Ubik philip K. Dick



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UBIK

Philip K. Dick

Título original: Ubik

Traducción: Manuel Espín

© 1969 by Philip K. Dick

© 1979 Ediciones Martínez Roca S. A.

ISBN: 84-7634-231-4

Edición digital: Megadicka

Revisión: Politesse politesse



A Tony Boucher
Ich sih die liehte heide

in gruner varwe stan

dar suln wir alle gehen

die sommerzeit enpahen.
Veo el bosque soleado

reluciente de verdor;

¡vayamos pronto, corramos,

que el verano ya llegó!

1
Hoy nos toca hacer limpieza, amigos: éstos son los descuentos con los que liquidamos nuestros silenciosos Ubiks eléctricos. Sí, echamos la casa por la ventana. Y recuerden: todos nuestros Ubiks han de ser usados de acuerdo con las instrucciones.


A las tres y media de la madrugada del cinco de junio de 1992, todos los videófonos se pusieron en funcionamiento: el telépata jefe del Sistema Sol había caído del mapa situado en las oficinas de Runciter Asociados en Nueva York. Durante los dos últimos meses, la organización Runciter había perdido la pista de demasiados psicos de Hollis; aquella desaparición no causaría mayor sorpresa.

—¿Señor Runciter? Siento molestarle. —El técnico encargado del mapa en el turno de noche carraspeó nerviosamente mientras la voluminosa y desaseada cabeza de Glen Runciter emergía hasta llenar por completo la videopantalla—. Hemos recibido noticias de uno de nuestros inerciales. A ver... —Revolvió un desordenado montón de cintas del grabador que recibía las comunicaciones del exterior—. Lo ha comunicado la señorita Dorn; como recordará, le había seguido hasta Green River, Utah, donde...

—¿De quién me habla? No puedo tener siempre en la cabeza qué inercial está siguiendo a qué telépata o a qué precognitor —masculló, soñoliento, Runciter. Se alisó con una mano la ondulada masa de cabello gris—. Vaya al grano y dígame cuál de los de Hollis es el que falta ahora.

—S. Dole Melipone —dijo el técnico.

—¿Cómo? ¿Que Melipone ha volado? No diga tonterías

—No digo tonterías —aseguró el técnico—. Edie Dorn y otros dos inerciales le siguieron hasta un motel llamado “Los Lazos de la Experiencia Erótica Polimorfa”, un complejo subterráneo de sesenta módulos que recibe una clientela de hombres de negocios y furcias. Edie y sus colegas no creían que Melipone estuviera en actividad, pero para asegurarnos mandamos a uno de nuestros propios telépatas, G.G. Ashwood, a que le leyera. Ashwood encontró un verdadero lío envolviendo la mente de Melipone y no pudo hacer nada, así que volvió a Topeka, Kansas, donde ahora rastrea una nueva posibilidad.

Runciter, ya más despierto, había encendido un cigarrillo. Con la mano en el mentón y expresión sombría, seguía sentado mientras el humo del cigarrillo se elevaba a través del objetivo de su extremo del doble circuito.

—¿Seguro que el telépata era Melipone? Según parece, ya nadie sabe qué aspecto tiene exactamente; debe de cambiar de patrón fisonómico una vez al mes. ¿Y de su campo qué hay?

—Le dijimos a Joe Chip que fuese al motel y midiese la amplitud del campo generado allí. Según Chip, se registraba un máximo de sesenta y ocho coma dos unidades de aura telepática que sólo Melipone, entre todos los telépatas conocidos, puede producir. Así que colocamos la identichapa de Melipone en este punto del mapa. Y ahora Melipone... bueno, la chapa... ya no está.

—¿Ha mirado por el suelo o detrás del mapa?

—La identichapa ha desaparecido electrónicamente. El hombre que representa ya no está en la Tierra ni, por lo que sabemos, en ninguna de sus colonias.

—Iré a consultar con mi difunta esposa —dijo Runciter.

—Pero, los moratorios están cerrados. Es más de medianoche.

—No en Suiza —repuso Runciter, sonriendo con una mueca.

Se despidió brevemente y cortó la comunicación.
Como propietario del Moratorio de los Amadísimos Hermanos, Herbert Schoenheit von Vogelsang llegaba al trabajo, naturalmente, antes que sus empleados. En aquel momento, mientras el glacial edificio empezaba a animarse y a poblarse de ecos, un individuo de aspecto clerical y aire preocupado, con gafas oscuras y ataviado con una chaqueta de piel y zapatos amarillos puntiagudos, esperaba ante el mostrador de la recepción con un resguardo en la mano. Era obvio que venía a felicitar a algún pariente. El Día de la Resurrección -la festividad en la que se honraba públicamente a los semivivos- estaba a la vuelta de la esquina y pronto empezarían las aglomeraciones.

—Sí, señor, atenderé personalmente su petición —le dijo Herbert sonriendo obsequiosamente.

—Es una señora mayor, de unos ochenta años, bajita y más bien delgada. Mi abuela —señaló el cliente.

—Es cuestión de un minuto. —Herbert se acercó a los recipientes refrigerados para localizar el número 3054039-B. Cuando dio con él, examinó el correspondiente informe sobre el estado de la carga. Quedaba una reserva de quince días de semivida.

No era mucho, pensó; conectó un amplificador protofasónico portátil a la tapa transparente del ataúd, lo encendió y movió el sintonizador en busca de la frecuencia adecuada para encontrar señales de actividad cerebral. Por el altavoz salió una voz apagada:

“Y entonces fue cuando Tillie se dislocó el tobillo; todos pensábamos que no se pondría buena nunca, con todas esas tonterías de empezar a caminar antes de lo debido.”

Satisfecho, desconectó el amplificador y llamó a un empleado para que se encargara de llevar el recipiente 3054039-B a la sala de conferencias, donde el cliente podría ponerse en contacto con la anciana señora.

—Ya la ha comprobado, ¿verdad? —preguntó el visitante mientras abonaba los correspondientes contacreds.

—Sí, personalmente —respondió Herbert—. Funciona a la perfección. —Pulsó una serie de interruptores y dio un paso atrás—. Feliz Día de la Resurrección, señor.

—Gracias. —El cliente se sentó frente al ataúd, humeante en su envoltura de hielo sintético. Se colocó unos auriculares apretándolos contra sus oídos y habló en tono firme por el micrófono—: Flora, querida, ¿me escuchas? Me parece que te oigo bien. Flora...

“Cuando me muera”, se dijo Herbert Schoenheit von Vogelsang, “creo que dispondré que mis herederos me hagan revivir un día cada cien años: así podré ver qué suerte corre la Humanidad”. Pero aquello supondría para ellos un elevado coste de mantenimiento y él sabía muy bien lo que significaba. Tarde o temprano se negarían a cumplir su voluntad, sacarían su cuerpo del refrigerante y -Dios no lo quisiera- lo enterrarían.

—La inhumación es una práctica propia de bárbaros —musitó—. Pura reminiscencia de los primitivos orígenes de nuestra cultura.

—Sí, señor —corroboró su secretaria, sentada a la máquina de escribir.

En la sala de conferencias, a intervalos regulares, varios clientes se comunicaban con sus parientes semivivos, en un silencio arrobado, situado cada uno frente a su correspondiente ataúd. Aquellos fieles, que acudían con tanta puntualidad a rendir homenaje a sus allegados, eran una visión reconfortante. Les llevaban recados, noticias de lo que ocurría en el exterior, animaban a los semivivos en los intervalos de actividad cerebral.

Y pagaban su buen dinero a Herbert Schoenheit von Vogelsang

La administración de un moratorio era un negocio saneado.

—Me parece que mi papá está un poco alicaído —dijo un Joven, reclamando la atención de Herbert—. ¿Tendrá usted la bondad de comprobar su estado? Se lo agradeceré mucho

—Desde luego —respondió, acompañando al cliente hasta donde estaba el fallecido.

La reserva alcanzaba apenas a unos pocos días, lo cual explicaba la calidad enrarecida de la cerebración. Pero aún... Aumentó el volumen del amplificador protofasónico y la voz del semivivo cobró mayor potencia a través del auricular. “Está casi en las ultimas”, pensó Herbert. Resultaba perfectamente obvio que el hijo no deseaba enterarse del nivel de la reserva ni saber que el contacto con su padre se iba perdiendo. No le dijo nada. Se limitó a salir de la sala, dejando al hijo en comunicación con el padre. ¿Por qué habría de decirle que aquélla era seguramente la última vez que venía? En cualquier caso, pronto iba a enterarse.

