Una fuerza o energía suprapersonal que opera a través de mí



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Los vínculos del yo

¿De qué manera estas tres series de factores condicionantes, la práctica del Dharma, el servicio al Dharma y el estilo de vida en el Dharma, contribuyen a que los procesos del Dharma-niyama operen a través de los individuos? Para entenderlo con más claridad necesitamos examinar mejor qué es lo que hay que trascender, pues podría aseverarse que lo más importante no es hacer que esos procesos operen a través de uno sino hacerse a un lado para no estorbarles. Lo que impide que el Dharma se exprese por medio de nosotros es nuestro propio apego al yo y el propósito inicial de la práctica del Dharma es ir más allá de eso, reconociendo la naturaleza relativa de lo que llamamos yo.

La estructura básica de la conciencia ordinaria se enfoca en el yo. No nada más se enfoca en yo; vive impulsada por las necesidades de yo para sobrevivir, desarrollarse y perpetuarse. Sin embargo, la noción de que hay un yo es creada por uno mismo. Se nos aparece para referirse a una realidad estable y duradera que es ‘dueña’ de nuestras percepciones y nuestras acciones, aunque no corresponda a un referente que podamos descubrir. Sencillamente es la más dominante de las abstracciones o generalizaciones que forman nuestros procesos mentales a partir del caos de nuestra experiencia.

Lo cierto es que esta reducción al orden es muy necesaria desde el punto de vista de nuestra supervivencia. Sin esta habilidad para hacer una simplificación interpretativa de la experiencia sería imposible procesar lo que percibimos y jamás podríamos ofrecer ante ello una respuesta efectiva. Sin embargo, al reducir a un orden el caos que percibimos suponemos, en un nivel preconsciente, que esas abstracciones tienen una realidad, independiente de la situación percibida y construimos nuestra vida sobre esa suposición. En particular, sin pensarlo actuamos con base en nuestra idea de que hay un yo verdadero y perdurable, que existe ‘desde su propio lado’y que es el dueño de nuestra experiencia y nuestras acciones. Para la mayoría de los propósitos cotidianos esa suposición no causa mayor problema pero, de acuerdo con el Buda, es la fuente primordial de nuestro sufrimiento común y de nuestra carencia más fundamental de satisfacción.

La tradición budista atribuye esta orientación fundamental hacia el ego a los hábitos que uno ha llevado en sus vidas anteriores. De hecho, se dice que el apego al yo es lo que impulsa al proceso del renacimiento. Por supuesto que eso no ofrece una explicación sobre la forma en que por primera vez se dio el apego al yo. Sin embargo, podríamos aventurar una explicación evolutiva. Conforme evolucionaban las especies mediante la selección natural, una conciencia que pudiera incluir la noción de un yo aparente tendría ventajas definitivas en términos de la adaptación de un organismo a su ambiente. A partir de esa capacidad para identificar al yo, o simultáneamente con esa capacidad, surgió la noción del tiempo y, por lo tanto, la capacidad de aprender y de planear, todo en el interés de la propia supervivencia del organismo. El acopio de conocimientos que hizo posible la conciencia de sí y el hecho de compartir ese conocimiento por medio de la cultura incrementó mucho la adaptabilidad del homo sapiens, la única especie que sabemos que ha contado con miembros capaces de tener una verdadera conciencia reflexiva.

Desde este punto de vista, la conciencia de ser uno mismo ha evolucionado como una herramienta para la supervivencia del organismo, porque ha permitido que los seres humanos nos adaptemos a un rango muy amplio de condiciones y que moldeemos nuestras circunstancias a ese fin. La suposición de que hay un yo está inextricablemente ligada a los más profundos y primitivos instintos del organismo por la supervivencia y el desarrollo. Brota de esos instintos y existe para servirles.

En el análisis final no importa mucho cómo nos lo expliquemos. El Buda exhorta a los budistas a que no nos preocupemos demasiado por los orígenes, para que no nos distraigamos de lo más importante, que es la resolución de nuestros problemas más profundos. Cualquiera que sea su etiología, lo cierto es que contamos con esa fuerte noción de un yo independiente y permanente al cual le tenemos un apego muy primitivo y arraigado. Tarde o temprano, ese apego al yo se convierte en un problema, porque nos hace entrar en conflicto con la realidad misma, que de por sí es constantemente frustrante, amenazadora y termina, de todos modos, por destruir la identidad con el ego.

Por supuesto que ese apego al yo es la base fundamental de toda discordia y violencia social. Este conflicto inherente con la realidad crea un profundo sentido de inseguridad e incluso de temor, que puede volverse abrumador cuando la verdadera naturaleza de nuestra postura existencial se hace inevitable. Toda la existencia puede parecer una persistencia fútil en el sufrimiento, que de manera ineludible nos llevará a la extinción. Es como si al desarrollar mayor conciencia de nosotros todo se volviera más absurdo y doloroso.

La perspectiva budista sostiene que ese apego al yo no sólo es la base de nuestro dolor en cualquier nivel, sino que además nos impide acceder a un tipo de conciencia muy distinto, que no se basa en el aferramiento al yo. Por el contrario, abraza con total apertura el principio del surgimiento condicionado. Este tipo diferente de conciencia se comprende primero en ciertos momentos en los que nos elevamos por encima de la división y el conflicto, a través de la experiencia de la amistad, la belleza, la nobleza moral, el entendimiento o la trascendencia ‘mística’espontánea del apego al yo. Durante esas ‘intimaciones de inmortalidad’ nos damos cuenta de lo inadecuado y de la falsedad esencial (el dukkha) que hay en nuestra conciencia rutinaria.

Es fácil decirlo y quizás hasta verlo. Ese apego al yo nos limita, pero no es nada fácil liberarse de él. Eso se debe a que sus raíces se hunden por debajo del umbral de la conciencia. Lo valioso de la perspectiva evolutiva sobre los orígenes de la conciencia de sí es que enfatiza su carácter instintivo, que puede muy bien encubrirse en la vida diaria. Una persona psicológicamente bien adaptada y que en el plano emocional es razonablemente positiva no sentirá tanto que está orientada hacia sí misma en esencia, sobre todo si su situación económica y política es cómoda y estable. Una persona sana adapta sus propios intereses a los de los demás, de manera que se encuentra con muy poca o ninguna discordancia. Bajo estas circunstancias puede uno disfrutar de una vida decente y tranquila sin toparse de manera impactante con su propio egoísmo fundamental. Puede ser generoso, convivir con los amigos y los vecinos, ocuparse con cariño de su familia y contribuir con la sociedad de forma responsable por medio de su trabajo y hasta de sus actividades caritativas, pero aun así, en lo más hondo, seguirá dominándolo un fuerte apego a sí mismo y eso sólo se notará cuando algo amenace seriamente su placer y su seguridad.

Es más fácil que reconozcamos ese apego fundamental al yo cuando se manifiesta en estados mentales dolorosos o en formas de conducta socialmente trastornadoras, como la violencia verbal o física hacia los demás o que alguien se apropie de los recursos de algún otro. La codicia y el odio en cualquiera de sus formas, toscas o refinadas, son las principales categorías de una respuesta abiertamente egoísta, según la enseñanza budista básica, junto con la ignorancia, en el sentido de apagar la conciencia cuando algo amenaza a la identidad.

Es tan profundo este centrarse en uno mismo que lo hemos estructurado de una forma semejante a aquélla en la que organizamos nuestra experiencia. En verdad vemos al mundo como si estuviera colocado en torno a nosotros. Lo interpretamos desde nuestro propio punto de vista. Ahora estoy escribiendo desde mi propia perspectiva. Tú estás leyendo desde la tuya. Trascender esta orientación al yo tan instintiva y hasta natural es la tarea de la vida en el Dharma.



Desatar esos lazos

Volvamos entonces a la manera en que la práctica del Dharma, el servicio al Dharma y el estilo de vida en el Dharma aportan las condiciones que han de romper con ese profundo hábito instintivo. Sobre esta base podemos ver cuáles son las recomendaciones que Sangharákshita le hace a sus discípulos, en cada uno de estos aspectos.



Desatar los lazos mediante la práctica del Dharma

La práctica formal del Dharma, en todas sus diversas modalidades, incluye el hacer esfuerzos sistemáticos y conscientes para cambiar la corriente de nuestras voliciones y su expresión en palabra y obra. Bajo diversas clasificaciones, numerosos aspectos de la vida y a través de una variedad de técnicas y enseñanzas cultivamos más motivaciones propicias y una conciencia más clara. Brotan entonces estados mentales de acuerdo con el tipo de condicionalidad kármica, dentro de los cuales se ha soltado un poco el apego al yo. Esos estados van siendo cada vez más flexibles, más aptos para acoger un panorama más amplio y para responder a necesidades que vayan más allá de las de uno mismo. Una mente así es cada vez menos reactiva y se va llenando de amor, compasión y alegría compartida, con más espontaneidad. Uno va teniendo más motivaciones ocasionadas por poderosos sentimientos de fe en aquello que trasciende al yo. Esta fase de la práctica, en la que se trabaja con el tipo kármico de condicionalidad, la denominamos cultivo de shamatha.

Sin embargo, a pesar de ese refinamiento y esa actitud positiva cada vez mayores, sobre la base de la condicionalidad kármica, la estructura esencial subyacente del apego al yo persiste. Hace falta algo más para deshacerla y que los procesos del Dharma-niyama puedan desatarse. Necesitamos cultivar de manera consciente vipashyaná, la visión clara de la irrealidad de nuestra idea de que hay un yo y del dukkha que inevitablemente acompaña nuestro apego a ese yo. Al mismo tiempo, necesitamos afinarnos para captar lo que surja entonces, de modo que podamos permitir alegremente que el Dharma opere a través de nosotros.

Lo que en efecto hace la práctica del Dharma es revertir el proceso por el cual el apego al yo se expresa en nuestra actividad mental y en nuestra conducta. Hay una cadena causal que comienza con ese complejo instintivo de apego al yo y está enraizada en lo más profundo de la estructura fundamental de la mente. Es eso lo que entonces moldea nuestro funcionamiento mental y forma cada estado que surge al servicio de sus propios intereses. Luego, esos mismos estados mentales dirigen nuestras acciones. De esa forma se da un movimiento que va de la estructura raíz del apego ignorante al yo (conocida en el budismo básico de diversas maneras, por ejemplo avidyá, ásrava o anushaya) a la actividad mental basada en ella y, después, a la conducta verbal y corporal que la expresa.

La práctica del Dharma nos conduce en la dirección opuesta, siguiendo la secuencia de shila, samadhi y prajñá. Primero ponemos en práctica shila en nuestra conducta, tratando de conformarla de acuerdo con los preceptos. Esto modifica entonces, bajo el tipo kármico de condicionalidad, la manera en que surgen nuestros estados mentales, de modo que nos resulten más claros y más integrados y, por lo tanto, más manejables para influir en nuestra conciencia. Luego podemos practicar el samadhi con más eficacia, cultivando de forma directa las actitudes mentales propicias y, con ello, favoreciendo nuevos estados mentales, por medio del karma, que se vayan hilando más finamente y más sintonizados con la forma en que las cosas son en realidad.

Con base en esto podemos practicar con éxito prajñá, para ver decididamente a través de la tendencia subyacente que tenemos a apegarnos al yo y reconocer a éste como lo que es, una construcción relativa que no necesariamente tiene una esencia real. Podremos entonces ir eliminando poco a poco todo vestigio de su expresión en nuestra vida.

¿Cómo recomienda Sangharákshita que hagamos efectivo esto en nuestra Orden y nuestra Comunidad? Ya yo mismo he plasmado en mis artículos más recientes lo que piensa él ahora sobre el tema de la práctica del Dharma dentro de la Comunidad Triratna, extrayéndolo de mis conversaciones con él. No hace falta aquí seguir abundando sobre ello.18 Quizá baste con recordar su sistema para la vida espiritual, que reúne horizontal y verticalmente los cinco factores de: integración, emoción positiva, receptividad espiritual, muerte espiritual y renacimiento espiritual.

Mediante este sistema, nuestra práctica del Dharma nos conducirá de manera progresiva a trascender el aferramiento al yo, permitiendo que esa ‘fuerza o energía suprapersonal’opere también a través de nosotros. Sólo necesitamos asegurarnos de entender bien y ampliamente este plan y animar a todo aquél que participe en la Comunidad Triratna a ponerlo en práctica de manera directa y sistemática. En especial debemos asegurarnos que quienes han recibido la ordenación estén practicándolo de un modo efectivo y que, en especial, estén comprometidos a trabajar en las dimensiones de la muerte y el renacimiento espirituales, que marcan la transición que va del tipo de condicionalidad kármico al dhármico.



Desatar los lazos mediante el servicio al Dharma

Habrá quienes crean que es suficiente con la práctica del Dharma para romper con los lazos del yo. De alguna manera puede ser así, si se le ha comprendido bien a fondo y si se practica con la suficiente intensidad. El problema es que la práctica del Dharma puede convertirse simplemente en la expresión sutil del patrón que subyace en el aferramiento al yo. Podemos llegar a crearnos una especie de mundo privado, quizá de gran nobleza, belleza y pureza, donde reine incluso un alto grado de comprensión. Sin embargo, los límites de ese mundo pueden estar muy restringidos, en la medida en que exprese una identidad egoica refinada y no una trascendida. Es una pena pero los tipos de ‘espiritualidad’que se viven en un mundo así son, para muchas personas, el ideal de lo que debe ser una vida religiosa y en eso incluyen a la vida en el Dharma.

Lo cierto es que la práctica formal del Dharma resulta ser una condición necesaria para atravesar la estructura de la conciencia que se basa en el yo, pero no basta con ella. Después de todo, esa estructura es inherentemente defensiva. Su función misma es la perpetuación de sí. Tan pronto como se da un rompimiento en su cerco protector se fortifica una nueva línea. De hecho es notable la velocidad y eficacia con la que opera ese mecanismo. A veces es demasiado obvio para quien lo observa, aunque no es fácil que lo reconozca la persona que lo está haciendo. Así pues, hace falta un factor que detenga ese mecanismo defensivo instintivo, el cual puede hallarse en funcionamiento incluso en nuestra práctica espiritual formal.

Necesitamos comprometernos con algo que nos oriente a ir más allá de nosotros mismos para trascender el aferramiento al yo. Claro que ese algo debe ser un componente de la práctica formal del Dharma. En el sistema de Sangharákshita, es en la categoría del renacimiento espiritual donde se encuentra este tipo de práctica: el recuerdo de los budas y los bodhisattvas y la contemplación de sus cualidades. Sin embargo, son pocos los que pueden conectarse con esa dimensión transegoica por ese medio con una intensidad suficiente como para de veras salir de su yo. Por sí misma, es fácil que esa contemplación se vuelva una forma de indulgencia estética o, peor aun, una especie de escapismo supersticioso.

Es necesario que uno renuncie a aferrarse al yo de un modo muy práctico y concreto. Las actividades de cada día deben ser la encarnación de esa renuncia al yo para dar lugar a algo más. Todo lo que hacemos ha de tener un significado más grande y servir a un objetivo mayor. Hay que servir al Dharma.

¿Mas qué significa entonces servir al Dharma? Significa participar en una actividad que contribuya a que surja en el mundo esa fuerza o energía suprapersonal del bodhichitta, trayendo la posibilidad de terminar por fin con todo sufrimiento. No se trata de servir a una mera idea sino al potencial más elevado que hay en la vida. Cualquier cosa que hagamos, ya sea enseñar el Dharma directamente, ganar dinero para obras en el Dharma o proporcionar de otras formas las bases prácticas para ello, aliviar el sufrimiento de un modo ‘caritativo’más convencional o lo que sea, con ese esfuerzo estaremos trabajando para poner en marcha efectivamente los procesos del Dharma-niyama.

No deberíamos interpretar lo que es el servicio al Dharma de un modo demasiado abstracto. Servir al Dharma significa siempre servir a los demás, pues no hay Dharma independientemente de la gente. La corriente del Dharma que empieza a fluir cuando morimos espiritualmente y renacemos consiste en una cadena en espiral de estados mentales no egoístas que surge de manera dependiente y que abarca y responde a las necesidades de los seres vivos. El Dharma es inherentemente compasivo.

Ahora bien, aun cuando todo servicio al Dharma es en esencia un servicio a otras personas, no todo servicio a otras personas es servir al Dharma. Es difícil clarificar esto, ya que una misma serie de actos podría expresar o no un servicio al Dharma. Dicho de otro modo, tiene que ver con la actitud y la perspectiva. Por ejemplo, un buen padre de familia sacrificará sus intereses propios más inmediatos para satisfacer las necesidades de sus hijos. En la India he conocido a padres que se han quedado sin comer con tal de que sus hijos se alimenten bien y que tengan una buena educación. Por donde quiera que se vea, ésa es una conducta muy loable. De hecho pude representar una genuina trascendencia del ego, pero lo más común es que se trate, con toda honestidad, de una especie de interés propio, porque uno ha incluido a su vástago en su propia identidad. Es poco probable que uno hiciera ese mismo sacrificio por los hijos de alguien más.

Muchas actividades caritativas brotan de una identificación imaginativa con el sufrimiento de otros, poniéndose en sus zapatos. Desde un punto de vista dhármico, este tipo de extensión positiva de nuestra compasión por los demás es digno de estimularse, tanto por el efecto directo que tiene en quienes se hayan necesitados como por el efecto kármico que tiene en el bienhechor. Lo cierto es que de eso se trata la práctica ‘mundana’de metta-bhavaná. Cuando uno se esfuerza con sinceridad para ayudar a los demás está llevando a cabo un acto propicio que modificará la manera en que se despliega su propia mente de acuerdo con el tipo kármico de condicionalidad. Sin embargo, aun cuando esto sea de lo más meritorio, no es en sí servir al Dharma.

Servimos al Dharma en la medida en que comprendemos su total importancia como la verdad de las cosas tal cual son en realidad y como el principio dinámico que, ante todo, es la única manera en que se puede aliviar el sufrimiento. En otras palabras, sólo podemos servir de verdad al Dharma en la medida en que lo hayamos realizado en nosotros. Por lo tanto, cuando meditamos, estudiamos y reflexionamos sobre el Dharma servimos al Dharma. Sobre la base de nuestra comprensión hacemos lo que podemos para poner en efecto ese principio dinámico en el mundo, ya sea al enseñarle el Dharma a alguien más, al trabajar dentro de las instituciones de la sangha, al ayudar a la gente con sus padecimientos más inmediatos o al sacrificarnos para que nuestros hijos puedan ir a la escuela.

Sangharákshita añade una nota precautoria en este tema. Aliviar los sufrimientos materiales, tales como el hambre, la enfermedad o la exclusión social es muy meritorio en términos del tipo kármico de condicionalidad y puede ser un medio para propiciar que opere la fuerza del Dharma-niyama y, por lo tanto, servir así al Dharma. No obstante, hay una gran necesidad de que el Dharma se expanda, en el sentido más directo y de construir las instituciones de la sangha, para que muchas personas puedan encontrar las circunstancias que les permitan practicar el Dharma. Después de todo, hay gente de buena voluntad que puede hacer obras de caridad, pero hay relativamente pocos budistas comprometidos con servir al Dharma y hay todavía menos miembros de la Orden Budista Triratna que tengan la fortuna de contar con una presentación del Dharma que sea clara y efectiva y que puedan ofrecerla.

Es el Dharma el que transforma a las obras de caridad y las convierte en medios para contactar con la verdadera solución para el sufrimiento. Por esta razón, Sangharákshita ha enfatizado siempre que preferiría que los mayores esfuerzos de tantos miembros de la Orden y de mitras como fuera posible se hicieran en servicio del Dharma en este sentido.



Desatar los lazos mediante un estilo de vida en el Dharma

Una vez más, podría pensarse que bastaría con la práctica activa del Dharma y el servicio al Dharma y que no haría falta tratar como un tema aparte la necesidad de llevar un estilo de vida en el Dharma. Sin embargo, incluso la combinación de aquéllos dos juntos puede convertirse fácilmente en formas de un egoísmo más o menos sutil, simplemente añadidos a una vida que, de otro modo, sería ‘privada’. Ya hemos visto cómo la práctica formal del Dharma puede significar sencillamente un refinamiento cada vez mayor de un apego al ego. De igual modo, el servicio al Dharma, si se interpreta de manera superficial, puede ser una forma de egoísmo, contaminado con un grado de orgullo.

No es suficiente con estar trabajando de manera efectiva en la difusión del budismo si no se hace con el espíritu correcto. Igualmente es posible ‘servir al Dharma’de un modo que, al final, se oriente hacia uno mismo. Podemos ser muy efectivos organizando actividades e instituciones budistas y enseñando el Dharma, conduciendo retiros y demás pero aun, de un modo sutil o no tan sutil, estar alimentando nuestro propio orgullo. Es un peligro en el que han caído muchos budistas de gran eficacia, dentro y fuera de nuestros círculos y lo sé por triste experiencia. Hemos visto cómo le ha pasado eso a mucha gente. Meditan con regularidad y al parecer lo hacen muy bien y dedican buena parte de su vida a propagar el budismo. Sin embargo, en el fondo es evidente que están sirviéndose a sí mismos en cierto grado. Todavía necesitamos un factor adicional que probablemente transformará la práctica formal del Dharma y el servicio al Dharma en una verdadera trascendencia del yo, logrando el surgimiento del bodhichitta.

Sangharákshita enseña que son las circunstancias de nuestra propia vida y las actividades en las que participamos lo que ayuda a transformar la práctica formal del Dharma y el servicio al Dharma para que en verdad horaden el apego al yo y permitan que fluya a través de nosotros la Corriente del Dharma. Es necesario practicar y servir al Dharma en el contexto de un estilo de vida en el Dharma.



Condiciones que nos apoyan

¿Y qué es un estilo de vida en el Dharma? ¿Es, en última instancia, vivir como monjes, como podrían afirmar muchas ramas de la tradición budista, explícitamente o no?

Por mucho que Sangharákshita anime a sus discípulos a llevar un estilo de vida monástica, como en los sutras, si les es posible, él no ha fundado una orden monástica.19 En general y dados, por una parte, el predominio del formalismo monástico y, por otra, la compleja variedad de la vida social moderna, él ha preferido clarificar los principios que subyacen en un estilo de vida dhármico y fomentar la evolución de formas de vivir que los encarnen.

El primer principio para un estilo de vida dhármico y el más obvio es que debe apoyar la práctica del Dharma y el servicio al Dharma. Está claro y huelga decirlo, así que sólo repetiré brevemente los principales elementos de lo que esto significa. Para empezar, nuestro estilo de vida y sobre todo nuestro modo de subsistencia deben ser éticos, de acuerdo sobre todo con los principios que planteó el Buda mismo al hablar de samyak ajiva. Puede entenderse que esto incluye asuntos que por lo regular no entran en consideración, como ser un buen ciudadano, tanto en el nivel local como global, la protección del medio ambiente y un cuidado más radical para evitar actividades que causen el sufrimiento de otros seres, como ocurre al parecer, por ejemplo, en la industria lechera. Aunque no todos escogerán considerar su estilo de vida con tanto detalle, estoy seguro de que tener un profundo interés en las consecuencias que nuestro estilo de vida les traerá a los demás, humanos o no, es una base indispensable para liberarse del apego al yo.

Asimismo, uno puede encontrar apoyo para practicar el Dharma y servir al Dharma en la guía, el estímulo y la compañía de otros practicantes y servidores del Dharma. Necesitamos que aquéllos que tienen más experiencia nos enseñen el Dharma, en especial quienes de verdad pueden brindar una genuina kalyana mitrata, una amistad que por su misma naturaleza hace más profunda nuestra experiencia del Dharma. Un estilo de vida dhármico que no contenga un grado significativo de amistad basado en el Dharma será difícil y solitario en su mayor parte. Podríamos decir que sería casi imposible.

Un último factor de apoyo que es importante mencionar es la atmósfera estética y psicológica y hasta cultural en la que uno vive. Mientras más brutal y duro sea el entorno físico y social más difícil es practicar en verdad el dharma, al menos que hayamos alcanzado ya un alto grado de inspiración y visión cabal.

Muchas personas en el mundo actual se sienten agobiadas por sus carencias, por la fealdad de su entorno, por el tono discordante de su situación social y por la superficialidad e insignificancia que en general observan en mucho de lo que se sienten obligadas a hacer para sobrevivir y satisfacer las necesidades de su familia. Pobreza, mala salud, inestabilidad política y social y presiones abrumadoras hacen que llevar una vida dhármica les resulte casi impensable a todos, menos a quienes tienen mayor determinación. He visto los efectos de circunstancias así de poco favorables muy de cerca, en la India, entre nuestros dedicados hermanos y hermanas budistas y ésa es la condición en que vive probablemente la gran mayoría de los seres humanos hoy en día.

Entre la gente de clase media, sobre todo en el mundo ‘desarrollado’, son más los que se hallan libres de las presiones más escandalosas de ese tipo. Para ellos el tema más importante es el materialismo que prevalece en el ambiente y que los induce a una especie de insensibilidad existencial, que sólo se ve animada por un impulso individualista por consumir los productos más novedosos de nuestro notablemente eficiente sistema económico; eficiente al menos en lo que respecta a estimular y alimentar nuestros deseos.

Se hace necesario entonces encontrar o crear condiciones éticas que ofrezcan múltiples oportunidades para la kalyana mitrata que psicológica, cultural y estéticamente apoyen nuestros esfuerzos dhármicos. Individuos excepcionales, como parece haber sido el Buda mismo, progresan sin importar sus circunstancias o, bien, actúan para cambiar su entorno y hacer que éste sustente sus esfuerzos, pero para muchos otros, por mucho que tengan inspiración, es muy difícil avanzar considerablemente contra las circunstancias que se oponen.

Mas hay todavía otro problema más profundo detrás del asunto del estilo de vida y requiere un análisis más detallado de la dinámica del apego al yo.


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