Una mirada a la oscuridad



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UNA MIRADA A LA OSCURIDAD

Philip K. Dick

Título original: A scanner darkly


Traducción: Cesar Terrón


© 1977 by Philip K. Dick

© 1980 Ediciones Acervo

I.S.B.N. 84-002-285-7

Edición digital: oñacsE

Revisión: oñacsE

I
Había una vez un individuo que estuvo todo el día sacándose piojos del pelo. El médico le dijo que no había ningún insecto en su cabello. Se duchó durante ocho horas seguidas, soportando el agua caliente hora tras hora y sufriendo el picor de los animalitos. Luego salió de la ducha, se secó... y los piojos seguían en su pelo. En realidad los tenía por todo el cuerpo. Al cabo de un mes los piojos invadieron sus pulmones.

No teniendo otra cosa que hacer o pensar, empezó a estudiar teóricamente el ciclo vital de los piojos y, con ayuda de la Enciclopedia Británica, trató de averiguar qué tipo concreto de insectos era el que le atormentaba. Su casa ya estaba llena de ellos. Se documentó sobre los numerosos tipos existentes, y finalmente advirtió que también había piojos fuera de la casa, por lo que determinó que se trataba de áfidos. Y no cambió jamás de idea, por mucho que otras gentes le dijeran cosas como que «los áfidos no pican a las personas».

Le dijeron eso porque la picadura constante de los piojos era un suplicio para él. Conocía un establecimiento, el 7-11, parte de una cadena extendida por casi toda California, y fue allí donde compró diversas marcas de insecticidas:

«Raid», «Black Flag» y «Yard Guard». Primero roció la casa, luego su propio cuerpo. El «Yard Guard» pareció ser el mejor.

En cuanto al lado teórico del asunto, advirtió tres etapas en el ciclo vital de los piojos. En primer lugar, personas a las que denominó «portadores» los llevaban encima para contaminarle. Los portadores eran tipos inconscientes de su papel como distribuidores de piojos. Durante esta etapa los piojos no tenían pinzas o mandíbulas (aprendió esta palabra durante sus semanas de investigación, una insólita ocupación teórica para un tipo que trabajaba en Frenos y Llantas Handy reparando tambores de frenos). Así pues, los individuos portadores no sentían nada. El acostumbraba a sentarse en un rincón de su cuarto de estar contemplando cómo entraban los distintos portadores —a la mayoría ya los conocía, aunque también había algunos desconocidos—, cubiertos con áfidos que se encontraban en esta fase particular inocua. Y no le quedaba más remedio que sonreírse, puesto que sabía que aquellas personas estaban siendo usadas por los piojos sin que se dieran cuenta.

—¿De qué te ríes, Jerry? —le preguntaban entonces.

En la segunda etapa, los piojos adquirían alas, o algo por el estilo, aunque en realidad no eran alas. Bien, eran apéndices de un tipo funcional que les permitían desplazarse. Así era como se movían y esparcían... especialmente por su cuerpo. El ambiente estaba cargado de ellos, constituían una especie de nube que llenaba su cuarto de estar, toda su casa. Durante esta fase tuvo que esforzarse por no tragárselos.

Lo que más pena le daba era su perro. Podía ver los piojos posándose y esparciéndose por todo el cuerpo del animal y, probablemente, introduciéndose en sus pulmones, tal como habían hecho con él mismo. Quizás el perro sufría tanto como él; al menos, eso es lo que intuía. ¿Debería renunciar al perro por el propio bien del animal? Decidió que no haría tal cosa ya que el perro, inadvertidamente, estaba infestado, y los piojos irían en su compañía a cualquier parte que fuera.

A veces se metía en la ducha con el perro, tratando de limpiarlo, pero sin mejores resultados que los obtenidos con su propia persona. Resultaba doloroso sentir que el perro sufría, y Jerry nunca cesó en sus esfuerzos por ayudarle. El animal no podía quejarse y esto, los sufrimientos del perro, era hasta cierto punto lo peor de todo.

Un día se presentó su amigo Charles Freck mientras estaba bañando al perro.

—¿Qué narices estás haciendo todo el día metido en la ducha con el maldito perro? —preguntó Charles.

—Quiero quitarle los áfidos —contestó Jerry.

