Umberto Eco Traducido por Francisco Serra Cantarell



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68

significa 
que en el primer caso /sabio/ es una calificación, un 
substantivo, y en el segundo un carácter, un adjetivo? Nos lo 
significa la posición que el término asume en el discurso; por 
lo tanto, la 
posición 
se entiende como un signo, y así se ha de 
considerar; existen lenguas en las que la posición se fija de 
manera rígida y funciona como un signo clarísimo, y otras len- 
guas, como el latín, en las que puede variar, planteando graves 
problemas de interpretación sintáctica, debidos precisamente a 
la indescifrabilidad de los formativos posicionales. Por lo tan- 
to, la posición sería un signo formativo 
determinativo

2.9.8. 
Adscriptivos: 
su naturaleza se ha explicado en el curso 
de los ejemplos precedentes. En otras palabras, si un designati- 
vo corresponde a una palabra como /negro/, un adscriptivo 
corresponde a un enunciado como /este perro es negro/. Los 
adscriptivos pueden ser 
designativos
,
 apreciativos
,
 prescriptivos 

forma ivos
,
 
reproduciendo de manera más articulada las ca- 
t
racterísticas de los signos simples. La importancia que Morris 
atribuye a los adscriptivos se debe a que, como otros estudio- 
sos, cree que los enunciados vienen ante todo de los signos sim- 
ples a los que confieren significado, aunque él atribuye igual- 
mente significado a los signos simples y da —como se ha 
visto— muchos ejemplos de éstos: 
Como ejemplos de adscriptores se pueden señalar: 
/esto es un ciervo/: 
adscriptivo designativo
.
;
 
/es un buen tipo/: 
adscriptivo apreciativo
.
;
 
/cierra la ventana/: 
adscriptivo prescriptivo
.
;
 
/iré a Milán o no iré/: 
adscriptivo formativo

2.10. 
Las funciones del discurso
 
 
69
2.10.1. Hemos dicho que en este libro examinamos el pro- 
blema del signo y no del discurso en el que se inserta el signo. 
Con todo, existen ciertas distinciones de los tipos del discurso 
 

(Morris diría: de los adscriptivos) que nos ayudará a compren 
der los distintos usos y las diferentes funciones comunicativas 
del signo. 
Buyssens (págs. 74 y sigs.) distinguía tres modalidades del 
discurso: 
discurso de la acción
,
 
que traduce una intención de actuar so- 
bre el interlocutor o sobre los hechos, de manera injuntiva 
(orden), optativa (/¡podría hacer buen tiempo!/), por me- 
dio de consejos y de sugestiones; 
discurso asertivo 
(/él viene/); 
discurso interrogativo 
(/¿ha venido?/). 
El interrogativo y el asertivo quedarían englobados en el 
discurso de la información
,
 
en oposición al 
discurso de la 
acción

2.10.2. Según otros autores, el discurso interrogativo podría 
quedar reducido al asertivo, en el sentido de que /¿ha venido?/ 
puede traducirse por /deseo saber si ha venido/. Esta trans- 
formación sugiere la existencia de otro tipo de discurso, el 
ejecutivo 
(A
USTIN
,
 
1958), en el que quien habla afirma que 
está realizando una acción. Son de este tipo los enunciados 
como /Perdón/, /Yo te bautizo con el nombre de.../, o bien 
/te recomiendo que hagas esto/. Los discursos ejecutivos se 
oponen a los 
constativos 
(o asertivos) en cuanto, según algunos, 
no se pueden considerar ni verdaderos ni falsos. 
2.10.3. Desde un punto de vista lingüístico, J
AKOBSON 
(1963) 
ha distinguido seis funciones del lenguaje: 
reverencial: 
el signo se refiere a algo (/caballo/, o bien /el 
tren sale a las seis/); 
emotiva: 
el signo quiere suscitar una respuesta emotiva (/¡cui- 
dado!/), o bien, (/¡cariño mío!/) o también (/¡imbécil!/); 
fáctica 

de contacto: 
más que comunicar algo, el signo quiere 
 
70

subrayar la continuidad de la comunicación (pensemos en 
los /sí/ y en los /está bien/ que se van diciendo cuando 
se escucha a alguien por teléfono, no para expresar acuerdo, 
sino para dar a entender que se sigue el discurso); 
imperativa: 
el signo transmite un imperativo /¡fuera!/, o bien 
/¡tráeme aquel libro!/, y por lo tanto quiere determinar 
un comportamiento activo; 
metalingüística: 
los signos sirven para designar otros signos; 
no pensamos en las semias substitutivas, como en el caso de 
la relación entre el Morse y la lengua hablada,  sino  en  au- 
ténticos lenguajes utilizados para definir las propiedades de 
otros lenguajes (como en la lógica) o en el uso del mismo 
lenguaje, utilizado en función metalingüística, para descri- 
birse a sí mismo: este libro es un ejemplo de discurso me- 
talingüístico; 
estética: 
se utilizan signos para suscitar una atención sobre la 
manera como se utilizan los propios signos, al margen de 
las reglas del lenguaje común. 
Naturalmente, estas funciones se superponen y entremezclan 
en el proceso comunicativo, con lo que una señal de tráfico 
que lleva escrito /alto/ tiene una función referencial, porque 
anuncia la existencia de un cruce o de algo parecido; es impe- 
rativa, porque transmite una orden;  es  emotiva,  porque  quiere 
atraer la atención del usuario. No se puede decir que tenga una 
función  fáctica,  si  no  es  en  el  sentido de que asegura la conti- 
nuidad de un sistema de señales organizadas en la zona; ni 
estética, a menos que haya sido diseñada cíe manera muy ori- 
ginal e imponga un acto de interés y de admiración por su 
forma singular y agradable (aunque en este caso podría dis- 
traer al conductor y perdería su función imperativa). 
 
 
71

2.11. 
La tentativa de clasificación general integradora de los 
signos
 
2.11.1. Todas las clasificaciones relacionadas hasta aquí de- 
penden de un punto de vista particular —incluso la de Morris, 
que tiene pretensiones globalizadoras—. El único pensador que 
ha intentado una clasificación global, integradora de todos los 
puntos  de  vista,  ha  sido  Peirce,  pero  su  clasificación  ha  que- 
dado incompleta. Ha distinguido tres subdivisiones ternarias, 
las 
tricotomías
,
 
de las que se originan por combinación diez cla- 
ses de signos. En su intención (8344), las tricotomías tenían 
que ser diez (con un total de treinta categorías) y teóricamente 
podría haber originado 59049 combinaciones, de las que se con- 
sideraban significativas por lo menos 66 clases. Se ha de obser- 
var que para comprender del todo esta clasificación, hace falta 
conocer el fondo filosófico sobre el que Peirce planteaba el pro- 
blema del signo, ya que en otro caso no se comprende por 
qué, por ejemplo, un icono puede ser una fotografía, una ima- 
gen mental o una fórmula algebraica; e igualmente no se com- 
prende, sin la base filosófica, por qué un nombre común pueda 
ser a la vez un 
índice 
y un 
símbolo
.
 
