Una fuerza o energía suprapersonal que opera a través de mí



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La Nueva Sociedad

En el mejor de los casos, ese campo o cultura puede estar lleno de una atmósfera, incluso de una fuerza, que será más que la suma de los individuos que participan en ello. En mi experiencia, eso ha ocurrido en algunas ocasiones, en situaciones diversas a lo largo de los años. Lo cierto es que no ha sido poco frecuente. Muchas veces ha habido una madurez insuficiente entre los líderes y otras veces debido a esa delicada combinación no ha durado más que unos cuantos meses o semanas. A veces sólo unos días o unos minutos, pero por un rato ahí estaba, como el aterrizaje de esa ‘bella esfera iridiscente’ que Sangharákshita metafóricamente vio flotar en el aire cuando estaba iniciando su primera obra en el Dharma.23 En casos como ése, después de un tiempo se pierde ese equilibrio delicado y las tradiciones decaen o se transmutan en algo menos ideal, por el momento.

No obstante, hay situaciones en el movimiento que han madurado y que son aptas para sostener esa delicada combinación por un lapso largo, de modo que la sensación de que hay algo más grande que los individuos participantes nunca se sienta tan distante. Por mi parte sé de muchas así en el Reino Unido y en la India. Lo sé por experiencia directa y no dudo que hay otras más en diferentes lugares, de las cuales no estoy enterado.

Existe todo un rango de factores que pueden discernirse en todas estas situaciones, como el grado de estabilidad y de experiencia colectiva, una sólida organización y una administración financiera eficaz, así como un liderazgo que logra mantener una dirección dhármica en tanto que hace posible una amplia participación. Uno de los elementos más notables es cuando hay un núcleo de personas que sostienen un contacto regular, profundo y muy activo. Cuando digo contacto aquí quiero decir que es frente a frente y todos los días. Casi siempre ese núcleo de personas estarán trabajando juntas en un proyecto que sirva al Dharma y mientras más directamente sea esto, mejor. Con mucha frecuencia, la mayoría de esas personas clave vivirán juntas en comunidades, ya sea que todas habiten en la misma o que haya varias comunidades que tengan mucha interacción entre sus miembros.

Una vez que ya existe ese tipo de atmósfera otras personas que no están tan comprometidas podrán participar con buena disposición y contribuir en ello. Incluso puede suceder que quienes tienen poco contacto directo con ellas se sientan también parte del todo, sin importar si su relación es a través de cartas, de redes sociales o por medios más imaginativos. Sin embargo, para que eso sea posible hace falta que haya un núcleo de personas que vivan y trabajen juntas de manera firme y efectiva.

Es a esta cultura, que se reúne en torno a un grupo de miembros de la Orden compartiendo con intensidad su vida y su trabajo, a la que Sangharákshita denomina la ‘Nueva Sociedad’. Si bien el término ‘Nueva Sociedad’no tiene tan buen eco en estos días, por lo que parece, la idea que hay detrás de él sigue siendo igual de importante para nosotros si en verdad deseamos cumplir con nuestras aspiraciones. No se trata tanto de un conjunto de prácticas, aunque éstas serán esenciales, sino más bien de una atmósfera intensiva generada a partir de los esfuerzos colectivos que puedan portar la chispa de lo que nos trascienda como individuos.

La Nueva Sociedad es, digamos, un campo de fuerza generado por el servicio colectivo al Dharma. Es algo que se puede sentir de manera directa y resulta poderosamente atractivo para muchos que se acercan a él, pues obtienen un vistazo directo de lo que están buscando. Podríamos decir que la Nueva Sociedad es la expresión concreta de aquello que fundó a la Orden y al movimiento, eso que a Sangharákshita le pareció que fue como ‘una fuerza o energía suprapersonal’que operó a través de él. Asimismo la Nueva Sociedad es uno de los principales medios por los cuales esa fuerza o energía se sostiene y alcanza a tocar a más personas.

