Umberto Eco Traducido por Francisco Serra Cantarell



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14

ren un valor preciso sólo en el contexto de otros términos, 
aunque el «signo» de 
hilo por hilo y signo por signo 
depende 
de la acepción 17. 
En fin, la acepción 20, que está tan difundida como para 
parecer totalmente autónoma, no es más que una extensión 
de la 1, de la 5 o de la 10, según dependa de la hipótesis me- 
tafísica, religiosa o mágica que rige en la interpretación de ta- 
les signos; los cuales, por otra parte, no son más que síntomas, 
órdenes, indicios o auténticas palabras del presunto lenguaje 
divino. 
En cualquier caso, leyendo la lista de definiciones nos dare- 
mos cuenta de que aparecen, o bien unas características comu- 
nes de cualquier tipo de signo, o bien unas cualidades que pa- 
recen distinguir los signos en distintas categorías. Desde tiempos 
remotos hasta nuestros días, muchas definiciones y clasificacio- 
nes del signo se han basado en estas características comunes y 
distintivas. Aunque procedan de lingüistas y filósofos, estas de- 
finiciones y clasificaciones tienen una cualidad que nos parece 
evidente: se basan en el 
uso común
.
 
O bien repiten definiciones 
y clasificaciones que los que hablan (o los vocabularios) han 
adoptado siempre, o bien elaboran otras que, apenas son pro- 
puestas, resultan aceptables por el buen 
sentido

Será preciso partir de esta recensión de los resultados del 
buen sentido, tanto para disponer de una base de razonamien- 
to como para recorrer la historia y la lista de estas clasificacio- 
nes, y que no son otra cosa que una auténtica 
fenomenología 
de los signos
.
 
Podrá parecer un bizantinismo estrecho, pero si 
no lo hacemos así corremos el riesgo de mantener nuestro dis- 
curso en un nivel de metaforismo y vaguedad absolutos. El 
hecho de que muchos filósofos hayan aceptado esta última so- 
lución no nos sirve de excusa; al contrario, nos incita a ser 
más rigurosos y 
técnicos

Aristóteles o Platón no se avergonzaban al mezclar sus dis- 
cusiones sobre filosofía del lenguaje con consideraciones e inves- 
tigaciones lingüísticas y gramaticales; en cambio, en los dos 
 
15

últimos siglos se ha difundido la figura del filósofo académico, 
reacio a realizar análisis lingüísticos en sentido técnico; y no 
a causa de la creciente especialización, con lo que no se sentiría 
con suficiente competencia para disertar sobre una materia que 
exige un aprendizaje riguroso y específico, sino porque concibe 
la filosofía como discurso teórico «global», que rehuye los aná- 
lisis técnicos detallados. En este sentido, decir que el hombre es 
un animal simbólico y explicar las razones por las cuales co- 
munica, puede ser filosofía; pero explicar 
la manera como 
co- 
munica y la mecánica de las relaciones de comunicación no es 
filosofía, es lingüística o cualquier otra cosa. De esta guisa, fi- 
lósofos ilustres como Heidegger se permiten argumentar filosó- 
ficamente con base en etimologías que harían reír a un lingüista 
histórico, y apenas excitarían las cenizas de Isidoro de Sevilla; 
y en cambio, Peirce, que se pasó toda su vida clasificando y 
estructurando los posibles mecanismos de la significación, du- 
rante mucho tiempo fue visto con malos ojos en los círculos 
filosóficos, y todavía hoy se le considera filósofo por sus pá- 
ginas de metafísica o de ética (a  lo  más,  de  lógica),  y  no  por 
su contribución semiótica, sin la cual no es posible comprender 
lo que quería decir cuando hablaba de Dios, del mundo o de 
la mente humana. Hoy día parece indudable que el filósofo se 
ha de ocupar de aquellos problemas omnicomprensivos que las 
diversas ciencias, en su sectorialidad tal vez miope y estrecha, 
pierden de vista. Pero ocuparse de problemas globales no quiere 
decir ignorar los resultados sectoriales: al contrario, quiere decir 
que se han de tomar en consideración y se han de 
interpretar 
(cuando se han producido fuera de la actividad filosófica), o in- 
cluso 
producir
,
 
cuando la filosofía se aventura en un campo en 
el que las disciplinas específicas todavía no han alcanzado un 
resultado favorable. 
Los dos casos pueden comprobarse en el problema del sig- 
no; por un lado, actualmente es imposible hacer una filosofía 
del lenguaje sin tener en cuenta todo lo que ha producido la 
lingüística en los últimos doscientos años; por otro, y precisa- 
mente para extender el problema lingüístico al de la significa- 
 