En el párrafo 4.3 explica- 
remos algunos de estos problemas. Pero señalamos aquí la cla- 
sificación porque en realidad estas distinciones se han utilizado 
y se utilizan actualmente fuera de su ámbito filosófico, v de ma- 
nera no del todo impropia; por ello, aunque escapen a la com- 
prensión del sentido común, se presentan como clasificación em- 
pírica de los signos, basada en el uso cotidiano. 
2.11.2. Según Peirce (2243 y sigs.), el signo puede ser tripar- 
tido según tres puntos de vista: el signo en sí, el signo en re- 
lación con el propio objeto y el signo en relación con el in- 
terpretante, originando las nueve categorías siguientes: 
Signo en sí: 
cualisigno (Tone)
,
 sinsigno (Token)
,
 legisigno 
(Type); 
cf. § 2.7.4. 
Signo en relación con su objeto: 
índice
,
 icono
,
 símbolo; 
cf. § 2.8. 
 
72

Signo en relación con el interpretante: 
rema
,
 dec signo
,
 
i
argumento; 
cf. § 1.4.6. 
2.11.3. De la combinación de las nueve categorías resultantes 
de esta tricotomía, se derivan diez  clases  (que  como  podrá  ver- 
se, no agotan todas las posibilidades combinatorias del modelo): 
Cualisigno remático icónico: 
una sensación de rojo como signo 
de la esencia genérica «El Rojo». A veces funciona como 
icono y se coloca en lugar de un rema (probablemente cuan- 
do un matiz de rojo se utiliza para connotar «cardenal»). 
Sinsigno remático icónico: 
un diagrama como réplica tomado 
como signo de una esencia (probablemente cualquier trián- 
gulo, adoptado como representante de la entidad geomé- 
trica «triángulo»). 
Sinsigno indexical remático: 
un grito espontáneo que dirige la 
atención hacia un objeto que lo causa y funciona como rema 
(probablemente el grito /¡coche!/ para señalar la apari- 
ción de un automóvil cuando se dispone a atravesar la 
calle). 
Sinsigno indexical decisigno: 
la veleta de un campanario que 
suministra una información fáctica (como «hay viento del 
norte») por conexión causal con el viento. 
Legisigno icónico remático: 
un diagrama en general como ley 
abstracta (el teorema de Pitágoras). 
Legisigno indexical remático: 
un pronombre demostrativo como 
/éste/. Exige la proximidad del objeto y confiere existencia 
individual al objeto abstracto de un rema como legisigno. 
Por ello, /este/ asociado a un nombre /este gato/. Su 
réplica es un sinsigno indexical remático. 
Legisigno indexical decisigno: 
Peirce nos da ejemplos discor- 
dantes: el grito de un vendedor o de un heraldo; el recla- 
mo /¡Eh!/ (aunque como tipo abstracto); la respuesta /Es 
Alejandro/ a la pregunta /¿A quién representa aquel cua- 
dro?/. Diremos que es un modelo abstracto de signo cuya 
misión es designar la presencia actual de un objeto que se 
 
73

suele indicar de manera abstracta como un rema; de ahí 
viene el grito del heraldo que advierte: «¡El rey!». 
Símbolo remático legisigno: 
un nombre común, un término ge- 
neral como tipo. Es curioso que su réplica no sea un sin- 
signo simbólico remático, sino un sinsigno indexical remá- 
tico (Peirce quiere decir que la réplica del término abstrac- 
to /perro/ es siempre /este perro/ del que estoy hablando. 
Pero hay también sinsignos indexicales remáticos, como el 
caso concreto del grito individualizador /¡Eh!/, en el sen- 
tido de «te estoy llamando precisamente a ti». 
Símbolo decisígnico legisígnico: 
una proposición ordinaria de 
su existencia abstracta de tipo general, como /el gato es 
negro/, que implica la presencia de un símbolo remático 
decisígnico y de un sinsigno simbólico decisígnico (que 
Peirce no clasifica en forma autónoma), pero que evidente- 
mente implica también un legisigno indexical remático 
(/este gato es negro/). 
Argumento simbólico legisígnico: 
es la forma abstracta del si- 
logismo cuya réplica, según Peirce, es un sinsigno decisíg- 
nico simbólico, pero que por razones combinatorias debería 
ser un sinsigno simbólico argumentativo. 
2.11.4.  La  verdad  es  que,  como  dice  Peirce  (2.2.65),  «es  com- 
plicado llegar a determinar a qué clase pertenece un signo». 
Ello equivale a decir que los signos pueden asumir caracteres- 
ticas diversas, según los casos y las circunstancias en que los uti- 
lizamos, precisamente porque tienen un carácter fundamental 
común: ser el objeto de una teoría unificada del signo que su- 
pere las diferentes clasificaciones
.
 
74

 
 
 
 
 
3. LA ESTRUCTURA DE LOS SIGNOS 
LINGÜÍSTICOS 
 
3.1. 
Los componentes elementales del signo y sus articula- 
ciones
 
Un signo complejo como /Ven mañana/ no hay duda de 
que tiene un significado. El signo /ven/ puede tener un valor 
o un significado: ya hemos visto que el problema está 
sub 
judice
.
;
 
y probablemente, antes nos hemos de poner de acuerdo 
sobre lo que quiere decir /significado/ y /valor/. Con todo, 
cualquiera está en condiciones de explicar lo que significa 
/venir/, en contraposición a /ir/. 
Como emisión fónica /venir/ es un sonido que nace de la 
combinación de otros sonidos menores como 
v
...
e
...
n
...
i
...
r
.
 
El hecho de que estos sonidos hayan sido transcritos con letras 
del alfabeto en esta página, y por razones prácticas, no quiere 
decir que cada letra del alfabeto represente un sonido. En 
latín, /ae/ se escribe con dos letras, pero se pronuncia emi- 
tiendo un solo sonido —por lo menos en la actualidad—. Los 
fonólogos transcriben estos sonidos elementales con un alfabeto 
especial, llamado fonético, y los llaman 
fonemas

Un fonema no tiene significado. Sólo puede unirse a otros 
fonemas para dar lugar a una unidad dotada de significado, 
y por ello se considera que en el lenguaje hay una doble arti- 
culación (M
ARTINET
,
 
1960, 1962). La primera articulación se 
produce cuando se combinan entre sí entidades dotadas de sig- 
 
75

nificado autónomo, los 
monemas 
(que otros lingüistas llaman 
morfemas
),
 
y que de manera superficial podrían identificarse 
con las «palabras». La segunda se da por la combinación de 
los fonemas, o elementos no significantes, que se combinan 
para dar lugar a un monema. 
El  monema  no  es  una  palabra,  porque  en  la  palabra  puede 
haber dos entidades dotadas de significado; por ejemplo, en la 
palabra /caballo/, según Martinet, hay un lexema /caball—/, 
portador del significado básico de la palabra, y un morfema 
/o/ que tiene al menos dos significados: gramaticalmente, re- 
presenta 
masculino 
y
 singular
,
 
y semánticamente nos indica 
que sólo hay un caballo y masculino (o mejor, que quiero hablar 
de un caballo masculino, o bien del caballo como especie). Con 
todo, en el discurso que sigue hemos decidido eliminar todos 
los términos que indiquen una unidad dotada de significado, 
no utilizando para ello más que el de «lexema». 
Un 
lexema 
es una unidad léxica, tal como se encuentra en 
el diccionario, habitualmente en singular y en nominativo (en 
las lenguas flexivas). 
Definiremos el lexema como 
la unidad más «abstracta» que 
se encuentra en diversas «formas» inflexionales
,
 según las dis- 
tintas reglas sintácticas relativas a la generación de los enun- 
ciados 
(L
YONS
,
 
1968, 5.4.4.). 
3.2. 
Paradigma y sintagma
 
El hecho de que para hablar se combinen elementos de la 
primera y de la segunda articulación me indica (según 
JAKOB

SON
,
 
1963) que una lengua pone a mi disposición un 
eje de la 
selección
,
 
basándome en el cual elijo unidades para disponerlas 
sobre el 
eje de la combinación
.
 