Envío

En este artículo, así como en otros que he publicado recientemente, he tratado de extraer y unir los hilos que han asomado de mis conversaciones con Sangharákshita a lo largo de los últimos tres años. Parte de lo que he explorado aquí lo he tomado directo de lo que él me ha contado y otra parte ha brotado después, a partir de nuestras pláticas. Como es costumbre, le he mostrado lo que he escrito y él me ha confirmado que no estoy tergiversándolo y que cuando abundo sobre lo que ha declarado conservo la coherencia acorde a su propia comprensión.

He procurado transmitir, a mi manera particular, lo que he obtenido de mi comunicación con él y que ha sido excepcionalmente importante para mí en lo personal. Sin embargo, de alguna forma, nada nuevo ha surgido de nuestras pláticas. Puedo ver hacia atrás y reconocer mucho de lo que hemos abordado en fuentes más tempranas, en sus textos y sus conferencias y sobre todo en sus seminarios, aunque creo que ha expresado con más claridad que nunca y sin dejar lugar a dudas los principios por los cuales se rige. Aun así he sentido una nueva y más profunda unidad en mi propio entendimiento del Dharma que viene no sólo de las palabras de Sangharákshita sino de la mente que esas palabras expresan. Es eso lo que he venido a tratar de comunicar, en la medida de mis posibilidades.

En esta ocasión me he esforzado por transmitir la unidad de la visión de Sangharákshita con relación a la manifestación práctica de la Orden y el movimiento. Hay una correspondencia directa entre su propia vida, la naturaleza de la experiencia que trasciende a lo personal, su comprensión del Dharma en términos de condicionalidad kármica y dhármica, la mejor manera de practicar y vivir el Dharma y la cultura y las instituciones de nuestro movimiento. Creo que sólo si conseguimos apreciar plenamente esa unidad viviremos de tal modo que puedan surgir los procesos del Dharma-niyama.

Los temas que he estado siguiendo con Sangharákshita han estado conectados con la propia profundización de mi experiencia. Con el tiempo me he vuelto cada vez más consciente de la manifestación altamente personal, por no decir egocéntrica, que va paralela a lo que trasciende a lo personal. Ambas marchan lado a lado, absolutamente simultáneas. Por ejemplo, he soportado los desplantes de esas reacciones egocéntricas en un amigo, pues todos somos proclives a ellas, pero al mismo tiempo, no sé cómo, he estado consciente de algo más grande, algo vasto, infinito incluso, que parecía estar presente particularmente en él, como la luz cegadora del sol que alumbra de manera penetrante a través de las grietas de una pared mal construida. Sólo puedo decir que es como si ésa fuera la naturaleza de eso, infinito, que ha sido invocado y que irrumpe y se expresa, pero la naturaleza de nuestras mezquinas personalidades es resistirse a lo que nosotros mismos hemos invitado.

Por supuesto, también he sentido esa experiencia de polaridad de un modo aun más inequívoco dentro de mí mismo. A veces en la meditación, a veces cuando estoy sentado, quieto, sin hacer nada, a veces en medio de una conferencia, hablando del Dharma ante una multitud en la India, a veces en lo más denso de mi enojo, mi confusión o mi desesperación. Es como si viniera sin que alguien la llamara en cualquier circunstancia. En esos momentos ese extraño conjunto de costumbres y reacciones personales ‘subhutinas’parece de lo más insignificante, irrisorio incluso y lo veo, como dice el gran novelista húngaro Antal Szerb, “con una ternura protectora y con dulce ironía”.24 Es algo que me da cada vez más confianza en el Buda y su Dharma, así como en mi maestro y su manera de presentarlo. Parecería que mi práctica del Dharma se halla en el lado de lo suprapersonal.

Pero lo más importante que quiero señalar es que cada vez he sentido más esa polaridad en aquellas situaciones, en mis experiencias con la Orden y en el movimiento durante los últimos años. En mi caso, eso significa principalmente en la India y en el Reino Unido. Es fácil detectar defectos y problemas en cada uno y lo cierto es que tenemos la obligación de reconocerlos y resolverlos. Sin embargo, hay algo más que brilla a través. Lo he sentido y resplandece con una creciente intensidad, en muchos lugares y en diversas ocasiones.

