Ubik philip K. Dick



Descargar 1,07 Mb.
Página7/14
Fecha de conversión15.02.2017
Tamaño1,07 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   14

—Protofasónicamente —corrigió Don Denny.

—¿Sabe alguno de ustedes cómo se llama el gerente del Moratorio de los Amadísimos Hermanos? —preguntó Joe.

—Herbert No-sé-qué, un nombre alemán —respondió Tippy Jackson.

Wendy Wright, tras pensarlo, precisó:

—Herbert Schoenheit von Vogelsang. Lo recuerdo porque el señor Runciter me dijo que significaba “Herbert, la belleza del canto de los pájaros”. Me gustaría llamarme así; recuerdo que lo pensé entonces.

—Podría casarse con él —dijo Tito Apostos.

—Voy a casarme con Joe Chip —dijo Wendy en un tono sombrío e introspectivo, tocado de seriedad infantil.

—¿Ah, sí? ¿De veras? —preguntó Pat Conley, con una fugaz llamarada en sus negros ojos.

—¿Puede usted cambiar también eso con su facultad? —repuso Wendy.

—Yo vivo con Joe. Soy su amante. Según el trato, yo le pago las facturas. Esta mañana le he dado dinero para que la puerta de su casa le dejara salir. De no haber sido por mi todavía estaría en el apartamento.

—Y nuestro viaje a Luna —añadió Al Hammond— no habría tenido lugar. —Clavó la mirada en Pat, con una compleja expresión.

—Quizás hoy no, pero en cualquier caso lo habríamos hecho —señaló Tippy Jackson—; no veo la diferencia. Por otra parte, creo que a Joe le vendrá muy bien tener una amante que le dé dinero para la puerta. —Le dio una palmadita en el hombro; su rostro irradió, al hacerlo, algo que a Joe le pareció una aprobación lasciva, como si disfrutara indirectamente de sus actividades personales más íntimas. Bajo la fachada extrovertida de la señora Jackson acechaba un voyeur.

—Traigan la guía videofónica universal —pidió Joe—. Avisaré al moratorio para que nos esperen. —Consultó su reloj de pulsera: quedaban diez minutos de vuelo.

—Aquí tiene, señor Chip —dijo Jon Ild, que la había encontrado, tendiéndole una pesada caja cuadrada dotada de teclado y microanalizador.

Joe marcó primero SWI, luego ZUR y finalmente MORA AMSMS HNOS.

—Condensaciones semánticas, como en hebreo —comentó Pat a su espalda.

El microanalizador se desplazaba de un lado a otro, seleccionando y descartando; finalmente, arrojó una tarjeta perforada que Joe introdujo en la ranura del videófono. Se oyó una voz tintineante:

—Está usted escuchando una grabación: el número que solicita está fuera de uso —la tarjeta salió despedida enérgicamente —; para información, introduzca la tarjeta roja.

—¿Qué fecha lleva la guía? —preguntó Joe a Jon Ild, que se disponía a depositarla en un estante. Ild examinó los datos que figuraban en una de las caras.

—Mil novecientos noventa: es de hace dos años.

—Imposible: hace dos años esta nave no existía —dijo Edie Dorn—. Todo lo que hay en ella es nuevo.

—Quizá Runciter escatimara algo —sugirió Tito Apostos.

—Nada de eso: Runciter derrochó dinero, tecnología y mimo en el “Pratfall II”. Cualquiera que haya trabajado para él lo sabe: esta nave es la niña de sus ojos —dijo Edie.

—Era la niña de sus ojos —corrigió Francesca Spanish.

—Todavía me niego a aceptar ese matiz —dijo Joe. Introdujo una tarjeta roja en la ranura de entrada del receptor—. Deme el número actual del Moratorio de los Amadísimos Hermanos en Zurich, Suiza —ordenó. Se dirigió a Francy Spanish—: Esta nave es todavía la niña de sus ojos porque él todavía existe.

Del videófono salió una nueva tarjeta perforada que Joe deslizó en la ranura de entrada. Esta vez, los circuitos del aparato respondieron sin irritación y en la pantalla apareció un rostro cetrino de expresión enigmática: era el del untuoso mequetrefe que regentaba el Moratorio de los Amadísimos Hermanos. Joe lo recordó con desagrado.

