Umberto Eco Traducido por Francisco Serra Cantarell



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58

tografías (que más bien parecen quedar incluidas entre los ico- 
nos); en realidad, una fotografía no solamente representa un 
objeto, de la misma manera que puede hacerlo un dibujo, sino 
constituye implícitamente su 
huella 
y funciona como el 
círculo de vino que queda sobre la mesa y que testimonia la 
presencia (en pasado) de un vaso. Sobre el valor indicativo 

indexical 
de las imágenes cinematográficas, cf., por ejemplo, 
Bettetini (B
ETTETINI
,
 
1971). El discurso sobre los índices ayuda 
a comprender un problema común a todos los tipos de signos 
catalogados en este párrafo, y que es el de que todo signo 
puede ser considerado como un índice y como un icono, o como 
un símbolo, según las circunstancias en que aparece y el uso 
significativo a que se ha destinado. Así, puedo utilizar la fo- 
tografía histórica de los fusilados de la Comuna de París tanto 
como símbolo arbitrario y convencional de «mártires revolucio- 
narios», o bien como icono o como índice, en el sentido de 
«huella» que testimonia la veracidad de un hecho histórico. 
Por otra parte, añadiéndose a la problematicidad de los 
testimonios fotográficos, que se pueden falsificar de muchas 
maneras, se dice que existen índices cuyo valor indicativo es 
ficticio, y que por ello, o no son índices o la relación entre el 
índice y el referente no resulta tan clara como puede parecer. 
2.8.3. Todavía es más ambigua la definición de 
icono
.
 
Ante 
todo, el icono no tiene todas las propiedades del denotado, ya 
que en otro caso se confundiría con él. Por lo tanto, se trata 
de establecer 
escalas de iconicidad 
(M
OLES
,
 
1972) que vayan 
desde el esquematismo de la rosa de los vientos a la semejanza 
casi total de una mascarilla mortuoria. Dentro de los iconos 
Peirce distingue las 
imágenes
,
 
parecidas al objeto por algunos 
caracteres; los 
diagramas
,
 
que reproducen las relaciones entre 
las partes, y las 
metáforas
,
 
en las que se realiza un paralelismo 
más genérico. Pero entre las llamadas imágenes ya podemos ob- 
servar el débil iconismo de una reproducción lineal de la pirá- 
mide de Keops, comparado con el «realismo» ilusionista de 
Sciltian o el de un pintor soviético estalinista. En cuanto al 
 
59

«paralelismo» de las metáforas, se puede llegar al iconismo am- 
biguo de los símbolos místicos, en el que el pelícano es un 
icono de Cristo, porque se creía que alimentaba a sus hijos 
con su propia carne, aunque en realidad se trata de un para- 
lelismo inventado entre una determinada definición del Cristo 
eucaristico y una definición legendaria del pelícano, animal que 
no se parece en nada a un profeta hebraico. 
Paradójicamente, la definición más satisfactoria de icono 
es precisamente la que parece negarlo como signo; según Mo- 
rris, la iconicidad perfecta se consigue cuando el signo se iden- 
tifica con el mismo denotado. Yo tengo todas las propiedades 
de mí mismo, más de las que pueda poseer una fotografía mía. 
El argumento es menos paradójico de lo que parece, porque se 
puede y se debe aceptar que todos los objetos a los que nos 
referimos como significando, a su vez se convierten en signos, 
produciéndose una 
semiotización del referente

2.8.4. Un caso ejemplar es el de los llamados signos 
ostensi  -
vos 
(F
ARASSINO
,
 
1972); si para pedir un paquete de cigarrillos 
(o para contestar a una pregunta que implique como respuesta 
/un paquete de cigarrillos/) yo 
ostento 
un paquete de cigarri- 
llos, el objeto viene elegido convencionalmente como significan- 
te de la clase de la que el propio objeto es miembro. Salvo 
que incluso en este caso el signo no es del todo icónico, porque 
sucede a menudo que se eligen solamente algunos aspectos de 
aquél como representantes del significado al que me refiero; 
como en el caso de que muestro un paquete de cigarillos Du- 
cados, no para significar «cigarillos Ducados», sino cigarrillos 
en general —excluyendo por tanto de la pertinentización sígnica 
algunas de las cualidades del objeto, que no corresponden a 
propiedades clasificadas de su significado. 
2.8.5. Se podría decir que, si no todos, casi todos los signos 
ostensivos son signos 
intrínsecos 

contiguos
.
 
Esta nueva cate- 
goría, teorizada recientemente (E
KMAN 
y F
RIESEN
,
 
1969; V
E

RON
,
 
1970; E
CO
, 1971), hasta hace poco se confundía con la 
 
60

de los iconos. Se trata de signos que se refieren a un objeto me- 
diante la exhibición de una parte. Supongamos que un niño, 
para fingir que tiene una pistola, apunte con el índice, con el 
vulgar alzado y los demás dedos cerrados; tenemos un rudimen- 
tario signo icónico en el que el índice imita el cañón, el pulgar 
el gatillo y los demás dedos la empuñadura. Pero el mismo 
niño puede cerrar la mano como si empuñara una pistola y mo- 
ver el índice contrayéndolo, como si apretara el gatillo. En 
este caso el niño no imita la pistola, sino 
una mano que empu- 
ña una pistola y dispara
.
 
La pistola no existe, la mano sí, y con 
la misma disposición del gesto exacto que haría si hubiera la 
pistola. De la misma manera, si amenazo a alguien agitando 
el puño cerrado, el puño puede ser un icono o un símbolo. Pero 
si finjo dar un puñetazo, deteniendo la mano a pocos centíme- 
tros del rostro del interlocutor, le comunico el significado «pu- 
ñetazo» (o, mejor, «te doy un puñetazo») utilizando como signo 
una parte de aquel comportamiento que designaba el signo. 
Estos signos, definidos por Ekman y Friesen como «
intrin- 
sically coded acts
.
»,
 
no se han de confundir con los llamados 
«intrínsecos» por Buyssens, quien indicaba con este término los 
signos icónicos en cuanto se distinguían de los signos arbitrarios 
o «extrínsecos». 
 
61
2.8.6. Ni los signos ostensivos ni los intrínsecos tienen nece- 
sidad del parámetro del referente para que puedan ser defini- 
dos. En efecto, son signos elaborados por convención, y en los 
que el significante está constituido ocasionalmente con una 
substancia 
que es la misma del objeto que eventualmente va 
a intervenir cuando utilice estos signos  en  el  curso  de  un  acto 
de referencia concreta (cf. § 4.3.5.III). Son 
convencionales 
porque si en un restaurante muestro al camarero la botella de 
vino  vacía,  él  comprende  que  pido  más  vino  (es  como  si  dijera 
/vino/), aunque en una cultura distinta el mismo gesto podría 
representar una invitación a beber. Están constituidos 
ocasio- 
nalmente 
con la misma substancia del referente posible, porque 
yo podría significar igualmente «cigarrillos» enseñando una 
 

reproducción en plástico de un paquete de cigarrillos, o un 
dibujo. 
Con lo cual volvemos a un tipo de signo que podría de- 
finirse como icónico. Pero aquí resulta evidente que para ela- 
borar un signo icónico se necesitan algunas condiciones (que 
han destacado E
CO
, 1968; V
OLLI
,
 
1972): 
a)
 hace falta que la cultura defina objetos reconocibles, ba- 
sándose en algunas características destacadas, o 
rasgos de reco- 
nocimiento
;
 
no existe signo icónico de un objeto ignorado; 
antes es preciso que la cultura defina una cebra como cuadrú- 
pedo, parecido a un asno, con la piel a rayas negras; sólo des- 
pués de esto se puede hacer un dibujo reconocible de una cebra;
 
b)
 es preciso que una segunda convención (de tipo gráfico) 
establezca que a ciertos artificios gráficos les corresponden al- 
gunas de estas propiedades y que ciertos rasgos de reconoci- 
miento del objeto se han de reproducir 
absolutamente 
para 
poder reconocer el propio objeto (puedo no reproducir la cola 
o los flancos de la cebra, pero he de reproducir las rayas);
 
c)
 es preciso, por fin, que la convención establezca las mo- 
dalidades de 
producción 
de la correspondencia perceptible entre 
rasgos de reconocimiento y rasgos  gráficos.  Si  dibujo  un  vaso, 
según las leyes de la perspectiva, establezco modalidades rena- 
centistas y perspectivistas (la 
portula optica 
de Durero, y el 
modelo de la cámara obscura de Della Porta) para 
proyectar 
algunos rasgos pertinentes del perfil del objeto sobre algunos 
puntos de la superficie de una hoja, estableciendo la convención 
de que las variaciones de profundidad tridimensional se re- 
duzcan a variaciones de distancia bidimensionales y a variacio- 
nes de magnitud y de intensidad de los diferentes puntos o 
rasgos gráficos. Si un niño decide representar un caballo me- 
diante una escoba sobre la que cabalga, decide solamente pro- 
ducir dos rasgos de reconocimiento del caballo, uno espacial 
(dimensionalidad) y otro funcional (cabalgabilidad). El hecho 
de que luego el cuerpo del niño intervenga para simular la ca- 
balgabilidad nos hace registrar un signo de esta clase como
 
