de Donna. Cuando Mike se dio cuenta, la chica había desaparecido. Se había esfumado entre el tumulto de gente que iba de un lado para otro. Mike parpadeó. ¿Así debía sentirse Bob Arctor?, se preguntó. Sí, seguro. Estaba aquí hace un momento. Incluso me pareció que no se iría nunca. Y después... nada. Se ha esfumado como el fuego o el aire, como un elemento de la tierra que vuelve a la tierra. Para confundirse con la gente ordinaria que siempre nos rodea. Mezclada entre la gente. La mujer esfumada. Una transformación que se produce cuando Donna quiere. Nada ni nadie puede permanecer a su lado.

Pretendía atrapar el viento, pensó Mike, igual que Arctor. Es inútil tratar de poner firmemente tus manos sobre un agente de la brigada de narcóticos. Son gente furtiva, sombras que desaparecen siguiendo el dictado de su trabajo, como si nunca hubieran estado en el lugar que uno las ha visto. Arctor estaba enamorado de un espectro policial, una especie de holograma que un hombre puede atravesar... para encontrarse solo al otro lado y sin haber podido asirlo, sin haber tocado la imagen, la chica.

El modus operandi de Dios consiste en transmutar el mal en el bien, reflexionó Mike. Si está actuando aquí, está haciendo tal cosa ahora mismo, aunque nuestros ojos sean incapaces de verlo. El proceso se oculta bajo la superficie de la realidad y emerge únicamente después. Quizás ante los ojos de nuestros futuros descendientes. Gente mezquina que no conocerá la terrible guerra que hemos padecido, y las pérdidas que hemos sufrido, como no sea a través de una nota al pie de algún libro de historia de escasa difusión. Una simple mención que no incluirá la lista de los muertos en combate.

Lo justo sería que erigieran un monumento a los que murieron en la batalla, pensó Mike. Y a los que no murieron, a los que tuvieron que vivir después de sufrir la muerte. Como Bob Arctor. El caso más triste de todos.

Donna es una mercenaria, meditó Mike Westaway. Pero no a sueldo. Son los tipos más fantasmales, esos que cuando desaparecen lo hacen para siempre. Y después, nuevos nombres, nuevas señas. Te preguntas, ¿dónde está ahora esa chica? Y la respuesta es...

En ninguna parte. Porque en realidad nunca la has visto.

Mike volvió a sentarse a la mesa de madera para acabar la hamburguesa y la Coca-Cola. Eran productos mejores que cualquier otra cosa que sirvieran en New-Path. Por más que la hamburguesa hubiera sido hecha con anos de vaca triturados.

Llamar a Donna, volver a verla, poseerla... Quiero lo mismo que Bob Arctor quería, se dijo Mike. Quizá Bob haya tenido suerte al estar allí, y no aquí, en la vida normal. Pero la tragedia de su vida seguía existiendo. Amar a un espíritu etéreo, esa era la auténtica desgracia, la desesperanza personificada. El nombre de Donna, sus apellidos y residencia, no aparecerían nunca en documento alguno. Hay chicas así, las que más te hacen perder la cabeza, con las que no tienes la menor esperanza. La has perdido en el mismo momento que la abrazas.

Tal vez hayamos salvado a Bob de algo peor, fue la conclusión de Westaway. Y al mismo tiempo, hemos dado una utilidad a lo que quedaba de él. Una utilidad excelente y de gran valor.

Si es que la suerte nos sonríe.


—¿Sabes algún cuento? —preguntó un día Thelma.

—Sé el cuento del lobo —dijo Bruce.

—¿El lobo y la abuelita?

—No. El del lobo blanco-y-negro. Se subía a un árbol e iba cayendo una y otra vez sobre los animales del granjero. Por fin, el granjero reunió a sus hijos y a los amigos de sus hijos y se pusieron al acecho del animal, esperando a que el lobo blanco-y-negro se dejara ver. Al cabo de un rato, el lobo atacó a un animal de color oscuro y aspecto sarnoso, y todos dispararon y mataron a aquella bestia de pelaje blanco-y-negro.

—Oh, es un cuento demasiado malo.

—Pero recogieron la piel —prosiguió Bruce—. Despellejaron al gran lobo blanco-y-negro que atacaba desde los árboles y conservaron su maravilloso pelaje para que otra gente que llegara allí después pudiera ver cómo había sido aquel animal y se maravillaran al contemplar su fuerza y tamaño. Las futuras generaciones hablaron de aquel lobo, relataron numerosas historias sobre su bravura y majestad y derramaron lágrimas por su muerte.

