Un estudio sobre el trabajo complementario como estrategia familiar de vida ante situaciones de crisis. Silvina Alegre



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Un estudio sobre el trabajo complementario como estrategia familiar de vida ante situaciones de crisis. 
Silvina Alegre


 

 

 

1. El Problema: Aproximación Conceptual.

 

 



El objetivo de nuestro trabajo es estudiar algunos aspectos del comportamiento de las unidades familiares residentes en el área metropolitana del Gran Buenos Aires como estrategia de supervivencia o mecanismo de adaptación, específicos según su pertenencia de clase, al contexto definido por estilos de desarrollo divergentes, tomando como delimitación temporal al programa de transformaciones estructurales de las instituciones económicas, políticas y sociales iniciado en 1989 por el gobierno del Dr. Carlos Menem.

 

El concepto de estrategia familiar de vida (EFV) se refiere a ...“aquellos comportamientos de los agentes sociales que —estando determinados por su posición social (pertenencia de clase)— se relacionan con la formación y mantenimiento de unidades domésticas en el seno de las cuales pueden asegurar su reproducción biológica, preservar la vida y desarrollar todas aquellas prácticas, económicas y no económicas, indispensables para la optimización de las condiciones materiales y no materiales de existencia de la unidad y de cada uno de sus miembros.” (Torrado:1984)



 

Entre las dimensiones que comprende este concepto —constitución del núcleo familiar, procreación, preservación de la vida, socialización y aprendizaje, ciclo de vida familiar, migraciones laborales, localización residencial, allegamiento cohabitacional, cooperación extrafamiliar[i]— nuestro interés se circunscribe a las formas de obtención de los recursos de subsistencia, específicamente a los comportamientos relacionados con la asignación de la fuerza de trabajo disponible en la unidad familiar a actividades económicas que producen ingresos monetarios, o las pautas de participación diferencial de los miembros del hogar en el mercado de trabajo.

 

A nivel abstracto, la oferta de mano de obra depende del ritmo de crecimiento de la población, ya sea vegetativo o migratorio, que se traduce en una estructura etaria que genera una determinada presión sobre el mercado de trabajo, y de la tasa de actividad, que representa a la población que efectivamente se manifiesta dispuesta a trabajar, en función tanto de las pautas culturales predominantes en la sociedad como de las oportunidades laborales existentes, esto es, de la capacidad de la economía de generar nuevos puestos de trabajo. Desde la perspectiva de la creación de empleo resulta importante el nivel del producto interno, aunque no determinante, ya que los efectos del crecimiento económico sobre el nivel de empleo aparecen mediatizados por el nivel de la productividad. En una situación histórica concreta, por lo tanto, la oferta de mano de obra dependerá de la interacción de estos cuatro factores. (Monza:1993)



 

En el contexto de este planteo, el análisis de la oferta laboral exige la consideración de las características de la estructura productiva en que se enmarca, por lo que resulta fundamental definir los principales lineamientos del modelo de desarrollo tomado como referencia.

 

Hemos diseñado esta investigación con el fin de comparar cómo se relaciona la ubicación en la pirámide social del hogar con la incorporación de sus distintos miembros al mercado de trabajo ante el cambio de las condiciones de vida planteadas -diferencialmente para cada clase social- por los modelos de desarrollo vigentes en la Argentina antes y después de la puesta en marcha del proyecto neoliberal de reordenamiento de la economía en 1989.



 

Por estilos de desarrollo (ED) entendemos las prácticas políticas dominantes en una sociedad en un momento dado, como resultado de la relación de fuerzas de los actores sociales, que definen los factores fundamentales del desarrollo económico y social.

 

Entre los aspectos de los ED que influyen sobre las EFV se destacan las políticas relacionadas con el funcionamiento del mercado de trabajo, esto es, la cantidad y calidad del empleo generado y las relacionadas con la determinación de las condiciones de vida de los distintos sectores de la población, básicamente, las políticas de redistribución del ingreso: el régimen impositivo, el crédito público y la prestación de servicios sociales.



