Umberto Eco Traducido por Francisco Serra Cantarell



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o cualquier otro signo. El objeto de un signo es una cosa; el significado, 
otra.  El  objeto  es  la  cosa  u  ocasión,  aun  definida,  a  la  que  debe  apli- 
carse. Su significado es la idea que aplica al objeto, tanto por pura supo- 
sición como por imperativo o aserción. 
Los resultados del neopositivismo han sido fecundos para 
las ciencias exactas, pero escasos (e incluso peligrosos) para las 
ciencias humanas. Subdividir netamente la actividad sígnica 
entre discursos asertivos y emotivos, entre afirmaciones com- 
probables y seudoafirmaciones, entre discurso de comunicación 
y discurso de pura expresión emotiva, ha hecho que el primer 
polo de estas oposiciones predomine sobre el segundo. De esta 
manera, se consideraba como instrumento válido de comunica- 
ción aquel uso de los signos absolutamente unívocos que se 
produce tan raramente en la vida humana, y sólo en los labo- 
ratorios, y en cambio se desacreditaba el discurso cotidiano, 
el discurso de la política, de la afectividad, de la persuasión, 
de la opinión, que no pueden ser reducidos a los férreos pará- 
metros de la comprobación física. 
4.4.3. Las reacciones al énfasis neopositivista también han 
sido enfáticas y parciales. Por un lado, tenemos la oposición a 
sujetarse a reglas semánticas y el favor hacia un método inter- 
pretativo dialéctico que tenga en cuenta lo contradictorio de la 
experiencia (cf. en particular la crítica de Marcuse al neopositi- 
vismo en 
El hombre unidimensional)
.
 
Pero esta actitud no 
elimina el problema de las reglas semánticas: también consi- 
dera el significado de los signos como 
dado 
intuitivamente. 
Por otro lado, está el análisis del lenguaje cotidiano que han 
hecho los analistas ingleses del lenguaje, que han descrito y 
distinguido los usos cotidianos, siguiendo las huellas del se- 
gundo Wittgenstein. Estos han vuelto a descubrir el frescor 
de la semiosis continua, tal como se produce en todos los 
aspectos de la vida de cada día, pero se han limitado a descri- 
bir repertorios de situaciones concretas privadas de leyes, y 
han introducido de nuevo como elemento resolutivo la intui- 
ción lingüística que ya hemos criticado en el párrafo 4.3.1.II. 
 
 
161

El repertorio que han acumulado es precioso (R
YLE
, 1949; 
R
OSSI
–L
ANDI
, 1961), pero el discurso sobre los signos no puede 
quedarse aquí. Por otra parte, la distinción de Morris entre 
semántica, sintáctica y pragmática había puesto de manifiesto la 
existencia de un universo de los usos y de los efectos con- 
cretos del signo que no podía ignorarse; por un lado el análisis 
del lenguaje y por otro la psicolingüística, no han sido más que 
utilísimos ejercicios sobre las variedades de la pragmática. Pero 
¿puede separarse de esta manera la pragmática de la sintaxis y 
de la semántica? 
 
162
4.4.4. Morris (1938, págs. 47 y sigs.) recuerda que «a partir 
del momento en que la semántica trata de las relaciones de un 
signo de objetos, y a partir del momento en que los intérpretes 
y sus respuestas son objetos naturales estudiados por las cien- 
cias empíricas, parece verosímil que las relaciones de los signos 
con los intérpretes quedará en el ámbito de la semántica». 
Pero «el interpretante de un signo es el hábito en virtud del 
cual el significante se dice que designa ciertos tipos de objetos 
y de situaciones; y en cuanto a método para determinar el 
conjunto de objetos que el signo en cuestión designa, él mismo 
no es miembro de este conjunto». Por lo tanto, el interpretante 
es un instrumento metalingüístico que media entre el universo 
semántico y el pragmático. Las 
reglas pragmáticas 
determinan 
«las condiciones a las que el intérprete se ha de someter para 
que el significante sea un signo». Hasta ahora hemos sostenido 
que estas reglas de uso contextual o situacional no pueden ser 
más que reglas semánticas —y es difícil negarlo, precisamente 
en un situación behaviorista en la que toda definición de signo, 
e incluso la asignación de reglas semánticas, tiene como finali- 
dad el inducir a un comportamiento—. ¿Qué sería el signo (con 
sus reglas semánticas) fuera de un sistema de usos previstos y 
deseados? En otras palabras, 
¿por 
qué la semántica (en cuanto 
se opone a la pragmática) no ha de servir de nada? En este 
caso ¿no valdría la pena llamar semántica a la única semántica 
existente, es decir, al conjunto de las reglas pragmáticas? Pero 
 

esto equivale a aceptar el principio de que el lenguaje (todo 
código) es el punto clave de la pluralidad semántica y que la 
semántica es la teoría del sistema del uso ambiguo de los signos. 
La semántica en sentido estricto, sin pragmática, no es más que 
una lexicografía denegarada, para uso de compiladores de 
diccionarios de bolsillo que, para cada significante, han de re- 
gistrar su denotación más obvia (haciendo imposible cualquier 
esfuerzo razonable de traducción a otra lengua). 
 
4.5. 
El interpretante y la semiosis ilimitada
 
El  uso  de  los  signos  se  produce  en  la  riqueza  de  la  semio- 
sis, y la semiosis exige que la teoría de los interpretantes del 
signo sea lo más amplia posible. Volvamos a Peirce, que ha 
dicho las cosas más estimulantes sobre ello: 
Un signo o 
representamen 
es algo que está en alguien por alguna 
cosa, en algún aspecto o capacidad. Se dirige a alguien, es decir, crea en 
la mente de esta persona un signo equivalente, o quizás un signo más 
complejo. A este signo que crea lo llamaré 
interpretante 
del primer signo. 
El signo está por algo que es su 
obje o
.
 
Está por este objeto no bajo 
t
todos los aspectos, sino con referencia a una especie de idea que tal 
VLV

he llamado el 
fundamento 
del representamen (2.288). 
Este cuadrilátero (
representamen–interpretante–fundamento–  
objeto
)
 
parece más enojoso que el triángulo clásico, porque en 
otros escritos Peirce define el fundamento como una idea, una 
propiedad, o un complejo cíe propiedades del signo, y por lo 
tanto un icono mental —que, como tal, es otro interpretante 
del signo—. Pero la ambigüedad se debe a la riqueza de la de- 
finición de interpretante, y al hecho de que en la perspectiva 
de Peirce toda la vida mental es organización sígnica. 
Por consiguiente, hay una primera acepción en 1? que el 
interpretante es 
otro signo 
que traduce el primer signo (4.127 y 
otros) y una segunda acepción según la cual el interpretante 
es la 
idea 
a que da lugar la serie de signos (1.554; 4.127-5.283 
 
163

y sigs.; y otros), Peirce considera que no existe pensamiento sin 
proceso sígnico, y por lo tanto, la idea a la que el signo da 
origen es uno de los interpretantes: 
El significado de una representación no puede ser más que una repre- 
sentación. En efecto, no es más que la propia representación que se ve 
como despojada de todo revestimiento irrelevante. Pero este revestimiento 
nunca puede eliminarse completamente. Sólo se cambia por algo más 
diáfano. Hay una regresión infinita. En fin, el interpretante no es otra 
cosa  que  otra  representación  a  la  que  se  confía  la  antorcha  de  la  verdad; 
y como representación, a su vez tiene su interpretante. Y así tenemos 
otra serie infinita (1.339). 
La  verdad  es  que  la  noción  de interpretante se propone en 
el pensamiento de Peirce como tercer elemento de mediación, 
en cualquier relación triádica que implique un primero y un 
segundo, ya que la relación triádica es una constante metafí- 
sica y ontológica del universo físico y mental, y no únicamente 
una organización semiótica; por esto existe interpretante cada 
vez que hay mediación, tanto si esta mediación está provocada 
por otro signo o por una idea en sentido platónico, por una 
imagen mental, por una definición o por la relación de nece- 
sidad que liga la inferencia que interviene con la premisa que 
la ha permitido (1.541; 2.93; 5.473). 
En otro lugar, Peirce (4.536) distingue entre interpretante 
inmedia o
,
 
que es el significado; 
interpretante 
dinámico, que 
t
es el efecto producido por el signo, e interpretante 
final
,
 
es 
decir, «el efecto que el signo produciría en una mente cual- 
quiera, si las circunstancias le permitieran realizar completa- 
mente su efecto» (Carta a Lady Welby, 14.3.1909). Concepto 
obscuro, este último, que quizá se explica con la noción pragma- 
tista de los interpretantes lógicos finales. Es preciso ver que 
para Peirce la vida mental es como una inmensa cadena sígnica 
que va desde los primeros interpretantes lógicos (conjeturas 
elementales que, en cuanto sugieren fenómenos,  los significan) 
hasta los interpretantes lógicos finales. Estos son los 
hábitos
,
 
las 
disposiciones 
a la acción, v por tanto a la intervención en las 
cosas, a que tiende toda la semiosis. Y parece que Peirce dice 
 
164

algo muy parecido a lo que se ha dicho en los párrafos pre- 
cedentes, donde se ha visto que la vida de la semiosis tiende a 
aquellos actos de referencia en los cuales el signo finalmente 
se consuma y da comienzo el comportamiento subsiguiente. Pero 
para Peirce se trata de algo más, en toda la vida del pensa- 
miento que tiende a formar en el hombre hábitos de acción 
práctica. Estos hábitos serían los interpretantes lógicos fina- 
les, para que en ellos la semiosis se apacigüe: 
[...] en condiciones determinadas, el interpretante habrá formado el 
hábito de actuar de determinada manera, cada vez que desea un tipo de 
resultado. La real y viva conclusión lógica 
es 
este hábito; la formulación 
verbal sólo la expresa. No niego que el concepto, la proposición o el 
argumento sean los interpretantes lógicos. Sólo insisto en que no pueden 
ser el interpretante lógico final porque son en sí mismos signos precisa- 
mente de aquel tipo que tienen ellos mismos un nuevo interpretante 
lógico.  Sólo  el  hábito  —que  si  bien  puede  ser  signo  de  alguna  otra  ma- 
nera, no es signo del modo en que lo es aquel signo del que es interpre- 
tante lógico...— el hábito... es la definición viviente, el verdadero y final 
interpretante lógico. Por lo cual, el hallazgo más perfecto de un concepto, 
que las palabras pueden conducir, consistirá en la descripción del hábito 
que este concepto está destinado a producir (5.491). 
En este sentido, se comprende ahora que Peirce en deter- 
minado punto afirme que pueden haber interpretantes que no 
son signos (8.332, 339). El interpretante de un signo puede 
ser una acción, un comportamiento. Esta posición parece anun- 
ciar el comportamentismo de Morris, salvo que, por la media- 
ción de la noción unificada de interpretante, asume en la se- 
mántica a toda la pragmática. Y con estas afirmaciones, pare- 
cería que la semiosis, en su fuga limitada de signo en signo, 
se calme en el momento en que, de mediación en mediación, se 
resuelve en hábito. Empieza la vida, la acción. Si no es así, 
c-cómo actúa el hombre sobre el mundo? Por medio de nuevos 
signos. ¿Y cómo puede describirse el hábito final, si no es por 
medio de signos definitorios (5.491)? En el momento en que 
la semiosis se ha consumado en la acción, estamos de nuevo en 
plena semiosis. El hombre es el propio lenguaje: 
 
165

Dado que el hombre sólo puede pensar por medio de palabras o de 
otros símbolos externos, éstos podrían rebatir el discurso y decir: «tú no 
significas nada que no te hayamos enseñado nosotros, y por ello (tú sig- 
nificas) sólo en cuanto diriges alguna palabra como interpretante de tu 
pensamiento». Por lo tanto, en realidad, hombres y palabras se educan 
recíprocamente; cada enriquecimiento de la información humana implica 
—y está implicada por— un enriquecimiento correlativo de la informa 
ción de la palabra (5.314). 
La palabra o el signo que el hombre utiliza es el hombre mismo. 
Porque  el  hecho  de  que  todo  pensamiento  sea  un  signo,  unido  al  hecho 
de que la vida sea una sucesión de pensamientos, prueba que el hombre 
es  un  .signo.  Es  decir,  hombre  y  signo externo son la misma cosa, como 
las palabras 
homo 

man 
son idénticas. Así, mi lenguaje  es  la  suma  total 
de mí mismo, porque el hombre es el pensamiento (5.314). 
Todo el fresco filosófico de Peirce justifica este énfasis final, 
que puede traducirse en términos más controlados, incluso 
fuera del universo metafísica en el que se origina, para repetir 
un concepto que hoy rige las investigaciones sobre los signos: 
el hombre es su lenguaje
,
  porgue  la  cultura  se  constituye  como 
sistema de sistema de signos
.
 
Incluso cuando cree que habla, 
el hombre es 
hablado 
por las reglas de los signos que utiliza. 
Conocer las reglas de estos signos es conocer la sociedad, pero 
es también conocer el sistema de determinaciones lingüísticas 
que nos constituye, como «alma». 
Por lo tanto, buscar la regla de los signos equivale a inten- 
tar describir y explicar en términos socioculturales los fenóme- 
nos llamados «espirituales». 
 
166

 
 
 
 
 
5. ESBOZO PARA UNA TEORÍA 
    UNIFICADA DEL SIGNO 
 
5.1. 
Preliminar
 
Una teoría unificada del signo aspira a definir la categoría 
de signo, de tal manera que la definición se adapte a todas las 
variedades de signos registrables y clasificables, constituyendo 
así su conjunto de características fundamentales comunes. 
Una teoría unificada del signo no puede hacer otra cosa 
que proponer un modelo abstracto, que corre el riesgo de pare- 
cer tautológico porque, para explicar cómo funciona un signo, 
recurre a nociones como «regla», «vinculación», etc., que sin 
duda tienen un valor metalingüístico, pero no explican verda- 
deramente lo que es una regla, o lo que es un vínculo. Esta 
impresión se debe a que tales nociones, en definitiva, corres- 
ponden sin duda a comportamientos neurales. Por lo tanto, una 
teoría del signo parece referirse a fenómenos mentales que no 
pueden analizarse de otra manera. Este inconveniente puede 
evitarse si se consideran todas las definiciones que siguen como 
definiciones 
operativas
,
 
en el sentido de que 
pueden servir de 
base para la construcción de un autómata capaz de comporta- 
mientos sígnicos
.
 
Si estuviéramos en condiciones de construir 
un autómata capaz de asociar a un estímulo significante un 
comportamiento para el cual él mismo proporcionara como res- 
puesta otro significante del que constituye el interpretante, o 
bien la traducción en términos de otros signos, y así sucesiva- 
 
167

mente hasta lo infinito, se habría producido una situación si- 
milar al comportamiento sígnico humano, en el cual los signos 
estímulos suscitan signos respuestas, sin que nunca se pueda 
alcanzar la realidad mental subyacente, si no es por medio de 
signos. 
Si  se  leen  de  esta  manera,  las definiciones que siguen no 
parecerán ni vagas ni tautológicas; constituirán la teoría de 
una inteligencia artificial capaz de comunicar por medio de re- 
laciones de significación. Si esta mente artificial no es entera- 
mente igual a un hombre, con todo, se aproximaría bastante a 
lo que hay en el hombre de comportamiento sígnico sociali- 
zado. 
 
5.2. 
La señal
 
En todo proceso de comunicación elemental entre dos má- 
quinas, desde una fuente de información, un emisor escoge se- 
ñales que un aparato transmitente hace para pasar a través de 
un canal, de forma que un aparato receptor las capte y con- 
teste de acuerdo con la modalidad del estímulo-respuesta. La 
información transmitida por la señal consiste en la presencia 
o ausencia de la propia señal; es información de orden cuanti- 
tativo y se calcula a base del logaritmo binario de las posibles 
opciones. 
 
5.3. 
El signo
 
Hay un signo cuando, por convención previa, cualquier 
señal está instituida por un código como significante de un 
significado. Hay proceso de comunicación cuando un emisor 
transmite intencionalmente señales puestas en código por me- 
dio de un transmitente que las hace pasar a través de un canal; 
las señales salidas del canal son captadas por un aparato recep- 
tor que las transforma en mensaje perceptible por un destina- 
 
 
168

tario, el cual, basándose en el código, asocia al mensaje como 
forma significante un significado o contenido del mensaje. 
Cuando el emisor no emite intencionalmente y aparece como 
fuente natural, también hay proceso de significación, siempre 
que se observen los restantes requisitos. 
Un signo es la correlación de una forma significante a una 
(o a una jerarquía de) unidad que definiremos como significa- 
do.  En  este  sentido,  el  signo  es siempre semióticamente autó- 
nomo respecto de los objetos a los que puede ser referido. 
I.  En  esta  definición  se  incluyen  todos los tipos de signos de cual- 
quier materia en que hayan sido realizados, y sea cual fuere la relación 
aparente que mantienen con el referente. No es cierto que el dedo apun- 
tando funcione como signo, solamente en presencia del objeto al que se 
refiere. Es cierto que un dedo apuntando, una flecha de dirección o 
cualquier otro artificio utilizado para dirigir la atención hacia un objeto, 
tienen un significado convencional que se traduce por: «halo del objeto 
que se encuentra en primer lugar al trazar la prolongación de la vertical 
constituida por la forma del significante». Cuando el objeto es intencio- 
nado, estamos ante una 
operación de referencia 
(v.). En 5.4 se explica 
cómo el objeto término de la referencia puede convertirse a su vez en 
un significante. 
II. Esta definición caracteriza igualmente como signos los signos 
formativos
,
 
como la posición del término en el contexto. El significado 
de una posición gramatical, cuando esta posición está codificada (por 
ejemplo: /un sabio poco psicólogo/ y /un psicólogo poco sabio/), tiene 
como significado la naturaleza gramatical del término en posición, y por 
lo tanto establece el sentido que se le ha de asignar en la amalgama 
del semema (v.). 
 
5.4. 
Leyes de progresividad del proceso sígnico o de la se- 
miosis ilimitada
 
Todo objeto al que se refiere un signo puede convertirse a 
su vez en el significante del mismo significado del significante 
inicial, o incluso en el significante cuyo significado metalingüís- 
tico es el significante inicial. Por lo tanto, no existen signos en 
sentido específico, y cualquier objeto puede ser instituido como 
 
169

significante de otro objeto (el término «objeto» mantiene la 
acepción más amplia posible). 
Cuando, establecida la referencia, el objeto queda intencionado, se 
establece una relación de comprobación empírica entre signo y circuns- 
tancia concreta, y esta relación es extrasemiótica. Pero la mayor parte de 
las  veces  la  relación  funciona  porque  el  objeto  de  referencia  se  vuelve 
a introducir en el proceso semiótico. Si  a  la  pregunta  /¿qué es un lápiz?/ 
se  contesta  enseñando  un  lápiz,  el  objeto  lápiz  se  convierte  en  significan- 
te del significado expresado verbalmente por /
lápiz
/
 o 
por una definición 
compleja  de  lápiz.  En  este  sentido,  el  objeto  lápiz  se  toma  como  signo 
ostensible de que, metonímicamente, se propone un miembro de una 
clase por una clase. El hecho de que este objeto 
parezca 
tener (como 
signo) propiedades icónicas en relación con los lápices significados, no 
disminuye sino que acentúa su naturaleza  sígnica,  en  la  medida  en  que 
aquél no tiene todas las propiedades de cada miembro de la clase que 
representa: si es un lápiz negro de diez centímetros de largo, también se 
pone por los lápices rojos más largos o más cortos, puntiagudos o no, 
nuevos o usados. Mediante una convención se han elegido algunos rasgos 
semánticos propios del significado lápiz, y se han identificado con algunos 
rasgos materiales del objeto, elevados a rasgos de forma de la expresión, 
en detrimento de otros. 
Por la misma ley de reciprocidad /cloruro de sodio/ es el significante 
cuyo significado se traduce por el interpretante (v.) «NaCl»; pero a la 
inversa, /NaCl/ es el significante del significado «cloruro de sodio». 
 
5.5. 
Naturaleza relacional del signo
 
Todo signo pone en correlación el plano de la 
expresión 
(plano significante) y el plano del 
contenido 
(plano significado), 
y ambos oponen a su nivel 
substancia 

forma
.
 
Ningún tipo de 
signo escapa a esta clasificación. En donde los signos se dife- 
rencian es en la articulación de la forma significante, por lo que 
los signos verbales tienen articulaciones que no son necesa- 
riamente las mismas de otros tipos de signos. En este sentido, 
el signo no existe nunca como entidad física observable y 
estable, ya que es producto de una serie de relaciones. 
Lo 
que se suele observar como signo es sólo su forma significante. 
 
170

También un dedo índice apuntando se diferencia según los planos 
descritos: la substancia de la expresión es el cuerpo humano, la forma 
de la expresión es la pertinencia de la dimensión rectilínea y de la direc- 
ción hacia la cual se apunta; la forma del contenido es la particular 
pertinentización de la substancia significable que en este caso puede 
expresar como «el primer objeto que se encuentra prolongando la recta 
constituida por el dedo que apunta». 
Naturalmente, el dedo índice no se articula en elementos mineros, 
como el signo lingüístico, porque pertenece a un código que organiza 
signos solamente con la primera articulación (y en este caso el dedo 
apuntando puede combinarse con otros signos  como  un  gesto  de  la  ca- 
beza o un movimiento del cuerpo...). 
 
5.6. 
Convencionalidad del signo
 
En el signo, el significante se asocia al propio significado 
por decisión convencional, y por lo tanto, basándose en un 
código. 
 
1. 
Convencionalismo no quiere decir exactamente lo mismo que 
arbitrariedad. Pueden existir motivos por los cuales se elige el rojo para 
indicar peligro, y una configuración de líneas sobre una hoja parece 
adecuada para representar una forma humana. Pero las modalidades de 
la relación de significación son convencionales. 
2. 
En esta definición se incluyen también los síntomas. Pueden ser 
en cierto grado motivados, pero es por convención cultural que unas 
manchas  en  la  piel  se  eligen  como  índice  de  disfunción  hepática.  Cam- 
biando la convención puede cambiar también el poder revelador atribuido 
a ciertos indicios. 
3. 
En esta definición se incluyen también los signos llamados «
icó- 
nicos
.
».
 
Éstos, en realidad, proceden de una segmentación del contenido, 
según la cual se han considerado relevantes  ciertos  aspectos  (y  no  otros) 
de objetos asumidos como signos ostensibles que se ponen en lugar de 
todos los miembros de toda la clase a la cual pertenecen. Dados estos 
elementos de forma del contenido (o rasgos de 
reconocimiento de los 
objetos]
,
 
el signo icónico opta por transcribirlos por medio de unos 
arti  -
ficios gráficos 
(rasgos de forma de la expresión). Cuando los artificios 
gráficos no están suficientemente convencionalizados, el signo icónico no 
parece similar a la cosa representada. 

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