—¿Por qué lo mataron?

—Debían hacerlo. Con los lobos no hay otro remedio.

—¿Sabes otros cuentos? ¿Otros mejores?

—No, ése es el único que sé.

Bruce recordó cuánto había disfrutado el lobo con su gran habilidad para saltar, con los brincos incansables de su esbelto cuerpo. Pero ese cuerpo ya no existía, había sido abatido por animales descarnados que de todos modos también serían masacrados y devorados. Animales sin fuerza que nunca saltaban, que no se enorgullecían de sus cuerpos. El lado bueno del asunto era que estos animales seguían andando, bien que con grandes esfuerzos. Y el lobo blanco-y-negro no se había lamentado, no había dicho nada ni siquiera cuando le dispararon. Sus fauces habían seguido aferradas a la presa. Para nada. Pero era su forma de actuar y gustaba de hacer tales cosas. No conocía otro modo, otro estilo de vida. No sabía hacer más que eso. Y lo atraparon.

—¡Aquí viene el lobo! —exclamó Thelma, dando torpes saltos—. ¡Auuu, auuu! —Quiso coger diversos objetos, pero no pudo.

Bruce, consternado, advirtió que algo fallaba en aquella niña. Por primera vez desde que la conocía, vio que Thelma era una subnormal. Sumido en la tristeza, se preguntó cómo podían ocurrir cosas así.

—Tú no eres el lobo —dijo.

Mas aún no siéndolo, Thelma seguía tropezando, saltando torpemente, tirando objetos al suelo. No era el lobo, pero el desequilibrio continuaba existiendo. ¿Cómo es posible que...

Ich unglücksel’ ger Atlas! Eine Welt,

Die ganze Welt der Schmerzen muss ich tragen,

Ich trage Unerträgliches, und brechen

Will mir dar Herz im Leibe.

¿...pueda existir tanta tristeza?, pensó Bruce. Se alejó.

Thelma siguió jugando a sus espaldas. Otro brinco, otra caída. ¿Qué debe sentirse estando en esas condiciones?, se preguntó.

Recorrió el pasillo en busca de la aspiradora. Le habían ordenado que limpiara con todo cuidado el gran cuarto de los juegos donde los niños pasaban la mayor parte del día.

—Al fondo del corredor, a mano derecha —le dijo alguien. Era Earl.

—Gracias, Earl —contestó Bruce.

Llegó hasta una puerta cerrada y empezó a llamar, pero enseguida optó por abrirla.

En el interior de la habitación había una vieja sosteniendo tres pelotas de goma y tratando de hacer malabarismos con ellas. Se volvió hacia Bruce, sonriéndole y mostrando al hacerlo los pocos dientes que quedaban en su boca. Pelo lacio, canoso, caía sobre sus hombros. Llevaba calcetines cortos de color blanco y zapatos de jugar a tenis. Bruce vio unos ojos hundidos que le sonreían, y una boca casi vacía.

—¿Puedes hacer esto? —preguntó la mujer con una voz sibilante. Lanzó las tres pelotas al aire. Cayeron sobre su cabeza y rebotaron hasta el suelo. La vieja se agachó, riendo y escupiendo al mismo tiempo.

—No, no sé hacerlo —repuso Bruce, paralizado por la consternación.

—Yo sí.

Aquella anciana y enjuta criatura recogió las pelotas. Los huesos de los brazos crujían en cuanto hacía un movimiento. Torció los ojos y trató por segunda vez de ejecutar sus malabarismos.



Otra persona apareció en la puerta, detrás de Bruce, y se quedó allí, observando también la escena.

—¿Cuánto tiempo lleva practicando? —preguntó Bruce.

—Muchísimo tiempo —contestó el recién llegado—. Vuelve a probar. ¡Estás a punto de lograrlo!

La vieja cloqueó al agacharse para recoger las pelotas por enésima vez.

—Hay una allí —dijo el otro hombre—, bajo la mesita de noche.

—¡Ohhhh! —gritó la anciana.

Estuvieron observándola durante un buen rato. La escena fue repitiéndose: recogía las pelotas, apuntaba con todo cuidado, aseguraba su equilibrio, lanzaba las pelotas al aire, se encorvaba mientras caían sobre su cuerpo o su cabeza, volvía a recogerlas...

El hombre que había detrás de Bruce suspiró y dijo:

—Donna, será mejor que vayas a lavarte. No estás limpia.

