Ubik philip K. Dick



Descargar 1,07 Mb.
Página6/14
Fecha de conversión15.02.2017
Tamaño1,07 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   14

Edie Dorn preguntó:

—¿Hay algún médico, o una enfermera, en este asentamiento? A veces, en épocas de mucho trabajo, me salen sarpullidos; suelo curármelos con una pomada de cortisona, pero con las prisas olvidé traerla.

—Las instalaciones industriales y de investigación cercanas a este sector residencial tienen varios médicos de guardia y además una pequeña enfermería con varias camas —explicó la señorita Wirt.

—¿También funcionan con moneda? —preguntó Sammy Mundo.

—Toda nuestra asistencia médica es gratuita. Pero la demostración de que está auténticamente enfermo corre a cargo del paciente —respondió Zoe Wirt, que añadió— Todas las máquinas que proporcionan la medicación, sin embargo, si funcionan a base de monedas. A propósito, debo informarles de que en la sala de juegos encontrarán una máquina expendedora de tranquilizantes, y si lo desean podemos hacer que traigan de las instalaciones anejas un expendedor de estimulantes.

—Y de, alucinógenos, ¿qué? —reclamó Francesca Spanish—. Cuando trabajo rindo mucho más si tomo alguna droga psicodélica de las derivadas del cornezuelo del centeno: me hace ver a quién me enfrento, y eso siempre es una ayuda.

—El señor Mick está en contra de todos los agentes alucinógenos derivados del cornezuelo; opina que son malos para el hígado —respondió la señorita Wirt—. Si ha traído alguno con usted, puede tomarlo sin reparo, pero no se los podremos facilitar, aunque tengo entendido que disponemos de ellos.

—¿Desde cuándo necesitas drogas psicodélicas para tener alucinaciones? —preguntó Don Denny a Francesca Spanish—. Tu vida es una perpetua alucinación...

Sin inmutarse, Francesca repuso:

—Hace dos noches recibí una visita que me impresionó particularmente.

—No me sorprende —dijo Don Denny.

—Una multitud de telépatas y precognitores bajaba hasta mi balcón por una escala hecha de cáñamo trenzado. Se abrieron paso disolviendo un pedazo del muro y rodearon mi cama, despertándome con su cháchara. Citaban versos y pasajes de una prosa lánguida sacada de libros antiguos; era encantador, parecían tan... —buscó la palabra— chispeantes, tan ocurrentes. Uno de ellos, que se llamaba Bill...

—Un momento —la interrumpió Tito Apostos—: yo también tuve un sueño así. —Se volvió hacia Joe—: Se lo conté poco antes de dejar la Tierra, ¿recuerda? —Le temblaban las manos de excitación—. ¿Recuerda?

—Yo también lo soñé: Bill y Matt. Decían que iban a cazarme —terció Tippy Jackson.

Adoptando bruscamente una expresión sombría, Runciter dijo:

—Debió decírmelo, Joe.

—En realidad, lo que ocurrió... —Joe se rindió—: Le vi muy cansado. Pensé que tenía otras cosas en la cabeza.

Francesca protestó secamente:

—No era ningún sueño; era una auténtica visitación. Sé cuál es la diferencia.

—Claro que si, Francy —dijo Don Denny haciéndole un guiño a Joe.

—Yo también tuve un sueño, pero en el mío aparecían autodeslizadores —intervino Jon Ild—. Yo me aprendía de memoria los números de matricula. Memoricé sesenta y cinco, y todavía los recuerdo. ¿Quieren que se los cante?

—Lo siento, Glen, creí que Apostos había sido el único en experimentarlo —dijo Chip a Runciter—. No sabía lo de los otros. Yo... —El ruido de unas puertas de ascensor que se abrían le hizo callar. Todos se volvieron para mirar.

Stanton Mick avanzaba hacia ellos. Era un hombre rechoncho, de panza abultada y piernas robustas; llevaba unos pantalones de pescador color fucsia, zapatillas rosadas de piel de carnero tibetano y una blusa sin mangas de piel de serpiente.

Se sujetaba con una cinta el cabello blanco teñido que le llegaba hasta media espalda. Joe se fijó en su nariz: parecía la pera de goma de una bocina suave al tacto y pidiendo a gritos ser estrujada. Y llamativa. Era la nariz más llamativa que jamás viera.

