Ubik philip K. Dick



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Apareció un joven espigado, vestido con traje gris de muchos botones y chaleco, que le observó en silencio. Durante un buen rato, Joe y el joven se miraron sin decir nada. El único sonido audible provenía de un reloj de pared con cifras romanas en la esfera, cuyo péndulo oscilaba inexorablemente. Todo oscilaba, todo era dominado por aquel ritmo mecánico. Como un reloj.

—¿El ungüento? —preguntó el farmacéutico. El movimiento de sus labios parecía no estar sincronizado con el sonido de sus palabras. Joe vio primero abrirse la boca del joven, luego moverse los labios y al cabo de un intervalo apreciable escuchó las palabras.

—¿Es un ungüento? —preguntó a su vez—. Creí que era de uso interno.

El farmacéutico tardó unos momentos en responder. Era como si hubiera un abismo de tiempo, toda una era, abierto entre los dos. Finalmente, abrió la boca y movió de nuevo los labios.

Joe oyó lo que dijo.

—El Ubik ha sufrido muchos cambios al ir introduciendo el fabricante sucesivas mejoras. Usted debe de estar habituado al viejo, no al nuevo Ubik.

El boticario se alejó hacia un lado. Sus movimientos poseían una cadencia entrecortada; se deslizaba a pasos lentos y medidos, de ballet. El ritmo era estéticamente agradable, pero estremecedor.

—Últimamente hemos tenido muchas dificultades para conseguirlo —dijo mientras volvía con una lata sellada y plana que depositó delante de Joe—. Viene en forma de polvos a los que hay que añadir alquitrán de hulla. El alquitrán va aparte; puedo dárselo muy barato, pero el Ubik en polvo es caro. Cuarenta dólares.

El precio le dejó helado.

—¿Qué hay dentro? —preguntó Joe.

—Secreto de fabricación.

Joe cogió la lata precintada y la levantó hacia la luz.

—¿Le importa que lea la etiqueta?

—No, en absoluto.

A la tenue luz que se filtraba desde la calle consiguió descifrar lo impreso en la etiqueta de la lata. Era la continuación del mensaje manuscrito en la citación que le entregó el guardia de tráfico; empezaba en el punto exacto en el que se detenía bruscamente la letra de Runciter.
Absolutamente falso. No intentó utilizar su facultad tras la explosión de la bomba. Repito: no lo intentó. Tampoco intentó restituir a Wendy Wright, Al Hammond ni Edie Dorn. Le miente, Joe, y ello me obliga a reconsiderar por completo la situación. Cuando llegue a una conclusión se lo haré saber. Entre tanto, ándese con cuidado. A propósito: Ubik, en su nueva presentación en polvo, posee un ilimitado poder curativo si se observan consciente y rigurosamente las instrucciones de empleo.
—¿Aceptará un cheque? —preguntó Joe al boticario—. No llevo los cuarenta dólares encima y necesito desesperadamente el Ubik. Es literalmente cuestión de vida o muerte.

Buscó el talonario de cheques en el bolsillo de su chaqueta.

—Usted no es de aquí, ¿verdad? —dijo el boticario—. Se le nota en el acento. Pues no, no puedo aceptar un cheque por esa cifra. Necesitaría conocerle. Llevamos una racha de talones sin fondos que dura ya varias semanas, y todos son de forasteros.

—¿Servirá una tarjeta de crédito?

—¿Qué es una tarjeta de crédito? —preguntó el farmacéutico.

Abandonando la lata de Ubik, Joe se volvió en redondo y salió a la acera. Cruzó la calle y echó a andar en dirección al hotel, deteniéndose para volverse a contemplar la botica.

Sólo vio un edificio ruinoso de color amarillo, con visillos en las ventanas de los pisos superiores y la planta baja tapiada con tablones, abandonada. Por entre los tablones no se distinguía sino oscuridad, la oquedad de unas ventanas hechas añicos. Ni rastro de vida.

Comprendió que no había nada que hacer. Había perdido la ocasión de procurarse una lata de Ubik, aun encontrando ahora los cuarenta dólares tirados por la calle. “Pero he obtenido el resto del aviso de Runciter, con todo lo que pueda valer. Quizá lo que dice no sea verdad; quizá sea tan sólo una opinión deformada, desviada por un cerebro agonizante. O por un cerebro completamente muerto, como en el caso del anuncio televisado. Pero, dioses, ¿y si fuera verdad?”, se preguntó con desaliento.

Por la acera había algunas personas absortas en la contemplación del cielo. Al notarlo, Joe alzó también la mirada. Protegiéndose los ojos de los oblicuos rayos del sol, divisó un punto negro que desprendía una estela de humo blanco: era un monoplano que escribía en el cielo, volando a gran altura. Mientras Joe y otros peatones los contemplaban, los trazos de humo, que empezaban a borrarse, compusieron un mensaje: “ ¡Arriba el ánimo, Joe!”

“¡Qué fácil es decirlo!”, dijo Joe para sí. “No cuesta nada decirlo con cuatro palabras.”

Presa de una melancolía incómoda -y de los primeros síntomas de un terror que renacía- reemprendió el camino del hotel Meremont.
Don Denny le recibió en un vestíbulo de aire provinciano, alfombrado de escarlata y muy alto de techo.

—La encontramos; todo acabó, para ella al menos —dijo—. No ha sido nada bonito, en absoluto. Y ahora ha desaparecido Fred Zafsky. Yo creía que iba en el otro coche y los del otro creían que iba en el nuestro. Por lo visto, no subió a ninguno de los dos. Debe de estar en la funeraria.

—Ahora sucede más de prisa —dijo Joe.

Se preguntó si el Ubik, que le rondaba constantemente sin dejarse atrapar, haría que las cosas fueran diferentes. “Me temo que nunca lo sabremos.” Concluyó:

—¿Se puede beber algo aquí? ¿Qué hay del dinero? El mío no vale.

—La funeraria lo paga todo; órdenes de Runciter.

—¿Incluso la factura del hotel? —Aquello le parecía muy extraño. ¿Cómo lo habían arreglado?—. Quiero que vea esta citación cuando no haya nadie cerca. —Le tendió el papel—. Tengo el resto del mensaje; estuve buscándolo todo este rato.

Denny leyó la citación, la releyó y la devolvió lentamente a Joe.

—Runciter cree que Pat miente —dijo.

—En efecto.

—¿Se da cuenta de lo que supondría? Supondría que pudo anular todo esto, empezando por la muerte de Runciter.

—Podría suponer más cosas aún —dijo Joe.

Denny le miró fijamente.

—Tiene usted razón. Sí, señor, toda la razón. —Pareció desconcertado y, de pronto, firmemente responsable. En sus ojos brillaba una clara conciencia de la situación, teñida de sorpresa y pesadumbre.

—No tengo muchas ganas de pensar en ello —dijo Joe—. No me gusta lo más mínimo. Es peor de lo que creía; peor incluso de lo que pensaba Al Hammond, por ejemplo, que ya era bastante malo.

—Pues quizá sea cierto —dijo Denny.

—Durante el tiempo que llevamos metidos en esto he luchado por entender sus causas. Estaba seguro de tener el porqué.

“Pero Al nunca pensó en esto”, meditó. “Los dos nos lo quitamos de la cabeza. Tuvimos nuestros motivos.”

Denny dijo:

—No diga nada de esto a los otros. Puede no ser cierto y, aunque lo sea, saberlo no les va a ayudar.

—¿Saber qué? ¿Qué es lo que no les va a ayudar? —preguntó Pat Conley a sus espaldas.

Se situó frente a ellos, mirándoles con ojos intensamente negros que traslucían inteligencia y una serena tranquilidad.

—Qué pena lo de Edie Dorn. Y creo que ahora ha desaparecido Fred Zafsky. Con esto ya no quedamos muchos, ¿no es cierto? Me gustaría saber quién será el próximo. —Parecía totalmente dueña de sí misma—. Tippy Jackson ha ido a acostarse. No dijo que estuviera cansada, pero hay que suponer que lo está, ¿no les parece?

—Sí, me parece que sí —asintió Don Denny.

—¿En qué quedó la denuncia, Joe? ¿Puedo darle un vistazo? —preguntó Pat.

Joe se la tendió. “Ha llegado el momento”, pensó. “Todo se acumula en este presente, todo converge hacia este preciso instante.”

—¿Cómo supo mi nombre el policía? —inquirió Pat tras ojear someramente la citación. Alzó los ojos y miró intrigada a Joe y luego a Don Denny—. ¿Por qué habla de mí este papel?

“No reconoce la letra porque no está familiarizada con ella como lo estamos los otros”, comprendió Joe.

—Es de Runciter —dijo—. Lo haces tú, ¿no es cierto, Pat? Tú, con tu facultad. Estamos aquí por tu culpa.

—Y nos estás exterminando, nos liquidas uno por uno. Pero ¿por qué? —añadió Don Denny, quien se dirigió a Joe—: ¿Qué razones puede tener? En el fondo, ni siquiera nos conoce.

—¿Para esto viniste a Runciter Asociados? —preguntó Joe a la muchacha, intentando mantener el tono de voz, sin lograrlo; lo oyó vacilar y sintió un repentino desprecio por sí mismo—. Fue G.G. Ashwood quien te descubrió y te trajo. Trabajaba para Hollis, ¿no? ¿Es éste en realidad el origen de lo que nos pasa? ¿No la explosión de la bomba, sino tú?

Pat sonrió.

Y el vestíbulo del hotel se desintegró ante los ojos de Joe.

13
Alce los brazos y mírese al espejo: ¡qué figura! El nuevo sujetador Ubik, en sus modelos corto y largo, le hará sentir otra vez el placer de admirar su silueta.



Ajustado según las instrucciones, Ubik dará a su busto la firmeza y la juventud que usted desea.
La oscuridad zumbaba a su alrededor, pegándose a él como un copo de lana tibia y húmeda. El terror que había sentido como un simple malestar asociado a la penumbra se convertía ahora en algo real y pleno.

“Me descuidé y no hice lo que me dijo Runciter”, reconoció Joe. “Le dejé ver la citación.”

—¿Qué ocurre, Joe? ¿Le pasa algo? —preguntó Don Denny con voz teñida de honda preocupación.

—No me pasa nada, estoy bien.

Ahora veía algo: se abrían algunas franjas horizontales de color gris en las tinieblas, como si éstas empezaran a descomponerse.

—Sólo estoy cansado. —Al decirlo, advirtió de repente lo fatigado que sentía el cuerpo; en su vida recordaba fatiga semejante.

—Déjeme que le ayude a sentarse —dijo Don Denny. Joe sintió su mano sujetándole por el hombro; Denny le conducía a una silla y aquella necesidad de ser guiado le asustaba. Intentó despegarse.

—Estoy bien —repitió.

Ante él empezaba a perfilarse la silueta de Denny. Se concentró en ella y volvió a distinguir el decimonónico vestíbulo, con su lámpara de cristal tallado y su iluminación amarillenta.

—Deje que me siente —dijo, localizando a tientas una silla de mimbre.

Don Denny preguntó con acritud a Pat:

—¿Qué le has hecho?

—No me ha hecho nada —dijo Joe.

Trataba de dar a su voz un tono de firmeza, pero percibía un tono anormal, estridente. “Parece una grabación acelerada, sobreaguda; esta voz no es la mía”, pensó.

—Es verdad: no le he hecho nada a él ni a nadie —dijo Pat.

—Quiero subir a acostarme —indicó Joe.

—Le pediré una habitación —dijo nerviosamente Don Denny; vacilaba, de pie ante él, desapareciendo y reapareciendo conforme disminuía o aumentaba la intensidad de la luz, que viraba a un rojo triste, se hacía más viva y volvía a palidecer—. Espere aquí sentado, Joe; en seguida vuelvo. —Salió a toda prisa hacia la recepción. Pat se quedó.

—¿Puedo hacer algo por usted? —preguntó, obsequiosa.

—No— respondió Joe. Decirlo en voz alta le costó un enorme esfuerzo; la palabra se resistía a salir de la gruta abierta en su corazón, una oquedad que crecía por instantes—. Un cigarrillo, acaso —añadió, agotándose al decirlo; sentía latir penosamente su corazón. El doloroso palpitar aumentaba su agobio; era como tener encima un peso más que le oprimiera, una inmensa mano que le estrujara—. ¿Tienes? —preguntó, logrando ver a la muchacha a través de la neblinosa luz rojiza. Era el brillo incierto y titilante de una realidad endeble.

—Ni uno, lo siento —respondió Pat.

—¿Qué... qué me pasa? —preguntó Joe.

—Debe ser un paro cardíaco.

—¿Habrá médico en este hotel?

—Lo dudo.

—¿No vas a ver si lo hay?

—Me parece que lo suyo es puramente psicosomático, Joe. En realidad, no está enfermo; pronto se pondrá bien.

Don Denny, que regresaba, anunció:

—Le he conseguido habitación, Joe. Es la doscientos tres, en el segundo piso. —Calló un momento y Joe notó su mirada escrutadora y preocupada—. Oiga, tiene usted muy mal aspecto: se le ve frágil, como si se lo fuera a llevar el aire. Cielo santo, Joe, ¿sabe a quién me recuerda? A Edie Dorn, cuando la encontramos.

—Nada de eso —dijo Pat—: Edie está muerta y Joe no. ¿Verdad que no, Joe?

—Quiero subir. Quiero acostarme —fue su única respuesta.

Se puso en pie; el corazón le dio un golpe sordo y pareció vacilar y dejar de latir por unos momentos, hasta que recobró el ritmo, martilleando con el retumbar de un lingote de hierro contra una superficie de cemento.

Joe preguntó:

—¿Dónde está el ascensor?

—Le acompañaré —dijo Don Denny, asiéndole de nuevo por el hombro—. Pesa menos que una pluma. ¿Qué le pasa, Joe, lo sabe? ¿Puede decírmelo? Inténtelo.

—No lo sabe —dijo Pat.

—Opino que debería verle un médico, sin más tardar —observó Denny.

—No —dijo Joe.

“Echarme no me va a servir de nada”, pensó. Sentía contra sí un empuje oceánico, una gigantesca resaca que le arrastraba y le urgía a acostarse, le movía a desear una sola cosa: tenderse boca arriba, solo en su habitación, donde nadie le viera. “Tengo que salir de aquí, necesito estar solo. Pero ¿por qué?” No lo sabía: aquella necesidad había penetrado en él como un instinto irracional, imposible de entender o explicar.

—Voy por un médico —dijo Denny— Quédese aquí con él, Pat. No le pierda de vista. Volveré lo antes posible.

Salió y Joe vio alejarse su borrosa silueta: parecía encogerse, menguar de tamaño, hasta que desapareció súbitamente.

Quedaba Patricia Conley, aunque aquello no mitigaba su sentimiento de soledad. Pese a la presencia física de la muchacha, el aislamiento de Joe era, en aquel momento, absoluto.

—Bien, Joe, ¿qué desea? ¿Qué puedo hacer por usted? Basta con que lo mencione.

—El ascensor —dijo él.

—¿Quiere que le acompañe al ascensor? Con mucho gusto.

Pat echó a andar y Joe la siguió lo mejor que pudo. La muchacha parecía caminar a una velocidad extraordinaria y él justo alcanzaba a no perderla de vista. “¿Serán figuraciones mías? La veo caminar muy aprisa”, se dijo. “Debo de ser yo: estoy frenado, comprimido por la gravedad.” Su mundo adquiría todos los atributos de la pura masa inerte. Se percibía a sí mismo exclusivamente en tanto que objeto sometido a la fuerza de su propio peso, dotado de una única cualidad, un único atributo y una única sensación: la de la inercia.

—Más despacio —exclamó—, espérame. —Ya no podía verla: había salido ágilmente del alcance de su vista. De pie, inmóvil, incapaz de dar un paso, jadeante, Joe sentía correr el sudor por su rostro. El líquido salino le escocía los ojos.

Pat reapareció. Joe distinguió su cara, que se inclinaba para mirarle. Reparó en su expresión de perfecta tranquilidad y desinteresada atención casi científica.

—¿Quiere que le seque el sudor? —preguntó, sacando un diminuto pañuelo orlado de encaje, y obsequiándole con una sonrisa igual a la de poco antes.

—Llévame al ascensor —dijo Joe, obligando a su cuerpo a ponerse en movimiento.

Un paso. Dos. Distinguía ya el ascensor, con varias personas que esperaban a la puerta, encima de la cual había un anticuado indicador en forma de reloj. La abarrocada aguja oscilaba entre el tres y el cuatro; corrió luego hacia la izquierda, rebasando el tres y vacilando entonces entre el tres y el dos.

—No tardará más de un minuto, es un ascensor muy antiguo —dijo Pat, contemplándolo plácidamente de brazos cruzados—. Parece una de aquellas viejas jaulas abiertas, construidas en hierro. ¿Le asustan?

La aguja rebasó el dos, se detuvo unos instantes cerca del uno y cayó al fin.

Joe vio el enrejado de la cabina y el ascensorista de uniforme sentado en un taburete y con la mano puesta en la manivela de mando.

—Subiendo. Pasen al fondo, por favor —decía.

—Yo no subo —dijo Joe.

—¿Por qué no? ¿Teme que se parta el cable? ¿Es eso lo que tanto le asusta? Porque se le nota asustado —dijo Pat.

—Esto que veo ahora es lo que vio Al.

—Mire, Joe, otra forma de subir a su habitación es por las escaleras, y en su estado no será capaz de hacerlo —le reconvino Pat.

—Subiré por las escaleras. —Joe echó a andar, buscándolas.

“¡No veo! ¡No las encuentro!”, se dijo. El peso le aplastaba los pulmones, haciéndole difícil y dolorosa la respiración. Tuvo que detenerse para concentrarse y hacer que el aire penetrara en ellos. “Acaso sea un ataque cardíaco; en tal caso, no podré subir.” Pero el deseo de hacerlo era aún más fuerte que antes: sentía la imperiosa necesidad de estar solo, encerrado en una habitación vacía, libre de testigos, tumbado boca arriba y en completo silencio, con los brazos y las piernas extendidos, sin necesidad de hablar ni moverse, sin tener que soportar a nadie ni encarar ningún problema. “Y que nadie sepa dónde estoy”, pensó. Aquello le parecía, con mucho, lo más importante: quería estar ausente, vivir ignorado, no ser visto por nadie. “Y menos aún por Pat: ella no, que no esté cerca de mí.”

—Ya estamos —dijo Pat. Le guió, orientándole un poco hacia la izquierda—. Ahí tiene la escalera, justo frente a usted. Cójase a la barandilla y en cuatro saltos, ¡zas! A la cama. Así, ¿lo ve?

Trepó por la escalera con agilidad de bailarina, dando saltitos y componiendo poses a cada peldaño, pasando de uno a otro con etérea desenvoltura.

—A ver cómo lo hace.

—No quiero... que vengas —articuló Joe.

—Vamos, querido, no tema que me aproveche de su estado —Pat chasqueó la lengua fingiendo una cómica tristeza—. ¿Cree que voy a hacerle algo malo?

—No. Pero quiero estar solo. —Joe sacudió la cabeza y, asiéndose al pasamano, se izó al primer escalón. Miró hacia arriba, intentando discernir lo lejos que estaba el final del tramo. Quería determinar cuántos escalones le faltaban.

—El señor Denny me ha dicho que no me separe de usted. Puedo leerle algo, o traerle cosas. Puedo hacerle compañía.

Joe subió otro escalón.

—Solo —resolló.

—¿Me deja que mire cómo sube? —preguntó Pat—. Me gustaría ver cuánto tarda, suponiendo que llegue.

—Llegaré.

Apoyó el pie en el siguiente escalón, se aferró a la barandilla y se impulsó hasta él. El corazón, al dilatarse, parecía asomar por la boca, cerró los ojos y lanzó un respingo de ahogo.

—Quisiera saber si fue esto lo que hizo Wendy —dijo Pat—. Ella fue la primera mujer, ¿no?

—Yo... la... quería —jadeó Joe.

—Ya lo sé. Me lo dijo G.G. Ashwood, que le leyó el pensamiento. G.G. y yo hicimos muy buenas migas. Pasamos mucho tiempo juntos. Puede decirse que tuvimos un asuntillo; así es.

—Nuestra teoría era la correcta —dijo Joe, inspirando aún más profundamente. Subió otro escalón y luego, con un tremendo esfuerzo, otro—. Tú y G.G. estabais de acuerdo con Ray Hollis..., para infiltraros.

—Exacto —corroboró Pat.

—Para liquidar... a nuestros mejores... inerciales. Y a Runciter... A todos nosotros. —Ascendió otro peldaño—. No estamos semivivos. No estamos...

—Pero si usted todavía puede morir; no está muerto aún —repuso Pat—. Pero el grupo sí está muriendo poco a poco. ¿Para qué hablar de ello, para qué abordar de nuevo el tema? Ya dijo hace un rato lo que tenía que decir y, francamente, empieza a cargarme su manía de darle vueltas y más vueltas a lo mismo. En serio, Joe: es usted de lo más pedante y aburrido. Casi tanto como Wendy Wright; habrían hecho buena pareja.

—Es por eso que Wendy murió la primera: no por haberse separado del grupo..., sino por...

De repente, se contrajo: el dolor pulsante del corazón aumentaba de forma muy violenta. Quiso subir otro escalón, pero falló: trastabilló y se encontró sentado en la escalera, acurrucado como... “Sí, como Wendy en el ropero”, pensó. Agarró una manga de su abrigo y tiró de ella.

El tejido se desgarró. Reseco y sin fibra, se deshacía como el papel; apenas poseía la solidez de una telaraña. No le cupo duda, pronto dejaría tras de sí un rimero de jirones de tela, un rastro de desperdicios que conducirían a una habitación de hotel y a su anhelado aislamiento. Sus últimas y penosas acciones serían gobernadas por un mero tropismo, un cierto sentido de la orientación que le guiaría hacia la decrepitud, la muerte y la inexistencia. Estaba regido por una alquimia funesta que culmina en la tumba.

Subió otro peldaño.

“Voy a conseguirlo”, comprendió. “La fuerza que me azuza se ceba en mi organismo; por eso se deterioraron físicamente, al morir, Wendy, Al, Edie y ahora sin duda Zafsky, dejando sólo un caparazón sin peso, abandonado como un pellejo vacío, sin sustancia ni humores, sin densidad. Es una fuerza que se contrapone a otras muchas, y el resultado es este consumirse del cuerpo en declive. Pero el cuerpo, como reserva de energía, me bastará para llegar arriba; en esto actúa una necesidad biológica y es muy posible que a estas alturas ya no pueda detenerla ni la misma Pat, que la desencadenó.” Se preguntó qué sentía ella al verle ascender: ¿admiración?, ¿desprecio? Alzó la mirada, buscándola: vio su rostro vital, su semblante de complejos matices. No había en él más que interés, un interés neutro libre de malicia. No se sorprendió. Pat no hacía ademán de ayudarle ni tampoco de estorbarle.

—¿Está mejor? —preguntó la muchacha.

—No —dijo él, y medio incorporándose atacó el escalón inmediato.

—Ahora tiene otro aspecto: no parece tan desesperado.

—Es porque sé que puedo llegar.

—Ya mismo llega.

—Se dice “ahora mismo” —corrigió Joe.

—Es usted lo nunca visto: tan trivial, tan insignificante. Está en los mismísimos estertores de la agonía y aún... —Rectificó, cautelosa y astuta—: O lo que le parecen, subjetivamente, los estertores de la agonía. No debí emplear este término. Podría deprimirle. Trate de conservar el optimismo, ¿de acuerdo?

—Dime tan sólo... cuántos peldaños... faltan.

—Seis. —Se alejó de él, subiendo por la escalera sin ruido ni esfuerzo—. No, perdón: diez. ¿O nueve? Creo que son nueve.

Joe cubrió un escalón más, y el siguiente, y el siguiente. No abría la boca ni se esforzaba por ver. Buscando apoyo en la solidez de la pared, trepaba peldaño tras peldaño con la lentitud de un caracol, al tiempo que sentía adquirir cierta destreza, una habilidad para decidir con exactitud cómo emplearse, de qué forma invertir los últimos recursos de su organismo en quiebra.

—Ya casi está —le animó Pat desde más arriba—. ¿Qué me dice ahora, Joe? ¿Algún comentario sobre su gran escalada? La mayor escalada de la historia de la humanidad. No, no es cierto: Wendy, Al, Edie y Fred Zafsky la efectuaron antes. Pero ésta es la única que yo he presenciado.

—¿Por qué ésta precisamente? —preguntó Joe.

—Por el miserable plan que intentó llevar a cabo en Zurich: la noche en el hotel con Wendy. Esta noche será distinto. Estará solo.

—También aquella noche... estuve solo. —Otro escalón. Tosió convulsivamente; sus últimos residuos de energía se perdieron con las gotas de sudor que despidió su rostro amoratado.

—Ella estuvo presente. No en la cama, pero sí en alguna parte de la habitación. Y usted se pasó la noche durmiendo —dijo Pat sin contener la risa.

—Trato de... no toser —dijo Joe. Subió otros dos escalones y vio que estaba a punto de llegar a la cima. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que empezó a subir? Lo ignoraba.

Descubrió entonces, con sobresalto, que estaba tan frío como exhausto. ¿Desde cuándo estaba así?, se preguntó. Aquello se había iniciado mucho antes y el frío se había infiltrado de forma tan gradual que él no lo notó hasta aquel momento. “Dios mío”, exclamó para sus adentros, temblando frenéticamente. Sentía los huesos a punto de quebrarse. Era peor, mucho peor que lo que sintió en Luna, peor aún que el frío glacial que invadió su habitación en el hotel de Zurich. Aquellos fueron simples anuncios de lo que aún estaba por venir.

“El metabolismo es un proceso de combustión, un horno en actividad”, reflexionó. “Cuando deja de funcionar, se acaba la vida. La gente yerra por completo cuando se imagina el infierno: el infierno es un lugar frío; todo lo que hay en él es frío. El cuerpo significa peso y calor; ahora, el peso es para mí una fuerza a la que sucumbo y el calor algo que me abandona. Y que, a menos que yo renazca, no volverá nunca a mí. Este es el destino de todo el universo, así que por lo menos no estaré solo.”

Pero se sentía solo. “Me está ocurriendo demasiado pronto”, advirtió. “Aún no es el momento; algo ha apresurado el proceso, algo o alguien ha impuesto esta aceleración, por curiosidad y con maldad. Algún poder polimórfico y perverso que se complace en espiarme. Algún ser infantil y retrasado que disfruta con lo que sucede. Me ha aplastado como a un insecto, como a un miserable bicho incapaz de nada salvo de pegarse desesperadamente al suelo, que no puede escapar ni echar a volar, que sólo puede descender peldaño a peldaño hacia la descomposición y la suciedad, hacia el mundo de la tumba, un mundo que un poder perverso ha infestado de inmundos habitantes. Este algo, este poder es lo que llamamos Pat.”

—¿Tiene la llave? —preguntó Pat—. Piense qué poco le gustaría llegar al segundo piso y descubrir entonces que la ha perdido y no puede entrar.

—La tengo —dijo Joe, buscándola en sus bolsillos.

El abrigo se le desgarró, deshilachado y hecho trizas; resbaló hasta el suelo y la llave cayó del bolsillo superior, deteniéndose dos escalones más abajo, fuera del alcance de Joe.

Pat dijo con presteza:

—Yo la recojo. —Pasó por su lado como una flecha, recogió la llave, la levantó hacia la luz para examinarla y la depositó sobre el pasamano, en la cúspide de la escalera—. La dejo aquí, donde pueda cogerla en cuando termine la ascensión. Será el premio. Me parece que la habitación cae por la izquierda, cuatro puertas más allá. Tendrá que ir despacio, pero ahora será más fácil, pues la escalera quedará atrás y no habrá que trepar.

—Ya la veo, y también veo el final de la escalera. —Asiéndose con ambas manos a la barandilla, se arrastró hacia arriba, cubriendo tres escalones en un derroche agónico de energías. Se sintió acabado: el peso que le oprimía crecía igual que el frío, en tanto que su materialidad se hacía cada vez más tenue. Pero...

Había llegado al último peldaño.

—Hola, Joe —le saludó Pat, agachándose para que pudiera verle la cara—. ¿Verdad que no desea que venga Don Denny a importunarle? El médico no podrá ayudarle en nada. Por lo tanto, encargué a recepción que le pidieran un taxi; supongo que debe estar atravesando la ciudad camino del hospital. Así no le molestarán y podrá estar completamente solo. ¿Le parece?

—Bien —asintió Joe.

—Aquí tiene la llave. —Pat le metió el frío objeto de metal en la mano, cerrándole los dedos sobre él—. ¡Arriba el ánimo, Joe! Como suele decirse, no baje la guardia. Y no se deje humillar.

La muchacha se detuvo un instante para observarle con atención, y salió volando por el pasillo, hacia el ascensor. Joe vio cómo apretaba el botón y aguardaba. Se abrieron las puertas y Pat desapareció.

Sujetando fuertemente la llave y con movimientos inseguros, Joe se puso en cuclillas. Apoyándose en la pared opuesta para mantener el equilibrio, giró a la izquierda y empezó a avanzar con lentitud, sin dejar el amparo de la pared. “Está oscuro. No han dado la luz”, pensó. Cerró los ojos con todas sus fuerzas y los abrió, parpadeando. El sudor volvía a cegarle y los ojos seguían escociéndole. No sabía a ciencia cierta si el pasillo estaba a oscuras o si era él quien perdía poco a poco la visión.

Al llegar a la primera puerta ya había empezado a gatear. Levantó la cabeza y miró el número: no era aquélla. Siguió gateando.

Cuando llegó a la puerta que buscaba tuvo que ponerse en pie, apuntalándose con ambas piernas, para introducir la llave en la cerradura. El esfuerzo le aniquiló: se derrumbó, sin soltar la llave, golpeándose la cabeza en la puerta y cayendo rebotado sobre la polvorienta alfombra. Un olor de vejez, moho y frigidez mortal impregnó sus fosas nasales. “No puedo entrar. Ya no resisto más”, se dijo.

Pero tenía que resistir: allí podían verle.

Asiéndose fuertemente al tirador, se puso nuevamente en pie.

Descansó todo su peso en la puerta mientras con mano temblorosa dirigía la llave hacia la cerradura: de aquel modo, apenas le diese vuelta, se abriría la puerta y él se encontraría en el interior del cuarto. “Entonces, si consigo cerrar y llegar a la cama, todo habrá terminado.”

La cerradura chirrió al ceder el resorte. La puerta se abrió y Joe cayó de bruces con los brazos extendidos hacia delante. El suelo le saltó a la cara y distinguió las formas tejidas en la alfombra: volutas, cenefas y motivos florales en rojo y amarillo, cubriendo una superficie áspera y deslustrada por el uso. Los colores habían palidecido. Tras darse el golpe, sin apenas sentir dolor, Joe pensó: “Es un cuarto viejo, muy viejo. Cuando construyeron este hotel debieron de instalar un ascensor de jaula abierta. Por lo tanto, el ascensor que he visto es el que corresponde, el verdadero, el de siempre.”

Estuvo tendido un rato y al cabo, como si alguien le llamara y se lo ordenara, salió de la inmovilidad. Se arrodilló y apoyó las palmas de las manos en el suelo. “Santo Dios, ¿son éstas mis manos?”, se preguntó. Eran manos agrietadas, amarillentas y sarmentosas, como las sobras de un pavo recocido y reseco. La piel no era una piel humana, sino que estaba cubierta de cerdas como cañones de plumas. “Se diría que he retrocedido millones de años, hasta ser algo que vuela y se desliza por el agua con la piel como vela.”

Abrió los ojos, esforzándose por localizar la cama. Distinguió a lo lejos un alto ventanal que dejaba pasar una luz grisácea por entre los tupidos cortinajes. Un tocador de largas patas, decididamente feo. Y la cama, con bolas de metal rematando los barrotes de la cabecera y los pies, que eran irregulares y estaban torcidos como si los años de uso los hubieran deformado, desluciendo además el barniz de las piezas de madera.

“Sea como sea, tengo que tenderme en esta cama”, se dijo. Alargó una mano hacia el lecho, asió un barrote y se arrastró un trecho más por el suelo.

Vio entonces la figura sentada frente a él en un sillón: era un testigo que, mudo hasta aquel momento, se ponía ahora en pie y se le acercaba apresuradamente.

Era Glen Runciter.


—No podía ayudarle a subir la escalera —dijo, con una expresión grave en el severo rostro—: ella me habría visto. Es más, me asustaba la posibilidad de que le acompañase hasta aquí dentro; habría sido un grave inconveniente porque... —se interrumpió, inclinándose y poniendo a Joe en pie como si ya no pesara nada ni le quedaran residuos de materia—. En fin, ya hablaremos de eso. Venga. —Llevando a Joe bajo el brazo, le transportó al otro extremo de la habitación, depositándole no en la cama, sino en el sillón que antes ocupara él—. ¿Puede esperar unos segundos? Quiero cerrar, no sea que esa chica cambie de parecer.

—Muy bien.

Runciter se plantó en tres zancadas ante la puerta, la cerró de golpe y corrió el pestillo, para volver acto seguido con Joe.

Abrió un cajón del tocador y sacó de él un frasco de aerosol cuya superficie estaba adornada con franjas y topos de colores vivos, combinados con diversas inscripciones.

—Ubik —dijo, agitándolo con energía. Se colocó frente a Joe y le apuntó con la válvula del bote—. No me dé las gracias —dijo, y lanzó una larga pulverización a derecha e izquierda: el aire se llenó de un resplandor titilante, como si se hubieran liberado brillantes corpúsculos luminosos o toda la energía del sol centelleara en aquel lúgubre cuarto de hotel—. ¿Se siente mejor? Ya tendría que hacerle efecto. Ya debería usted notar la reacción...

Observaba a Joe con ansiedad.

14
No basta con una bolsa para impedir que se mezclen los olores de los alimentos: envuélvalos con Ubik, el plástico doméstico de las mil aplicaciones. Sus cuatro capas conservan la frescura de los alimentos y los protegen de la humedad. Observe este experimento...
—¿Me da un cigarrillo? —preguntó Joe.

Le temblaba la voz, pero no de frío ni cansancio: ambas sensaciones se habían disipado. “Estoy tenso, pero no me muero”, se dijo. “La rociada de Ubik detuvo el proceso.”

Tal como pronosticó Runciter en el anuncio televisado, recordó. “Si pudiera conseguir un tubo, no me pasaría nada. Pero es muy difícil”, pensó sombríamente, “y esta vez por poco no llego a tiempo”.

—No llevan filtro —dijo Runciter—. En esta época tan incómoda y atrasada no ponían sistemas de filtrado en los cigarrillos. —Ofreció a Joe una cajetilla de Camel, prendió un fósforo y se lo acercó—: Tenga, fuego.

—Es tabaco fresco —comentó Joe.

—No faltaría más: acabo de comprarlo en el puesto del vestíbulo. Ya llevamos mucho tiempo metidos en esto: quedó atrás la fase de la leche cuajada y el tabaco rancio. —Hizo una mueca que recordaba una sonrisa; sus ojos opacos, que no reflejaban la luz, tenían una extraña fijeza en la mirada—. En esto, digo, y no fuera de esto, hay una diferencia— recalcó, encendiéndose un cigarrillo.

Se reclinó en el respaldo de la butaca y fumó en silencio, sin perder su torvo semblante. A Joe le pareció cansado, pero no como él.

—¿Puede ayudar al resto del grupo? —le preguntó.

—Sólo tengo un frasco de Ubik, y ya he gastado con usted la mayor parte de su contenido —dijo con gesto enojado; las manos le temblaban de indignación—. Mi capacidad de cambiar las cosas es aquí muy limitada. He hecho cuanto he podido. —Torció la cabeza para mirar a Joe fijamente—: Me puse en contacto con cada uno de ustedes aprovechando las menores ocasiones y de todas las formas posibles. Hice todo lo que estaba en mi mano hacer. Que era bien poco, maldita sea: casi nada. —Se sumió en un silencio reconcentrado y meditabundo.

—En las paredes de los lavabos escribió que todos nosotros estamos muertos y usted vivo —dijo Joe.

—Es que estoy vivo —gruñó Runciter.

—¿Y nosotros estamos muertos?

Tras una larga pausa, Runciter respondió:

—Sí.


—Pero en el anuncio grabado...

—Aquello sólo pretendía empujarle a la lucha, moverle a buscar el Ubik. Y resultó, en efecto, al tiempo que yo seguía en su busca. Intenté una y otra vez hacérselo llegar a ustedes, pero ya sabe lo que ocurría: ella lo mandaba todo al pasado. Con esa facultad que tiene actuaba sobre todos nosotros. Una y otra vez daba marcha atrás a las cosas y hacía inútiles mis esfuerzos, salvo las notas fragmentarias que me ingenié para colarlas en algunos objetos. —Gesticuló vigorosamente, apuntando a Joe con el índice y añadiendo en tono tajante—: Ya ve a qué me he enfrentado: a lo mismo a que ustedes y que les está matando uno por uno. Con franqueza, Joe, aún me admiro de haber hecho tanto.

Joe preguntó:

—¿Cuándo comprendió lo que ocurría? ¿Lo supo desde siempre, desde el principio?

—¿El principio? ¿Qué significa eso? —repitió, mordaz, Runciter—. Debió empezar hace meses, o años: Dios sabe desde cuándo lo estuvieron cocinando Hollis, Mick, Pat Conley, S. Dole Melipone y G.G. Ashwood, puliendo y repuliendo el plan. Lo que ocurrió fue esto: caímos en el engaño y nos dejamos atraer a Luna. Dejamos que viniera Pat Conley, una mujer que no conocíamos y cuya facultad no entendíamos. Posiblemente no la entiende ni el mismísimo Ray Hollis. Es una habilidad relacionada de alguna forma con la reversión del tiempo, no exactamente la capacidad de viajar por él. Basta con un ejemplo: no puede ir al futuro. En cierto modo, tampoco puede ir al pasado; lo que hace, según alcanzo a comprender, es desencadenar un proceso que suscita estados primitivos inmanentes en las configuraciones de la materia. Pero usted no lo ignora: ya lo dedujo con Al. —Un acceso de ira hizo que le rechinaran las muelas—. Al Hammond, ¡qué gran pérdida! No pude hacer nada por él; no pude abrirme paso como ahora.

—¿Por qué ahora sí?

Porque ya no puede llevarnos más atrás de este punto —respondió Runciter—. Se ha reiniciado el flujo temporal normal, el que avanza; vamos de nuevo hacia el futuro partiendo del pasado. Es evidente que ella forzó su capacidad hasta este límite: mil novecientos treinta y nueve. Este era el límite. Ahora ha dejado de emplear su facultad. No tenía por qué hacer otra cosa: al fin y al cabo, ya cumplió la misión que le encomendó Hollis.

—¿Cuánta gente ha resultado afectada?

—Únicamente quienes estábamos en aquella instalación subálvea de Luna. Zoe Wirt se libró: Pat puede precisar el alcance de exacto del campo que genera. A los ojos de todo el mundo, fuimos un grupito que despegó rumbo a Luna y que fue aniquilado por una explosión accidental. Nos metieron en hielo seco gracias a los desvelos de Mick, pero no se pudo establecer contacto con ninguno de nosotros: nos recogieron demasiado tarde.

—¿Y no bastaba con la bomba?

Runciter arqueó una ceja por toda respuesta.

—¿Para qué emplear a Pat Conley? —insistió Joe. Pese a su estado de profunda postración, no dejaba de advertir algo equivocado en todo lo que le contaba Runciter—. No veo la razón de tanto aparato de regresiones temporales, de este meternos en un flujo temporal retrógrado para dejarnos en mil novecientos treinta y nueve. No tiene ningún objeto.

—Es un punto de vista muy interesante —dijo Runciter. Movía lentamente la cabeza en señal de asentimiento, con una arruga cruzándole la frente—: Tendré que tomarlo en consideración. Déjeme pensar un rato.

Se acercó a la ventana y contempló las tiendas que había al otro lado de la calle.

—Intuyo que el poder al que estamos sometidos se mueve más por simple maldad que persiguiendo un fin concreto. No creo que se trate de alguien que intenta matarnos o neutralizarnos, suprimirnos en tanto que organización de previsión, como... —hizo una pausa, buscando el modo más adecuado de expresarlo— sino más bien de un ser irresponsable que se divierte con lo que nos hace, con la forma cómo nos va eliminando uno tras otro. No creo que lo prolongue demasiado. Todo esto, en fin, no me huele en absoluto a Ray Hollis: lo suyo es el asesinato en frío, a lo práctico; y por lo que sé de Mick...

—Pero Pat posee la constitución psicológica de un sádico— le interrumpió Runciter, apartándose de la ventana—. Está jugando con nosotros como quien arranca las alas a una mosca.

Miró atentamente a Joe, en espera de su reacción.

—A mí me parece más bien una niña.

—No, no, fíjese bien en ella: es rencorosa y celosa. Fue a por Wendy a causa de una pura animosidad irracional. Ahora mismo le seguía a usted por la escalera, disfrutando, refocilándose con el espectáculo.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Joe.

“Estaba aquí, esperando, y no pudo verlo”, pensó. “Además: ¿cómo sabía que yo vendría a esta habitación precisamente?

Lanzando un sonoro suspiro, Runciter explicó:

—No se lo he dicho todo. En realidad... —Se interrumpió, mordiéndose con fuerza el labio inferior, y prosiguió—: Lo que le he contado no es exactamente la verdad. Yo no mantengo con este mundo en el que se hallan la misma relación que ustedes. Es cierto, Joe: sé demasiadas cosas. Es porque vengo de fuera.

—Manifestaciones...

—Sí, manifestaciones que proyecto sobre este mundo, acá y allá, en puntos y momentos estratégicos, como la citación del policía de tráfico, la etiqueta del...

—Pero el anuncio que vi en el televisor no estaba grabado: era en directo.

Runciter asintió a regañadientes.

—¿Qué diferencia hay entre su situación y la nuestra? —inquirió Joe.

—¿De veras quiere saberlo?

—Sí. —Joe se aprestó a escuchar lo que ya sabía.

—Yo no estoy muerto, Joe. Las inscripciones que vio en el aseo y el cuarto de baño del anuncio decían la verdad: todos ustedes están congelados, mientras que yo... —Runciter hablaba con visible embarazo, evitando la mirada de Joe—. Yo estoy en este momento en una de las salas de entrevistas del Moratorio de los Amadísimos Hermanos. Ustedes están interconectados, mantenidos en grupo, de acuerdo con mis instrucciones. Y aquí me tiene ahora, tratando de establecer contacto con ustedes. Esta es la razón de que yo hable de “venir de fuera” y usted de “manifestaciones”. Desde hace una semana intento situarles en el plano de la semivida, pero no lo consigo: se apagan uno tras otro.

Después de un silencio, Joe preguntó:

—¿Y Pat Conley?

—Está con ustedes, semiviva y conectada al grupo.

—¿Se deben las regresiones a su facultad, o al declive de la semivida? —Joe esperó, tenso, la respuesta de Runciter: desde su posición, de ella dependía todo.

Runciter dio un bufido, hizo una mueca y dijo secamente:

—Se debe al decaimiento normal. Ella, mi esposa, ya lo experimentó. Les ocurre a todos quienes ingresan en el estado de semivida.

—Miente —le espetó Joe, sintiéndose penetrar por un cuchillo.

Clavando la mirada en él, Runciter dijo:

—Santo Dios, Joe: le salvé la vida, y ahora me he abierto paso hasta usted para colocarle en pleno régimen de semivida. Es posible incluso que siga en él por tiempo indefinido. Si yo no hubiera esperado en este cuarto hasta verle entrar a rastras por esa puerta... Vamos, caramba, no sé... De no ser por mí, ahora estaría usted tumbado en esta cama desvencijada, hecho un fiambre. Soy Glen Runciter, su jefe, el único que lucha por salvarles, el único habitante del mundo real que hace algo por comunicarse con ustedes. —Siguió mirando a Joe con encendida indignación no exenta de sorpresa; de una sorpresa herida, perpleja, como si no atinara a desentrañar lo que ocurría—. Esa chica, la tal Pat Conley, le habría matado como mató a... —Calló de improviso.

—Como mató a Wendy, Al, Edie Dorn, Fred Zafsky y a estas horas posiblemente a Tito Apostos.

En voz baja pero bien controlada, Runciter dijo:

—Esta situación es muy complicada, Joe, y no admite respuestas simplificadoras.

—Usted no posee las respuestas, he aquí el problema —dijo Joe—. Inventó algunas; tenía que hacerlo a fin de justificar su presencia aquí. Esta y las otras apariciones, las llamadas “manifestaciones”.

—La palabra no es mía: usted y Al se la sacaron de la manga —protestó Runciter—. No me eche la culpa de lo que...

—No conoce usted más respuesta que yo acerca de lo que nos sucede y de quien nos ataca. Usted no puede explicarme con qué nos las vemos porque lo ignora.

—Sé que estoy vivo. Sé que estoy sentado en esta sala de visitas del moratorio.

—En esta ciudad, en la Funeraria del Humilde Pastorcillo está su cadáver en un féretro —dijo Joe—. ¿Lo ha visto?

—No, pero en realidad...

—Se deterioró: perdió masa, como los de Wendy, Al y Edie, como hará el mío dentro de poco. Y a usted le sucederá exactamente lo mismo.

—Pero en el caso de usted llegué yo con el Ubik... —Runciter se interrumpió una vez más: en su rostro se formó una expresión indescifrable, mezcla de temor, comprensión profunda de su realidad y... algo que Joe no acertó a definir—. Yo le traje el Ubik.

—¿Qué es el Ubik? —quiso saber Joe. No hubo respuesta—. Yo no lo sé, pero usted tampoco sabe qué es ni cómo actúa, ni por qué. Ni siquiera sabe de dónde sale.

Tras un largo y angustiado silencio, Glen Runciter concedió:

—Tiene usted razón, Joe; toda la razón. —Encendió con manos trémulas otro cigarrillo—. Pero yo quería salvarle la vida, eso sí es verdad. Diablos, me gustaría salvarles la vida.

El cigarrillo le resbaló de entre los dedos, cayó y rodó por el suelo. Con visibles dificultades, Runciter se agachó para recogerlo. Su semblante reflejaba de forma inequívoca una extremada pesadumbre, rayana en la desesperación.

—Nosotros estamos metidos en esto hasta el cuello, mientras usted se sienta ahí fuera, en el moratorio, incapaz de interrumpir el proceso que nos arrastra —dijo Joe.

—Así es.

—Lo que me rodea es hielo sintético, pero hay algo más, algo que no es propio de la semivida —prosiguió Joe—. Tal como adivinó Al, aquí actúan dos fuerzas simultáneas: una que nos ayuda y una que nos ataca para destruirnos. Usted colabora con la persona, el ente o la potencia que trata de ayudarnos; es ella quien le proporcionó el tubo de Ubik.

—Sí.

—Por lo tanto, no sabemos todavía quién nos ataca ni quién nos defiende. Ustedes los de fuera lo ignoran, y nosotros también. Acaso sea Pat.



—Creo que sí, creo que ahí está el enemigo —afirmó Runciter.

—Puede ser, pero no lo creo —repuso Joe.

“No lo creo: no creo que estemos cara a cara con el enemigo, ni tampoco con quien está a nuestro favor, pero sí creo que pronto lo estaremos. Pronto sabremos quién es quién”, pensó.

—Dígame: ¿está totalmente seguro de ser, sin sombra de duda, el único superviviente? Píenselo antes de responder.

—Como le dije, Zoe Wirt...

—Me refiero a nosotros —precisó Joe—. Zoe Wirt no está presente en este curso temporal. Por ejemplo, Pat Conley.

—Pat Conley resultó con el tronco aplastado. Murió de choque traumático, con un pulmón reventado y múltiples lesiones internas, incluyendo serios daños en el hígado y una triple fractura de pierna. Físicamente está a cuatro pies de usted; me refiero a su cuerpo, claro.

—¿Y los otros, también están metidos en hielo en el Moratorio de los Amadísimos Hermanos?

—Con una sola excepción —precisó Runciter—: Sammy Mundo que sufrió lesiones cerebrales muy serias y cayó en un coma del que nunca saldrá. La corteza cerebral...

—Entonces, está vivo; no está congelado, no está aquí.

—Decir “vivo” es mucho decir. Le tomamos encefalogramas y no se observó la menor actividad cortical. Es un puro vegetal, sin personalidad, consciencia ni movilidad. En el cerebro de Mundo no se produce nada, ni por asomo —afirmó Runciter.

—Por lo tanto, no se le ocurrió mencionarle siquiera.

—Acabo de hacerlo.

—Respondiendo a una pregunta mía —puntualizó Joe, quien, tras meditar unos instantes, preguntó—: ¿Está muy lejos de nosotros? ¿Está en Zurich?

—Sí, está aquí en Zurich, en el hospital Carl Jung a un cuarto de milla del moratorio.

—Contrate a un telépata, Runciter, o utilice a G.G. Ashwood: que lo examine a fondo —ordenó Joe.

“Un crío, un crío inestable e inmaduro, en posesión de una personalidad peculiarmente cruel y todavía sin definir. Esta puede ser la explicación”, se dijo. “Esto encaja con lo que estamos viviendo, con esta caprichosa serie de fenómenos contradictorios, este constante arrancarnos y devolvernos las alas, las momentáneas detenciones del proceso, como este reposo en un cuarto de hotel después de la ascensión por la escalera.”

Runciter lanzó un suspiro.

—Ya lo hicimos. En estos casos de lesión cerebral, se intenta siempre establecer comunicación telepática con el sujeto. No obtuvimos resultado alguno: nada, ni rastro de actividad en el lóbulo frontal. Lo siento, Joe.

Meneó la imponente cabeza en un gesto de simpatía que tuvo algo de tic. Era obvio que compartía la decepción de Joe.


Quitándose del oído el disco de plástico del auricular, Runciter dijo por el micrófono:

—Luego hablaremos.

Desconectó los dispositivos de comunicación, se levantó con cierta dificultad y contempló durante breves momentos la forma difusa e inmóvil de Joe Chip, envuelto en hielo en el interior de la caja transparente. Rígido y silencioso, como estaría por toda la eternidad.

—¿Me llamaba, señor? —Herbert Schoenheit von Vogelsang apareció en la sala de entrevistas—. ¿Devuelvo al señor Chip donde los otros? ¿Terminó ya?

—Sí, ya terminé.

—¿Consiguió...?

—Sí, perfectamente. Esta vez nos oíamos muy bien.

Encendió un cigarrillo: hacía muchas horas que no disponía de un momento para fumar. La tarea de ponerse en contacto con Joe Chip, ardua y prolongada, le había agotado.

—¿Tiene anfetaminas? —solicitó al dueño del moratorio.

—En el vestíbulo contiguo hay una máquina distribuidora —le indicó el obsequioso sujeto.

Runciter salió de la sala y se dirigió hacia el aparato que servía las anfetaminas: introdujo una moneda, accionó el mando de selección y por la correspondiente abertura cayó con un ruidito metálico un pequeño objeto que le era muy familiar.

La píldora le hizo sentirse mejor. Cayó entonces en la cuenta de que tenía una cita con Len Niggelman dos horas más tarde. Se preguntó si llegaría a tiempo. “Han pasado demasiadas cosas y todavía no estoy listo para presentar a la Sociedad un informe en toda regla: llamaré a Niggelman y le pediré un aplazamiento”, decidió.

Utilizando un videófono público, llamó a la Confederación Norteamericana.

—Por hoy no puedo hacer más, Len —dijo—. Acabo de pasar doce horas tratando de comunicarme con el personal que tengo congelado y estoy exhausto. ¿Lo dejamos para mañana?

—Cuanto antes nos presente la declaración oficial, antes podremos iniciar el procedimiento contra Hollis. Los de la asesoría jurídica me dicen que será coser y cantar: apenas disimulan su impaciencia.

—¿Cree que les aceptarán una denuncia civil?

—Civil y criminal. Ya han hablado con el fiscal del distrito de Nueva York, pero mientras no nos presente un informe en toda regla, legalizado ante notario, no...

—Se lo haré llegar mañana, en cuanto haya dormido un poco —prometió Runciter—. Todo este lío ha acabado conmigo, o poco menos. En especial lo referente a Joe Chip. Tengo desarbolada la organización y pasaré meses o quizás años sin estar en situación de reanudar la actividad comercial normal.

“Dioses, ¿de dónde sacaré unos inerciales aptos para remplazar a los que he perdido?”, se preguntó. “¿Y dónde habrá un técnico de mediciones tan competente como Joe?”

Niggelman le dijo:

—De acuerdo, Glen. Descanse esta noche y pásese mañana por mi despacho. Pongamos a las diez, hora de usted.

—Gracias —dijo Runciter.

Colgó y al instante se derrumbó en un diván de plástico rojo que había al otro lado del pasillo. “Nunca encontraré un técnico como Joe. Para Runciter Asociados, esto va a ser el fin”, se dijo con amargura.

El propietario del moratorio hizo acto de presencia, en otra de sus proverbiales intrusiones.

—¿Desea que le traiga algo, señor Runciter? ¿Una taza de café, otra anfetamina, o quizás un superestimulante para doce horas? Tengo en mi despacho unos para veinticuatro que le dejarían listo para la lucha durante un montón de horas, toda la noche incluso.

—Lo que quiero hacer toda la noche es dormir —le cortó secamente Runciter.

El propietario del moratorio se alejó a toda prisa, dejándole solo. “¿Por qué escogería yo este lugar?”, se preguntó Runciter. “Me imagino que porque Ella está aquí. Y después de todo, es el mejor moratorio: por eso es que la tengo aquí, y también a los inerciales. Pensar que no hace tanto tiempo estábamos todos a este lado del cristal... ¡qué catástrofe!”

De repente, se acordó de su esposa. “Debería hablar otra vez con Ella, sólo un momento, para ponerla al corriente de lo que ocurre. Al fin y al cabo, le prometí hacerlo.”

Se levantó y salió en busca del dueño del establecimiento.

“¿Toparé otra vez con ese condenado de Jory, o podré sintonizar con Ella el tiempo suficiente para contarle lo que me dijo Joe? Cada vez resulta más difícil retenerla, con Jory creciendo como lo hace, expandiéndose y nutriéndose de ella y posiblemente de otros semivivos... Los del moratorio deberían tomar cartas en el asunto; constituye una amenaza permanente para cuantos reposan en este lugar. ¿Por qué le permiten seguir? Será porque no pueden impedírselo. Acaso no haya existido hasta hoy un semivivo de las características de Jory.”

15
¿Será que tengo mal aliento, Tom?

Mira, Ed: si tanto te preocupa, prueba con Ubik, el nuevo dentífrico de extraordinario poder germicida. Empleado según las instrucciones, resulta totalmente inofensivo.
Se abrió la puerta de la vetusta habitación y entró Don Denny, acompañado de un hombre de mediana edad con apariencia responsable y el cabello gris pulcramente arreglado. Denny, con aprensión que se traslucía en su semblante, preguntó:

—¿Cómo se encuentra, Joe? ¿Por qué no se ha acostado? Métase en la cama, por el amor de Dios.

—Acuéstese, por favor, señor Chip —dijo el médico poniendo el maletín encima del tocador y abriéndolo—. Aparte de los nervios y de las dificultades respiratorias, ¿le duele algo? —Se acercó a la cama con un anticuado estetoscopio colgándole del cuello y un aparatoso instrumento para medir la presión arterial—. ¿Hay algún problema cardíaco en su historia clínica, o en la de su padre, señor Chip? Desabróchese la camisa, por favor.

Acercó una silla de madera, sentándose en ella con aire expectante. Joe dijo:

—Ahora estoy perfectamente.

—Deje que el doctor le ausculte —dijo Denny.

—Muy bien —transigió Joe, tendiéndose sobre la cama y desabrochándose—. Runciter se las ha arreglado para ponerse en contacto conmigo —informó a Denny—: nosotros estamos metidos en hielo artificial y él está al otro lado, tratando de establecer contacto con nosotros. Hay alguien que quiere eliminarnos. No es Pat, o al menos, si lo es, no actúa sola. Ni Runciter ni ella saben qué es lo que sucede. ¿No vio usted a Runciter al abrir?

—No —respondió Denny.

—Estaba sentado al otro extremo de la habitación, hace un par de minutos. Me dijo “Lo siento, Joe” y eso fue lo último que le oí antes de que cortara la comunicación y desapareciera por las buenas. Busque en el tocador, por si se dejó el frasco de Ubik.

Denny buscó en el mueble y alzó el bote coloreado.

—Aquí está, pero parece vacío —dijo, agitándolo.

—Está casi vacío. Rocíese con lo que queda, ¡vamos! —ordenó, gesticulando con énfasis.

—No hable, señor Chip —dijo el médico, que le auscultaba con el estetoscopio. Le arremangó y procedió a arrollar alrededor de su brazo la banda hinchable del manómetro.

—¿Cómo tengo el corazón? —preguntó Joe.

—Parece normal, aunque un poco acelerado —respondió el médico.

—¿Lo ve? Ya me he recobrado —dijo Joe a Don Denny, quien le comunicó:

—Los otros se están muriendo, Joe.

Incorporándose a medias, Chip preguntó:

—¿Todos?

—Todos los que quedan. —Denny sostenía en la mano el aerosol, sin hacer uso de él.

—¡Pat también?

—Al bajar del ascensor en el segundo piso me he encontrado con ella. Empezaba a sufrir el ataque y parecía terriblemente sorprendida; aparentaba no creer que fuera posible. —Dejó el bote de Ubik—. Supongo que estaría convencida de hacerlo todo ella, con su facultad.

—Exacto, eso es lo que creía. ¿Por qué no emplea el Ubik, Denny?

—¿Para qué? Vamos a morir de todos modos, Joe; usted lo sabe tan bien como yo. —Se quitó las gafas de concha y se restregó los ojos—. Después de contemplar el estado de Pat fui a las otras habitaciones y vi al resto de nosotros. Por eso he tardado tanto en llegar: hice que el doctor Taylor les examinara. Todavía se me hace increíble que se consuman tan aprisa. La aceleración del proceso ha sido condenadamente fuerte. Sólo en una hora...

—Aplíquese el Ubik o se lo aplicaré yo —le conminó Joe.

Don Denny volvió a tomar el bote, lo agitó y dirigió hacia sí el orificio del pulverizador.

—Muy bien, lo haré, si es esto lo que quiere, pero sigo sin ver qué objeto tiene. Nos acercamos al final, ¿no? Todos los otros están muertos. Sólo quedamos usted y yo, ¿no es así? El efecto del Ubik cesará dentro de unas horas y usted no dispondrá de más. Con lo cual sólo quedaré yo.

Resuelto a hacerlo, Denny oprimió el botón que coronaba el tubo y vio formarse a su alrededor una nube de vapor refulgente, que palpitaba saturada de danzarinas partículas de luz metálica. Don Denny desapareció en ella, oculto por la aureola radiante de excitación érgica.

Abandonando por un momento la tarea de medir la presión arterial de Joe, el doctor Taylor torció la cabeza para observar el fenómeno. Joe y él vieron condensarse el vapor: había formado en la alfombra un charco brillante y goteaba trazando franjas verticales de varios colores por la pared.

La nube que le ocultaba se disipó por fin.

Quien estaba de pie sobre la mancha que el vapor de Ubik había dejado al condensarse en la deslustradora alfombra no era Don Denny.

Era un adolescente de esbeltez algo ambigua y ojos como cuentas negras, desiguales bajo unas pobladas cejas. Lucía una indumentaria totalmente anacrónica: camisa blanca de fibra sintética, pantalones vaqueros y pantuflas de cuero. Eran ropas propias de la mitad del siglo. Joe observó una sonrisa en el rostro alargado; era una sonrisa echada a perder, una mueca frustrada antes de definirse y convertida en algo muy próximo a un rictus de astucia. No había en su figura dos rasgos que armonizaran: las orejas presentaban perfiles demasiado sinuosos para casar con sus ojos de camaleón; el cabello lacio se contraponía a las enmarañadas cerdas de las cejas y, para Joe, la nariz era demasiado delgada, larga y afilada. Ni siquiera el mentón lograba un mínimo equilibrio con las otras facciones: presentaba una profunda muesca, una hendidura que sin duda penetraba en el hueso. Podía pensarse -y de hecho Joe lo pensó- que el creador de aquel ser le había asestado un golpe destinado a acabar con él; pero la materia, la sustancia que lo fundamentaba, resultó demasiado resistente: el niño no se había desmembrado y seguía viviendo, enfrentado incluso al poder que lo creara, del que se burlaba como se burlaba de todo lo demás.

—¿Quién eres tú? —preguntó Joe.

El muchacho se retorció las manos en una acción probablemente destinada a prevenir un tartamudeo.

—A veces me llamo Matt y a veces Bill, pero casi siempre soy Jory. Este es mi verdadero nombre: Jory. —Al hablar mostraba una dentadura grisácea y desgastada, por la que asomaba en ocasiones una lengua pastosa.

Tras una pausa, Joe le preguntó:

—¿Dónde está Denny? Nunca estuvo en este cuarto, ¿no es así?

“Estará muerto, como los otros”, pensó.

—Me lo comí hace mucho tiempo —respondió Jory—, justo al principio, antes de que llegaran de Nueva York. Primero me comí a Wendy Wright; Denny fue el segundo.

—¿Qué quieres decir con lo de “comértelos”?

“¿Lo dirá en su sentido literal?”, se preguntó Joe, estremeciéndose de repulsión; un impulso animal le invadió, llenándole por completo el organismo, como si éste quisiera encogerse hasta desaparecer. Logró contenerlo, aunque no del todo.

—Hice lo que hago siempre. Es difícil de explicar, pero lo he venido haciendo durante mucho tiempo con un montón de semivivos. Me como su vida, o lo que queda de ella. En cada persona hay muy poca, y por lo tanto me hacen falta muchas. Antes aguardaba a que llevaran algún tiempo en la semivida, pero ahora las necesito sin espera si quiero seguir vivo. Si se acerca, abriré la boca para que escuche las voces. No todas, claro: sólo las de los últimos que he tragado. Usted ya sabe quiénes son. —Se hurgó con la uña uno de los incisivos superiores, con la cabeza inclinada a un lado, atento a la reacción de Joe—. ¿No tiene nada que decir?

—Fuiste tú quien me hizo entrar en la agonía cuando llegué al vestíbulo del hotel, ¿no es cierto?

—Sí, fui yo, no Pat; a ella me la comí en el rellano, junto a la puerta del ascensor, y luego devoré a los otros. Creí que usted estaba muerto. —Hizo girar entre sus dedos el tubo de Ubik que aún sostenía—. No entiendo qué es esto. ¿Qué contiene, y de dónde lo saca Runciter? —frunció el ceño—. Pero tiene usted razón, Runciter no puede elaborarlo porque está en el exterior. Esto procede de nuestro medio, y que del exterior no pueden llegar más que palabras.

—Así pues, no puedes hacerme nada —dijo Joe—. No puedes comerme porque el Ubik lo impide.

—No podré durante algún tiempo, pero el efecto del Ubik pasará.

—No puedes asegurarlo: no sabes qué es ni su procedencia.

“Quisiera saber si puedo matarle; parece un chico delicado, pero él es la fuerza que aniquiló a Wendy”, se dijo. “Estoy frente a él, cara a cara, como sabía que estaría tarde o temprano. Destruyó a Wendy, a Al, al verdadero Don Denny, incluso al Runciter cadáver que yacía en el féretro, en el salón mortuorio; debía de quedar en él o cerca de él algún crepitar residual de protofasones que le atrajo.”

El médico dijo:

—No he podido terminar de tomarle la presión, señor Chip. Tiéndase, hágame el favor.

Joe le miró y preguntó a Jory:

—¿Acaso no ha visto cómo te transformabas, no ha oído tus palabras?

—El doctor Taylor es una creación de mi mente, como todos los elementos que componen este pseudomundo.

—No lo creo —dijo Joe, y se dirigió al médico—: usted oyó lo que dijo, ¿no, doctor?

El médico se esfumó de repente con un leve silbido seguido de un estampido hueco.

—¿Lo ve? —dijo Jory, ufano.

—¿Qué harás cuando termines conmigo? —preguntó Joe al muchacho—. ¿Seguirás conservando este mundo, o pseudomundo, como tú lo llamas?

—Claro que no. No tendría ningún sentido.

—Entonces, es todo para mí; todo un mundo exclusivamente para mí.

—No es muy grande —dijo Jory—. Consta de un hotel en Des Moines y una calle con algunos coches y un poco de gente, la que se ve por la ventana, además de algún que otro edificio, para que tenga algo que contemplar cuando se asome.

—Luego, ya no conservas nada de Nueva York, ni de Zurich, ni...

—¿Para qué? En esos lugares no hay nadie. Dondequiera que fuesen usted o los otros miembros del grupo, yo edificaba una realidad tangible que correspondiera a sus previsiones mínimas. Cuando usted voló de Nueva York hasta aquí creé algunos cientos de millas de paisaje rural, pueblo tras pueblo. Resultó agotador. Tuve que comer mucho para resistirlo. De hecho, fue ésta la causa de que consumiera tan pronto a los otros después de llegar usted. Tenía que recuperar energías.

—¿Y por qué el año treinta y nueve y no nuestro verdadero mundo, el de mil novecientos noventa y dos?

—Por el esfuerzo que representa. No puedo impedir que los objetos sufran regresiones. Hacerlo todo yo solo fue demasiado. Primero construí el mundo de mil novecientos noventa y dos, pero las cosas se estropeaban: las monedas, la leche, los cigarrillos, aquellos fenómenos que ustedes advirtieron. Encima vino Runciter a abrirse paso desde fuera, lo cual lo hizo todo mucho más difícil para mí. Habría sido mejor que no se entrometiera —soltó una risita de astucia—. De todos modos, la regresión no me preocupaba; sabía que usted la atribuiría a Pat Conley, porque se parecía a los efectos del funcionamiento de su facultad. Pensé que los demás la matarían. Me habría gustado mucho —añadió, con una risa más audible.

—¿De qué sirve mantener en existencia este hotel y esta calle únicamente para mí, ahora que sé lo que son?

—Siempre lo hago así —dijo Jory manteniendo los ojos muy abiertos.

—Voy a matarte. —Joe se abalanzó hacia el muchacho con movimientos escasamente coordinados. Cayó sobre él con las manos abiertas, tratando de aferrarle el cuello y buscándole la tráquea.

Con un gruñido de furia, Jory le dio una dentellada. Sus incisivos, grandes como palas, se clavaron profundamente en la diestra de Joe. No soltaban su presa. Jory levantó la cabeza con la mano de su adversario en las fauces para mirarle sin pestañear. Los dientes se hundieron en la carne y Joe se sintió sumergido en el dolor. “Me va a devorar”, comprendió.

—No puedes hacer esto —exclamó, golpeando sin descanso la nariz de Jory—: el Ubik te impide acercarte a mí —dijo, atacándole los ojos—. No puedes, no puedes...

Jory masculló algo ininteligible, moviendo la mandíbula como una cizalla, triturándole la mano hasta que Joe fue incapaz de soportar el dolor y le propinó una patada. Los dientes soltaron la presa y Joe retrocedió, viendo cómo manaba la sangre de los orificios causados por la mordedura.

—¡Santo Dios! —gritó horrorizado—. No puedes hacer conmigo lo que hiciste con ellos. —Cogió el frasco de Ubik y apuntó la válvula hacia el amasijo sangrante en que se había convertido la mano. Apretó el botón rojo de plástico y fluyó de él un delgado chorro de partículas que se depositó formando una película sobre la carne desgarrada. El dolor desapareció al instante y la herida sanó ante sus propios ojos.

—Y usted no puede matarme —dijo Jory, sin perder su siniestra sonrisa.

—Me voy —dijo Joe. Se acercó a la puerta con paso inseguro y abrió. Salió al sucio descansillo y echó a andar con precaución, paso a paso. El suelo parecía sólido, no aparentaba pertenecer a ningún mundo irreal.

—No se aleje mucho —dijo Jory a su espalda—, no puedo mantener en actividad un área demasiado amplia. Por ejemplo, si usted tuviera que cubrir un largo recorrido en automóvil, tarde o temprano llegaría a un punto en el que la carretera desaparecería. No sería nada agradable para usted ni para mí.

—No tengo nada que perder. —Joe llegó a la puerta del ascensor y pulsó el botón. Jory insistió:

—Los ascensores me crean muchas dificultades, son muy complicados. Será mejor que baje por la escalera.

Joe esperó un poco y se dio por vencido. Siguiendo el consejo de Jory, emprendió el descenso por la escalera, la misma que había cubierto poco antes al precio de un esfuerzo sobrehumano.

“Bien, ya sé cuál es una de las dos fuerzas en acción”, recapituló. “Jory es quien nos destruye; ya ha aniquilado al grupo entero, excepto a mí. Detrás de Jory no hay nada: todo termina en él. ¿Llegaré a verme cara a cara con el otro poder? Probablemente, cuando lo haga ya nada tendrá importancia”. Volvió a mirarse la mano. Estaba completamente sana.

Llegó al vestíbulo y dio una ojeada a su alrededor, observando a las personas que lo ocupaban y contemplando la gran lámpara de cristal que pendía del techo. En muchos aspectos, Jory había realizado un trabajo excelente, a pesar de la regresión de las cosas hacia estadios primitivos. Tanteó el suelo con el pie. “Perfectamente real, impenetrable. Jory debe de tener una gran experiencia; habrá hecho esto muchas veces.”
Se acercó al mostrador y preguntó al recepcionista:

—¿Qué restaurante me recomienda?

—Siga calle abajo y tuerza a mano derecha —dijo el empleado, dejando por unos instantes la tarea de ordenar la correspondencia—. El Matador. Le gustará, señor. Es un restaurante excelente.

—Estoy solo en la ciudad —dijo Joe sin pensarlo dos veces—. ¿Puede usted proporcionarme compañía? ¿Chicas?

El empleado respondió en tono cortante:

—En este hotel no ofrecemos esa clase de servicios, señor.

—Ya veo. Es un hotel decente, de ambiente familiar.

—Eso pretendemos, señor.

—Sólo estaba poniéndole a prueba. Quería saber exactamente en qué clase de hotel me alojo.

Se apartó del mostrador, cruzó el vestíbulo, descendió la amplia escalinata de mármol y salió a la calle por la puerta giratoria.

16
Dé comienzo al nuevo día con un tazón de maíz tostado Ubik, el sabroso y nutritivo cereal maduro, dorado y crujiente. El maíz tostado Ubik, la nueva delicia para el paladar, está... ¡para chuparse los dedos!

No exceda la cantidad aconsejada.
Le impresionó la diversidad de automóviles. Vio representados modelos de muchos años y muchas formas. El detalle de que la mayoría estuvieran pintados de negro no podía atribuirse a un capricho de Jory: era auténtico. Pero, ¿cómo lo supo?

“Resulta muy curioso el conocimiento que tiene Jory de los detalles más insignificantes del mundo de 1939, una época en la que no vivía ninguno de nosotros excepto Runciter”, reflexionó.

No tardó en comprender la razón. Jory le había dicho la verdad: él no había construido aquel mundo, sino el de su propia época, o más bien una fantasmagórica reproducción. La regresión hacia formas anteriores no era cosa suya, sino que tenía lugar a pesar de sus esfuerzos. Era un atavismo natural que se ponía en marcha al menguar las fuerzas de Jory. “Debe de suponer un esfuerzo tremendo, tal como ha dicho. Es sin duda la primera vez que se ve forzado a crear un mundo tan complejo, para tantas personas a la vez. No es nada habitual que se interconecten tantos semivivos. Le hemos puesto bajo una presión anormal y lo estamos pagando.”

Vio pasar un traqueteante taxi Dodge y le hizo una señal con la mano; el vehículo se arrimó ruidosamente a la acera. “Voy a comprobar lo que dijo acerca de los límites de este semimundo”, decidió.

—Lléveme de paseo por la ciudad. Vaya donde mejor le parezca: quiero ver todos los edificios, todas las calles y toda la gente que pueda. Cuando me haya mostrado todo Des Moines, quiero que me lleve a la localidad más cercana.

—No hago carreras entre ciudades, señor —dijo el conductor, abriéndole la puerta—, pero estaré encantado de darle un paseo por Des Moines. Es una ciudad muy bonita. Usted no es de aquí, ¿verdad?

—No, soy de Nueva York —respondió Joe mientras subía al taxi.

El vehículo se metió en el tráfico.

—¿Qué se dice de la guerra, por Nueva York? —preguntó el taxista—. ¿Creen que vamos a intervenir? Parece que Roosevelt...

—No me importan lo más mínimo la política ni la guerra —cortó secamente Joe.

Pasaron un rato en silencio.

Mientras contemplaba los edificios, la gente y los coches, Joe no cesaba de preguntarse cómo podía mantener Jory todo aquello. “Tantos y tantos detalles... Pronto llegaremos al límite; ya debe de estar cerca.”

—Dígame: ¿hay algún prostíbulo aquí en Des Moines?

—No, señor.

“Acaso Jory no sepa cómo organizarlo al ser tan joven. O quizá no lo apruebe.” De pronto se sintió muy fatigado. “¿A dónde me dirijo, y para qué?”, se preguntó. “¿Para probarme a mí mismo que Jory dice la verdad? Ya sé que es verdad: vi esfumarse al médico y vi salir a Jory de dentro de Don Denny. Debería tener suficiente. Ahora no hago más que someterle a una nueva tensión, con lo cual sólo conseguiré aumentar su voracidad. Será mejor dejarlo. Esto no tiene ningún objeto.”

Y, como el propio Jory anunció, pronto cesarían los efectos del Ubik. “No quiero pasar mis últimas horas dando vueltas por Des Moines. Debe haber algo más.”

Distinguió en la acera a una muchacha que caminaba con paso desenvuelto y despreocupado; parecía entretenerse mirando escaparates. Era una joven muy hermosa, con dos simpáticas colas rubias, vestida con un jersey abierto sobre la blusa, falda de un rojo intenso y zapatos de tacón alto.

—Pare allí, junto a la chica rubia —ordenó al taxista.

—No le dirigirá siquiera la palabra —pronosticó éste—. Llamará a un guardia.

—No importa —repuso Joe; a aquellas alturas, ya casi nada le importaba.

El Dodge aminoró la velocidad y frenó junto a la acera con un chirrido de protesta de los neumáticos. La chica dirigió la mirada hacia el coche.

—Buenas, señorita —la saludó Joe.

Ella le observó con curiosidad, agrandando un poco los ojos azules de mirada cálida e inteligente, sin mostrar rechazo ni alarma. Parecía más bien divertirle el gesto de Joe, pero sin asomo de desdén, de una forma amistosa.

—¿Sí? —dijo.

—Voy a morirme —dijo Joe.

—¡Dios mío! —exclamó ella con preocupación—. ¿De veras va...?

—Nada de eso, no está enfermo —intervino el taxista—. Anda en busca de mujeres y sólo quiere conquistarla.

La chica soltó una carcajada, sin ninguna hostilidad, y no se alejó.

—Es casi la hora de cenar —dijo Joe—. ¿Me permite llevarla a un restaurante? Me han dicho que el Matador es un buen sitio.

Su fatiga había aumentado; sentía todo su peso en los hombros y advirtió con mudo y horrorizado desaliento que era la misma clase de fatiga que se había apoderado de él en el vestíbulo del hotel, después de mostrar la citación a Pat. Y el frío: la sensación de estar envuelto en hielo sintético volvía sigilosamente a dominarle. “Están pasando los efectos del Ubik. Ya no me queda mucho”, se dijo.

Algo de ello debió de reflejarse en su rostro, porque la muchacha se inclinó para mirarle a través de la ventanilla.

—¿Se siente mal? —preguntó.

Joe respondió con esfuerzo:

—Me estoy muriendo, señorita.

La herida que tenía en la mano empezaba a palpitar y las huellas de la mordedura iban haciéndose visibles. Aquello bastaba para llenarle de pánico.

—Dígale al taxista que le lleve al hospital.

—¿No podríamos ir juntos a cenar?

—¿Es eso lo que quiere, estando tan..., tan enfermo? ¿De veras está enfermo? —Abrió la puerta y añadió—: Quiere que le acompañe al hospital, ¿no es eso?

—No, al Matador —dijo Joe—. Pediremos filete de topo marciano a la brasa. —Recordó que en aquella época no se conocía aún tan delicioso bocado de importación—. No, pediremos bistec de ternera. ¿Le gusta el bistec de ternera?

La joven subió al taxi y dijo al conductor:

—Quiere ir al Matador.

—Muy bien, señorita.

El taxi enfiló la calzada y al llegar al primer cruce viró en redondo. “Vamos camino del restaurante”, pensó Joe. “No sé si llegaré.” El frío y el cansancio se habían adueñado por completo de él: sentía apagarse uno a uno todos los procesos de su fisiología. Sus órganos carecían de futuro: el hígado no necesitaba ya producir glóbulos rojos, los riñones no tenían por qué segregar residuos y los intestinos no tenían una función precisa. Sólo persistía el corazón, latiendo penosamente, y la dificultad que hallaba en respirar: cada vez que inspiraba sentía en el pecho el peso de un bloque de cemento. “Es mi lápida”, se dijo. La mano volvía a sangrar; veía gotear lentamente un fluido espeso y oscuro.

—¿Un Lucky? —ofreció la joven, tendiéndole un paquete de cigarrillos—.“Dorados al sol de Virginia”, como dice el anuncio. El que dice “¡Qué placer fumar un Lucky!”, no aparecerá hasta el año...

—Me llamo Joe Chip —dijo Joe.

—¿Quiere que le diga cómo me llamo yo?

—Sí —dijo Joe, cerrando los ojos.

Ya no podía hablar, o al menos no se sentía capaz de hacerlo durante los minutos siguientes. Aun así, alcanzó a preguntar:

—¿Le gusta Des Moines? ¿Hace mucho que vive aquí? —Escondió la mano para que ella no la viera.

—Parece muy cansado, señor Chip —dijo la muchacha.

—No es nada —dijo Joe con un gesto vago.

—Yo no opino lo mismo. —La joven abrió su bolso y revolvió con viveza su contenido—. Mire, yo no soy una simple deformación de Jory; yo no soy como él —señaló al taxista— ni como esas casitas que ve, ni esas tiendas que hay a lo largo de la calle; yo no soy una de esas personas que ve transitar en coches antidiluvianos. Tenga, señor Chip, esto es para usted dijo, tendiéndole un sobre que había sacado del bolso—. Ábralo ahora mismo. No deberíamos habernos demorado tanto.

Joe rasgó el sobre con dedos torpes. Halló en su interior un certificado de aspecto solemne, cargado de orlas. Sin embargo, el texto le bailaba ante los ojos: estaba demasiado cansado para leerlo.

—¿Qué dice? —preguntó a la joven, poniéndole el papel en el regazo.

—Es de la empresa que fabrica el Ubik —explicó ella—. Es un vale por un suministro vitalicio y gratuito del producto. Es gratuito porque conozco sus problemas monetarios; conozco su llamémosle idiosincrasia. Al dorso hay una relación de las farmacias que lo sirven. En Des Moines hay dos, y no están abandonadas. Propongo que vayamos a una de ellas antes de cenar.

—Se inclinó hacia delante y mostró al taxista un papel que llevaba escrito—: Llévenos a esta dirección, y dese prisa porque estarán a punto de cerrar.

Joe se reclinó en el asiento, boqueando.

—No se inquiete: llegaremos a tiempo —dijo, dándole una palmadita en el brazo para tranquilizarle.

—¿Quién es usted? —preguntó Joe.

—Me llamo Ella. Ella Hyde de Runciter. Soy la mujer de su jefe.

—Sí, también usted está envuelta en hielo, como nosotros.

—Lo he estado durante algún tiempo, como usted sabe. Pronto voy a renacer en otra matriz, creo. Eso es lo que dice Glen, al menos. A veces sueño con una luz rojiza, pero es mala: no es la matriz moralmente adecuada para nacer de ella —dijo, subrayando la última frase con una risa cálida e intensa.

—Usted es la otra fuerza —dijo Joe—: Jory nos destruye y usted trata de ayudarnos. Detrás de usted no hay nadie, del mismo modo que no hay nadie detrás de Jory. He llegado a los últimos entes que intervienen en todo esto.

Ella objetó con cierta ironía:

—Yo no me considero un “ente”, me considero más bien Ella Runciter.

—Pero lo que digo es cierto.

—Sí —asintió ella con expresión sombría.

—¿Por qué actúa en contra de Jory?

—Porque Jory me invadió, amenazándome de la misma forma que le amenaza a usted. Los dos sabemos muy bien qué es lo que hace: él mismo se lo dijo en el hotel. A veces es muy poderoso; llega incluso a suplantarme cuando estoy en actividad y trato de comunicarme con Glen, pero de todos modos creo que me las arreglo frente a él mejor que la mayoría de los semivivos, con Ubik o sin él. Mejor que su grupo, por ejemplo, aun actuando conjuntamente.

—Sí, es cierto —reconoció Joe.

Estaba más que demostrado.

—Cuando vuelva a nacer —prosiguió Ella—, Glen ya no podrá comunicarse conmigo. Tengo una razón muy egoísta y muy pragmática para auxiliarle, señor Chip: quiero que me sustituya. Quiero que haya alguien a quien Glen pueda pedir consejo y ayuda; alguien en quien pueda confiar. Usted es la persona ideal: hará en la semivida lo que hacía en vida. Por lo tanto, en cierto sentido, obro a impulsos de elevados sentimientos. Le salvé de Jory por una razón muy válida, de sentido común. Y Dios sabe cuánto detesto a Jory.

—¿No sucumbiré yo una vez renazca usted?

—Tendrá el suministro vitalicio de Ubik, como consta en el certificado.

—Quizá lograré derrotar a Jory.

—¿Quiere decir destruirle? —Ella reflexionó un momento—. No es invulnerable, y quizá con el tiempo descubra formas de anularlo. Es lo mejor que puede desear, pero dudo de que consiga destruirle realmente, es decir, consumirlo del mismo modo que él consume a los semivivos instalados cerca de él en el moratorio.

—Diantre, le contaré a Glen Runciter cuál es la situación y haré que expulse a Jory del moratorio.

—Glen carece de autoridad para hacerlo.

—Entonces, que sea Herbert Schoenheit von Vogelsang...

Ella le interrumpió:

—La familia de Jory le paga mucho dinero al año para que le mantenga cerca de los otros y vaya inventando justificaciones aceptables para seguir haciéndolo. Además, hay seres como Jory en todos los moratorios. La guerra con ellos estalla dondequiera que haya semivivos: es una regla propia de este tipo de existencia. —Calló, y por primera vez Joe vio ira en su semblante, un aire irritado y taciturno que deshacía su placidez—. Debemos combatirles desde este lado del cristal; debemos hacerlo nosotros, los semivivos, los que somos depredados una y otra vez por Jory. Tendrá que hacerse cargo de ello cuando yo renazca, señor Chip. ¿Se siente capaz de hacerlo? Será difícil: Jory se le beberá constantemente las fuerzas, hará caer sobre usted una carga que sentirá como... —dudó— la proximidad de la muerte, y en realidad será eso, porque en la semivida, pese a todo, vamos debilitándonos inexorablemente. Sólo Jory gana vitalidad. Tarde o temprano se apodera de uno la fatiga y el frío. Pero aún no ha llegado el momento.

Joe se propuso mentalmente: “Recordaré lo que le hizo a Wendy; esto me dará fuerzas para seguir”.

—La farmacia, señorita —anunció el taxista. El vehículo se arrimó asmáticamente a la acera, hasta detenerse.

—Yo no entraré —dijo Ella Runciter mientras Joe abría la puerta y se deslizaba tembloroso hacia el exterior—. Adiós. Gracias por la lealtad que ha demostrado para con Glen y gracias por lo que hará por él. —Se inclinó hacia Joe y le besó en la mejilla. Él sintió el contacto de sus labios llenos de vida y le pareció que algo de ésta había pasado a su cuerpo, como si recobrara fuerzas—. Buena suerte frente a Jory.

Se reclinó en el respaldo del asiento con el bolso en las rodillas, arreglándose con movimientos pausados. Joe cerró la portezuela del taxi y se dirigió titubeante hacia la farmacia. El vehículo arrancó a su espalda, y no lo vio alejarse.

Apenas entró en el mal iluminado interior del solemne establecimiento, salió a su encuentro un farmacéutico calvo, vestido con una severa chaqueta oscura, pajarita y pantalones de sarga impecablemente planchados.

—Lo siento, señor, vamos a cerrar. Iba a bajar la persiana.

—Pero ya estoy dentro y tiene que atenderme —protestó Joe, mostrándole acto seguido el certificado que le dio Ella.

Forzando la vista a través de sus gafas de cristales redondos sin montura, el boticario descifró la inscripción impresa en caracteres góticos.

—¿Va a atenderme? —insistió Joe.

—Ubik... Creo que ya no me queda. Déjeme ver.

—Jory —dijo Joe.

El farmacéutico, que se dirigía a comprobar las existencias del producto, se volvió en redondo.

—¿Perdón?

—Tú eres Jory —insistió Joe. “Lo sé; estoy aprendiendo a reconocerle en cuanto se me pone delante”, se dijo—. Tú inventaste esta farmacia, con todo lo que hay dentro excepto los tubos de aerosol Ubik. Sobre el Ubik no tienes ningún poder, porque viene de Ella.

Echó a andar con esfuerzo, cubriendo paso a paso la distancia que separaba el mostrador de los anaqueles de medicamentos. Los recorrió uno a uno, escudriñando la penumbra, en busca de los botes de Ubik. La iluminación del local había bajado; los viejos apliques empezaban a desvanecerse.

—He hecho que todos los tubos de Ubik que hay en esta farmacia retrocedan hasta el estadio de frascos de bálsamo hepático-renal —dijo el farmacéutico con atiplada voz de adolescente—. Ahora ya no sirven.

—Iré a otra farmacia que los tenga —dijo Joe. Se acodó en el mostrador, tragando lentas e irregulares bocanadas de aire.

Desde el interior del boticario calvo, Jory anunció:

—Estará cerrada.

—Pues iré mañana. Puedo resistir hasta mañana.

—No, no podrá. Y de todos modos el Ubik que haya en esa otra farmacia también se habrá transformado.

—Iré a otra ciudad.

—Habrá sufrido la misma regresión dondequiera que vaya. Se habrá convertido en ungüento, en polvo, en elixir o en bálsamo hepático-renal. Nunca logrará dar con un frasco de aerosol, Chip.

Jory, encarnado en el farmacéutico, sonreía dejando al descubierto una dentadura postiza de celuloide.

—Puedo... —se interrumpió, tratando de reunir los restos de su ya escasa vitalidad, tratando de devolver el calor a su cuerpo aterido de frío y entumecido—. Puedo... hacer que vuelva al presente..., a mil novecientos noventa y dos.

—¿En serio? —El farmacéutico le tendió una caja rectangular de cartón—. Aquí tiene. Ábralo y verá.

—Ya sé lo que veré. —Joe se concentró en el frasco azul de bálsamo hepático-renal.

“Avanza, transfórmate, evoluciona”, le ordenó mentalmente poniendo en ello toda la urgencia de su necesidad. Invertía en aquel frasco toda la energía que le quedaba. No cambió. “Estoy en el mundo normal”, dijo para sí.

—¡Pulverizador! —exclamó, y cerró los ojos, agotado.

—No es ningún pulverizador, señor Chip —dijo el farmacéutico, que iba de un lado para otro, apagando las luces.

Apretó una tecla de la caja registradora y se abrió el cajón. Con movimientos de experto, apiló las monedas y los billetes y los guardó en una caja de metal con candado.

—Eres un frasco de aerosol —dijo Joe al envase que sostenía en la mano—. Estamos en mil novecientos noventa y dos.

Intentaba transformarlo todo, volcándose por completo en el esfuerzo.

Se apagó la última luz, al accionar el interruptor el pseudofarmacéutico. En el interior de la tienda brillaba un débil resplandor procedente del farol que había en la calle. En él distinguió Joe la forma del objeto que tenía en la mano. El farmacéutico abrió la puerta y dijo:

—Vamos, señor Chip, ya es hora de irse a casa. Se equivocó. Ya no la verá más, porque está muy lejos en el camino que la lleva a un nuevo nacimiento; ya no se acuerda de usted, ni de mí, ni de Runciter. Lo que ve Ella ahora son varias luces: rojas y nebulosas, acaso anaranjadas...

—Esto que tengo en la mano es un tubo de aerosol —dijo Joe.

—No, señor Chip. De veras lo siento, pero no lo es —negó el boticario.

Joe abandonó la caja de cartón en el mostrador más cercano. Se volvió con aire digno e inició la larga marcha a través del local hacia la puerta que le abría el hombre. Ninguno de los dos dijo palabra hasta que Joe cruzó por fin el umbral y salió a la acera, sumida ya en la semioscuridad.

El farmacéutico salió tras él. Se inclinó y cerró la tienda.

—Me quejaré al fabricante por... —Joe no pudo terminar la frase: algo le estrangulaba. No podía hablar ni respirar. Finalmente, la presión cedió—, por el estado del producto.

—Buenas noches —dijo el boticario.

Se quedó mirando a Joe durante unos momentos, a la débil luz del crepúsculo. Luego se encogió de hombros y se alejó.

Joe distinguió a su izquierda la oscura silueta de un banco en el que varias personas esperaban el tranvía. Consiguió llegar hasta él y tomar asiento. Las otras personas, dos o tres, se apartaron de él. No supo si era por aversión o para hacerle sitio; tampoco le preocupaba. Sólo sentía el apoyo que le prestaba el banco y la liberación parcial de la enorme inercia de su propio peso. “Ya es cuestión de minutos, si mal no recuerdo. Cielos, lo que me espera. Y ya es la segunda vez”, se dijo.

“De todos modos, lo intentamos”, pensó, contemplando el parpadeo amarillo de los anuncios luminosos y la riada de vehículos que pasaba en ambas direcciones ante sus ojos. Runciter luchó con todas sus fuerzas; Ella peleó con uñas y dientes contra todo aquello durante largo tiempo. “Y casi hago evolucionar el frasco de bálsamo hepático-renal Ubik hasta el presente. Casi lo consigo.” Saberlo le daba una especie de conciencia de su propia fuerza, del valor de su última y trascendental tentativa.

El tranvía, un enorme monstruo metálico, se detuvo con un rechinar de ruedas ante el banco. La gente que había cerca de Joe abordó apresuradamente la plataforma trasera.

—¡Eh, oiga! —le gritó el cobrador—. ¿Sube o no sube?

Joe no respondió. El cobrador esperó un momento y tiró del cordón de la campanilla El tranvía arrancó con estrépito y se alejó hasta desaparecer. “Mucha suerte y hasta la vista”, le dijo mentalmente Joe, oyendo apagarse poco a poco el chirriar de las ruedas. Se apoyó en el respaldo del banco, con los ojos cerrados.

—Perdone. —Una chica vestida con un abrigo de piel de avestruz sintética se inclinaba hacia él en la oscuridad. Joe la miró y volvió a la consciencia—. ¿Es usted el señor Chip? —preguntó. Era esbelta y hermosa. Llevaba sombrero, guantes, zapatos de tacón alto, y también algo en la mano: Joe distinguió la forma de un paquete—. ¿El señor Chip, de Nueva York, de Runciter Asociados? No quisiera darle esto a otra persona.

—Sí, soy Joe Chip. —Creyó por un momento que la chica podía ser Ella Runciter, pero no la había visto nunca—. ¿Quién la envía?

—El doctor Sondebar —respondió la muchacha—. El doctor Sondebar hijo, sucesor del doctor Sondebar padre.

—¿Quién es ese doctor? —El nombre no le decía nada, pero de pronto recordó dónde lo había visto antes—. Ah, sí, el del bálsamo: hojas de adelfa, esencia de menta, carbón vegetal, cloruro de cobalto, óxido de zinc... —dejó de hablar, presa de agotamiento.

La chica dijo:

—Por medio de las más avanzadas técnicas de la ciencia moderna, la regresión de la materia hacia formas primitivas pueden ser invertidas, a un precio al alcance del propietario de cualquier apartamento. Ubik se vende únicamente en los mejores comercios de artículos para el hogar de la Tierra. Solicítelo en su establecimiento habitual, señor Chip.

Le entregó el paquete. Ya consciente del todo, Joe preguntó:

—¿Solicitarlo? ¿dónde? —Se levantó con gran esfuerzo y se quedó de pie, balanceándose como si estuviera ebrio—. Usted es de mil novecientos noventa y dos. Lo que ha dicho corresponde a un anuncio de Runciter que salió por la televisión.

Se levantó un viento nocturno y Joe sintió su empuje: le arrastraba, se lo llevaba. Le parecía haberse reducido a un informe pelota de trapo a punto de deshacerse.

—Sí, señor Chip. Con lo que ha hecho dentro de la farmacia hace unos minutos, me ha traído aquí desde el futuro. Me ha requerido a venir directamente de fábrica. Si no se siente con fuerzas, puedo rociarle yo misma, señor Chip. ¿Quiere que lo haga? Soy representante y asesora técnica oficial de la firma y sé cómo aplicarlo.

Le arrebató con gesto rápido el paquete de las temblorosas manos, abrió el envoltorio y sin pérdida de tiempo le roció con Ubik. Joe vio brillar el tubo en la oscuridad; distinguió los rótulos de colores alegres.

—Gracias —dijo al cabo de unos momentos. Se sentía mejor, más caliente.

—Esta vez no ha necesitado tanto como en el cuarto del hotel; debe de estar más fuerte que antes. Tenga, quédese con la lata; puede hacerle falta esta noche.

—¿Podré conseguir otra cuando ésta se acabe?

—Por supuesto. Habiéndome traído hasta aquí una vez, supongo que podrá hacerlo de nuevo, de la misma forma. —Empezó a alejarse de él.

—¿Qué es el Ubik? —preguntó Joe, deseando retenerla.

—Un frasco de aerosol de Ubik —respondió la joven— consiste en un ionizador negativo portátil, con una unidad autocontenida, de alto voltaje y baja intensidad, alimentada por una pila de helio de veinticinco kilovatios de ganancia máxima. Los iones negativos reciben un giro de sentido contrario a las agujas del reloj, que les imprime una cámara de aceleración de nuevo diseño, creadora de una fuerza centrípeta tal que las partículas ganan cohesión en vez de dispersarse. Un campo iónico negativo reduce la velocidad de los protofasones habitualmente presentes en la atmósfera. Al decrecer su velocidad, dejan de ser protofasones y, según el principio de paridad, ya no pueden enlazarse con los protofasones irradiados por los individuos conservados en hielo sintético, lo cual significa, al menos durante un cierto lapso de tiempo, un incremento neto de la intensidad del campo de actividad protofasónica... que es experimentado por el semivivo en forma de un aumento de vitalidad y una atenuación de las sensaciones de frío características de las temperaturas de hibernación. Por ello no le resultará difícil comprender por qué las formas degeneradas de Ubik no lograban...

Joe dijo en tono reflexivo:

—Eso de “iones negativos” es una redundancia. Todos los iones son negativos.

La chica se alejó de nuevo.

—Espero volver a verle —dijo gentilmente—. Ha sido una satisfacción para mí traerle el aerosol. Quizá la próxima vez...

—Quizá la próxima vez podamos cenar juntos —dijo Joe.

—Será un placer. —La muchacha se alejaba cada vez más.

—¿Quién invento el Ubik? —quiso saber Joe.

—Un grupo de semivivos dotados de sentido de la responsabilidad a los que Jory amenazaba, pero principalmente Ella Runciter. Ella y los otros tuvieron que trabajar muchísimo para obtenerlo, y en estos momentos todavía no hay mucho Ubik disponible.

Se alejaba con movimientos a la vez furtivos y pausados; finalmente, desapareció.

—Cenaremos en el Matador. Tengo entendido que Jory hizo un gran trabajo al crearlo, o al hacerlo involucionar, o lo que fuera. —Se quedó escuchando, pero la muchacha no respondió.

Llevando con sumo cuidado el tubo de Ubik, Joe Chip echó a andar para perderse por entre el ajetreo de las calles en busca de un taxi.

Se detuvo al pie de un farol para examinar la lata de Ubik y leyó lo que decía la etiqueta.
Creo que se llama Myra Laney. Encontrará su dirección y número de teléfono al dorso.
—Gracias —dijo Joe al frasco.

“Estamos atendidos por espectros orgánicos que por medio de palabras y escritos penetran en este medio que es nuevo para nosotros”, pensó. “Son fantasmas reales atentos y sabios que viven en el mundo de la auténtica vida, algunos elementos de la cual llegan a nosotros en forma de astillas punzantes pero de impagables efectos, de una sustancia que palpita como un corazón. De entre todos ellos, vaya mi particular agradecimiento a Glen Runciter, que escribe tantas notas de instrucciones y redacta el texto de tantas etiquetas. Son notas de un inmenso valor.”

Levantó el brazo para que se detuviera un rezongante taxi Graham modelo 1936 que pasaba por allí.

17
Yo soy Ubik. Antes de que el universo existiera yo existía. Yo hice los soles y los mundos. Yo creé las vidas y los espacios en que habitan. Yo las cambio de lugar a mi antojo. Van donde yo dispongo y hacen lo que yo les ordeno. Yo soy el verbo, y mi nombre no puede ser pronunciado. Es el nombre que nadie conoce. Me llaman Ubik, pero Ubik no es mi nombre. Yo soy. Yo seré siempre.


Glen Runciter no encontraba al propietario del moratorio.

—¿Está segura de no saber dónde está? —preguntó a la señorita Beason, secretaria de Herbert Schoenheit von Vogelsang—. Debo hablar otra vez con Ella; es vital.

—Haré que se la traigan. Puede usar el despacho cuatro B —dijo la señorita Beason—. Por favor, espere allí, señor Runciter. Le traerán a su esposa dentro de un momentito. Póngase cómodo.

Runciter localizó el despacho cuatro B y se puso a caminar de un lado para otro, con evidente excitación, hasta que apareció un empleado del moratorio llevando el ataúd de Ella en una carretilla.

—Siento haberle hecho esperar —dijo el hombre, que empezó a conectar el aparato de intercomunicación electrónica, tarareando una canción.

Comprobó por última vez los circuitos, hizo una señal de aprobación y se dispuso a salir de la habitación.

—Tenga, para usted —le dijo Runciter, tendiéndole algunas monedas de cincuenta centavos que halló al buscar en sus bolsillos—. Le agradezco la rapidez con que ha terminado el trabajo.

—Gracias, señor Runciter —dijo el empleado. Echó una ojeada a las monedas y frunció el ceño—: Oiga, ¿qué clase de dinero es éste?

Runciter examinó con sumo detenimiento las monedas. No tardó en comprender a qué se refería el hombre: aquellas monedas no eran como todas. No cabía duda. “¿De quién es esta cara?”, se preguntó. “¿Quién es el que aparece en estas tres monedas? No es el de siempre, pero me resulta familiar. Yo conozco a esta persona.”

Entonces reconoció aquel perfil.

“Quisiera saber qué significa esto. Es lo más extraño que he visto nunca. Casi todo en la vida tiene su explicación, pero... ¿a santo de qué sale Joe Chip en una moneda de cincuenta centavos?”

Era la primera muestra de dinero Joe Chip que veía.

Intuyó con un escalofrío que encontraría más en sus bolsillos y en su billetero.

Aquello era sólo el comienzo.



FIN
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