16

ción a todos los niveles (incluidos precisamente los no verba- 
les), 
es necesaria la semiótica
.
 
No queremos dilucidar aquí si la 
semiótica es la forma más técnica de una 
filosofía de la sig- 
nificación 
(que pone en crisis las filosofías ingenuas del len- 
guaje) o bien si es una 
técnica de investigación 
de la que se 
apropia la filosofía del lenguaje para hablar de los signos. 
Sea como fuere, dos cosas son indudables: 
a) 
al igual que ha sucedido en la física o en la psicología, 
también en lingüística algunas de las contribuciones filosóficas 
más importantes de nuestro siglo han sido aportadas, no por 
filósofos, sino por técnicos de otras disciplinas (Einstein o Hei- 
senberg en física, Saussure o Hjelmslev en lingüística); 
b) 
actualmente la semiótica es una técnica de investigación 
que explica de manera bastante exacta cómo funcionan la co- 
municación y la significación. 
Por ello, y precisamente porque creemos que es importante 
pensar 
filosóficamente 
el problema del signo, en este libro pro- 
cederemos en buena parte con modos que no recuerdan los del 
discurso filosófico académico. Intentaremos una descripción téc- 
nica de todo el fenómeno de la 
semiosis
,
 
analizaremos funciona- 
mientos concretos, intentaremos definiciones parciales. Si no es 
de esta manera, no se puede hacer filosofía del signo, o se hace 
mala filosofía del signo. 
Con 
esto, probablemente hacemos exac- 
tamente lo que se debe hacer en una filosofía del signo. 
Para la cual, antes que nada se han de tener presentes casos 
como el que indica esta frase de Morris: 
Por ejemplo, la cuestión que se nos plantea constantemente de si 
la estructura del lenguaje es la estructura de la naturaleza, no puede ser 
discutida adecuadamente hasta que los términos 
estructura 

estructura 
del lenguaje 
queden bien explicados (M
ORRIS
, 1938, pág. 36); 
y en consecuencia, se ha de considerar el análisis semiótico 
como un análisis que permite a cualquier discurso filosófico 
controlar sus propios términos: 
 
17

La semiótica promete realizar una tarea que tradicionalmente viene 
llamándose filosófica. Con frecuencia la filosofía ha pecado al confundir 
en su propio lenguaje funciones que realizan los signos. Pero según una 
tradición antigua, la filosofía ha de examinar las formas características 
de la actividad humana y luchar para un conocimiento lo más general y 
sistemático posible. Esta tradición aparece en su forma moderna con la 
identificación de la filosofía con la teoría de los signos y la unificación 
de la ciencia, es decir, con el aspecto más general y sistemático de una 
semiótica pura y descriptiva (M
ORRIS
, 1938, pág. 69). 
Morris pensaba en 
una 
determinada semiótica, pero el valor 
de su afirmación no cambia, ni siquiera hoy día en que la semió- 
tica se ha desarrollado en nuevas direcciones. 
Si  se  examina  el  índice  de  este  libro,  se  verá  que  se  ha 
intentado llevar a cabo las siguientes operaciones: 
Capítulo 1. Examinar las modalidades principales de los 
procesos en los que se utiliza el signo, elaborando una primera 
definición provisional de signo. 
Capítulo 2. Hacer una relación lo más completa posible 
(sincrética y no histórica) de las distintas clasificaciones de los 
signos, que una vez más reflejan las diferentes maneras en que 
se suele atribuir a algo las características de signo (y aquí tam- 
bién sin temor a las contradicciones, las clasificaciones no ho- 
mogéneas; no hay duda de que cada clasificación depende de 
un punto de vista distinto, y que cada punto de vista tiene sus 
justificaciones prácticas y teóricas). 
Capítulo 3. Sintetizar los análisis de la estructura interna 
del signo y de los sistemas en los que se inserta, tal como los 
ha realizado la lingüística contemporánea, por lo general sobre 
bases estructuralistas. 
Capítulo 4. Sintetizar los principales problemas sobre la 
naturaleza, la finalidad, las aporías del signo, tal como se ma- 
nifiestan en el pensamiento filosófico occidental. 
Capítulo 5. Intentar una teoría semiótica unificada del sig- 
no, de tal forma que las definiciones propuestas puedan ser 
aplicadas a cualquier tipo de signo, de las enumeradas en los 
capitules 1, 2, 3; y que permita, si no resolver, al menos ex- 
 
18

plicar los problemas filosóficos que aparecen en el capítulo 4. 
En este último capítulo se procederá en el sentido de la mayor 
economía de definiciones posible; si el uso común llama signos 
a una cantidad muy diversa de fenómenos, ha de existir una 
estructura de fondo que los haga comunes; será ésta la defi- 
nición de signo que intentaremos dar, bajo el lema del pro- 
grama de Occam 
enfia non sunt multiplicando
,
 praeter necessita- 
tem
,
 
y en oposición al sincretismo con que se han alineado las 
diversas taxonomías del capítulo 2. 
Es posible que al final queden zonas oscuras, que de mo- 
mento no puede aclarar una descripción semiótica: esto quiere 
decir que se ha de mantener en servicio permanente una filoso- 
fía del signo, avanzando hipótesis allí donde la teoría semió- 
tica deje zonas vacías o descubra situaciones contradictorias. 
Y ello por la razón —y esta observación es de importancia 
capital— de que esto no es un tratado de semiótica, sino sola- 
mente un 
libro sobre la noción de signo
.
 
No hay duda de que 
la semiótica trata de los signos como materia principal, pero 
los examina en relación con códigos e integrados en unidades 
más vastas, tales como el enunciado, la figura retórica, la fun- 
ción narrativa, etc. La semiótica es la disciplina que estudia las 
relaciones entre el código y el mensaje, y entre el signo y el 
discurso. Algunos sostienen incluso que no puede existir una 
semiótica del signo si no se hace antes una semiótica del dis- 
curso. En este libro pensamos que puede definirse una unidad 
elemental como el signo, y solamente nos referimos a unidades 
más vastas cuando ello nos parece indispensable. 
Por ejemplo, se puede observar que, salvo algunas referen- 
cias accidentales, no damos aquí una definición del 
uso esté- 
tico 
de los signos. Y ello es así porque no existe un signo es- 
tético por sí mismo, ni un uso estético de los signos, salvo de 
forma elemental, como en una frase, aunque quizá sería po- 
sible construir frases que sirvan como ejemplos mínimos de lo 
que es un discurso estético. Como se ha dicho, el problema es- 
triba en que en este libro nos detenemos en el umbral de una 
 
19

semiótica del discurso, dentro  de  la  cual  se  encuadra  la  semió- 
tica del arte. Por lo tanto, se ha de considerar como una propo- 
sición de rigor ascético esta renuncia a tratar del arte, cuando 
una gran parte del discurso filosófico sobre los signos resulta 
oscura y dilatante, precisamente porque nadie ha sido capaz 
de hablar del signo sin hablar a la vez del arte. 
En fin, más allá del signo definido teóricamente, existe el 
ciclo de la 
semiosis
,
 
la vida de la comunicación, y el uso y la 
interpretación que se hace de los signos; está la sociedad que 
utiliza los signos, para comunicar, para informar, para mentir, 
engañar, dominar y liberar. Todos estos problemas rebasan 
la medida física de este pequeño manual; aunque el manual 
espere facilitar al lector unos instrumentos que puede utilizar 
desarrollándolos libremente y aplicándolos, porque la semiótica 
no es solamente una teoría, ha de ser también una forma de 
la praxis. 
 
 
20

 
 
 
 
 
 
1. EL PROCESO SIGNICO 
 
1.1. 
El signo como elemento del proceso de comunicación
 
1.1.1. El signo se utiliza para transmitir una información, 
para decir, o para indicar a alguien algo que otro conoce y 
quiere que lo conozcan los demás también. Ello se inserta en 
un proceso de comunicación de este tipo: 
fuente –  emisor – canal – mensaje – destinatario 
Este esquema reproduce en forma simplificada el que los 
ingenieros de telefonía han elaborado para establecer las con- 
diciones óptimas para la transmisión de informaciones. En todo 
caso, se aplica a los procesos comunicativos de cualquier clase. 
Supongamos, por ejemplo, que en Filipinas se ha producido un 
terremoto y que el corresponsal de un periódico envía la no- 
ticia por teletipo. Lo que ha ocurrido en Filipinas es la fuente, 
el corresponsal es el emisor, el sistema de escritura electrónica 
con sus ondas de radio o de televisión es el canal, la noticia 
es el mensaje y el redactor que la recibe es el destinatario. 
Dejamos aparte las complicaciones técnicas (hay una señal 
eléctrica, un aparato transmisor y otro receptor, etc.) y algunas 
simplificaciones posibles (en el caso de un escritor, fuente y 
emisor prácticamente coinciden). También prescindimos del 
hecho de que entre el terremoto y la noticia leída en los perió- 
 
21

dicos se intercalan varios procesos comunicativos (correspon 
sal–redactor, redactor–director, director–articulista, articulista–ti- 
pógrafo, etc., hasta llegar al lector). 
1.1.2. Desde el punto de vista del que estamos hablando, el 
mensaje equivale al signo. En realidad, un mensaje puede ser 
(y casi siempre es) la organización compleja de muchos signos. 
Pero si consideramos un proceso comunicativo más elemental 
(yo grito /¡voy!/ a un amigo que me ha llamado), yo soy 
el emisor, identificado prácticamente con la fuente; el aire por 
el cual viajan las ondas sonoras que he emitido es el canal, y la 
palabra 
voy 
es el mensaje, que esta vez se identifica con 
un 
solo signo aislado. Queda claro que el esquema propuesto cons- 
tituye, como hemos dicho, una simplificación y por lo tanto 
no responde todavía a problemas de este tipo: ¿El mensaje es 
la emisión sonora o el significado de esta emisión? ¿El men- 
saje son las palabras escritas o las palabras que puedo leer en 
voz alta y que son emisiones sonoras, y no trazos gráficos? To- 
dos estos problemas serán abordados en otro lugar del libro. 
1.1.3. En todo caso se ha de añadir algo a nuestro esquema: 
mi amigo comprende el signo /¡voy!/ solamente si habla cas- 
tellano; si no conoce mi lengua, recibirá una entidad sonora 
indiferenciada, pero no comprenderá el significado. Por lo tan- 
to, entre emisor y destinatario ha de haber un código común, 
es decir, una serie de reglas que atribuyan un significado al 
signo. 
Al exponer esta exigencia, hemos pasado a otro punto de 
vista clasificatorio: el signo no es solamente un elemento que 
entra en el proceso de 
comunicación 
(puedo también transmi- 
tir y comunicar una serie de sonidos sin significado), sino que 
es una entidad que forma parte del proceso de 
significación

1.1.4.  Un proceso de comunicación en el que no exista có 
digo, y por consiguiente en el que no exista significación, queda 
reducido a un proceso de 
estímulo–respuesta
.
 
Los estímulos no 
 
22

se adecúan a una de las definiciones más elementales del signo, 
la que dice que 
se pone en lugar de otra cosa
.
 
El estímulo no 
se pone en lugar de otra cosa, sino que 
provoca directamente 
esta otra cosa. Una luz deslumbrante que me obliga a cerrar 
los ojos es una cosa distinta de una orden verbal que me im- 
ponga el cerrar los ojos. En el primer caso cierro los ojos sin 
reflexionar; en el segundo, antes que nada he de entender la 
orden y descodificar el mensaje (proceso sígnico) para luego 
decidir si obedezco (proceso volitivo, que escapa a la compe- 
tencia de la semiótica). En este sentido, es estímulo el sonido 
de la campanilla que induce al perro del experimento de Pavlov 
a salivar, como si estuviera a punto de llegar aquel alimento 
que durante largo tiempo se ha asociado al tintineo de la cam- 
panilla. La campanilla no substituye al alimento; por alguna ra- 
zón se habla de «reflejo condicionado». Sería distinto el caso 
de un ser humano que hubiera comprendido que el tintineo 
precede a la llegada del alimento: en este caso el tintineo sería 
un indicio de alimento o, como en el caso del toque militar 
de fajina, un auténtico signo artificial como pudiera serlo un 
anuncio verbal. Los estudiosos de zoosemiótica (S
EBEOK
,
 
1968, 
1972) admiten que también los animales  tienen procesos sígni- 
cos. Nosotros creemos que el tintineo sería un signo para el 
perro si éste se comportara como el perro de un conocido chis- 
te, el cual, para conseguir alimento, iba cada día al Instituto 
Pavlov, se ponía a salivar, e inmediatamente un psicólogo «con- 
dicionado» hacía sonar una campanilla y le traía un plato de 
sopa. Lo cual equivale a decir que los procesos sígnicos son ta- 
les en cuanto son reversibles, como todos los procesos inte- 
lectuales (P
IAGET
,
 
1968); uno puede pasar del signo a su refe- 
rente cuando es capaz de efectuar igualmente el camino in- 
verso; es decir, cuando no solamente se sabe que allí donde 
hay humo se quema algo, sino que cuando algo se quema se 
produce humo. 
 
 
23

1.2. 
El signo como elemento del proceso de significación
 
1.2.1. Esta segunda manera de clasificar el signo es menos 
obvia que la precedente. En realidad, disponemos del ejemplo 
de civilizaciones primitivas o de comportamientos aberrantes, 
en los que las distinciones que siguen no resultan muy claras. 
Nos referimos a esto cuando decirnos que en algunos contextos 
culturales las palabras se identifican con las cosas, o bien que 
nomina sunt numina
.
 
Aunque ya estuviera presente en el pen- 
samiento griego de los siglos áureos, en Platón y Aristóteles, 
son los estoicos quienes explican de manera sistemática esta 
distinción. Para éstos, en todo proceso sígnico se debía dis- 
tinguir: 
el 
semainon
,
 
o sea, el signo propiamente dicho, como enti- 
dad física; 
el 
semainomenon
,
 
o sea, lo que es dicho por el signo y que 
no representa una entidad física; 
el 
pragma
,
 
es decir, el objeto al cual se refiere el signo y 
que vuelve a ser una entidad física, o bien un aconteci- 
miento o una acción. 
1.2.2.  Esta distinción ha sido propuesta varias veces con otros 
nombres en el curso de la historia de la filosofía del lenguaje 
y de la lingüística, y —como vamos a ver— es muy aproxima- 
tiva, se ha de corregir mediante una investigación semiótica 
rigurosa. Con todo, la proponemos de nuevo como punto de 
partida para el discurso que seguirá, y para proporcionar de 
una vez algunos términos a los que podamos referirnos, dándole 
la forma de un triángulo, que tanta gente ya ha utilizado: 
significado 
 
                  significante                                      referencia 
Pensemos en el signo /caballo/. Lo escribimos entre barras, 
porque desde ahora utilizaremos este artificio gráfico para indi- 
 
24

 
 
25
car un signo asumido en su 
forma significante
.
 
El significante 
/caballo/ no significa nada para un esquimal que no conozca 
nuestra lengua (que no posea nuestro código). Si quiero expli- 
carle cuál es el significado de /caballo/, puedo darle la tra- 
ducción del término en su lengua, o bien definirle un caballo, 
como lo hacen los diccionarios y enciclopedias, o incluso dibu- 
jarle un caballo. Como veremos más adelante, todas estas solu- 
ciones exigen que en lugar del significante que trato de expli- 
car, ofrezca otros significantes (verbales, visuales, etc., que 
vamos a llamar interpretantes del signo); de todas maneras, la 
experiencia nos dice que en un determinado momento va a 
entender lo que significa /caballo/. Hay quienes creen que en 
su mente se ha formado una 
idea 
o un 
concepto
,
 
otros dicen 
que se ha estimulado en él una 
disposición a responder
,
 
con lo 
cual,  o  bien  me  traerá  un  caballo  auténtico,  o  se  pondrá  a  re- 
linchar para demostrar que ha entendido. Sea como fuere, es 
evidente que, al entrar en posesión del código, es decir, de una 
regla elemental de significación, para él, al igual que para mí, 
al significante /caballo/ corresponderá una entidad todavía no 
definida, el significado, que vamos a escribir entre comillas 
«caballo» (una de las dificultades  del  lenguaje  verbal  es  que, 
normalmente, para indicar un significado se usa la misma for- 
ma del significante; quizás sería más correcto decir que al signi- 
ficante /caballo/ corresponde un significado «x»). Lo cierto 
es que todo este proceso de significación puede producirse sin 
que esté presente ningún caballo. El caballo presente, o todos 
los caballos que han existido, que existen y que existirán en 
el mundo, se indican como 
referente 
del significante /caballo/. 
Basta una pequeña dosis de buen sentido para darse cuenta de 
la ambigüedad de esta noción de referente, pero basta también 
una pequeña dosis de buen sentido para darse cuenta de que, 
de momento, es la manera más cómoda de explicar un hecho 
que se produce todos los días: es decir, que al emitir signos, 
en general 
queremos indicar cosas. Como puede verse, el trián- 
gulo tiene una línea de puntos entre el significante y el refe- 
rente: ello se debe a que la relación entre estas dos entidades 
 

es muy oscura. Sobre todo, es muy arbitraria, en el sentido de 
que no hay razón alguna para llamar /caballo/ al caballo, o 
bien /horse/, como dicen los ingleses. En segundo lugar, por- 
que se puede utilizar el significante /caballo/, no solamente no 
habiendo un caballo, sino incluso en el caso de que nunca hu- 
bieran existido caballos. El significante /unicornio/ existe, 
puesto que puedo escribirlo en esta página; el significado «uni- 
cornio» es bastante claro para quien esté familiarizado con la 
mitología, la heráldica, las leyendas medievales; pero el refe- 
rente unicornio nunca ha existido. 
1.2.3. Las objeciones que se pueden formular a esta clasifi- 
cación traspasan el buen sentido; por ello, de momento las de- 
jaremos de lado. Vamos a limitarnos a dar una nueva versión 
del triángulo, en la que en cada vértice pondremos las distin- 
tas categorías utilizadas por los diferentes clasificadores: 
interpretante (Pierce) 
referencia(Ogden–Richards) 
sentido (Frege) 
intención (Carnap) 
designatum (Morris, 1938) 
significatum (Morris, 1946) 
concepto (Saussure) 
connotación, connotatum (Stuart Mill) 
imagen metal (Hjelmslev) 
estado de conciencia (Buyssens) 
 
 
 
 
 
 
signo (Pierce) 
símbolo (Ogden–Richards) 
vehículo sígnico (Morris) 
expresión (Hjemslev) 
representamen (Pierce) 
sema (Buyssens) 
objeto (Frege–Pierce) 
denotatum (Morris) 
significado (Frege) 
denotación (Russell) 
extensión (Carnap) 
 
Como puede verse, el buen sentido concuerda en un reparto 
tripartito, pero no en el nombre que se ha de dar a los tres 
polos. Unos llegan incluso a llamar /significado/ a lo que noso- 
tros hemos llamado objeto, y /sentido/ a lo que nosotros he- 
mos llamado /significado/. Quizás se trata de divergencias ter- 

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