En otras palabras, la lengua (el 
código) pone a mi disposición un 
paradigma
,
 
un repertorio 
de unidades combinables, del que tomo las unidades que se 
han de combinar 
sintagmáticamen e
.
 
Para disponer la frase 
t
/el caballo corre/, he de realizar los siguientes pasos de para- 
digma a sintagma: 
 
76

en el paradigma de los fonemas elijo algunos fonemas que he 
¿e 
disponer en el eje sintagmático sobre el que se realiza, por 
ejemplo, un monema como /caball—/; 
en el paradigma de los monemas elijo cinco unidades significa- 
tivas y las combino en el sintagma de la frase: el...caball...o... 
corr...e. 
En las perturbaciones del habla se refleja la presencia de los 
dos ejes, distinguiéndose dos tipos de afasia (J
AKOBSON
,
 
1963). 
El afásico con perturbaciones en el eje de la selección no con- 
sigue individualizar las palabras adecuadas: ante un cuchillo 
no hallará el nombre adecuado, pero conseguirá combinar el sin- 
tagma substitutivo /sirve para comer/. Y al contrario, los que 
sufren perturbaciones en el eje de la combinación, sólo conse- 
guirán alinear palabras sin hallar la manera de articularlas en 
frases dotadas de sentido completo. 
La noción de paradigma y de sintagma puede extenderse 
a unidades más amplias. Pensemos, por ejemplo, en un discurso 
lleno de 
frases hechas
,
 
del tipo: 
Si hay algo que no puedo soportar son las frases hechas. 
Si Dios quiere —y no lo digo para vanagloriarme— a mí 
estas cosas no me pasan, etc. 
Cada unidad de subrayado constituye una conocida frase 
hecha y parece haber sido sacada de un repertorio ordenado, 
para luego ser combinada libremente. Lo mismo sucede en al- 
gunas soluciones estilísticas (o en un 
collage 
visual que, por 
ejemplo, combine imágenes publicitarias ya conocidas). A un 
nivel semiótico más amplio, existen unidades que no solamente 
son signos, sino también 
funciones narrativas 
(P
ROPP
,
 
1928; 
G
REIMAS
,
 
1966, y otros), como 
prohibición
,
 fin de la prohi- 
bición
,
 seducción
,
 peligro inmediato
,
 
y que pueden combinarse 
para producir (utilizando como ejemplo estas cuatro funciones) 
la primera parte de 
Caperucita Roja

 
77

3.3. 
Estructura del fonema: los rasgos distintivos
 
Las unidades paradigmáticas también pueden ser mínimas. 
Por ejemplo los fonemas se distinguen por 
rasgos distintivos 
(J
AKOBSON
,
 
H
ALLE
,
 
1956), que representan categorías abstrac- 
tas de características de emisión realizadas por un fonema. 
Intentaremos dar un ejemplo concreto en el que figuren 
tres niveles paradigmáticos distintos, con sus correspondientes 
niveles sintagmáticos (cf. L
YONS
,
 
1968, 3.3.6. y sigs.). Toma- 
remos una serie de monemas ingleses (entidades dotadas de sig- 
nificado) como 
pet
,
 bet
,
 let
,
 pit
,
 pot
,
 pen
,
 peck 
(que fonética- 
mente se escribe 
pek
,
 
ya que un solo sonido se representa grá- 
ficamente con dos letras). 
Estos siete signos pueden combinarse en un sintagma más 
vasto (del orden de la frase) del tipo /I bet you let your pet 
out of the pot/, que significa: «apuesto a que has dejado tu 
animalito fuera del cacharro» (y no puede saberse si se trata 
de un pez o de otra cosa, lo que prueba que el contexto influye 
en  la  atribución  de  significado  al  signo,  cuando  éste  abarca  a 
varios,  como  es  el  caso  de  /pet/, que es término genérico). 
Este sintagma es del orden de la primera articulación. 
Pero para formar cada una de las siete palabras se ha reu- 
nido un repertorio de fonemas, que son: 
p e  t 
b i n 
l o k 
Veremos que combinando cada uno de estos nueve fone- 
mas con dos más, se obtiene una de las palabras reseñadas; 
quedan algunas combinaciones no utilizadas (por ejemplo, se 
podía producir además 
bin
,
 bit
,
 li(c)k
,
 lo(c)k; 
y también, 
bik y Ion
,
 
que no existen en el vocabulario inglés; ello indica 
que el paradigma fonemático posee cierta redundancia y que los 
que utilizan la lengua podrían producir otros signos. 
Observaremos también que el signo /pet/ y el signo /bet/ 
 
78

sólo se diferencian por el primer fonema; la riqueza y la capa- 
cidad de articulación del paradigma viene del hecho de que 
conmutando 
un fonema se obtiene un cambio de sentido. Al 
pasar cié los fonemas aislados al monema nos encontramos en 
el orden de la segunda articulación. 
El hecho de que pasando de /b/ a /p/ se obtenga un cam- 
bio de sentido hace que se diga en general que en el paradigma, 
los fonemas constituyen un 
sistema de oposiciones
.
 
Toda co- 
municación (y por lo tanto, toda significación) tendría lugar a
 
base de oposiciones organizadas en sistema. Si decido comuni- 
car la presencia cíe cierta persona en mi casa, poniendo una 
luz en la ventana, /luz encendida/ se convierte en elemento sig- 
nificante, precisamente porque se opone a /falta cíe luz/. Si 
decido convencionalizar dos mensajes (por ejemplo, «persona 
que llega» y
 
«persona que se va») por medio de dos señales, 
una luz roja y otra verde, se produce oposición entre 
rojo 
y
 
verde
.
 
