Umberto Eco Traducido por Francisco Serra Cantarell



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bridor de América». Es evidente que los dos objetos designados de esta 
expresión se indican de manera oblicua. /Velas/ es un tipo particular de 
metonimia que señala una parte por el todo; /descubridor de América/ 
designa a una persona mediante uno de sus actos (y además de una 
metonimia es una antonomasia: Colón es el descubridor de América por 
excelencia). Ahora bien, las dos metonimias se complementan y significan 
por causa de una conexión conocida, por la cual, en un rapidísimo tra- 
bajo de la inteligencia, paso de una entidad a otra vinculada a ella, y 
así comprendo «naves» por /velas/ y «Colón» por /descubridor/, etc. 
¿Es este proceso muy diferente de aquel por el que paso de un efecto 
a
 
la causa? 
2. Se dirá que las figuras retóricas son precisamente signos complejos 
que implican un trabajo intelectual, siendo así que los signos normales 
como /caballo/ no exigen esfuerzos de inferencia. Pensemos ahora en lo 
que significa la palabra /caballo/ en este contexto: «bajando a caballo 
por la barandilla...». En este caso /caballo/ no designa al animal cono- 
cido. Ni siquiera se trata de homonimia, como cuando se utiliza /rosa/ 
por  «flor»,  o  por  el  nombre  del  color.  He  de  comparar  el  signo  con 
otros signos del contexto, elegir uno de sus posibles sentidos (cf. § 3.8.) 
y llevar a cabo un proceso interpretativo. Quizás el ejemplo era dema- 
siado fácil, pero podríamos aducir otros más complejos, en los que la 
expresión es altamente ambigua y con muchos sentidos (pensemos en una 
criptografía mnemotécnica que dé como solución de 
santa leprosa 
el 
equivalente de varios sentidos 
rosa mística
).
 
En este caso, la significación 
aparece como similar al proceso inferente que P
EIRCE 
llama abducción 
(cf. § 4.3.2.III). 
2.3. 
Signos que se distinguen por el grado de especificación 
sígnica (o signos cuyo significante se presta a utilizaciones 
no sígnicas)
 
2.3.1. La distinción que precede nos ha revelado que existen 
signos naturales y signos artificiales, y que los signos naturales 
pueden considerarse como signos, con tal que alguien los in- 
térprete como tales, basándose en un sistema de convenciones 
suficientemente asentado. Pero una vez admitido que todos los 
acontecimientos naturales pueden ser interpretados como sig- 
nos, ¿podemos también interpretar como signos 
todos 
los ob- 
jetos artificiales? Nos damos cuenta en seguida de que algunos 
de ellos son producidos con el único objeto de significar (la 
 
38

palabra, las señales de tráfico, las notas de ¡fir–mes!) y en 
cambio otros (aunque sean muy artificiales) no parecen tener 
precisamente intenciones comunicativas (un automóvil, un 
tenedor, una casa, un vestido, un despertador). Cuando 
Saussure esbozó el proyecto de una disciplina general que es- 
tudiara la vida de los signos en el seno de la vida social, sola- 
mente había señalado signos no verbales concebidos específica- 
mente como signos, tales como los toques militares, las formas 
de cortesía, el alfabeto de los sordomudos. 
2.3.2. Las tendencias actuales de la semiología, en cambio, 
se inclinan a incluir entre los signos todos los aspectos de la 
cultura y de la vida social, incluyendo precisamente los 
objetos
.

La función se compenetra en el sentido; esta semantización es fatal: 
por el mero hecho de que existe sociedad
,
 cualquier uso se convier e en 
t
signo de este uso
.
 
La función del impermeable es proteger de la lluvia, 
pero esta función no puede disociarse del signo de una situación atmos- 
férica determinada; dado que nuestra sociedad no produce más objetos 
estandarizados, normalizados, tales objetos son necesariamente ejecuciones 
de un modelo, las palabras de una lengua, las substancias de una forma 
significante (B
ARTHES
,
 
1964, pág. 39). 
La 
función–signo 
(o el 
signo–junción
,
 
o el 
signo–objetual
.
)
 
ha pasado a ser uno de los capítulos más importantes de la 
semiótica contemporánea. La 
prosémica 
(H
ALL
,
 
