Umberto Eco Traducido por Francisco Serra Cantarell



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47

 
olfativos. Siguen los signos visuales, que tienen la facultad de 
conservarse con el tiempo (
verba volant
,
 scripta manent
.
),
 

no es casual el que la civilización, se haya desarrollado utili- 
zando en primer lugar los signos auditivos y después los visua- 
les. Los escolásticos definían el oído y la vista como sentidos 
maxime cognoscitivi
,
 
y podrían haber dicho también 
maxime 
comunicativi
.
 
Pero varios estudiosos (cf. H
ALL
,
 
1966) nos 
hacen observar que nuestra vida social se basa, hoy todavía, 
en una cantidad de signos no reconocidos como tales, como por 
ejemplo las señales térmicas (reconocemos la disposición emo- 
tiva de la persona con la que estamos bailando por las varia- 
ciones de temperatura de su cuerpo) y olfativas (dirigir o no 
el aliento sobre el interlocutor distingue a un mediterráneo de 
un americano, cultivar o reprimir los olores corporales natu- 
rales resulta discriminante si uno quiere ser admitido en una 
comunidad 
hippie 
o en un club para directivos de empresa, 
etcétera). Numerosas sociedades secretas establecen que sus 
miembros se reconozcan por medio de signos táctiles imper- 
ceptibles... Por otra parte, también en las semias visuales y au- 
ditivas existen sectores que hasta hace poco estaban olvidados 
por la semiótica: se creía que eran signos los símbolos- traza- 
dos con el lápiz así como las palabras articuladas, pero no que 
fueran signos organizados los gestos o las entonaciones de voz. 
En cambio hoy, una disciplina como la 
sinésica 
(S
EBEOK

B
ATESON
,
 
H
AYES
,
 
1964) clasifica y analiza una infinidad de 
lenguajes gestuales, algunos 
¿e 
ellos extremadamente codifi- 
cados y convencionalizados, como la jerga muda de los trapen- 
ses, otros en apariencia más espontáneos, como la gestualidad 
mediterránea (piénsese en la exactitud con que un napolitano 
puede decir con gestos que está sorprendido, loco, interesado 
sexualmente, puede expresar desprecio, interrogación, resig- 
nación, y lo distintos que son estos gestos, si llegan a existir, 
en un sueco o en un indio). Por otra parte, una disciplina 
como la 
paralingüística 
(T
RAGER
,
 
1964) clasifica las entona- 
ciones de voz, las variaciones prosódicas, los acentos; artificios 
que muchas veces no solamente resultan decisivos (únicamente 
 
48

la entonación determina si mi /ven aquí/ es una orden o una 
imploración, sino que llegan a ser rasgos que diferencian el va- 
lor de una emisión (en algunas lenguas orientales, lo que no- 
sotros consideramos como el mismo sonido dicho con dos tonos 
de voz, representa dos «palabras» diferentes). 
2.5.4. Añádase, además, que dentro de un mismo vehículo 
sensorial se establecen distintas semias; tenemos no solamente 
los gestos y los grafemas escritos, que establecen dos grandes 
semias dentro del canal visual, sino que a nivel de los grafemas 
podemos considerar el signo /a/ como el equivalente de una 
emisión fonética que funciona en la articulación —por ejem- 
plo— de la palabra /asno/, o bien como un signo algebraico 
en la expresión escrita /a=b/, en la que /a/ significa una 
entidad matemática. Digamos, por lo tanto, que /a/ pertenece 
por diversos títulos a dos semias o a dos códigos distintos. 
2.6.
 Signos que se distinguen en relación con su significado
 
2.6.1.  Los  antiguos  ya  se  habían  dado  cuenta  de  que  el  sig- 
nificado de un signo podía ser 
unívoco 

plural
,
 
o sea que una 
sola palabra podía significar muchas cosas. Las discusiones co- 
rrientes distinguen entre: 
signos unívocos
,
 
que deberían tener un solo significado, sin po- 
sibles equívocos, como sucede con los signos aritméticos. 
Un exceso de univocidad podría ser la 
sinonimia
,
 
que es 
el caso en que dos signos distintos se refieren al mismo 
significado; 
signos equívocos
,
 
que pueden tener distintos significados, to- 
dos ellos registrados como fundamentales; un ejemplo de 
equivocidad es la 
homonimia
,
 
en la que un mismo signo 
tiene dos significados muy distintos; 
 
49
signos plurales
,
 
que pueden serlo por 
connotación 
(se origina un 
segundo significado a partir del primero) o por otros arti- 
 

ficios retóricos, como en el caso de las metáforas, de los 
dobles sentidos, etc.; 
signos vagos
,
 
también llamados «símbolos», que mantienen una 
relación vaga y alusiva con una serie imprecisa de signi- 
ficados. 
2.6.2. Estas distinciones funcionan en algunas clasificaciones 
semánticas (por ejemplo, en la compilación de diccionarios): 
no hay duda de que es un caso de homonimia decir que /gra- 
nada/ puede significar tanto una fruta como una bomba. Pero 
téngase en cuenta que en este caso no estamos ante un signo 
único con dos significados, sino ante dos significados que se ex- 
presan con una forma significante idéntica. Y si el signo es la 
unión entre significante y significado, tenemos 
dos 
signos dis- 
tintos, que tienen 
una 
propiedad común. La homonimia es 
algo más que la diferencia de acepciones: por ejemplo, el tér- 
mino /signo/ tiene sencillamente muchos 
sentidos 
posibles. 
Pero conviene preguntarse si 
todos 
los signos tienen mu- 
chos sentidos posibles. En tal caso no existirían signos 
unívocos. 
2.6.3. Para empezar, en rigor no existen verdaderos sinó- 
nimos: cuando el mismo significado es expresado aparentemen- 
te por dos significados distintos, en realidad siempre estamos 
considerando matices diferentes: /revólver/ no es totalmente 
sinónimo de /pistola/, aunque puede ser utilizado en este sen- 
tido, y /aeroplano/ es sinónimo de /avión/ solamente para 
quienes no captan ciertas 
connotaciones estilísticas 
implícitas 
en el primer término. 
 
50
2.6.4. En fin, hay signos que parecen absolutamente unívocos, 
como algunos operadores matemáticos, o los números y sím- 
bolos algebraicos; en realidad, sólo son unívocos desde el pun- 
to de vista sintáctico y dentro de una determinada convención 
(operaciones con fracciones u operaciones con números en- 
teros, etc.), pero desde el punto de vista semántico están abier- 
 

tos a todas las significaciones posibles, y en la lógica simbólica 
sirven precisamente como funciones preposicionales. El grado 
máximo de univocidad corresponde a la mayor apertura. Así, 
parecen absolutamente unívocos los nombres propios de per- 
sonas, en oposición a la generalidad de los nombres comunes; 
pero el nombre /José/ es aplicable y se aplica realmente a tan- 
tas personas que más bien constituye un ejemplo extremo de 
homonimia, y por lo tanto de equivocidad. 
2.6.5. En cuanto a los 
signos vagos 
o símbolos (en sentido 
poético), se han definido de tantas maneras y tan ambiguas en 
el curso de la historia del pensamiento, que ya no sabemos 
con qué identificarlos. Goethe (
Sprüche in Prosa
,
 
742) dice que 
«el simbolismo transforma la experiencia en idea y la idea en 
imagen, de manera que la idea contenida en la imagen perma- 
nezca siempre infinitamente activa e inalcanzable y, como ex- 
presada en todas las lenguas, permanezca inexpresable». Una 
definición como ésta implica, en rigor, que los llamados símbo- 
los no sean signos sino solamente estímulos capaces de susci- 
tar una especial colaboración inventiva por parte del destina- 
tario; o bien, son signos sin código, o sea, falsos signos, a los 
que el emitente atribuye un sentido y el destinatario otro. Ade- 
más, en la medida en que el emitente esté seguro de que el des- 
tinatario se mantendrá dentro de un ámbito de descodificación, 
existe  código  y  signos  de  alguna  clase.  Pero  si  consideramos 
como signo la palabra poética, en este caso «símbolo» solamente 
es una metáfora, como sucede en la poética de los simbolistas: 
se nos ofrecen signos lingüísticos auténticos, que se utilizan 
en un contexto determinado para producir algunos efectos evo- 
cativos, y, por lo tanto, podemos hablar de signos plurales. 
Pero si se consideran como símbolos algunos emblemas 
universales como la cruz, el loto, el mándala, éstos son 
icono- 
gramas
,
 
con valores con frecuencia muy codificados y otras ve- 
zes —una vez más— utilizados de modo múltiple, aprove- 
chando el entrecruzamiento de códigos diversos. En cambio, 
otras veces se trata de signos naturales por medio de los cua- 
 
51

les el intérprete intenta establecer un código, aunque sin querer 
convertirlo en estrictamente obligatorio y estable. 
2.6.6. La discusión sobre estos conceptos podría continuar 
indefinidamente sin llegar a un resultado preciso, porque no 
se refieren a una clasificación de los signos como significantes, 
sino a una clasificación de los 
significados
,
 
y son el tema de una 
semántica (cf. §§ 3.7–3.9). En cualquier caso, no se puede dejar 
de aludir a otras distinciones establecidas sobre esta base, como 
la que existe entre los signos que tienen valor 
semántico 
(se 
refieren a un significado) y signos que tienen puro valor 
sin- 
táctico 
y solamente expresan sus relaciones recíprocas. Estos 
serían los signos matemáticos y en especial los signos musica- 
les. Esta última actitud se ha abierto camino como reacción po- 
lémica a cierto descriptivismo de tipo romántico (la música que 
expresa valores o describe escenas pastoriles, batallas, paja- 
ritos que pían, etc.). A partir de Hanslick, se ha insistido en 
el hecho de que la música no significa nada fuera de ella misma, 
o todo lo más expresa ciertos dinamismos psicológicos (quizás 
para llegar a rechazar que la música sea un sistema sígnico). 
2.6.7. En último término, se han clasificado signos que se 
refieren solamente a otros signos, hablando de 
semias substitu- 
tivas

El sentido común ya nos indica que hay una diferencia entre 
la expresión verbal /caballo/ y la palabra escrita /caballo/, 
o la señal en Morse que significa /caballo/ para el receptor 
telegráfico. Solamente la palabra emitida verbalmente significa 
un significado «mental» o una «cosa». La palabra escrita se 
refiere a la verbal, y el trazo de Morse no se refiere siquiera 
a la palabra escrita, aunque sus signos (líneas y puntos) sig- 
nifican letras del alfabeto escrito, que se combinan entre sí 
siguiendo las reglas del código del lenguaje escrito. En cambio, 
el código del lenguaje escrito prevé reglas de combinación entre 
letras que no son totalmente iguales a las de la combinación 
de fenómenos de la palabra verbal. El lenguaje escrito puede 
 
52

representar un solo fonema, por ejemplo el que se indica con- 
vencionalmente como /j
.
/, por medio de dos letras alfabéticas 
como
 
/gn/ —el caso de /gnomo/—; o, en inglés, se represen- 
tan con la misma letra /u/ dos fonemas distintos, en dos pa- 
labras que se escriben /
rule
.
/
 
y /
but
.
/

pero que se pronun- 
cian respectivamente /
ru:l
.
/
  
y /b^t/. 
Por ello, el Morse es estrictamente parasitario en relación 
con el lenguaje escrito, y éste es parasitario-, de manera autó- 
noma, en relación con el lenguaje hablado (salvo en el discurso 
de fuerte connotación estilística, donde el hecho de que sea es- 
crito y no hablado impone opciones y efectos particulares). 
El lenguaje de la notación musical es normalmente parasi- 
tario en relación con el de la música. Con todo, las semias que 
Buyssens llama 
substitutivas 
no se han de confundir con los 
me- 
talenguajes
,
 
que son lenguajes que se utilizan, no para signifi- 
car elementos de otro lenguaje, sino para analizar las leyes cons- 
titutivas del lenguaje objeto. 
2.6.8. Por todo ello, las distinciones examinadas en este pá- 
rrafo pueden originar el siguiente esquema resumen: 
 
                                                   signos 
 
                                                                            con valor semántico 
 
                                                    unívoco          equívoco          plural         vago o 
                                                                                                                     «simbólico» 
 
sin significado fuera 
de sí mismos y de su 
combinación (o sea, con 
puro valor sintáctico) 
                               referidos                      referidos 
                           a otros signos              a significados 
 
Puede verse otra solución en el párrafo 5.11.4.  
 
53

2.7. 
Signos que pueden distinguirse por la capacidad de ré- 
plica del significante
 
2.7.1. En la clasificación que sigue vamos a señalar 
signos 
intrínsecos
,
 
que utilizan como significado una parte de su re- 
ferente. Se podrían señalar signos que no tienen como signi- 
ficante al referente (o una parte de éste), sino que tienen como 
referente al significante: una moneda de oro que significa «
x
 
gramos de oro». No se puede negar que esta moneda es un 
signo, desde el momento en que se pone en lugar de todas las 
cosas que pueden adquirirse con ella. Pero es que también, y 
sobre todo, se pone en lugar del valor del material de que está 
hecha. La posición opuesta sería una palabra, que puede gastar- 
se hasta lo infinito, sin que se plantee el problema de la can- 
tidad de palabras disponibles. 
2.7.2. Esta distinción nos suscita otro problema: existen sig- 
nos de los que hay un tipo abstracto que nadie ha visto nunca 
y de los que solamente se utilizan 
réplicas 
materiales (como las 
palabras), desprovistas de valor de cambio, signos en los que 
la réplica tiene un valor de cambio (monedas) y signos cuyo 
tipo abstracto original y su réplica coinciden (los 
Desposorios 
de la Virgen 
de Rafael no hay duda de que es un signo com- 
plejo, que nos comunica algo y del que solamente existe un 
ejemplar). 
 
54
2.7.3. Esta última distinción nos lleva al problema de los sig- 
nos estéticos que (según la clasificación de Jakobson, cf. § 2. 
10.3) son 
autorreflexivos
,
 
es decir, que significan sobre todo 
(o 
también
,
 

además de lo otro
)
 
su organización material es- 
pecífica; no hay duda de que el cuadro de Rafael es irrepro- 
ducible, porque no significa solamente «ceremonia nupcial he- 
braica, con el fondo de un templo, en la que los pretendientes 
parten varas con las rodillas, etc.», sino que también concen- 
tra la atención del que lo utiliza en la trama pictórica, en los 
matices irreproducibles (y mal reproducidos en las reproduc- 
 

ciones impresas) de los colores, en la presencia de la tela con su 
textura 
particular,  etc.  La  obra  de  arte  es  un  signo  que  comu- 
nica también la manera como está hecha. 
2.7.4. Hay dos distinciones paralelas de Peirce (2244–2246 y 
4537), que nos sacan de dudas en esta clasificación: 
Cualisigno 
(o 
Tone
),
 
es «una cualidad que es un signo», un 
carácter significante como el tono de la voz con el que 
se pronuncia una palabra, el color y la tela de un vestido, 
etcétera. 
Sinsigno 
(o 
Token
),
 
en el que 
sin 
quiere decir «semel»: «una 
cosa o acontecimiento que existe fácticamente y que es un 
signo». Es una réplica del modelo abstracto o 
legisigno 
(
Type
),
 
que puede implicar cualisignos. Es un caso concre- 
to, una palabra tal como está escrita en esta página y que 
puede repetirse hasta lo infinito en otras páginas, mien- 
tras haya tinta. La presencia de la tinta tipográfica cons- 
tituye su 
Tone
,
 
pero este 
Tone 
no la caracteriza, ya que 
la palabra podría estar escrita con tinta roja, sin que cam- 
biara su significado. En cambio, en un cartel publicitario 
con ambiciones estéticas, el tamaño de las letras, su forma 
y su color tendrían importancia, y el sinsigno se carac- 
terizaría también como cualisigno. 
Legisigno 
(o 
Type
)
 
es el modelo abstracto del sinsigno, «una 
ley que es un signo», una palabra, tal como se define en 
su valor semántico en los diccionarios. Conocemos los 
Types 
por medio de los 
Tokens
,
 
pero la «réplica no sería 
significante a no ser por el modelo que la hace tal». 
 
55
2.7.5. En este punto, ya estamos en condiciones de definir un 
signo artístico: un sinsigno que es también un cualisigno y sig- 
nifica como tal, aunque utiliza legisignos como material posible. 
Una moneda de oro es un sinsigno basado en una conven- 
ción legisígnica, pero que también vale como cualisigno (el le- 
 

gisigno establece que el significado del sinsigno es su cuali. 
signo). 
Un billete de banco es un sinsigno cuyo legisigno establece 
su equivalencia con una cantidad exacta de oro: pero a partir 
del momento en que la réplica se estudia como provista de 
características cualisígnicas (la filigrana, la numeración), tam- 
bién en un cualisigno, y por lo tanto, irreproducible como tal. 
Se  objetará  que  el  oro  es  cualisigno  a  causa  de  su  rareza,  y  en 
cambio el billete se ha convencionalizado como dotado de valor, 
por arbitrio legisígnico: pero es que también el billete es cua- 
lisigno a causa de su rareza, y también el oro se ha convencio- 
nalizado como parámetro de valor de una manera arbitraria 
(podría llegar a ser abandonado como patrón, y substituido por 
el uranio). 
2.7.6. Con ello podemos establecer la siguiente distinción: 
signos 
 
                        únicos                                                            con réplica 
 
obras de                         patrones: 
arte                                 oro, etc. 
 
réplica 
dotada de 
valor de 
cualisigno
 
réplica 
con puro 
valor de 
sinsigno 
 
 
 
— palabras 
— diagramas 
— símbolos 
     varios 
— billetes 
— fotografías 
— etc. 
 
2.8. 
Signos que se distinguen por el tipo de vínculo que se 
les presume con el referente
 
2.8.1. Peirce creía que el signo mantenía relaciones precisas 
con el objeto y se podía dividir en 
índices
,
 iconos 

símbolos

 
56

El 
icono 
es un signo que tiene conexión física con el 
objeto que indica, como en el caso de un dedo que apunta 
a un objeto, una banderola para señalar la dirección del viento, 
el humo como síntoma que indica la presencia de fuego e inclu- 
so los pronombres demostrativos como /éste/ y los nombres 
propios y comunes, en cuanto se utilizan para indicar un objeto. 
El 
icono 
es un signo que hace referencia a su objeto en 
virtud de una semejanza, de sus propiedades intrínsecas, que de 
alguna manera corresponden a las propiedades del objeto. Como 
más tarde dirá Morris (1946, pág. 362), un signo es icónico 
en cuanto posee las propiedades de su denotado. Así, son ico- 
nos una fotografía, un dibujo, un diagrama, y también una 
fórmula lógica y sobre todo una imagen mental. 
El 
símbolo 
es un signo arbitrario, cuya relación con el objeto 
se determina por una ley; el ejemplo más apropiado es el del 
signo lingüístico. 
Esta distinción ha sido utilizada muy libremente por mu- 
chos autores y en múltiples contextos, hasta el punto de que 
ha perdido el sentido que tenía en el pensamiento de Peirce 
(cf. el análisis que se hace desde el punto de vista filosófico 
en el § 4.3.4.). 
Su popularidad se debe al hecho de que parece adecuada al 
sentido común. Pero si la analizamos con detalle, veremos que 
suscita graves incertidumbres y plantea problemas casi inso- 
lubles. 
2.8.2. Por ejemplo, ¿qué es un índice? ¿Un signo que tiene 
una conexión de 
contigüidad 
física o de conexión 
causal 
con 
el objeto indicado? (¿El humo que produce el fuego? ¿Y esta 
conexión causal es inmediata (humo-fuego) o está separada 
temporalmente (huella–paso de un hombre)?  Se  ha  apuntado  la 
hipótesis de que el síntoma es distinto de los restantes signos. 
Ya que, así como el signo verbal 
se pone en el lugar 
de la cosa 
designada, el humo no se pone en el lugar sino 
a la vez 
que el 
go (L
ALANDE
).
 
Se podría replicar que el humo 
es asumido
 
como signo del fuego sólo cuando el fuego no se ve (si el fuego 
 
57

se ve, no hay necesidad de inferir su existencia del humo), 

por consiguiente, el humo–signo se pone solamente 
en la ausen- 
cia 
del fuego, de la misma manera que la huella se pone en el 
lugar del pie cuando el pie ya no está. Pero es que se da el caso 
de que existen signos indicadores en sentido propio (que vamos 
a llamar 
vectores
),
 
como el dedo que apunta al objeto, y que, 
a diferencia de los síntomas enumerados, no mantienen rela- 
ciones causales con el objeto, sino que funcionan sólo en pre- 
sencia del objeto. Así sucede en el caso de la flecha indicado- 
ra en la carretera, o con la banderola que señala la dirección 
del viento. Peirce los denomina 
subíndices 

hiposemas
.
 
Como 
se verá en el párrafo 5.9, el equívoco nace del hecho de que se 
acepta que el índice vector se pone en lugar del referente. Si 
definimos el índice vector como un signo cuyo significado con- 
siste en dirigir la atención sobre un referente, desaparece la 
contradicción: el vector 
se pone en el lugar 
del mismo significa- 
do, de la misma manera que lo hace la palabra /caballo/. 
En  lo  que  se  refiere  a  los  síntomas  como  el  humo  o  la  hue- 
lla, no se ponen en lugar del objeto fuego o pie, sino en el del 
significado «fuego» y «pie» correspondientes, y Peirce llega 
a decir que la huella puede ser un símbolo arbitrario (v.) en 
la medida en que se pone en lugar de «ser humano». 
Con todo, el problema de los índices es más obscuro de lo 
que pueda parecer a simple vista. Por ejemplo, caben en esta 
categoría otros índices degenerados, que son aquellas partes 
del discurso que los lingüistas denominan 
shifters 

embrayeurs 
y que podemos definir como «conmutadores»: son éstos los 
pronombres personales que, según quien los pronuncia, indican 
una persona u otra (y que por lo tanto, al igual que el dedo 
que apunta hacia el objeto, sólo debería funcionar ante el ob- 
jeto).  Pero  en  el  caso  de  /yo/  tenemos  no  solamente  una  rela- 
ción de contigüidad con el referente, sino también una re- 
lación de contigüidad con el emisor (/yo/ significa «el que está 
hablando en este momento»); por lo tanto, /yo/ quiere decir: 
«el referente de este signo es el emisor». 
En fin, Peirce llama algunas veces índices incluso a las fo- 

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