Ubik philip K. Dick



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—Podrían considerarme una traidora —dijo Pat.

—¿Y eso te preocupa?

—Me preocupa que la gente pueda sentir hostilidad hacia mí. Pero me imagino que no es posible vivir mucho tiempo sin despertar hostilidad; no es posible complacer a todo el mundo, porque cada cual quiere una cosa diferente. Si complaces a uno disgustas a otro.

—¿En qué consiste tu antifacultad? —preguntó Joe.

—Es difícil explicarlo.

—Ya te lo he dicho —intervino de nuevo G.G. Ashwood—: es algo único, algo nunca visto.

—¿Cuál es la facultad psi que contrarrestas? —preguntó Joe a la muchacha.

—La precognición —respondió Pat—. Vaya, me parece. Su informador, el señor Ashwood —señaló a G.G., cuya sonrisa de entusiasmo no había menguado— me lo ha explicado. Yo ya sabía que hacía algo raro; a los seis años empecé a registrar fases extrañas, pero nunca se lo dije a mis padres porque pensé que les disgustaría.

—¿Son precognitores? —preguntó Joe.

—Sí.


—Has hecho bien: les habría disgustado. Pero si hubieras empleado tu poder con ellos, lo habrían notado. ¿No han sospechado nunca nada? ¿No has usado tu facultad para obstaculizar la suya?

—Creo... —Pat hizo un gesto impreciso. Su rostro reflejaba perplejidad—. Creo que sí, pero ellos no lo notaron.

—Mira, voy a explicarte cómo actúa la antiprecognición —dijo Joe—, al menos en los casos que conocemos. El precognitor distingue una serie de futuros dispuestos como las celdas de un panal. Para él, una de esas celdas brilla con mayor intensidad, y ésa es la que elige. Una vez la ha elegido, el antiprecognitor ya no puede hacer nada; el antiprecognitor tiene que estar presente durante el proceso de decisión del precognitor, no después. El antiprecognitor hace que todos los futuros ofrezcan el mismo aspecto para el precognitor, que todos le parezcan igualmente reales; da al traste con su capacidad de elección. El precognitor se da cuenta al instante de la presencia de un antiprecognitor porque su relación con el futuro se ve completamente alterada. En el caso de los telépatas se produce una reducción parecida de...

—Esta chica retrocede en el tiempo —le interrumpió G.G. Ashwood.

Joe se quedó perplejo.

—Retrocede en el tiempo —repitió G.G., paladeando las palabras y asaeteando con la mirada todos los rincones de la cocina—. El precognitor sobre el que actúa sigue viendo un futuro predominante; la posibilidad más luminosa, como tú mismo has dicho. Y la selecciona, y acierta. Pero ¿por qué acierta? ¿Por qué es la más brillante? Porque esta chica —señaló a Pat con un ademán— controla el futuro. La posibilidad más brillante lo es porque ella ha ido al pasado y lo ha alterado. Cambiando el pasado modifica el presente, el cual contiene al precognitor, cuya capacidad se ve afectada sin que él lo sepa. Su facultad de precognición parece funcionar, cuando en realidad no lo hace. Esta es una de las ventajas de la contrafacultad de Pat respecto de la de los otros antiprecognitores. La otra ventaja, la mayor, es que puede alterar la decisión del precognitor después de tomada. Puede intervenir más tarde, y ya sabes que nuestro principal problema ha sido siempre que si no estábamos presentes desde el primer momento no podíamos hacer nada. En cierto modo, nunca hemos podido anular realmente la capacidad de un precognitor como hemos hecho con las de otros psicos. Este ha sido siempre el punto débil de nuestros servicios ¿no? —Miró a Joe Chip con aire expectante.

—Es interesante —dijo Joe.

—¿Interesante? —repitió G.G. Ashwood gesticulando con indignación—. ¡Es la mayor contrafacultad descubierta hasta la fecha!

Pat intervino para decir en voz baja:

—Yo no retrocedo en el tiempo. —Alzó la mirada y la fijó en Joe Chip con una expresión mezcla de disculpa y desafío —Hago una cosa, pero el señor Ashwood la presenta de forma muy exagerada.

—Te leo el pensamiento —dijo G.G. algo molesto—. Yo sé que tú puedes cambiar el pasado; ya lo has hecho alguna vez.

—Puedo cambiar el pasado pero no voy al pasado. Yo no viajo por el tiempo, como pretende hacerle creer a su técnico.

—¿Cómo cambias el pasado? —preguntó Joe.

—Pensando en él. Pienso en un aspecto concreto, un suceso, algo que alguien dijo, o alguna cosa que ocurrió y que yo hubiera querido que no ocurriera. La primera vez que lo hice, cuando niña...

—Cuando tenia seis años —la interrumpió G.G. —y vivía con sus padres en Detroit, rompió una estatua de cerámica, una antigüedad que su padre guardaba como un tesoro.

—¿Y tu padre, con su capacidad de precognición, no lo previó? —preguntó Joe Chip.

—Sí, lo previó —respondió Pat— y me castigó una semana antes de romperla porque dijo que era inevitable. Ya sabe lo que es la facultad precognitora: se puede ver lo que va a suceder pero no se puede hacer nada por cambiarlo. Después de que se rompiese la estatua, o mejor, después de romperla yo, le di muchas vueltas al asunto, pensando en la semana anterior al incidente, durante la cual me mandaban a la cama a las cinco y sin postre. Pensé: “Dios mío —o lo que digan los niños en estos casos— ¿no habrá un modo de evitar estos lamentables incidentes?” Las habilidades precognitoras de mi padre no me parecían demasiado espectaculares, ya que no podían alterar el curso de los acontecimientos; me inspiraban un cierto desdén. Pasé una semana entera tratando de recomponer la maldita estatua con la fuerza de la mente; volvía en el recuerdo al tiempo anterior a su destrucción y evocaba el aspecto que ofrecía cuando estaba entera... que era horrible, por cierto. Hasta que un buen día me levanté y allí estaba. Entera, como si no le hubiera pasado nada. —Se inclinó, tensa, hacia Joe y prosiguió con voz cortante y decidida—: Pero mis padres no notaban nada. Les parecía perfectamente normal que la figura estuviera intacta; creían que siempre había estado así. Yo era la única que recordaba. —Sonrió, se recostó en el respaldo de la silla, cogió otro cigarrillo y lo encendió.

—Voy al auto a buscar el equipo de pruebas —dijo Joe dirigiéndose hacia la puerta.

—Cinco centavos, por favor —dijo ésta apenas tocó el tirador.

—Págaselos —dijo Joe a G.G. Ashwood.


Una vez descargados los aparatos de medición que había arrastrado hasta el apartamento, Joe Chip le pidió a G.G. Ashwood que se ausentara.

—¿Que me largue? —dijo, más que sorprendido, el informador de la firma—. Pero si la he encontrado yo, si el filón es mío. He pasado diez días recorriendo la zona hasta dar con ella y ahora...

—No puedo hacerle las pruebas con tu campo por aquí cerca, ya lo sabes. Los campos psi y anti-psi se deforman mutuamente; si no fuera así no estaríamos metidos en este negocio —dijo Joe tendiendo una mano a G.G. al tiempo que éste se ponía en pie con malhumor evidente—. Y déjame un par de monedas para que luego podamos salir de aquí.

—Yo tengo cambio —murmuró Pat—. En la bolsa.

—Puedes medir la fuerza que genera tomando como referencia la pérdida que se observe en mi campo —dijo Ashwood—. Te lo he visto hacer cientos de veces.

—Esto es otra cosa —dijo secamente Joe.

—No puedo salir, ya no me queda calderilla.

Mirando primero a Joe y luego a G.G., Pat dijo:

—Tenga —le arrojó una moneda que el hombre recogió.

Su expresión de desconcierto dio paso a un aire adusto de pesadumbre.

—Vais a acabar conmigo —murmuró al introducir la moneda en la ranura de la puerta—. Los dos —añadió mientras la puerta se cerraba tras él—. He sido yo quien la ha descubierto. Desde luego, este negocio es la selva... —Su voz se apagó al cerrarse del todo la puerta. Se hizo el silencio. Pat dijo entonces:

—Cuando desaparece su entusiasmo, no queda casi nada de él.

—Está bien —dijo Joe. Se sentía como en muchas ocasiones: culpable, aunque no demasiado—. Sea como sea, ha cumplido con su misión. Ahora...

—Ahora le toca a usted, por así decirlo —dijo Pat—. ¿Puedo quitarme las botas?

—Claro que puedes —dijo Joe.

Empezó a disponer su instrumental de pruebas, comprobando el estado de las bobinas y las baterías; hizo mediciones de verificación con cada una de las agujas indicadoras, dando entrada a impulsos predeterminados y registrando sus respuestas.

—¿Puedo ducharme? —preguntó la muchacha mientras depositaba las botas en un rincón.

—Veinte centavos —murmuró Joe—. Te va a costar veinte centavos, porque yo no los tengo. —Levantó la mirada y vio que la chica se estaba desabrochando la blusa.

—En el kibutz todo es gratis —dijo.

—¿Gratis? Eso es económicamente imposible. ¿Cómo puede funcionar siendo todo gratis? ¿Cómo puede resistir más de un mes?

—Se parte de la base de que cada cual cumple con su cometido y por ello recibe su correspondiente salario —explicó la muchacha, que, imperturbable, seguía desabrochándose—. La suma de nuestras ganancias se destina en bloque a la comunidad. De hecho, el kibutz de Topeka lleva varios años arrojando beneficios; como grupo, ponemos más de lo que sacamos.

Terminó de desabotonar la blusa, se la quitó y la colgó en el respaldo de la silla. Debajo de la áspera tela azul no llevaba nada; Joe vio su busto, alto y firme, erguido cerca del nítido dibujo de las clavículas.

—¿Estás segura de que es eso lo que quieres hacer? ¿Quitarte la blusa? —preguntó.

—¿No se acuerda?

—¿De qué?

—De que no me la he quitado. En otro presente no me la he quitado. No le ha gustado y lo he suprimido; por eso me la quito ahora.

—¿Qué he hecho al ver que no te la quitabas? —preguntó Joe con cautela—. ¿Me he negado a hacerte las pruebas?

—Ha murmurado no sé qué sobre el señor Ashwood. Que había sobrevalorado mi antifacultad, creo.

—No, yo no hago estas cosas —dijo Joe.

—Mire, esto es del presente anterior, el que he anulado.

Se puso en pie y sus senos oscilaron al inclinarse para rebuscar en el bolsillo de la blusa; sacó de él un papel doblado y se lo tendió.

Joe lo leyó. La última línea contenía su valoración final:

“Campo anti-psi generado: inadecuado. Claramente inferior a la media. Sin ningún valor frente a los índices de los precognitores actuales." Debajo había la contraseña que empleaba, un círculo partido por un trazo vertical. Significaba “ No contratar”, y sólo él y Glen Runciter la conocían. Ni siquiera los informadores sabían qué significaba el símbolo; por lo tanto, era imposible que Ashwood se lo hubiera dicho. Le devolvió el papel en silencio; ella lo dobló de nuevo y lo introdujo en el bolsillo de la prenda.

—¿Todavía necesita hacerme las pruebas, después de esto? —preguntó.

—Hay un procedimiento que seguir, seis índices que...

—Es usted un pobre burócrata inhábil y cargado de deudas, que ni tan siquiera es capaz de juntar la calderilla suficiente para que la puerta le deje salir de casa.

La voz de la muchacha, reposada pero devastadora, retumbó en los oídos de Joe Chip, que enrojeció de sorpresa y se sintió empequeñecer.

—Tengo una mala racha —dijo—, pero pronto saldré a flote. Voy a conseguir un préstamo. Si hace falta se lo pediré a la empresa. —Se puso en pie, titubeante; cogió dos platos y dos tazas y sirvió café—. ¿Leche, azúcar?

—Leche —dijo Pat, todavía de pie y sin la blusa.

Joe tiró de la puerta del frigorífico para sacar un cartón de leche. No se abría.

—Diez centavos —dijo el frigorífico—: cinco por abrirme y cinco por la leche.

—Total, por un poco de leche... Vamos, abre por esta vez.

—Siguió tirando furtivamente del asa—. Esta noche te la pago, lo juro.

—Tenga —dijo Pat arrojando una moneda por encima de la mesa. Mientras observaba cómo Chip la introducía en la ranura del refrigerador, comentó—: Su señora debía de tener mucho dinero, ¿no? Se siente usted fracasado, ¿verdad? Lo supe en cuanto el señor Ashwood...

—No siempre me va tan mal como ahora —cortó Joe, algo irritado.

—¿Quiere que le saque de apuros, señor Chip? —Con las manos en los bolsillos de su pantalón vaquero, le miraba sin que su rostro dejara traslucir emoción alguna, salvo una actitud de alerta—. Usted sabe que puedo hacerlo. Siéntese y escriba su informe. Déjese de pruebas: mi capacidad es única. Por otra parte, no puede medirla porque actúa en el pasado y usted está en el presente, que se produce como una simple consecuencia. ¿Está de acuerdo?

—Déjame ver esa nota de valoración que tienes en la blusa.

Quiero verla otra vez antes de decidir.

La muchacha volvió a sacar del bolsillo de la blusa la hoja de papel amarillo y la deslizó con calma a través de la mesa.

Joe la releyó: era su letra, en efecto. Luego, era verdad. Se la devolvió y sacó de su equipo de pruebas una hoja limpia del mismo papel.

Escribió en ella el nombre de la chica y datos falsos sobre unos resultados extraordinariamente altos. Sus nuevas conclusiones eran: “Posee una capacidad increíble. Su campo anti-psi es algo nunca visto. Podría anular a todo un ejército de precognitores.” Al pie de la hoja garabateó un signo: esta vez, dos aspas subrayadas. Pat miraba por encima de su hombro; Joe sentía su aliento.

—¿Qué significan las aspas? —preguntó la chica.

—“Contratar a cualquier precio.”

—Gracias. —Buscó en su bolsa y extrajo un puñado de billetes; escogió uno y lo ofreció a Joe. Era uno de los grandes—: Para sus gastos. No se lo podía dar antes, hasta que me hiciera la valoración oficial: lo habría echado todo a rodar y usted habría vivido el resto de sus días convencido de que quería sobornarle. Incluso habría dictaminado que yo no poseía ninguna contrafacultad. —Corrió la cremallera de su pantalón y siguió desnudándose.

Joe Chip examinó lo que había escrito, sin mirarla. Las dos aspas subrayadas no significaban lo que le había dicho. En realidad querían decir: “Persona a vigilar. Constituye un riesgo para la empresa. Peligrosa.”

Firmó la nota de prueba, la dobló y se la pasó. Pat la guardó rápidamente en su monedero.

—¿Cuándo puedo traer aquí mis cosas? —preguntó mientras se dirigía al cuarto de baño—. A partir de ahora considero mía esta casa, ya que le he pagado lo que vendrá a resultar el alquiler de un mes.

—Tráelas cuando quieras —respondió Joe Chip.

La puerta del baño dijo:

—Veinte centavos, por favor. Antes de dar el agua.

Pat volvió a la cocina por su monedero.

4
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Inofensivo si se emplea según las instrucciones.
Finalizado su viaje al Moratorio de los Amadísimos Hermanos Glen Runciter aterrizó en una imponente limusina eléctrica de alquiler en el techo del edificio central de Runciter Asociados en Nueva York. El tobogán de descenso le depositó rápidamente en su despacho del quinto piso. A las nueve y media de la mañana, hora local, estaba ya sentado ante su escritorio en un voluminoso y anticuado sillón giratorio de castaño y cuero auténticos y hablaba por el videófono con su departamento de Relaciones Públicas.

—Oiga, Tamish, acabo de regresar de Zurich, donde me he entrevistado con Ella.

En aquel preciso instante se abrió la puerta y su secretaria entró con precaución en el enorme despacho. Lanzándole una mirada furibunda, Runciter le espetó:

—¿Qué es lo que quiere, señora Frick?

La timorata y ajada señora Frick, con el rostro cubierto de pecas de colores artificiales que intentaban contrarrestar su senil tono grisáceo, hizo un ademán de excusa: no tenía más remedio que molestarle.

—Está bien, señora Frick —dijo con resignación—; ¿de qué se trata?

—Una nueva cliente, señor Runciter. Opino que debería recibirla.

Avanzó hacia él al tiempo que retrocedía. Sólo la señorita Frick podía ejecutar tan difícil maniobra; había necesitado diez décadas para dominarla.

—Lo haré tan pronto termine —le dijo Runciter. Dirigiéndose al videófono, preguntó—: ¿Con qué frecuencia se emiten nuestros anuncios a las horas de mayor audiencia de la cadena planetaria de televisión? ¿Siguen saliendo una vez cada tres horas?

—Nada de eso, señor Runciter. A lo largo de todo el día los anuncios de servicios de previsión se emiten a un promedio de una vez cada tres horas por el canal de UHF, pero el coste de las horas de audiencia máxima...

—Quiero que salgan una vez cada hora —dijo Runciter—. Ella cree que será mejor así. —Durante su viaje de vuelta al hemisferio occidental había determinado cuál era el anuncio que le gustaba más—. Conoce la última disposición del Tribunal Supremo según la cual un hombre puede matar legítimamente a su esposa si demuestra que ella no le concedería el divorcio bajo ninguna circunstancia, ¿no?

—Si, es esa ley que llaman...

—No me importa como la llamen; lo que me interesa es que ya tenemos un anuncio de televisión sobre ese tema. ¿Cómo es? No consigo recordarlo...

—Si sale un hombre, un ex marido, al que están juzgando.

Primero se ve un plano del jurado, luego otro del juez y luego una panorámica de la sala con el fiscal interrogando al ex marido. Le dice: “Por lo visto, señor, a su esposa...

—Eso es —dijo Runciter con satisfacción. Había colaborado personalmente en la redacción del guión, lo cual venia a constituir, en su opinión, una muestra más de su polifacético talento.

—Pero tengo entendido —dijo Tamish —que los psicos desaparecidos están trabajando en grupo para una de las mayores firmas de inversión. Si es así, como parece probable, deberíamos insistir en alguno de nuestros anuncios dirigidos a empresas. ¿Recuerda éste, señor Runciter? Es el del marido que vuelve a casa después del trabajo, por la noche. Todavía lleva puesta la faja de color amarillo eléctrico, falda plisada, calzones ceñidos a la rodilla y gorra de visera estilo militar. Se deja caer en el sofá del cuarto de estar, empieza a quitarse las manoplas y entonces encorva la espalda, pone cara de preocupación y le dice a su mujer: “Caray, Jill, me gustaría saber qué es lo que me pasa estos días. A veces, y cada día más a menudo, la menor observación que me hacen en la oficina me hace pensar... no sé, que alguien me está leyendo el pensamiento.” Entonces ella va y le dice: “Si tanto te preocupa, ¿por qué no acudes a la organización de previsión más próxima? Nos facilitarán un inercial a un precio al alcance de nuestro presupuesto y ¡pronto volverás a ser el de siempre!” Entonces él sonríe de oreja a oreja y exclama: “¡Ya empiezo a sentirme mejor!”

La señora Frick apareció de nuevo en la puerta del despacho de Runciter.

—Señor Runciter, por favor... —Le bailaban las gafas. Runciter asintió con un gesto.

—Luego seguiremos hablando, Tamish. Por de pronto hágase con esos espacios y que empiecen a pasar lo nuestro a la frecuencia que le he dicho.

Colgó y se quedó mirando a la señora Frick.

—He tenido que ir a Suiza y hacer que despertaran a mi esposa Ella para obtener esa información y recibir este consejo —puntualizó.

—El señor Runciter ya puede recibirla, señorita Wirt.

La secretaria se hizo a un lado y una mujer rolliza penetró en la oficina. La cabeza oscilaba sobre sus hombros como una pelota, impulsó su esférica mole hacia una silla y se sentó en ella, con las delgadas piernas colgando. Llevaba un anticuado abrigo de seda transparente y embutida en él parecía un bicho bondadoso envuelto en un capullo tejido por otro. Sonreía y parecía hallarse a sus anchas. Runciter calculó que rondaría los cincuenta; ya quedaban lejos los días en los que pudo tener algún atractivo.

—Lo lamento, señorita Wirt, no podré dedicarle mucho tiempo —le dijo—. Le ruego que vaya directamente a lo esencial. ¿Cuál es el problema?

Con voz melosa y en un tono impropiamente jovial, la señorita Wirt dijo:

—Tenemos algunos problemas con los telépatas. Creemos que se trata de eso pero no estamos muy seguros. Tenemos un telépata propio; le conocemos bien y se encarga de circular entre nuestros empleados. Si encuentra algún psico, sea telépata o precognitor; debe dar parte —lanzó una mirada vivaz a Runciter— a mi superior. A finales de la semana pasada presentó uno de esos partes. Disponemos de un informe sobre la competencia de varias agencias de previsión, elaborado por una firma particular. La suya ocupa el primer lugar.

—Me consta que es así —dijo Runciter; de hecho, conocía aquel informe, que por el momento no había contribuido precisamente a que aumentara su clientela. Quizá lo iba a hacer ahora—. ¿Cuántos telépatas detecta, su hombre? ¿Más de uno?

—Dos, por lo menos.

—¿Podrían ser más?

—Podrían —asintió la señorita Wirt.

—Mire, nosotros actuamos así —dijo Runciter—: primero medimos con todo rigor el campo psi, para determinar con qué nos las hemos de ver. Esto suele requerir de una semana a diez días, según él...

La señorita Wirt le interrumpió:

—Mi jefe quiere que le envíe los inerciales sin perder un instante. No quiere pasar por esas tediosas y costosas formalidades de las pruebas previas.

—No hay otro modo de saber cuántos inerciales hacen falta, ni de qué tipo, ni dónde situarlos. La desarticulación de una trama psi debe hacerse sobre una base sistemática, nosotros no vamos por ahí con una varita mágica o fumigando veneno por los rincones. Debemos anular a la gente de Hollis hombre a hombre, asignando un anti-psico a cada psico. Si es que Hollis se ha infiltrado en su estructura, lo ha hecho de esta forma: psico a psico. Uno se introduce en el departamento de personal y contrata a otro, que a su vez organiza un nuevo departamento o toma la dirección de uno ya existente y consigue los servicios de otros dos. A veces les cuesta varios meses; nosotros no podemos deshacer en veinticuatro horas lo que ellos han articulado al cabo de un largo periodo de tiempo. La actividad psi a largo plazo es como un mosaico: ellos no pueden permitirse ser impacientes y nosotros tampoco.

—Pues mi jefe está impaciente —dijo sonriente la señorita Wirt.

—Tendré que hablar con él. —Runciter se acercó al videófono—. Deme su nombre y su número.

—No, tendrá que llevar este asunto conmigo.

—Puede que no acepte. ¿Por qué no quiere usted decirme a quién representa?

Runciter pulsó un botón situado bajo el borde de su escritorio para advertir a su telépata de plantilla, Nina Freede, que se situara en el despacho contiguo a fin de seguir los procesos mentales de la señorita Wirt. “No puedo negociar con esta gente si no sé de quién se trata —pensó—. Me da en la nariz que Ray Hollis quiere contratarme.”

—No sea usted intransigente —dijo la señorita Wirt—. Todo lo que pedimos es rapidez. Y si la pedimos es porque la necesitamos. Sólo puedo decirle esto: la instalación que nos han invadido no está en la Tierra. Desde el punto de vista de rendimiento potencial y desde el de capital invertido, es nuestro proyecto principal. Mi superior ha puesto en él todo su activo. Nadie debería estar al corriente de ello; precisamente, lo que más nos sorprendió cuando detectamos la presencia de telépatas...

—Perdone —dijo Runciter, levantándose y yendo hacia la puerta—. Voy a ver cuánta gente hay disponible en la casa para intervenir en este asunto.

Cerrando la puerta a su espalda, buscó en los despachos contiguos hasta encontrar a Nina Freede. Estaba sola en uno de los más pequeños, fumando un cigarrillo y concentrándose.

—Averigüe a quién representa y hasta dónde están dispuestos a llegar —le dijo.

“Tenemos treinta y ocho inerciales parados”, reflexionó. “Con un poco de suerte los embarcaremos a casi todos en este asunto y a lo mejor descubrimos dónde se ha metido toda la recontramaldita pandilla de listillos de Hollis.”

Regresó al despacho y se sentó de nuevo tras su escritorio.

—Si se les han infiltrado telépatas en la operación —dijo, juntando las manos y mirando a la señorita Wirt—, lo mejor que pueden hacer es afrontar los hechos y admitir la evidencia de que la operación en si ya no es ningún secreto, independientemente de que hayan conseguido o no información de carácter estrictamente técnico. Entonces, ¿por qué no me dice de qué proyecto se trata?

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