1966) nos ex- 
plica cómo una distancia determinada, que puede medirse en 
metros y centímetros, entre dos seres humanos, significa una 
determinada actitud social; y, en consecuencia, construir una 
mesa de despacho que incorpore esta distancia (o sea, que obli- 
gue al interlocutor a mantenerse a un metro o a tres de mí) 
ya constituye un acto significativo; la mesa de despacho me 
dice 
si estoy hablando con el director general o con un modes- 
to empleado. 
2.3.3. 
 Diversos estudiosos han propugnado una semiótica de 
los objetos de la sociedad de consumo (M
OLES
, 1969; B
AU

DRILLARD
,
 
1968). La arquitectura (cf. E
CO
, 1968; D

F
USCO

 
39

1969; K
OENIG
, 1970) está siendo estudiada como un sistema 
de comunicaciones. Según algunos, una configuración sola (una 
escalera, una puerta) comunica la función que facilita, y la co- 
munica incluso si no se realiza la función (sí veo una puerta ce- 
rrada, decido no pasar en lugar de dar de nances contra ella). 
Pero precisamente a propósito de la arquitectura (E
CO

1968), se ha puesto de manifiesto que se puede significar de dos 
maneras: el objeto arquitectónico significa una 
función prima- 
ria 
propiamente dicha (pasar, sentarse, salir, subir, etc.), que se 
podría considerar como una significación no intencional, en el 
sentido de los signos naturales, ya que la primera intención 
del que constituyó el objeto cabe presumir que era la de faci- 
litar la función y no la de significar (aunque esto puede ser 
discutible); en segundo lugar, el objeto arquitectónico casi 
siempre significa una 
función secunda ia 
que tiene unas carac- 
r
terísticas sígnicas más precisas, como en el caso de que se cons- 
truya una escalera con una barandilla suntuosa y decorada, una 
silla se complique con entallados, o se acentúen algunas carac- 
terísticas del respaldo o de los brazos, para que se convierta 
en un trono (incluso a costa de la función primaria, que es la 
de la «sedibilidad»). En algunos casos, la función secundaria 
prevalece hasta el punto de atenuar o incluso eliminar del todo 
la función primaria. 
Lo mismo sucede con los vestidos, los automóviles, los ob- 
jetos de uso común. Un sayo tiene unas evidentes funciones pri- 
marias (cubrir el cuerpo y proteger contra el frío), pero ha ad- 
quirido funciones secundarias de orden religioso (por ejemplo, 
sirve para distinguir a un dominico de un franciscano). Una 
faldita de plumas de una bailarina tiene unas reducidísimas 
funciones primarias, casi negativas (sirve más para descubrir 
que para cubrir), y en cambio subraya enormemente sus funcio- 
nes secundarias. 
2.3.4. A la vista de estas observaciones, el presente párrafo, 
así como el precedente (2.2), dan lugar a una nueva clasifica- 
ción de los signos: 
 
40

       
                                                  signos 
 
                   artificiales                                                      naturales 
 
 
 
 
producidos 
expresamente 
para  
significar 
producidos 
expresamente 
como  
funciones 
identificados con 
cosas  o elementos 
de la naturaleza 
emitidos incons- 
cientemente 
por un agente 
humano 
 
 
 
— signos de 
     funciones primarias 
— signos de 
     funciones secundarias 
— signos mixtos 
 
— signos médicos 
— signos psicológicos 
— indicios de actitudes 
      y disposiciones 
— indicios raciales, 
    
 
regionales, de clase 
— otros... 
 
2.4. 
Signos que se distinguen por la intención y el grado de 
conciencia de su emitente
 
2.4.1. Un individuo puede 
ostentar 
signos de virilidad gue- 
rrera (uniformes militares, armas, caballo; son signos produ- 
cidos como funciones, que se utilizan como significación de fun- 
ciones secundarias) y a pesar de ello le 
traiciona
,
 

expresa
,
 
un 
exceso de hormonas femeninas. De la misma manera que un 
suplantador que se finja descendiente de los Plantagenet puede 
hablar utilizando términos refinados y explicar que cena habi- 
tualmente con la reina de Inglaterra, pero a través de su pro- 
nunciación vulgar revele que no es de origen noble (cf., por 
ejemplo, B
UYSSENS
,
 
págs. 11-12). Por esta razón se han dis- 
tinguido los signos en 
comunicativos 
(emitidos intencionalmen- 
te y producidos como instrumento artificial) y 
expresivos 
(emi- 
tidos de manera espontánea, incluso sin intención de comuni- 
car, y reveladores de una cualidad o disposición de ánimo). 
Los primeros estarían codificados (existen reglas que estable- 
cen una correspondencia convencional entre significante y sig- 
nificado), los segundos serían comprensibles por intuición, es- 
caparían a la posibilidad de codificación... Pero basta pensar 
 
41

que un actor puede asumir el aire de un afeminado, la caden- 
cia de un aristócrata, la postura o el ritmo circunspecto de un 
eclesiástico, para que quede probado que estos gestos 
están 
codificados 
de alguna manera, y que por lo tanto pueden ser 
asumidos intencionalmente como instrumentos artificiales desti- 
nados a transmitir, por lo tanto, a comunicar. Pese a ello, en 
la vida cotidiana mucha gente emite estas «señales» sin saberlo, 
y son los demás quienes las interpretan de alguna manera. Elle 
sería suficiente para clasificarlas como signos naturales, aconte- 
cimientos que pueden ser asumidos como signos, al igual que 
los síntomas médicos, que también son muy susceptibles de fal- 
sificación, con intenciones comunicativas, como saben muy bien 
los que intentan librarse del servicio militar. 
Con todo, resulta evidente que cuando la impaciencia me 
traiciona 
por un gesto no controlado, alguien «
lee
.
»
 
como signo 
la impaciencia que he «
dejado vislumbrar
.
». 
2.4.2. Considerando que los signos pueden ser emitidos o re- 
cibidos voluntariamente (+) o involuntariamente (–) por parte 
del emitente (E) o del destinatario (D); y teniendo en cuenta 
que este último puede atribuir al emitente una intención (IE) 
voluntaria o involuntaria, he aquí las diferentes posibilidades 
que se expresan en la matriz que sigue: 
 
 E D IE 
1. +  +  + 
2. +  +  – 
3. +  –  (+) 
4. +  –  (–) 
5. –  +  + 
6. –  +  – 
7. –  –  (+) 
8. –  –  (–) 
 
A pesar de su abstracción, veamos cómo a cada caso le co- 
rresponde una posible situación significativa o comunicativa 
1. El actor finge el andar de un artrítico, y el espectador reconoce 
la representación voluntaria del artrítico. 
 
42

2. Un simulador finge el andar de un artrítico y su víctima lo con- 
sidera verdaderamente como un artrítico al que traiciona involuntaria- 
mente 
s
u
 
enfermedad. 
3. Para despedir a un inoportuno, tabaleo nerviosamente con los 
dedos sobre la mesa; aquél no capta voluntariamente el signo (y, por lo 
tanto no puede preguntarse si lo estoy emitiendo voluntariamente o no), 
aunque advierte cierta desazón y comprende que se hace tarde. Pero en 
todos los signos interpretados voluntariamente es muy difícil saber si su 
comprensión se ha de considerar «involuntaria» o «por debajo del nivel 
de conciencia». En este último caso no sucedería otra cosa distinta de lo 
que sucede cuando 
oigo 
una palabra pero no la 
escucho
,
 
aunque no 
puedo evitar la recepción del estímulo significativo, o solamente me doy 
cuenta de ello más tarde. El psicoanálisis nos presenta casos como éste. 
Digamos que la voluntariedad de la recepción, que es importante en psi- 
cología, no incide en la definición de signo como tal, desde el momento 
en que ha sido emitido para significar. Nada excluye que más tarde el 
inoportuno se dé cuenta de que ha recibido un mensaje y reconozca que 
era voluntario. 
4. Es la misma del punto precedente: una vez admitido que si el 
destinatario no recibe de manera consciente el mensaje, ya no caben 
problemas sobre mi intencionalidad (salvo el de creer más tarde que 
estoy emitiendo síntomas de impaciencia). 
5.  Hablando  con  el  mismo  inoportuno,  no  me  doy  cuenta  de  que 
descubro mi impaciencia, tabaleando con los dedos. En cambio, él recibe 
el mensaje, cree que es intencional y se va. Estamos en la misma situa- 
ción del síntoma (se atribuye significado a un acontecimiento), salvo que 
se crea en una intencionalidad que no existe. 
6. El paciente en el diván del psicoanalista deja escapar un lapsus. 
El psicoanalista lo interpreta como signo dotado de significado (el código 
se  lo  da  su  experiencia;  el  código  puede atribuir significados plurales 
al significado, pero el psicoanalista lo descodifica, midiéndolo por el 
contexto), aun sabiendo que el paciente no pensaba en significar. Otro 
caso, conocido también en psicoanálisis, puede ser el del paciente que 
narra un sueño, creyendo que quiere decir una cosa, y en cambio el 
psicoanalista lo interpreta como signo de una situación muy distinta. De- 
jando aparte el error del emitente, la situación es análoga a la prece- 
dente. Todo lo más, como en el caso precedente, el signo puede ser 
ampliamente plural y dependiente del contexto, de manera que el psico- 
analista ha de hacer un trabajo hermenéutico. Pero en el fondo, su 
disciplina le suministra códigos bastante comprensivos de las diferentes 
ambigüedades y bastante exactos al enumerarlas todas: «Es posible que 
alguien utilice un símbolo, y a pesar de todo “no sea consciente de su 
significado”». Dejando aparte los casos en que una cosa no es un signo 
 
43

para el individuo que lo produce, sino que es sólo un signo expresivo 
para quien lo interpreta, puede suceder que el individuo para el que una 
cosa  es  signo  no  sepa  que  es  un  signo,  no  signifique  que  el  signo  es 
un signo y que no esté en condiciones de formular su significación. Es 
comprensible que en tales casos se diga que el signo tiene un significado, 
pero que la persona no conoce cuál es, y frases como «signo incons 
ciente», o «significado inconsciente», o «proceso mental inconsciente» 
pueden ser interpretadas con cierta elasticidad en estos términos. Lo que 
ha hecho el freudismo ha sido proponer una teoría sobre por qué a 
una persona le es difícil formular la significación de algunos de sus 
propios signos, y en cambio se oponga a que ello se haga por cuenta 
propia o ajena... Los símbolos freudianos son principalmente iconos y, 
como tales, capaces de denotar objetos que se les asemejan solamente en 
ciertas relaciones (sueños de volar, simbólicos del pene en erección; sue- 
ños de libros abiertos, simbólicos de los órganos genitales femeninos, etc.), 
son un caso especial de los signos metafóricos, cada vez que ciertos 
procesos del individuo obstaculizan o hacen difícil el reconocimiento de 
que la significación metafórica facilita una satisfacción parcial de un 
deseo irrealizado (M
ORRIS
, 1946, pág. 396). 
7. Caso análogo al punto 3. Conversando con el inoportuno descu- 
bro mi impaciencia tabaleando. Este capta inconscientemente la señal, y 
se va. Más tarde, volviendo a pensar en ello, advierte que había recibido 
un mensaje y lo considera intencional. En el caso del punto 3 tenía 
razón, aquí no. 
8. Caso análogo tanto al punto 4 como al precedente, salvo que el 
inoportuno, volviendo a pensar en ello, cree que yo he descubierto mi 
impaciencia involuntariamente, e interpreta mi comportamiento como 
síntoma. En el caso del punto 4 se equivocaba, aquí tiene razón. Este 
último punto puede interpretarse también de otra manera: yo descubro 
mi  impaciencia,  el  inoportuno  advierte  cierto  malestar,  se  va  y  no  se  da 
cuenta,  ni  ahora  ni  nunca,  de  lo  que  realmente  ha  sucedido.  Esta  situa- 
ción, muy corriente en las relaciones psicológicas cotidianas, no interesa 
en un discurso sobre el signo, porque no sabemos si se ha producido 
o no una situación sígnica, si ha habido una simple relación de estímulo 
respuesta, o si ha sucedido algo que debe explicar la psicología de la 
atención, y no la semiótica. 
Esta clasificación puede parecer bizantina sólo a quienes 
no se dan cuenta de que las relaciones interpersonales están 
siempre entretejidas de estos intercambios significativos. La 
prueba de la utilidad de la matriz nos la da el hecho de que 
si se quiere puede ser utilizada para inventar diversas situa- 
ciones dramáticas basadas en el equívoco y en la incomprensión, 
 
44

apuntando hacia una solución u otra y mezclándolas todas. Com- 
parando esta matriz con las comedias de enredo, podríamos ver 
que agota las diferentes situaciones cómico–dramáticas, desde 
Plauto a Antonioni, con lo que expresa actitudes fundamentales 
de las relaciones interpersonales. En la frontera entre semio- 
logía psicología y sociología están los estudios en este sentido 
de Erving Goffman (G
OFFMAN
,
 
1963, 1967). 
2.4.3. Si volvemos a examinar el punto 2, veremos que no 
solamente puede suceder que el simulador finja y que la víctima 
crea que es verdaderamente artrítico, atribuyéndole un com- 
portamiento sintomático involuntario. Puede suceder también 
que el actor finja el síntoma para que el espectador interprete el 
comportamiento como fingido y crea que el actor es realmente 
artrítico. Ello quiere decir que paralelamente a la intención 
que el destinatario atribuye al emitente, hemos de calcular tam- 
bién la intención que el emitente quisiera que el destinatario 
le  atribuyera,  y  en  este  caso  la  matriz  se  complicaría  de  esta 
manera: 
EID E  D  IE 
+ + + + 
+ + + – 
etcétera, con todas las innumerables combinaciones posibles. 
Por ejemplo, – + + + sería el esquema del simulador 
desenmascarado; – + + –, el del simulador que tiene éxito. Pero un 
cálculo de esta clase no tendría nada que ver con el 
problema de la voluntariedad de los signos; sería un problema 
de pragmática, o, mejor, de una 
semiótica de la simulación
.
 
En 
realidad, el primer valor, o sea, la intención que el emitente 
quiere que le atribuya el destinatario, se refiere a los efectos 
prácticos del signo y a la manera como el emitente puede uti- 
lizar el signo con fines persuasivos. Es un problema de retórica, 
y la retórica no tiene nada que ver con la semiótica del signo, 
sino que se refiere más bien a la semiótica del discurso. Tanto 
es así, que no solamente este tipo de relación no cambia la na- 
 
45

turaleza del signo, sino que más bien restringe el campo única- 
mente a los signos voluntarios y artificiales; en realidad, ca- 
recen de sentido todas las combinaciones del tipo + – + + 
(o sea, con un – en segunda posición), ya que si el emitente 
emite un síntoma involuntario, no puede querer que el destina- 
tario le atribuya una intención cualquiera. Si bien es irrelevante 
en una definición del signo, ciertamente el problema no lo es 
para la definición de los discursos persuasivos, tales como el 
discurso político, el religioso, la retórica de la prensa y de la 
televisión, la táctica amorosa, etc. Por ejemplo, la situación 
«vence en el amor quien huye» puede basarse en el modelo 
– + + – de simulación conseguida. 
2.5. 
Signos que se distinguen por el canal físico y por el 
aparato receptor humano
 
2.5.1. Sebeok, que ha dedicado mayor atención a los sistemas 
de señalización más periféricos, ha elaborado una compleja cla- 
sificación, distinguiendo los signos según el canal material a 
través del cual son transmitidos: 
canales 
 
          materia                                                                                             energía 
 
líquida          sólida                                                                        química         física 
 
                                                                                             próxima        distante 
 
                      óptica          táctil           acústica         eléctrica         térmica        etc. 
 
luz reflejada        bioluminiscencia 
 
                                                 aire         agua        sólidos 
 
46

2.5.2. Otros autores prefieren distinguir los medios de cana- 
lización, limitándose a los canales sensoriales, o sea, al modo 
como el hombre recibe determinados signos. De esta manera se 
dispone de una clasificación que tiene en cuenta el aparato 
orgánico con el que el destinatario humano 
recibe 
algunas se- 
ñales procedentes de los canales enumerados antes, y los trans- 
forma en mensajes: 
olfato: 
comprende varios síntomas e indicios (el olor de la 
comida como signo de la presencia de comida) y algunos 
signos artificiales e intencionales (los perfumes, utilizados 
para indicar limpieza, rango social, disponibilidad erótica, 
etcétera); olores utilizados por los animales para repeler 
o seducir, y que sirven como gestos unitivos del tipo «ven 
aquí» o «vete»; 
tacto: 
comprende los signos del alfabeto Braille, los gestos de 
los dedos con los que se comunican los ciegos, sordomudos, 
etcétera; 
gusto: 
ya se ha dicho bastante (cf. L
ÉVI
-S
TRAUSS
,
 
1964) que 
la cocina es también un medio de comunicación; y un sabor 
típico puede ser indicio de la nacionalidad de un alimento; 
nada excluye que en determinadas situaciones pueda deci- 
dirse por un alimento dulce o salado, áspero o amargo, 
para comunicar intencionalmente un mensaje; 
vista: 
se incluyen numerosas categorías de signos, desde las 
imágenes hasta las letras del alfabeto, de los símbolos 
científicos a los diagramas; 
oído: 
señales acústicas de varios tipos y, como más importan- 
tes, los signos del lenguaje verbal. 
2.5.3. Eric Buyssens, que ha estudiado estas categorías de 
signos, denominándolas 
semias
,
 
ha observado que, naturalmen- 
te, los signos auditivos parecen ser privilegiados, en cuanto no 
exigen  la  proximidad  de  la  fuente  (como  es  el  caso  de  los 
signos táctiles y palatales); no exigen la presencia de la luz, 
como los visuales, y son muy articulables, a diferencia de los 

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