Sacó de la ducha a Max, el perro, y se puso a secarlo. Charles Freck contempló desconcertado cómo Jerry frotaba la piel del perro con polvos de talco y colonia infantil. Toda la casa estaba llena de sprays insecticidas, cajas de polvos talco, botellas de colonia infantil y pomadas para la piel, la mayor parte de ello usado. Jerry debía utilizar cada vez más y más productos.

—No veo ningún áfido —dijo Charles—. ¿Qué es un áfido?

—Es algo que puede matarte —contestó Jerry—, eso es lo que es. Los tengo en el pelo, en la piel y en los pulmones, y el dolor es insoportable... Tendré que ir al hospital.

—¿Por qué no puedo verlos?

Jerry soltó al perro, envuelto en una toalla, y se arrodilló junto al felpudo.

—Te enseñaré uno —anunció. El felpudo estaba cubierto de piojos. Brincaban por todas partes, arriba y abajo, algunos más alto que otros. Jerry buscó uno especialmente grande, puesto que la gente tenía dificultades para distinguirlos.

—Trae una botella o un bote —pidió a su amigo—. Busca debajo del fregadero. Lo taparemos, y se lo llevaré al médico para que pueda analizarlo.

Charles Freck trajo un bote de mayonesa vacío. Jerry prosiguió buscando, hasta encontrar un áfido que daba saltos superiores a un metro. El insecto medía más de dos centímetros de largo. Lo atrapó y metió en el bote, con mucho cuidado, y roscó la tapa del recipiente. Luego lo alzó en señal de triunfo.

—¿Lo ves? —dijo.

—Siiii —contestó Charles, con los ojos muy abiertos mientras examinaba el contenido del bote—. ¡Qué grande! ¡Jo!

—Ayúdame a encontrar más para que el doctor los vea. —Jerry volvió a agacharse sobre la alfombra, dejando el bote a su lado.

—Claro —dijo Charles, y puso manos a la obra.

Al cabo de media hora habían llenado tres recipientes con piojos. Charles, aunque novato, encontró algunos de los más grandes.

Era un mediodía de junio de 1994. Estaban en California, en una gran extensión de edificios de plástico, baratos y duraderos, abandonados desde hacía tiempo por la gente honrada. Jerry había rociado con pintura metálica todas las ventanas para evitar que pasara la luz. La habitación estaba iluminada por un portalámparas en el que Jerry había conectado únicamente focos que lucían día y noche, como si quisiera abolir el tiempo para él y sus amigos. A Jerry le gustaba eso, librarse del tiempo. Así se podía concentrar sin interrupción en cosas importantes. Cosas como ésta: dos hombres arrodillados junto a una alfombra de felpa, buscando piojo tras piojo y poniéndolos en recipiente tras recipiente.

—¿Qué obtendremos por estos? —preguntó Charles Freck al cabo de un rato—. Me refiero a si el doctor da algo a cambio. ¿Un premio? ¿Algo de comer?

—No, así colaboro a encontrar un remedio perfecto contra ellos —dijo Jerry. El dolor, incesante, se había hecho insoportable. Nunca se había acostumbrado a padecerlo y sabía que jamás se acostumbraría. La urgencia, el ansia de volver a ducharse, era incontenible—. Hey, chico —jadeó, poniéndose en pie—, sigue metiéndolos en los botes mientras me doy una ducha. —Se encaminó hacia el cuarto de baño.

—Vale —accedió Charles. Se tambaleó sobre sus largas piernas al volverse hacia un bote con las manos ahuecadas. Aún conservaba un excelente control muscular, pese a ser un antiguo combatiente. Fue a coger el envase de vidrio, pero cambió de idea—. ¡Hey, Jerry! Estos piojos... me asustan. No quiero hacerlo solo. —Se puso en pie.

—¡Mierda de gallina! —dijo Jerry, jadeando de dolor mientras se detenía momentáneamente junto al cuarto de baño.

—¿No podrías...?

—¡Tengo que ducharme! —Abrió de golpe la puerta y soltó el agua de la ducha.

—Me da miedo estar aquí. —La voz de Charles llegó atenuada, aunque en realidad estaba gritando.

—¡Pues jódete! —chilló Jerry. Se metió en la ducha. ¿Qué coño tienen de bueno los amigos?, se preguntó con amargura. ¡Nada, nada de bueno! ¡Los muy jodidos!

—¿Pueden picar estos bichos? —gritó Charles desde la puerta.

—Sí, pican. —Jerry restregó su cabeza, llena de champú.