—Soy Herr Herbert Schoenheit von Vogelsang. ¿Acude usted a mí en ocasión de un luctuoso acontecimiento, señor? ¿Tendrá usted la bondad de darme su nombre y dirección, en previsión de que nuestra comunicación quedara accidentalmente interrumpida?

El propietario del moratorio lucía un aplomo de auténtico profesional.

—Ha habido un accidente —dijo Joe.

—Eso que nosotros denominamos aun accidente —dijo Von Vogelsang— no es sino una manifestación de la obra salida de las manos de la divinidad. En cierto modo, podríamos llamar “accidente” a toda nuestra vida. Y sin embargo...

—No pienso entrar en ninguna discusión teológica, ahora no —le interrumpió Joe.

—Es ahora más que nunca cuando el consuelo de la teología resulta más reconfortante. ¿Es el difunto pariente suyo?

—Es nuestro jefe: Glen Runciter, de Runciter Asociados, Nueva York —respondió Joe—. Usted ya tiene a su esposa Ella en el moratorio. Vamos a aterrizar dentro de ocho o nueve minutos: ¿puede hacer que nos espere uno de sus furgones frigorizados?

—¿Le tienen metido en hielo artificial?

—No, está en Tampa, Florida, tomando el sol en la playa —le soltó Joe.

—Deduzco que su divertida respuesta equivale a una afirmación.

—Tenga listo el furgón en el cosmopuerto de Zurich —dijo Joe, y cortó.

“Y pensar que de ahora en adelante hemos de tratar con este individuo”, rumió.

Volviéndose hacia los inerciales agrupados a su alrededor, dijo:

—Hay que ir por Ray Hollis.

—¿Qué quiere decir? —inquirió Sammy Mundo.

—Quiero decir que hay que matarlo. Ha sido el causante de todo esto —dijo Joe.

Imaginó a Glen Runciter tieso en un ataúd de plástico transparente adornado con capullos de rosa de plástico, despertado a la actividad de la semivida una hora al mes, deteriorándose, debilitándose, chocheando. “Dioses, con toda la gente que hay en el mundo, tocarle precisamente a él, un hombre tan vital”, pensó.

—Por lo menos estará más cerca de Ella.

—Según cómo, también me gustaría meter en el hielo a... —Joe se interrumpió, negándose a decirlo—. No me gustan nada los moratorios y menos aún sus propietarios. No me cae bien el tal Herbert Schoenheit von Vogelsang. ¿Por qué preferirá Runciter los moratorios suizos? ¿Qué tienen de malo los de Nueva York?

—Los moratorios son un invento suizo —explicó Edie Dorn—; según estudios imparciales, la duración media de la semivida de un individuo en un moratorio suizo es dos horas superior a la del mismo individuo en uno de los nuestros. Parece que los suizos le han cogido el truco a lo de la semivida.

—La ONU debería abolir la semivida por obstaculizar el ciclo natural de la muerte y la reproducción —dijo Joe.

Al Hammond comentó en tono burlón:

—Si Dios estuviera de acuerdo con la semivida, naceríamos todos en un envase lleno de hielo seco.

Desde la consola de mando, Don Denny anunció:

—Ya estamos bajo la jurisdicción del transmisor de microondas de Zurich. Ellos harán el resto. —Abandonó el puesto con aire melancólico.

—Ánimo, hombre —le dijo Edie Dorn—. Hablando en plata, creo que aún podemos estar satisfechos de nuestra suerte: podríamos haber muerto todos en la explosión o haber sido barridos después con un láser. Se sentirá mejor después de aterrizar ya lo verá; en la Tierra estaremos seguros.

—El detalle de tener que ir a Luna debió alertarnos —dijo Joe.

“Mejor dicho, debió poner sobre aviso a Runciter”, rectificó para sus adentros.

—Todo es por culpa de la laguna que hay en la legislación sobre la autoridad civil imperante en Luna. Runciter lo decía siempre: “Desconfíen de cualquier oferta de trabajo que implique salir de la Tierra.” Si viviera, nos lo estaría repitiendo ahora mismo: “Sobre todo, no piquen si se trata de actuar en Luna. Ya han mordido el cebo demasiadas organizaciones.” Si en el moratorio logran revivirlo, será lo primero que nos diga: que siempre había desconfiado de Luna. Pero no lo suficiente. Claro que el asunto era una pera en dulce; no pudo resistir la tentación. Y con ese cebo le pescaron. Sabían perfectamente que lo lograrían.

Disparados por el transmisor de microondas de Zurich, los retrocohetes de la nave empezaron a rugir; la nave se estremeció de punta a cabo.

—Joe, ¿se da cuenta de que tendrá que comunicarle a Ella lo de Runciter? —dijo Tito Apostos.

—No he dejado de pensar en ello desde que despegamos —respondió Joe.

La nave, aminorando la velocidad, se preparó para aterrizar con ayuda de sus servosistemas homeostáticos.

—Además —añadió Joe—, tengo que dar cuenta de lo sucedido a la Sociedad. Nos van a poner verdes: les faltará tiempo para decirnos que hemos caído como corderitos.

Sammy Mundo dijo:

—Pero la Sociedad es amiga nuestra, ¿no?

—Después de este fiasco, nadie querrá ser amigo nuestro —sentenció Al Hammond.


Al borde de la pista de Zurich aguardaba un helicóptero alimentado por pilas solares, con un rótulo que rezaba Moratorio de los Amadísimos Hermanos”. A su lado había un individuo cucarachesco que llevaba un atuendo de estilo continental: toga de tweed, mocasines, faja escarlata y gorrita púrpura rematada por una hélice. El dueño del moratorio caminó con afectación hacia Joe Chip, tendiéndole una mano enguantada.

—A juzgar por el aspecto que ofrece usted, no ha sido precisamente un viaje repleto de satisfacciones —dijo Von Vogelsang tras el breve apretón de manos—. ¿Puedo enviar a mis empleados a bordo de su atractiva nave para que empiecen a...?

—Sí. Suban y sáquenle —dijo Joe.

Con las manos en los bolsillos y arrastrando una desolada melancolía, se encaminó hacia el bar del cosmopuerto. A partir de aquel momento todo iba a reducirse a los trámites habituales. Habían regresado a la Tierra sin que Hollis les cazara: podían darse por satisfechos. La operación Luna, aquella desagradable experiencia, había terminado y empezaba una nueva fase sobre la que no tenían ningún poder.

—Cinco centavos, por favor —dijo la puerta del bar, que permanecía cerrada ante él.

Esperó a que saliera una pareja y aprovechó para colarse limpiamente; se dirigió hacia un taburete vacío y se sentó. Acodado en el mostrador, leyó el menú y pidió:

—Café.

—¿Leche o azúcar? —preguntó el altavoz de la torreta de la mónada rectora del establecimiento.



—Los dos.

Se abrió una ventanilla y aparecieron, deteniéndose en la barra frente a Joe, una taza de café, dos minúsculas bolsas de papel que contenían azúcar y un recipiente de leche semejante a un tubo de ensayo.

—Un contacred internacional, por favor —dijo el altavoz.

—Cárguelo a la cuenta del señor Glen Runciter, de Runciter Asociados, Nueva York —respondió Joe.

—Inserte la correspondiente tarjeta de crédito.

—Hace cinco años que no me dejan utilizar tarjetas de crédito —dijo Joe—. Todavía estoy pagando lo que me fiaron allá por el año...

—Un contacred, por favor —insistió el altavoz, que empezó a emitir un siniestro tic-tac—, o doy parte a la policía dentro de diez segundos.

Joe pagó el contacred y cesó el tic-tac.

—Podemos arreglárnoslas perfectamente sin gente como usted —dijo el altavoz.

—El día menos pensado, la gente como yo se rebelará —contestó airado Joe— y habrá llegado el fin de la tiranía de la máquina homeostática. Habrá llegado el día de los valores humanos, de la piedad y del calor afectivo; ese día, cualquiera que como yo las haya pasado moradas y necesite vitalmente un café para tenerse en pie y seguir funcionando mientras deba funcionar, podrá tomar su café caliente tanto si tiene un contacred a mano como si no. —Levantó la miniatura de jarro de leche y la posó inmediatamente en el mostrador—. Además, esta leche, o crema, o lo que sea, está agria.

El altavoz permanecía callado.

—¿Es que no piensa hacer nada? Para reclamar el contacred no le faltaban palabras —dijo Joe.

La puerta de pago de la cafetería se abrió y entró Al Hammond. Se acercó a Joe y tomó asiento a su lado.

—Los del moratorio tienen a Runciter en el helicóptero y desean saber si va usted con ellos.