En la plataforma de carga de la parte trasera del Moratorio acababa de aparecer un camión. Saltaron de él dos hombres con uniformes azul celeste que Herbert conocía muy bien. Leyó el rótulo: “Transportes y Almacenaje Atlas Interplan”. Venían a entregar un semivivo o a llevarse a alguno definitivamente fallecido. Se dirigía indolentemente hacia ellos, para supervisar la operación, cuando le llamó su secretaria:

—Siento interrumpir sus meditaciones, Herr Schoenheit von Vogelsang, pero hay un cliente que desea que le ayude a reavivar a un familiar suyo. —Su voz cobró un peculiar matiz— Es el señor Glen Runciter, que acaba de llegar de la Confederación Norteamericana.

Un hombre alto, entrado en años, de grandes manos y zancada larga y decidida, se acercaba hacia él. Llevaba un traje de Dacron policolor, faja de género de punto y corbatín de viscosilla teñida. Su cabeza, voluminosa como la de un tigre, se inclinaba hacia delante mientras le escudriñaba con sus grandes y prominentes ojos, de expresión a la vez cálida y penetrante.

Runciter mantenía en su rostro una apariencia de cordialidad profesional, una atención decidida que fijaba en Herbert, al que estuvo a punto de dejar atrás, como si se dirigiera directamente a lo que le había traído allí.

—¿Cómo está Ella? —atronó Runciter, cuya voz sonaba como si pasase por un amplificador electrónico—. ¿Podrá ponerlo en marcha para que converse con ella? Sólo tiene veinte años; debe de estar en mejor forma que usted y yo.

Soltó una risita que tenía algo de abstracto, de distante; siempre sonreía y siempre soltaba la misma risita, su voz sonaba siempre atronadora, pero en su interior no sentía la presencia de nadie ni le importaba: era sólo su cuerpo el que sonreía, hacía ademanes de asentimiento y estrechaba manos. Nada alcanzaba su mente, que permanecía siempre alejada. Amable, pero distante, arrastró a Herbert a su lado, barriendo a grandes zancadas la distancia que le separaba de los receptáculos congelados en los cuales yacían los semivivos.

—Hacía tiempo que no le veíamos por aquí, señor Runciter —comentó Herbert, que no recordaba los datos relativos a la señora Runciter ni cuánta semivida le quedaba.

Con la palma de la mano en la espalda de su acompañante para que éste apretara el paso, Runciter dijo:

—Este es un momento muy importante, Von Vogelsang. Nuestros negocios toman un cariz que va más allá de todo lo racional. No estoy en situación de hacer ninguna revelación al respecto, pero puedo decirle que consideramos que la situación es alarmante aunque no desesperada. La desesperación no es nunca lo más indicado. ¿Dónde está Ella? —Se detuvo y miró rápidamente a su alrededor.

—Se la traeré a la sala de conferencias —dijo Herbert; los clientes no debían permanecer en la sala de los nichos—. ¿Tiene usted el número del resguardo, señor Runciter?

—No, caramba: lo perdí hace meses. Pero usted ya sabe cómo es Ella Runciter, mi mujer, y podrá encontrarla: unos veinte años, ojos pardos y cabello castaño. —Miró de nuevo a su alrededor, con impaciencia—. ¿Dónde está esa sala? Antes la tenía instalada donde yo podía encontrarla.

—Acompañe al señor Runciter a la sala de conferencias —ordenó Herbert a uno de sus empleados, que les había estado siguiendo a alguna distancia movido por la curiosidad de ver en persona al mundialmente famoso propietario de una organización anti-psi.

Mirando al interior de la sala, Runciter dijo con aversión:

—Está lleno. Ahí no puedo hablar con Ella. —Corrió tras de Herbert, que se encaminaba hacia los archivos del moratorio—. Señor Von Vogelsang —dijo, dándole alcance y dejando caer de nuevo su zarpa sobre la espalda del hombre; Herbert sintió su peso, su vigor persuasivo—, ¿no tienen ustedes algún sancta sanctorum, algún lugar más discreto para comunicaciones de carácter confidencial? Lo que debo discutir con mi esposa Ella es algo que nosotros, Runciter Asociados, todavía no estamos preparados para revelar al mundo.

Cediendo a la urgencia que había en la voz y en la presencia física de Runciter, Herbert se oyó mascullar:

—Haré que disponga usted de la señora Runciter en uno de nuestros despachos, señor.

Se preguntó qué habría ocurrido, qué presión habría obligado a Runciter a salir de su feudo y emprender aquel tardío peregrinaje hasta el Moratorio de los Amadísimos Hermanos para poner en marcha, por usar su misma cruda expresión, a su esposa semiviva. Alguna especie de crisis de negocios, conjeturó.

Las diversas instituciones de prevención anti-psi difundían estridentes arengas por televisión en los homeodiarios. “Defienda su intimidad” repetían machaconamente los anuncios transmitidos a todas horas y por todos los medios de comunicación. “¿Le ronda algún extraño? ¿Está alguien al corriente de sus pensamientos? ¿Se siente usted realmente solo?” Aquello iba por los telépatas. Había además la puntillosa preocupación por los precognitores: “¿Predice sus actos alguien que usted no conoce, alguien que usted no desearía recibir en casa? Ponga fin a sus inquietudes: acudiendo a la organización de previsión más cercana podrá saber si es usted efectivamente víctima de una intrusión no autorizada y en tal caso, siguiendo sus instrucciones, la organización cuidará de eliminar tal intrusión... a un precio muy asequible”.

“Organizaciones de previsión”. Le gustaba el término: era preciso y tenía cierto empaque. Conocía el problema por propia experiencia: dos años atrás, un telépata se había filtrado en el personal de su moratorio, por razones que no pudo averiguar.

Seguramente lo haría para participar en las confidencias de algún semivivo. Fuera por lo que fuere, el hecho era que un agente de una de las organizaciones anti-psi había detectado el campo telepático y le había puesto sobre aviso. Cuando hubo firmado el contrato correspondiente le destacaron un antitelépata en las dependencias del moratorio. El telépata no fue localizado pero sí neutralizado, tal como prometían los anuncios de la televisión, y acabó por abandonar su cometido. En la actualidad, el moratorio estaba libre de influencias psi y, para asegurar la permanencia de tal situación, la organización lo inspeccionaba una vez al mes.

—Muchas gracias, señor Vogelsang —dijo Runciter, siguiendo a Herbert a través de una estancia en la que trabajaban varios empleados y pasando a una habitación interior que olía a viejos microdocumentos ya inútiles.

“Naturalmente”, rumió Herbert, “me fié de su palabra cuando me dijeron que había un telépata en la casa; presentaron como prueba un gráfico que habían obtenido. A lo mejor era falso, hecho en sus propios laboratorios. También me fié de su palabra cuando dijeron que el telépata había abandonado. Total: que vino, se marchó y yo pagué dos mil contacreds”.

¿No serían esas organizaciones de previsión simples estafas organizadas? ¿No estarían creando la demanda de unos servicios que las más de las veces eran innecesarios?

Reflexionando sobre ello, se dirigió de nuevo hacia los archivos. Esta vez Runciter no le siguió; se quedó trasteando ruidosamente por el cuarto y, suspirando, acomodó finalmente su aparatosa mole en una frágil butaca. A Herbert le pareció que el fornido anciano estaba cansado, a pesar de su acostumbrado despliegue de energía.

“Cuando uno pertenece a ese mundo”, concluyó Herbert, “tiene que actuar de una forma especial, tiene que aparecer como algo más que un simple ser humano con sus fallos y sus achaques”.

El cuerpo de Runciter debía de contener más de una docena de prótesis, órganos artificiales injertados que suplían a los naturales, ya envejecidos o perdidos. La ciencia médica le proporcionaba los instrumentos y la autoridad de la mente de Runciter hacía el resto. Se preguntó qué edad tendría; resultaba ya imposible deducirla de su aspecto, en especial pasados los noventa.

—Señorita Beason, localíceme a la señora Ella Runciter y deme su identinúmero. Hay que llevarla a la oficina 2-A —ordenó a su secretaria. Se sentó al otro extremo del despacho y se entretuvo en tomar un par de pellizcos de rapé Príncipe, de Fribourg & Treyer, mientras la señorita Beason emprendía la tarea, relativamente fácil, de localizar a la esposa de Glen Runciter.

2
La mejor forma de pedir una cerveza es pedir Ubik. Elaborada con lúpulos rigurosamente seleccionados y agua de la más absoluta pureza, envejecida pacientemente hasta alcanzar el óptimo paladar, Ubik es la número uno entre las cervezas de la nación. Elaborada exclusivamente en Cleveland.
Rígida en su ataúd transparente, envuelta en emanaciones de vapor helado, Ella Runciter yacía con los ojos cerrados y las manos eternamente levantadas hacia su rostro, que permanecía impávido. Hacía tres años que no la veía y, naturalmente, no había cambiado. No cambiaría nunca, al menos en lo exterior. Pero a cada resurrección a la semivida activa, a cada vuelta a la actividad cerebral, por corta que fuera, Ella moría un poco.

El tiempo que le quedaba menguaba por etapas.

La conciencia que de ello tenía explicaba la resistencia de Runciter a reanimarla más a menudo. Lo razonaba así: hacerlo constituía un pecado contra ella, venía a ser como condenarla.

En cuanto a los deseos que ella había formulado expresamente en vida y en ocasión de anteriores encuentros, ya en su estado de semivida, Runciter conservaba unos recuerdos imprecisos.

Siendo cuatro veces mayor que ella, él sabía mejor lo que le convenía. ¿Qué era lo que había pedido? Seguir ejerciendo como copropietaria de Runciter Asociados o algo por el estilo; en cualquier caso, algo inconcreto. Pues bien, ya había satisfecho sus deseos. Lo estaba haciendo en aquel momento, como lo hiciera en media docena de ocasiones anteriores: a cada crisis de la organización le pedía su parecer.

—Maldito auricular... —refunfuñó mientras se ajustaba el disco de plástico al parietal.

Todo eran obstáculos para la comunicación natural. Como el micrófono. Se sentía impaciente e incómodo y buscaba en vano la posición en la butaca tan inadecuada que le había facilitado el tal Vogelsang, o como se llamara. La observó mientras esperaba que adquiriera el estado de consciencia, anhelando que no tardara en alcanzarlo. Súbitamente asaltado por el pánico, pensó:

“Quizá no lo consiga, quizás haya llegado al límite del agotamiento y no me lo hayan dicho. O quizá ni ellos mismos lo sepan. Debería llamar al Vogelsang ése para pedirle una explicación. Tal vez esté ocurriendo algo terrible.”

Era Ella, bonita como siempre con su delicada piel. Sus ojos habían sido luminosos, de un azul brillante; nunca más lo serían: podía hablarle y escuchar sus respuestas, podía comunicarse con ella, pero nunca volvería a verla con los ojos abiertos, nunca la vería mover los labios al hablar. Cuando llegara a su lado, ella no le sonreiría, ni lloraría cuando se marchara. ¿Valía la pena todo aquello?, se preguntó. ¿Era verdaderamente mejor todo aquello que el viejo sistema, el tránsito directo de la vida a la sepultura?

“Así la tengo todavía conmigo”, resolvió. Era aquello o nada: no había alternativa.

En las palabras que salían por el auricular iban cobrando forma, lentos e inciertos, pensamientos triviales que giraban sobre sí mismos, fragmentos del misterioso sueño en el que ella habitaba ahora. Runciter se preguntó qué debía sentirse en la semivida. Con lo que Ella le contaba no conseguía hacerse una idea; la base de todo, la vivencia, era intransmisible. Una vez se refirió a la gravedad: “Cada vez la sientes menos, hasta que empiezas a flotar y sigues así, flotando y flotando. Cuando se acaba la fase de semivida, creo que sigues flotando fuera del Sistema, en las estrellas.” Pero ella tampoco lo sabía: sólo lo adivinaba. De todos modos, no parecía sentirse desgraciada ni tener miedo. Se alegró por ella.

—Hola, Ella —articuló torpemente por el micrófono.

Oyó una exclamación por toda respuesta. Parecía sobresaltada y sin embargo su rostro permanecía lógicamente inmutable.

No ocurrió nada más. Runciter miró al vacío y esperó.

—Hola, Glen —dijo la mujer unos momentos después. Su voz reflejaba una sorpresa infantil, como si la maravillara encontrarle allí—. ¿Qué...? —vaciló—, ¿cuánto tiempo ha pasado?

—Un par de años —respondió él.

—¿Qué ocurre?

—Madre mía... —respondió Runciter—. Se nos va todo al diablo, toda la organización. Por eso estoy aquí; querías tomar parte en las decisiones de política de alto nivel, y Dios sabe cuánto necesitamos eso ahora: una nueva política, o en cualquier caso una renovación de nuestra estructura de informadores.

—Estaba soñando —dijo Ella—. Veía una luz roja a través de la niebla; era una luz terrible y sin embargo yo iba hacia allí, no podía parar.

—Sí, el Bardo Thödol el Libro Tibetano de los Muertos, habla de eso —dijo Runciter—. Tú lo has leído ¿no te acuerdas? Los médicos te lo hicieron leer cuando te... —Se interrumpió y, tras una pausa, terminó la frase—. Cuando te estabas muriendo.

—Esa luz roja es mala, ¿verdad? —preguntó Ella.

—Sí, y tú quieres escapar de ella. Carraspeó y dijo—: Escucha, Ella, tenemos problemas. ¿Te sientes con ánimos suficientes para que te los cuente? No quisiera fatigarte ni abusar de ti, de veras; si estás cansada o quieres hablar de otra cosa, dilo.

—Es algo muy extraño. He estado soñando todo este tiempo, desde la última vez que hablamos. ¿Dos años, dices? ¿Sabes lo que pienso, Glen? Pienso que todos los que permanecemos aquí, cada vez estamos más unidos. En muchos de mis sueños ya no soy yo la protagonista. A veces soy un hombre y a veces un niño; a veces soy una mujer gorda y vieja, con varices, y estoy en sitios que nunca había visto, haciendo cosas que no tienen ningún sentido.

—Bueno, es que, como dicen, te diriges hacia una nueva matriz de la que nacer. Y esa luz roja es una matriz que no es la adecuada: no debes ir hacia ella: es una matriz indigna, impropia. Debes de estar prefigurando tu próxima vida, o lo que sea.

Se sentía estúpido, oyéndose decir aquellas cosas. Carecía de toda convicción teológica; pero la experiencia de la semivida era una realidad patente que hacía aflorar lo que cada cual tenía de teólogo en su interior. Cambió de tema:

—Verás, voy a contarte lo que ha ocurrido, lo que me ha hecho venir aquí a molestarte. Hemos perdido de vista a S. Dole Melipone.

Tras un instante de silencio, Ella se echó a reír.

—¿S. Dole Melipone? ¿Y eso qué es? ¿Existe?

Aquella risa, su cálida y bien conocida vibración, hizo estremecerse de pies a cabeza a Runciter; después de tanto tiempo, era lo que más recordaba de ella. Hacía diez años que no la oía.

—Quizá no te acuerdes de él —dijo Runciter.

—Claro que me acuerdo; no podría olvidar un nombre así. ¿Quién es?

—Es el primer telépata de Raymond Hollis. Hemos tenido por lo menos a uno de nuestros inerciales siguiéndole los pasos desde que G.G. Ashwood lo detectó, hace un año y medio. Nunca le perdemos el rastro; eso es algo que no podemos permitirnos. Si hace falta, Melipone es capaz de generar un campo psi dos veces más intenso que el de cualquier otro empleado de Hollis, y de una larga serie de ellos es el único que ha desaparecido. Desaparecido por lo que a nosotros respecta, claro, y por lo que saben las organizaciones de previsión de la Sociedad. Así que he pensado: “Diablos, le preguntaré a Ella qué ocurre y qué debemos hacer”, tal como habías dispuesto en tu testamento, ¿recuerdas?

—Sí. —Su voz sonaba distante—. Pasa los anuncios por televisión. Avisa a la gente. Diles que... —Su voz se apagó lentamente.

—Esto te cansa, ¿no? —dijo Runciter con desaliento.

—No. Es que... —Vaciló de nuevo. Runciter la sintió alejarse—. ¿Son todos telépatas?— preguntó Ella tras una pausa.

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