Ésa es mi experiencia, pero no parece que todos la compartan. Puedes encontrarte platicando con alguien que apunta hacia algo que se ha hecho mal y hacia algo más que no se ha hecho bien y no te queda más que estar de acuerdo. No obstante, siempre puedes sentir y en verdad sentir con mucha intensidad que algo más está también presente. Es como si miraras un panorama de devastación industrial al mismo tiempo que el sol se está poniendo y mientras él habla de la fealdad y la desolación que hay en todo pudieras ver la luz extinguiéndose, que transforma cada silueta en un misterio dorado, enmarcado por un cielo de fuego. No puedes señalarle eso, no puedes sacarlo de su sombría contemplación. Si lo intenta te rechazará como a uno más que se rehúsa a enfrentar la impureza de las cosas. No te queda más que ver maravillado lo que sólo tus ojos pueden captar.

Por suerte hay otros ojos que mirar. Hay muchos otros en nuestra Orden y nuestro movimiento que sí sienten que está operando algo más que nuestros deseos egoístas. En resumen, estoy convencido de que la Orden sí encarna a Avalokiteshvara con mil brazos y once cabezas, al menos en cierta medida, como nos ha enseñado Sangharákshita que puede suceder. Desde mi propia experiencia creo que el bodhichitta, para llamarlo así, está trabajando entre nosotros y que, en cierto grado, el movimiento es su manifestación. Éste fue fundado a través de Sangharákshita por lo que a él le pareció como una fuerza o energía suprapersonal y sigue operando a través de la Orden y el movimiento que se fundó de esa manera. Es muy importante que nos permitamos hacernos conscientes de eso y es todavía más importante que trabajemos en conjunto para que mantengamos fluyendo entre nosotros esos procesos del Dharma-niyama.

Sugiero que ése podría ser el modo en que nos refiramos a nuestra meta y nuestro esfuerzo principal. Me parece que es muy poco útil que nos enfoquemos en el logro personal de la Entrada a la Corriente, ya sea la mía o la de alguien más, pues es muy fácil que se convierta en causa de engreimiento, muchas veces delirante. Ya he sido testigo de eso muy de cerca. Es mejor que pensemos, tanto en lo individual como en lo colectivo, en procurar mantener vivas las condiciones de las cuales dependerá que eso que parece ser una conciencia suprapersonal pueda continuar funcionando en el mundo a través de nuestra Orden. Pensarlo así es ya una de las condiciones que harán posible que eso suceda.

Hemos visto en la vida misma de Sangharákshita y en su enseñanza que pueden distinguirse tres amplias series de condiciones que hay en el fondo del surgimiento de lo que va más allá de lo meramente personal: la práctica intensiva del Dharma, el servicio inspirado al Dharma en estrecha colaboración con los demás y un estilo de vida muy entregado al Dharma. En especial, he querido destacar la dimensión colectiva. Nuestras tradiciones, sistemas y actividades en conjunto no son nada más un asunto de práctica personal. Si los vemos así es fácil que los descartemos si no se adaptan pronto a lo que queremos. Sin embargo no es tan sencillo dejarlos a un lado, ya que son parte de nuestra práctica, en tanto que nos ayudan a fortalecer nuestro sentido colectivo de estar sirviendo juntos al Dharma. Si asisto a un fin de semana de la Orden eso puede fortalecer en los demás ese sentido, más allá de lo que haga por mí. Es con ese espíritu como hemos de abordarlos y participar activamente en ellos, para que la Orden continúe encarnando lo que representa Avalokiteshvara con mil brazos.

Asimismo necesitamos considerar el estilo de vida desde este punto de vista. No se trata nada más de elegir un estilo de vida que nos acomode como quien escoge en el supermercado el cereal que va a desayunar, si bien es evidente que mucho tendrán que ver las preferencias de cada cual. Tendremos que reconocer que la forma en que vivimos puede contribuir en mayor o menor medida a la vida de la Orden y, por lo tanto, al continuo funcionamiento de esa fuerza o energía suprapersonal que Sangharákshita sintió operar a través de él al fundarla. A menos que muchos de nosotros compartamos la vida y el trabajo con otros miembros de la Orden sobre una base diaria será muy difícil que mantengamos vigente ese sentido de servicio colectivo al Dharma.

Además del beneficio personal que cada quien obtenga al vivir en comunidades o trabajar juntos en proyectos que sirvan al Dharma estará haciendo una contribución vital para sostener las condiciones necesarias para que toda la Orden siga siendo un canal para el poder del Dharma, suponiendo, claro está que esas comunidades y proyectos de veras estén basados en la práctica y el servicio al Dharma.

Espero que quedará claro que lo que he escrito no es una petición para que regresemos a las suposiciones normativas a las cuales las personas se sintieron presionadas a conformarse. Los individuos deben ser juzgados por sus esfuerzos y no por sus estilos de vida. Cada quien tendrá que trabajar dentro de sus propias circunstancias, externas e internas, así como hacer lo mejor que pueda para Ir a Refugio a las Tres Joyas desde ese punto de partida. Lo que he intentado demostrar es que conseguiremos mejor alcanzar nuestros objetivos en el Dharma, que no pueden ser otros que la trascendencia de nuestro aferramiento al yo, si servimos juntos al Dharma. Eso significa hacer un esfuerzo consciente para moldear nuestras vidas, de manera que podamos pasar una parte sustancial de ellas en contacto con los demás, tanto como sea posible. Compartiremos entonces una profunda noción de estar sirviendo al Dharma hombro con hombro. Después haremos lo que sea necesario para nuestro bienestar y el de todo el mundo, porque esa fuerza o energía suprapersonal operará a través de la Orden con más vigor que nunca.



Un apéndice personal

El ansia de escribir es la experiencia más irresistible del yo, aparte de los impulsos ordinarios del cuerpo. Sin embargo, cuando me siento frente a la pantalla en blanco y pongo los dedos en el teclado empiezo a soñar despierto o a hacer trampas, me ocupo ociosamente en limpiar mi escritorio y reacomodar mis archivos. Cuando ya las palabras comienzan a adquirir cierto orden y van formando una línea coherente de pensamiento mis ojos no dejan de mirar el reloj: ‘¡ya ha de ser hora del té!’Como si tuviera la terrible responsabilidad de estrujar mi alma y verterla en las sólidas y duraderas siluetas de las palabras: responsabilidad con la verdad, con el tiempo, con mis lectores, conmigo mismo y, en este caso, con mi maestro, del cual estoy presentando y extendiendo sus pensamientos. Todo eso parece un embrollo tremendo y cada rayo de claridad entraña un ‘pero...’y sé que estarán aquéllos que se incomodarán con lo que voy a decir, con el modo en que voy a decirlo y con las palabras que elegiré para eso. Entiendo que cada palabra es rehén de la fortuna. No obstante, escribo.

Para mí cada acto de escritura tiene sus batallas bien definidas. En esta ocasión ha habido dos en particular. Con la primera ya estoy familiarizado, no nada más al escribir sino también en muchos aspectos de la vida y, sin embargo, aquí la he percibido con una intensidad insólita. Ha sido la lucha por darle expresión a la intuición. A lo largo de mis diversas conversaciones con Bhante ha crecido en mí una intuición muy profunda e irresistible, sembrada por sus palabras o, para ser más precisos, por quien él es. La intuición en sí no tiene forma, pero es potente, es un espíritu que en el fondo me sigue inquietando y que me pide liberarlo. Desea expresarse, buscando una forma que sea razonada y persuasiva pero que toque una cuerda existencial en los lectores o por lo menos en algunos de ellos.

Durante meses, incluso durante uno o dos años, los pensamientos coagulados se fueron pelando y cayendo en fragmentos bajo la superficie de mi mente, a veces turbios y formados a medias, a veces vívidos y coherentes, pero todos ligados a una dolorosa sensación de no ser adecuados ante la abrumadora relevancia de la intuición subyacente. Es doloroso, como uno de esos sueños en los que hay algo que debes hacer pero que no recuerdas muy bien qué es y en los que cada giro y cada vuelta de la acción te va alejando de tu propósito.

Al final por fin lo logramos, llevamos esa intuición embrionaria a la luz y, por supuesto, lo que surge no puede ser en absoluto adecuado para la implicación infinita de su inseminación. Después de una labor titánica, un ratón. Pero ahí está, hecho al fin. Dormí entonces el profundo sueño de quien está contento con su logro y me sentí a gusto con todo lo que me rodeaba, en el mismo sitio en el que antes todo chocaba y se agitaba con un todo acusatorio. Hasta el sol brilla ahora, después de días y días de lluvia.

Mi segunda batalla con respecto a este artículo ha sido con lo que me dice a mí mismo mi tema. Al igual que para cualquier otro, en especial para cada miembro de la Orden, lo escribí para mí. De algún modo es acerca de mí. Hace que me pregunte tanto o más que cualquiera, ¿vivo a la altura de la exhortación que esa intuición insiste en plantearme? ¿Estoy practicando el Dharma con suficiente fervor? ¿Llevo un estilo de vida que en verdad respalde mi práctica y mi participación en la Orden? ¿Sirvo al Dharma con una entrega suficientemente cooperativa? La respuesta no puede ser otra que no, no es suficiente. ¡Nunca lo es!

No deseo disertar aquí sobre mis defectos en todos esos renglones. Sería agotadoramente autoindulgente y eso resultaría en sí un gran defecto, pero pienso que le debo una explicación de una obvia anomalía a aquéllos que saben de mí y de mi vida. En este artículo estoy transmitiendo la decidida recomendación de Sangharákshita de llevar un estilo de vida semi-monástico y yo mismo no estoy viviendo así en un aspecto importante. No habito en una comunidad pero mi base, mi ‘hogar’, el sitio donde paso la tercera parte de mi tiempo es en una casa de mi propiedad, la cual comparto con Dharmacharini Srimala.

Permítanme empezar por detallar de dónde vengo, en dónde estoy ahora y cómo llegué aquí. Relataré una breve historia de mi forma de vivir desde la ordenación. En 1972, poco antes de ser ordenado, me mudé a una pequeña comunidad de hombres en Londres. Durante los siguientes 30 años o más seguí viviendo en comunidades de hombres. Desde 1974 viví un año en lo que fue la primera comunidad para personas de un mismo sexo (establecida antes de que me fuera a vivir ahí), en el famoso número 5 de la calle Balmore, en Archway, en la parte norte de Londres. Luego viví 5 años en la comunidad Sukhavati, integrada por aquellos hombres que transformaron la vieja estación de bomberos de Bethnal Green en el Centro Budista de Londres. Después estuve 12 años en el Centro de Retiros Padmaloka, en Norfolk y, finalmente, tras vivir tres años solo en Guhyaloka, habité 12 años en la comunidad Madhyamaloka, en Birmingham. Aun cuando todas esas comunidades tenían sus ventajas y desventajas siempre fui un miembro entusiasta, muy inspirado por el ideal que esas comunidades procuraban representar y, por lo regular, disfruté mucho de esa vida con mis compañeros.

A lo largo de todo ese periodo mi vida y mi trabajo se centraron por entero en ayudar a construir las instituciones de nuestro movimiento y en colaborar para difundir el Dharma. Por supuesto, ha sido en gran parte una vida de esfuerzo colectivo, sirviendo al Dharma en conjunto. Un momento muy especial para mí fue el tiempo que pasé en Padmaloka, ayudando a establecer el proceso de ordenación para hombres, con un destacado equipo de amigos. La comunidad Madhyamaloka fue una experiencia más complicada y desconcertante, quizá porque todos teníamos que pasar mucho tiempo alejados, en retiros y visitando centros, en especial fuera del Reino Unido. No obstante me pareció que mi estadía en la comunidad fue, en su mayor parte, una experiencia magnífica y muy satisfactoria.