 

2. El programa de reformas estructurales de 1989.

 

La amenaza de caos social y el quiebre institucional desatados en 1989 por la crisis hiperinflacionaria permitieron la puesta en marcha de una ola de reformas estructurales que, a pesar de su carácter neoliberal y de sus consecuencias distributivas regresivas, contaron con el respaldo de la mayoría de la población como último recurso para lograr la estabilización económica.



           

El contexto de crisis económica y social en el que Menem llegó al gobierno determinó que la política de estabilización y la política de reformas fueran incorporadas en un mismo paquete, de manera tal que la segunda se organizó en función de la primera. Esto significó que las reformas fueran hechas con el objetivo prioritario de reducir el déficit fiscal y contener la inflación antes que para aumentar la productividad y la competitividad de la economía en el largo plazo.

 

La política de cambio estructural comenzó a perfilarse con la aprobación de las leyes de Emergencia Económica y de Reforma del Estado. “La primera de ellas asestó un golpe frontal al corazón del capitalismo asistido que se desarrolló en la Argentina desde la posguerra al suspender por un plazo de 180 días ­—que sería luego renovado indefinidamente— los regímenes de promoción industrial, regional y de exportaciones y las preferencias que beneficiaban a las manufacturas nacionales en las compras del estado, también se autorizaron los licenciamientos de empleados públicos y se puso fin a esquemas salariales de privilegio en la administración. A su vez, la ley de Reforma del Estado marcó el comienzo del fin de otro de los pilares del patrón de desarrollo preexistente al firmar el marco normativo para la privatización de un gran número de empresas públicas, que incluían las compañías de teléfono, de aviación comercial, los ferrocarriles, los complejos siderúrgicos, las rutas y puertos y varias empresas petroquímicas.” (Gerchunoff -Torre:1996)



           

La liberalización comercial, también subordinada a la política de estabilización, se materializó en la apertura drástica de la economía a la competencia externa como mecanismo disciplinador de los formadores de precios internos, al elevado costo del cierre de numerosas empresas que no pudieron competir con los precios internacionales y la consecuente aparición de altas tasas de desocupación.

           

Por su parte, la Reforma Tributaria se basó en la concentración de la estructura impositiva en el Impuesto al Valor Agregado debido a su más fácil recaudación pero atentando contra el poder adquisitivo de la población.

           

Estas reformas fueron legitimadas mediante un discurso que destacaba la ineficiencia del aparato estatal y la necesidad de un nuevo orden centrado en el mercado como asignador de recursos, aún en áreas donde se ha probado su ineficiencia e iniquidad como en el caso de la salud y la educación, y en la apertura al comercio internacional.

 

Pese a las reformas estructurales, los intentos por estabilizar la economía sólo se consolidaron con la introducción del Plan de Convertibilidad que establecía un nuevo régimen monetario y cambiario basado en la paridad entre el peso y el dólar y que prohibía la emisión monetaria sin respaldo de divisas en las reservas del Banco Central, eliminando la discrecionalidad gubernamental en la materia.



           

El programa antiinflacionario puesto en marcha posibilitó la reactivación económica al coincidir con la entrada de capitales extranjeros que llegaban en busca de tasas de interés más convenientes que las ofrecidas en los países desarrollados afectados por una profunda recesión. Sin embargo, la expansión del consumo ocasionó una disminución del ahorro de la economía y el aliento a las importaciones, en perjuicio de la producción nacional tanto para el mercado interno como para el internacional con la consecuente aparición del déficit comercial.

           

 

Pese al favorable desempeño de las variables macroeconómicas en el período 1991-1994, la distribución del ingreso no mejoró con respecto al período 1988-1990. “En el nuevo patrón distributivo el segmento del 10% más rico de la población fue el único que claramente aumentó su participación. Señalemos, además, que, si bien en una trayectoria de inflación descendente, la evolución de los precios relativos tuvo un impacto desigual sobre la población. Los estratos de bajos ingresos se beneficiaron con los valores estables de los alimentos pero fueron los más perjudicados en términos de empleo. Por su parte, importantes fracciones de las clases medias, en cuyo presupuesto doméstico los servicios eran más significativos, debieron hacer frente al encarecimiento de los servicios privados —en especial la salud y la educación— y de los servicios públicos privatizados.”(Gerchunoff -Torre:1996)



 

Hacia 1994 la recuperación de las tasas de interés en los Estados Unidos y la devaluación mexicana pusieron de manifiesto la fragilidad de la economía argentina y su extrema dependencia de las variables externas. La salida masiva de activos financieros locales impulsó un abrupto aumento de las tasas de interés y una consecuente crisis recesiva. Esta situación se tradujo en el estancamiento de la recaudación, sostenida principalmente en el impuesto al consumo, y en el desequilibrio de las cuentas públicas.

           

“Durante 1995 y 1996 las presiones recesivas en los mercados de bienes y en los mercados de trabajo indujeron una baja de los precios y una modificación radical en las condiciones laborales: numerosos sindicatos se vieron forzados a aceptar cambios en los convenios colectivos, que implicaron una desregulación de facto de las relaciones de trabajo y una cierta reducción de los costos laborales”… (Gerchunoff -Torre:1996) El déficit de la situación ocupacional argentina actual no sólo se traduce en elevadas tasas de desempleo, ya sea del tipo abierto (personas que buscan trabajo pero que no lo consiguen) o del tipo oculto (personas que no buscan trabajo porque no creen posible conseguirlo), sino también en la emergencia del subempleo ...“las ocupaciones no plenas tienen la naturaleza de un mecanismo de ajuste o reacomodamiento del mercado ante la tendencia a un desajuste crónico y significativo entre la disponibilidad de los recursos humanos y las oportunidades de empleo propias. Se trata de actividades ‘refugio’, en tanto nichos que permiten ejercer alguna ocupación ‘productiva’ y derivar un ingreso (aunque reducido), ante la imposibilidad de obtener una inserción ocupacional más regular e integrada. Su existencia es contradictoria con estándares apropiados de eficiencia económica y de equidad social.”(Monza:1993)

           

La cuestión crítica en 1995-1996 fue la dificultad para salir de la recesión. El creciente desempleo y la reducción en los ingresos limitó la demanda, sin que el gobierno pudiera recurrir a la expansión del gasto público como mecanismo compensatorio. Se recreó así un clima de emergencia económica que el gobierno intentó superar mediante una nueva reducción de gastos y el aumento de impuestos, profundizando el proceso de reformas iniciado en 1989.

 

En definitiva, el predominio del mercado como mecanismo de asignación de recursos, la recesión y el déficit comercial, la desocupación, la flexibilización y la precariedad laboral, la pérdida del poder adquisitivo de la población y la concentración del ingreso son las dimensiones, relevantes para nuestro estudio, más destacadas del funcionamiento económico actual, que si bien marca una ruptura con respecto al período anterior debido a la profundidad de las transformaciones encaradas, no es sino la expresión acabada de un proceso que comenzó a gestarse a partir del agotamiento del modelo nacional y populista de industrialización por sustitución de importaciones consolidado por el gobierno peronista.



           

La percepción de una tendencia lineal en el proceso que se extiende desde mediados de la década del ’70, cuando la dictadura militar asume la conducción del país, hasta la actualidad, no deslegitima, sin embargo, la identificación del proyecto menemista como un punto de inflexión a partir del cual se redimensionan las reestructuraciones de manera tal que resulta imposible ya la restauración del orden anterior.

 

Nuestro estudio se funda, por lo tanto, en la comparación de las influencias que ejercen ED con características distintas sobre la relación entre la clase social de los hogares y las pautas de incorporación de sus miembros al mercado de trabajo, considerando a la cantidad y calidad del empleo generado y a las condiciones de vida a las que se halla sujeta la población como las dimensiones de la estructura productiva que ejercen mayor impacto sobre esta relación. Suponemos que estas variaciones sistémicas son las más importantes para explicar la relación, mientras que consideramos constantes, y por lo tanto controladas, al resto de las características de los sistemas.



           

En términos de Przeworski y Teune, nuestro diseño corresponde al de los sistemas más similares. “Las características sistémicas comunes se suelen concebir como ‘controladas’ mientras que las diferencias intersistémicas se consideran variables explicativas. El número de características comunes que se busca es el máximo, en tanto que el número de no compartidas es el mínimo. (…) Al encontrar tal diferencia entre los sistemas estudiados se derivarán las siguientes implicaciones teóricas: 1) los factores comunes a los sistemas resultan irrelevantes para determinar el comportamiento que se desea explicar, mientras se observen distintos patrones de comportamiento entre los sistemas que comparten tales factores; 2) cualquier sistema de variables que logre diferenciar a los sistemas, de alguna manera que corresponda con las diferencias conductales observadas (así como con alguna interacción entre ellas), podrá considerarse explicativo de tales patrones de comportamiento.” (Przeworski –Teune:1997)

 

Ahora bien, en función del análisis de la evolución de algunos indicadores de empleo, ingresos y distribución consideramos al año 1984 como el más representativo de la situación socioeconómica anterior a la implementación del plan de reconversión productiva y posterior a la restitución de las instituciones democráticas en el país, debido a que constituye una coyuntura relativamente favorable que precede a la crisis que determina en 1985 el diseño del Plan Austral.



 

 

 



Año

Salario industrial (1980=100)

Ocupación industrial (en miles)

Tasa de desocup (%)

Tasa de subocup (%)

Coef variac distribuc ingreso

% remuner en ingreso nacional

% de hogares pobres

80

100,0

2132

2,6

5,2

95

39

8

85

109,7

2050

6,1

7,3

119

38

 

87

97,4

2125

5,9

8,4

121

37

 

89

79,1

 

7,8

8,9

121

28

 

90

85,6

2025

7,4

9,0

128

32

27

(Beccaria:1992)

 

En la medida en que consideramos que los comportamientos relacionados con la reasignación de la fuerza de trabajo disponible en el hogar tienden a manifestarse sólo en el largo plazo debido a la influencia de pautas socio-culturales firmemente arraigadas —representadas, por ejemplo, por la fuerte valoración positiva otorgada a la educación de los hijos—, tomamos al año 1997 como exponente de la situación actual, momento en que, por otro lado, las consecuencias de las medidas implementadas a partir de 1989 se manifiestan plenamente sin las distorsiones ocasionadas por el impulso inicial dado a la economía por el comportamiento del mercado financiero internacional.



 

Creemos importante introducir también en el análisis al año 1991 para controlar, de esta manera, que las modificaciones en las pautas de comportamiento de los hogares que esperamos encontrar en 1997 sean efectivamente producto de las reformas estructurales implementadas a partir de entonces y no  efecto de condiciones anteriores.

 

En realidad, para captar con mayor precisión la influencia que ejerce cada ED sobre las EFV deberíamos elaborar un promedio del comportamiento de los hogares en el agregado de años que delimita cada período, para neutralizar así los sesgos que podría estar introduciendo la consideración de un año en particular como representativo de determinado modelo. Sin embargo, este procedimiento ideal excede los límites de nuestro trabajo.



 

Otro de los supuestos subyacentes al problema planteado es que …“los comportamientos y condiciones de vida de los individuos dependen fundamentalmente de su contexto familiar, al tiempo que los comportamientos y condiciones de vida de las familias dependen directamente de la clase o estrato social de pertenencia”… (Torrado:1991)

           

El marco conceptual utilizado en esta investigación concibe la relación entre los fenómenos macrosociales —como serían los ED vigentes en la sociedad en un momento determinado— y los fenómenos microsociales —las conductas individuales— como mediatizados por el contexto familiar, cuyos comportamientos y condiciones de vida dependen, a su vez, de la clase social a la que pertenece el hogar y de la coyuntura económica, política y social que define el modelo de desarrollo predominante.

 

Este enfoque, enfrentado con las posiciones teóricas atomicistas, presenta, por un lado, a la unidad familiar (UF) como unidad de análisis privilegiada para el estudio de las EFV, y por el otro, plantea la necesidad de objetivar el concepto de condición socioeconómica (CSE).



 

Por UF u hogar entendemos al grupo de personas que comparten la misma vivienda y que se asocian para proveer en común sus necesidades alimenticias o de otra índole vital.

 

Con respecto a la condición socioeconómica, reconocemos idealmente al Nomenclador de la Condición Socio-Ocupacional del jefe del hogar, definido por la agregación de su Condición de Actividad, Ocupación, Categoría de Ocupación, Sector de Actividad (público o privado) y Rama de Actividad, como el indicador más adecuado para determinar la posición social de la UF, dado que los grupos ocupacionales formados con cierta homogeneidad expresan generalmente análogos modos de vida. No obstante lo cual —y sin intención de minimizar las controversias existentes en torno a la distribución de la población en clases sociales—, dado que no disponemos de este indicador y que resulta sumamente complicado reconstruir semejante índice, decidimos recurrir a la discriminación de los estratos sociales mediante la identificación del decil de ingreso per cápita familiar en el que se ubica cada familia. Así, consideraremos como estrato bajo a aquel que abarca al 30% de los perceptores de menores recursos, como estrato alto al que comprende al 10% superior de la distribución y como estrato medio al que corresponde a los hogares ubicados en la porción intermedia. (Beccaria:1993)



           

Ahora bien, como señala Torrado …“la distancia más importante en los niveles de bienestar es la que separa las categorías de clase media de las de clase obrera: entre estas dos clases sociales existe un punto de fractura en el comportamiento de todos los indicadores que sugiere la existencia de dos universos totalmente disímiles desde el punto de vista social (aún comparando las categorías más modestas de clase media con las más expectables de clase obrera)”… Compartiendo esta perspectiva, limitaremos el análisis a la comparación del comportamiento de las clases media y baja.[ii] Otra de las razones por la cual excluimos del análisis al 10% más rico de la población es que, en el contexto del proceso de deterioro generalizado de las condiciones de existencia registrado en el país a partir de 1989, la clase alta fue el único sector que aumentó su participación en un patrón redistributivo caracterizado por una profunda concentración de la riqueza. Atendiendo a esta situación, no consideramos pertinente asimilar el patrón de estrategias familiares de supervivencia desarrollado por los hogares de clase media ante la situación de crisis con el tipo de comportamientos propio de la clase alta.

 

La hipótesis teórica establece que la pertenencia de los hogares al estrato social medio o bajo define, en el sentido de condicionante y no de determinante, formas particulares de asignación de la fuerza de trabajo disponible dentro de la unidad doméstica a actividades económicas que producen ingresos monetarios o, en otros términos, pautas diferenciales de participación económica por sexo y edad de los miembros del hogar distintos del jefe.



 

La delimitación de los miembros del hogar distintos del jefe como objeto de estudio responde a la intención de demostrar la inoperancia de la hipótesis del costo de oportunidad y la adecuación, en cambio, de la hipótesis del trabajador complementario.

 

La hipótesis del costo de oportunidad atribuye los elevados niveles de actividad —y desempleo— a la vigencia de elevados niveles de remuneración. La explicación del incremento de la oferta de mano de obra que brinda esta perspectiva teórica es que …“cuando los salarios crecen, también crece la proporción de individuos en el mercado de trabajo, porque les resulta más costoso mantenerse fuera del mismo. Si los salarios caen, la probabilidad de participar también cae, por lo que se observa que este efecto del salario tiende a que la participación laboral se mueva en el mismo sentido que el ciclo económico: cuando aumenta la actividad y suben los salarios, aumenta la proporción de individuos en el mercado de trabajo. Cuando la actividad se contrae y caen los salarios disminuye la participación laboral de los diversos grupos de la población.” (Bour:1995) La parcialidad de este planteo radica en la omisión de la posibilidad de que, en contextos de crisis, los niveles de actividad se eleven por un descenso de los salarios por debajo de los niveles mínimos necesarios para garantizar la reproducción del hogar, debiendo recurrir éste, como estrategia de supervivencia, a la incorporación al mercado de trabajo de algunos de sus miembros distintos del jefe que en condiciones globales más favorables permanecerían recluidos en la inactividad (principalmente mujeres jóvenes casadas con hijos pequeños que tradicionalmente se desempeñan como amas de casa, hijos que no han completado sus estudios y ancianos ya jubilados).



 

La situación actual se caracteriza por un deterioro de los indicadores de ocupación, ingreso y distribución con respecto al período anterior, con altos niveles de desocupación que afectan principalmente a los jefes de familia y pérdida del nivel de vida de la población. En este contexto resulta más representativa la hipótesis que sostiene que …“ante el deterioro de los ingresos familiares los hogares se ven obligados a enviar más miembros al mercado, generalmente mano de obra secundaria.” (Monza:1993)

 

Sin embargo, la consideración indisociada de la participación laboral de los miembros del hogar por sexo y edad plantea una dificultad, ya que el trabajo de las cónyuges es más frecuente entre las familias de clase media y disminuye en las de clase baja (las trabajadoras marginales constituyen una excepción con un elevado nivel), mientras que el trabajo de los hijos jóvenes guarda relación inversa con la posición social: los niveles de participación son más bajos para la clase media y más altos para la clase baja. Por lo tanto, para evitar que el estudio agregado de estos comportamientos neutralice los resultados, optamos por detenernos sólo en el análisis de la situación laboral de los hijos jóvenes.



 

Dentro del universo de los hijos jóvenes nos concentraremos en los ubicados en la franja etaria de 15 a 19 años en la medida en que su estado típico es, o debería ser al menos, el de estudiantes. En condiciones normales, los individuos de esas edades se encuentran mayoritariamente insertos todavía en el sistema de educación formal siendo necesario, de observarse, explicar su temprana inserción en el mercado de trabajo.

 

El indicador de la participación laboral de los jóvenes se resume entonces en la presencia o no en el hogar de hijos de 15 a 19 años en condición de ocupados o desocupados.[iii]



Cabe destacar la necesidad de controlar, mediante el reconocimiento de su intervención, los efectos de ciertos condicionantes que pueden actuar desvirtuando ilusoriamente los comportamientos esperados, sin estar por eso invalidándolos.

           

La noción de participación económica diferencial por clase implica la confrontación de una oferta de mano de obra, específica según la pertenencia social, con una demanda que, lejos de ser homogénea, afecta diferencialmente también a los integrantes del hogar en función de su ubicación en la pirámide social. De esta manera, al ser los sectores bajos más afectados por la desocupación que los sectores medios, es previsible que opere en mayor medida sobre ellos el llamado efecto desaliento, esto es, la retracción del mercado de trabajo de individuos que en principio tendrían la intención de participar en el proceso productivo, provocada por la escasez de oportunidades laborales derivada de una insuficiente expansión económica. Por lo tanto, es probable que desde la perspectiva de la demanda, el contexto —más desfavorable para los sectores bajos que para los sectores medios— repercuta sobre las tasas de actividad, reduciendo ficticiamente el nivel de las correspondientes a los sectores más pobres.

           

Por otro lado, desde la perspectiva de la oferta de la fuerza de trabajo, es necesario controlar los distintos ritmos de crecimiento demográfico de cada clase, que al resultar más acelerado para las más desfavorecidas genera una mayor presión de este sector sobre el mercado de trabajo.

 

Objetivadas las principales dimensiones del problema y operacionalizadas las proposiciones teóricas, es posible establecer su validez en función del alto grado de sustentabilidad de las teorías auxiliares utilizadas.



 




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