—Hola, “superantipsicos” —dijo Stanton Mick abriendo los brazos en un almibarado ademán de bienvenida—. Ya están aquí los exterminadores... Me refiero a ustedes, claro. —En su voz había un agudo y penetrante rechinar. Era el sonido que uno esperaría oír en una colmena de abejas de metal, pensó Joe—. Sobre el inofensivo, amigable y pacifico mundo de Stanton Mick cayó un día una plaga, en forma de abigarrada chusma psiónica. Aquél fue un día negro para Mickville, nuestro alegre y atractivo asentamiento lunar. Naturalmente, ya han empezado ustedes a trabajar, como estaba seguro de que harían. Y lo han hecho, lo están haciendo, porque son ustedes lo más selecto en su especialidad, como comprende cualquiera a la sola mención de la firma Runciter Asociados. Debo reconocer que me siento encantado de observar su actividad, con la única y mínima excepción de que veo a su experto en mediciones jugueteando con el instrumental. Eh, señor experto, ¿tendría la bondad de mirarme mientras le hablo?

Joe desconectó sus indicadores y sus polígrafos, cortando la fuente de energía.

—¿Me presta usted atención ahora? —le preguntó Stanton Mick.

—Sí —respondió Joe.

—Deje el instrumental como estaba —le ordenó Runciter—. Usted es un empleado mío, no del señor Mick.

—No importa: ya he obtenido los datos del campo psi generado en esta zona —dijo Joe a Runciter. Había hecho su trabajo; Stanton Mick había llegado tarde.

—¿Es muy intenso el campo? —le preguntó Runciter.

Joe respondió:

—No hay tal campo.

—¿Cómo? ¿Lo están anulando nuestros inerciales? ¿Es más intenso nuestro contracampo?

—No es eso; lo que digo es que no hay campo psi de ninguna especie dentro de lo que alcanza a detectar mi equipo. Detecto nuestro propio campo, lo cual me permite deducir que el instrumental funciona. Considero que es una conclusión acertada. Estamos produciendo dos mil unidades, y la cifra sube hasta dos mil cien a intervalos regulares de pocos minutos. Es probable que crezca de modo gradual; cuando nuestros inerciales lleven actuando juntos unas doce horas, pongamos por caso, puede que vaya por...

—No lo entiendo —dijo Runciter.

Los inerciales se iban agrupando alrededor de Joe Chip. Don Denny cogió una de las cintas que había expelido el polígrafo, observó la línea continua, inalterada, y pasó la tira de papel a Tippy Jackson. Runciter preguntó a Stanton Mick:

—¿De dónde sacó la idea de que había psicos infiltrados en su proyecto? ¿Y por qué no quería que hiciéramos las pruebas de rigor? ¿Acaso sabia que íbamos a obtener este resultado?

—¡Claro que lo sabía! —exclamó Joe Chip, súbitamente convencido de ello.

El rostro de Runciter fue presa de una actividad intensa y agitada; iba a decir algo a Stanton Mick, pero cambió de idea y anunció en voz baja a Joe:

—Regresemos a la Tierra; hemos de sacar a los inerciales de aquí ahora mismo. —Dirigiéndose en voz alta a los demás, ordenó—: Recojan sus cosas; volvemos a Nueva York. Quiero verles a todos en la nave dentro de un cuarto de hora; el que falte se quedará aquí. Joe, apile sus cachivaches; si hace falta, le ayudaré a cargarlos en la nave. No quiero que quede aquí ningún aparato, ni mucho menos usted.

Se volvió hacia Mick con el rostro congestionado por la ira. Iba a decir algo, pero...

Soltando chillidos con su voz de insecto metálico, Stanton Mick ascendía flotando hacia el techo de la habitación, con los brazos extendidos y rígidos.

—No permita que el tálamo domine la corteza cerebral, señor Runciter. No se precipite; este asunto exige discreción. Tranquilice a su personal y unámonos codo con codo en un esfuerzo de mutua comprensión.

Su pintoresco cuerpo de gordinflón se bamboleaba en el aire, girando con un lento movimiento, de tal modo que apuntaba a Runciter más con los pies que con la cabeza.

—Ya sé lo que es: es una bomba humanoide autodestructora —dijo Runciter a Joe—. Ayúdeme a sacarles a todos de aquí. La han puesto en “auto"; por eso ha subido hasta el techo.

La bomba estalló.
El humo, ondulando en oleadas fétidas, descendía lentamente, cubriendo la figura que se retorcía a los pies de Joe Chip.

Don Denny le gritaba al oído:

—Han matado a Runciter, señor Chip. Ese es el señor Runciter. —La excitación le hacía tartamudear.

—¿Y a quién más? —articuló Joe respirando con dificultad: el humo acre le oprimía el pecho. En el interior de su cráneo resonaba todavía la sacudida de la explosión; sintió en el cuello una punzante quemazón en el lugar donde un cascote le había abierto una herida.

Desde algún lugar impreciso pero cercano, Wendy Whight dijo:

—Creo que todos los demás estamos heridos pero con vida. Inclinándose sobre Runciter, Edie Dorn dijo:

—¿No podríamos pedirle un animador a Ray Hollis? —Tenía el rostro magullado y pálido.

Joe se inclinó a su vez hacia Runciter.

—No —respondió. Dirigiéndose a Don Denny, dijo—: Se equivoca: no está muerto.

Pero sobre las retorcidas planchas del suelo, Runciter estaba agonizando. En dos o tres minutos, Don Denny estaría en lo cierto.

—Escuchen todos —dijo Joe Chip levantando la voz—: ya que el señor Runciter está herido, asumo provisionalmente el mando, hasta que consigamos regresar a la Tierra.

—Suponiendo que regresemos —dijo Al Hammond que, con un pañuelo doblado, restañaba un profundo corte que tenía encima de la ceja derecha.

—¿Cuántos de ustedes llevan armas? —preguntó Joe. Los inerciales daban vueltas por la sala, sin responder—. Ya sé que infringe las normas de la Sociedad, pero me consta que algunos de ustedes las llevan. Olvídense de la ilegalidad; piensen en la gravedad del momento.

Después de un silencio, Tippy Jackson dijo:

—La tengo con mis cosas, en la otra habitación.

—Yo la tengo aquí —dijo Tito Apostos, que sostenía ya en la mano derecha una vieja pistola de proyectiles de plomo.

—Si tienen pistolas, y las tienen en la habitación donde han dejado el equipaje, vayan a buscarlas —ordenó Joe.

Seis de los inerciales se encaminaron hacia la puerta. Al Hammond y Wendy Wright se quedaron. Joe les dijo:

—Tenemos que meter a Runciter en hielo artificial.

—En la nave lo hay —dijo Al Hammond.

—Pues vamos a llevarle allí —dispuso Joe—; usted levántelo por un extremo y yo sujetaré el otro. Apostos, vaya delante y si alguno de los hombres de Hollis intenta detenernos, dispare.

Jon Ild, que volvía de la otra habitación con un tubo de rayos láser, preguntó:

—¿Cree que Hollis está aquí, con el señor Mick?

—Con él o solo. Es posible que no hayamos estado nunca en tratos con Mick —respondió Joe—; puede que Hollis lo haya dirigido todo desde el principio.

“Resulta sorprendente que la explosión no nos haya matado a todos", pensó. Se preguntó qué habría sido de Zoe Wirt. Evidentemente, había salido antes de la explosión: no había rastro de ella. “Me gustaría saber cómo reaccionó al enterarse de que no trabajaba para Stanton Mick, sino que su superior, su verdadero superior, nos había contratado y traído aquí para asesinarnos. Probablemente tendrán que matarla también a ella para más seguridad. Desde luego, ya no les va a ser de mucha utilidad y podría actuar como testigo de lo sucedido.”

Los otros inerciales regresaban, ya armados; esperaban órdenes de Joe. Teniendo en cuenta su situación, aparentaban un grado razonable de serenidad.

Mientras transportaba con Hammond a su agonizante jefe hacia los ascensores, Joe explicó:

—Si logramos meterle a tiempo en el hielo, Runciter podrá seguir dirigiendo la empresa como lo hace su mujer. —Pulsó con el codo el botón de llamada del ascensor—. No es muy probable que funcione el ascensor. Deben de haber cortado la corriente en el momento de la explosión.

Sin embargo, el ascensor apareció. Joe y Hammond subieron en él a Runciter sin perder un segundo.

—Que vengan con nosotros tres de los que van armados —dispuso Joe—. El resto, que...

—¡Al diablo! No vamos a quedarnos plantados aquí, esperando que regrese el ascensor —protestó Sammy Mundo—. Quizá no vuelva nunca. —Dio un paso adelante, con el rostro contraído por el pánico.