Incluso antes de la ordenación ya me atraía mucho la vida monástica y me habría gustado ser monje. De alguna manera sentía que ése era el propósito de mi vida. Estuve varios años sin sostener relaciones sexuales y con toda intención elegí pasar la mayor parte del tiempo con hombres, como un aspecto definitorio de la disciplina en el Dharma, pero no pude trascender de un modo sano el sexo y el romance y supe que una abstinencia forzada no era auténtica brahmacharya. De manera que, después de muchas dudas y recelos, en 1982 comencé a ver a Srimala, quien entonces vivía con sus dos hijas pequeñas en Norwich, el pueblo más próximo a Padmaloka.25 Desde un principio nuestra relación fue muy positiva y llena de amor, con mucha consideración y respeto mutuo. Creo que podría afirmar que a partir de ese día muy rara vez hemos discutido acaloradamente y jamás hemos tenido un grave malentendido. Mi conexión con ella se convirtió en uno de los principales hilos constantes en mi vida.

Ella también es miembro de la Orden, muy dedicada y los dos hemos aspirado a la brahmacharya, practicando la castidad de vez en cuando durante largos periodos. Fui un anagarika por 12 años y tan pronto como sus hijas fueron ya independientes también ella portó el kesa amarillo varios años. Incluso cuando vivimos separados nos veíamos con regularidad (y castidad) cada vez que no andábamos de viaje, como era lo habitual para mí.

Al llegar el nuevo siglo parecía que me hallaba en el pináculo. Mi vida marchaba excepcionalmente bien. Tenía muchas responsabilidades y cumplía con ellas lleno de entusiasmo. Era Convocante Internacional de la Orden y, en agosto del 2000, Bhante me designó como primer Presidente del Colegio de Preceptores Públicos, aquellos en quienes había delegado sus responsabilidades como jefe de la Orden. Me sentí intensamente comprometido y profundamente satisfecho. En ese preciso momento, en medio de todo eso, las cosas empezaron a tambalearse.

Demasiados factores externos conspiraron para crear una crisis: Bhante entró en su horrible periodo de insomnio; se publicó la carta de Yashomitra; Se dio una explosión de críticas a Bhante y, sobre todo y con mucha vehemencia, a mí; un colaborador muy cercano nos defraudó de fea manera; y en el 2003 murió mi madre. Todo ello combinado con otros incidentes, mayores y menores. Aun así, me parece que lo que sucedió no tuvo que ver con esos incidentes o, más bien, que ellos fueron el detonador para que ocurriera en mi interior algo que ya era inminente.

Me gustaría escribir algún día acerca de esos procesos con todo detalle, sobre todo para que yo pueda entenderlos mejor. Por el momento déjenme decir tan sólo que me parece que llegué al final de una construcción particular de mí mismo. La idea que tenía de quién era yo y de lo que yo debía estar haciendo ya no podía seguir conteniendo todas las fuerzas que había dentro de mí. Me rompí o, mejor dicho, me dividí, en el sentido de fragmentarme. Mi compromiso con todo aquello en lo que había estado participando con tanto entusiasmo fue deteniendo su marcha, aunque hice dos o tres esfuerzos decididos por recomponerme, pero todos fallaron, debido a una falta de energía y disposición. En ocasiones y me da pena decirlo, eso significó decepcionar a alguien. Ya no me ofrecí para ser reelecto como Presidente del Colegio y dejé caer muchas otras responsabilidades. Fue una etapa muy dolorosa y desconcertante y sentí que no tenía un rumbo claro en absoluto. Fue algo muy difícil para alguien tan acostumbrado a saber con exactitud hacia dónde iba. No conseguía comunicarle a nadie lo que me estaba ocurriendo. Ni siquiera podía explicármelo yo mismo. Todo aquello en lo que había creído simplemente se desmoronó. El único elemento verdaderamente sólido en mi vida en esos días era Srimala. Apenas si exploré con ella lo que sentía, pues no encontraba las palabras, pero su sentido común, su amorosa compasión y su apoyo incondicional me daban total confianza y por ello le estoy profundamente agradecido.

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