—Me lo temía. —Una pausa—. ¿Puedo lavarme las manos para limpiarme y esperarte?

Gallina asquerosa, pensó Jerry, cada vez más furioso. No dijo nada y siguió lavándose. No valía la pena contestar a un bastardo... No prestó atención a Charles Freck, sólo a sí mismo, a sus necesidades vitales, apremiantes, terribles, urgentes. Todo lo demás podía esperar. No había tiempo que perder, ni un segundo. No podía posponer su problema y cualquier otra cosa era secundaria. Excepto el perro. Pensó en Max, el perro.

Charles Freck telefoneó a un conocido. Esperaba que él tuviera lo que quería.

—¿Puedes darme diez muertes? —le preguntó.

—¡Jo, no tengo nada! Estoy buscando para mí. Si encuentras algo, dímelo, podría servirme.

—¿Qué ocurre con el suministro?

—Alguna redada, supongo.

Charles Freck colgó. Apesadumbrado, salió de la cabina telefónica —nunca se utiliza el teléfono propio para una compra— y se dirigió a su coche, previamente aparcado. Dejó correr su fantasía. Imaginó que llegaba a la Farmacia Económica y encontraba un inmenso escaparate: botellas, latas y botes de muerte lenta, bañeras, tinas y escudillas llenas de muerte lenta, miles de pastillas, cápsulas y cigarrillos de muerte lenta, muerte lenta mezclada con speed, yerba, barbitúricos y alucinógenos, de todo. Y un gran cartel: AQUÍ SE FÍA. Y otro: PRECIOS BAJOS, BAJÍSIMOS, LOS MÁS BAJOS DE LA CIUDAD.

Pero, en realidad, la Económica tenía normalmente un escaparate pobre: peines, botellas de aceite mineral, desodorantes en spray y siempre tonterías por el estilo. Pero apuesto a que en la trastienda de la farmacia tienen muerte lenta bien guardada bajo llave; muerte lenta pura, no cortada, inadulterada, pensó mientras salía del aparcamiento hacia Harbor Boulevard, hacia el tráfico de primeras horas de la tarde. Tendrán más de veinte kilos.

Se preguntó cuándo y cómo descargaban los veinte kilos de sustancia M todas las mañanas, de dónde la traían... Sólo Dios lo sabía, tal vez de Suiza o quizá de otro planeta habitado por alguna raza inteligente. Debían suministrarla de madrugada y con gente armada... policías de aspecto perverso —siempre daban esa impresión—, armados con rifles láser. Mataré a cualquiera que intente llevarse mi muerte lenta, imaginó Charles que pensarían todos los policías.

Suponía que la sustancia M debía ser un ingrediente de todo medicamento legal y que no valía nada. Una pizca aquí y otro poco allí, de acuerdo con la fórmula secreta, exclusiva, de la casa alemana o Suiza que la había inventado. Pero Charles conocía perfectamente la situación. Las autoridades mataban o encarcelaban a cualquier persona que vendiera, transportara o usara la droga, y en tal caso la Farmacia Económica y los miles de farmacias congéneres serían puestas fuera de circulación o multadas. Sencillamente multadas, eso era lo más probable. Pero la Económica tenía influencia. En cualquier caso, ¿cómo acabar con una cadena de grandes farmacias? ¿O cómo apartarlas del negocio?

Lo único que obtienen es un material vulgar, pensó mientras conducía. Charles se sentía desgraciado porque sólo le quedaban trescientas ruedas de muerte lenta en su escondrijo. Enterradas en el patio trasero de su casa debajo de las camelias, las camelias híbridas invernales que no se resecaban al llegar la primavera. Sólo tengo para una semana, pensó. Y cuando se acaben, ¿qué? Mierda.

¿Y si en California y parte de Oregon todo el mundo se queda sin droga el mismo día? ¡Jo!

Era el horror, la fantasía que a todas horas dominaba su mente y la de todos los drogadictos. Toda la parte occidental de los Estados Unidos quedándose sin droga al mismo tiempo, y todo el mundo derrumbándose el mismo día, probablemente hacia las seis de la mañana. El domingo por la mañana, mientras la gente honrada se vestía para acudir a la iglesia.

Escenario: La Primera Iglesia Episcopal de Pasadena. Hora: Ocho y media de la mañana. Día: El domingo de la catástrofe.

—Devotos feligreses, invoquemos ahora a Dios para rogar su intervención en las agonías de aquellos que se debaten en sus lechos sufriendo la abstinencia.

—Sí, sí —murmura la congregación, concordando con el sacerdote.

—Pero antes de que Él intervenga con una fresca provisión de...

Era evidente que un blanco-y-negro había visto algo en la forma de conducir de Charles Freck que éste no había advertido. El vehículo policial había arrancado al momento, abandonando su puesto de observación y situándose tras el coche de Charles. Sin luces ni sirena, pero...

Quizás estoy haciendo eses o algo así. La jodida bofia me ha visto haciendo el burro. ¿Qué habré hecho?

POLIZONTE: ¿Su nombre?

—¿Mi nombre? —(NO PUEDO RECORDAR EL NOMBRE.)

—¿No sabe su propio nombre? —El polizonte hace un gesto a otro que espera en el coche patrulla—. Este tipo está grogui, no hay duda.

—No me maten aquí. —Charles Freck sumido en la fantasía de horror causada por la visión del negro-y-blanco que le seguía—. Al menos llévenme al cuartelillo y mátenme allí, que no me vea nadie.

Si quieres sobrevivir en este estado policíaco y fascista siempre debes dar un nombre, tu nombre. Siempre. Es lo primero que preguntan para ver si estás flipado, si no sabes quién demonios eres, se dijo Freck.

Lo que haré será desviarme en cuanto vea un hueco para aparcar, desviarme por mi propia voluntad antes de que ellos enciendan las luces o hagan cualquier otra cosa. Y cuando me alcancen diré que tengo una rueda desinflada o me inventaré cualquier problema mecánico.

Eso es lo que les gusta. Verte rendido, incapaz de proseguir. Echarte al suelo como un animal, exponiendo tus partes más débiles e indefensas. Eso es lo que haré.

Así lo hizo, girando hacia la derecha. Las ruedas delanteras del coche toparon contra la acera. El coche patrulla pasó a su lado y prosiguió su camino.

Una maniobra inútil, pensó. Ahora le resultaría difícil volver al centro, el tráfico era demasiado denso. Apagó el motor. Tal vez se quedaría allí sentado, aparcado durante un rato, y alfa-meditaría o entraría en diversos estados alterados de conciencia. Posiblemente observando a las chicas que deambulaban por allí. ¿Fabricarían bioscopios para la excitación sexual? Antes que para las sensaciones alfa. Ondas sexuales, primero cortas, luego más y más largas, hasta que se salieran de escala.

Comprendió que aquello no iba a llevarle a ninguna parte. Debo tratar de localizar a alguien que tenga droga, pensó. Tengo que conseguir mi suministro o pronto me encontraré delirando y no podré hacer nada. Ni siquiera estar sentado en mi coche como estoy ahora. No sabré quién soy, dónde estoy o qué ocurre.

¿Qué ocurre? ¿Qué día es hoy? Si supiera qué día es hoy, sabría todo lo demás, lo iría recordando poco a poco.

Miércoles, el centro de Los Angeles, en la zona de Westwood. Por delante, uno de esos gigantescos recintos comerciales rodeado por una valla en la que rebotas como una pelota de goma... a menos que dispongas de una tarjeta de crédito y la introduzcas en el portero electrónico. No poseyendo tarjeta de crédito para ninguno de los recintos, Charles sólo podía imaginarse las tiendas que había en el interior por lo que le habían explicado. Un montón de tiendas, por supuesto, vendiendo excelentes productos a los honrados, en especial a las esposas honradas. Contempló a los guardias, armados y uniformados, vigilando en la puerta del recinto a todos los que entraban, comprobando que el hombre o la mujer de turno se correspondiera con la tarjeta de crédito y que ésta no hubiera sido robada, vendida, comprada o empleada fraudulentamente. Entraba mucha gente por la puerta, pero Charles supuso que la mayoría iban simplemente a mirar escaparates. Era imposible que toda aquella gente fuera de compras a aquella hora del día. Era temprano, acababan de dar las dos. Por la noche, entonces sí. Todas las tiendas se iluminaban. Él, como todos los hermanos y hermanas, había podido ver las luces desde el exterior, como una lluvia de chispas, como un parque de diversiones para niños crecidos.

Los establecimientos de aquel lado del recinto que no exigían tarjeta de crédito ni disponían de guardias armados eran escasos: una zapatería, una panadería, una tienda de televisores, otra de reparaciones para pequeños aparatos, una lavandería automática. Charles observó a una mujer joven, vestida con una corta chaqueta de plástico y pantalones ajustados, vagando de tienda en tienda. Tenía un pelo muy bonito, aunque no pudo verle la cara, comprobar si era atractiva. No tenía mal tipo, pensó Charles. La muchacha se detuvo un momento ante un escaparate de artículos de cuero. Estaba examinando un bolso adornado con borlas. Charles pudo verla observando, pensando, haciendo planes respecto al bolso. Apostó a que la muchacha entraría y pediría que se lo enseñaran. La chica entró contoneándose en la tienda, tal como se lo había figurado.

Otra mujer caminaba por la acera, mezclada entre la gente, con una blusa repleta de volantes, tacones altos, cabello plateado y excesivamente maquillada. Tratando de aparentar más edad de la que tiene, pensó Charles. Probablemente aún no había acabado la escuela secundaria. Después de ella no vino nadie que valiera la pena, por lo que Charles soltó la presilla que mantenía cerrado el compartimiento de los guantes y sacó un paquete de cigarrillos. Encendió uno y conectó la radio del coche, buscando una emisora que emitiera rock. En cierta ocasión había tenido un aparato estéreo, de cartuchos, pero un día, después de descargar, se había olvidado de recogerlo y no cerró con llave el coche. Naturalmente, cuando volvió le habían robado el aparato. Eso te pasa por ser descuidado, había pensado entonces, y por eso ahora llevaba tan sólo aquella vieja radio. También se la robarían, algún día. Pero sabía dónde lograr otra, de segunda mano, casi regalada. En cualquier caso, el coche ya no estaba para muchos trotes. Los anillos de engrase estaban destrozados y la compresión había caído a más no poder. Como era lógico, había quemado una válvula en la autopista, volviendo a casa una noche con todo un cargamento de excelente mercancía. A veces, cuando iba muy cargado, se volvía loco. No tanto por la bofia como porque otros tipos le robaran. Algún desesperado por la abstinencia, algún asqueroso cabrón.

Le llamó la atención una chica. Pelo negro, bonita, caminando muy despacio. Llevaba una blusa muy escotada y pantalones de algodón blancos, lavados un montón de veces. ¡Hey, la conozco!, pensó. Es la chica de Bob Arctor, Donna.

Abrió la portezuela y salió fuera del coche. La muchacha le miró y siguió su camino. Charles fue tras ella.

Se piensa que voy a meterle mano, supuso mientras se abría paso entre la gente. La chica iba cada vez más deprisa. Charles apenas pudo distinguirla cuando ella volvió la cabeza. Una cara firme, sosegada... Charles vio unos grandes ojos que le escrutaban. Estaba midiendo su velocidad y si podía alcanzarla. No a aquel paso, imaginó Charles. La chica era todo movimiento.

La gente se había detenido en la esquina, esperando que la palabra PASEN apareciera en lugar de NO PASEN. Los automóviles efectuaban violentos giros a la izquierda. La mujer siguió andando, rápida pero dignamente, esquivando los automóviles. Los conductores la miraron enfurecidos e indignados, pero ella no pareció advertirlo.

—¡Donna! —El semáforo indicó PASEN, Charles empezó a correr hasta llegar a su altura. La chica no corría, se limitaba a caminar con rapidez—. ¿No eres la chica de Bob?

—Trató de ponerse delante de la mujer para examinar su rostro.

—No —dijo ella—. No. —Se dirigió hacia él, directamente hacia él. Charles se echó hacia atrás, porque la muchacha sostenía un pequeño cuchillo que apuntaba hacia su estómago—. Lárgate —amenazó resueltamente.

—Seguro que lo eres —insistió Charles—. Te conocí en su casa.

Charles apenas podía ver el cuchillo. Sólo atisbaba una porción de la hoja, pero sabía que el arma estaba allí. Ella le pincharía y se iría. Charles siguió retrocediendo y protestando. La chica ocultaba tan bien el arma que seguramente nadie más, de entre la gente que pasaba junto a ellos, lo advertiría. Pero él sí. El cuchillo se dirigía hacia él mientras la mujer avanzaba sin vacilar. Se detuvo a un lado de la acera. La chica se marchó sin decir nada.

—¡Dios! —estalló Charles.

que es Donna, pensó. Lo que pasa es que no me reconoce, no sabe que nos conocemos. Supongo que tiene miedo. Cree que la voy a atacar. Hay que tener mucho cuidado cuando te encuentras a una desconocida en la calle. Están bien preparadas. Ya han tenido demasiados problemas...

¡Vaya navajita! Las chicas no deberían llevar encima cosas así. Cualquier tipo podía doblarles la muñeca y clavarles el cuchillo siempre que le apeteciera. Yo podía haberlo hecho, si hubiera querido.

Enfadado, se quedó inmóvil. Sabía que era Donna. Finalmente, se dirigió al lugar donde había aparcado el coche. Pero advirtió que la chica se había detenido entre los transeúntes y que le observaba en silencio. Caminó hacia ella, aunque sin olvidar sus precauciones.

—Fue una noche —dijo—. Yo, Bob y otra chica teníamos algunos discos de Simon y Garfunkel, y tú estabas allí...

Donna había estado llenando cápsulas con muerte de primera clase, una por una, trabajosamente. Durante cerca de una hora. El Primo. Número Uno. Muerte. Luego les había dado una a cada uno y todos las habían ingerido. Pero no ella. «Sólo las vendo», les había dicho. «Si me las tomo, acabo con todos mis beneficios.»

—Pensé que ibas a pegarme y violarme —dijo la chica.

—¡No! Sólo quería saber si... —vaciló—. Si querías que te llevara... ¿Aquí en la acera? ¿Delante de todo el mundo?

—En un portal. O dentro de un coche.

—Te conozco —protestó Charles—. Y Arctor me mataría si yo hiciera eso.

—Bueno, no te reconocí. —Donna avanzó un poco hacia él—. Soy un poco cegata.

—Deberías llevar lentillas. —Charles la miró a los ojos. Preciosos, oscuros, cálidos, grandes... Es decir, no estaba drogada.

—Las usaba antes. Pero se me cayó una en la ponchera, en una fiesta. La ponchera estaba llena de ácido. La lentilla quedó en el fondo y supongo que alguien se la debió tragar. Espero que tuviera buen gusto, porque me costó treinta y cinco dólares.

—¿Quienes que te lleve en coche a donde vayas?

—Me violarás en el coche.

—No. Me es imposible follar desde hace dos semanas. Deben estar adulterando todo con alguna cosa, algún producto químico.

—Eso es muy bonito, pero ya lo había oído antes. Todo el mundo quiere follarme. O lo intenta, vamos. Eso me pasa por ser chica. Precisamente ahora he denunciado a un tío, por molestarme y atacarme. Estamos solicitando daños y perjuicios por más de cuarenta mil dólares.

—¿Qué es lo que hizo el tío?

—Me tocó un pecho.

—Eso no vale cuarenta mil.

Ambos se dirigieron hacia el coche.

—¿Tienes algo para vender? —preguntó Charles—. Estoy realmente desesperado. Casi no me queda nada. Demonios, en realidad no me queda nada, imagínatelo. Aunque sólo fuera un poco... Si pudieras darme un poco...

—Puedo conseguirte algo.

—Ruedas. No me iré de la lengua.

—Sí. —Donna bajó la cabeza—. Pero, mira, ahora van muy escasas... De momento no hay suministro. Ya debes haberte enterado antes. No puedo conseguirte muchas, pero...

—¿Cuándo? —interrumpió Charles. Habían llegado al coche. Se detuvo, abrió la puerta y entró. Donna se metió por la otra puerta. Ya sentados, siguieron hablando.

—Pasado mañana —dijo Donna—. Si es que puedo encontrar a ese tipo. Creo que sí.

Mierda, pensó Charles. Pasado mañana.

—¿No puede ser más pronto? —preguntó—. ¿Esta noche, por ejemplo?

—Mañana como mucho.

—¿Cuánto?

—Sesenta dólares por cien.

—¡Oh, no! ¡Vaya robo!

—Son fabulosas. No es la primera vez que las obtengo de este tío, no son como las que se compran normalmente. Te lo prometo, valen la pena. En realidad prefiero conseguirlas a través de él que de otra persona... cuando puedo. No siempre tiene. Mira, él hizo un viaje al sur, creo y volvió. Las recogió él mismo, así que estoy segura de que son fabulosas. Y no tienes que pagarme por adelantado. Cuando te las traiga. ¿Vale? Confío en ti.

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