Umberto Eco Traducido por Francisco Serra Cantarell



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Signo 
 
Umberto Eco 
 
 
 
 
 
 
Traducido por Francisco Serra Cantarell 
Editorial Labor,  Barcelona,  1988 
Segunda edición, Colombia, 1994 
 
 
Título original: 
Segno
, 1973 
 
 
 
 
 
 
 
La paginación se corresponde 
con la edición impresa. Se han 
eliminado las páginas en blanco 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
PROEMIO 
 
Les paroles seules comptent. 
Le reste est bavardage. 
I
ONESCO
 
 
I. Supongamos que el señor Sigma, en el curso de un viaje 
a París, empieza a sentir molestias en el «vientre». Utilizo un 
término genérico, porque el señor Sigma por el momento tiene 
una sensación confusa. Se concentra e intenta definir la moles- 
tia: ¿ardor de estómago?, ¿espasmos?, ¿dolores viscerales? In- 
tenta dar nombre a unos estímulos imprecisos; y al darles un 
nombre los culturaliza, es decir, encuadra lo que era un fenó- 
meno natural en unas rúbricas precisas y «codificadas»; o sea, 
que intenta dar a una experiencia personal propia una califica- 
ción que la haga similar a otras experiencias ya expresadas ‘en 
los libros de medicina o en los artículos de los periódicos. 
Por fin descubre la palabra que le parece adecuada: esta 
palabra 
vale por 
la molestia que siente. Y dado que quiere co- 
municar sus molestias a un médico, sabe que podrá utilizar la 
palabra (que el médico está en condiciones de entender), en vez 
de la molestia (que el  médico  no  siente  y  que quizás no ha sen- 
tido nunca en su vida). 
Todo el mundo estará dispuesto a reconocer que esta pa- 
labra, que el señor Sigma ha individualizado, es un 
signo
,
 
pero 
nuestro problema es más complejo. 
 
5

El señor Sigma decide pedir hora a un médico. Consulta 
la guía telefónica de París; unos signos gráficos precisos le in- 
dican quiénes son médicos, y cómo llegar hasta ellos. 
Sale de casa, busca con la mirada una señal particular que 
conoce muy bien: entra en un bar. Si se tratara de un bar ita- 
liano intentaría localizar un ángulo próximo a la caja, donde 
podría estar un teléfono, de color metálico. Pero como sabe que 
se trata de un bar francés, tiene a su disposición otras reglas 
interpretativas del ambiente: busca una escalera que descienda 
al sótano. Sabe que, en todo bar parisino que se respete, allí 
están los lavabos y los teléfonos. Es decir, el ambiente se pre- 
senta como un sistema de signos orientadores que le indican 
dónde podrá hablar. 
Sigma desciende y se encuentra frente a tres cabinas más 
bien angostas. Otro sistema de reglas le indica cómo ha de in- 
troducir una de las fichas que lleva  en  el  bolsillo  (que  son  dife- 
rentes, y no todas se adaptan a aquel tipo de teléfono: por lo 
tanto, ha de 
leer 
la ficha 

como «ficha adecuada al teléfono 
de tipo 
Y
.
») y, finalmente, una señal sonora le indica que la 
línea está libre; esta señal es distinta de la que se escucha en 
Italia, y por consiguiente ha de poseer otras reglas para «desco- 
dificarla»; también aquel ruido (aquel 
bourdonnement
,
 
como 
lo llaman los franceses) 
vale por 
el equivalente verbal «vía 
libre». 
Ahora tiene delante el disco con las letras del alfabeto 
y los números; sabe que el médico que busca corresponde a 
DAN 0019, esta secuencia de letras y números corresponde 
al nombre del médico, o bien significa «casa de tal». Pero in- 
troducir el dedo en los agujeros del disco y hacerlo girar según 
los números y letras que se desean tiene además otro significa- 
do: quiere decir que el doctor será advertido del hecho de que 
Sigma lo llama. Son dos órdenes de signos diversos, hasta el 
punto de que puedo anotar un número de teléfono, saber a 
quién corresponde y no llamarle nunca; y puedo marcar un nú- 
mero al azar, sin saber a quién corresponde, y saber que al 
hacerlo llamo a alguien. 
 
6

Además, este número está regulado por un código muy 
sutil: por ejemplo, las letras se refieren a un barrio determinado 
de la ciudad, y a su vez, cada letra significa un número, de ma- 
nera que si llamara a París desde Milán, debería sustituir DAN 
por los números correspondientes, porque mi teléfono italiano 
funciona con otro código. 
Sea como fuere, Sigma marca el número: un nuevo sonido 
le 
dice 
que el número está libre. Y finalmente oye una voz: 
esta voz habla en francés, que no es la lengua de Sigma. Para 
pedir hora (y también después, cuando explique al médico lo 
que siente) ha de pasar de un código a otro, y traducir en 
francés lo que ha pensado en italiano. El médico le da hora y 
una dirección. La dirección es un signo que se refiere a una po- 
sición precisa de la ciudad, a un piso preciso de un edificio, 
a una puerta precisa de este piso; la cita se regula por la posi- 
bilidad, por parte de ambos, de hacer referencia a un sistema de 
signos de uso universal, que es el reloj. 
Vienen después diversas operaciones que Sigma ha de rea- 
lizar  para  reconocer  un  taxi  como  tal,  los  signos  que  ha  de  co- 
municar al taxista; cuenta también la manera como el taxista 
interpreta las señales de tráfico, direcciones prohibidas, semá- 
foros, giros a la derecha o a la izquierda, la comparación que ha 
de efectuar entre la dirección recibida verbalmente y la direc- 
ción escrita en una placa...; y están también las operaciones 
que ha de realizar Sigma para reconocer el ascensor del inmue- 
ble, identificar el pulsador correspondiente al piso, apretarlo 
para conseguir el traslado vertical, y por fin el reconocimiento 
del piso del médico, basándose en la placa de la puerta. Sigma 
ha de reconocer también, entre dos pulsadores situados cerca 
de la puerta, el que corresponde al timbre y el que corresponde 
a la luz de la escalera; pueden ser reconocidos por su forma 
distinta, por su posición más o menos próxima a la puerta, o 
bien basándose en un dibujo esquemático que tienen grabado 
encima, timbre en un caso, lámpara en otro... En una palabra, 
Sigma ha de conocer muchas reglas que hacen que a una forma 
determinada corresponda determinada función, o a ciertos sig- 
 
7

nos gráficos, ciertas entidades, para poder al fin acercarse al 
médico. 
Una vez sentado delante de él, intenta explicarle lo que ha 
sentido por la mañana: «J’ai mal au ventre». 
El médico entiende las palabras, pero no se fía: es decir, no 
está seguro de que Sigma haya indicado con palabras adecuadas 
la sensación precisa. Hace preguntas, se produce un intercam- 
bio verbal. Sigma ha de precisar el tipo de dolor, la posición. 
Ahora el médico palpa el estómago y el hígado de Sigma; para 
él algunas experiencias táctiles tienen un significado que no 
tienen para otros, porque ha estudiado en los libros que ex- 
plican cómo a una experiencia táctil ha de corresponder deter- 
minada alteración orgánica. El médico interpreta las sensaciones 
de Sigma (que él no siente) y las compara con las sensaciones 
táctiles que experimenta. Si sus códigos de 
semiótica médica 
son adecuados, los dos órdenes de sensaciones han de corres- 
ponder. Pero las sensaciones de Sigma llegan al médico a través 
de los sonidos de la lengua francesa; el médico ha de compro- 
bar si las palabras que se manifiestan por medio de sonidos son 
coherentes, de acuerdo con los usos verbales corrientes, con 
las sensaciones de Sigma; pero teme que éste utilice palabras 
imprecisas, no porque sean imprecisas sus sensaciones, sino por- 
que traduzca mal del italiano al francés. Sigma dice 
ventre
,
 
pero quizás quiere decir 
foie 
(y, por otra parte, es posible que 
Sigma sea inculto, y que para él, incluso en italiano, hígado 
y vientre sean entidad indiferenciada). 
Ahora el médico examina las palmas de las manos de Sigma 
y ve que tienen manchas rojas irregulares: «Mal signo —mur- 
mura—. ¿No beberá usted demasiado?». Sigma lo reconoce: 
«¿Cómo lo sabe?». Pregunta ingenua; el médico interpreta 
síntomas como si fueran signos muy elocuentes; sabe lo que co- 
rresponde a una mancha, a una hinchazón. Pero no lo sabe con 
absoluta exactitud; por medio de las palabras de Sigma y de sus 
experiencias táctiles y visuales ha individualizado unos sín- 
tomas, y los ha definido en los términos científicos a los que 
lo ha acostumbrado la sintomatología que ha estudiado en la 
 
8

Universidad, aunque sabe a qué síntomas iguales pueden corres- 
ponder enfermedades diferentes, y a la inversa. Ahora ha de 
pasar del síntoma a la enfermedad de  la  cual  es  signo,  y  esto 
es cosa suya. Esperemos que no tenga que hacer una radiografía, 
porque en tal caso tendría que pasar de los signos gráfico–foto- 
gráficos al síntoma que representan, y del síntoma a la altera- 
ción orgánica. No trabajaría con un único sistema de conven- 
ciones sígnicas, sino sobre varios sistemas. La cosa se hace tan 
difícil, que es muy posible que equivoque el diagnóstico. 
Pero de ello no vamos a ocuparnos. Podemos abandonar a 
Sigma a su destino (con nuestros mejores deseos): si consigue 
leer  la  receta  que  le  dará  el  médico  (cosa  nada  fácil,  porque  la 
escritura de los clínicos plantea no pocos problemas de descifra- 
do), quizás se ponga bien y pueda aún gozar de sus vacaciones 
en París. 
Puede suceder, también, que Sigma sea testarudo e impre- 
visor, y que ante el dilema: «o deja de beber o no puedo ase- 
gurarle nada sobre su hígado», llegue a la conclusión de que 
es mejor gozar de la vida sin preocuparse por la salud, que 
quedar reducido a la condición de enfermo crónico que pesa 
alimentos y bebidas con una balanza. En este caso, Sigma esta- 
blecería una oposición entre Buena Vida y Salud, que no es 
homologa de la tradicional entre Vida y Muerte; la Vida, vivida 
sin preocupaciones, con su riesgo permanente, que es la Muerte, 
le parecería como la misma cara de un valor primario, la Des- 
preocupación, al cual se opondría la Salud y la Preocupación, 
ambas emparentadas con el Aburrimiento. Por lo tanto, Sigma 
tendría su propio sistema de ideas (al igual que lo tiene en po- 
lítica o en estética), que se manifiesta como una organización 
especial de valores o 
contenidos
.
 
En la medida en que tales con- 
tenidos se le manifiestan bajo la forma de conceptos o de ca- 
tegorías mentales, también ellos valen por alguna otra cosa, por 
las decisiones que implican, por las experiencias que señalan. 
Según algunos, también ellos se manifiestan en la vida personal 
e interpersonal de Sigma como signos. Ya veremos si ello es 
cierto. La verdad es que son muchos los que creen así. 
 
9

Por el momento, lo que nos interesaba subrayar era que un 
individuo normal, ante un problema tan espontáneo y natural 
como  un  vulgar  «dolor  de  vientre», se ve obligado a entrar in- 
mediatamente en un retículo de 
sistemas de signos
.
;
 
algunos de 
ellos, vinculados a la posibilidad de realizar operaciones prác- 
ticas; otros, implicados más directamente en actitudes que po- 
dríamos definir como «ideológicas». Pero, en cualquier caso, 
todos ellos son fundamentales para los fines de la interacción 
social, hasta el punto de que podemos preguntarnos si son los 
signos los que permiten a Sigma vivir en sociedad, o si la so- 
ciedad  en  la  que  Sigma  vive  y  se  constituye  como  ser  humano 
no es otra cosa que un complejo 
sistema de sistemas de signos
.
 
En una palabra, ¿Sigma hubiera podido tener conciencia racio- 
nal de su propio dolor, posibilidad de pensarlo y de clasificarlo, 
si la sociedad y la cultura no lo hubieran humanizado como 
animal capaz de elaborar y de comunicar signos? 
Con todo, el ejemplo de que nos hemos valido podría in- 
ducir a pensar que esta 
invasión 
de los signos solamente es 
típica de una civilización industrial, que puede observarse en 
el centro de una ciudad, rutilante de luces, anuncios, señales de 
tráfico, sonidos y toda clase de señales; es decir, como si exis- 
tieran signos solamente cuando hay civilización, en el sentido 
más banal del término. 
Pero es que Sigma viviría en un universo de signos incluso 
si fuera un campesino aislado del mundo. Recorrería el campo 
por la mañana y, por la nubes que aparecen en el horizonte, ya 
sabría predecir el tiempo que hará. El color de las hojas le 
anunciaría el cambio de estación, una serie de franjas del terre- 
no que se perfilan a lo lejos en las colinas le diría el tipo de 
cultivo para el que es apto. 
Un brote de un matorral le señalaría el crecimiento de de- 
terminado tipo de plantas, sabría distinguir los hongos comes- 
tibles de los venenosos, el musgo de un lado de los árboles le 
indicaría en qué parte está el norte, si es que no lo había des- 
cubierto ya por el movimiento del Sol. No disponiendo de reloj, 
el sol le señalaría la hora, y una ráfaga de viento le diría muchas 
 
10

cosas que un ciudadano de paso no sabría descifrar; de la mis- 
ma manera que determinado perfume (para él, que sabe dónde 
crecen algunas flores) quizás le diría de qué parte sopla el 
viento. 
Si fuera cazador, una huella en el suelo, un mechón de pelos 
en una rama de espino, cualquier rastro infinitesimal le reve- 
laría qué animales habían pasado por allí, e incluso cuándo... 
O sea que, aun inmerso en la naturaleza, Sigma viviría en un 
mundo de signos. 
Estos signos no son fenómenos naturales; los fenómenos 
naturales no dicen nada por sí mismos. Los fenómenos natura- 
les «hablan» a Sigma, en la medida en que toda una tradición 
campesina le ha enseñado a 
leerlos
.
 
Así pues, Sigma vive en 
un mundo de signos, no  porque  viva  en  la  naturaleza,  sino  por- 
que, incluso cuando está solo, vive en la sociedad; aquella so- 
ciedad rural que no se habría constituido y no habría podido 
sobrevivir si no hubiera elaborado sus códigos propios, sus pro- 
pios sistemas de interpretación de los datos naturales (y que 
por esta razón se convertían en datos 
culturales
). 
Ahora empezamos a comprender de qué debe tratar un 
libro sobre el concepto de signo: de 
todo

Naturalmente, un lingüista podría observar que si empeza- 
mos a llamar signo a cualquier artificio que permite de alguna 
manera una interacción entre dos sujetos, e incluso las traduc- 
ciones solitarias que Sigma realizaba en su mente, ya no hay 
manera de detenernos. Existen artificios que son signos en sen- 
tido propio, como las palabras, algunas siglas, algunas conven- 
ciones de señalización, y luego está todo lo demás que no es sig- 
no, que puede ser experiencia perceptiva, capacidad de deducir 
hipótesis y previsiones de la experiencia, etc. 
La proposición tiene aspecto de ser muy sensata; la pode- 
mos refutar por lo que se leerá en las páginas que siguen, pero 
éstas no han sido leídas todavía. Con todo, existen dos fenó- 
menos que nos inducen a pensar que la objeción lingüística es 
demasiado restrictiva (dejando a un lado el hecho de que esta 
objeción ha sido liquidada en parte precisamente por un gran 
 
11

lingüista como Ferdinand de Saussure). Por un lado, está el 
hecho de que a lo largo de toda la historia del pensamiento 
filosófico, el concepto de signo ha sido utilizado de manera 
muy amplia, hasta el punto de que cubre muchas de las expe- 
riencias que hemos examinado en nuestro ejemplo. Por otro, 
el hecho de que el uso común, el que se registra fielmente, en 
los diccionarios, nos acostumbra a una utilización de la palabra 
signo 
que parece haber sido hecha para asegurar un empleo 
bastante generalizado. 
 
II. Tanto los filósofos como la gente común recurren a la 
noción de «signo», la última, mediante expresiones cotidianas 
como 
un mal signo
,
 
y tantas otras. Según la impresión de las 
personas cultas, los filósofos utilizan el término 
signo 
de manera 
rigurosa y homogénea, en tanto que en la conversación coti- 
diana, como resulta de frases como la citada, 
signo 
viene a ser 
una palabra totalmente 
homonímica
,
 
o sea, que se utiliza en 
diferentes ocasiones, con diversos sentidos, y, en general, de 
manera metafórica y vaga. Más adelante podremos ver hasta 
qué punto es vaga la utilización que hacen los filósofos de la 
palabra 
signo
.
;
 
de momento, nos limitaremos a considerar la 
utilización común y así descubriremos que, pese a su variedad, 
es del todo apropiada, correcta, técnicamente aceptable. Y al 
decir «técnicamente», nos referimos a su aceptabilidad desde 
el punto de vista de la disciplina que estudia todas las posibles 
variedades de signos, o sea la semiótica o semiología. Exami- 
nemos el uso lingüístico común, mediante una fuente autori- 
zada,  como  es  el  Diccionario  de  la  Lengua.  Para  evitar  parcia- 
lidades, construiremos una palabra ideal, 
signo
,
 
deduciéndola 
de las distintas acepciones tomadas de tres buenos diccionarios: 
Devoto–Oli, Le Monnier (10 acepciones), Zanichelli (17 acep- 
ciones) y Garzanti (9 acepciones). 
 
 
12

S
IGNO 
(del lat. 
signum
,
 
marca, talla), sust. masc. 
A.1.  Síntoma, indicio, indicación palpable de la que se pueden sacar 
deducciones y símiles en relación con algo latente. Elemento carac- 
terístico de una enfermedad, referido a un enfermo. 
2. Imperfecciones físicas, sobre todo leves, tales como cicatrices
etcétera, por las que resulta más fácil el reconocimiento de una 
persona, y que se citan en los documentos de identidad. 
3. Cualquier trazo o huella visible que deja un cuerpo sobre una 
superficie. 
4. Gesto, acto o cosa similar que pone de manifiesto una deter- 
minada manera de ser o de hacer, como puede ser, por ejemplo, 
un signo de alegría
,
 
etc. 
B.5.  Gesto con el que se quiere comunicar o expresar alguna cosa, tal 
como una orden, un deseo, o algo parecido. 
6. Contraseña, elemento distintivo, impreso en alguien o en algu- 
na cosa, para poderlo reconocer. Marca. 
7. Línea, figura o algo parecido que se traza para señalar el punto 
al que se ha llegado. Todos los signos de esta categoría pueden 
indicarse con un sinónimo aparente de 
signo
,
 
que es 
señal

8. Cualquier expresión gráfica, punto, línea, recta, curva y otras 
similares adoptada convencionalmente para representar un objeto 
abstracto. Cualquier entidad gráfica utilizada igualmente para re- 
presentar un objeto abstracto, como un número, una fórmula quí- 
mica, expresiones algebraicas, operadores lógicos y sim. En deter- 
minados contextos se llama también 
símbolo
,
 
para que no se 
confunda con el homónimo de la acepción duodécima o decimo- 
tercera. 
9. Cualquier procedimiento visual que reproduzca objetos con- 
cretos, tales como el dibujo de un animal, para comunicar el objeto 
o el concepto correspondiente. 
10.  (En  lingüística.)  Proceso  mediante  el  cual  un  concepto  (o  un 
objeto) se representa por medio de una imagen acústica (como las 
«palabras» y sim.). A veces, cualquier componente menor del pro- 
ceso precedente. 
11. Cada parte de un procedimiento visual que se refiere a una 
emisión fónica, a un concepto, a un objeto, a una palabra; tales 
como las letras del alfabeto (o 
grafemas
),
 
los símbolos gráficos 
subsidiarios (signos diacríticos), los signos de la notación musical, 
del alfabeto Morse, Braille y otros. 
12. Símbolo, entidad figurativa u objetual que representa, por 
convención o a causa de sus características formales, un valor, un 
acontecimiento, una meta o cosas similares; así, la cruz, la hoz y 
el martillo, la calavera (a veces utilizado como símbolo de 
emblema
,
 
incluso heráldico). 
 
13

13.
 
Símbolo, entidad figurativa u objetual que se refiere a un 
valor, a un acontecimiento, a una meta, no definidos exactamente, 
de manera oscura y alusiva (a veces utilizado en el sentido de «pa- 
labra poética»). 
C.14.  (raro y liter.) Enseña, bandera. 
15. (En desuso.) Imagen esculpida o pintada, estatua, efigie. 
16. (En desuso.) Estrella. 
17. Configuración astronómica. Signo del Zodíaco. 
18. (En desuso.) Muestra de orina para analizar. 
19. En 
hilo por hilo y signo por signo: 
con detalle y con orden. 
20. Cualquier acontecimiento natural asumido como manifestación 
de una voluntad oculta, una intención divina, una fatalidad, un 
poder mágico. 
Hemos de advertir que para explicar la utilización concreta, 
los diccionarios consultados recogen las distintas acepciones de 
manera mucho más desordenada que nosotros. Hemos procura- 
do organizar las diversas acepciones de tal forma que: 
1.  Hemos distinguido en A los signos no emitidos inten- 
cionalmente y que, por así decirlo, constituyen acontecimientos 
naturales que utilizamos para reconocer algo o deducir su exis- 
tencia, como de la espiral de humo sobre una colina deducimos 
la presencia de un fuego encendido; y en B se distinguieron 
los signos llamados «artificiales», que, en cambio, son puestos 
intencionalmente por los seres humanos para comunicar con 
otros seres humanos. 
2.  Hemos distinguido las acepciones básicas de las deriva- 
das por metáfora o por extensión, que hemos puesto entre pa- 
réntesis al lado de las primeras. 
3.  Hemos distinguido en C algunas acepciones en desuso 
o poéticas, éstas igualmente derivadas por extensión; como pue- 
de verse, la acepción 15 depende de la 9, en tanto que la 18 
depende de la 1, ya que los orines se analizan precisamente 
para hallar los síntomas de alguna enfermedad; la acepción 19, 
que citamos porque la hallamos inserta en un diccionario como 
autónoma, nos dice algo que no hemos de olvidar en el curso 
de nuestra investigación, y es que existen términos que adquie- 


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