En todo proceso de comunicación, en cada paso, incluso 
en los paradigmas más complejos, se produce una opción entre 
presencia y ausencia, entre sí y no, entre + y –. 
Con todo, en el caso de los fonemas nos preguntaremos 
por qué /p/ se opone a /b/, y en qué sentido ambos se opo- 
nen a /l/. 
Desde un punto de vista fonético, no hay razón para ello, 
si es que no se admite que un fonema es un conjunto de 
ras- 
gos distintivos 
y la presencia o ausencia de tales rasgos es lo 
que lo distingue de otros fonemas (cf. T
RUBECKOJ
,
 
1939; 
J
AKOBSON
,
 
1956). Tomemos como ejemplo una serie de carac- 
teres articuladores, como son: 
velaridad  (o su ausencia) 
labialidad  (o su ausencia) 
dentalidad (o su ausencia) 
sonoridad  (o su ausencia) 
nasalidad  (o su ausencia) 
y examinemos una serie de fonemas, para ver cuáles de ellos 
poseen o no estas características: 
 
79

 p 





vel.  – – – – + + 
lab. + + – + – – 
dent. – – + – – – 
son. – + + + – – 
nas. – – + + – – 
Los caracteres articulatorios son 
características de emisión 
desde el punto de vista del paradigma (una creación abstracta, 
que regula el funcionamiento de una lengua) algunas de estas 
características articulatorias no son esenciales para distinguir 
un fonema de otro, de la misma manera que las combinacio- 
nes /bik/ y /lon/ no se han de tomar en consideración en un 
estudio del léxico del inglés, porque no son lexemas dotados 
de significado (aunque sean unidades surgidas de la combinación 
sintagmática de elementos de segunda articulación, no entran 
en el paradigma de la primera articulación). También en la ma- 
triz de los caracteres articulatorios podemos ver que hay carac- 
teres no funcionales: la oposición labial-no labial, en inglés es 
distintiva, porque permite distinguir entre /bet/ y /pet/. En 
cambio, el hecho de que el monema /n/ sea nasal, dental y 
sonoro nos da una información excesiva; porque al igual que 
/n/, /m/ también es 
nasal 

sonora 
(aunque no es dental), 
pero en inglés no existen palabras que se distingan por la pre- 
sencia de una nasal sonora en vez de no sonora. Por lo tanto, 
en la economía de los rasgos distintivos, la sonoridad de /n/ 
y de /m/ no se ha de tener en cuenta. Por esta razón, los ras- 
gos distintivos son distintos de los caracteres articulatorios: 
aquéllos, de entre todos los caracteres articulatorios, son sola- 
mente los que se insertan en un sistema de oposiciones que 
funcionan en el paradigma de una lengua, para la combinación 
sintagmática de unidades significativas. El 
fonético 
puede es- 
tudiar  asimismo  la  sonoridad  de  /n/,  porque  es  un  hecho  físico 
que puede ser registrado mediante instrumentos magnéticos; 
pero el 
fonólogo
,
 
que estudia las leyes de la lengua como sis- 
tema de reglas, y no el sonido, no se ocupa de esta caracterís- 
tica física que no es un rasgo distintivo. Por ello, se ha esta- 
 
80

blecido entre los lingüistas la costumbre de llamar 
emie 
a todos 
los fenómenos estudiados (y construidos) como elementos abs- 
tractos de un modelo sistemático, por analogía con 
fonémica 
(o fonología); y 
etic
,
 
a todos los fenómenos examinados como 
acontecimiento material singular, como  es  la  emisión  de  un  so- 
nido, por analogía con la 
fonética
,
 
que estudia precisamente los 
fenómenos articulatorios concretos. 
Por ello, la tabla precedente, que registraba valores 
eue
,
 

nivel 
ernie 
se transcribe así: 
 p 





vel.     + 

lab. + +  +    
dent. 
 
 

 
 
 
son. – +      – + 
nas. – – + + – – 
En este sentido, /p/ se opone a /b/, porque con base en 
las características comunes de labialidad y falta de nasalidad, 
una es sonora y la otra no. De ahí viene este aire de familia 
que corre entre /pet/ y /bet/, y su diferencia fundamental. Y 
si hay 
a) 
rasgos distintivos, 
b) 
fonemas, 
c) 
monemas, ¿no ha- 
blamos de tres articulaciones? Porque la articulación es una 
disposición de tipo lineal (combino tantos fonemas, uno tras 
otro para obtener un monema, y combino monemas para obte- 
ner una frase). En cambio, los rasgos distintivos se agregan, en 
bax (yo no «articulo» sucesivamente labialidad y sonoridad para 
obtener /b/, sino que se trata de dos fenómenos fonales que 
se producen 
a la vez
). 
3.4. 
El sistema
 
Este breve examen con ejemplos del sistema articulatorio 
verbal nos indica dos cosas: que el signo es el resultado de 
agregaciones y articulaciones de elementos menores; y que los 
paradigmas, los repertorios de donde elijo los elementos que 
 
81

se han de agregar o articular, no son listas de elementos, sino 
sistemas
,
 
en los que cada elemento se distingue de otro me- 
diante una base común y por rasgos de oposición. Un paradigma 
es un sistema y un sistema es lo que se llama también una 
«estructura», es decir, un 
sistema de diferencias 
tal, que lo que 
importa en él es la presencia o ausencia de un elemento, y no 
su naturaleza; es el sistema de las presencias o ausencias como 
valencias plenas o no, y no la naturaleza  material  de  los  ele- 
mentos que colman estas valencias. En este sentido, una estruc- 
tura sistemática puede ser aplicada también a fenómenos comu- 
nicativos no lingüísticos. Consideremos, por ejemplo, la siguien- 
te matriz elemental. 
– + 
+ – 
Nos puede servir para indicar, por ejemplo, las relaciones 
sistemáticas entre dos unidades no significantes, como son los 
fonemas /n/ y /p/: 
 n 

labial – 

sonora + – 
pero puede servir también para indicar las diferencias entre 
dos señales, un disco rojo para indicar que no se pase, y una 
bandera verde para indicar paso: 
 verde 
rojo 
disco – + 
bandera + 
– 
Pero esta matriz sólo caracteriza los elementos formales 
del significante. ¿Podría caracterizar también la relación entre 
significante y significado? Sin duda: 
 «pasar» 
«no 
pasar» 
/disco rojo/ 
– 

/bandera verde/ 

– 
 
82

Observaremos que la matriz no solamente permite com- 
prender los significados que se asocian a un determinado sig- 
nificante, sino que además permite 
estructurar los significados 
en un sistema de oposiciones 
(pasar–no pasar) y convierte 
las oposiciones del significado en homologas a las del signi- 
ficante. 
3.5. 
Sistema y código
 
Este ejemplo nos indica la diferencia que existe entre 
sis- 
tema 

código
.
 
Algunos llaman impropiamente «código fono- 
lógico» al sistema fonológico, pero es evidente que en la ma- 
triz que acabamos de examinar hay 
dos 
sistemas, el que opone 
rojo y verde y el que opone paso y no paso, y que estos dos 
sistemas son totalmente independientes; y en cambio, que hay 
un 
código, cuya función es asociar semánticamente valores del 
primer sistema con valores del segundo, y por medio del cual, 
/presencia de disco rojo/ significa «no pasar». 
¿Y por qué se confunden sistema y código? Por razones 
metonímicas: un sistema, especialmente en el lenguaje, se or- 
ganiza para permitir la significación, y por lo tanto con vistas 
a un código. Esta es una razón práctica. 
Teóricamente “hablando, en el ejemplo citado el sistema sig- 
nificante (
rojo 

verde
)
 
es independiente del sistema significado 
(o sistema semántico). Tanto es así, que podría existir otro sis- 
tema semántico (por ejemplo, 
paso–volver atrás
.
;
 
o bien, 
paso 
fácil–puso difícil
,
 
en la comparación entre un rico y un camello 
para entrar en el reino de los cielos pasando por el ojo de una 
aguja) y el sistema no cambiaría: el rojo podría significar paso 
difícil y el verde paso fácil. 
 
83
Esto quiere decir que un sistema tal vez se organiza tam- 
bién por razones motivadas (la oposición entre /p/ y /b/ se 
debe a razones articulatorias y la oposición entre paso y no 
paso,
 
puede depender de una situación concreta, que lleva a 
querer una alternativa en lugar de otra, como debió suceder 
 

a Moisés en la orilla del mar Rojo); en tanto que un código 
se establece por razones arbitrarias (aunque quizá se podría 
observar que por razones perceptivas y por estudios sobre la 
capacidad de reacción, se aconseja asociar normalmente el rojo 
con la prohibición; lo cual no sirve cuando ondea una bandera 
roja en la sede de un partido de izquierdas). 
Diremos por ello que un código establece equivalencias se- 
mánticas entre elementos de un sistema de significantes y ele- 
mentos de un sistema de significados. Pero esta definición plan- 
tea otro problema: ¿por qué los significados se han de orga- 
nizar sistemáticamente como los significantes? 
3.6. 
Expresión y contenido
.
 Substancia y forma
 
Si el signo fuera la entidad que transmite una información y 
el significado algo distinto del lenguaje (o incluso fuera una 
cosa: 
el referente), el problema se plantearía igualmente; en 
realidad hemos de explicar por qué algunas unidades signifi- 
cantes, sistematizadas de manera determinada, son aptas para 
transmitir determinados significados. Y el problema se agudiza 
si el signo es una entidad de dos caras, como quería Saussure, 
de las cuales una es el significante y la otra el significado; en 
tal caso, el significado forma parte del signo, los significados 
son un componente del lenguaje, el código asocia un sistema 
significante con un sistema semántico. 
Este hecho ha sido destacado por Hjelmslev (H
JELMSLEV

1943) al definir así la naturaleza y la organización interna del 
signo (dando a la vez una definición de la naturaleza de la 
organización de los códigos que regulan la utilización de los 
signos): 
                     substancia 
contenido 
                     forma 
                     forma 
expresión 
                     substancia 
 
84

En todo proceso sígnico tenemos un elemento de 
expresión 
(llamémoslo significante) que conduce un elemento de 
conte- 
nido 
(el significado). Para hablar, disponemos de gran cantidad 
¿e 
emisiones vocales. Pero el sistema sintáctico ha hecho perti- 
nentes sólo algunas de estas emisiones (sólo sirven algunos ras- 
aos distintivos, como ya hemos visto, y cada lengua utiliza como 
elementos pertinentes no más que unos cuarenta fonemas —y 
a veces menos—). En italiano se puede pronunciar la /i/ de 
/pino/ de manera breve y contraída o bien dilatada, y todo el 
mundo comprende lo que se está diciendo. O sea, que puedo 
pronunciarla utilizando tanto el fonema /i/ como el fonema 
/i:/). En cambio, en inglés esta opción es la que indica la di- 
ferencia entre /ip/ e /i:p/ (y de ahí la diferencia entre las 
palabras que se escriben 
/ship/
,
 barco 

/sheep/
,
 oveja
).
 
En 
italiano, la oposición entre /i/ e /i:/ no forma parte de la 
forma 
de la expresión, aunque sin duda es un aspecto de la 
substancia 
sonora. 
 
85
Donde empiezan las discusiones es en el contenido. La 
substancia del contenido es todo el universo de lo decible y 
de lo pensable. Con un sistema de forma de la expresión que 
consiste en unos cuarenta fonemas y en algunos miles de mo- 
nemas, yo puedo hablar y decir todo lo que se puede pensar. 
Evidentemente, no ha de existir homología entre las unidades 
de la expresión y las del contenido. Las unidades de la expre- 
sión sirven para articular gran cantidad de signos complejos 
(enunciados) y, por lo tanto, gran cantidad de combinaciones, 
mucho mayor de las que se prevén en el léxico (que apenas 
ocupa algunos centenares de páginas de vocabulario) y estos 
enunciados, en su variedad infinita, pueden corresponder a in- 
finitas combinaciones del pensamiento. Así, al enunciado o 
sema 
(en el sentido de Buyssens), que se forma por la arti- 
culación de las unidades de forma de la expresión, pero que no 
es una unidad de esta forma, no debería corresponderle una 
unidad de forma del contenido precisa. Con todo, pensemos en 
la articulación expresiva de la serie de fonemas que componen 
el monema /hombre/. El correspondiente en el plano del con- 
 

tenido no solamente es algo que puedo oponer fácilmente 
a «mujer» o a «animal», o a «niño», según la relación seman- 
tica que quiero promover; es también algo susceptible de un
 
análisis semántico más detenido: /hombre/ me dice que se está 
hablando de «un ser animado, de sexo masculino, bípedo, sin
 
plumas, racional, capaz de reír, etc». ¿Qué son estas 
propie-
 
dades
, o 
características
, o 
rasgos semánticos
.

3.7. 
Los rasgos semánticos
 
Al estudiar las relaciones gramaticales, los lingüistas se han 
dado cuenta de que los lexemas se combinan en una frase li- 
gándose ambos por medio de unos rasgos gramaticales: /hom- 
bre/ tiene el carácter gramatical masculino, y por lo tanto se 
ha de ligar con /un/, ya que sería errado decir /un

hombre/. 
Este rasgo gramatical es también un rasgo semántico. 
Los rasgos gramaticales y los rasgos semánticos no se iden- 
tifican necesariamente. Desde el punto de vista gramatical, en 
nuestra lengua /
la 
luna/ es femenino y /
el 
sol/ es masculino, 
pero en alemán /
der 
Mond/ es masculino y /
die 
Sonne/ feme- 
nino; en realidad se trata de dos cuerpos celestes que, desde 
el punto de vista del significado, no tienen sexo, y así, en inglés 
se consideran neutros y se distinguen por medio del pronombre 
it 
(ello) en lugar de 
he 

she 
(él y ella). Se dirá que el uso ha 
dotado a los términos con una connotación sexual, y que noso- 
tros solemos asociar la idea de Luna con una mujer y la de 
Sol con un hombre. Pero vamos a poner otro ejemplo: /
el 
soprano/. El dominio del género gramatical masculino es tal, 
que en una reseña musical puede decirse «
el 
soprano X ha 
estado soberbio». Con todo, nadie negará que al oír la palabra 
soprano 
todos pensamos inmediatamente en una señora, gene- 
ralmente gorda y con senos abundantes. Este es un buen ejem- 
plo de disociación entre género gramatical y género semántico. 
Gramaticalmente, el soprano es masculino, pero desde el punto 
de vista semántico es femenino. 
 
86

Las lenguas ofrecen muchas contradicciones como ésta. En 
inblés, /news/ (noticia) gramaticalmente es plural,  aunque  la 
noticia sea una sola, y se construye con las concordancias en sin- 
gular, aunque las noticias sean muchas. 
A pesar de todo ello, Hjelmslev, al tratar de este tema ha 
sido muy claro: para poder expresar la infinita substancia del 
contenido, se ha de articular en unidades formales de conteni- 
do. Pensemos en cuatro términos, como 
buey
,
 vaca
,
 cerdo

cerda
. Nacen de la combinación de dos categorías sexuales como 
macho y hembra (y que es igualmente aplicable a una infinidad 
de combinaciones semánticas), y de dos categorías zoológicas 
como son bovino + macho que da «buey» y porcino + hem- 
bra, que da «cerda», etc., quedando todavía las posibilidades de 
ovino hembra («oveja») o bovino macho y joven (opuesto a 
adulto) que da «ternero», etc. 
Si fuera posible llegar a construir un sistema del contenido 
puesto 
en forma, 
ya no sería imposible sostener que a unas 
unidades de contenido dadas corresponden unas unidades de 
expresión. Con todo, siguiendo la pauta de los rasgos grama- 
ticales es fácil elaborar los rasgos semánticos de un lexema de- 
terminado. Así, se pueden analizar las siguientes palabras de la 
manera indicada: 
/muchacho/: animado + humano + masculino –  adulto 
/muchacha/: animado + humano + femenino – adulto 
/hombre/: animado + humano + masculino + adulto 
/mujer/: animado + humano + femenino + adulto 
El rasgo «animado» se individualiza para justificar la posi- 
bilidad de combinación del lexema con determinados verbos: 
así,
 
es correcto decir /el hombre corre/, porque /correr/ se 
adapta positivamente al rasgo «animado», sin distinción de que 
se trate de «humano» o de «animal». No se puede decir /el 
hombre germina/, porque este verbo no se adapta ni a «hu- 
mano» ni a «animal», sino a «vegetal». Estas valencias com- 
binatorias del verbo se llaman a veces 
restricciones selectivas
 
 
 
87

(cf. L
YONS
,
 
1968; C
HOMSKY
,
 
1965; B
ONOMI
–U
SBERTI
,
 
1972). 
A pesar de que ha dado resultados interesantes, el análisis por 
rasgos semánticos sirve más para explicar las concordancias gra- 
maticales que las semánticas (y para las cuales hacen falta ins- 
trumentos más complejos; cf. el párrafo siguiente). 
Una  primera  objeción  es  la  de  que  el  número  de  las  cate- 
gorías gramaticales es muy reducido y puede ser organizado en 
sistema; en cambio, el número de las categorías semánticas es 
mucho más amplio y probablemente no puede ser organizado 
en sistema. 
El hecho de que sea muy amplio hace que sea fácil de- 
finir /hombre/ en relación con /mujer/, pero no /vaca/ en 
relación a /oveja/. De hecho, ambos son animados, animales 
y femeninos, pero no son lo mismo, como saben muy bien los 
ganaderos, aunque no sepan nada de semiótica. 
3.8. 
El análisis de los componentes
 
En los últimos años se ha desarrollado el análisis de los 
componentes semánticos de las unidades de contenido. El ejem- 
plo más conocido es el que proponen Katz y Fodor (K
ATZ

 
 
FODOR
,
 
1964), que intentan determinar, para el lexema /ba- 
chelor/ lo que llamaríamos su «espectro semántico», o mejor, 
aquel sistema interno del significado, visto como 
semema
.
 
Re- 
cordemos aquí que /bachelor/ en inglés puede querer decir 
tanto «soltero» como «joven licenciado» (el Bachelor of Arts es 
un título universitario), o bien «paje de caballero», o «foca jo- 
ven no aparejada en período de celo» (que es una extensión me- 
tafórica de «soltero»). Estas diferencias de sentido, que son im- 
portantes según el contexto, se llaman 
diferenciadores
,
 
y en el 
esquema que sigue se escriben entre corchetes. Entre paréntesis 
se escriben las 
marcas semánticas 
elementales, como masculino 
y adulto. Las 
marcas gramaticales 
se ponen sin paréntesis, y 
pueden coincidir o no con las semánticas: 
 
 
88

                                                                   
bachelor 
 
                                                        nombre singular, masculino, etc. 
 
                                           (humano)                                                  (animal) 
 
                  (masculino)                                                                     (masculino) 
 
   (adulto)                        (joven)                                                          (joven) 
 
(no casado)                  (caballero)                                                        (foca) 
 
 
 
     w

                        
.
w
2
                      
.
w
3
                         w
4
 
(que sirve bajo 
la bandera de otro) 
(que durante el 
periodo de celo 
no tiene compañía) 
(que ha recibido 
título, después de 
los cuatro primeros 
años de colegio) 
Cada uno de los 
recorridos
,
 
representados por las líneas 
de conexión entre marcas semánticas y diferenciadores, consti- 
tuyen una de las posibles lecturas, y por lo tanto, de los 
sen  -
tidos
.
 
Si se quiere, el significado es el complejo de todos los 
sentidos posibles de un semema. 
El sentido se identifica por 
amalgama 
con otros sentidos 
posibles de otros sememas incluidos en el contexto. Las 
selec- 
ciones restrictivas 
intervienen para favorecer la amalgama, y en 
el diagrama se anotan entre antilambdas y están simbolizadas 
por letras griegas. Una selección restrictiva podría ser una «con- 
dición necesaria y suficiente», expresada formalmente, y que 
permite que un sentido se una con otros sentidos de otros se- 
memas. Por ejemplo, w
1
 ha de dejar sentado que aquel sentido 
sólo es válido en un contexto en el que estén en juego relacio- 
nes matrimoniales, en tanto que w
3
 establece que el contexto se 
refiere a actividad culminada o no. De esta manera se pueden 
crear dos amalgamas que asignen a dos casos de /bachelor/ 
dos sentidos de lectura diferentes, en los dos enunciados /a 
 
89

married man is no more a bachelor/ (un hombre casado ya no 
es soltero) y /my husband is a bachelor of arts/ (mi marido 
es licenciado en humanidades). Naturalmente, resulta dudosa 
una expresión como /la estudiante no se quiere casar con Luis, 
porque no es 
bachelor
.
/;
 
pero  en  este  caso  ha  de  intervenir 
el contexto para fijar los puntos exactos de la amalgama. 
Un inconveniente de este análisis es que los diferenciadores 
no son componentes mínimos, sino definiciones complejas que 
a su vez han de ser definidas; y si es excelente para estable- 
cer los caracteres que se han de señalar en un diccionario para 
definir un lexema, no nos sirve para explicar cómo puede ar- 
ticularse un sistema semántico elemental. Otro inconveniente 
es el de que se pueden determinar los distintos usos de un 
lexema, pero no los contextos y las circunstancias en que se 
han de aplicar. Y el tercer inconveniente es el de que un espec- 
tro de componentes de esta clase explica los casos de homo- 
nimia (y por ello es útil para un lexicógrafo), pero no registra 
todas las connotaciones posibles del término, con lo que resulta 
que «soltero» (una vez distinguido el sentido que se atribuye 
a /bachelor/) puede connotar «libertinaje», «irresponsabili- 
dad», o «libertad», según el contexto en que aparezca. Como 
puede verse, estas dos últimas objeciones vuelven a plantear el 
problema del uso contextual y circunstancial. 
Katz y Fodor contestan que una teoría de los contextos im- 
plicaría una recensión global de todas las posibilidades de un 
lexema, y que por lo tanto se convertiría en una teoría que pres- 
cribiría todos los acontecimientos posibles del universo. Se ob 
jeta que una sociedad conoce algunos contextos y algunas cir- 
cunstancias con carácter preferente, en los que se utiliza un le- 
xema y que —cuanto más organizado está un código— con 
mayor motivo debería registrar estas circunstancias. 
Pongamos un ejemplo: supongamos dos expresiones como 
/hay que llevar el león al zoo/ y /hay que llevar a Pedrito al 
zoo/, es evidente que en la primera /llevar/ asume un sentido 
de captura y castigo y en la segunda tiene un sentido más vago 
e impreciso, aunque sugiere una idea de premio o de enseñanza 
 
90

Al fallar una teoría de los contextos y de las circunstancias, 
no se puede establecer una regla semántica, para que la primera 
expresión tenga que interpretarse de manera diferente de la 
segunda. 
Pero supongamos que un espectro semántico no se detiene 
en las marcas semánticas, en los diferenciadores y en las selec- 
ciones restrictivas, sino que comprende 
marcas connotativas 

selecciones circunstanciales
.
 
Veremos que /león/ suele apa- 
recer en tres contextos: zoo, circo y jungla. Es indudable que 
/zoo/ implica connotaciones de prisión, de la misma manera 
que /circo/ implica connotaciones de espectacularidad y de 
destreza. En este caso, el semema «león» podría incluir selec- 
ciones circunstanciales por las cuales, cuando se amalgama 
con «zoo» connote prisión, cuando se amalgama con «circo» 
connote destreza y cuando se amalgama con «jungla» connote 
fiereza, libertad y peligro. No hay otros contextos posibles, o 
por lo menos que se puedan registrar de manera convencional. 
Por ello, el semema «león» incluiría reglas (registradas por el 
código) para establecer el sentido connotativo en determinados 
contextos. 
El método de Katz y Fodor ha sido profundizado (W
EIN

REICH
,
 
1965) o se han sugerido alternativas (B
IERWISCH

1970) que tenderían a determinar en cada semema unos com- 
ponentes relaciónales más generales. Por ejemplo, el espectro de 
componentes de verbos como /matar/ se expresaría en reglas 
como: 
matar: 
Suj. X causa (Obj. Y Mutación en 
[Obj. Y no Vivo]). 
 
91
Puede verse fácilmente cómo las expresiones de unión entre 
términos (como causa, mutación en, vivo, etc.) podrían expre- 
sarse por medio de relaciones formales, y de esta manera la 
composición semántica de los sememas se traduciría en términos 
de puras correlaciones, utilizando un número reducido de ope- 
 

radores y transcribiendo en forma metalingüística los términos 
lingüísticos que en Katz y Fodor aparecen todavía sin analizar. 
Pero surgen dos objeciones. La primera es la de que no 
queda  claro  si  este  tipo  de  análisis  de  componentes  se  puede 
aplicar igualmente a términos que se refieren a «cosas» tanto 
como acciones (con lo que se vuelve al análisis de componentes 
de /bachelor/). La segunda es que, para que pueda funcionar 
como sistema de reglas, también las conexiones que se expre- 
san en lenguaje simbólico de tipo lógico han de formar parte 
de un 
sistema
,
 
y no de un repertorio casual. Así, el análisis 
de componentes, para justificar los términos metalingüísticos 
que utiliza para explicar el sentido de los términos lingüísticos, 
ha de proponer un sistema de tales términos, que no es otra 
cosa que el 
sistema de la forma del contenido

3.9. 
El sistema del contenido
 
Se han hecho varios intentos para construir un sistema del 
contenido. Uno de los más significativos (G
REIMAS
,
 
1966) 
prevé algunas unidades semánticas elementales (como categorías 
mentales que corresponden a aspectos fundamentales de la ex- 
periencia), constituidas por 
ejes opuestos
,
 
en los que participa 
cada significado. Greimas enumera algunas estructuras elemen- 
tales de la significación. Son los 
ejes semánticos
,
 
como: 
   carretera estatal — carretera provincial 
   grande                  — pequeño 
   hombre                
.
— mujer, etc. 
La oposición se fija en un único punto de vista, que cons- 
tituye el eje semántico. En la oposición mujer-hombre, el eje 
es el sexo. Pero el significado «mujer» (que en este punto indi- 
caremos como semema) es el punto de encuentro de varias 
unidades semánticas elementales, que Greimas llama 
semas 
(por 
lo tanto en sentido opuesto al de Buyssens). Por ejemplo, fe- 
 
92

minidad es un 
sema
,
 
que a su vez se opone a masculinidad, 
pero que no solamente pertenece a «mujer» sino también a 
«oveja» o a «vaca». 
En tal caso, un lexema como /alto/ se distinguiría de /an- 
cho/ en cuanto el primero posee semas de espacialidad, dimen- 
sionalidad, verticalidad, y el segundo, semas de espacialidad, 
dimensionalidad, horizontalidad y perspectiva. 
Por lo tanto, el lexema es el lugar de manifestación de se- 
mas que a menudo provienen de categorías y de sistemas sé- 
micos diferentes y que presentan entre sí relaciones jerárquicas, 
es decir, hipotácticas.
 
Véase, por ejemplo, la manera como Greimas articula el 
sistema sémico de la espacialidad: 
                                                     especialidad 
 
                   dimensionalidad                               no dimensionalidad 
 
horizontalidad               verticalidad        superficie                     volumen 
                                         (alto–bajo)   (amplio–estrecho)      (grueso–delgado) 
 
  perspectiva                    lateralidad 
(largo–corto)             (ancho–estrecho)  
Como puede verse, cada sema (por ejemplo, horizontal–ver- 
tical) se substituye a base de una distinción que constituye su 
eje semántico de dos semas subyacentes como perspectividad 
y lateralidad. 
Este tipo de formalización del contenido sería satisfac- 
torio si fuera exhaustivo. Por ejemplo, aquí tenemos el sistema 
de la espacialidad: ¿y
 
el sistema de la temporalidad? ¿Y la 
correlación entre ambos? El árbol podría alargarse hasta lo 
infinito. Pero es que hay más: incluso ampliada hasta lo infi- 
nito, esta taxonomía produciría subdivisiones sémicas muy 
generalizadas. ¿Cómo puede distinguirse, desde el punto de 
 
93

vista sémico, /sofá/ de /silla/? Pottier compone una serie de 
matrices como la de Greimas para alto y bajo, y distingue 
sofá, silla, taburete, puf y diván por la presencia o ausencia de 
rasgos semánticos como «con brazos», «respaldo», «travesa- 
ños», etc. Naturalmente, «puf» es asiento sin brazos, ni trave- 
saños, «silla» con travesaños y sin brazos, etc., y toda la fa- 
milia tiene el rasgo común «para sentarse» (P
OTTIER
,
 
1965). 
Pero estos rasgos no son como los de horizontalidad y verti- 
calidad, son de aplicación demasiado particular, son definicio- 
nes, no son elementos primarios. 
Por ello, y para que sea precisa, la formalización del con- 
tenido ha de ser muy general y no llega a explicar la diferen- 
cia de significado entre /hipopótamo/ y /arzobispo/. Si la ex- 
plica (y a ello tienden los esfuerzos de la semántica componen- 
cial) no consigue determinar elementos semánticos primarios, 
de la misma manera que los rasgos distintivos son elementos 
sintácticos primarios. Naturalmente, las elaboraciones de los 
autores citados (y de otros) son mucho más completas y sa- 
tisfactorias de lo que permite suponer esta exposición rápida, 
pero el problema sigue siendo el mismo. 
Para definir la estructura del signo se ha de postular una 
formalización del contenido, si no igual, por lo menos muy 
aproximada a la de la expresión; pero la amplitud y vague- 
dad del contenido, de momento la hacen irrealizable. Mejor 
dicho,  se  ha  realizado,  pero  sólo  a  nivel  de  la  lógica  formal, 
en la que se pueden expresar formas generales del contenido, 
por medio de una serie finita de elementos y de relaciones. 
Pero la lógica formal se aplica precisamente a lenguajes for- 
malizados y en absoluto inequívocos, y entra en crisis cuando 
quiere convertirse en lógica de los lenguajes naturales, que son 
expresión de lo equívoco, de la polisemia, de los matices y de 
la ambigüedad. 
Además, la lógica formal me indica los elementos del conteni- 
do que corresponden a una expresión como 
(x)[F(x)
.

.
G(x)]
,
 
que puede traducirse por «todos los hombres son mortales». 
Pero no puede explicar lo que quiere decir /mortal/ y lo que 
 
94

la gente entiende cuando recibe el signo /mortal/ en contex- 
tos como /salto mortal/, /epidemia mortal/, /una pasión mor- 
tal/ y /¡yo soy un vulgar mortal, no pretenda que le explique 
lo que es el significado!/. 
3.10. 
Lengua
,
 habla
,
 discurso
 
Saussure distinguió en la comunicación lingüística la eje- 
cución de los signos, de las reglas que la hacen posible, tales 
como la relación entre lengua y habla. La lengua es el sistema 
de los elementos y de las reglas que permiten que se articulen 
los signos significativos. El habla es el acto concreto en el que 
el que habla ejerce las leyes de la lengua. 
La lengua estudia las leyes que permiten las articulaciones 
elementales de signos (según algunos, no existe lingüística más 
allá de la 
frase
),
 
en tanto que este libro, o la 
Divina Comedia
,
 
son un texto, un ejercicio complejo del habla. En consecuen- 
cia, la lengua es una abstracción, que no existe más que como 
resultante de los usos lingüísticos colectivos; el habla es un 
acto concreto. El signo parece que se puede estudiar y definir a 
nivel de la lengua; en cambio, a nivel del habla parece escapar 
a toda determinación, y muchos creen que es una creación libre 
que nunca queda completamente explicada por las leyes que la 
rigen. Con todo, otros estudiosos se han preguntado si real- 
mente no puede existir una lingüística del habla o si entre len- 
gua (como sistema) y habla no hay un corpus de reglas inter- 
medias, como puede ser la norma (cf. C
OSERIU
,
 
1952). El sis- 
tema (lengua) latino consideraba —en términos de oposición— 
un  único  fonema  /u/,  pero  la  norma ha inducido a distinguir 
los casos en que tenía valor vocálico de aquellos en que tenía 
valor consonantico (y de ahí viene la aparición de la /v/, que 
en nuestro idioma es un elemento sistemático). Y de la misma 
manera, el sistema latino permite sintácticamente, tanto /Petrus 
Paulum amat/ como /Paulum Petrus amat/, aunque sólo la 
primera expresión es normal, y la segunda adquiere matices 
estilísticos particulares. 
 
95

Según Buyssens (1946), el habla es un 
acto sémico
.
 
Pero 
entre la lengua y el acto sémico está el 
sema
,
 
es decir, el dis- 
curso, que es el objeto directo de la semiología de Buyssens. El 
sema, que se realiza siempre como acto sémico, no es (ya lo 
hemos dicho antes) un signo aislado, sino una combinación sin- 
tagmática: /caballo/ no tiene significado preciso, sólo tiene 
valor; en cambio, /Don Quijote va a caballo de Rocinante/ 
y /Napoleón está a caballo de dos épocas/ son 
semas
,
 
expre- 
sados como actos sémicos concretos, y todo el discurso lingüís- 
tico semiológico (qué es el significante, qué es el significado, 
cuáles son sus reglas de combinación) se desarrolla por las re- 
glas del discurso. 
También la 
gramática transformativa 
de hoy se basa en 
esta primacía que se confiere a la estructura sintáctica. 
Un término como /flying/ en inglés puede significar tanto 
«volando», como «volador», o «que hace volar». ¿Cuál será el 
significado del enunciado /they are flying planes/? ¿«Son avio- 
nes que vuelan»? ¿«Están haciendo volar aviones»? Por sí 
mismo, el término no nos da indicaciones válidas. Ni siquiera 
el contexto (el 
sema
,
 
como diría Buyssens) en su apariencia 
inmediata. Ello se debe a que estamos ante 
dos 
enunciados, no 
ante 
uno
,
 
con dos estructuras gramaticales distintas. Si repre- 
sentamos estas dos estructuras por medio de un árbol que 
asigne a cada término su naturaleza gramatical propia, y por 
lo tanto su posición en el contexto, tenemos: 
                Sintagma                                                                         Sintagma 
 
Sintagma               Sintagma                                     Sintagma                          Sintagma 
 nominal                  verbal                                         nominal                              verbal 
 
                Sintagma               Sintagma                                                 Sintagma               Sintagma 
                   verbal                   nominal                                                    verbal                   nominal 
 
                  Verbo         adjetivo          nombre                              auxiliar     participio     nombre 
 
    They        Are             Flying            Planes                They         Are             Flying          Planes 
                                      
a)                                                                                   b) 
 
96

En el caso 

/flying/ es el participio presente unido al au- 
xiliar /are/; en el caso 

es el adjetivo que depende del sin- 
tagma nominal del que forma parte también /planes/. Una 
ramificación sintáctica distinta, una estructura contextual di- 
ferente, nos indican el significado que se ha de atribuir a 
/flying/. 
La objeción es que el código lingüístico debería prever estas 
diferentes posibilidades de /flying/. Debería prever que el ver- 
bo /to fly/ pudiera significar tanto «volar» como «hacer vo- 
lar»; y además que el sufijo /ing/ fuera un formador en el sen- 
tido de Morris (§ 2.9.7.), al menos con dos funciones grama- 
ticales y con más significados. ¿No deberá decirse en este caso 
que el destino contextual de /flying/ ya estaba previsto en el 
código lingüístico, hasta el punto de que el diccionario lo tiene 
en cuenta? O dicho de otro modo: ¿No habría un diagrama 
compositivo como el de Katz y Fodor, a cargo del contexto 
para fijar los diferenciadores y las selecciones restrictivas de 
/ing/? 
 
3.11. 
Denotación y connotación
.
 Metalenguaje
 
 
97
Denotación y connotación asumen gran variedad de sentidos 
en los discursos filosóficos y lógicos, pero los lingüistas utili- 
zan estos términos en sentido puramente lingüístico. El lin- 
güista no se interesa por las relaciones entre el signo y su 
eventual referente objetivo, sino por la constitución interna 
del signo, por su poder significante, y por la relación entre 
significante y significado. Ante la palabra /madre/ el lingüista 
no se plantea el problema del cómo y cuándo el lexema en 
cuestión indica un objeto preciso, porque ello es cosa del uso 
práctico que se hace de la lengua. Con todo, se sabe que 
/madre/ puede significar tanto generatriz de sexo femenino, 
en el sentido biológico estricto, como una serie de entidades 
indicadas así por metáfora (Santa Madre Iglesia, casa madre, 
lengua madre), como otra serie de entidades que sugiere el 
 

lexema, como «amor», «protección», «alimento», etc. Partien- 
do del principio de que éste es un problema de pragmática (cf. 


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