—Primero va Runciter —dijo Joe con aspereza. Pulsó un botón y las puertas se cerraron, dejando en el interior a Al Hammond, Tito Apostos, Wendy Wright, Don Denny y él, con Glen Runciter—. No había otra solución. Y de cualquier forma, si arriba están los de Hollis esperando, nos cazarán primero a nosotros. Aunque no creo que esperen que vayamos armados.

—Como hay esa norma... —dijo Don Denny.

—Compruebe si está muerto —indicó Joe a Tito Apostos.

Apostos se agachó para examinar el cuerpo inerte.

—Todavía respira débilmente. Aún podemos hacer algo, tenemos una posibilidad.

—Sí, una posibilidad —murmuró Joe.

Seguía entumecido, física y psicológicamente, desde el momento de la explosión; se sentía helado y torpe y creía tener los tímpanos afectados. “En cuanto estemos en la nave y hayamos puesto a Runciter en el hielo, podemos lanzar una llamada de socorro a Nueva York, a todo el personal de la compañía. O mejor, a todas las organizaciones de previsión. Si no conseguimos despegar, pueden venir a recogernos”, pensó.

Pero en realidad no podría ser así, porque antes de que llegara a Luna alguien de la Sociedad, todos los que se hallaron detenidos en la subsuperficie, en el ascensor y a bordo de la nave habrían muerto. No había, pues, ninguna posibilidad.

Tito Apostos dijo:

—Debió dejar que subieran algunos más. Apretándonos un poco, habría cabido el resto de las mujeres. —Lanzó a Joe una mirada acusadora; le temblaban las manos de agitación.

—Nosotros corremos mayor peligro que ellos. Hollis debe esperar que los supervivientes de la explosión, si los hay, utilicen el ascensor, como estamos haciendo. Por eso no ha cortado la corriente, sin duda. Sabe que hemos de volver a la nave.

—Eso ya nos lo ha dicho, Joe —dijo Wendy Wright.

—Intento justificar racionalmente lo que hago, al dejar a los otros ahí abajo.

—¿Y qué hay del gran talento de la chica nueva? Esa muchacha taciturna y un poco desdeñosa, Pat No-sé-cuántos... —dijo Wendy—. Podría haberla enviado al pasado, al tiempo anterior a la explosión que ha herido a Runciter para que modificara lo ocurrido. ¿Acaso se olvidó de que posee esa facultad?

—Sí —respondió, desconcertado, Joe. En la confusión que siguió al estallido de la bomba, cegado y perdido, lo había olvidado.

—Volvamos abajo. Como usted dice, los hombre de Hollis nos estarán esperando en la superficie —dijo Tito Apostos—. Usted lo ha dicho: nos exponemos a que...

—Ya estamos en la superficie —anunció Don Denny— El ascensor se ha parado. —Pálido y tenso, se mordió el labio con aprensión al descorrerse las puertas automáticamente.

Se encontraron ante una cinta transportadora que ascendía hacia una vasta sala al final de la cual, a través de unas puertas aeroherméticas, distinguieron la base de su nave, que estaba en posición de despegue, exactamente como la habían dejado.

Nadie se interponía. “Curioso”, pensó Joe Chip. “¿Tan seguros estaban de que la bomba acabaría con todos nosotros? Debe de haberles fallado alguna parte del plan: primero la propia explosión, luego la corriente que no se cortó, y ahora este corredor desierto.”

—Me parece que el hecho de que la bomba flotase hasta el techo les estropeó el plan —dijo Don Denny mientras Al Hammond y Joe sacaban a Runciter del ascensor y subían a la cinta— debía ser una bomba de fragmentación, por eso la mayor parte de la metralla nos pasó por encima de la cabeza y se estrelló en las paredes y el techo. Creo que ni se les ocurrió pensar que pudiera salir con vida ninguno de nosotros; esa podría ser la razón de que no cortaran la corriente.

—Pues menos mal que subió hasta el techo —dijo Wendy Wright—. Dioses, qué frío hace aquí. La explosión debe de haber destruido el sistema de calefacción. —Temblaba visiblemente.

La cinta se desplazaba con una lentitud exasperante. A Joe le pareció que habían pasado más de cinco minutos cuando les depositó ante las dobles compuertas de membrana de aire. Aquel penoso avance era en cierto modo lo peor que habían pasado hasta entonces, como si Hollis lo hubiera dispuesto expresamente.

—¡Esperen! —gritó alguien a sus espaldas. Oyeron el ruido de unos pasos y Tito Apostos se volvió, aprestando el arma.

—Son los otros —dijo Don Denny a Joe, que no podía volverse porque estaba efectuando con Al Hammond la complicada maniobra de hacer pasar el cuerpo de Runciter a través del intrincado sistema de compuertas aeroherméticas—. Ya están ahí. Estupendo. —Haciendo gestos con el arma en la mano, gritó—: ¡Por aquí, vamos!

La nave seguía unida al recinto por medio del túnel plástico de enlace. Al oír el sordo ruido que producían sus propias pisadas, Joe se preguntó: “¿Será verdad que nos dejan escapar? ¿O nos están esperando en la nave? Es como si jugase con nosotros algún poder cargado de malicia, dejándonos corretear alocadamente como ratones privados de cerebro. Le servimos de diversión; nuestros esfuerzos le entretienen. Pero cuando hayamos llegado demasiado lejos, cerrará el puño sobre nosotros y arrojará nuestros restos exprimidos, como los de Runciter, a la cinta transportadora.”

—Primero usted, Denny. Vaya a la nave a ver si nos están aguardando —ordenó.

—¿Y si están? —preguntó Denny.

—Si están, regresa, nos lo dice, nos entregamos y nos matan a todos —respondió Joe con sarcasmo.

Wendy Wright sugirió, con suavidad pero con insistencia:

—Dígale a Pat No-sé-cuántos que use su talento. Por favor, Joe.

—Intentemos entrar en la nave —dijo Tito Apostos—. Esa chica no me gusta; su capacidad no me inspira ninguna fianza.

—No la comprende a ella ni su capacidad —dijo Joe.

Observó al escuálido Don Denny, que correteaba por el túnel llegaba a su extremo, manipulaba el sistema de palancas qué gobernaba la escotilla de entrada de la nave y desaparecía en su interior.

—No saldrá de ahí —dijo jadeante; el peso de Glen Runciter parecía haber aumentado. Apenas podía sujetarlo—. Vamos a dejar a Runciter aquí —dijo a Al Hammond. Le depositaron en el suelo del túnel—. Para ser un viejo, pesa mucho —comentó estirándose. Miró a Wendy y dijo—: Hablaré con Pat.

En aquel momento les alcanzó el resto del grupo, que se apretó agitadamente en el interior del tubo.

—¡Vaya un desastre! Pensar que ésta iba a ser nuestra mayor operación... En fin, uno no sabe nunca lo que puede ocurrir. Esta vez, Hollis nos la ha jugado —dijo Joe. Hizo que Pat se le apresurara. La muchacha tenia tiznada la cara y la blusa hecha jirones—. Escucha —dijo a Pat, poniéndole la mano en el hombro y mirándola a los ojos; ella le devolvió una mirada tranquila—. ¿Puedes ir hacia el pasado, hasta antes de que detonara la bomba, y devolvernos a Glen Runciter?

—Ya es tarde —respondió la muchacha.

—¿Por qué?

—Por eso: porque ha pasado mucho tiempo. Debería haberlo hecho inmediatamente después de la explosión.

—¿Por qué no lo hizo? —le preguntó Wendy Wright con hostilidad.

Apartando los ojos de Joe Chip, Pat los clavó en Wendy:

—¿Pensó usted en ello? Si se le ocurrió, no lo dijo. Nadie dijo nada.

—Entonces, no siente ninguna responsabilidad por la muerte de Runciter —dijo Wendy—, cuando con su facultad podría haberla obviado.

Pat se echó a reír.

Don Denny, que volvía de la nave, informó:

—Está vacía.

—Muy bien. Llevaremos a Runciter ahí dentro y le meteremos en hielo sintético.

Joe y Al levantaron de nuevo la embarazosa carga del cuerpo de Runciter y reemprendieron el camino hacia la nave. Los inerciales se apiñaron a su alrededor, dándose empellones, ávidos de encontrarse en lugar seguro. Joe percibía la pura emanación física de su miedo como un campo que les envolvía a todos. La posibilidad real de abandonar Luna con vida tendía más a crisparles que a otra cosa; su resignación aturdida había desaparecido por completo.

—¿Dónde está la llave? —aulló Jon Ild al oído de Joe mientras éste y Al Hammond se acercaban a trompicones a la cámara de congelación. Sujetó a Joe por el brazo e insistió—: La llave, señor Chip.

