Una fuerza o energía suprapersonal que opera a través de mí



Descargar 283,28 Kb.
Página2/6
Fecha de conversión02.07.2017
Tamaño283,28 Kb.
1   2   3   4   5   6

El Viento

Había un viento en mis velas. Sopló

con más fuerza y más intensidad

hora tras hora.

De dónde venía, yo no lo sabía

ni por qué. Sólo supe que era poderoso.

A veces me estrellaba contra las rocas,

a veces me hizo girar y girar.

A veces reí con alegres carcajadas,

a veces sentía una paz profunda.

Cuando yo era joven me llevó adelante,

ese viento maniaco.

Aún me conduce, ahora que soy viejo.

Vive en mí.

Su aliento es mi aliento, su voluntad mi voluntad.11

Ese comentario destacado y el poema que tan aptamente lo ilustra sugieren que la Comunidad Triratna, según lo estima el propio Sangharákshita, no ha brotado por un motivo egoísta o por su interés particular, sino que encarna el Dharma, según parece, más que un deseo personal.

Me gustaría que analizáramos esto más de cerca, ya que para mí siempre ha sido muy importante que el movimiento del cual formo parte brotara de algo más que unos nobles ideales o de las palabras de un difunto maestro y que sea eso lo que lo anime. A esta obra le he dedicado mi vida (como también lo han hecho muchos otros) pues he sentido que en su corazón había algo más. Quiero examinar más estrechamente lo que eso significa, basándome en mis recientes conversaciones con Sangharákshita y en sus diversos textos y enseñanzas. Creo que así puedo entender mejor este factor tan profundo en mi propia vida y, quizá, comunicarme mejor con los demás acerca de esto. Quiero hacerlo, asimismo, porque me parece que una comprensión más clara de aquello en lo que estamos participando, en estos términos, puede ayudar a todos los discípulos de Sangharákshita a trabajar juntos con mayor eficacia. Además, también podría ser de utilidad para otros budistas.

Sin embargo, me hago consciente pronto de una laguna, una brecha de credibilidad. Es una brecha que tiene dos aspectos. Uno tiene que ver con la naturaleza de lo que estamos analizando y con el lenguaje que usamos para ello. El otro trata sobre la relación que tienen el autor y el lector de este artículo con Sangharákshita. Permítanme abordar primero el último aspecto.

Escribo como un leal discípulo que soy de Sangharákshita desde hace más de cuarenta años. Como es más o menos inevitable, he tenido a veces mis propias dificultades con el discipulado y no siempre he llevado una relación afable con él, por razones que han tenido que ver principalmente con mi propio proceso. No obstante, ahora, como antes igual, sigo teniendo confianza en su integridad, sobre todo en lo que atañe a su propia experiencia dhármica. De hecho, en ocasiones me parece que él habla de momentos muy profundos de visión clara de un modo tan abierto y poco concluyente casi, como si no sintiera la necesidad de categorizarlos o de teorizar acerca de ellos, que invitan a la convicción. A menudo habla de ellos casualmente, como parte de la anécdota que está contando, como en el caso de su relato de lo que vivió en Nagpur en 1956. Por lo tanto no siento el menor impulso de cuestionar que haya percibido lo que refiere que experimentó.

Lo que declararé a partir de aquí se basa en esta confianza. Sin embargo, estoy muy consciente de muchos no coincidirán con lo que digo ni he de esperar que así fuera. Me pregunto qué harán esas personas con lo que viene a continuación, pero espero que algo de utilidad surgirá también para ellas.

La brecha de credibilidad que tiene relación con la naturaleza de las experiencias y el lenguaje que se utiliza para comunicarlas es más difícil de negociar. Hasta este punto en este artículo he usado mucho un lenguaje que podría describirse como ‘filosófico’; el lenguaje de la condicionalidad, en especial en sus formas kármica y dhármica. Incluso he sugerido la necesidad de ser un poco precavidos al usar la palabra ‘bodhichitta’, dada su resonancia cuasi metafísica. Sin embargo, al hablar de una ‘fuerza’o ‘energía’estamos pasando a un tipo diferente de discurso. En los casos citados Sangharákshita reporta su propia experiencia en términos muy cuidadosos. Dice, en 1956 ‘sentí que yo no era una persona sino una fuerza impersonal’y en el 2011 declara: ‘fue como si una energía o una fuerza suprapersonal estuviera operando a través de mí’. ‘Sintió’y ‘fue como si’. En otras palabras ni estamos en el mundo de los hechos cotidianos ni en el plano de la metafísica. Sangharákshita está tratando de transmitir en términos metafóricos, incluso podríamos decir poéticos, cómo fue esa experiencia.

