Ubik philip K. Dick



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—El tiempo lo dirá —dijo Ashwood.

—Llevo mucho tiempo en este negocio —dijo Runciter en tanto entraban varias personas en fila. —Ésta es mi contribución a la civilización contemporánea.

—Por decirlo en pocas palabras, es usted un policía que salvaguarda la vida privada de gente —dijo G.G.

—¿Sabe lo que dice Ray Hollis de nosotros? Dice que queremos dar marcha atrás al reloj.

Runciter observó a los individuos que iban llenando el despacho. Se mantenían muy juntos y en silencio; esperaban que dijese algo. “Vaya una pandilla de saldos”, pensó con pesimismo. Había una chica flaca como un palo, con gafas y cabello lacio amarillo limón, que llevaba un sombrero de cow-boy, mantilla negra de ganchillo y pantalones cortos: debía de ser Edie Dorn. A su lado, una mujer mayor, morena y atractiva, con los ojos hundidos bajo una capa de cosméticos, vestida con un sari de seda, cinturón de judoka de nylon y calcetines cortos: Francy Comoselllame, una esquizofrénica cíclica que sostenía que de vez en cuando aterrizaban en el tejado de su casa unos seres amables y sentimentales procedentes de Betelgeuse. Había un adolescente de pelo rizado, envuelto en una nube de superioridad cínica y orgullosa; vestía una camisa floreada y bombachos de espándex. Runciter no le había visto nunca antes. Contó cinco hembras y cinco varones. Faltaba alguien.

Entró entonces Patricia Conley, con aire reconcentrado y tenso. Era la que hacía once: el grupo estaba completo.

—Veo que ha llegado a tiempo, señora Jackson —dijo Runciter a la dama hombruna, treintañera y de tez arenosa que vestía pantalones de lana de vicuña de imitación y una camiseta en la que se veía la efigie descolorida de Bertrand Russell—. A pesar de que la avisé en último lugar, es la que ha tardado menos.

Tippy Jackson desplegó una sonrisa anémica y grisácea.

Runciter se puso en pie, les invitó a sentarse y tras indicarles que podían fumar si querían, empezó a hablar:

—A algunos de ustedes ya les conozco. Por ejemplo, a usted, señorita Dorn; el señor Chip y yo la hemos elegido en atención a su destacada labor ante S. Dole Melipone.

—Gracias, señor Runciter —dijo Edie Dorn con una tímida vocecita de avispa, ruborizándose y fijando dos ojos como naranjas en la pared que tenía enfrente—. Es estupendo tomar parte en esta nueva empresa —añadió sin demasiada convicción.

—¿Quién de ustedes es Al Hammond? —preguntó Runciter consultando sus papeles.

Un negro muy alto, demasiado alto, de hombros caídos y una expresión amable en el rostro alargado hizo un gesto para identificarse.

—No tenía el gusto de conocerle —dijo Runciter consultando su expediente— aunque, siendo usted el más destacado de nuestros antiprecognitores, debería haber tenido más de una ocasión. ¿Cuántos antiprecognitores más hay entre ustedes?

—Aparecieron otras tres manos—. Ustedes cuatro van a beneficiarse en grado sumo de la oportunidad de conocer y trabajar con el más reciente descubrimiento de G.G. Ashwood, la señorita Conley, que posee un nuevo sistema de neutralizar precognitores. Quizá la misma señorita Conley tendrá la bondad de describírnoslo. —Señaló a Pat con un gesto de la cabeza.

Y se encontró de pie ante un escaparate de la Quinta Avenida. Era el de una tienda de numismática y él estaba observando detenidamente un dólar de oro, preguntándose si podría permitirse añadirlo a su colección.

“¿Qué colección?”, se preguntó desconcertado. “Si yo no colecciono monedas. ¿Qué hago aquí? ¿Y cuántas horas llevo mirando escaparates cuando debería estar en mi despacho supervisando... supervisando...? No podía recordar lo que supervisaba. Era un negocio de un cierto tipo, que tenía algo que ver con gente dotada de algunas habilidades particulares. Cerró los ojos, tratando de concentrarse. “No tuve que dejarlo el año pasado por culpa de un infarto", recordó. “Pero estaba allí, en mi despacho, hace unos pocos segundos, hablando de un nuevo proyecto con un grupo de gente. Ya no está: lo que yo levanté ya no está”, pensó en plena ofuscación.