Al Hammond aclaró:

—La llave del encendido. De la nave. La debe llevar Runciter encima; cójasela antes de que le congelemos, porque después no podremos tocarle.

Rebuscando por los muchos bolsillos de Runciter, Joe encontró un estuche de piel que contenía las llaves y se lo tendió a Jon Ild.

—¿Ahora sí? ¿Podemos congelarlo ya? —preguntó sin poder dominar su ira—. Vamos, Hammond, por todos los santos, ayúdeme a meterlo en la cámara.

“Pero no hemos actuado con suficiente rapidez. Se acabó, hemos fracasado. Así son las cosas...”, reflexionó con profundo desaliento.

Los cohetes de despegue se encendieron con estruendo; mientras cuatro de los inerciales colaboraban ineficazmente en la tarea de programar el receptor computerizado de órdenes, toda la nave temblaba.

“¿Por qué nos habrán dejado escapar?”, se preguntaba Joe Chip mientras Al Hammond y él mantenían el cuerpo de Glen Runciter de pie en el interior de la cámara de congelación. Unas bridas automáticas lo sujetaron por hombros y muslos, sosteniéndolo mientras el frío brillaba con destellos de falsa vida hasta deslumbrar a Al y Joe.

—No lo entiendo —dijo éste.

—Fallaron —respondió Hammond—; no tenían nada previsto para después de la explosión. Como los que intentaron matar a Hitler: cuando vieron saltar el búnker, dieron por sentado que...

—Salgamos de aquí antes que el frío nos mate —dijo Joe, empujando a su compañero hacia la salida de la cámara; una vez fuera, ambos accionaron la manivela de cierre—. Qué sensación tan extraña, pensar que una fuerza así conserve la vida. O cierta clase de vida.

Francy Spanish, que llevaba chamuscadas las largas trenzas, le detuvo cuando se dirigía a la sección de proa.

—¿Tiene la cámara circuito de comunicación? ¿Podemos hacerle ahora una consulta al señor Runciter?

—De consultas, nada —respondió Joe moviendo la cabeza—: No hay auriculares ni micrófono. Ni protofasones, ni semivida. Nada, hasta que estemos de vuelta en la Tierra y le traslademos a un moratorio.

—Entonces, ¿cómo sabremos si le hemos congelado a tiempo? —preguntó Don Denny.

—No hay forma de saberlo —respondió Joe.

—Se le puede haber deteriorado el cerebro —dijo Sammy Mundo, riendo entrecortadamente.

—Es cierto: es posible que nunca volvamos a escuchar la voz o los pensamientos de Runciter —dijo Joe—. Es posible que tengamos que dirigir Runciter Asociados sin él y pasemos a depender de lo que queda de Ella. Es posible que tengamos que trasladar las oficinas al Moratorio de los Amadísimos Hermanos de Zurich, y operar desde allí.

Se sentó en una butaca lateral desde la que podía ver a los cuatro inerciales enzarzados en una discusión sobre la forma de dar el rumbo correcto a la nave. Con movimientos de sonámbulo, sumido en el dolor sordo y tenaz de la conmoción, sacó un cigarrillo torcido y lo encendió.

El cigarrillo, reseco y rancio, se les deshizo en los dedos al intentar sostenerlo. “Qué extraño”, pensó.

—La explosión. El calor —dijo Al Hammond, que lo había notado.

—¿Nos habrá hecho envejecer? —preguntó Wendy desde detrás de Hammond; dio unos pasos y se sentó al lado de Joe—. Me siento vieja; soy vieja. Ese paquete de cigarrillos es viejo, hoy somos todos viejos por culpa de lo que ha sucedido. Para nosotros, hoy ha sido un día distinto a los demás.

Con dramática energía, la nave se elevó de la superficie de Luna, arrastrando absurdamente el túnel plástico de enlace.

7
Si los suelos de su hogar están tristes y apagados, deles resplandor y alegría con Ubik, el nuevo y sorprendente pulimento plástico. Fácil de aplicar, superbrillante y resistente a toda prueba, Ubik la librará de esas horas inacabables de frotar y frotar. ¡Déjese deslumbrar por Ubik!

Totalmente inofensivo si se aplica según las instrucciones.
—Aterrizaremos en Zurich: creo que es lo mejor que podemos hacer —dijo Joe Chip—. Si le instalamos en el mismo moratorio que Ella podremos hacerles consultas a los dos simultáneamente; pueden conectarlos electrónicamente para que funcionen al unísono.

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   14


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal