Umberto Eco Traducido por Francisco Serra Cantarell


§ 1.3.), es decir, de un uso concreto de la lengua por parte



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§ 1.3.), es decir, de un uso concreto de la lengua por parte 
de los destinatarios, la psicolingüística se ocupa hoy de estas 
posibilidades evocativas de un término (cf. O
SGOOD
,
 
S
UCI

T
ANNENBAUM
,
 
1957) y a veces establece tests para definir la 
lista de asociaciones emotivas vinculadas a un término deter- 
minado. 
Con  todo,  si  muchos  de  los  que  hablan  (por  estadística,  la 
mayoría) reaccionan de manera determinada al estímulo emo- 
tivo constituido por un término, ¿no será porque ya a nivel 
de la lengua el signo adquiere por convención algunos signifi- 
cados adyacentes? Coseriu (cf. el párrafo precedente) sugiere 
que esta atribución se establece a nivel de la norma, conven- 
ción mediadora entre el sistema abstracto de la lengua y el 
ejercicio del habla. 
Hjelmslev (1943) ha definido como 
semiótica connotativa 
una semiótica cuyo plano expresivo es una semiótica
.
 
Esta de- 
finición, que se expresa así: 
significante significado 
significante significado 
puede ser representada por el siguiente ejemplo: 
Cuando cruzo una calle con semáforo, sé que /rojo/ signi- 
fica «no pasar» y /verde/ significa «pasar». Pero sé también 
que la orden de /no pasar/ significa «obligación», en tanto 
que el permiso de /pasar/ significa «libre elección» (tam- 
bién puedo no pasar). Además, sé que /obligación/ significa 
«pena pecunaria»; en cambio, /libre elección/ significa, pon- 
gamos por caso, «decídase de una vez». Esta mecánica semió- 
tica hace que existan significantes luminosos, cuyo plano de 
significado está constituido por oposiciones de carácter viario. 
El conjunto del signo (señal luminosa más disposición viaria) 
se convierte en significante de una situación jurídica, y el con- 
 
98

junto de los precedentes se convierte en el significante de und 
incitación emotiva («se le multará» o «decídase de una vez»), 
de acuerdo con este esquema: 
 
castigo            significante de 
          significante de 
decisión 
obligación          significante de 
  significante de 
libre elección 
no pasar 
rojo 
verde 
pasar 
                     S                s                s                S 
 
99
El primer nivel de significantes–significados constituye una 
semiótica denotativa
.
 
El segundo nivel es una 
semiótica conno- 
tativa 
en la que los significantes son signos (significantes + sig- 
nificados) de una semiótica denotativa. El tercer nivel es una 
semiótica connotativa a la segunda potencia cuyos significantes 
son signos de una semiótica que es denotativa respecto al nivel 
más alto, pero que ya es connotativa según el nivel más bajo. 
El que todo el sistema lingüístico esté o no constituido por 
equivalencias de este tipo, es un problema no distinto del que 
ya hemos examinado, y que se refería al universo de la subs- 
tancia del contenido y a su formalización, o sea, a la existencia 
de sistemas semánticos. Si existen (y en la medida en que pue- 
den ser postulados), utilizamos los signos precisamente porque 
han sido convencionalizados con asociaciones de esta clase. Por 
estos motivos, un funcionario del servicio sabe que si escribe 
/stop/ en una señal de tráfico suscitará connotaciones de 
prohibición y temores de penas pecunarias. Por este motivo, 
un escritor sabe que si introduce el término /mamá/ en un 
texto, será muy difícil eliminar las connotaciones asociadas a la 
denotación primaria del término. Tanto es así que cuando no 
se han de asociar sentimientos de ternura y confianza a la ma- 
dre (el caso de 
Medea
),
 
las tensiones dramáticas surgen pre- 
cisamente por la presencia de estas connotaciones, que niegan 
otros aspectos del texto, aunque sin eliminarlas del todo. El 
uso connotativo del signo es fundamental y a lo más podríamos 
preguntarnos si existen signos no connotativos, puramente de- 
notativos. Incluso un signo como +, que parece un 
formador
 

puramente denotativo y estrictamente 
unívoco
,
 
adquiere un 
fuerte valor connotativo en cualquier 
partida doble
,
 
donde sig- 
nifica «ganancia» si se coloca en la columna del 
Haber
,
 
y «pér- 
dida» si se coloca en la del 
Debe

Aplicando la misma mecánica, Hjelmslev explica la natu- 
raleza de un metalenguaje, que es 
una semiótica cuyo plano del 
contenido es una semiótica:
 
 
significante Significado 
significante Significado 
 
En las páginas precedentes hemos utilizado metalingüística- 
mente los significantes de nuestra lengua, para indicar y descri- 
bir la relación entre significante y significado que existe en el 
código del semáforo. Antes habíamos utilizado metalingüísti- 
camente significantes algebraicos (+ y –) para indicar las re- 
laciones entre significantes y significados en el lenguaje verbal. 
3.12. 
Las articulaciones de los signos no lingüísticos
 
Hemos visto cómo el modelo estructural teóricamente puede 
aplicarse también al sistema semántico, es decir, a la organiza- 
ción del significado. Ahora nos hemos de preguntar hasta qué 
punto el mismo modelo estructural (dado en el ámbito lingüís- 
tico) es aplicable a todos los sistemas de signos. El esfuerzo más 
interesante que se ha hecho en esta dirección es el de Prieto, 
en la línea de Buyssens, aunque con mayor rigor lógico (P
RIE

TO
,
 
1966). Sin embargo, Prieto se ha limitado a sistemas de sig- 
nos artificiales y arbitrarios, como las señales de carretera o los 
números del tranvía y de las habitaciones de hotel, las señales 
con banderas, etc. No ha definido sistemas (si es que son sis- 
temas), como los signos icónicos, por lo cual, cuando en sus 
análisis tropieza con un signo icónico, lo clasifica como una 
entidad indivisible, o mejor, como un sema, en el sentido de 
 
100

Buyssens. Pongamos como ejemplo un sistema comunicativo 
bastante sencillo, como es el de los números de las habitaciones 
de  hotel.  El  número  /77/  índica  con  toda  evidencia  una  habi- 
tación precisa y por lo tanto tiene un significado (además de 
un referente), porque el portero asocia al significante una ima- 
gen mental, una traducción a otros signos, una descripción, algo 
que puede definirse como un significado. 
¿Cuál es el significado de /77/ en el código del hotelero? 
Significa «la octava habitación del séptimo piso». El primer 
7 indica el piso y el segundo 7 indica la octava habitación de 
aquel piso (la numeración empieza por 70). Naturalmente, si el 
hotel tiene habitaciones en la planta baja, el primer 7 podría 
significar sexto piso, a menos que la planta baja tuviera la nu- 
meración 00, 01, 02, etc. Sea como fuere, estamos ante un 
código de una sola articulación: sus monemas son números sin- 
gulares, que expresan piso o habitación, según la posición, y 
que se articulan en sintagmas significativos como /77/, sin que 
los monemas puedan descomponerse ulteriormente en unidades 
sin significado equivalentes a los fonemas (aunque Hjelmslev 
ha decidido denominar 
figuras 
a estas unidades elementales, 
que en otros códigos no son fonemas). En cambio, veamos un 
código que establezca el significado de los números de auto- 
buses urbanos: el signo /77/ podría significar «de plaza de 
Catalunya a Les Corts». /77/ es un monema que no se puede 
combinar en una articulación más amplia y que a pesar de todo, 
es resultado de la combinación sintagmática de unidades de 
segunda articular (/7/ y /7/)
 
que individualmente no significan 
nada y que sólo tienen un valor diferencial en relación a /6/ 
y a /8/. 
Otro ejemplo es: 
 
 
101

Se trata de un enunciado complejo que dice «Prohibido a 
los ciclistas». Se compone de dos signos menores, un círculo 
blanco con franja roja que significa «prohibido» y una bicicleta 
que significa «la orden se refiere a los ciclistas» o bien «ciclis- 
tas». Este es un enunciado que procede de un código que sola 
mente tiene primera articulación. Franja roja en campo blanco 
y dibujo de una bicicleta, no pueden descomponerse en ele- 
mentos menores no significantes, y cada uno tiene su signifi- 
cado autónomo; juntos se combinan en una primera articula- 
ción y podrían dar lugar a significados diversos: por ejemplo, 
el círculo rojo con la imagen de un camión podría significar 
«prohibido a los vehículos pesados». 
Prieto hace una clasificación minuciosa (basada en reglas de- 
conjuntos) de los diferentes signos y distingue entre: 
a) 
Códigos sin articulaciones
.
 
Ejemplos: 
códigos de sema único: 
el bastón blanco del ciego, que significa por 
oposición presencia–ausencia del sema; 
cód gos de significante cero: 
el estandarte del almirante significa 
i
«presencia del almirante a bordo», y su ausencia significa «almirante en 
tierra»; 
semáforo: 
cada enunciado significa una operación a realizar (rojo sig- 
nifica  prohibido  el  paso,  etc.),  pero  el  enunciado  no  se  articula  ni  en 
signos ni en figuras más elementales; 
b) 
Códigos con sólo la segunda articulación
.
 
He aquí algunos ejem- 
píos: 
líneas de autobús con dos números: 
véase el ejemplo analizado antes. 
señales navales de brazos: 
las diferentes inclinaciones de los dos bra- 
zos son figuras que se componen para formar signos dotados de significa- 
do; pero el significado de estos signos es una letra del alfabeto y la 
articulación sucesiva de las letras ya no depende de las reglas de este 
código, sino de las del código lingüístico. 
c) 
Códigos con sólo la primera articulación
.
 
Algunos ejemplos: 
numerac ones de habitaciones de hotel: 
véase el ejemplo analizado
i
señales de carretera: 
véase el ejemplo de la prohibición a los ciclistas 
numeración decimal: 
funciona como la de las habitaciones de hotel. 
por decenas y unidades. 
d) 
Códigos de dos articulaciones
.
 
Ejemplos: 
el lenguaje verbal;
 
los números de teléfono de seis cifras 
cada grupo de dos cifras indica 
 
102

el sector, la calle, el bloque; pero los números simples de la pareja 
significativa, por sí mismos sólo tienen valor diferencial. 
Se pueden concebir otros códigos con articulaciones mó- 
viles. Un ejemplo típico (que integra los de Prieto) son los 
juegos de cartas, que cambian el valor de las articulaciones, 
según el juego (que por ello hace de código) o en el mismo 
juego. 
La matriz del juego de cartas contempla: 
a) 
 
t
elemen os diferenciales de valor numérico: 
de uno a diez (las imá- 
genes del rey, de la reina y de la sota son puros artificios de reconoci- 
miento: en realidad son valores numéricos altos); 
b)
 elemen os diferenciales de valor heráldico: 
corazón, espadas, dia- 
t
mantes y tréboles; 
c) 
 combinaciones de a y b: 
el siete de espadas. 
d)
 posibles combinaciones de varias cartas: 
por ejemplo, los tres ases. 
En el póquer, los elementos 
a–b 
son elementos de segunda articula- 
ción privados de significado (figuras) que se componen para formar ele- 
mentos 

de primera articulación (con posible valor significativo: si tengo 
en  la  mano  un  as  sé  que  éste  me  permite combinaciones interesantes), 
que se combinan en sintagmas de tipo 

que poseen la plenitud del sig- 
nificado: 
trío 
de ases, 
escalera real
,
 
etc. 
Con todo, según la situación del juego, los elementos 
a o b 
pueden 
convertirse en más o menos portadores de valores diferenciales: en una 
escalera 
los elementos 

tienen  un  valor  nulo  (si  he  de  tener  un  cinco,  ¡o 
mismo da que sea de corazón o de espadas), en cambio en 
color 
son les 
elementos 

los que tienen valor nulo y los 

tienen valor diferencial, 
y en 
escalera rea  
ambos adquieren valor. Si juego al ginrami, en cambio, 
l
son sobre todo los elementos 

los que adquieren valor significativo, por- 
que puedo sumar tres y cinco para dar ocho. 
Jugando al negro, un solo elemento 

adquiere valor opositivo en 
relación con todos los demás, con los que no se puede aparejar, provo- 
cando que pierda quien lo tiene en la mano al terminar el juego. 
Y siguiendo así, vamos demostrando que con frecuencia el 
principio de articulación en varios sistemas de signos tiene 
valor descriptivo y permite definirlo en su peculiaridad: por 
ejemplo (Eco, 1968), se han identificado sistemas de 
triple 
articulación
,
 
como el cine. En cambio, en otros tipos de signos 
el modelo lingüístico puede resultar un estorbo. 
 
103

3.13. 
Los límites del modelo lingüístico
 
En realidad, respecto a la estructura de signos como los 
signos «icónicos» o los «índices» (cf. § 2.8) se plantea un pro- 
blema distinto, ya que parecen tener una unidad indiferenciada. 
Han sido llamados 
enunciados icónicos
,
 
porque la fotografía 
del presidente del Consejo no significa solamente «presidente 
del Consejo», sino «excelentísimo señor tal, presidente del Con- 
sejo, de pie, de perfil, sonriente, vestido de gris, etc.», según 
los casos. 
Por otra parte (como se ha dicho en el párrafo 2.8.), los 
signos llamados icónicos se han de distinguir en otras categorías 
y se han de describir partiendo de sus modalidades de produc- 
ción; por lo tanto, su análisis interno se hará sobre esta base, 
prescindiendo del modelo articulatorio. Con todo, un signo 
«icónico» puede descomponerse en elementos diferenciales des- 
provistos de significado, en los procedimientos de reproduc- 
ción fotomecánica y en la programación de imágenes icónicas 
por medio de un calculador electrónico. Si examinamos una fo- 
tografía en un periódico, veremos que se descompone en múl- 
tiples elementos de la llamada «retícula», y que estos elemen- 
tos se pueden clasificar de acuerdo con el código reproductor 
utilizado; puede haber una simple oposición de punto negro 
y punto blanco; un sistema de varias magnitudes, un sistema 
de distintas intensidades; un sistema de configuraciones forma- 
les diferentes; etc. En cualquier caso, se componen unos ele- 
mentos mínimos del sistema para trazar el enunciado icónico, 
de  manera  que  se  podría  hablar  de  enunciados  complejos,  no 
subdivisibles en 
signos
,
 
aunque subdivisibles en 
figuras

Hasta ahora se han hecho algunos experimentos para ana- 
lizar los signos icónicos dentro de algunos sistemas de conven- 
ciones, o estilos, para ver si a configuraciones iguales corres- 
ponden significados figurativos iguales (cf. por ejemplo, 
CRESTI

1972). Pero el problema sigue sin solucionarse y, como ve- 
remos (cf. § 4.3.4), plantea cuestiones filosóficas y psicológicas 
más amplias. 
 
104

3.14. 
Conclusiones
 
Las notas precedentes no son ciertamente un sumario de 
lingüística: se limitan a reseñar lo más interesante que ha pro- 
puesto la ciencia lingüística (a nuestro parecer) para permitir 
una definición del signo, incluso en ámbito no lingüístico. 
Hemos visto que para ciertos signos, corno los icónicos, el mo- 
delo lingüístico puede tener efectos paralizadores; y la relación 
de las diferentes posibilidades articulatorias propuesta por Prie- 
to no ha demostrado que las posibilidades de descripción de 
los distintos signos pueden escapar de la tutela lingüística. Se 
ha visto que era posible afirmar que es signo todo lo que man- 
tiene relaciones de significación, incluso en el caso de que su 
estructura interna no sea la misma que la de los signos lingüís- 
ticos, y que se puede describir la estructura interna de cualquier 
signo (aunque sea distinta de la lingüística). Muchas de estas 
nuevas modalidades de descripción están por decidir y las in- 
vestigaciones están abiertas. Incluso porque es innegable que 
la investigación lingüística, por la madurez que ha alcanzado 
después de siglos de discusiones, se muestra como la investi- 
gación más articulada y profunda sobre los signos,  siendo por 
ello difícil apartarle de su modelo. El cual ha influido de forma 
tan fecunda en la investigación semiótica en conjunto que, 
antes de rechazarlo o de corregirlo, se ha de procurar compro- 
bar con detalle hasta qué punto puede ser utilizado. 
Por ello se han de rechazar las conclusiones precipitadas 
de algunos lingüistas y semiólogos que han negado el carác- 
ter de signo a fenómenos que no se adaptaban al modelo lingüís- 
tico. Pero también se han de evitar las transposiciones fáciles 
del modelo lingüístico a tipos de signos que no lo soportan. 
El problema semiótico sin duda estriba en elaborar una de- 
finición general que sea válida tanto para el modelo lingüístico 
como para todos los demás tipos de signos, como intentaremos 
en el capítulo 5. 
 
105

 
 
 
 
 
4. LOS PROBLEMAS FILOSÓFICOS 
DEL SIGNO 
 
4.1. 
El hombre como animal simbólico
 
Se  ha  llamado  al  hombre 
animal simbólico
,
 
y en este sen- 
tido, no solamente el lenguaje verbal sino toda la cultura, 
los ritos, las instituciones, las relaciones sociales, las costum- 
bres, etc., no son otra cosa que 
formas simbólicas 
(C
ASSIRER

1923; L
ANGER
,
 
1953) en las que el hombre encierra su expe- 
riencia para hacerla intercambiable; se instaura humanidad 
cuando se instaura sociedad, pero se instaura sociedad cuando 
hay comercio de signos. Por medio del signo el hombre se 
aparta de la percepción bruta, de la experiencia del 
hic et nunc
,
 
y abstrae. Sin 
abstracción 
no puede haber concepto, pero sin 
abstracción ni siquiera puede haber signo. Se discute mucho 
sobre la existencia (en nuestra mente, en el mundo superura- 
nio o en las cosas) de algo que corresponda al concepto o a la 
idea de caballo; pero es bien cierto que existe un signo que, 
si no se pone en el lugar de todos los caballos, por lo menos 
se pone en lugar de algo que por comodidad llamamos la idea 
de caballo. Toda la discusión filosófica sobre las ideas nace 
porque articulamos signos. Se elaboran signos incluso antes de 
emitir sonidos, y en todo caso, antes de pronunciar palabras. 
Según los psicoanalistas, el niño dedicado a su primer juego 
simbólico, que esconde y hace aparecer un objeto 
(
/
Fort – Da!
,
 
Fort + Da!
.
/,
 
según un ejemplo de Freud), ya instaura el juego 
 
107

estructural y significativo, la oposición significante de la pre- 
sencia y ausencia. 
Se considera que la cultura nace cuando el hombre elabora 
utensilios para dominar la naturaleza; pero se ha aventurado la 
hipótesis (Eco, 1972) de que el utensilio como tal, solamente 
aparece cuando se ha instaurado la actividad simbólica, o lo 
que es igual, que señala la instauración de esta actividad. En 
África se han hallado esqueletos de australopitecus junto a es- 
queletos de babuinos, que presentan todos un agujero en el 
cráneo; y junto a los esqueletos de australopitecus había pie- 
dras. Los australopitecus habían individualizado las piedras, no 
como objetos de la naturaleza, sino como posibles instrumen- 
tos, que podían empuñarse como un arma: habían inventado 
el utensilio. Pero para que hubiera utensilio (y por lo tanto, 
cultura), parece que se precisaban las siguientes condiciones: 
a)
  un ser pensante establece la nueva función del guijarro 
(no es necesario que lo pulimente y lo convierta en badajo); 
b)
 lo «nombra» como «guijarro que sirve para algo» (no 
es necesario que lo nombre para otros o en voz alta); 
c) 
lo reconoce como «guijarro que responde a la función X 
y que tiene por nombre Y». No es necesario que lo utilice una 
segunda vez; basta con reconocerlo; y no es necesario que lo 
nombre para otros; basta con que el guijarro utilizado hoy por 
el ser K aparezca al día siguiente, para el mismo ser, como 
signo visible de la función posible; de esta manera, K
1
 ha esta- 
blecido las reglas para significar a K
2
 la función del guijarro. 
Tan pronto como se instaura una forma observable e inter- 
personal de comportamiento sígnico visible, existe un lenguaje. 
Hay quien cree que este lenguaje es ante todo verbal, que la 
verbalización es la misma forma del pensamiento, que no se 
puede pensar sin hablar; por ello, la semiología (cf. B
ARTHES

1964) no sería más que un capítulo de la lingüística, y la cien- 
cia del lenguaje verbal, la única que puede explicarnos la es- 
tructura tanto de la mente como del inconsciente. 
 
108

Según Lacan (L
ACAN
,
 
1966), en el origen de la formación 
de nuestro ego ya está la 
cadena significante
.
; el lenguaje nos 
precede y nos determina. Incluso hay una diferencia en el 
hablar entre el sujeto de la enunciación y el sujeto del enun- 
ciado, lo que explica el hecho de que, cuando empezamos a 
hablar, salimos de una «naturaleza» incognoscible para consti- 
tuirnos como cultura, nos objetivamos en ella. El niño que de- 
cide —al hablar— reconocerse como sujeto es el 
sujeto del acto 
de la enunciación
:
 
quisiera designarse como /yo/, pero en el 
momento en que entra en el giro del lenguaje, el /yo/ que 
pronuncia ya es 
sujeto del enunciado
,
 
de la frase, del sintagma 
lingüístico en que se exterioriza; este /yo/ ya es un producto 
cultural (Peirce diría que es el 
type 
que la cultura ha predis- 
puesto para todos los yo posibles). Al identificarse con el su- 
jeto del enunciado, el  sujeto  de  la  enunciación se pierde como 
subjetividad, el lenguaje lo ha hecho prisionero de una alteri- 
dad con la que se ha de identificar para constituirse, y de la 
que no conseguirá nunca liberarse. 

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