Un empeño caballeresco Tennessee williams



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Un empeño caballeresco




Tennessee williams


Cuando Gewinner Pearce regresó al hogar, tras haber viajado durante años, en compañía de un preceptor y con­sejero, el recientemente fallecido doctor Horace Greaves, todo lo que vio desde el aeropuerto, incluso el edificio de éste, le pareció tan diferente que llegó a pensar que el avión había efectuado una escala imprevista. Se disponía ya a re­gresar a toda prisa al interior del aparato, cuando oyó una voz de mujer que pronunciaba su nombre. Dirigió la vista hacia el lugar en que había sonado el grito, y vio a una joven que avanzaba hacia él a velocidad propia de un de­lantero centro, mientras su abrigo de visón se estremecía y aleteaba alrededor de su cuerpo. Por un instante, un par de policías armados consiguieron detener el avance de la mujer, que gritó:

— ¡ Quítenme las manos de encima! ¿Es que no saben quién soy? ¡ Soy la esposa de míster Braden Pearce, y he ve­nido a recibir al hermano de mi marido! ¡Es este señor! ¡Se llama Gewinner, igual que nuestra ciudad!

Los policías, con la cabeza protegida con cascos de ace­ro, se apartaron de la joven, la saludaron militarmente, con timidez y deferencia, y la mujer prosiguió su carrera hacia Gewinner, quien, para defenderse y aguantar la embestida lo mejor posible, puso ante sí, verticalmente, el paraguas de seda negra que empuñaba, y tensó su cuerpo frágil. Sin em­bargo, tuvo la confortante sorpresa de advertir que la joven esposa de su hermano, a la que veía por primera vez en su vida, aminoraba la velocidad de su avance, instantes antes de llegar ante él, con lo que evitó la inminente colisión. Acto seguido, la mujer le saludó con estilo rápido y vigoroso, pero bastante coherente.

Como si se encontrara al otro extremo del aeropuerto, la mujer gritó:

—¡Gewinner, estoy segura de que ni siquiera sabes quién soy! ¡ Soy Violet, la mujer de Braden! Tu madre, la bendita de tu madre, se moría de ganas de venir a reci­birte, pero no ha podido porque hoy le tocaba ir a deposi­tar una corona en el monumento a los caídos en Kwat Sing How, y, por esto, la pobre, me ha pedido que viniera a recibirte en nombre suyo.

Gewinner dijo:

—¡Ah...! Bueno...

Ahora, los dos se dirigían hacia el edificio del aeropuer­to, mientras Violet proseguía su unilateral conversación:

—¿Has tenido buen viaje? Te he reconocido en el mis­mo instante en que has comenzado a bajar la escalerilla, y no porque te parezcas a Braden, no, nada de eso, no os pa­recéis ni pizca, sino porque eres exactamente tal como ima­ginaba, te lo juro, palabra de honor. ¡Igual! ¡Exactamen­te igual!

Con evidente interés en la respuesta que su pregunta pro­vocaría, Gewinner inquirió:

—¿Y cómo me imaginabas?

Gewinner era un tanto Narciso, y siempre tuvo curiosi­dad por saber la impresión que causaba a la gente que no estaba habituada a verle.

—Bueno, yo sabía que tu familia te llamaba el Príncipe, te llamaba y todavía te llama, ¿sabes?, y te aseguro que si he visto a alguien en toda mi vida que parezca un príncipe de cuento de hadas, este alguien eres tú. Sí, sí, palabra.

Sin efectuar una pausa, Violet gritó:

—¡Dios mío! ¡Otra vez! ¡Ya están tocando otra vez el «Babe's Stomp»!

—¿Tocando qué?

—Babe, Babe, Babe, la hija del Presidente, ya sabes.

—¿La hija del Presidente? Pues no, no sabía...

—Bueno, da igual. Primero fue el «Babe's Hop», y ahora es el «Babe's Stomp». Te aseguro que detestaba de todo corazón el «Hop», pero comparado con el «Stomp» ese, el «Hop» me parece música celestial, de veras, te lo juro.

Violet se refería a la música rítmica que difundía a volu­men ensordecedor un altavoz colocado en lo más alto del edificio del aeropuerto. El altavoz daba al aeropuerto at­mósfera de discoteca, y varios pasajeros recién llegados, así como algunos individuos que habían acudido a recibirles, daban giros y más giros sobre sí mismos y pateaban el suelo, en movimientos propios de espásticos.

Superando la barahúnda, Gewinner gritó:

—Noto algo raro en el aire... Huele de una forma rara.

Violet contestó a gritos:

—¡Sí, claro! ¡Es el humo de «El Proyecto»!

—¿Y qué es «El Proyecto»?

Ahora, ya no era preciso gritar porque el «Babe's Stomp» había cesado tan bruscamente como había empeza­do a sonar. La pregunta, formulada a gritos por Gewinner, sonó en el consiguiente silencio relativo, y llamó la aten­ción de quienes se encontraban alrededor. Le miraron con expresión de curiosidad o de incredulidad, o quizá con una mezcla de una y otra.

En un susurro y moviendo tan sólo la comisura de los labios, Violet dijo:

—Más vale que no hablemos de eso, ahora.

A continuación gritó:

—¡William! ¡William!

Un hombre carente de expresión, vestido de uniforme, al parecer al servicio de la familia Pearce, surgió de entre la multitud que atestaba la sala de espera del aeropuerto, y se hizo cargo de los tíquets del equipaje de Gewinner.

—Y, ahora —dijo Violet—, podemos esperar en el auto­móvil, y conocernos un poco mejor, a no ser que prefieras tomar un trago en el bar. Francamente, me gustaría que lo prefirieras. Te aseguro que tengo ganas de echarme algo entre pecho y espalda. Las prisas me dan una sed terrible. Anda, vamos Príncipe. Es por aquí, al final de estas esca­leras. Le llaman el «Salón del Firmamento». Bueno, no sabes lo emocionados que están todos con tu regreso al hogar, después de tus viajes. Mejor que vayamos al mostra­dor. Nos servirán antes. ¿Cuál fue el último lugar en que estuviste?

—En el país del sol de medianoche —repuso Gewinner, sabedor, por la velada mirada de Violet, de que ésta no prestaba la menor atención a su respuesta, que, por cierto, era un embuste.

En realidad, el último lugar en que había estado era Manhattan, donde su preceptor y consejero, el doctor Greaves, fue víctima de una sobredosis de una droga que solía tomar para ampliar sus percepciones. Esta droga no sólo amplió las percepciones del doctor Greaves, sino que tam­bién las alteró un tanto, de modo que aquel excelente y mo­desto filósofo y doctor en Humanidades se tiró desde el te­jado de un edificio de cinco pisos, situado en el barrio de Turtle Bay, de Manhattan, como si obedeciera a una llama­da proveniente de los espacios siderales, lo cual probable­mente fue lo que creyó hacer.

En el mostrador, Gewinner pidió un campari con soda, pero no lo obtuvo debido a que el barman ignoraba la existencia de esta bebida. Violet demostró cierto matiz do­minante en su manera de ser al pedir al camarero dos «stingers», cócteles compuestos de brandy y extracto de menta. Se echó el suyo al coleto con tanta premura como si quisiera apagar un incendio, en el interior de su barriga, y, a continuación, dijo a Gewinner:

—¿Qué haces, Príncipe? ¡No has bebido ni siquiera lo suficiente para quitar la sed a un gorrión! Me beberé lo que has dejado.

Violet se echó al coleto el «stinger» de Gewinner, y dijo;

—Es lo que el médico me ordena y estoy siempre dis­puesta a obedecerle, y ahora más valdrá que vayamos co­rriendo al automóvil antes de que la familia pueda sospe­char que hemos estado en el bar.

En el automóvil, mientras se dirigían al hogar, si es que hogar se podía llamar a aquello, Gewinner siguió ad­virtiendo que el pueblo se había convertido en una ciudad, y que presentaba un aspecto totalmente desconocido para él. El parque, en el que anteriormente crecían cipreses, se había transformado en un recinto con suelo de cemento, en el que jugaban unos simios disfrazados de niño, o al menos esto creyó Gewinner.

Más para sí mismo que para Violet, Gewinner observó:

—Recuerdo que antes este parque era como un esce­nario de ballet. Quiero decir que había cisnes en el lago, y había grullas, garzas, flamencos, e incluso un pavo real siempre rodeado de varias pavas, y ahora no hay ni un ciprés, ni un cisne, y ni siquiera un lago para el cisne.

—Basta, basta, basta ya de tristes filosofías —dijo Violet.

—No filosofaba, me limitaba a recordar y a observar.

Gewinner dirigió una dura mirada a Violet, y se pre­guntó dónde había sido educada aquella mujer, caso de haber recibido educación alguna. Violet le oprimió el brazo, como si quisiera consolarle, y dijo:

—Me parece que no te das cuenta de que todos estos cambios se deben a «El Proyecto».

—¿Y se puede saber qué es esto exactamente?

—¡Príncipe! ¡No puede ser que hables en serio!

—Pues hablo totalmente en serio. En mi vida he oído ni media palabra acerca de «El Proyecto».

—No es verdad, porque te acabo de hablar de él. Y aho­ra vas a verlo, por lo menos la parte exterior. ¡Ahí! Es esto. mira.

El automóvil pasaba ante lo que parecía ser un enorme presidio destinado a delincuentes de la más peligrosa especie. El recinto estaba protegido por una alta tela metálica en la que había, aquí y allá, carteles que decían, PELIGRO, ELECTRICIDAD, y tras esta tela, unos hombres vestidos de uniforme, y acompañados por perros, paseaban de uno a otro lado. Parecía que los perros quisieran avanzar más aprisa que los hombres, y no dejaban de proyectar violen­tamente la cabeza al frente y de dirigir enfurecidas mira­das hacia atrás, a los hombres. Después, los perros volvían a mirar al frente, con una expresión que bien cabía calificar de ferozmente llameante. Tanto las cabezas de los hombres como las de los perros efectuaban ligeros movimientos gira­torios de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, como si hombres y perros hubieran asistido a la misma escuela de adiestramiento, y hubiesen salido de ella igualmente capaci­tados en el arte de la vigilancia, y resultaba difícil precisar cuáles eran las miradas más feroces, las de los guardas humanos o las de los perros.

Casi con acentos de exclamación, Gewinner dijo:

—Pero si aquí estaba la industria de mi padre, la fábrica de Baterías «Diablo Rojo».

Con evidente entusiasmo, Violet dijo:

—Sí, ¿no te parece maravilloso? Tu padre, el bendito de tu padre, tenía aquí la fábrica de baterías, pero ahora ha sido transformada en «El Proyecto», y quiero que sepas que tu hermano, Braden Pearce, es el mandamás. ¿No te pa­rece magnífico?

—¿Y qué se fabrica en «El Proyecto»?

— ¡Eres una monada, Príncipe! ¿De verdad que no sabes qué es lo que se hace en «El Proyecto»? ¡Pues ahí se fabrica una cosa que servirá para borrarlos a todos, a todos ellos, del mapa del mundo, y de una vez para siempre!

—¿Y quiénes son ellos?

—¿Quiénes van a ser? ¡Ellos, ellos, ellos! ¡No pueden ser otros! ¿Hablas en serio, Príncipe? ¿O es que intentas tomarme el pelo?

Gewinner oyó el sonido de un roce, y vio que Violet acababa de sacar una menuda agenda del bolso y que escri­bía algo en ella. Violet arrancó la página y la puso en la mano de Gewinner. El mensaje decía: «Cambia de tema, creo que en el automóvil han instalado una cinta magneto­fónica para espiarnos.»

Apenas había acabado Gewinner de leer este extraño mensaje, cuando Violet le arrancó el papel de la mano, lo estrujó, se lo metió en la boca, lo masticó, efectuó las con­tracciones precisas para tragárselo, tosió, oprimió un botón que puso en marcha una radio, se llevó las manos a la gar­ganta, y volvió a contraer los músculos del cuello, con pleno éxito en esta ocasión.

Inmediatamente después de esta curiosa serie de actos, o síndrome inevitable, Violet volvió a parlotear:

—¿Príncipe? ¿Gewinner? Me hubiese gustado que hu­bieras visto la cara de satisfacción que han puesto mamá y Braden cuando han sabido que de repente habías decidido regresar. Ha sido algo digno de verse. Mira, ya hemos llega­do. ¿Reconoces la casa?

El automóvil había penetrado en un sendero que ter­minaba ante un edificio de piedra gris, que tenía cierta semejanza, al parecer buscada de propósito antes que por mera casualidad, con algo similar a un viejo castillo sarra­ceno, puesto al día.

Ajustándose casi por entero a la verdad, Gewinner contestó:

—Es lo único que he reconocido desde que he bajado del avión.

En el curso de los días siguientes, sin necesidad de formular preguntas, y limitándose a escuchar y a unir di­versos fragmentos de conversaciones, Gewinner llegó a saber un conjunto de hechos que explicaban los cambios obser­vados en la ciudad, tales como aquel consistente en que la fábrica de baterías «Diablo Rojo», propiedad de su padre, hubiera sido transformada en una entidad llamada «El Pro­yecto», y que este «Proyecto» estuviera ocupado día y noche en la fabricación de una maravillosa y misteriosa arma de destrucción. El número de individuos empleados en «El Proyecto» era superior al de la población de la ciudad, en los tiempos en que Gewinner inició sus viajes. Hordas de científicos, técnicos, militares de alta y baja graduación, agentes del servicio de contraespionaje, obreros altamente especializados y obreros normales y corrientes, en cargos que ocupaban toda la escala jerárquica, trabajaban en las operaciones propias de «El Proyecto». Tal como dijo Violet, «El Proyecto» no sólo era grande, sino también el más gran­de de los proyectos, sin la menor exageración.

El personal de «El Proyecto» y sus familias se alojaban en unas viviendas de cemento, nuevas y de estructura cú­bica, denominadas «Alegría del Sol», y a su alrededor ha­bían surgido numerosos comercios, grandes y pequeños, para satisfacer las necesidades de aquella gente, y propor­cionarles sanos placeres, comercios que casi todos tenían nombres igualmente alegres, como «La Favorita», «Arco Iris», y «Pájaro Azul».

Uno de estos nuevos comercios, ni muy grande ni muy pequeño, era el parador de automovilistas llamado «El Muchacho Alegre», y se encontraba en una esquina, diagonalmente opuesto a la mansión familiar de los Pearce. Este parador fue lo que provocó, en Gewinner Pearce, con más fuerza que cualquiera de las restantes vulgaridades surgi­das en su ciudad durante su ausencia, la sensación de haber sido injuriado personalmente. El parador había sido cons­truido en terrenos propiedad de los Pearce. Braden, el her­mano menor de Gewinner, lo había arrendado, por un plazo de noventa y nueve años, a un compañero de adolescencia cuyo retrato en neones dorados sonreía y reía soltando grandes carcajadas, a intervalos de diez segundos, desde el ocaso hasta medianoche. Hay que tener en cuenta que aquella era la más distinguida calle residencial de la ciudad, y que el carcajeante retrato al neón del dueño del parador, se encontraba casi frente a la mansión de los Pearce. Gewin­ner, desde luego, jamás se había hecho falsas ilusiones acer­ca de la dignidad y elegancia de la casa de sus mayores, pero no por ello dejaba Gewinner de ser un Pearce, y el retrato al neón de «El Muchacho Alegre» le parecía una ofensa personal. Aquel retrato reía a carcajadas tan sonoras que superaban todos los sonidos, salvo los más ruidosos pasajes de la música sinfónica que Gewinner ponía por la noche en su aparato de alta fidelidad, a fin de calmar sus nervios. Además de las carcajadas, también había que con­tar con los bocinazos de los automóviles cuyos conduc­tores pedían, desde el amanecer hasta medianoche, que les sirvieran inmediatamente artículos tales como hamburgue­sas gigantes, costillas a la parrilla, maltas, bebidas de cola, cafés, etc. Quienes atendían a los automovilistas eran mu­chachas que a veces perdían el dominio de sus nervios, afec­tados por la constante presión de su tarea, y padecían ata­ques histéricos acompañados de gritos. Además, bastante a menudo, también se oía la quejumbrosa sirena de una ambulancia o de un automóvil policial, o ambas al mismo tiempo. Una vez la camarera histérica era transportada a toda velocidad al dispensario de la «Alegría del Sol», parecía que el «Muchacho Alegre» se partiera de risa ante el acontecimiento, y pese a que Gewinner comprendía muy bien cuan cómico era aquello, con comicidad evidentemente negra, lo cierto era que el Príncipe de los Pearce no podía evitar que las mecánicas carcajadas quitaran toda comi­cidad a aquellas escenas. Y, ahora, hagamos un pequeño paréntesis que nos retrotraerá en el tiempo.

Mientras Gewinner se dedicó a viajar, su madre le man­dó exactamente dos comunicaciones al año. Un cablegra­ma por Navidades y un cablegrama por Pascua de Resurrección, ambos dirigidos a las oficinas de la American Ex­press en Londres, capital que Gewinner visitaba de vez en cuando para proveer su guardarropía. El texto de estos cablegramas era muy pertinente. El de Navidades decía: «Cristo ha nacido. Te quiere, tu madre.» Y el de Pascua de Resurrección decía: «Cristo ha resucitado. Te quiere, tu madre.» En cierta ocasión, entre Navidades y Pascua, Ge­winner despachó un telegrama a mamá Pearce, cuyo texto pareció a ésta carente de significado. Este telegrama decía: «Querida mamá, ¿se puede saber qué hace ahora? Te quie­re, Gewinner.»

Sin embargo, debemos consignar que la correspondencia de mamá Pearce era mucho más locuaz de lo que estas dos notificaciones anuales, dirigidas a su viajero hijo, pare­cen indicar. Y «locuaz» es el mot juste, ya que las cartas y telegramas que dirigía mamá Pearce al exterior eran dic­tados a grito pelado a su secretaria particular, la menuda Miss Genevieve Goodleigh. Y «a grito pelado» es la expre­sión correcta, debido a que mamá Pearce dictaba su corres­pondencia mientras se sometía al tratamiento Vibra-Wonder, que producía mucho ruido y duraba tres horas segui­das, con el resultado de rejuvenecer durante unas cuantas horas a mamá Pearce.

Ahora, en esta específica mañana a la que nos ha lle­vado nuestro salto atrás en el tiempo, llegó un telegrama de Gewinner, pero mamá Pearce no prestó la menor atención al correo hasta después de aullar a la fenomenal Miss Goodleigh, su correspondencia. Y el término «fenomenal» es el que conviene con toda exactitud a Miss Goodleigh, ya que ésta era capaz de no perder ni media palabra de la correspondencia de mamá Pearce, incluso en aquellos mo­mentos en que el Vibra-Wonder funcionaba a la más alta de las cinco velocidades de que estaba dotado.



En aquella ocasión, en aquella específica mañana, mamá Pearce aullaba una carta dirigida a la más destacada dama de sociedad de la capital de la nación.

«Querida Boo: Supongo que ya sabrás que el Presiden­te, su esposa y su divina hija, Babe, pasaron en casa el úl­timo final de semana, y te juro por la salud de mi cuerpo y mi alma que las mujeres lo pasamos bomba mientras los hombres sostenían sus conversaciones al más alto nivel, sobre la crisis esa de Ghu-Ghok-Shu. Desde luego, en ante­riores reuniones ya había tenido ocasión de darme cuenta de que la primera dama es más divertida que una jaula de monos, y que, en términos generales, es la monda, pero esta última visita fue un partirse de risa constante. El mo­mento cumbre vino cuando nos fuimos todas al club Diamond Brite. Yo le dije a Mag: "La nave del Estado está en buenas manos, así es que más vale que nosotras no nos preocupemos demasiado de estos asuntos." Bueno, querida, pues te aseguro que no nos preocupamos lo más mínimo, no señora, y mientras el Gran Jefe y mi chico, esta mara­villa que tengo por hijo, Braden, discutían sobre dónde dar el próximo golpe y con qué darlo, te aseguro que por la guasa que hicimos cualquiera hubiera dicho que lo más gra­ve que ocurría en el mundo era algo así como una cacería de gorriones, con merienda. Lo pasamos cañón con un par de conjuntos de jazz, y luego vino el conjunto ese de los Wildcat Five, que son el último grito, y luego vino un negro que se puso allí para que le tirásemos pelotas de baseball a la cabeza, y que, cuando le dábamos, se caía a un tanque de agua fría, y luego hubo un combate de boxeo entre dos canguros, arbitrado por un perro. ¡ Fue la caraba! Y ahora viene lo bueno. No puedes siquiera imaginarlo. De repente, cuando estábamos pasándolo en grande, en el momento cumbre, se abren las puertas y aparece mi chico, Braden, empujando un barril con ruedas, pintado de rojo, blanco y azul, con el Jefe dentro, y el Jefe iba disparando dos pisto­las. Estaban contentos como un par de chicos que vinie­ran de pegarle fuego a la escuela, y te juro, querida, que los fotógrafos y los periodistas lo pasaron de narices, se pusieron como locos, y el pandemónium fue de locura, y todos estábamos salidos de madre, hasta que de pronto, la orquesta comenzó a tocar el «Babe's Stomp», en honor de Babe, y Babe va y se lanza como una bala sobre mi chico, Braden, y se pega a él, en un abrazo de oso, con tanta fuerza que, por un momento, temí le fuera a romper un par de costillas. Oí que Babe gritaba: "Anda, baila el stomp conmigo, pequeño." Y los dos empezaron a patear la pista. Lo mejor fue cuando, sin querer, tropezaron con la segunda invitada de honor y la tumbaron sobre la mesa, allí donde estaban los pasteles y los dulces. Entonces, Babe ordenó a la orquesta que tocaran un número lento que se llama «El apretón», bueno, y, ¿cómo voy a decírtelo, querida Boo?, en fin, tú ya sabes que yo no me azaro fácilmente, y que, por otra parte, sería muy difícil encontrar a una primera dama tan moderna y al día como Mag. Sí, pero fíja­te en lo que me dijo Mag. Mag fue, se inclinó hacia mí y me dijo: "¿Ves lo mismo que estoy viendo, Nelly? Mi hija y tu hijo están bailando tan juntos que ni siquiera cabe un sello de correos en medio: y fíjate cómo se miran. Me dan ganas de llorar, igual que si estuviera en una boda." ¿Qué te parece, Boo? Estoy segura de que sabes ver la trágica ironía de este asunto. La pobre Violet jamás ha tenido personalidad suficiente para ocupar en la vida la po­sición en que ahora se encuentra. Quiero decir que la pobre chica se ha visto, así, de improviso, en una posición que su­pera en mucho los límites de su manera de ser, y que sería mucho más feliz si reconociera que ha rebasado sus posibi­lidades reales. Sin embargo, opino, mi querida Boo, que nos encontramos ante una tragedia que todavía podemos evitar. Si Braden y Babe sienten una atracción tan poderosa, y si ha bastado que se relacionen un poco para que se den cuen­ta de ello, yo creo que esto es un signo de que el destino lo quiere así, y estimo que estamos moralmente obligados a darles ocasión de que se vean más a menudo. Te lo digo porque ahora me encuentro en una situación que me permite que este par se vean más, y que esto puedo hacerlo aquí mismo, en casa, y puedes estar segura de que sería mucho más difícil conseguir que Braden y Babe no se vieran que conseguir que se vean. ¿Comprendes lo que quiero decir, Boo? Ya sé que esta pregunta es superflua porque si no comprendieras lo que quiero decir, ello significaría qué eres más ciega que diez murciélagos de noche y en un cam­panario, lo cual no es tu caso, Boo, ni mucho menos. Tu visión y tu máquina de pensar han sido siempre de prime­ra calidad. Creo que si proporcionamos a la pareja unas cuantas ocasiones de que se vean en banquetes y demás, ahí, donde tú estás, y en unas cuantas juergas y comilonas, aquí, podemos salvar la vida de dos seres jóvenes que la provi­dencia creó el uno para el otro. Y, ahora, Boo, guarda el se­creto de lo que te acabo de contar, pero si crees, tal como yo creo, que mis planes son maravillosos, hazme el favor de mandarme un telegrama con una sola palabra: "maravillo­so". Y si tienes reservas o dudas, contéstame con otra pa­labra: "oscuro". Y...»

En este instante, Miss Goodleigh, gritó:

— ¡Se me ha roto la punta del lápiz!

—¡Maldita sea! —exclamó mamá Pearce —. ¿Qué diablos pasa esta mañana que nada funciona como es debido?

Miss Goodleigh, que nunca había oído hablar con tanta violencia a su ama, se echó a llorar, y se refugió corriendo en el cuarto de baño, para serenarse un poco.

Mientras la secretaria permaneció ausente, mamá Pearce terminó su tratamiento de Vibra-Wonder y, por no tener otra cosa que hacer, cogió con distraído ademán un telegra­ma llegado aquella mañana. Se trataba del telegrama de Gewinner. Decía así: «Querida mamá: He quedado atónito y entristecido al enterarme de que papá ha volado a los cielos, para ocupar el palacio que allí tenía preparado. Considero que es mi deber acudir a tu lado en estos mo­mentos de dolor, y permanecer junto a ti todo el tiempo que sea necesario a fin de solucionar el imprevisible problema de la reducción de que ha sido objeto mi presupuesto de gastos de viaje. No mates el más cebado de tus terneros, pero ten por seguro que volveré al hogar dentro de muy pocos días. Te mandaré telegrama diciéndote día y hora. Te quiero mucho, Gewinner.»

—¡El Señor se apiade de nosotros! —gritó mamá Pearce.

Y, en un instante, se dio cuenta de que en el telegrama no constaba número de teléfono ni señas que le permitieran comunicar al Príncipe que no tenía ninguna necesidad de su presencia para que la consolara en su nuevo estado de viu­dedad.

Y, ahora, retrotrayéndonos un poco más en el tiempo, digamos que Gewinner se había dedicado a viajar por el ancho mundo desde aquella primavera, correspondiente al decimosexto año de su vida, desde aquella mañana primave­ral, en que su preceptor y consejero, el fallecido doctor Horace Greaves, había logrado convencer a papá y a mamá Pearce, con suma rapidez y facilidad, de que su primogéni­to, el Príncipe de la torre, aprendería mejor los grandes te­mas de Humanidades si viajaba, si los estudiaba en tierra y mares extranjeros. Apenas el fallecido doctor Horace Grea­ves hubo abordado el tema, fue interrumpido por la tonante voz del fallecido míster Pearce, quien manifestó: «Magnífi­co, maravilloso, formidable, por el amor de Dios póngase en marcha inmediatamente...» Y, casi al mismo tiempo, mamá Pearce tocó el timbre convocando al mecánico, a fin de que, a velocidad de rayo, transportara a su hijo y al pre­ceptor al aeropuerto, y no les perdiera de vista hasta que estuvieran encerrados en el avión, y el avión hubiera despegado.

De esta manera comenzó Gewinner sus viajes en com­pañía del mencionado preceptor y consejero.

En el curso de estos viajes, Gewinner creció y se desarrolló, pero el preceptor y consejero contrajo una afección nerviosa, complicada con pertinaz insomnio, que culminó en un colapso, seguido de varias recaídas, y, por fin, tuvo que recluirse en un sanatorio de Baviera, especializado en la cura de enfermedades nerviosas mediante un tratamiento de hielo. El pobre doctor Greaves se pasó tres meses en­vuelto en hielo, con la temperatura rebajada a la propia de los peces y los lagartos, y, durante este frío período de la estoica vida del doctor en la tierra, Gewinner se las arregló, no se sabe cómo, para ser admitido en la Navy. Su perma­nencia en la Navy fue de duración notablemente breve, ya que duró unos diez días, minuto más minuto menos. Después, Gewinner reanudó su vida civil, y su nombre y apellidos, así como todos los datos a él referentes, fueron borrados de los archivos del ejército del mar, igual que si Gewinner no hubiera existido jamás.

Entonces, Gewinner mandó un telegrama al doctor Grea­ves: «Sal del hielo y volvamos a la carga.» Y se dio la feliz coincidencia de que el telegrama llegó a manos del doc­tor Greaves el mismísimo día en que éste fue extraído del hielo, y, aun cuando el distinguido universitario, humanista y educador no había tenido todavía tiempo de deshelarse del todo, lo cierto es que tenía tantos deseos como Gewin­ner de volver a la carga otra vez, especialmente rumbo a te­rritorios ecuatoriales.

Pero ocurrieron dos acontecimientos, casi simultáneos, que retrasaron la reanudación de los viajes de los dos hom­bres, aunque mejor sería decir que cancelaron definitiva­mente estos viajes. Uno de estos acontecimientos ha sido ya mencionado, y se trata del fatal accidente de que fue víctima el doctor Greaves en el barrio de Turtle Bay, Man­hattan, que irónicamente se produjo en un banquete de des­pedida, celebrado en el terrado de una casa de cinco pisos, banquete en el que el principal y único plato fue una es­pecie de hongo, más o menos emparentado con las setas, bajo cuya influencia el buen doctor se tiró de cabeza desde el terrado, igual que un paracaidista, y terminó sus terre­nales desplazamientos en el inexorable límite del pavimen­to. Sin embargo, el segundo acontecimiento no ha sido to­davía mencionado. Consistió en una información que un empleado bancario proporcionó a Gewinner, según la cual el cuerpo del padre de éste había sido sembrado reciente­mente en el huerto familiar destinado al definitivo reposo de los Pearce, y todas las propiedades habían pasado a la ad­ministración y usufructo de mamá Pearce y de su hijo me­nor, Braden. Esta última circunstancia afectó profundamen­te a Gewinner, ya que significaba que la cuantía de los giros que recibía no sería suficiente para permitirle el elegante es­tilo de vida que había llevado hasta el momento, y los viajes a uno y otro lugar de la superficie de la tierra.

Con muy buen sentido, Gewinner intuyó que si pasaba una breve temporada en el hogar de sus mayores, pronto conseguiría convencer a su hermano y a mamá Pearce de que más les valdría permitirle proseguir sus viajes al estilo opulento a que estaba acostumbrado.

Pese a que el hermano de Gewinner tenía un año menos que éste, lo cierto es que Braden Pearce gozaba de la ma­durez propia de un hombre con familia, en tanto que Gewin­ner conservaba una apariencia grácil y adolescente, gracias a su delgadez, así como a la calidad de su piel, que era tan suave que parecía carecer de poros, de igual manera que la seda más pura parece no haber sido tejida.

Gewinner se alojaba en aquella torre de piedra gris, parte de la mansión familiar, que había sido diseñada de tal manera que recordaba un castillo medieval, con cierto aire de pop-art. Gewinner se había mudado a esta torre en los primeros años de su adolescencia, a fin de estar todo lo alejado de la familia Pearce que la geografía de la mansión permitía. Y consiguió que pusieran en aquel edificio una es­calera de hierro, para caso de incendio, casi tan empinada como una escalera de cuerda, que unía el jardín con una de las ventanas de la torre, a fin de que sus inquietas idas y venidas nocturnas no fueran advertidas por la familia. Refi­namientos como éste eran la causa de que sus familiares, animados por mezclados sentimientos de pasmo y burla, le llamaran el Príncipe.

Braden Pearce tenía el aspecto que suelen adquirir los jugadores de fútbol norteamericano cuando se dedican a los negocios y llevan ya varios años casados. Grueso, embrute­cido y con el rostro cada día más congestionado, Braden Pearce estaba en trance de convertirse en uno de estos hombres con aspecto de toro que vencen cualquier oposición a sus deseos, gracias únicamente a su peso físico y a la ener­gía de sus propósitos, hasta el momento en que, a los cua­renta y cinco o cincuenta años, el alcohol les ha suaviza­do, y hasta el momento en que, a los sesenta años, el cora­zón les falla definitivamente.

En los días a que nos referimos, Braden se encontraba en la cúspide de su capacidad viril. Por las mañanas, su esposa, Violet, presentaba un aspecto pálido y humedecido, igual que si hubiera pasado la noche en un baño de vapor. Para desdicha de Gewinner, el dormitorio de su hermano y su cuñada se encontraba exactamente debajo de la habi­tación que ocupaba en la torre, y la pareja hacía unos ruidos propios de bestias de la selva, en sus noches conyu­gales, que eran casi todas las del año. Braden, en sus me­jores momentos, aullaba y maldecía. Y Violet, en los suyos, gritaba como cien faisanes juntos. Al parecer, Braden y Vio­let también rodaban de un lado para otro, y derribaban cuanto había en las mesillas de noche. Algunas noches, mamá Pearce llamaba a la puerta del dormitorio, y decía: «¿Os pasa algo? ¿Hijo mío, Violet, os pasa algo?» Ningu­no de los dos contestaba inmediatamente. Violet sollozaba y hacía ruidos como si la estuvieran estrangulando, en tanto que Braden maldecía y jadeaba, durante un minuto más o menos, antes de contestar la angustiada pregunta de mamá Pearce, tras la puerta. Por fin, los dos contestaban con voces roncas: «No, no, mamá, no. Estamos bien. Anda, vuélvete a la cama.»

Una noche, una señora viuda y su hijo soltero, apellida­dos ambos Fisher, que vivían en la casa contigua, fueron a la de los Braden para jugar una partida de bridge, partida que todavía duraba en el momento en que Violet y Braden se retiraron a su dormitorio. Gewinner intervenía en esta partida debido a que le gustaba demostrar que su inteli­gencia superaba a la de su madre en el juego del bridge. Y estaban todos jugando cuando los aullidos, maldiciones y exclamaciones sacras y seculares comenzaron a estremecer el castillo. Mamá Pearce empezó a carraspear con vigor y, después, pidió a Gewinner que pusiera en marcha el alta fidelidad, pero Gewinner esbozó una perversa sonrisa y dijo:

—Mamá, la música me impide centrar la atención en el juego.

—Pues yo creo... —dijo mamá Pearce.

Pero no pudo terminar la frase porque en aquel preciso instante un objeto muy pesado, probablemente Braden, cayó al suelo del piso superior, y del techo se desprendió una lluvia de yeso que fue a caer sobre la mesa de bridge, mien­tras la gran lámpara de cristal se balanceaba como un pén­dulo, dicho sea exagerando muy poco. La vecina, que era la compañera de Gewinner en el juego, emitió repetidos golpes de tos, y, sin dejar de sacudirse el polvillo de yeso que cu­bría sus ropas, dijo que le picaba la garganta.

Con un rígido intento de sonrisa en sus labios tensos, mamá Pearce dijo:

—Vaya... Compañero, tengo que pasar.

Luego, incapaz de aprender las realidades de la vida, mamá Pearce se levantó de la mesa, se excusó y subió las escaleras para ir a llamar a la puerta del dormitorio de la joven pareja.

Desde abajo, se oyó la voz de mamá Pearce;

—¿Hijo? ¿Violet?

Y antes de que pudiera preguntarles si les pasaba algo malo, se oyó la voz de Braden, fuerte como un trueno, que resonó en toda la casa:

—¡Maldición!

Y la aguda voz de Violet:

— ¡Que me caigo!

La pareja de mamá Pearce, en el juego de bridge, nervio­so individuo soltero que bordeaba los cincuenta años, es­taba ruborizado y tembloroso, debido a que escenas de esta naturaleza son muy embarazosas para los muchachos sure­ños, cuando se encuentran en presencia de sus madres. El chico se olvidó del juego, y comenzó a jugar cartas que parecía eligiese el azar. Desde el momento en que la vecina anunció que le picaba la garganta nadie pronunció ni media palabra, pero su hijo y ella se turnaron en la tarea de toser. Entonces Gewinner comenzó a hablar, aunque lo hizo de un modo que parecía meditara en voz alta. Abordó un tema que no guardaba ninguna relación con los juegos que se desarrollaban arriba y abajo. El discurso de Gewinner fluía fácil de sus labios, que dibujaban una sonrisa propia de Hamlet o de Mona Lisa, aun cuando quizá tuviera también cierto matiz malévolo, cierto matiz de salvaje serenidad. En aquel monólogo curiosamente elíptico, pronunciado bajo la oscilante araña de cristal y la ininterrumpida lluvia de polvo, dijo cosas que jamás hubieran podido resistir el aná­lisis de una mente dedicada al cultivo de la lógica, caso de haber sido escritas — tal como ahora lo son—, y que pa­recían proceder de un cinta magnetofónica en la que se hubieran grabado las más libres asociaciones surgidas en la mente de un romántico alucinado.

Como si se dirigiera a la vecina, Gewinner dijo:

—Mi querida señora Fisher, el curso de la historia cam­bió el día en que una unidad de tropas mercenarias de in­fantería, equipadas con una nueva arma llamada ballesta, apareció sobre el campo de batalla, y los soldados hincaron la rodilla entre las florecillas salvajes que salpicaban con sus colores el césped perlado de rocío de cierto campo de la región de Normandía, si no me equivoco, que pasó a la historia con el nombre de Campo de Agincourt...

—Mamá, ¿eran cinco corazones?

No hijo, eran cinco diamantes. Antes de que...

—Oh...

Gewinner siguió hablando serena e ilógicamente.



—Sí, los soldados de infantería no se dedicaron a cortar las flores del campo y probablemente ni siquiera se dieron cuenta de su existencia, sino que pusieron las flechas en los arcos, y las mandaron volando hacia un escuadrón de ca­balleros con armadura y yelmo con plumas, y en aque­lla límpida mañana comenzó un período histórico que seguramente no se cerrará en tanto haya seres humanos sobre la tierra. Las flechas dieron en el blanco con terrible exactitud, la carga de los caballeros fue detenida, las tropas mercenarias de a pie alzaron la rodilla del campo perlado de rocío, corrieron al frente, volvieron a arrodillarse entre las flores del campo, y de nuevo dispararon sus silbantes fle­chas contra sus enemigos ataviados de blanco y de plata, en el Campo de Agincourt. Imagino que aquello fue algo muy parecido a pasar de jugar al ajedrez a jugar a damas. Me refiero, claro está, al gran juego de bandos rivales que se desarrolla en el mundo. ¿Es lógico lo que digo? Lo dudo mucho. Pero como sea que nadie me escucha, la lógica carece de importancia. Siempre he creído que en el hecho de que esta casa fuera construida de modo que recordara un castillo medieval, intervino cierto romanticismo enloquecido, pero la situación ha llegado a un absurdo excesivo gracias al parador «El Muchacho Alegre», emplazado aquí, frente a este fingido castillo. La última vez que vine a casa, en la torre del castillo ondeaba una bandera de seda blanca, en forma de triángulo, acabado en dos puntas bifurcadas, con un escudo y él motto Carpe Diem, que significa «Apodérate del día». Todo lo cual me hace sospechar que quizá más allá del sol y bajo nuestros pies, en el centro de la tierra, no hay dos nobles misterios sino un par de libros humorísticos. Sin embargo, en cuanto a mí hace referencia, debo confesar que, cuando salgo solo de noche, me parece que hay algo más allá de las estrellas que mi vista alcanza a ver, y algo bajo mis pies, en lo más hondo de la tierra. No sé a qué se debe. Quizá todo radique en el placer de apartarme un poco de este falso castillo medieval y de «El Muchacho Alegre».

—Perdona, ¿decías algo? —dijo la señora Fisher. Gewinnner repuso:

—Pues estaba diciendo que cada vez que la tierra da un giro alrededor de su eje, un empleado celestial, un empleadillo mal pagado, traza un signo menos junto al sím­bolo que allá se utilice para representar el síndrome de Don Quijote, o como le llamen allá arriba, y que no sé si los ángeles se ponen a llorar o a cantar, cuando el empleadillo marca el signo.

El hijo de la vecina habló:

—¿Qué dices, Gewinner? Tampoco te escuchaba.

—Bueno, lo que decía es algo que tiene tan poco signi­ficado como los murmullos de un cura agnóstico en el acto de celebrar misa, pero alguien tenía que decir algo, y por esto he dicho que al otro lado de la calle, ante la Fantasía de los Pearce, hay una verdadera joya de la arquitectura neocolonial que se ha hecho famosa por sus costillas a la parrilla, por sus pollos en cesta, por sus pasteles de choco­late espeso como el cemento recién mezclado, y por el café hirviente y aromático. Y os aseguro que no exageraré si os digo que este establecimiento es tan ruidoso, bueno, casi tan ruidoso como Violet y Braden, o por lo menos es tan ruidoso, o casi, cuando salen los empleados que tra­bajan en uno de los turnos de «El Proyecto» para ceder su puesto al turno siguiente, vamos a ver, doblo, redoblo, y habéis perdido siete, lo cual no dejará de ser un grave golpe para mamá, cuando baje del piso de arriba.

Los ruidos en el piso superior no habían cesado todavía, y los Fisher, madre e hijo, habían dejado de tener el rostro de color rojo y ahora lo tenían blanco como el papel. Pero la viuda Fisher consiguió hablar, y de nuevo preguntó a Gewinner qué había dicho mientras ella estaba con la atención fija en las cartas. Gewinner contestó:

—Nada, tonterías. He hablado sólo para oír mi propia voz, ya que cuando juego a las cartas me es mucho más fácil concentrarme si digo bobadas. Cuando mamá Pearce regre­se de su infructuoso intento de recortar las alas de Eros, le voy a proponer algo. Le propondré que instale un órgano en el dormitorio de Violet y de Braden, de manera que el instrumento quede oculto tras un biombo o un tapiz. El organista llegará por una escalera secreta, penetrará en el dormitorio por una puerta corredera disimulada y, cuando Violet y Braden se retiren antes de que los invitados hayan abandonado al castillo, el organista interpretará el Aleluya del Mesías de Hendel, o la Cabalgata de las Valquirias de Wagner. Sí, ahora Violet grita como cien faisanes juntos, y Braden muge igual que un luchador de lucha libre, de esos que representan el papel de villano, cuando su con­trincante la retuerce un pie. Maravilloso, sí, maravilloso. Cuando estuve en la Navy durante varios días, trabé amis­tad con otro recluta que me enseñó una fotografía de su hijo, un bebé, y me dijo que lo había engendrado una noche en que apoyó ambos pies en la pared. Bueno, ahora parece que los dos se retiran para reorganizar sus fuerzas, y que mamá Pearce se dispone a bajar las escaleras. ¿Quién jue­ga? ¡Oh, me toca a mí! Y conste que anteriormente he jugado mientras nadie prestaba atención a mis inconexas meditaciones.

Mamá Pearce entró en la estancia y dijo, en voz muy alta y alegre que contrastaba con la cortante dureza de su mirada:

—Bien, bien, bien...

—¿Qué pasaba, mamá? —preguntó Gewinner.

—Bueno, nada importante. Estaban jugando igual que dos críos al salir de la escuela.

La viuda de la casa vecina dijo con voz átona:

— ¡Qué encantador!

—¿Compañero, hemos terminado una partida? —pre­guntó mamá Pearce—. ¿Sí? Bueno, pues entonces, ¿por qué no hacemos cuentas, y tomamos las últimas copas?

Gewinner propuso:

—Mamá, ¿por qué no vamos al parador de enfrente y pedimos pollo con patatas fritas? Está tan cerca, resulta tan cómodo...

—Vamos, vamos, Gewinner. Más valdrá que cuando estés en casa, entre viaje y viaje, vayas acostumbrándote a la existencia del parador. No olvides que estará aquí du­rante noventa y nueve años, por lo menos.

—A lo mejor lo han puesto aquí con la intención de evitar que alguien vuele prematuramente «El Proyecto» —murmuró Gewinner, y, en voz alta, añadió—: Mamá, te hemos vuelto a ganar. Así es que más valdrá que, antes de preparar estas últimas copas, saques ochenta y seis dóla­res en billetes verdes, y cuarenta y siete en calderilla, por­que tanto mi compañera como yo no estamos dispuestos a aceptar un cheque o un vale.

Gewinner se había levantado ya de la mesa, y se había echado sobre los hombros un pañuelo de seda blanca que, por su tamaño, parecía una sábana, y que era tan impeca­blemente suave como su propia piel. Y ahora Gewinner se ponía un abrigo negro que su compañera de bridge, la viuda de la casa de al lado, tocó con ademán de incre­dulidad, mientras decía:

—Pero si este abrigo es de...

En el momento en que la vecina iba a decir «moaré», alguien llamó a la puerta, y una voz gritó:

—¡ El encargo del parador!

—Hablando del rey de Roma... —dijo Gewinner.

El encargo consistía, como de costumbre, en dos raciones de pollo en cesta y patatas fritas. Esto era lo que Braden pedía siempre, cuando él y Violet daban fin a un vigoroso asalto más a la enorme y oscura fortaleza de la inercia que domina la dinámica de la existencia, dicho sea de un modo un tanto retórico. Saber con exactitud lo que Braden sentía al terminar uno de estos furiosos asaltos a la fortaleza de la inercia era algo que únicamente podía conseguirse pregun­tándoselo al propio Braden, y era muy dudoso que éste diese una respuesta coherente, incluso en el caso de que lo intentara. Lo más probable era que Braden se sintiera como un gallo encaramado en una empalizada, en el ins­tante de ver los primeros signos del alba. De todos modos, una cosa era segura. Mientras Braden todavía jadeaba, cogía el teléfono que tenía en el dormitorio y llamaba al parador. Siempre decía: «Hola Billy, trae lo mismo de siempre.» Y Violet siempre decía: «Yo no quiero patatas fritas.» Pero Braden hacía caso omiso de las palabras de su mujer, debido a que nunca le había asustado comerse dos raciones de patatas fritas. Al otro extremo del hilo, Billy contestaba: «Voy inmediatamente, muchacho.»

Este encargo siempre era cumplimentado personalmente por el propietario del parador. El «Muchacho Alegre», el, propio Billy, llevaba las dos cestas humeantes al dormitorio de Braden Pearce y su mujer, y, muy a menudo, se queda­ba allí alrededor de una hora, dedicado a tomar copas en compañía de Violet y de Braden, y a recordar con éste las espectaculares bromas y jugarretas que hacían en los días y las noches de su adolescencia, tales como aquella de una festividad del día de difuntos, en que fueron al cementerio de los negros, desenterraron a un predicador que había sido enterrado el día antes, y pusieron su cadáver al lado del féretro, en la escalinata de la iglesia en que predicaba, con un gran cartel clavado en el ataúd, que decía:

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