Abrió los ojos y se vio de nuevo en su despacho. Ante él estaban G.G. Ashwood, Joe Chip y una muchacha morena, intensamente atractiva, cuyo nombre no recordaba. Por razones que no alcanzaba a comprender, le sorprendió que no hubiera nadie más en la sala.

—Señor Runciter —dijo Joe Chip—, le presento a Patricia Conley.

—Encantada de conocerle al fin, señor Runciter —dijo la muchacha. Soltó una carcajada y sus ojos lanzaron un destello exultante. Runciter no sabía por qué.

“Le ha hecho algo”, comprendió Joe Chip.

—Pat, no pondría la mano en el fuego pero creo que aquí las cosas son diferentes —dijo, lanzando en derredor una mirada de interrogación.

El despacho ofrecía el aspecto de siempre: la alfombra demasiado estridente, los objetos artísticos heterogéneos de siempre, las mismas pinturas originales y sin ningún mérito... Tampoco Glen Runciter había cambiado: desordenado su cabello gris, meditativo el rostro, le devolvió la mirada. También él parecía perplejo. Cerca de la ventana, G.G. Ashwood, se encogió de hombros con indiferencia. Era evidente que no veía nada anormal.

—Nada ha cambiado —dijo Pat.

—Todo ha cambiado —le dijo Joe—. Debes de haber retrocedido en el tiempo y nos has puesto en otro rumbo. No puedo demostrarlo ni precisar la naturaleza de los cambios, pero...

—Nada de peleas matrimoniales en horas de oficina —dijo Runciter frunciendo el ceño.

—¿Peleas matrimoniales? —preguntó Joe, desconcertado. Vio entonces el anillo que llevaba Pat en el dedo; era de plata labrada y jade, y recordó haberla ayudado a elegirlo.

“Fue dos días antes de casarnos”, pensó. De eso hace cerca de un año. Entonces pasaba muchos apuros de dinero, pero ahora las cosas han cambiado: Pat, con su sueldo y su espíritu ahorrativo, las ha arreglado para siempre.”

—Bien, a lo que íbamos —intervino Runciter—: cada uno de nosotros debe tratar de responder a esta pregunta: ¿por qué acudió Stanton Mick a otra organización de previsión y no a la nuestra? En pura lógica, deberíamos haber conseguido el contrato: somos los mejores del ramo y además estamos radicados en Nueva York, donde Mick prefiere trabajar. ¿Tiene usted alguna teoría al respecto, señora Chip? —preguntó, mirando a Pat con aire esperanzado. La muchacha preguntó a su vez:

—¿De veras quiere saberlo, señor Runciter?

—Sí, me gustaría mucho —respondió él asintiendo con vehemencia.

—Fui yo. Yo hice que fuera a otra compañía.

—¿Cómo?

—Con mi facultad.



—¿Qué facultad? Usted no posee ninguna facultad; usted es la mujer de Joe Chip —repuso Runciter.

Desde la ventana, G.G. Ashwood dijo a la joven:

—Usted ha venido aquí para almorzar con Joe y conmigo.

—Es cierto: posee una facultad —dijo Joe.

Intentó recordar cuál, pero todo se le hacía borroso; el recuerdo se desvanecía apenas evocado, pese a sus esfuerzos para reavivarlo. “Otro curso del tiempo, el pasado”, pensó. Sus recuerdos terminaban ahí: más allá de aquello, no vislumbraba nada. “Mi mujer es un caso único; es la única persona en la Tierra que puede hacer lo que hace”, pensó. “En tal caso, ¿por qué no trabaja para Runciter Asociados? Aquí pasa algo.”

—¿Le ha hecho alguna medición? —le preguntó Runciter—. Es su obligación, ¿no? Se diría que sí lo ha hecho; parece usted muy seguro de lo que dice.

—No estoy muy seguro de lo que digo, pero sí estoy seguro de lo que dice ella —respondió Joe—. Traeré mi instrumental de pruebas y veremos qué clase de campo crea.

—Vamos, Joe; si su esposa poseyera alguna facultad o antifacultad se la habría medido hace un año por lo menos. No me diga que lo va a descubrir ahora —dijo Runciter con irritación. Pulsó un botón del intercomunicador—: ¿Personal? ¿Tenemos alguna ficha a nombre de la señora Chip, Patricia Chip?

Tras una pausa, el intercomunicador respondió:

—Ninguna a este nombre, señor Runciter. Quizá por el de soltera...

—Conley, Patricia Conley —dijo Joe.

Hubo una nueva pausa.

—Sobre la señorita Patricia Conley tenemos dos textos: un informe inicial del señor Ashwood y los resultados de las pruebas efectuadas por el señor Chip. —Por una ranura del intercomunicador aparecieron las copias de los dos documentos.

Mientras examinaba con aire preocupada los hallazgos de Joe Chip, Runciter dijo:

—Venga aquí, Joe: será mejor que vea esto.

Posó el índice en el papel y Joe, que se había puesto a su lado, vio las dos aspas subrayadas; se miraron el uno al otro y luego miraron ambos a Pat.

—Ya sé lo que pone ahí —dijo Pat con aplomo— “Posee una capacidad increíble. Su campo anti-psi es algo nunca visto.” —Se concentró, tratando a todas luces de recordar la frase exacta—: “Podría anular a todo...”

—Habíamos conseguido el contrato de Mick —dijo de súbito Runciter a Joe Chip—; tenía aquí a un grupo de once inerciales y entonces le sugerí a ella que...

—Que le demostrara al resto del grupo lo que sabía hacer —dijo Joe—. Y lo hizo; hizo exactamente eso. Y mi evaluación era acertada. —Señaló con el índice la señal de peligro que había al pie de la hoja—. Mi propia esposa —dijo.

—Yo no soy su esposa —dijo Pat—. También cambié eso. ¿Quieren que todo vuelva a ser como antes, incluso en los detalles? Lo haré, aunque eso no servirá de mucho a sus inerciales. De todos modos no se habrán enterado de nada, a menos que alguno haya retenido algún vestigio de recuerdo, como ha hecho Joe, aunque ahora ya debería de haberse borrado.

Runciter dijo con aspereza:

—Me gustaría volver a verme con el contrato de Mick en el bolsillo. Por lo menos eso.

—Cuando los descubro, los descubro —dijo G.G. Ashwood, que había vuelto a sus tristezas.

—Sí, no puede negarse que tiene usted olfato para los grandes talentos —dijo Runciter.

El intercomunicador lanzó un zumbido y se oyó temblar la estridente voz de la señora Frick:

—Hay aquí un grupo de inerciales que desea verle, señor Runciter. Dicen que usted les ha convocado a propósito de un nuevo proyecto de trabajo en equipo. ¿Puede recibirles?

—Hágales pasar —dijo Runciter.

—Me guardaré el anillo —dijo Pat, exhibiendo la alianza de jade y plata que ella y Joe habían elegido en otro curso temporal; era todo lo que iba a conservar de aquel mundo alternativo. Joe se preguntó si no habría conservado además algún vínculo legal. Esperaba que no fuera así, pero optó por un prudente silencio: era mejor no mencionarlo siquiera.

Se abrió la puerta del despacho y los inerciales fueron entrando por parejas. Estuvieron un momento de pie, indecisos, y tomaron asiento frente a la mesa de Runciter. Éste les observó detenidamente y luego manoseó el revoltijo de documentos que tenía sobre la mesa; era obvio que quería comprobar si Pat había alterado en algo la composición del grupo.

—¿Edie Dorn? Si, ya veo que está. —Runciter la miró, y miró después al hombre que se sentaba junto a ella—. ¿Hammond? Sí, Hammond. ¿Tippy Jackson? —inquirió.

—He venido tan aprisa como he podido —dijo la señora Jackson—; no me ha dado usted mucho tiempo, señor Runciter.

—Jon Ild —dijo Runciter.

El adolescente de pelo rizado y revuelto lanzó un gruñido a modo de respuesta. Joe observó que su arrogancia se había atenuado: el muchacho le parecía ahora más bien introvertido, incluso un poco turbado.

“Me gustaría saber qué es lo que recuerda, qué es lo que recuerdan todos, juntos y por separado”, pensó.

—Francesca Spanish —dijo Runciter.

La vistosa y agitanada mujer, que irradiaba una forma muy peculiar de agresividad, dijo a voz en grito:

—Durante los últimos minutos, mientras esperábamos en el despacho de fuera, señor Runciter, se me han aparecido unas misteriosas voces que me han dicho algunas cosas.

—¿Es usted Francesca Spanish? —preguntó Runciter, cargándose de paciencia. Parecía más fatigado que de costumbre.

—Sí, soy Francesca Spanish. Siempre lo he sido y siempre lo seré. —En su voz había un tono de total convicción—. ¿Me permite decirle lo que me han revelado las voces?

—Más tarde, quizá... —dijo Runciter, pasando a otro expediente.

—Tengo que decirlo —manifestó con voz vibrante la señorita Spanish.

—Muy bien; haremos una pausa de un par de minutos —concedió Runciter. Abrió un cajón de su escritorio y sacó de él una de sus píldoras de anfetamina, que engulló sin agua—. Oigamos lo que esas voces le han revelado, señorita Spanish. —Buscó la mirada de Joe y se encogió de hombros.

—Alguien nos acaba de transportar, a todos nosotros, a otro mundo —dijo la señorita Spanish—. Hemos vivido en él y finalmente alguna potencia espiritual vasta y omnicomprensiva nos ha restituido a nuestro verdadero universo, éste.

—Sería Pat. Pat Conley, que ha pasado hoy precisamente a formar parte de nuestra compañía —dijo Joe Chip.

—Tito Apostos, ¿está? —dijo Runciter, alargando el cuello para buscarle entre los que estaban sentados en la habitación.

Un hombre calvo que lucia una barbita de chivo se dio a conocer con un gesto. Llevaba unos anticuados bombachos de lamé dorado que, sin embargo, le daban una apariencia refinada. Quizás era debido a los botones en forma de huevo de su blusa de encaje verde alga, pero lo cierto era que todo él respiraba una imponente dignidad, una distinción muy poco común. Joe se sentía impresionado.

—Don Denny —dijo Runciter.

—Aquí, señor —declaró una voz atiplada; provenía de un individuo delgado y serio que estaba sentado muy tieso en su silla, con las manos sobre las rodillas. Llevaba un vestido tirolés de poliéster y zahones de vaquero sobre los cuales brillaban unas estrellas de hojalata. Se recogía el largo cabello con una redecilla y calzaba sandalias.

—Veo que es usted un antianimador —dijo Runciter consultando el correspondiente papel—; el único que utilizamos. —Se dirigió a Joe, diciendo—: No sé si le vamos a necesitar; quizá deberíamos poner en su lugar otro antitelépata. Cuantos más llevemos, mejor.

—Debemos cubrir todas las posibilidades, ya que no sabemos en qué nos vamos a meter —contestó Joe.

—Tiene usted razón —asintió Runciter—. Sammy Mundo.

Un joven de nariz roma en una cabeza pequeña y amelonada, vestido con maxifalda, alzó la mano en un gesto espasmódico que más parecía un tic; como si hubiera sido un reflejo de su anémico organismo, pensó Joe. Le conocía: Mundo aparentaba bastantes menos años que los de que en realidad tenia, al haberse detenido tiempo atrás sus procesos de crecimiento físico y mental. Técnicamente, Mundo poseía la inteligencia de un mosquito: sabía caminar, comer, lavarse e incluso, hasta cierto punto, hablar. Sin embargo, su habilidad antitelepática era considerable. Una vez eclipsó, él solo, a S. Dole Melipone; el boletín de la empresa no habló de otra cosa durante meses.

—Ah, sí, Mundo —dijo Runciter—. Ahora viene Wendy Wright.

Como siempre que se le presentaba la ocasión, Joe dirigió una larga y penetrante mirada a la mujer que, de haber sido capaz habría hecho su amante o, mejor aún, su esposa. Le parecía imposible que Wendy Wright hubiera nacido de un útero, como todo el mundo. En su proximidad, se sentía como un crío sucio, maleducado y grasiento al que le hacía ruido el estómago y le silbaba la nariz. Cerca de ella cobraba una clara conciencia de los mecanismos físicos que le mantenían vivo: sentía en su interior todo un complejo de tubos, válvulas, compresores y correas de ventilador, obligado a traquetear en pos de una finalidad que de antemano estaba condenado a no alcanzar, enfrascado en una tarea destinada al fracaso. Viendo el rostro de ella, descubría el suyo como una máscara pintarrajeada; contemplar su cuerpo le hacía sentirse un tosco juguete de cuerda. Todo en Wendy poseía una coloración sutil, una luminosidad atenuada. Sus ojos, dos gemas verdes, lo miraban todo con impasibilidad: en ellos nunca había miedo, desprecio ni aversión. Aceptaba lo que veía. Solía aparentar calma, pero, más que eso, a Joe le admiraba su estabilidad, su frialdad, su ausencia de conflictos interiores. Parecía no conocer la tensión, la fatiga, la enfermedad y el desgaste físico. Tendría veinticinco o veintiséis años, pero no lograba imaginarla más joven y por supuesto nunca llegaría a parecer mayor: tenia demasiado dominio de si misma y de la realidad externa.

—Aquí —dijo Wendy con suave aplomo.

Runciter hizo un gesto de aprobación:

—Muy bien, muy bien. Sólo queda Fred Zarsky. Debe de ser usted.

Detuvo la mirada en un sujeto de mediana edad, de carnes fláccidas y grandes pies, con el cabello engomado, la piel llena de barros y la nuez de Adán muy prominente. Se había puesto para la ocasión un atuendo informal color naranja.

—Acertó, ¿qué le parece? —dijo Zarsky conteniendo a duras penas la risa.

—Madre mía, y encima tener que llevar a un antiparacinético en el grupo, por si acaso... Bien, Zarsky: usted es el hombre.

—Runciter, meneando la cabeza, dejó caer los documentos sobre la mesa y buscó su habano verde. Dirigiéndose a Joe, dijo—: Este es el grupo, más usted y yo. ¿Desea introducir algún cambio de última hora?

—No, estoy satisfecho.

—¿Considera usted que éste es el mejor grupo de inerciales que podemos formar? —le espetó sin ambages Runciter.

—Sí —respondió Joe.

—¿Serán capaces de medirse con los psicos de Hollis?

—Sí —mintió Joe.

Aquello no era nada por lo que osara poner la mano en el fuego.

Desde luego, no se trataba de nada sensato. En potencia, la capacidad de generación de un contracampo que poseían los once inerciales debía considerarse enorme, y sin embargo...

—¿Puedo robarle un minuto de su tiempo, señor Chip? —El señor Apostos, el hombre de la barbita de chivo y los resplandecientes pantalones de lamé dorado, asió a Chip por el brazo—. ¿Puedo comentar con usted una experiencia que tuve anoche? Creo que, hallándome en estado hipnagógico, establecí contacto con uno de los hombres de Hollis o quizá con dos: un telépata que evidentemente operaria en combinación con uno de sus precognitores. ¿Cree que debo informar de ello al señor Runciter? ¿Vale la pena?

Joe Chip miró dubitativamente a Runciter. Derrumbado en su queridísimo sillón, intentando volver a encender su habano, el anciano parecía terriblemente cansado. Tenía las mejillas hundidas.

—No, olvídelo —dijo Joe.

—Señoras y señores, vamos a salir para Luna —anunció Runciter alzando la voz por encima de los murmullos—. Seremos catorce en total: ustedes once, Zoe Wirt, la representante de nuestro cliente, Joe Chip y yo. Iremos en nuestra propia nave.

—Sacó su anacrónico reloj de bolsillo de oro y lo consultó—. Las tres treinta. El “Pratfall II” nos recogerá en la azotea principal a las cuatro. —Cerró la tapa del reloj y se lo guardó en el bolsillo del fajin de seda—. Bueno, Joe, para bien o para mal ya estamos metidos de lleno en esto. Ojalá tuviéramos un precognitor en plantilla para que echase un vistazo antes de que fuéramos nosotros.

Su expresión y su tono de voz languidecieron bajo el peso de las preocupaciones y las inquietudes, bajo la carga ineludible de la responsabilidad y la vejez.

6
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—Bienvenidos a Luna —dijo Zoe Wirt con aire risueño. Unas gafas triangulares de montura roja le agrandaban los ojos—. Permítanme transmitirles el saludo que el señor Howard dirige a todos y cada uno de ustedes, en especial al señor Glen Runciter, que ha puesto su organización —y a ustedes, concretamente— a nuestro servicio. Este conjunto hotelero subálveo, que ha sido decorado por Lada, la hija del señor Howard, una joven muy dotada para las actividades artísticas, se encuentra a trescientas yardas lineales de las instalaciones industriales y de investigación que, según el señor Howard, han sido invadidas. La presencia conjunta de todos ustedes en esta habitación, por tanto, debería ejercer ya una acción inhibidora de los poderes psíquicos de los agentes de Hollis; una idea que nos resulta especialmente grata a todos. —Hizo una pausa y observó detenidamente al grupo—. ¿Alguna pregunta?

Joe Chip, que trasteaba con su equipo de pruebas, no le hizo ningún caso; pese a lo que había estipulado el cliente, se proponía medir el campo psiónico en el que se encontraban. Durante la hora de viaje desde la Tierra, Runciter y él lo habían decidido así.

—Sí, una pregunta —dijo Fred Zafsky alzando la mano—: ¿dónde está el baño?

—Se les facilitará a todos un plano en miniatura en el que se indican estos pormenores —respondió Zoe Wirt. Hizo una seña a una asistenta de aspecto desaliñado y tosco, que empezó a distribuir unos mapas de papel de charol de colores brillantes—. Este conjunto residencial se completa con una cocina cuyos servicios son gratuitos. No hace falta que les diga que no se han regateado medios en la construcción de esta unidad de vivienda, que posee una capacidad de hasta veinte personas y está dotada de aire autorregulado, agua, calefacción y un suministro de alimentos extraordinariamente bien surtido; además de circuito cerrado de televisión y un sistema fonográfico polifónico de alta fidelidad. Estos dos últimos servicios, a diferencia de la cocina, funcionan con monedas. Para facilitarles el disfrute de los elementos de recreo, se ha instalado una máquina cambiadora en la sala de juegos.

—En mi mapa sólo hay nueve dormitorios —dijo Al Hammond.

—Cada dormitorio está equipado con una litera doble; en total, son dieciocho plazas— explicó la señorita Wirt—. Además, cinco de las camas son dobles, pensando en aquellos de entre ustedes que deseen dormir juntos durante su estancia aquí.

—Yo tengo mis normas sobre eso de que mis empleados duerman juntos —dijo Runciter con irritación.

—¿A favor o en contra de ello? —inquirió Zoe Wirt.

—En contra. —Runciter estrujó su plano y lo arrojó al suelo de metal—. Y no estoy acostumbrado a que me digan lo que...

—Pero si usted no va a quedarse aquí, señor Runciter —señaló la señorita Wirt—; ¿no regresará usted a la Tierra en cuanto sus empleados entren en acción? —preguntó, obsequiándole con una de sus sonrisas profesionales.

Runciter preguntó a Joe Chip:

—¿Ya tiene usted algún dato del campo psi?

—Primero tengo que efectuar una medición del contracampo que generan nuestros inerciales.

—Debió hacerlo durante el viaje —dijo Runciter.

—¿Pretende usted hacer alguna medición? —preguntó, vigilante, la señorita Wirt—. Ya le dije que el señor Howard lo había desaconsejado explícitamente.

—De todos modos vamos a hacerlo —dijo Runciter.

—Pero el señor Howard...

—Esto no le importa nada a Stanton Mick —cortó Runciter.

La señorita Wirt ordenó a su hosca auxiliar:

—Dígale al señor Mick que baje, por favor. —La mujer salió a todo correr hacia el complejo de ascensores. La señorita Wirt se dirigió a Runciter—: El propio señor Mick se lo dirá. Entre tanto, no hagan nada, por favor; les ruego que esperen a que llegue.

—Ya tengo una medida de nuestro campo. Es muy alta —dijo Joe a Runciter—. Mucho más alta de lo que esperaba.

“Debe ser a causa de Pat”, determinó. “¿Por qué tendrán tanto interés en que no hagamos mediciones? Ahora ya no es una cuestión de tiempo: tenemos aquí a los inerciales y ya están actuando.”

—¿No hay armarios para guardar la ropa? Me gustaría deshacer el equipaje —solicitó Tippy Jackson.

—Cada habitación dispone de un amplio armario que se abre con una moneda —explicó la señorita Wirt—. Para empezar, aquí tienen un surtido de regalo. —Sacó una gran bolsa de plástico llena de cartuchos de monedas de diferentes valores y la pasó a Jon Ild—. Le importa distribuirlo equitativamente? Es un gesto de buena voluntad por parte del señor Mick.

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