Esta transición de lo filosófico a lo metafórico es inevitable si queremos aproximarnos a la naturaleza de la experiencia que trasciende el apego al yo. Dice el Buda que el Dharma es ‘inalcanzable mediante el simple razonamiento’.12 Añade que lo que está más allá del alcance de la razón sólo lo pueden percibir los sabios, aquéllos que son capaces de ver las cosas desde una perspectiva dhármica, pero aunque no seamos sabios en ese sentido podemos llegar a tener una visión de cómo es esa experiencia, por medio de una imaginación llena de fe.

Como he analizado en artículos anteriores, según Sangharákshita, esto es lo que prefigura la sabiduría en los prithagyanas. Es a esta facultad de la imaginación a la que apela Sangharákshita cuando habla de su experiencia. Sólo con esta facultad viva podremos brincar la brecha de la credibilidad. Para mantener viva esa facultad necesitamos suspender la mente literal, ya sea en su modalidad desdeñosa o en la más crédula, pues ambas asignan un sentido factual limitado a las metáforas y los símbolos que apuntan a verdades más profundas, aunque con un efecto diferente.

Algunos dirán que es mejor evitar todos esos lenguajes metafóricos y apegarse a la certeza de pratitya-samutpada. En lo personal simpatizo con este punto de vista, pues cualquier otro ofrece rehenes para malentendidos eternalistas y eso, en verdad, afecta mi susceptibilidad. No obstante, si uno no logra ofrecer más de sí se presta a interpretaciones nihilistas. Dice Sangharákshita que necesitamos un ‘objeto trascendental’ hacia el cual podamos orientar nuestras vidas. Lo necesitamos porque nuestro modo más básico de percibir y entender el mundo es en términos de sujetos y objetos, por muy relativos y construidos que hayamos aprendido que son, gracias al Dharma. No podemos menos que pensar en el Dharma y, aun más importante, sentirlo, como los tabiques más esenciales para edificar nuestra experiencia, hasta que podamos ver, por nosotros mismos, de manera directa su carácter relativo. Para atravesar la brecha entre el eternalismo y el nihilismo necesitamos una disposición a pensar de un modo crítico en lo que decimos, para evitar tomarlo al pie de la letra, y estar preparados para imaginar un ‘objeto trascendental’.13

Cuando habla de una fuerza o energía que trasciende a la persona, Sangharákshita señala cómo se siente una motivación dhármica y, en especial, la diferencia que hay entre esa experiencia y nuestro sentido habitual de volición y deseo. La mayor parte del tiempo tenemos un claro sentido de ser agentes. Consideramos que somos nosotros quienes ejecutan las acciones, incluso cuando a veces podamos sentir que lo que hicimos se debió a que los demás o las circunstancias ‘no nos dejaron de otra’.

Desde una perspectiva más crítica, de hecho podemos dudar sobre qué tanto control tenemos en realidad sobre nuestras acciones y hasta sobre quiénes somos. Sin embargo, para fines ordinarios, es así como acostumbramos entender y hablar de lo que pasa: ‘hice tal cosa’.

Por supuesto, tenemos nuestros momentos irracionales, en los que ‘no sabemos qué nos pasó’o algo ‘nos condujo’, de modo que hubo una fuga o un estallido de energía reprimida, casi contra nuestra volición consciente. Pasamos por diversos estados de ánimo y por pensamientos prematuros que no se ajustan a la idea que tenemos de nosotros mismos. Llevado al extremo, todo esto puede considerarse patológico, en especial si nos lleva a una conducta problemática desde un punto de vista social y aun legal.

Tenemos entonces la impresión de tener el control y también la noción de que algo escapa a nuestro control. Estamos dentro o fuera del control de nuestra asumida identidad egoica. Pero hay un tercer tipo de experiencia y es a ésta a la que se refiere Sangharákshita. En ella no hay un elemento de deseo egoísta en nuestra motivación y no por eso sentimos que hemos ‘perdido el control’. Es como si nosotros, en nuestra calidad de identidades egoicas, con toda deliberación dejáramos que nos menearan intereses que nada tienen que ver con nuestras preocupaciones personales basadas en el ego. En este aspecto podemos referirnos mejor al tipo de condicionalidad Dharma-niyama: voliciones que surgen dentro de la persona pero que no son de referencia personal.

Quizás este tipo de experiencia sea análoga a la inspiración poética o artística. El verdadero artista deja a un lado la mente literal y se abre a las dimensiones de la imaginación, poniendo en práctica esa ‘capacidad negativa’que Keats consideraba crucial para la imaginación poética. Es algo así como la receptividad espiritual que hemos visto en el sistema de prácticas de Sangharákshita. Dentro de la imaginación aparecen espontáneamente palabras, imágenes, sonidos y la voluntad ordinaria no los manipula.14

El artista aprende a abrirse ante esas fuerzas y a permitirles expresarse, independientemente de sus deseos. También el que practica la meditación de shamatha efectúa esta suspensión de la percepción ordinaria con base en kama-loka, para que se desplieguen las experiencias de rupa-loka y arupa-loka, a medida que avanza por los reinos de dhyana. Es entonces que uno puede sentir que está comunicándose con figuras de visualización que surgen en mitad de la meditación y de las cuales puede obtener inspiración.

Sin embargo, la inspiración estética o meditativa sólo es una analogía o, al menos, una variedad mundana de lo que parece estar reportando Sangharákshita. La imaginación del artista, por lo general, se manifiesta dentro del tipo de condicionalidad kármico, aunque los más grandes quizá rocen algo más. Sentir que uno no es una persona sino una fuerza impersonal o que ésta es una fuerza o energía suprapersonal que trabaja a través de uno seguramente es algo más que inspiración, por muy exaltada que ésta sea. Uno se subordina de toda voluntad a motivaciones que no se originan en absoluto en el yo.

Me parece que es muy significativo para sus discípulos que Sangharákshita considere que la Orden y el movimiento no fueron fundados sólo por él sino por fuerzas no egoicas, que funcionaban de acuerdo con el tipo dhármico de condicionalidad. No obstante, hay muchas posibilidades de que se le malinterprete. Si alguien toma la metáfora demasiado al pie de la letra pensará en algún ser divino o una energía cósmica ‘canalizada’, por decirlo así, a través de Sangharákshita y otros más. En este caso, la energía sería una cosa y Sangharákshita otra. Pero todo esto no hace justicia a lo que se está comunicando y debemos ver más allá, a lo que el mismo Sangharákshita tenía que decir sobre su experiencia en este aspecto.

Con frecuencia, él ha reflexionado en que no considera que haya sido la mejor persona para fundar la Orden. Lo cierto es que hace poco me contó, sonriendo con una mueca, que cada vez se daba más cuenta de que su carácter se prestaba muy poco para la tarea. Una vez más, él ha comentado en repetidas ocasiones que, en cierto sentido, no deseaba de manera especial echar a andar algo nuevo. Dice que lo que mejor habría ido con su temperamento era vivir en un monasterio tradicional, cumpliendo con las tareas tradicionales de un monje. Sin embargo, vio una necesidad y ‘algo en él’respondió; algo que no era personal ni interesado en sí mismo.

El mismo Sangharákshita ha tendido a pensar que eso que en estos pasajes citados asemeja a una fuerza o energía suprapersonal era más como una conciencia que estaba por encima de él. Enfatiza en que decir que era una fuerza o energía, sobre todo una a la que se refiere como ‘impersonal’, nos puede llevar a pensar en un proceso frío o mecánico. Claro está que si hablamos de una conciencia mayor que la nuestra eso nos dará la idea de que somos poseídos por un dios o un espíritu, pero él cree que la experiencia de trascender el apego al yo se expresa más adecuadamente de esa manera. Como lo ha dicho, pensar en algo como ‘impersonal’es pensar en ello como ‘subpersonal’y a lo que nos estamos refiriendo es algo ‘suprapersonal’. Nos acercamos más a lo que eso podría significar cuando hablamos, metafóricamente, de una conciencia más grande que opera a través de nuestra conciencia personal más limitada.

Asimismo, hablar en términos de una conciencia suprapersonal mitiga la fuerte tendencia que tenemos a apropiarnos incluso de la experiencia dhármica con fines egoístas. Como ya hemos notado, hasta en nuestros propios círculos puede haber una preocupación inapropiada y exagerada con calibrar los avances y proclamar entradas a la corriente o cosas parecidas. Sangharákshita abunda en ello y afirma que de nada sirve ni es estrictamente correcto decir de uno mismo que es un bodhisattva. Es mejor pensar que uno está ‘participando’en ‘el bodhisattva’ o permitiendo que lo que parece ser una fuerza o energía suprapersonal opere a través de sí.

Incluso lo que se ha dicho aquí acerca de la experiencia de Sangharákshita como de una fuerza impersonal o su reflexión de que fue como si la Orden y el movimiento se hubieran fundado por medio de él no debería llevarnos a especular acerca de dónde colocarlo en ésta o aquélla escala espiritual. Simplemente le está dando una especie de expresión poética a su impresión de lo que le hubo ocurrido. Él sintió que fue como si una conciencia más grande que la suya estuviera operando a través de él.

Desde esta perspectiva podemos entender mejor y más profundamente el significado de los llamados budas y bodhisattvas ‘arquetípicos’. Son una forma en la que podemos imaginar y percibir procesos que surgen sobre la base del tipo dhármico de condicionalidad, más allá del personal, aunque aparezcan como personificados. Son estos procesos misteriosos los que, según Sangharákshita, han sido la mayor inspiración al fundar la Orden. Y eso aclara lo que quiere decir Sangharákshita cuando compara la Orden e incluso la identifica con la figura de Avalokiteshvara con once cabezas y mil brazos. Acerca de esa identificación comenta que ‘no es nada más un modo de decirlo, no es sólo una figura retórica. Debemos tomarlo muy en serio y hasta literalmente’.15

Ni falta debería hacer decir que al analizar estas experiencias Sangharákshita no está haciendo en absoluto declaraciones antinomias, ni de él ni de la Orden, De hecho, es todo lo contrario. Percibimos que dice todo esto con mucha humildad, con modestia y no con pretensión. Que la Orden fuera fundada a través de él por fuerzas que lo trascendían como una simple persona no quiere decir que él sea perfecto y que todas sus acciones, por definición, sean inestimables. Mucho menos significa que los miembros de la Orden estén siempre motivados por una inspiración que trascienda al egoísmo ni que la Orden, de un modo colectivo, sea siempre, necesariamente, una sangha bodhisáttvica. Es evidente que no es ése el caso. No obstante, es muy significativo que, según su apreciación, haya sido fundada por lo que podemos describir en nuestro mejor intento como una energía o una fuerza o, incluso, una conciencia suprapersonal que operó a través de él, aun cuando sus miembros quizá no consigan vivir a la altura de ese impulso inicial. En otras palabras, fue fundada, por procesos condicionados de acuerdo con el Dharma-niyama, por el bodhichitta y, de hecho, por ende, por el Dharma.

No sólo podríamos decir que esas fuerzas le dieron nacimiento a la Orden; su cultivo y servicio es su sentido y su propósito. Los miembros de la Orden de manera individual pueden trabajar en ellos mismos al participar en la Orden, para entrar en la Corriente del Dharma, desatando así motivaciones no egoicas que surjan de acuerdo con el tipo dhármico de condicionalidad. Motivaciones que les parezcan como una fuerza o una energía suprapersonal que está operando a través de ellos. Incluso quizá como una conciencia suprapersonal o como un bodhisattva. Sirviendo a esa energía creativa y bajo su conducción podrán entonces, todos y cada uno, dejar juntos que el Dharma transforme al mundo. Es por eso que existe la Orden.

Procesos que han surgido acordes con el tipo dhármico de condicionalidad fundaron la Orden. Es eso, en efecto, lo que dice Sangharákshita y el sentido y el propósito de ella es permitir que esos propósitos transformen al mundo mediante nuestros esfuerzos, individual y, sin embargo, colectivamente, para acceder a la Corriente del Dharma. En cuanto a nuestras muchas fallas tengo total confianza en que en verdad la Orden encarna, en mayor o menor medida, esos procesos. Entre nosotros hay suficientes miembros que genuinamente tratan de servir al Dharma como una fuerza viva, dejando que éste opere a través de ellos. Los individuos y las instituciones en general están lo suficientemente afinadas por medio de la kalyana mitrata para esos individuos, bastante inspirados y consistentes, de modo que la Comunidad Triratna en su conjunto encarne en cierto grado el espíritu de Avalokiteshvara con once cabezas y mil brazos y que esa personificación se logre al pie de la letra.



Las condiciones para el bodhichitta

¿Cómo podría esa fuerza o energía dhármica operar a través de un individuo? Para ser aun más precisos, ¿cómo podría operar a través de una comunidad de individuos; de una sangha, como la Orden Budista Triratna? Si podemos entenderlo mejor podremos, entonces, moldear nuestras vidas con mayor eficacia para ese fin y tendremos la oportunidad de ver el mejor modo de desarrollar nuestra vida colectiva: nuestras instituciones y nuestra cultura en común. Eso ayudaría a que la Orden y el movimiento siguieran encarnando la Corriente del Dharma incluso cuando Sangharákshita, aquél en quien se manifestó primero, ya hubiera partido de nuestro lado.

Comencemos por echar un vistazo a la experiencia que tuvo Sangharákshita. Es posible que su sentimiento de haber sido ‘una fuerza impersonal’, como lo expresó después de su visita a Nagpur en 1956, no careciera de precedentes en su vida. No obstante, en su carta a Dinoo Dubash afirma: ‘Mi propia experiencia espiritual durante este periodo fue de lo más peculiar’. En otras palabras, fue extraña e inusual, incluso muy especial. ¿Cuáles fueron las condiciones por las cuales pudo darse esa experiencia?

Debemos empezar por la condición más evidente, sus muchos años de profundo estudio y práctica del Dharma y su honda visión en su verdadero significado. Según comenta, él se ‘había dado cuenta de que era budista y siempre lo había sido’, cuando tenía 16 años, 15 años antes, en un destello de despertar al samyag-drishti, cuando leyó el Sutra del Diamante.16 A partir de entonces el Dharma había sido su interés principal y en el que más habría de profundizar. Había estudiado de forma asidua cuantos textos budistas pudo conseguir en inglés y constantemente reflexionaba acerca de las enseñanzas del Buda. Su estudio y sus reflexiones dieron fruto en muchos artículos y poemas, pero en especial propiciaron la aparición de Panorámica del Budismo [A Survey of Buddhism], una obra de una profundidad y una amplitud magistrales, que ya entonces se abría paso entre la prensa.

No sólo estudió el Dharma; intentó de manera activa hacerlo realidad en él. Había practicado con regularidad la meditación, sistemáticamente, durante 12 años o más, con un éxito considerable y es de destacar que en el lapso de unos pocos meses comenzaría un tipo particular de práctica de meditación, uno que ahora denominaría ‘renacimiento espiritual’, después de recibir la iniciación de la sádhana de Aryatara de parte del gran gurú tibetano Chetul Sangye Dorje. De hecho, llegó a Nagpur procedente de Bombay, donde estuvo quedándose en la casa de su excéntrico amigo el doctor Dinshaw Mehta, de quien había apreciado su amistad en buena parte por el énfasis que le dio al acto de recibir ‘la guía’de fuentes que trascendían al ego, si bien Sangharákshita no aceptaba que la guía que recibía el doctor Mehta en sí fuera necesariamente de ese tipo. No obstante, su propia meditación y su experiencia espiritual se beneficiaron de esa relación.

Por supuesto que la meditación formaba parte de una práctica general de atención consciente y de ética. Él había puesto mucho énfasis en las dos. Además, había participado con regularidad en prácticas de devoción, manteniendo un altar y recitando puyas, expresando y desarrollando sus intensos sentimientos de gratitud al Buda, su fe en el Dharma y su compromiso con el camino. Todo ese tiempo había cultivado su sensibilidad estética, en especial a través de la lectura y escribiendo poesía, así como también participando en la medida de lo posible en la literatura y el arte, pues vivía en las faldas del Himalaya.

En resumen, podría decirse que había ido a refugio a las Tres Joyas de un modo cada vez más efectivo, si hablamos de sus esfuerzos directos para transformarse por medio de la práctica consciente del Dharma. Podría decirse entonces que ése fue el primer racimo de condiciones que se dieron para que surgiera en Nagpur esa experiencia de autotrascendencia. Puede discernirse otra serie de condiciones que es una extensión natural de la primera. El Sangharákshita de 31 años que llegó a Nagpur esa fatídica mañana había estado fervorosamente al servicio del Dharma durante los últimos seis años, desde que su maestro, el venerable Jagdish Kashyap, lo había dejado en Kalimpong con la consigna de ‘permanecer ahí y trabajar para el bien del budismo’.

Superando muchos obstáculos, los cuales fueron puestos en su camino principalmente por sus compañeros budistas, había establecido un centro de Dharma, la Triyana Vardhana Vihara. Asimismo, había participado escribiendo mucho en servicio del Dharma, entre lo cual figuraba la edición de Stepping-Stones, una revista que aparecía de manera ocasional y el periódico Maha Bodhi. En ambos contribuía escribiendo muchos artículos y material diverso. Además, había comenzado sus giras de predicación entre los seguidores dalits del doctor Ambedkar, en particular en el estado de Maharashtra. Sobre todo, sus memorias nos lo muestran apoyando a muchas personas y reuniendo a tantas de ellas como podía para practicar el Dharma, llevando a cabo lo que Acharya Asanga, en el Bodhisattva-bhumi, denomina un ‘Acto de Congregación’, gana parigriha.17 Había empezado a crear una red de contactos que fue la semilla que dio origen a una sangha de discípulos, precursores de la Orden y la Comunidad Budista Triratna.

Hubo un tercer factor que sustentó su práctica personal intensiva del Dharma y su servicio al mismo. A lo largo de muchos años había llevado un estilo de vida dhármico con una estricta disciplina, basada en la renuncia. Tan pronto como pudo dejar el Ejército Británico (de hecho, había sido liberado del servicio muy poco tiempo antes) buscó las circunstancias que expresaran su compromiso con el Dharma. Vivió una temporada como anagarika, llevando una vida errante y en 1947 tomó la ordenación como shramanera y luego, en 1950, como bhikshu. Mantuvo lo mejor que pudo los principios esenciales de la vida monástica, incluso comenzando por hacer la ronda tradicional para pedir limosnas, causando el asombro y deleite de los budistas de Kalimpong, el pequeño pueblo del Himalaya donde vivía. Poco a poco se fue haciendo un modo de vida que le permitiera practicar más y más el Dharma. En especial, fue un estilo de vivir que se basaba en la renuncia. Conservaba sencillamente un mínimo de posesiones y a veces tenía apenas el dinero suficiente para pagar el alquiler.

Estas tres series de condiciones estaban presentes cuando llegó a Nagpur: su práctica intensiva del Dharma; su servicio al Dharma, especialmente a través de su participación activa con la gente; y su estilo de vida dhármico como renunciante. Poco después de que bajó del tren se enteró de que el doctor Ambedkar había fallecido la noche anterior y comprendió enseguida la enorme tragedia que eso significaba para su pueblo, sobre todo en esa ciudad, donde se había llevado a cabo la conversión hacía poco, en un marco de mucha inspiración y esperanza. La intensidad de lo que requerían miles, cientos de miles de personas, simplemente lo llevó más allá de sí mismo. Se podría afirmar que sus propios recursos eran de lo más inadecuado para la tarea de congregar a la gente durante su momento crítico, pero algo entró en acción y se convirtió en un vehículo para una ‘fuerza impersonal’o, como lo expresaría mejor, más adelante, ‘una fuerza o energía suprapersonal’que operó a través de él.

Son tres elementos principales que han seguido caracterizando su vida y su obra y que, ciertamente, se han expresado con mayor plenitud y claridad con el paso del tiempo. De modo que la Orden Budista Triratna se fundó ‘a través’ de Sangharákshita y con su inspiración ha crecido y florecido.

1   2   3   4   5   6


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal