Umberto Eco Traducido por Francisco Serra Cantarell



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26

 
minológicas, o quizás sea que las divergencias terminológi- 
cas ocultan divergencias radicales de pensamiento. Para ex- 
plicar todas estas alternativas clasificatorias deberíamos re- 
dactar una vasta y polémica historia de la semántica. Por esta 
razón, solamente examinaremos algunas en las páginas que si- 
guen. Pero todavía existe algo que nos deja perplejos: ¿qué 
es el signo, en esta clasificación? ¿Es la entidad a la izquierda 
del triángulo? Según Saussure (1916), el signo es una entidad 
de dos caras, compuesta de significante y significado (y el refe- 
rente, a la derecha, no tiene pertinencia en lingüística). Pero 
la posición de Saussure va más allá del uso común. 
Además, en la medida en que (como veremos) un signifi- 
cante puede referirse a varios significados, esta presunta uni- 
dad —el signo— se convierte en bastante problemática, y con 
frecuencia se disuelve en una red de correlaciones que se rees- 
tructuran continuamente. Por otra parte, en los discursos filosó- 
ficos, /signo/ se utiliza casi siempre como sinónimo de «sig- 
nificante», o sea, «algo que se pone en lugar de otra cosa». Por 
lo tanto, si no advertimos un uso distinto, utilizaremos /signo/ 
como «significante». En teoría, no deberíamos siquiera utili- 
zar el término /signo/, que resulta ambiguo y engañoso. Pero 
la definición del diccionario, que reproduce las ambigüedades 
del uso común, nos sugiere que, por debajo de la ambigüedad, 
ha de existir una serie de constantes semióticas que por como- 
didad vamos a llamar /signo/. 
1.2.4. Una cosa es cierta: en cualquier clasificación del signo 
como elemento del proceso de significación siempre aparece 
como 
algo  que  se  pone  en  lugar  de  otra  cosa
,
 

por 
alguna 
otra cosa. Peirce lo define como «somethings which stands to 
somebody for something in some respect or capacity» (P
EIRCE

1931, 2228), definición que se puede traducir así: 
algo que a 
los  ojos  de  alguien  se  pone  en  lugar  de  alguna  otra  cosa
,
 bajo 
algún aspecto o por alguna capacidad suya
.
 
«Bajo algún aspec- 
to» quiere decir que el signo no representa la totalidad del 
objeto sino que —mediante diferentes abstracciones— lo repre- 
 
27

senta 
desde un determinado punto de vista 

con el fin de al- 
guna utilización práctica

1.3. 
Tres maneras de considerar el signo: semántica
,
 sintáctica 
y pragmática
 
Morris (1946) ha propuesto una distinción entre las mane- 
ras de considerar un signo, que ha sido ampliamente aceptada 
en los medios científicos. El signo puede tomarse en considera- 
ción desde tres dimensiones: 
semántica
,
 
el signo se considera en relación con lo que significa; 
sintáctica
,
 
el signo se considera como susceptible de ser in- 
sertado en secuencias de otros signos, según unas reglas 
combinatorias; quizás se considera también «sintáctico» el 
estudio de la estructura interna de la parte significante del 
signo (por ejemplo, la división de una palabra en unidades 
menores), con independencia del significado transmitido, e 
incluso en el caso de que se suponga que existan signos que 
no transmiten significados (cf. § 2.6.6.); 
pragmática
,
 
el signo se considera en relación con sus propios 
orígenes, los efectos sobre sus destinatarios, la utilización 
que hacen de ellos, etc. Esta tercera dimensión es la más 
oscura, como veremos en 4.4.4. 
El hecho de que la palabra /muerte/ evoque un senti 
miento de temor 
¿es 
un fenómeno pragmático, o depende 
del poder semántico del término? 
En cualquier caso, aunque sea discutible y confusa, esta 
distinción tiene ciertas razones para ser empleada, y como tal 
la registramos. 
 
 
28

1.4. 
La unidad sígnica mínima
 
1.4.1. Parece muy difícil determinar  cuál  es  la  unidad  mínima 
en un signo; se ha dicho que son signos las llamadas «palabras», 
pero que también lo son las letras del alfabeto que las com- 
ponen; ¿lo son también los sonidos articulables a que se refie- 
ren y que componen las palabras?; y si son signo tanto un 
punto como una curva, un blanco de tiro (compuesto de círcu- 
los concéntricos y de un disco central), ¿es un signo único 
o la combinación de varios signos? ¿Y qué significan los círcu- 
los de un blanco, tomados por separado? Y si es un signo la 
palabra /signo/, ¿qué será la expresión /hilo por hilo y signo 
por signo/? Si la expresión /aquí/ es un signo que significa 
más o menos «el lugar exacto en que está», la expresión /ven 
aquí/, dicha por otra persona, ¿es un complejo de signos o un 
signo único? Y si se compone de muchos signos, ¿qué signi- 
fica /aquí/ en aquella expresión?: ¿quiere decir: «el lugar 
exacto en que estamos»? Sin duda, desde el punto de vista del 
que habla, así es, pero desde el punto de vista del que escucha, 
quiere decir «el lugar exacto en el que está él», y así lo entien- 
do yo, si me muevo para obedecer la orden. Y por fin, ¿no 
es esta expresión un signo único, dado que, al ser signo, según 
la acepción 10, puede ser traducida por un signo único en la 
acepción 5, o sea, por un gesto? 
1.4.2. El problema ya estaba presente en los gramáticos y 
lingüistas de la Antigüedad. Aristóteles, por ejemplo, dis- 
tinguía entre: 
onoma
,
 
signo que por convención significa una cosa, como 
/Filón/ o /barco/; 
rema
,
 
signo que significa también una referencia temporal, 
como /está sano/ (un 
rema 
también es siempre un 
onoma

pero un onoma no es necesariamente un 
rema
);
 
logos
,
 
es decir, un signo complejo, un discurso significativo 
entero. 
 
29

1.4.3.  Junto a esta distinción, que hallamos en 
Sobre la in- 
terpretación
,
 
en la 
Poética 
y en la 
Retórica
,
 
Aristóteles había 
identificado también los 
syndesmoi
,
 
que podrían corresponder 
al artículo, a la partícula, a la preposición, al adverbio, signos 
todos ellos cuyo significado no es autónomo sino que se esta- 
blece por el contexto (no sé lo que significa /a/ hasta que la 
veo inserta en expresiones como /voy 

casa/, /te doy algo 

ti/, o bien /estoy 

pan y agua/). Esta observación es reco- 
gida por los estoicos y luego, de manera definitiva, por los 
gramáticos medievales, que distinguen entre signos 
categoremá- 
ticos 
y signos 
sincategoremáticos
,
 
en que /casa/ es un catego- 
rema (como también lo es /ir/) y /a/ es un sincategorema. 
1.4.4. Es innecesario decir que los gramáticos griegos tam- 
bién habían individualizado aquellos signos como las flexiones, 
que sin duda añaden un significado al nombre. En latín /lupus/ 
es un 
onoma
,
 
pero las desinencias /us/, /i/ o /um/ son igual- 
mente signos, porque determinan si estoy haciendo algo al lobo 
o si el lobo me está haciendo algo. 
1.4.5. Los estoicos complicaron la cosa distinguiendo el sig- 
nificado del significante, denominando al significado 
lekton 

subdividiendo el 
lek on 
en 
completo 

incompleto
.
;
 
lo que es 
t
significado por un nombre o por un 
rema
,
 
es un 
lekton 
incom- 
pleto, en tanto que la expresión /Sócrates es un hombre/ es un 
axioma
,
 
es decir, un 
lekton 
completo. 
 
30
1.4.6. Volveremos a encontrar estas subdivisiones de los sig- 
nos registradas por Morris, en el párrafo 2.9. Es evidente que 
los antiguos ya se habían preguntado cuál era la unidad sígnica 
mínima, y habían determinado que, de 
alguna manera
,
 
todos 
éstos eran signos. Frente a este problema, la actitud más có- 
moda parece la de reconocer que existen tantos signos 
simples 
como signos 
complejos
.
 
Naturalmente, los signos complejos son 
los que se componen de varios signos simples; pero queda por 
 

dilucidar si el significado de un signo complejo es sencillamente 
la suma de los signos simples. 
Buyssens intenta explicar esta distinción, hablando de 
sig  -
nos 
y de 
semas
.
 
La unidad portadora de significado es el sema, 
una expresión que comunica mi estado de conciencia a alguien: 
/ven aquí/ es un sema, y tiene significado; /aquí/, por sí solo, 
no tiene significado, sólo tiene un 
valor:
 
Un signo no tiene significación; una flecha, aislada de los discos de 
señalización del tráfico, nos recuerda diversos semas relativos a la direc- 
ción de los vehículos; pero, por sí misma, esta flecha no permite con- 
cretar un estado de conciencia; para que sea así ha de tener un determi- 
nado color, una dirección determinada y ha de figurar en un disco colocado 
en determinado sitio; lo mismo sucede con la palabra aislada, por ejem- 
plo, 
mesa
.
:
 
surge como miembro virtual de diversas frases, en las que se 
habla de cosas diversas; pero por ella misma no permite reconstruir el 
estado de conciencia de que hablamos (B
UYSSENS
,
 
1943, pág. 38). 
Con todo, mientras nos mantenemos dentro del ámbito 
del uso común, decidimos definir como /signo/ cualquier en- 
tidad mínima que parezca tener un significado preciso. Es cier- 
to que la respuesta /aquí/ a la pregunta /¿dónde estás?/ sólo 
tiene sentido porque implica la pregunta como presupuesto 
(efectivamente, se trata de un sema abreviado que debería decir 
/yo estoy aquí/). Pero también es cierto que si pregunto a un 
niño en la escuela por la diferencia que existe entre /aquí/ y 
/allá/, el niño estará en condiciones de explicármela; es decir, 
por medio de una definición me dará el 
significado 
de /aquí/. 
Significado genérico, con diferentes usos y colocaciones, pero 
a fin de cuentas, significado. 
Peirce (2243 y sigs.) ha definido unitariamente como signos: 
el 
rema
,
 
que se define de varias maneras, unas veces como 
una descripción y otras como una función preposicional, en 
el sentido de la lógica contemporánea; 
el 
decisigno
,
 
que es una proposición como /Sócrates es mortal/; 
el 
argumento
,
 
que es un razonamiento complejo, como un si- 
logismo. 
 
31

Sin duda es arriesgado considerar como signo un discurso 
propiamente  dicho,  como  lo  es  un  silogismo;  pero  es  menos 
arriesgado considerar como signo unitario, en determinadas cir- 
cunstancias, un 
decisigno
,
 
en la medida en que, por ejemplo, 
un signo visual como una fotografía de un hombre tiene una 
función semántica unitaria (representa a Tal), pero a la vez 
puede traducirse verbalmente en una proposición como «Tal, 
con gafas, vestido de oscuro, sonríe», etc. En otro lugar, al 
definir un signo lingüístico arbitrario (llamado símbolo), Peirce 
dice que lo mismo son símbolos una palabra como un libro 
entero. 
Para no dilatar más de lo necesario la categoría de signo, 
en las páginas que siguen hemos decidido (salvo las restric- 
ciones que se irán explicando) distinguir los signos —simples 
o complejos— de los enunciados, o aserciones. /Taza/ es un 
signo simple; /la taza de café/ es un signo complejo. Los ló- 
gicos dirían que el primero es un 
nombre 
y
 
el otro es una 
descripción
,
 
y que ambos no afirman hechos que puedan ser 
verdaderos o falsos, sino que simplemente denotan algo. En 
cambio, /aquella taza de café se ha hecho añicos/ ya es un 
enunciado que afirma algo que es verdadero o falso, y que se 
compone de varios signos. En este sentido, un libro, que se 
compone de muchas aserciones, puede llamarse un símbolo 
(como sugiere Peirce) sólo por extensión; en realidad, es ya 
una larga cadena de signos combinados de diferentes maneras. 
 
 
32

 
 
 
 
 
 
 
 
 
2. LAS CLASIFICACIONES DE LOS SIGNOS 
 
2.1. 
Signos que se distinguen por la fuente
 
Las corrientes más recientes de la semiótica intentan incluir 
en la categoría de signo todos los tipos de señales que comu- 
nican de alguna manera, y que el hombre y los demás seres 
reciben de otros seres, o de la misma materia inorgánica, in- 
cluso clasificando como signos las señales atribuidas al código 
genético (G
RASSI
, 1972) y las posibles comunicaciones astra- 
les. Siguiendo esta dirección, se estudian también los sistemas 
de comunicación animal en la disciplina denominada 
zoosemió- 
tica 
(S
EBEOK
,
 
1968), que incluye cualquier tipo de comunica- 
ción, comprendiendo la comunicación química y olfativa, y ya 
llega a perfilarse una 
endosemiótica 
que estudie las comuni- 
caciones dentro del cuerpo humano o animal. 
En las páginas que siguen no vamos a considerar estas fron- 
teras extremas de la comunicación, sino que nos vamos a 
limi  -
tar a la clasificación de los signos que
,
 como tales
,
 intervienen 
en las relaciones interhumanas
.
 