—Vea esta leche —dijo Joe alzando el jarro; en su interior, el líquido se adhería a las paredes formando espesos grumos—: esto es lo que le dan a uno por un contacred en una de las ciudades más modernas y tecnológicamente avanzadas de la Tierra. No pienso irme de aquí mientras no pongan remedio a esto, devolviéndome el dinero o dándome un jarro de leche fresca para que pueda tomarme el café.

Poniéndole la mano en el hombro, Al Hammond le observó detenidamente.

—¿Qué es lo que ocurre, Joe?

—Primero, el cigarrillo; luego, la guía videofónica de la nave, y ahora me sirven una leche que tendrá semanas. No lo entiendo, Al.

—Tómate el café solo y sube al helicóptero para que puedan llevar a Runciter al moratorio —dijo Al—. Los demás esperaremos en la nave hasta que regreses y entonces iremos a la oficina más próxima de la Sociedad a presentar un informe completo.

Joe cogió la taza y encontró el café frío y rancio; flotaba en la superficie un coágulo de espuma. Apartó la taza con repugnancia. “¿Qué pasa? ¿Qué me está pasando?”, se preguntó, mientras su repugnancia se transformaba de golpe en un pánico nebuloso y espectral.

—Vamos, Joe —dijo Al, asiéndole fuertemente por los hombros—: olvídate del café, no merece la pena preocuparse por eso. Lo que ahora cuenta es llevar a Runciter a...

—¿Sabes quién me dio ese contacred? —preguntó Joe—. Pat Conley. Y en seguida he hecho con él lo que hago siempre con el dinero: malgastarlo. Lo he malgastado en un café hecho el año pasado. —Bajó del taburete ayudado por Al Hammond—. ¿Y si vinieras conmigo al moratorio? Voy a necesitar ayuda, en especial para entrevistarme con Ella. ¿Qué debo hacer, echarle las culpas a Runciter? ¿Decir que la decisión de mandarnos a Luna fue suya? La verdad es ésa. No sé, quizá debería decirle otra cosa, como que la nave se estrelló o que su marido murió de muerte natural.

—Pero tarde o temprano van a enlazar a Runciter con ella y le dirá la verdad así que vas a tener que decírsela tú también.

Salieron del bar y se aproximaron al helicóptero del Moratorio de los Amadísimos Hermanos.

—A lo mejor dejo que sea Runciter quien se lo cuente todo —dijo Joe al subir a bordo—. ¿Por qué no? La decisión de ir a Luna fue suya: que se lo cuente él. Además, está acostumbrado a hablar con Ella.

—¿Listos señores? —inquirió Von Vogelsang, sentado a los mandos del aparato—. ¿Podemos ya encaminar nuestros afligidos pasos en dirección a la postrera morada del señor Runciter?

Joe lanzó un gruñido y miró por la ventanilla del helicóptero concentrando su atención en los edificios que constituían las instalaciones del cosmopuerto de Zurich.

—Sí, despegue —dijo Al.

Mientras el helicóptero se elevaba, el gerente del moratorio pulsó un botón del cuadro de mandos. Por una docena de altavoces distribuidos por el interior de la cabina surgió poderosamente la Missa Solemnis de Beethoven. Una multitud de voces, acompañada por una orquesta sinfónica amplificada electrónicamente, repetía una y otra vez: Agnus Dei, qui tollis peccata mundi.

—¿Sabías que Toscanini solía cantar con los intérpretes mientras dirigía una ópera, y que en su versión de La Traviata se le oye durante el aria Sempre Libera? —preguntó Joe.

—No, no lo sabía —respondió Al.

Contempló los elegantes y sólidos bloques de apartamentos de Zurich, que desfilaban por debajo del helicóptero en una solemne procesión. Joe también los observaba.

Libera me, Domine —musitó.

—¿Qué significa eso? —preguntó Al.

—Significa “Señor, ten piedad de mí”. ¿No lo sabías? Si lo sabe todo el mundo...

—¿Y por qué has pensado en eso?

—Me lo ha recordado la música, esta maldita música. —Se dirigió a Von Vogelsang—: Pare la música; Runciter no puede oírla. Yo soy aquí el único que puede y ahora no estoy de humor. —Se volvió hacia Al y preguntó—: Porque tú no quieres escucharla, ¿verdad?

—Cálmate, Joe —dijo Al.

—¡Estamos transportando a nuestro jefe muerto a un lugar llamado Moratorio de los Amadísimos Hermanos y sólo se te ocurre decir que me calme! —le espetó Joe—. Sabes que Runciter no tenía por qué ir a Luna con nosotros; podía mandarnos allí y quedarse en Nueva York. Y ahora el hombre más animoso y enamorado de la vida que he conocido va a ser...

—El consejo de su compañero me parece muy acertado —terció el propietario del moratorio.

—¿Qué consejo? —preguntó Joe.

—Que se calme. —Von Vogelsang abrió la guantera del tablero de mandos y tendió a Joe una caja de vivos colores—. Mastique uno, señor Chip.

—Chicle sedante —dijo Joe, recogiendo la caja y abriéndola con aire reflexivo—. Chicle sedante con sabor a melocotón. ¿Tengo que tomarlo? —preguntó a Al.

—Te hará bien —respondió éste.

—En circunstancias parecidas, Runciter nunca habría tomado un sedante. Glen Runciter no tomó un sedante en toda su vida. ¿Sabes lo que empiezo a comprender, Al? Que de una forma indirecta dio su vida por salvar la nuestra.

—Sí, de una forma muy indirecta. Ya llegamos. —El helicóptero había iniciado el descenso hacia una diana pintada en la azotea de un edificio—. ¿Podrás dominarte?

—Podré dominarme en cuanto oiga de nuevo la voz de Runciter —respondió Joe—, cuando vea que conserva alguna forma de vida, de semivida.

El dueño del moratorio dijo con optimismo:

—Yo no me preocuparía por eso, señor Chip. Normalmente obtenemos un flujo protofasónico suficiente. Más tarde, cuando se agota el plazo de semivida, empiezan las congojas. Pero con una planificación sensata ese momento puede posponerse durante muchos años. —Apagó el motor del helicóptero y pulsó un botón para abrir la puerta de la cabina—. Bienvenidos al Moratorio de los Amadísimos Hermanos —dijo, escoltándoles mientras Al y Joe bajaban a la pista—: mi secretaria particular, la señorita Beason, les acompañará a una sala de conferencias. Si tienen la amabilidad de esperar allí, haré que les traigan al señor Runciter tan pronto mis técnicos establezcan contacto con él.

—Quiero asistir a todo el proceso, quiero ver cómo le recuperan sus técnicos —dijo Joe.

El propietario del moratorio se dirigió a Al:

—Quizás usted que es su amigo pueda hacerle comprender...

—Debemos esperar en la sala, Joe —dijo Al.

Joe le miró con rabia.

—Eres un vulgar Tío Tom —dijo.

—Todos los moratorios funcionan así. Ven conmigo a la sala de conferencias.

—¿Cuánto tardarán? —preguntó Joe al dueño del moratorio.

—Sabremos con seguridad si es recuperable o no dentro de los primeros quince minutos. Si para entonces no se registra señal apreciable...

—¿Cómo? ¿Sólo van a intentarlo durante un cuarto de hora? —Se volvió hacia Al—: Sólo piensan dedicar un cuarto de hora a la recuperación de un hombre que es más grande que todos nosotros juntos. Ven, Al, vamos a... —Estaba a punto de echarse a llorar.

—No, Joe, ven tú. Vamos a la sala —repitió Al.

Joe le siguió hasta la sala de conferencias.

—¿Un cigarrillo? —ofreció Al tras tomar asiento en un diván de piel sintética, alargándole la cajetilla.

—Están rancios —respondió éste; no necesitaba tocar ninguno para saberlo.

—Sí, es cierto —dijo Al, retirando la cajetilla—. ¿Cómo lo has sabido? —Esperó una respuesta que no llegó—. No he conocido a nadie que se desanime tan fácilmente como tú. Podemos considerarnos afortunados por el hecho de estar vivos: podríamos ser nosotros, todos nosotros, quienes estuviéramos metidos en hielo, y Runciter quien esperara sentado aquí. —Consultó su reloj.

Joe dijo:

—Todos los cigarrillos del mundo están rancios. —Miró también su reloj—: Y diez. —Se puso a meditar, dando vueltas a un gran número de pensamientos inconexos y desarticulados que nadaban por su mente como peces plateados. Sentía temores aprensiones y vagas repugnancias. Los peces de plata reaparecían ya como aguijonazos de miedo—. Si Runciter estuviera sentado aquí, todo estaría en orden. No sé por qué, pero estoy convencido. —Se preguntó qué estaría pasando en aquel momento entre los técnicos del moratorio y los restos de Glen Runciter—. ¿Te acuerdas de los dentistas? —preguntó a Al.

—No los recuerdo, pero sé lo que eran.

—A la gente se le estropeaban los dientes.

—Comprendo.

—Mi padre me contó una vez lo que sentía uno en la sala de espera del dentista. Cada vez que la enfermera abría la puerta, pensaba: “Ya está, va a ocurrir lo que me he pasado la vida temiendo que ocurriera”.

—¿Y eso es lo que sientes ahora? —preguntó Al.

—Ahora me pregunto: por todos los santos, ¿por qué no viene de una vez el imbécil que administra todo esto y nos dice que está vivo, que Runciter está vivo, o que no? Lo uno o lo otro: que sí o que no.

—Casi siempre es sí. Como ha dicho Vogelsang, las estadísticas...

—Esta vez será no.

—No tienes modo de saberlo.

—Me gustaría saber si Ray Hollis tiene sucursal aquí en Zurich —dijo Joe.

—Claro que la tiene. Pero de todas formas, cuando tengas aquí al precognitor ya sabrás si Runciter vive o no.

—Llamaré para que me manden un precognitor. Voy a conseguir uno inmediatamente —dijo Joe, poniéndose en pie y preguntándose dónde hallar un videófono—. Dame veinticinco centavos.

Al negó con la cabeza.

—Mira, Al: por decirlo así, tú eres uno de mis empleados. Si no haces lo que te ordeno, te despido. Apenas muerto Runciter, asumí el mando de la compañía. He estado al frente de ella desde que estalló la bomba: decidí traer a Runciter aquí y ahora tomo la decisión de alquilar los servicios de un precognitor durante un par de minutos. Dame esos veinticinco centavos —concluyó, tendiendo la palma de la mano.

—Runciter Asociados, dirigida por un hombre que tiene agujereados los bolsillos —comentó Al, arrojándole una moneda que se había sacado del bolsillo—. Aquí los tienes; añádelos a mi cheque de fin de mes.

Joe salió de la sala y enfiló un corredor, frotándose fatigadamente la frente. “Este lugar es algo antinatural, a mitad de camino entre la vida y la muerte”, reflexionó. “Ahora soy la cabeza visible de Runciter Asociados, con excepción de Ella, que no está viva y únicamente puede hablar si vengo a este lugar y hago que la reanimen. Conozco las disposiciones testamentarias de Glen Runciter, que ahora han entrado automáticamente en vigor: debo hacerme cargo de la empresa hasta que Ella, o los dos si logran revivir a Glen, decidan nombrar a alguien que le sustituya a él. Tienen que estar los dos de acuerdo: ambos testamentos lo estipulan como condición obligada. Quizá decidan que yo siga en el cargo de forma permanente.”

“Pero esto no sucederá nunca”, comprendió. “No le sucederá nunca a nadie como yo, incapaz de cumplir con sus obligaciones fiscales. Es algo que el precognitor de Hollis podría saber: puedo averiguar si me van a ascender o no a director de la compañía. Valdría la pena enterarse de ello; y como de todos modos tengo que contratar a un precognitor...”

—¿Dónde hay un videófono público? —preguntó a un empleado uniformado, que se lo indicó con un gesto—. Gracias —dijo, y siguió caminando hasta llegar al aparato. Levantó el auricular, esperó a oír la señal y dejó caer en la ranura la moneda que le había dado Al. El videófono dijo:

—Lo siento mucho, señor, pero no puedo aceptar dinero fuera de circulación. —La moneda salió despedida por la base del aparato con un ruido de desagrado y aterrizó a sus pies.

—¿Cómo? —protestó Joe, agachándose con torpes movimientos para recogerla—. ¿Desde cuándo están fuera de circulación veinticinco centavos de la Confederación Norteamericana?

—Lo siento, señor, pero lo que ha introducido en mí no era una moneda de veinticinco centavos de la Confederación Norteamericana, sino un ejemplar de una emisión ya retirada de la circulación, procedente de la fábrica de moneda de Filadelfia, Estados Unidos de América. En la actualidad, su interés es meramente numismático.

Joe observó detenidamente el cuarto de dólar y distinguió en su enmohecida superficie el perfil en bajorrelieve de George Washington. Y la fecha: tenía cuarenta años de antigüedad y, como decía el videófono, estaba fuera de circulación desde hacía mucho tiempo.

1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   14


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal