Una fuerza o energía suprapersonal que opera a través de mí



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Apego y renuncia

Hemos hablado del aferramiento al ego como la profunda estructura de nuestra conciencia, subyacente en nuestros estados mentales y nuestra conducta. Sin embargo ese instinto está formando y modelando constantemente el mundo que nos rodea por medio de nuestras palabras y acciones. Nos solidificamos en nuestro medio ambiente y le damos nuestra forma, aunque extrañamente el apego que le tenemos al yo pueda cristalizar en mundos que nos causen mucho dolor y contra los que terminaremos chocando.

Identificamos los elementos de nuestra experiencia como ‘mío’y lo demás como ‘no mío’. En ello incluimos a gente, objetos, situaciones, ideas y experiencias en nuestra propia identidad. Asimismo, excluimos otras de manera específica. Nuestra profundo sentido de seguridad existencial puede verse involucrado así en nuestra situación, haciendo que broten fuertes pasiones si eso con lo que nos hemos identificado se ve amenazado o lo que hemos identificado como opuesto nos amenaza. Nuestro modo de vivir se coagula, forma una dura coraza de yo y ésta hace que sea aun menos solucionable el problema esencial que el Dharma tendría que resolver.

Un verdadero estilo de vida en el Dharma será uno que resista este tipo de solidificación y que nos deje libres para lidiar cada vez más directamente con la infraestructura subyacente de la ilusión de que hay un yo y del apego y que nos ayude a abrirnos a inspiraciones de trascendencia. Tradicionalmente, esto se ha entendido y practicado como una vida de renunciación en la que poco a poco uno va dejando aquello que hace que el problema sea más profundo y difícil y va evitando que siga acumulándose. Por supuesto, es posible vivir entre posesiones, personas y ocupando un puesto, manteniendo una total libertad con respecto al apego, del mismo modo en que vemos que hacía el bodhisattva Vimalakirti, ya que el problema, al final de cuentas, está en la mente. Sin embargo, mientras menor sea nuestra renuncia mayor será nuestra dificultad al tratar de vencer los apegos, estando inmersos en los objetos. No es nada fácil. Si uno no ha roto de un modo más o menos decisivo con el apego al yo cualquier cosa tenderá a hacerlo más profundo, pero lo que no sucederá es que uno vaya teniendo una vida con una renuncia progresiva.

Al hablar de la renuncia es importante hacer hincapié en que no debemos entenderla como una represión psicológica enfermiza. Un estilo de vida como renunciante que tenga valía no puede estar desprovisto de placer, ya sea de tipo físico o mental. Sangharákshita ha comentado que no deberíamos tratar de renunciar a los placeres ‘menores’de la vida sin antes haber tenido una clara experiencia de los ‘superiores’. De lo contrario, es probable que las consecuencias sean algún tipo de distorsión psicológica o que caigamos en la hipocresía.

Es necesario enfatizar en todo esto debido a nuestro hábito cultural occidental de identificar ‘a la carne con el diablo’y considerar que los placeres físicos son inherentemente pecaminosos. El budismo no hace esa comparación y lo que sostiene, en cambio, es que los placeres carnales son relativamente superficiales, pasajeros y no pueden resolver las inquietudes más hondas y constantes. Más bien nos distraen de hacerlo. No se trata de evitar el placer sino la adicción, en el sentido de identificar a la felicidad con algún objeto en particular y tener una avidez constante por conseguirlo, haciéndolo parte de la propia identidad. Asimismo, es difícil evitar la adicción si seguimos consumiendo la droga.



El estilo de vida en nuestro movimiento

¿Qué hay entonces con el estilo de vida en el Dharma actualmente en la Comunidad Triratna? Durante sus primeros años de existencia en Occidente hubo en el movimiento una fuerte suposición normativa sobre lo que debería ser un estilo de vida deseable. En general, se entendía que lo más apropiado era un estilo ‘semi-monástico’o incluso monástico, es decir, vivir en una comunidad con compañeros del mismo sexo; trabajar en una empresa de subsistencia correcta basada en formación de equipos; colaborar en un centro de Dharma; vivir sin el apoyo de un salario; no acumular responsabilidades de tipo familiar, si no se tenían ya; y no dejar que la actividad sexual fuera lo más importante en su manera de vivir.

Por muchos años la mayor parte de los miembros de la Orden vivieron más o menos así, con diversos grados de entusiasmo o incomodidad. Poco a poco la balanza cedió hacia el otro lado, conforme más personas que no vivían así fueron entrando a la Orden y algunos de los veteranos fueron dejando aquel modo de vida.

El estilo de vida normativo del pasado ha sido, durante muchos años, algo con lo que cumple sólo una minoría, si bien son una minoría significativa y de gran influencia. Está claro que muchos miembros de la Orden buenos y leales, además de muchos mitras, están practicando el Dharma de manera efectiva sin que por ello participen en todas o algunas de las que una vez se consideraron instituciones esenciales para un verdadero estilo de vida en el Dharma. Es algo que se reconoce y se acepta de un modo activo en la ordenación de muchos hombres y mujeres dentro de la Comunidad Triratna quienes, por ejemplo, están casados y tienen hijos. De hecho, en la India la mayoría de los miembros de la Orden están casados, salvo contadas excepciones. En general el énfasis se está poniendo en qué tan efectivamente van a refugio a las Tres Joyas y ya no tanto en si están viviendo en una comunidad.

La maduración del movimiento en Occidente ha significado que ahora haya poca o ninguna presión grupal para conformarse a un estilo de vida normativo y las personas en general se sienten con mayor libertad para vivir de la manera que mejor les acomode, independientemente de que en la práctica tomen decisiones que en verdad apoyen su compromiso con el Dharma. En cierta medida es un desarrollo positivo, ya que les facilita a muchos elegir su estilo de vida como individuos, de tal modo que la participación que se da en las comunidades, en los equipos de subsistencia correcta y demás puede ser más consciente y sincera. La atmósfera que prevalece en la Orden y en el movimiento se ha vuelto, por lo tanto, menos polarizada en torno a ese tema y hay un respeto mutuo cada vez mayor.

Es importante mencionar que en la India, en cambio, siempre ha habido y sigue habiendo una fuerte presión normativa orientada hacia el matrimonio, no sólo proveniente del grupo social más amplio sino incluso dentro de la Orden misma. Esto se ve exacerbado por el hecho de que para los budistas de la India no hay una base socialmente aceptable entre el matrimonio y la castidad. De tal modo, las comunidades residenciales donde uno vive con personas de su propio sexo han servido durante mucho tiempo como habitaciones temporales para jóvenes solteros, aunque por lo regular su efecto ha sido muy positivo. A pesar de que en la India se conocen todas las mismas ideas para la formación de un estilo de vida en el Dharma basado en la comunidad y de que se han hecho esfuerzos para explorarlas en la práctica, se vuelve difícil debido a la cultura y a las circunstancias actuales.

Como las normas del movimiento son menos definidas hoy en día, al menos en Occidente, los individuos deben tomar decisiones más conscientemente. Al pensar en el tipo de vida que han de llevar y dando por descontado que nada ha de haber en ello que sea moralmente inadecuado, el practicante del Dharma debe recordar los principios antes mencionados: estar lo más libre que sea posible de una excesiva inseguridad y preocupación por lo material, tener tiempo y energía suficientes para la práctica formal del Dharma y contar con apoyo activo, guía y estímulo, además de evitar distracciones que obnubilen la mente.

Está además ese aspecto más fundamental de la renuncia. Ése que no siempre se resuelve bien en la práctica, debido ante todo a la eficacia y la presencia constante de la economía moderna de consumo y a la libertad de las democracias liberales. Será necesario que prestemos atención a la manera en que nuestras elecciones tienden a solidificar la identidad egoica, construyendo a nuestro alrededor, en nuestras relaciones, nuestras pertenencias, nuestro nivel social y nuestras actitudes, una manifestación de nuestro apego interno al yo. Por supuesto que el prithagyana tiende a eso. A todos nos pasa, sin importar cuál sea nuestro estilo de vida. No obstante hay estilos de vida que fomentarán más esa propensión y dificultarán que uno vea bien a través de esas identificaciones para poder liberarse de ellas, de modo que logren desplegarse los procesos del Dharma-niyama.



No basta con estar en un ambiente que nos respalde

Por mucho que nuestro modo de vivir sea ético, positivo y abundante en amistad espiritual, no brotará de él sin más ni más la entrada en la Corriente del Dharma. Necesitamos ser capaces de participar en el Dharma con un grado más alto de intensidad. Todas nuestras energías tienen que comprometerse de tal manera que alcancemos los límites de nuestra construcción actual del yo.

Como ya vimos repetidas veces, el objetivo central de la vida en el Dharma es socavar la estructura fundamental del aferramiento al yo, para que puedan desenvolverse los procesos del Dharma-niyama. Son indispensables la práctica del Dharma, el servicio al Dharma y el estilo de vida en el Dharma, en los términos que ya hemos definido, pero rara vez serán suficientes como para atravesar ese profundo hábito instintivo.

Nuestra práctica del Dharma, en el sentido de una aplicación sistemática del entrenamiento formal de la mente, establece la base indispensable. Poco a poco nos prepara, por medio de la condicionalidad kármica, para hallarnos lo suficientemente integrados e inspirados para absorber la impresión de la verdad. Nos compromete con las más elevadas visiones del Dharma, de tal modo que se vayan integrando más y más en nuestra forma de responder a lo que nos sucede. Nos abre a esa ‘fuerza’ que trasciende nuestro apego al yo y cada vez nos hacemos más accesibles para ella, acogiéndola con alegría. Aun así, siempre hará falta una chispa extra para que nuestra disposición se convierta en la realidad.

Nuestro servicio al Dharma nos ayuda a abrirnos a lo que hay más allá de nuestro aferramiento al yo. Eso nos permite entregarnos. Sin embargo, es fácil que esto se vuelva una fuente de mera ocupación, de importancia personal o de distracción. Es necesario que algo lo transforme en una auténtica entrega del yo.

De igual modo, no se puede prescindir de un estilo de vida en el Dharma que sea ante todo positivo. Mientras más débil sea nuestra disciplina y nuestra determinación más requeriremos de circunstancias favorables. Necesitamos un entorno que no nos distraiga y que nos respalde, donde haya amigos y maestros dispuestos a animarnos y a guiarnos. De lo contrario, para la mayoría de nosotros será imposible sostener el esfuerzo por practicar el Dharma. Mas no basta con un estilo de vida dhármico, como resulta evidente en muchos monasterios y comunidades de un solo sexo, ya a punto de extinción. Muchas veces ni siquiera es suficiente, incluso, como la base para la práctica profunda de la meditación y el estudio del Dharma.

Será necesario que analicemos un poco más la dinámica de la demolición del apego al yo.

La verdadera muerte espiritual y renacimiento espiritual

Lo que estamos buscando aquí es la auténtica muerte espiritual y el verdadero renacimiento espiritual. Nuestra práctica, sustentada por un estilo de vida disciplinado y en el contexto de nuestro servicio al Dharma, concentra y sublima nuestras energías y hace que el reflejo del Dharma sea nuestra segunda naturaleza. Entonces podemos dirigir nuestra vida con toda honestidad y ver que nuestros pensamientos se vuelven de un modo más espontáneo hacia las profundas verdades del Dharma, mientras la vida fluye alrededor. Luego llega un momento en el que, en medio de la vida misma, podemos ver, más allá del pensamiento, esas verdades reflejadas en cada instante de la experiencia. Nos daremos cuenta de que eso que llamábamos ‘yo’no es más que una serie de costumbres.

Como me dijo un amigo, ‘Veremos que no es que yo tenga reacciones sino que soy reacciones’. Habremos empezado a morir espiritualmente, alcanzando el punto en el que esas reacciones defensivas no podrán seguir sosteniendo las murallas del yo, porque ye hemos reconocido de manera decisiva y directa su total artificialidad.

Asimismo, la práctica del Dharma, el servicio al Dharma y el estilo de vida disciplinado en el Dharma nos pondrán en sintonía con el Buda, en tanto que nos abrimos al Dharma que él representaba y servía. De una u otra forma habremos estado meditando en sus cualidades y desarrollando una honda receptividad a la realidad que ellas expresan. En ese momento en que soltamos las defensas egoicas podemos sentir motivaciones que brotan de nosotros; una fuerza o energía que nada tiene que ver con nuestros intereses personales. Dicho en una sola palabra: suprapersonal. Y nos entregaremos a ella con gusto. Como dice Sangharákshita, tras iniciar la práctica de la sádhana, ‘esa dimensión nos conducirá’.

Ya sea que sintamos o no un ‘momento’de muerte y renacimiento o que simplemente se dé un cambio gradual y acaso imperceptible en el énfasis de nuestro ser, dice Sangharákshita que para que eso suceda, la condición indispensable, más allá de lo que hemos tomado en cuenta, es la intensidad. Es necesario que nuestras vidas se centren cada vez más sinceramente en el Dharma. Sea lo que fuere aquello que hagamos, donde quiera que nos encontremos, cualesquiera que sean nuestras metas, todo debe estar más y más imbuido en el espíritu del Dharma. Nuestra energía, nuestras motivaciones, nuestras ambiciones y hasta nuestros sueños deben enfocarse en el Dharma. Tarde o temprano la intensidad absoluta de nuestra entrega nos conducirá a enfrentarnos a nuestro aferramiento fundamental al yo de un modo que no podremos eludir.

La contradicción inherente entre esa profunda infraestructura instintiva y nuestra comprensión y aspiración dhármica creará una tensión que, por momentos, parecerá insoportable. Algunas cosas irán mal, muchos planes se descompondrán, la gente nos dará la espalda o se volverá en contra nuestra. Aquéllos a quienes amamos no nos corresponderán o la muerte arrancará de nuestro lado a quienes han sido importantes en nuestro panorama mental. Contrario a todo nuestro adiestramiento, a tantas horas de metta-bhavaná, de reflexión sobre la impermanencia, de contemplación de los budas y bodhisattvas y a pesar de todo lo que hemos dicho antes, de todas las palabras reconfortantes de kalyana mitrata que hemos proferido, de las inspiradísimas pláticas que hemos pronunciado y de los brillantes artículos que hemos escrito, puede ser que nos veamos reaccionando y que surjan en nosotros descontroladamente la desesperación, la rabia y los celos. Como dice en el Sutra del Diamante, ‘seremos humillados’, ciertamente bien humillados.20

La Intensidad de nuestros esfuerzos y las intensidad de la situación han dado lugar a esta intensa humillación. Esa intensidad nos ciñe a nuestra humillación. No podemos dejar de reaccionar, al menos de un modo interno, pero no podemos justificar esa reacción para nosotros mismos, ni con culpa ni con otros tipos de racionalización. Nuestro compromiso con el Dharma es demasiado intenso como para dejarnos ir como si nada. Debemos atisbar en las profundidades de nuestras emociones, de nuestras reacciones, del origen de todo, del aferramiento al yo, que ha sido forzado a abrirse. Ahora podemos verlo como es en realidad, una construcción artificial que es la causa de todo nuestro dolor y de la acción torpe que se deriva de él.

Podemos darnos cuenta ya de que carece de valor y que no es necesario que sigamos conservándolo. Podemos ahora gritar, junto con el Buda: ‘¡Ah, ya te veo, arquitecto!’y si aún no podemos declarar ‘Nunca volverás a construirme una casa [hecha de yo]’, sabremos al menos que podremos desmantelar pronto esa casa cada vez que se reconstruya y que terminaremos dando el grito victorioso, ‘tus vigas están ya todas rotas, el soporte central está hecho pedazos. También la mente [condicionada] ha sido destruida. Al fin se ha alcanzado el cese de la codicia’.21 En lo sucesivo nuestra energía fluirá sin esfuerzo hacia ese servicio al Dharma que ha sido el foco de nuestras vidas intensificadas.

El funcionamiento de esa intensidad puede verse desde un punto de vista diferente. Quizá dependa del temperamento. Es posible que los que sean del tipo ‘odio’y ‘codicia’varíen en la forma en que la sentirán. Acaso nos parezca que es la intensidad de la necesidad alrededor de nosotros lo que rasga nuestro engreimiento, sacudiéndonos para salir de nuestra infatuación.

Sangharákshita describe su experiencia de sentirse como ‘una fuerza impersonal’en Nagpur, en 1956. Lo que parece haber sucedido es que la abrumadora necesidad de consuelo y de guía que sintieron los cientos de miles nuevos budistas simplemente ocasionó que se olvidara de sí mismo. Ya antes había tenido una viva noción de la importancia que tenía el Dharma para la humanidad y se había dedicado a su servicio, en especial desde que su maestro lo dejó en Kalimpong para que ‘permaneciera ahí y trabajara para el bien del budismo’. Sin embargo, según lo que relata, aun cuando la necesidad era grande en todos lados, muchas de las personas con las que había estado en contacto no sintieron tan fuerte esa necesidad. Ahora había una gran multitud que, tras de haberse comprometido con el budismo como una solución para sus problemas más inmediatos, requería con desesperación de la ayuda que viniera del Dharma, pero ya. Bastaba con jalar para que surgiera un poco más de él; algo que fuera más allá de él como persona.



El tercer orden de conciencia

Sangharákshita enseña que este tipo de intensidad es más probable que se dé en un equipo de practicantes del Dharma comprometidos, que lleven un modo de vida dhármico sencillo y compartido, cooperando juntos de manera estrecha e intensiva en el servicio al Dharma. Son esas las condiciones que ofrecen la mayor oportunidad de entrar en la Corriente del Dharma. Dentro de una comunidad de Dharma como ésa se encontrarán las mejores bases para que surja el bodhichitta. Ésta es una comprensión clave que se halla en el fondo de la fundación que hizo Sangharákshita de la Orden y la Comunidad Budista Triratna.

Cuando se reúne un grupo de gente que comparte profundamente una visión y un propósito en común sus esfuerzos se combinan en un impulso que los lleva a todos hacia delante, más allá de sí mismos. Ese es sangha. Si son capaces de unirse en verdadera armonía, con apertura y confianza mutua, entonces se obvia el punto flaco de cada uno y sus virtudes contribuyen sin egoísmos a que triunfe su servicio compartido al Dharma. Entre ellos establecen una corriente poderosa que a su vez los va conduciendo. Si se cuenta con todas las condiciones de la práctica del Dharma y de un estilo de vida dhármico se crea una intensidad de combinación de la cual emerge algo más que la suma de sus individuos. Surge el bodhichitta y los procesos del Dharma-niyama empiezan a fluir.

Sangharákshita enfatiza que en este tipo de situación uno no piensa que le está ocurriendo a una persona en particular. No es así como se siente. Más allá de la conciencia personal de cada uno, a partir de la calidad de la combinación de todos brota una conciencia o energía que es suprapersonal. Él se ha referido a ella como un ‘tercer orden de conciencia’:

Esta conciencia no es la suma total de las conciencias individuales que están participando. Ni siquiera es una especie de conciencia colectiva, sino una conciencia de un orden totalmente diferente para la cual no tenemos una palabra en nuestro idioma, pero los rusos la llaman sobornost y quizás eso nos dé una pista.22

La Orden y el tercer orden de conciencia

Para los miembros de la Orden Budista Triratna la Orden en sí es el escenario primordial de ese tipo de experiencia. Cuando reciben la ordenación, sus miembros están efectivamente comprometiéndose a ayudar a que eso suceda. De hecho, no es siquiera que haya que hacer que suceda, pues ya está ahí. La Orden, como ya vimos, fue fundada por lo que Sangharákshita podría tan sólo describir como esa fuerza o energía suprapersonal, que en un inicio operó a través de él y ahora lo hace también por medio de otros.

Lo que ocurre en la ordenación es más bien que uno se ofrece como un vehículo para esa fuerza o energía que ya está activa dentro de la Orden. Uno se compromete a participar en ella; emprende la tarea de establecer en su vida las condiciones para que pueda pasar eso: una práctica sincera del Dharma, trabajar en conjunto al servicio del Dharma y un estilo de vida en la renuncia. En la medida en que todos hagamos eso la Orden seguirá siendo ‘literalmente’Avalokiteshvara con mil brazos y once cabezas.

Para algunos, todo este discurso de una ‘fuerza suprapersonal’o un ‘tercer orden de conciencia’resulta mera retórica y hasta les parece que son ilusiones. Señalarán cuantos problemas vean en la Orden: desarmonía, torpezas, confusiones y hasta laxitud espiritual. Es cierto que hay de eso, no podemos negarlo, aunque hay muchas otras cosas que notar, incluso en materia de virtudes ordinarias y de sensatez. Habrá, entre los miembros de la Orden y quienes no lo son, muchos que no sientan nada semejante a trascender al yo dentro de la Orden. No se puede insistir en que perciban lo que no perciben. Tampoco puede uno probarles la existencia de ello con argumentos racionales. Sin embargo, muchos sí sentimos algo así y la mayoría hemos llegado a la Orden debido a eso.

Por ejemplo, a veces puede percibirse en las reuniones de la Orden una atmósfera que se enfoca y se desenfoca, en especial en las convenciones de la Orden, así como en algunos retiros y otros encuentros. De pronto parece que todos se elevan por encima de sí mismos y participan en una conciencia compartida que no niega la individualidad de nadie y que, no obstante, es más que cada uno. Es ese ‘tercer orden de conciencia’del que habla Sangharákshita, más allá de la conciencia individual y de la colectiva.

Esa fuerza es un potencial que puede entrar en acción cuando los miembros de la Orden y otras personas se reúnen con suficiente intensidad y profundidad para servir al Dharma. Hablando en general, mientras más están en contacto con otros miembros de la Orden más probable es que se encienda la chispa. Sin embargo, no hay que entender esto como que todos deberían estar necesariamente en contacto frente a frente todo el tiempo. La experiencia de la soledad, incluso cuando es prolongada, es un ingrediente muy importante. La soledad, con base en la práctica del Dharma, hace más intensa nuestra sensación de estar existencialmente solos y ésa es la única base para que se dé una verdadera conexión con los demás.

Cuando uno se permite sentir plenamente esa soledad, entonces hasta ella podrá ser percibida en el contexto de una conexión con los otros. Sangharákshita, por ejemplo, ha descrito su experiencia en un largo retiro aislado, justo durante los primeros días de la Orden. No había tenido contacto con otros miembros de la Orden a lo largo de varias semanas, pero decía que aun así podía percibirlas como si estuvieran sentadas alrededor de él, incluso en lugares específicos en un gran círculo.

Si el contacto que tenemos con otras personas es suficientemente vívido la separación física no rompe esa conexión. De igual modo, Sangharákshita ha dicho que cuando se fue de la India no sintió la necesidad de mantener una correspondencia con su maestro, Dhardo Rimpoché, porque nunca se sintió separado de él.

Así pues, la Orden en sí es el escenario primordial para que los miembros de la Orden sirvan de manera colectiva al Dharma y, en mi propia experiencia, es efectiva en ese aspecto, en términos generales. Es algo que puede sentirse en especial cuando se reúne un gran número de miembros de la Orden. Por eso es tan importante juntarse de esa forma. Sin embargo, esas ocasiones son raras y dan lugar a una serie de circunstancias especiales que, por razones prácticas, no es posible muchas veces sostener por más de unos cuantos días.

Si de veras queremos dejar que eso que se siente como una fuerza suprapersonal opere a través de nosotros para transformar al mundo necesitamos fomentar ese tipo de condiciones juntos en la vida diaria. Debemos encontrar modos de participar efectivamente con miembros de la Orden y con otras personas para servir al Dharma sobre la base de la práctica del Dharma y el estilo de vida dhármico. Lo que surge entonces es una cultura o atmósfera viva que de inmediato impresiona a otros que entran en contacto con ella. En el mejor de los casos este tipo de cultura conlleva algo más que la suma de lo que aporta cada individuo; contiene incluso algo de Avalokiteshvara con mil brazos.

Seguro estoy de que la mayoría de los miembros de la Orden hacen lo mejor que pueden para que en su vida cotidiana se den todos los factores que les permitirán contribuir con la Orden como Avalokiteshvara, aunque no cabe duda de que todos podríamos hacer mucho más. Los diferentes individuos cuentan con distintos recursos, circunstancias, temperamentos, capacidades e inclinaciones y todo ello conduce a una variedad de diferentes maneras de practicar, de servirle al Dharma y de vivir.

Por mucho que esa diversidad pueda ser valiosa tiene un efecto difuso, sobre todo en la expansión geográfica y en el crecimiento de la Orden, haciendo que sea cada vez más difícil que todos conserven un sentido de que se está dando un servicio colectivo al Dharma. Sin duda que algunos se hallan tan inmersos en la Orden que jamás dejan de sentir que participan en ella, aunque en ocasiones no estén reunidos con otros miembros de la Orden. Sin embargo, la mayoría requerirá un contacto directo regular con otras personas que compartan su aspiración para poder mantener un vivo sentido de un servicio compartido al Dharma.

Es por eso que la Orden necesita canales de contacto regular entre grupos de miembros de la Orden y de vez en cuando entre todos sus miembros o al menos con tantos como puedan o intenten hacer el esfuerzo por reunirse. Nos juntamos para reforzar nuestra noción colectiva de dar un servicio al Dharma, de manera que permitamos que se dé la posibilidad de que la Orden personifique a Avalokiteshvara de un modo cada vez más pleno. Tal es la importancia crítica de la estructura básica de la Orden al reunirnos en capítulos, fomentar días y fines de semana para la Orden y hacer retiros y convenciones. Ése es el propósito de los convocantes a la Orden y los capítulos, tanto a nivel local como regional e internacional, mantener viva y sana esta estructura. Los encuentros regulares tienen una función importante en el mantenimiento de esa sensación de armonía en un propósito común.

A pesar de este marco de cohesión seguiría siendo muy difícil mantener vivo el espíritu de servicio colectivo y profundizar en él sin la intervención de otros factores. Mientras más apartada sea la vida diaria de los miembros de la Orden con respecto a la de sus hermanos y hermanas más probable es que les resulte superficial su noción de estar sirviendo al Dharma juntos, aunque se reúnan de vez en vez. Claro está que eso depende del carácter y las circunstancias individuales, así como también de la profundidad de su compromiso y su comprensión. Es cierto que algunos podrán estar físicamente distantes, pero aun así sentirán que están en medio de la Orden. Sin embargo muchos otros, quizá la mayoría, no sentirán lo mismo.

Las dificultades que surgen cuando la mayoría de los miembros de la Orden no coinciden frecuentemente con otros es muy evidente en la India, donde casi todos están casados, tienen hijos y su trabajo es muy demandante. A pesar de su inspiradora sinceridad y devoción muchos de ellos batallan para mantener viva en su experiencia cotidiana la sensación de que están participando en una comunidad espiritual con un servicio compartido al Dharma, no obstante su fe incuestionable en su maestro y en la Orden. Es indudable que ése será el caso también de muchos miembros de la Orden en Occidente, aunque éstos se encuentran con condiciones más favorables cuando deciden aprovecharlas.

Se necesita algo más. Parecería que todo el cuerpo de la Orden es capaz de sostener la noción de un servicio colectivo si se cuenta con que haya los suficientes miembros de la Orden que puedan coincidir cada día, compartiendo su vida y trabajando. En donde se reúnen los miembros de la Orden con la base correcta en comunidades, proyectos comunes e interacciones personales de diversos tipos puede construirse una intensidad que afecte a toda la Orden. Quienes llevan un estilo de vida en el Dharma de manera colectiva se benefician pero también contribuyen con todo el conjunto. Por medio de su interacción generan una cultura o campo social que se transmite a los demás miembros de la Orden y, en realidad, a un ámbito más amplio.

Es por esa razón que Sangharákshita sigue recomendando mucho el mismo estilo de vida que él ha llevado siempre: habitar en una comunidad con compañeros del mismo sexo, trabajar en un negocio de subsistencia correcta con base en equipo, colaborar en un centro de Dharma, no vivir dependiendo de un salario, no acumular responsabilidades familiares si es que no las tiene y no permitir que su actividad sexual se vuelva lo más importante en su forma de vida.

Por supuesto que cuando hace esta recomendación reconoce que es posible practicar el Dharma de un modo efectivo sin comprometerse con todas o algunas de las costumbres ‘semi-monásticas’. Asimismo, vale la pena dejar sentado que no basta, por ejemplo, con vivir en una comunidad con personas del mismo sexo. A veces parece que hay quienes identifican el simple hecho de vivir así con la práctica del Dharma y el servicio al Dharma. No son pocas las comunidades que han persistido más o menos como un alojamiento compartido; como una especie de departamento de estudiantes, ¡sólo que ocupado por estudiantes ya muy creciditos! En algunas hay muy poca profundidad y participación efectiva entre quienes cohabitan y muy poca contribución más amplia con el Dharma. En cambio hay quienes tienen muchos deberes familiares y un empleo con fuertes responsabilidades y no dejan de hacer vigorosos esfuerzos en su práctica del Dharma, trabajando activamente en pro de éste y participando de manera plena en la vida de la Orden. La elección que uno hace de su estilo de vida puede ofrecer oportunidades pero éstas tienen que aprovecharse.

Sin embargo, tomando en cuenta todas las posibles excepciones, él sigue considerando que el estilo de vida semi-monástico ofrece el mejor balance de libertades y oportunidades para que la mayoría de la gente progrese de verdad en el Dharma. Además, enseña que la Comunidad en su conjunto necesita suficientes personas que vivan y trabajen juntas de esa manera intensiva, para sostener ese campo o cultura imbuida con el espíritu del Dharma.

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