Con todo, puede ser útil repro- 
ducir la clasificación propuesta por Sebeok: 
 
33

                                      
fuente de los signos 
 
            objetos inorgánicos                               substancias inorgánicas 
 
 naturales            manufacturados         extraterrestres              terrestres 
 
                                             Homo sapiens                                      animales  
 
                            componentes      organismo            componentes      organismo 
                            del organismo                                   del organismo 
 
2.2. 
Significación e inferencia
 
2.2.1. Una distinción muy antigua (cf., por ejemplo, Occam, 
Summa totius logicae
,
 
1, 2) traza una línea de demarcación 
entre los signos 
artificiales 
y los signos 
naturales
.
 
Los prime- 
ros serían los que alguien, hombre o animal, emite conscien- 
temente, a base de convenciones precisas, para comunicar algo 
a alguien (son éstos las palabras, los símbolos gráficos, los di- 
bujos, las notas musicales, etc.). En estos signos siempre existe 
un 
emitente
.
 
En cambio, los otros serían signos sin emitente 
intencional, tal vez procedentes de una 
fuente 
natural, y que 
nosotros interpretamos como 
síntomas 

indicios 
(son éstos 
las manchas en la piel que permiten al médico diagnosticar una 
enfermedad hepática, o el ruido de pasos que anuncia que al- 
guien se aproxima, las nubes «cargadas» de lluvia, etc.). A los 
signos naturales también se les llama signos 
expresivos
,
 
cuando 
son síntomas de disposiciones de ánimo, como en el caso de 
las muestras de alegría 
no voluntarias 
(hay expresiones coti- 
dianas como «
se le escapó 
un gesto de contrariedad»); pero 
la misma posibilidad de la simulación ya nos indica que los 
signos expresivos son elementos de un lenguaje socializado, y 
que, como tal, pueden ser analizados, estudiados y 
utilizados
 
 
34

2.2.2. El caso de los signos 
naturales 
auténticos es diferente. 
Muchos estudiosos los han clasificado y estudiado entre los sig- 
nos pero otros (cf. B
UYSSENS
,
 
S
EGRE
,
 
1970), incluso recono- 
ciendo su existencia, no creen que pueda llamárseles signos. En 
cambio, otros estudiosos (G
REIMAS
,
 
1968) han hablado de una 
semiótica del mundo natural
,
 
insistiendo en el hecho de que 
cualquier evento físico, el signo meteorológico, la manera de 
andar de una persona, etc., son otros tantos fenómenos de sig- 
nificación, por medio de los cuales interpretamos el universo, 
gracias a experiencias precedentes que nos han enseñado a 
leer 
estos signos como elementos reveladores. 
2.2.3. Si se acepta la definición de Buyssens según la que 
un signo es un artificio por medio del cual un ser humano co- 
munica a otro ser humano su propio estado de conciencia, se 
puede pensar que es una simple metáfora llamar signo a un 
indicio 
que a alguien se le escapa sin intención, o el rastro que 
deja en la mesa un vaso mojado. Pero no es casual que el len- 
guaje cotidiano hable de signos en las dos ocasiones. Por esto 
preferimos decir con Morris (1938, pág. 20) que «una cosa 
es signo solamente porque es interpretado como signo de algo 
por algún intérprete» y que «por ello, la semiótica no tiene 
nada que ver con el estudio de un tipo particular de objetos, 
sino que se refiere a los objetos ordinarios en cuanto (y sola- 
mente en cuanto) participan en el proceso de semiosis». 
2.2.4. Los que formulan objeciones a esta posición sostienen 
que se está considerando como signo solamente un fenómeno a 
través del cual 
se infiere 
la existencia de otro fenómeno; y la 
inferencia es un proceso lógico intelectivo, pero no necesaria- 
mente un fenómeno comunicativo. Vamos a intentar ofrecer 
una serie de fenómenos concretos: 
Tengo que ir a la estación a esperar a un amigo. 
Primer caso
.
 
Baja del tren otro amigo y me dice: «Fulano de Tal 
esta  en  el  vagón  de  al  lado  y  baja  en seguida». Este caso se refiere a la 
 
 
35

emisión de signos lingüísticos propiamente dichos que 
se ponen en luga  
r
de 
la percepción que yo no tengo. 
Segundo caso
.
 
El amigo me ha escrito: «Cuando llegue, agitaré desde 
la ventanilla un ejemplar del 
Corriere della Sera
».
 
Veo el periódico, y por 
ello sé que mi amigo está en el tren. El periódico podría haber sido sola- 
mente un síntoma, pero antes ya ha sido convencionalizado en forma 
conveniente. 
Tercer caso
.
 
Veo  a  un  mozo  de  estación  que  hace  salir  por  la  ven- 
tanilla la característica maleta de cuero búlgaro, cubierta de etiquetas de 
hoteles orientales, con la que sé que mi amigo acostumbra viajar. Por 
ella sé que mi amigo ha llegado, aunque no haya bajado del tren. La 
maleta es un indicio, pero la relaciono con mi amigo a causa de una 
experiencia precedente, ampliamente socializada, hasta el punto de que 
ya se ha hecho objeto de bromas en nuestro ambiente: «Fulano de Tal 
es el único que tiene el valor de viajar con una maleta así». 
Cuarto caso
.
 
Veo  bajar  del  tren  a  la  esposa  de  mi  amigo.  Como  sé 
que los dos esposos viajan siempre juntos, 
infiero 
que mi amigo también 
está en el tren. 
Sin  duda,  este  último  caso  es  el  más  embarazoso.  En  sen- 
tido estricto, la esposa de mi amigo no es un signo; es cierto 
que yo la utilizo como si fuera un «indicio, señal patente de la 
que se pueden sacar deducciones, conocimientos y parecidos, en 
relación a algo latente», lo cual, como se recordará, es la acep- 
ción 1 del término 
signo
,
 
en nuestro diccionario inicial. Pero 
en esto estriba el problema: llevando el caso «indicio» a sus 
extremos, ¿se puede seguir denominando «signos» a los in- 
dicios? 
Según hemos podido concluir en la breve discusión sobre el 
código (1.1.3.), el problema no depende precisamente de la na- 
turaleza del indicio (humo, mancha, o esposa de carne y hueso), 
sino de la fuerza de la relación que convencionalmente se es- 
tablece entre la esposa y el amigo,  o  como  en  el  caso  de  la  ma- 
leta; en otras palabras, la caracterización del signo como tal de- 
pende de la existencia de un código. 
2.2.5. En cualquier caso, nos autorizan a incluir también fe- 
nómenos de inferencia en el campo semiótico las definiciones 
de algunos pensadores que desde hace mucho tiempo han soste- 
 
36

nido que «un signo es el antecedente evidente del consecuen- 
te o al contrario, el consecuente del antecedente, cuando se 
han observado antes otras consecuencias semejantes; y cuantas 
más veces se han observado, menos incierto es el signo» 
(Hobbes, 
Leviatan
,
 
I, 3); o bien que el signo es «un ente del 
que se infiere la presencia o la existencia pasada o futura de 
otro ente» (Wolff, 
Ontologia
,
 
952), para no hablar de los es- 
toicos, que definían el signo como «una proposición consti- 
tuida por una conexión válida y reveladora de] consecuente» 
(Sexto Empirico, 
Adv
.
 Math
.,
 
VIII, 245). 
2.2.6.  Bajo este aspecto, la definición de signo más compren- 
siva es la que da el 
Diccionario de Filosofía
,
 
de Abbagnano, 
cuando dice: 
Cualquier objeto o acontecimiento, utilizado como señal de otro objeto 
o acontecimiento. Esta definición, que es la que generalmente adopta o 
presupone la tradición filosófica antigua o reciente, es muy general y 
permite incluir bajo la noción de S. todas las posibilidades de referencia; 
por ejemplo, la del efecto a la causa, y a la inversa; del condicionante al 
condicionado, y a la inversa; de un estímulo de un recuerdo, al propio 
recuerdo; de la palabra a su significado; del gesto indicativo a la cosa 
indicada; del indicio o del síntoma de una situación, a la propia situación. 
2.2.7. Se observará que es muy distinto pasar del efecto a la 
causa que pasar de la palabra /caballo/ al concepto caballo. 
El primer movimiento parece estar constituido por un comple- 
jo trabajo de la inteligencia, en tanto que el segundo tiene todo 
el aspecto de una rutina, casi como un reflejo condicionado. La 
diferencia entre 
inferencia 
y
 asociación 
llega hasta el punto de 
que el que utiliza el lenguaje común casi no reflexiona sobre 
el hecho de que exista una diferencia entre /caballo/ y el sig- 
nificado a que se refiere el significante (y ello autoriza a Saussu- 
re a hablar de signo como si fuera la unión de ambos). Vamos 
a responder con dos ejemplos: 
1. Examinemos un artificio al que nadie negará la calificación de 
signo, que es el procedimiento retórico llamado metonimia, según el cual, 
para denominar la flota de Cristóbal Colón se dice «las velas del descu- 

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