—Esa no es Donna —dijo Bruce, tremendamente sorprendido—. ¿Es Donna? —Observó a la vieja y sintió un terror indescriptible. Había lágrimas en los ojos de la anciana, que había devuelto la mirada a Bruce. Pero reía y reía. Bruce esquivó las tres pelotas que la mujer le había tirado con la esperanza de darle.

—No, Donna, no hagas eso —dijo el otro hombre—. No tires las pelotas a la gente. Debes recogerlas y lanzarlas bien alto, como viste que hacían por la tele. Pero ahora tienes que lavarte. Haces mal olor.

—Bueno —contestó la anciana, y salió de la habitación a toda prisa. Una masa de huesos en movimiento. Las tres pelotas aún oscilaban en el suelo.

El otro hombre cerró la puerta.

—¿Cuánto tiempo lleva Donna aquí? —inquirió Bruce, mientras ambos avanzaban por el pasillo.

—Mucho tiempo. Yo entré hace seis meses y ya estaba aquí. Lo de los juegos malabares empezó hace una semana.

—Entonces no puede ser Donna. No, porque lleva más de seis meses en el centro. Además, sólo hace una semana que yo ingresé.

Donna me trajo aquí en su MG, pensó Bruce. Lo recuerdo porque tuvimos que detenernos para llenar el radiador. Donna tenía muy buen aspecto entonces. Ojos tristes y aspecto afligido, pero tranquila, serena. Con su chaqueta de cuero, sus botas, su bolso con la pata de conejo colgando... La Donna de siempre.

Siguió buscando la aspiradora. Se sentía mucho mejor, pero no sabía por qué.

XV
—¿Podría ocuparme de los animales? —preguntó Bruce.

—No —repuso Mike—. Creo que te enviaré a una de nuestras granjas. Quiero probar cómo se te dan las plantas, durante algunos meses. Al aire libre, donde puedas tocar la tierra. Ya hemos tirado demasiados cohetes tratando de conquistar el espacio. Ahora quiero que tú trates de conquistar...

—Quiero vivir con algo vivo.

—La tierra vive. Nuestro planeta aún sigue vivo. Será una experiencia muy útil para ti. ¿Tienes algún conocimiento sobre agricultura? ¿Semillas, cultivo, recolección?

—Trabajaba en una oficina.

—Vivirás al aire libre de ahora en adelante. Si recuperas tu mente, ha de ser de una forma natural. Ya no puedes pensar, sólo trabajar. Te dedicarás a la siembra, al cultivo de nuestras plantaciones vegetales, que es como las llamamos, o a matar insectos. Esto último, acabar con los insectos mediante productos adecuados, nos da mucho trabajo. No obstante, tenemos mucho cuidado con los sprays de insecticidas. Pueden hacer más daño que bien. Pueden envenenar las cosechas, el suelo y las mismas personas que los utilizan. Los insecticidas devoran la cabeza del que los usa. Algo parecido a lo que te ocurrió a ti.

—De acuerdo —contestó Bruce.

Te dieron una buena rociada de insecticida, pensó Mike mientras observaba al otro hombre. Y por eso te has convertido en un insecto. Un insecto muere cuando lo rocías con un producto tóxico. Pero si haces lo mismo con un hombre, con su cerebro, obtienes un insecto que revolotea describiendo un círculo cerrado hasta que llegue la muerte final. Una máquina refleja, como una hormiga, que repite la última instrucción recibida.

Nada nuevo volverá a introducirse en el cerebro de ese hombre, meditó Mike, porque su cerebro ya no existe.

Y con el cerebro, desapareció esa persona que en otros tiempos pudo contemplar el mundo. La persona que yo nunca conocí.

Aunque es posible que si le colocamos en el lugar apropiado, en la posición correcta, todavía pueda bajar la mirada y descubrir la tierra. Reconocer que sigue estando allí. Y colocar en esa tierra algo que vive, algo distinto a él. Para que crezca.

Crecer: precisamente lo que él, o «eso» que es él, no puede hacer. Es una criatura muerta, no puede volver a crecer, sólo vegetar hasta que sus restos también mueran. Y entonces recogeremos lo que quede para hacerlo desaparecer.

No hay mucho futuro para alguien que ha muerto, pensó Mike. Por lo general, sólo existe pasado. Pero Arctor-Fred-Bruce ya ni siquiera tiene pasado. Sólo le queda esto.

Mientras conducía el coche del centro, la desplomada figura que había a su lado se agitó violentamente. Reanimada por el movimiento del vehículo.

Me pregunto, pensó Mike, si fue New-Path la que hizo esto a Bruce. ¿Le enviaron una sustancia para conseguir esto, para obligarle a recorrer un camino tal que en último término le llevara hasta ellos?

Para edificar su civilización dentro del caos, siguió pensando. Si es que puede hablarse de «civilización».

Mike no lo sabía. No llevaba en New-Path el tiempo suficiente. El director ejecutivo le había informado en cierta ocasión de que sus tareas no le serían reveladas hasta que pasara otros dos años más como miembro del personal.

Y tales tareas, había dicho el director, no tenían nada que ver con la rehabilitación de drogadictos.

Solamente el director ejecutivo, Donald, conocía la procedencia de los fondos de New-Path. Siempre había dinero. Bueno, pensó Mike, fabricar sustancia M da mucho dinero. En granjas rurales muy apartadas, pequeñas tiendas, diversas instalaciones etiquetadas con el nombre «escuelas»... Dinero que corre por todas partes. En la fabricación, distribución y venta final. Lo suficiente, como mínimo, para mantener la solvencia y crecimiento de New-Path... Y para otras cosas. Suficiente para diversos objetivos finales.

Claro que todo dependía de lo que New-Path pretendiera hacer.

Él sabía algo —mejor dicho, lo sabía el Departamento de Limitación de Drogas de los Estados Unidos—, algo que la mayoría de los ciudadanos e, incluso, la misma policía, desconocía.

La sustancia M, al igual que la heroína, era un producto orgánico, no una síntesis de laboratorio.

Cuando pensaba, cosa frecuente, que todos aquellos beneficios podrían mantener la solvencia y el crecimiento de New-Path, sabía muy bien lo que esa palabra significaba.

Los vivos, siguió reflexionando, nunca debían ser utilizados para servir los intereses de los muertos. Muy al contrario, los muertos —echó una ojeada a Bruce, la hueca figura que estaba junto a él— deberían servir los intereses de los vivos, si ello fuera posible.

Es ley de vida, razonó.

Y los muertos, suponiendo que tuvieran sensibilidad, se sentirían mucho mejor actuando de tal modo.

Los muertos, pensó Mike, que todavía sean capaces de ver, aunque no de comprender: los muertos son nuestras cámaras.

XVI
Encontró un pequeño fragmento de hueso debajo del fregadero de la cocina, entre las cajas de jabón, cepillos y cubos. Parecía un hueso humano y se preguntó si habría pertenecido a Jerry Fabin.

Esto le hizo recordar un hecho ocurrido en un momento muy lejano de su vida. Había vivido con otros hombres y estos bromeaban a veces diciendo que tenían una rata llamada Fred y que el animal vivía debajo del fregadero. Un día, explicaron a la gente, no tenían nada que comer y tuvieron que matar a la pobre y vieja rata que era Fred.

Quizás aquel hueso era lo que quedaba de la rata, el animal que había vivido bajo el fregadero y que ellos se habían inventado para que les hiciera compañía.


Estaban hablando en la sala. Bruce oyó la conversación.

—Este tipo estaba más chiflado de lo que parecía. Así lo pensaba yo. Un día, se fue a Ventura con su coche, para buscar a un viejo amigo que vivía en el campo, cerca de Ojai. Reconoció la casa nada más verla, sin necesidad de comprobar el número, se detuvo y preguntó a la gente dónde estaba Leo. «Leo ha muerto. Siento darle la noticia.» Y este tío les contestó, «Bueno, ya volverá el jueves.» Se marchó otra vez hacia la costa y supongo que el jueves siguiente regresaría para preguntar por Leo. ¿Qué te parece?

Bruce siguió escuchando la charla mientras tomaba una taza de café.

—...funciona, y se encuentra con que el listín de teléfonos sólo incluye un número. Hay que llamar a ese número para todo lo que se desee. Es el mismo número relacionado en página tras página... Estoy hablando de una sociedad completamente flipada. Y en la cartera tienes aquel número, el número, apuntado junto a los nombres de diversas personas. Si te olvidas del número, no puedes llamar a nadie.

—Puedes telefonear a información, en ese caso.

—No, porque información tiene el mismo número.

Bruce escuchaba atentamente. Ese lugar, el que estaba describiendo el hombre que hablaba, era muy interesante. Cuando llamabas a ese número, te decían que te habías equivocado, o que aquel teléfono estaba fuera de uso. Así que volvías a llamar, al mismo número, y entonces encontrabas a la persona que querías encontrar.

Si un paciente visitaba al médico —el único que había, especializado en todo—, sólo existía una medicación posible, que el doctor prescribía después de examinar al enfermo. Te llevabas la hoja a la farmacia y el farmacéutico era incapaz de entender qué había escrito allí el médico. En consecuencia, te daba las únicas píldoras que tenía: aspirinas. Un medicamento que lo curaba todo.

Si infringías la ley —la única ley, que todo el mundo se saltaba a la torera una y otra vez—, el polizonte tomaba nota de la infracción, no con pocos esfuerzos. Y siempre era la misma infracción. Toda infracción de la ley era castigada con idéntica pena. No había diferencia alguna entre cruzar la calle con los ojos cerrados o cometer alta traición: todo se castigaba con la pena de muerte. Y existía gran agitación para abolirla, pero era inútil. Sin pena de muerte no habría ningún castigo posible para los que, por ejemplo, cruzaran la calle imprudentemente. Y así, la pena de muerte continuó constando en el código hasta que finalmente la comunidad se flipó del todo y murió. Bueno, no se fliparon porque ya lo estaban antes. Desaparecieron uno a uno, conforme iban infringiendo la ley, y se supone que murieron.

Supongo que cuando la gente se enteró de que había muerto el último de aquellos hombres, pensó Bruce, debieron preguntarse cómo debían ser esos tipos, los que habían desaparecido. Veamos... Bueno, volveremos el jueves. No estaba muy convencido de su razonamiento, pero se puso a reír, y como lo hizo en voz alta, todos los que se encontraban en la sala le imitaron.

—Muy bien, Bruce —dijeron.

Aquel dicho se había convertido ya en una especie de frase de efecto, la frase que se repite una y otra vez, todas las semanas, en las películas de dibujos animados que dan por TV. Cuando algún residente de Samarkand House no entendía algo o no podía encontrar lo que le habían pedido que buscara (un rollo de papel higiénico, por ejemplo), la respuesta inevitable era, «Bueno, supongo que volveré el jueves.» La paternidad de la frase se atribuía a Bruce. Era su dicho. Había calado hondo en Samarkand House, y significaba algo para todos los residentes.

Una noche, durante una sesión de Juego, llegó el momento en que los residentes reconocían los méritos de cada uno de ellos en cuanto a las aportaciones hechas a New-Path, conceptos y cosas por el estilo. El mérito que se reconoció a Bruce fue su habilidad para el humor, para ver el lado divertido de las cosas sin importar cuán mal se encontrara. Todos los residentes aplaudieron desde sus respectivos lugares en el circulo. Bruce alzó la vista, sorprendido y vio las sonrisas de todos sus compañeros, la calurosa aprobación que se reflejaba en todas las miradas. El sonido de aquel aplauso permaneció muy dentro de él, en su corazón, durante un largo período de tiempo.

XVII
A finales de agosto, dos meses después de su ingreso en New-Path, fue trasladado a una granja del valle de Napa, situado tierra adentro en la California septentrional. El país del vino, repleto de excelentes viñedos californianos.

Donald Abrahams, director ejecutivo de la Fundación New-Path, firmó la orden de traslado, a instancias de Michel Westaway, un miembro del personal que se había interesado mucho por las posibilidades de hacer algo especial con Bruce. En especial desde que el Juego no había podido proporcionarle ayuda alguna. En realidad, aquellas sesiones le habían dejado en peores condiciones.

—Te llamas Bruce —dijo el capataz de la granja. Bruce había bajado torpemente del coche, arrastrando su maleta.

—Me llamo Bruce —repitió.

—Vamos a probarte en la granja durante algún tiempo, Bruce.

—De acuerdo.

—Creo que esto te gustará más, Bruce.

—Creo que esto me gustará más. Esto será mejor.

—Te han cortado el pelo hace poco, por lo que veo.

—Sí, me han cortado el pelo. —Bruce se pasó la mano por su afeitada cabeza.

—¿Por qué?

—Me cortaron el pelo porque me encontraron en el piso de las mujeres.

—¿Es el primer corte de pelo?

—Es el segundo. —Bruce hizo una pausa y luego añadió—: Un día me puse muy violento. —Se quedó inmóvil, aún sosteniendo la maleta. El capataz le hizo una seña para que la dejara en el suelo—. Quebranté la regla de la violencia.

—¿Qué hiciste?

—Arrojé una almohada.

—Bien, Bruce. Ven conmigo y te enseñaré dónde dormirás. Aquí no tenemos un edificio central. Hay una cabaña para cada seis personas. Duermen y se hacen la comida allí, y están allí cuando no hay trabajo que hacer. Sólo se trabaja, no hay sesiones de Juego. Se han acabado los juegos para ti, Bruce.

Bruce pareció alegrarse. Una sonrisa apareció en su cara.

—¿Te gustan las montañas? —El capataz señaló hacia su derecha—. Mira. Montañas. Sin nieve, pero son montañas. Santa Rosa queda a la izquierda. En las laderas de esas montañas crecen vides realmente grandes. Nosotros no cultivamos eso. Diversos productos farmacéuticos, pero no vides.

—Me gustan las montañas.

—Míralas. —El capataz volvió a señalar. Bruce no miró—. Te conseguiremos un sombrero. No puedes trabajar en el campo con la cabeza así, pelada. No empieces a trabajar hasta que te demos un sombrero, ¿vale?

—No empezaré a trabajar hasta que me deis un sombrero.

—Aquí es muy bueno el ambiente.

—Me gusta.

—Sí. —El capataz indicó a Bruce que recogiera su maleta y le siguiera. Observó a Bruce y se sintió embarazado: no sabía qué decir. Era algo que ya había experimentado, siempre que llegaban tipos como éste—. A todos nos gusta este ambiente, Bruce. A todos, te lo digo de verdad. Tenemos eso en común. —Todavía tenemos algo en común, pensó.

—¿Veré a mis amigos? —preguntó Bruce.

—¿Te refieres a la gente que había allí? ¿Los residentes del centro de Santa Ana?

—Mike, Laura, George, Eddie, Donna.

—La gente de las residencias no viene a las granjas. Nuestro trabajo es exclusivo. Pero es probable que vuelvas allí una o dos veces al año. Celebramos reuniones en Navidad y...

Bruce se había detenido. El capataz le indicó que se moviera.

—La próxima reunión será el día de acción de gracias. Los trabajadores de las granjas volverán a sus residencias de origen y permanecerán en ellas durante dos días. Luego regresarán aquí, hasta Navidad. Así que volverás a verlos. Si es que no los han trasladado a otros centros, claro está. Faltan tres meses. Pero se supone que tú no puedes mantener relaciones aquí, en New-Path... ¿No te lo han dicho? Tienes que relacionarte con la familia como si fuera un todo.

—Lo entiendo. Nos lo hicieron aprender de memoria como una parte del Credo de New-Path. —Observó a su alrededor—. ¿Puedo beber un poco de agua?

—Te mostraremos dónde está el agua. Tienes agua en tu cabaña, pero también hay una fuente pública, para toda la familia. —Guió a Bruce hacia una de las cabañas prefabricadas—. Nuestras instalaciones agrícolas no permiten el libre acceso, ya que tenemos plantaciones experimentales, cultivos híbridos, y queremos evitar una posible propagación de los productos insecticidas que utilizamos. La gente que entra aquí, incluso los miembros del personal, queda impregnada de restos de pesticidas. En la ropa, zapatos y cabello. —El capataz eligió una cabaña al azar—. Esta será la tuya. La 4-G. ¿Te acordarás?

—Todas son muy parecidas.

—Fíjate en algún detalle que te permita reconocer la cabaña. Algo que puedas recordar con facilidad, algo que tenga colorido. —Abrió la puerta de la cabaña. Un aire caliente y repugnante brotó del interior—. Creo que te pondremos primero con las alcachofas. Tendrás que llevar guantes, ¿sabes? Las alcachofas tienen pinchos.

—Alcachofas.

—¡Ah! También tenemos hongos. Cultivos experimentales. Herméticamente cerrados, desde luego. Toda persona que se dedica al cultivo de hongos domésticos ha de mantener aislada la plantación. Si no se hace así, las esporas patógenas podrían contaminar la tierra cercana. Las esporas de los hongos son diseminadas por el aire, claro está. Es un riesgo que corren todos los cultivadores de hongos.

—Hongos —repitió Bruce. Entró en la cabaña, notando la oscuridad y el calor que reinaban en ella. El capataz le siguió con la mirada.

—Sí, Bruce —dijo el capataz.

—Sí, Bruce —repitió Bruce.

—Bruce, despierta.

Bruce hizo un gesto de asentimiento y se quedó inmóvil en la deprimente oscuridad de la cabaña, con la maleta aún en las manos.

—De acuerdo —dijo.

Se atontan en cuanto oscurece, pensó el capataz. Como las gallinas.

Un hombre que vegeta entre vegetales, se dijo. Hongos entre hongos. Elíjase lo que se prefiera.

El capataz hizo descender la bombilla eléctrica que había en la cabaña y empezó a mostrar a Bruce cómo manejarla. Bruce no pareció interesado. Había vuelto a vislumbrar las montañas y estaba mirándolas fijamente, como si hasta ahora no hubiera advertido su presencia.

—Montañas, Bruce, montañas —dijo el capataz.

—Montañas, Bruce, montañas —repitió Bruce. Siguió mirándolas.

—Ecolalia, Bruce, ecolalia.

—Ecolalia, Bruce...

—Bien, Bruce —dijo el capataz, y salió de la cabaña. Cerró la puerta tras él y pensó: Creo que le pondré con las zanahorias. O con la remolacha. Algo que sea sencillo, que no le desconcierte.

Y un nuevo vegetal en el otro lecho, allí. Para hacerle compañía. Podrán vegetar juntos, al unísono. Hileras, hectáreas enteras de ellos.
Le llevaron al campo y Bruce contempló las irregulares espigas del maíz. Es una plantación de inmundicias, pensó. Tienen una granja de inmundicias.

Se inclinó y vio una florecilla azul, casi pegada al suelo. Había muchas, en el extremo de tallos muy cortos, extraordinariamente frágiles. Parecían rastrojos, simples brozas.

Infinidad de flores. No las había visto antes porque no había acercado su cara lo bastante. Criaturas intrusas mezcladas entre los elevados brotes del maíz, ocultas entre ellos. Era la costumbre de muchos agricultores: sembraban en anillos concéntricos, intercalando los tipos de semillas. Bruce recordó el método de los labradores mejicanos que cultivaban marihuana, rodeando, circundando la planta con otras de superior crecimiento, de modo que los federales no pudieran advertirla desde sus jeeps. Las plantaciones de marihuana sólo podían ser descubiertas desde el aire.

Y cuando los federales localizaban alguna de estas plantaciones... ametrallaban al agricultor, su esposa, sus hijos e incluso sus animales. Y luego se iban a toda prisa, para proseguir la búsqueda de plantaciones con sus helicópteros y sus jeeps.

Florecillas de color azul. ¡Qué bonitas son!, pensó Bruce.

—Estás contemplando la flor del futuro —dijo Donald, el director ejecutivo de New-Path—. Pero no para ti.

—¿Por qué no para mí? —preguntó Bruce.

—Ya disfrutaste bastante en otro tiempo —repuso el director. Una risita—. Así que levántate y deja de adorar esas flores... Fueron tu dios, tu ídolo, pero eso ha terminado. Una visión trascendente, ¿no? ¿No es eso lo que ves crecer aquí? Al menos das esa impresión. —Dio una vigorosa palmada en la espalda de Bruce, y después pasó la mano frente a los ojos de aquel hombre ensimismado, interrumpiendo sus visiones.

—Han desaparecido —dijo Bruce—. Las flores de primavera han desaparecido.

—No, lo que pasa es que no puedes verlas. Es un problema filosófico que está fuera de tu comprensión. Epistemología: la teoría del conocimiento.

Lo único que vio Bruce fue la palma de la mano de Donald tapando la luz. Se quedó mirándola durante mil años. Una mano que había bloqueado, bloqueaba y bloquearía por siempre la visión de unos ojos muertos, vivos fuera del tiempo. Unos ojos cegados y una mano cegadora que nunca se apartaría de allí. El tiempo se detuvo cuando aquellos ojos fijaron su mirada. El universo quedó paralizado al mismo tiempo que él y su raciocinio. El universo quedó inmovilizado, al menos para Bruce, alcanzando la inactividad total. No había nada que él no supiera, nada que pudiera sorprenderle.

—Vuelve al trabajo, Bruce —dijo Donald, el director ejecutivo.

—La he visto —dijo Bruce. La he reconocido, pensó. He visto plantada la sustancia M, la muerte brotando del suelo, de la misma tierra de un campo repleto de tonos azules y rastrojos.

El capataz de la granja y Donald Abrahams intercambiaron una mirada. Después observaron al hombre que estaba arrodillado y la Mors ontologica plantada por todas partes, oculta entre el maíz.

—Vuelve al trabajo, Bruce —repitió como un loro el hombre arrodillado. Bruce se puso en pie.

Donald y el capataz se dirigieron tranquilamente hacia el Lincoln que estaba aparcado cerca de allí. Iban hablando. Bruce, sin volverse, sin osar volverse, supo que se alejaban.

Bruce se agachó y cogió una de aquellas plantas azuladas. La metió en su zapato derecho, ocultándola a la vista. Un regalo para mis amigos, pensó. Dentro de su mente, donde nadie pudiera advertirlo, deseó que el día de acción de gracias llegara pronto.
NOTA DEL AUTOR
Esta novela se ha referido a varias personas que sufrieron un castigo excesivo por lo que habían hecho. Deseaban gozar de la vida, pero eran como niños jugando en la calle. Veían a sus amigos morir uno tras otro —atropellados, mutilados, destruidos—, pero ellos seguían jugando. Todos nosotros fuimos realmente felices durante algún tiempo, por más terriblemente breve que fuera. El posterior castigo superó todo lo imaginable: no podíamos creerlo por mucho que lo viéramos. Por ejemplo, mientras redactaba esta nota me enteré del suicidio de la persona en que estaba basado el personaje ficticio de Jerry Fabin. Un amigo mío, que luego me sirvió de modelo para describir a Ernie Luckman, murió antes de que empezara la novela. Yo también fui, durante algún tiempo, uno de estos niños que juegan en la calle. Intenté, como todos los demás, jugar en vez de crecer. Y recibí mi castigo. Soy una de las personas que aparecen en la lista que leerán casi al final de la nota, una relación de los individuos a quienes está dedicada esta novela y del estado en que quedaron.

El mal uso de la droga no es una enfermedad, sino una decisión similar a la de apartarse frente a un coche que se nos echa encima. Podría afirmarse que no es una enfermedad, sino un error de juicio. Cuando mucha gente empieza a cometer tal fallo, se trata de un error social, un modo de vida. El lema de este modo de vida particular es «Sé feliz ahora porque mañana te morirás.» Pero la muerte acontece casi instantáneamente y de la felicidad sólo queda el recuerdo. Por lo tanto, no hay otra cosa más que una aceleración, una intensificación de la existencia humana normal. La única diferencia es que este tipo de vida se desarrolla más velozmente que el ordinario. Tiene lugar en días, semanas o meses en lugar de años. Tomad el dinero contante y sonante y no os preocupéis por los intereses, como afirmara Villon en 1460. Un criterio erróneo cuando el metálico asciende a diez centavos y el interés es por toda una vida.

No hay ninguna moraleja en esta novela. Ni tampoco se trata de una visión burguesa, ya que no se afirma que los personajes cometieran el fallo de jugar cuando deberían haber estado trabajando duramente. La novela sólo explica cuáles fueron las consecuencias. En la tragedia griega, la sociedad empezó a descubrir la ciencia, o dicho de otro modo, la ley de la causalidad. Aquí, en esta novela, existe una Némesis. No una diosa del destino, porque ninguno de nosotros tuvo opción a dejar de jugar en la calle, sino, como reflejo en mi relato, extraído de lo más profundo de mi vida y de mi corazón, una Némesis terrible para aquellos que quisieron seguir jugando. No soy un personaje de esta no vela, soy la novela en sí. Como lo era todo nuestro país en esta época. Mi libro se refiere a más gente de la que yo conocí en persona, a algunos individuos cuya suerte todos pudimos conocer a través de los periódicos. Optamos por perder el tiempo con nuestros camaradas, por decir y hacer tonterías mientras grabábamos discos. Y esa fue la peor decisión que se tomó en la década de los sesenta, tanto dentro como fuera del establishment. La naturaleza nos reprimió con drásticas medidas. Hechos espantosos nos obligaron a detenernos.

El «pecado» de estas personas, si es que puede hablarse de pecado, consistió en querer vivir bien siempre, y fueron castigados por ello. Pero creo, como ya he dicho al principio, que quizás el castigo fue excesivo, y prefiero considerarlo, a la manera griega o de un modo moralmente neutral, como pura ciencia, como una determinista e imparcial relación causa-efecto. Los amaba a todos. Y esta es la lista. A todos los quise y a todos les dedico ahora mi cariño:


A Gaylene fallecida

A Ray fallecido

A Francy psicosis permanente

A Kathy lesión cerebral permanente

A Jim fallecido

A Val lesión cerebral masiva y permanente

A Nancy psicosis permanente

A Joanne lesión cerebral permanente

A Maren fallecida

A Nick fallecido

A Terry fallecido

A Dennis fallecido

A Phil lesión pancreática permanente

A Sue lesión vascular permanente

A Jerri psicosis permanente y lesión vascular
...y un largo etcétera.

In memoriam. Fueron mis camaradas, los mejores que he tenido. Permanecen en mi recuerdo, y el enemigo nunca será olvidado. El «enemigo» fue el error que cometieron jugando. Dejadles que vuelvan a jugar, de algún otro modo, y permitidles que sean felices.



FIN


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