 
62

signo intrínseco (cf. G
OMBRICH
,
 
1963; E
CO
, 1972). Si decido 
imitar una bandera roja trasplantando en un 
collage 
un trocito 
de  misma  tela  de  que  está  hecha la bandera representada, 
opero una 
traslación 
de substancia, complicada con una 
pro  -
tección 
(en cuanto reduzco los tamaños, manteniendo inaltera- 
da la forma). 
Podríamos continuar poniendo ejemplos hasta lo infinito, 
mostrando que la noción de signo icónico cubre una gran varie- 
dad de operaciones 
productivas 
basadas en convenciones y ope- 
raciones precisas, cuya clasificación y análisis es tarea futura 
para una teoría de los signos más desarrollada (cf. E
CO
, P
ARAS

SIMO
,
 
C
ASETTI
,
 
V
OLLI
,
 
B
ETTETINI
,
 
1972). 
2.8.7. Por otra parte, estas observaciones nos dicen que: 
a)
 no se puede distinguir entre signos 
motivantes 
(como los 
índices y los iconos, que mantienen relaciones de semejanza o 
de continuidad con el referente) y signos 
convencionales
,
 
o sím- 
bolos. También los índices y los iconos funcionan a base de una 
convención que regula las modalidades de su producción, por 
lo que un icono no es un signo que se parece al propio objeto 
porque lo 
reproduce
,
 
sino que es más bien un signo basado 
en modalidades particulares de 
producción 
(ostensión, uso de 
parte del objeto, traslación o proyección, etc.) de una impre- 
sión perceptiva que, muchas veces con el recuerdo de otras 
experiencias (táctiles, auditivas, etc.), mediante complicados 
procesos sinestésicos, se capta como «similar» a la que se ha 
sentido en presencia de un objeto determinado. Con lo cual las 
nociones de semejanza, similitud, analogía, etc., no constituyen 
explicaciones de la particularidad de los signos icónicos, sino que 
mas bien son sinónimas de «iconismo», que se explican me- 
diante el análisis de las diferentes modalidades 
productivas 
de 
los signos (véase sobre ello el análisis de M
AITESE
,
 
1970).
 
b)
 La noción de icono se ha de escindir en distintas nocio- 
nes más analíticas.
 
c)
  Como  se  verá  en  4.3.4,  si  se  considera  como  iconismo 
 
63

una capacidad de la mente para formular imágenes de los 
percepta
,
 
en tal caso también son iconos los signos llamados 
símbolos, en la medida en que una de sus ocasiones (un 
token
,
 
cf. 2.7.4.) se considera como reproducción de su modelo abs- 
tracto (o 
type
). 
d) 
La distinción entre índices, iconos y símbolos, de Peirce, 
alejada de una definición por relación con el referente y tra- 
ducida en definición por especificidad del significante —o com- 
plicándose con una distinción ente signos naturales emitidos sin 
intención del emisor, y signos artificiales emitidos intencional- 
mente por un emisor humano— debe articularse de nuevo pro- 
visionalmente de esta manera: 
                                                             signos 
 
                    naturales                                                                     artificiales 
 
                                             índices                 productivos                                    substitutivos 
síntomas
 
contigüidad 
y relación 
causal 
con el 
referente 
en cual, 
por otra 
parte, no 
se percibe 
(síntoma 
médicos,  
humo del 
fuego, etc.) 
huellas

de una 
relación 
causal como 
presupuesto 
se infiere una 
contigüidad 
(no actual) 
con el 
referente: 
huella de 
un objeto 
sobre un plano, 
pisadas en 
la arena, 
fotografías, 
etc. 
 
indicios:
 
de una 
relación de 
contigüidad 
como 
presupuesto 
se infiere 
una 
dependencia 
causal: 
indicios 
criminales 
un pañuelo 
olvidado, 
un mechón 
de cabellos, 
etc. 
símbolos 
lingüísticos 
índices 
vectores 
(dedo 
apuntando, 
flecha, 
etc.) 
signos 
visuales 
abstractos 
(dirección 
prohibida, 
bandera, 
etc.) 
emblemas 
o signos 
heráldicos 
(armas, 
etc.) 
otros 
 
homosubstanciales
 
(el significante 
utiliza como substancia 
la propia materia de 
los posibles objetos de 
referencia) 
heterosubstanciales
 
 
proyectivos
 
(dibujo en 
perspectiva, 
etc.) 
caracterizan es
 
(las rayas de 
la cebra, 
ideogramas, 
etc.) 
t
intrínsecos
 
(parte del 
objeto por 
el todo) 
traslativos
 
(reproducción de 
un color, un aspecto, 
de la materia, etc.) 
ostensivos
 
(objeto 
como 
signo) 
 
64

 
2.9.
 
Signos que se distinguen por el comportamiento que es- 
timulan en el destinatario
 
2.9.1. Morris (1946, págs. 89 y sigs.) ha intentado una clasi- 
ficación basada en criterios behavioristas, definiendo el signo 
de esta manera: 
signo
,
 
brevemente: algo que dirige el comportamiento respecto 
a una cosa que en aquel momento no es un estímulo. Más 
exactamente, si A es un estímulo preparatorio que a falta 
del objeto estimulante que origina una respuesta–secuencia 
de toda una familia de comportamientos, produce en algún 
organismo una disposición a responder mediante respues- 
tas–secuencias de esta familia de comportamientos, en tal 
caso A es un signo. Todo lo que cumple estas condiciones 
es un signo; se deja sin examinar el que existan signos que 
no cumplen estas condiciones. 
La  preocupación  behaviorista  de  Morris,  la  exigencia  de  no 
definir el signo recurriendo a un significado fantasmagórico, o 
«concepto», que tiene una vida puramente mental y que por 
ello no es observable, lo que induce a confundir peligrosamente 
el signo con el 
estímulo
.
 
Decir que el signo es un estímulo pre- 
paratorio que funciona en ausencia del estímulo propiamente 
dicho,  equivale  a  decir  que  un  signo  es  un  estímulo  que  subs- 
tituye a otros estímulos produciendo los mismos efectos. Así, si 
estuviera afectado por una extraña aberración por la que siento 
nauseas cada vez que veo una chica guapa, un emético común 
comprado en la farmacia sería el signo que se pone en lugar 
de la chica. Es evidente que Morris no quería decir esto, pero 
la estrechez de su definición permite extrapolaciones de esta 
clase. 
2.9.2. En cualquier caso, incluso manteniendo la respuesta 
del comportamiento como parámetro de fondo, su clasificación 
de los signos tiene un valor más extenso y es una de las más 
articuladas.  
 
65

                                    
signos 
 
                                                                    signos simples 
 
 
 
signos complejos 
o bien, adscriptivos 
(que reproducen 
las subdivisiones 
de los signos simples) 
 
—identificativos 
—designativos 
—apreciativos 
—prescriptitos 
—formativos 
indicativos 
descriptivos 
normativos 
determinativos 
correctivos 
manerativos 
 
Este esquema intenta unificar distinciones que aparecen en 
el  ámbito  de  un  discurso  mucho  más vasto y analítico de Morris, 
y que aquí se resume en sus puntos básicos. 
2.9.3. 
Identificativos: 
son muy parecidos a los índices de 
Peirce. Sirven para dirigir la respuesta del intérprete hacia una 
determinada región espacial y temporal. Son los localizadores 
que se unen a los signos de los otros tres tipos siguientes para 
decir qué es lo que se designa, qué es lo que se aprecia o qué 
es lo que se prescribe. Son signos en su estado mínimo, 
estí- 
mulos prepara orios
.
 
Son 
indicativos 
los identificativos no ver- 
t
bales, como el dedo índice que apunta; son 
descriptivos 
los in- 
dicativos que son señales lingüísticas (Morris pone el ejemplo 
de /esta noche a las diez/, pero creo que cabe en esta categoría 
incluso un signo como /allá/); son 
nominativos 
los identifica- 
tivos lingüísticos que substituyen a otros signos lingüísticos si- 
nónimos de ellos; del ejemplo de Morris se deduce que deben 
incluirse los pronombres como /aquél/ (que tal vez se unen 
a un indicador) y los nombres propios (el nombre /José/ in- 
dica una situación espacial y temporal hacia la que he de diri- 
gir  mi  atención).  El  significado  de  un  identificativo  es  un 
locatum

2.9.4. 
Designativos: 
son los signos que significan las carac- 
terísticas de una situación espacial y temporal. El significado 
de un designativo es un 
discriminatum
; ello quiere decir que 
se designa una situación destacando algunas propiedades más 
 
66

acusadas, y que sirven para su reconocimiento: /negro/, /más 
alto/ son designativos. Los designativos pueden ser clasifica- 
dos por el número de identificativos exigidos para completar el 
signo complejo (adscriptor) en el que aparecen; /negro/ es 
monádico 
(basta con decir que un 

es negro); /golpea/ es 
diádico 
(

golpea a 
y
.
);
 
/por/ es 
triádico 
(

por 
Y
 a 
z
). Los 
designativos no denotan necesariamente un objeto (se puede 
designar un objeto inexistente); significan un 
significatum

2.9.5. 
Aprecia ivos: 
significan algo que está dotado de un es- 
t
tado preferente, en relación con el comportamiento que se ha 
de elaborar. Su significado es un 
valuatum
.
 
Pueden ser 
positi- 
vos 
(/honesto/), 
negativos 
(/cobarde/), o bien 
instrumentales 

utilitarios 
(cuando inducen a alcanzar un fin). Los ejemplos 
más persuasivos que brinda Morris están en términos de signos 
complejos o adscriptivos, del tipo /A es mejor que B/. Morris 
nos recuerda también que la definición /A es bueno/, dada 
en una situación que no implica opción, hace que /bueno/ 
sea un designativo; en cambio, si  se  quiere  inducir a una op- 
ción preferente entre A y B, /bueno/ se convierte en apre- 
ciativo.
 
2.9.6. 
Prescriptivos: 
no solamente sugieren sino que or- 
denan un comportamiento. Su significado es un 
obligatum
.
 
Pue- 
den ser 
hipotéticos 
(/si  te  llamo,  ven/), 
categóricos 
(/ven 
aquí/) y 
fundamentados 
(/ven, que te daré el periódico/). 
2.9.7. 
Normativos: 
son los más complejos para definir, y Mo- 
rris les dedica todo un capítulo (M
ORRIS
, 1946, VI). La razón 
es muy sencilla: son los signos que, en apariencia carentes de 
significado, sirven como correctores y modifican la estructura 
de los signos complejos y adscriptivos. Los antiguos los habían 
identificado como signos 
sincategorimáticos
.
 
En otros términos, 
si digo /mañana lloverá o hará buen tiempo/, tanto /mañana 
lloverá/ como /(mañana) hará buen tiempo/ son adscriptivos 
designativos que tienen como significado un 
discriminatum
 
 
 
67

de situaciones determinadas; en cambio /o/ parece que no ten- 
ga significado, y con todo, determina la comprensión de toda 
la frase, porque pone en alternativa las dos afirmaciones. Morris 
clasifica entre las alternativas: 
los que con frecuencia se han denominado «signos lógicos», o «signos 
formales», o «signos sincategorimáticos», términos que varios autores 
aplican a fenómenos lingüísticos como /o/, /no/, /algunos/, /es/, /+/, 
/5/, variables, orden de las palabras, sufijos, partes del discurso, es- 
tructura gramatical, artificios de puntuación, etc. 
Esta clasificación es muy importante, porque nos permite 
reunir bajo una sola rúbrica: 
 
a)
 algunas de las que los antiguos denominaban 
partes del 
discurso 
y que nos han sido transmitidas por las gramáticas 
tradicionales, como son, por ejemplo, adverbios o pronombres 
(Morris llama, a estos formativos, 
determinativos
); 
b)
 las flexiones; al igual que las desinencias que se estudian 
en las conjugaciones latinas, /ibus/, que indica dativo o abla- 
tivo, /um/, que indica acusativo (éstos también son 
determi- 
nativos
.
);
 
c) 
todos los operativos lógicos o algebraicos (que serían co- 
rrectivos, al igual que la cópula y las conjugaciones, las comas, 
los paréntesis); 
d) 
artificios que a simple vista no se clasifican como signos, 
como, por ejemplo, la entonación interrogativa; Morris cita el 
caso de un sonido ruso que, unido a otros signos, establece 
que el adscriptivo se expresa como interrogativo; nosotros no 
tenemos un signo específico, aunque empleamos un 
fonema
,
 
que consiste en elevar progresivamente el tono, y que gráfica- 
mente se expresa con /?/. La lingüística ha estudiado estas 
formas como 
signos prosódicos 
o rasgos 
suprasegmentales
.
 
Mo- 
rris los llama 
manierativos
.

e) 
el orden de las palabras y la estructura gramatical; entre 
un /sabio poco psicólogo/ y un /psicólogo poco sabio/ hay 
una gran diferencia intuitiva de  significado:  ¿qué  es  lo  que 

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