Título original: The Andromeda Strain



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Título original:



The Andromeda Strain
Traducción:

Baldomero Porta


1.a edición: abril 1992

1.a reimpresión: junio 1993


© Centesis Corporation

© Ediciones B, S.A., 1993

Bailen, 84 - 08009 Barcelona (España)
Printed in Spain

ISBN: 84-406-2955-9

Depósito legal: B. 22.468-93
Impreso por LITOGRAFÍA ROSES
Digitalizado por el_gato – http://biblioteca.d2g.com

A
A. C. D., doctor en Medicina, que fue el primero que planteó el problema.

No se ha demostrado nunca, de una manera satisfactoria, el valor de supervivencia de la inteligencia humana.

jeremy stone



Un aumento de visión implica un aumento de gasto.

R. A. janek



EL MICROBIO "ANDROMEDA"


ESTE DOSSIER ESTA CLASIFICADO COMO


SECRETO MÁXIMO

Las personas no autorizadas a ello, que examinen estos documentos, incurren en un delito de carácter criminal, que se podrá castigar con multas y cárcel en cuantías de hasta 20.000 dólares y 20 años, respectivamente.



NO LO ACEPTEN DE MANOS DE NINGÚN MENSAJERO SI ESTA ROTO EL SELLO
La ley le exige al mensajero que le pida a usted su tarjeta 7392. No se le permite que entregue este dossier sin la mencionada prueba de identidad.

MECÁNICA DE LA

CLASIFICACIÓN


Doy las gracias


Este libro narra la historia de los cinco días de una crisis científica americana de primera magnitud.

Como en la mayoría de crisis, los acontecimientos que rodearon la que suscitó el microbio «Andrómeda», fueron un compuesto de previsión y tontería, inocencia e ignorancia. Casi todos los personajes del drama tuvieron momentos de gran brillantez y momentos de estupidez inenarrable. Por ello es imposible referirse a tales acontecimientos sin ofender a algunos de los participantes.

Sin embargo, considero importante que se narre esta historia. Esta nación (Estados Unidos) sostiene el establecimiento científico mayor de toda la historia de la humanidad. A todas horas se realizan nuevos descubrimientos, muchos de los cuales nacen teñidos de matices políticos o sociales importantes. En el futuro próximo, podemos esperar más crisis al estilo de la del «Andrómeda». Así, pues, considero útil darle cuenta al público de cómo surgen las crisis científicas y de cómo se las afronta.

Al indagar y recontar la historia del microbio «Andrómeda», he recibido la ayuda generosa de muchas personas que compartían mi parecer, y que me alentaron a explicar lo sucedido con toda fidelidad y detalle.

Debo dar gracias muy particularmente al mayor general Willis A. Haverford, del ejército de Estados Unidos; al teniente Everett J. Sloane, del ejército de Estados Unidos (retirado); al capitán L. S. Waterhouse, de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos (División de Proyectos Especiales de Vandenberg); al coronel Henley Jackson y al coronel Stanley Friedrich, ambos de Wright Patterson, y a Murray Charles, de la División de Prensa del Pentágono.

Por su ayuda en elucidar el trasfondo del Proyecto Wildfire, debo dar las gracias a: Roger White, de la National Aeronautics and Space Administration (Houston MSC); John Roble, NASA Kennedy Complex 13; Peter J. Mason, NASA Intelligence (Arlington Hall); doctor Francis Martin, Universidad de California (Berkeley) y presidente del Science Advisory Council; doctor Max Byrd, USIA; Kenneth Vorhees, del Cuerpo de Prensa de la Casa Blanca; y al profesor Jonathan Percy, de la Universidad de Chicago (Departamento de Genética).

Por la revisión que efectuaron de los capítulos pertinentes del original y por sus correcciones y sugerencias de carácter técnico, deseo dar las gracias a Christian P. Lewis, del Goddard Space Flight Center (Centro Goddard de Vuelos Espaciales); Herbert Stanch, de Avco, Inc.; James P. Baker, Jet Propulsion Laboratory; Carlos N. Sandos, del Instituto de Tecnología de California; doctor Brian Stack, de la Universidad de Michigan; Edgar Blalock, del Hudson Institute; profesor Linus Kjelling, de la RAND Corporation; doctor Eldredge Benson, de los National Institutes of Health (Institutos Nacionales de Sanidad).

Finalmente, deseo dar las gracias a los participantes en el Proyecto Wildfire y en la investigación del llamado microbio «Andrómeda». Todos consintieron en verme y con varios de ellos celebré entrevistas que se reanudaron durante varios días. Más todavía, pude echar mano de las transcripciones de las instrucciones que recibieron, que se guardan en Arlington Hall (Subestación Siete) y que ascendían a más de quince mil páginas de original mecanografiado. Este material, almacenado en veinte volúmenes, representa la historia completa de los acontecimientos de Flatrock (Nevada), según los narró cada uno de los que tomaron parte en los mismos, con lo cual pude utilizar sus puntos de vista particularmente en la preparación de un relato conjunto.

Este relato tiene un carácter más bien técnico, enfocado sobre problemas científicos complejos. Siempre que me ha sido posible, he explicado las cuestiones, las técnicas y los problemas científicos. Evité la tentación de simplificar así los casos como las soluciones, y si el lector tiene que salvar de vez en cuando un pasaje árido, lleno de detalles técnicos, pido perdón por ello.

He tratado, asimismo, de conservar la tensión y el interés de los acontecimientos de aquellos cinco días, porque el caso del «Andrómeda», encierra un dramatismo innegable, y si constituye una crónica de errores estúpidos, letales, es al mismo tiempo un canto de heroísmo e inteligencia.



M. C.

Cambridge (Massachusetts).

Enero de 1969.

Día 1

CONTACTO

1. La región de Lost Borders1

Un hombre con unos gemelos. Así empezó: con un hombre plantado a la orilla de la carretera sobre una cresta que dominaba un pueblecito de Arizona, una noche de invierno.

Al teniente Roger Shawn había de fastidiarle un poco el manejo, de los gemelos. El metal debía de estar muy frío, y él había de sentirse torpe dentro de su gran chaqueta de esquimal de pieles y con caperuza, y sus gruesos guantes. Su aliento, que saldría acanalado hacia el aire iluminado por la luna, empañaría, sin duda, las lentes. Se vería obligado a limpiarlas con frecuencia, empleando un dedo que el guante volvía exageradamente rechoncho.

No podía saber en aquellos momentos lo pueril de semejante maniobra. Los gemelos resultaban perfectamente inútiles para escudriñar el interior de aquel pueblo y descubrir sus secretos. El teniente Roger Shawn habría tenido una sorpresa mayúscula si hubiese sabido que los hombres que rematarían por fin la tarea emplearían instrumentos un millón de veces más potentes que unos gemelos.

La imagen de Shawn inclinado sobre un pedazo de roca, apoyando los brazos en ella para sostener los gemelos ante sus ojos, tenía un no sé qué de triste, de estúpido... y de humano. Aunque le fastidiaran, los gemelos tenían, a pesar de todo, un tacto habitual y confortable en sus manos. Sería una de las últimas sensaciones familiares que percibiría antes de fallecer.

Podemos imaginarnos y tratar de reconstruir, lo que sucedió a partir de aquel instante.

El teniente Shawn paseaba la mirada por el pueblo a través de los gemelos, lenta, metódicamente. Comprobaba que no era una población grande; una media docena de edificios, nada más, plantados a cada costado de una sola calle principal. Estaba muy quieta: sin luces, sin movimientos, sin que la brisa suave trajera el menor sonido.

Roger Shawn dejó de contemplar el pueblecito para centrar su atención en las colinas que lo rodeaban. Eran bajas, polvorientas, achatadas, con una vegetación achaparrada, exhibiendo aquí y allá una yuca cubierta por una costra de nieve. Al otro lado de esas colinas, se levantaban otras más; luego venía la plana extensión del desierto Mojave, inmenso, sin caminos. Los indios lo llamaban la Región de las Fronteras Perdidas.

El teniente Shawn advirtió que el viento le hacía temblequear. Era febrero, el mes más frío, y habían dado ya las diez. Retrocedió, pues, camino arriba, hacia el «Ford Econovan», el de la gran antena rotatoria sobre su cima. El motor roncaba suavemente, a punto muerto; era el único sonido que llegaba a sus oídos. Abrió las puertas traseras y subió al vehículo, cerrando las portezuelas detrás de sí.

Hallóse ahora envuelto en una luz roja oscura: luz de noche, a fin de que al saltar al exterior no quedase sin ver. Bajo aquella luz encarnada, los paneles de instrumentos y equipo electrónico relumbraban con un reflejo verde.

El soldado Lewis Crane, técnico electrónico, estaba allí, abrigado también con una chaqueta de esquimal. Inclinaba la cabeza sobre un mapa, haciendo cálculos, consultando alguna que otra vez los instrumentos que tenía delante.

Shawn le preguntó si estaba seguro de que habían llegado al lugar que buscaban, y Crane contestó que sí, efectivamente. Ambos estaban cansados; venían de Vandenberg; habían corrido todo el día en busca del último satélite «Scoop». Ninguno de los dos sabía mucho acerca de ese tipo de satélite, salvo que eran una serie de cápsulas secretas destinadas a analizar la atmósfera superior y luego regresar al suelo. Shawn y Crane estaban encargados de encontrar las cápsulas cuando habían aterrizado.

Para facilitar su recuperación, los satélites iban equipados con reclamos electrónicos que empezaban a emitir señales en cuanto descendían a una altura de cinco millas.

He ahí la causa de que la furgoneta trajera tanto equipo detector de dirección de ondas de radio. En esencia dicho equipo realizaba su propia triangulación. En el léxico del ejército se conocía como triangulador de una sola unidad, y resultaba altamente eficaz, pero lento. El procedimiento era sencillo de sobras: la furgoneta paraba y determinaba su propia posición, tomando nota de la intensidad y dirección de la onda de radio del satélite. Hecho esto, arrancaba de nuevo y corría por un trecho de unas veinte millas hacia la parte donde era más probable que se hallase el satélite. Luego paraba y tomaba las nuevas coordenadas. De esta manera se podía señalar en el mapa una serie de puntos de triangulación y el vehículo podía acercarse al satélite por un trayecto en zigzag, parándose cada veinte millas, a fin de corregir cualquier error que se hubiera cometido. El método resultaba más lento que el de utilizar dos furgonetas; aunque más seguro; el ejército opinaba que dos furgonetas en un mismo sector podían despertar sospechas.

Hacía seis horas que el vehículo iba acercándose al satélite «Scoop». Ahora ya casi lo tenían al alcance de la mano.

Crane dio unos golpecitos nerviosos al mapa con el lápiz, y anunció el nombre del pueblecito del pie de la colina: Piedmont (Arizona). Población: cuarenta y ocho habitantes. Ambos celebraron el dato con una carcajada, aunque en su fuero interno estaban preocupados. El PCLL de Vandenberg, o sea el Punto Calculado de Llegada, se hallaba a doce millas al norte de Piedmont. Vandenberg había calculado el tal paraje fundándose en el radar y en 1.410 proyecciones de trayectoria hechas por computadoras. Tales cálculos no solían errar en más de unos centenares de yardas.

Sin embargo, no se podía dudar del equipo radio-direccional, que localizaba el satélite en el mismo centro del pueblo. Shawn sugirió que alguna persona de Piedmont lo habría visto bajar —estaría incandescente y despediría luz— y lo habría recogido y llevado al pueblo.

Una explicación razonable, excepto por un detalle: y es el de que cualquier habitante de Piedmont que hubiera topado con un satélite americano recién llegado del espacio lo hubiera notificado a los periodistas, a la policía, a la NASA, al ejército..., a quien fuere.

Y no obstante, ellos no habían tenido noticia alguna.

Shawn volvió a bajar del coche seguido de Crane, que se estremeció de frío al recibir el azote del aire nocturno. Juntos, los dos hombres fijaron la mirada en el pueblecito, que estaba tranquilo y completamente a oscuras. Shawn advirtió que tanto la estación de servicio como el motel tenían las luces apagadas, a pesar de que eran la única estación de servicio y el único motel que se hallaba en muchas millas.

Luego el mismo Shawn se fijó en los pájaros.

A la luz de la luna llena, los veía claramente: unos pajarracos grandes, planeando lentamente, en círculo sobre los edificios, pasando como negras sombras por delante de la faz de la Luna. Le extrañó que no los hubiera descubierto antes, y preguntó a Crane qué pensaba de ellos.

Grane contestó que no pensaba nada. Y en son de broma, añadió:

—Quizá sean buharros.

—Es lo que parecen, en efecto —convino Shawn.

Crane rió con risa nerviosa; su aliento se filtró por la noche con un sonido sibilante.

—Pero, ¿por qué habría de haber buharros por ahí? Esos bichos sólo acuden cuando hay algo muerto.

Shawn encendió un pitillo, haciendo pantalla con las manos para proteger del viento al encendedor, y no respondió nada; pero fijó la mirada en los edificios, en la silueta de la aldea. A continuación volvió a escudriñar con los gemelos, sin divisar ningún signo de vida ni de movimiento.

Al cabo de un rato bajó los gemelos y dejó caer el pitillo sobre la endurecida nieve, donde crepitó y se apagó. Volviéndose hacia Crane, dijo:

—Será mejor que vayamos a echar un vistazo.



2. Vandenberg

A trescientas millas de allí, en la habitación grande, cuadrada y sin ventanas que servía de Control de Misión para el Proyecto Scoop, el teniente Edgar Comroe descansaba los pies sobre la mesa, teniendo ante sí una pila de artículos de periódicos científicos. Comroe estaba de guardia aquella noche como oficial de control; era un servicio que tenía que prestar una vez al mes, dirigiendo las operaciones nocturnas del reducido equipo de doce personas. Esta noche, el equipo seguía la marcha y los partes de la furgoneta designada con el nombre clave de «Corsario Primero» y que en estos momentos avanzaba por el desierto de Arizona.

A Comroe no le gustaba este trabajo. La sala era gris y estaba iluminada con tubos fluorescentes; tenía un aire general áridamente utilitario, que Comroe hallaba desagradable. No venía nunca a Control de Misión como no fuese durante un lanzamiento, ocasión en que imperaba una atmósfera distinta. Entonces la sala se llenaba de técnicos atareados, cada uno ocupado en una sola tarea compleja, cada uno en tensión, con aquel entusiasmo frío peculiar que precede a todo lanzamiento de un vehículo espacial.

En cambio, las noches resultaban monótonas. De noche nunca ocurría nada. Comroe aprovechaba la ocasión para ponerse al día en materia de lecturas. Su profesión era la de fisiólogo cardiovascular, con un interés especial por las tensiones o fatigas provocadas por aumentos considerables de la aceleración de la gravedad.

Esta noche, Comroe estaba repasando un artículo de periódico titulado: «Estequiometría de la capacidad de transporte de oxígeno y de los gradientes de difusión con presiones de gas arteriales incrementadas». Era una prosa que le obligaba a leer despacio, y no le parecía demasiado interesante. De modo que se dejó interrumpir de muy buena gana cuando el altavoz de encima de su cabeza, que traía las transmisiones orales de la furgoneta de Shawn y Crane, dio la señal de comunicar. Shawn decía:

«Habla "Corsario Primero" a "Vándalo Deca". "Corsario Primero" a "Vándalo Deca". ¿Nos escuchan? Cambio.»

Comroe, sintiéndose de buen humor, contestó que, en efecto, escuchaba.

«Estamos a punto de entrar en Piedmont y recuperar el satélite.»

—Muy bien, «Corsario Primero». Deje la radio abierta.

«De acuerdo.»

Era ésta una norma de la técnica de recuperaciones, según indicaban en el Manual de Reglas Sistemáticas del Proyecto Scoop. Dicho manual formaba un grueso volumen gris, en rústica, que reposaba en un ángulo de la mesa de Comroe, de modo que éste pudiera consultarlo cómodamente. Comroe sabía que las conversaciones entre furgoneta y base quedaban registradas en una cinta, y más tarde formaban parte del archivo permanente del proyecto, pero nunca se le ocurrió ninguna razón de peso para este proceder. La pura verdad era que siempre se le antojó una maniobra muy sencilla en realidad: la furgoneta salía, recogía la cápsula y regresaba.

Por consiguiente, se encogió de hombros y se enfrascó de nuevo en el artículo sobre presiones de gas, sin oír más que a medias la voz de Shawn, que decía:

«Ahora estamos dentro del pueblo. Acabamos de dejar atrás una estación de servicio y un motel. Todo está tranquilo. No se ve señal alguna de vida. Las señales del satélite llegan más fuertes. Media manzana más adelante hay una iglesia. No se ven luces, ni actividad de ninguna clase.»

Comroe dejó el periódico. Inconfundiblemente, la voz de Shawn delataba un nerviosismo contenido, tenso. Normalmente, a Comroe le habría divertido el representarse a dos hombres adultos poniéndose nerviosos por tener que penetrar en una aldea lejana, dormida en la soledad. Pero conocía a Shawn personalmente y sabía que, fuesen cuales fueren las demás virtudes que pudiera poseer, carecía en absoluto de imaginación. Era capaz de quedarse dormido viendo una película de miedo. Pertenecía a este tipo de hombre.

Comroe se puso a escuchar.

Dominando el crepitar de los ruidos parásitos, oía el runruneo del motor de la furgoneta. Y las voces de los dos hombres, que hablaban por lo bajo:

«Shawn: —Mucha quietud por aquí.

»Crane: —Sí, señor.»

Hubo una pausa.

«Crane: —Señor...

»Shawn: —¿Qué?

»Crane: —¿No ha visto aquello?

»Shawn: —¿El qué?

»Crane: —Allá detrás, en la acera. Parecía un cuerpo humano.

»Shawn: —Estás viendo visiones.»

Otra pausa; luego, Comroe oyó que la furgoneta paraba, con un chirriar de frenos.

«Shawn: —¡Dios mío!

»Crane: —Es otro, señor.

»Shawn: —Parece muerto.

»Grane: —¿Bajo?

»Shawn: —No. Quédate en la furgoneta. —Su voz aumentó de volumen y tomó un tono más formulario al transmitir el parte—: Habla "Corsario Primero" a "Vándalo Deca". Cambio.»

Comroe cogió el micrófono. —Le escucho. ¿Qué ha pasado?

Con la voz estremecida, Shawn respondió:

«Señor, vemos cuerpos humanos. A montones. Parecen muertos.»

—¿Están seguros, «Corsario Primero»?

«¡Por el amor de Dios! —exclamó Shawn—. ¡Claro que estamos seguros!»

Comroe continuó pausadamente:

—Sigan hacia la cápsula, «Corsario Primero».

Al mismo tiempo, paseó la mirada por la sala. Los otros doce componentes del reducido personal le estaban mirando fijamente, con ojos inexpresivos, sin ver. Escuchaban la transmisión.

El motor de la furgoneta cobró vida de nuevo.

Comroe bajó los pies de la mesa y pulsó el botón de su consola que decía «Seguridad» y que aislaba automáticamente la sala de Control de Misión. Ahora nadie podría entrar ni salir sin su permiso.

A continuación, cogió el teléfono y dijo:

—Póngame con el mayor Manchek. M-A-N-C-H-E-K. Es una llamada urgente. Aguardo.

Manchek era el oficial superior de guardia para aquel mes, el hombre directamente responsable de todas las actividades de los «Scoop» durante el mes de febrero.

Mientras aguardaba, Comroe sujetó el receptor entre la barbilla y el hombro y encendió un pitillo. Por el altavoz, se oía la voz de Shawn, diciendo:

«¿A ti te parecen muertos, Crane?

»Crane: —Sí, señor. Con un aire muy pacífico, pero muertos.

»Shawn: —En cierto modo no parecen realmente muertos. Falta algo. Es una cosa curiosa... Pero los hay por todas partes. Han de ser varias docenas.

»Crane: —Como si hubieran caído mientras andaban. Como si hubieran tropezado y caído muertos.

»Shawn: —Por las calles, por las aceras...»

Otro silencio; luego, Crane:

«¡Señor!


»Shawn: —¡Dios mío!

»Crane: —¿Le ve usted? Al hombre de la bata blanca, cruzando la calle...

»Shawn: —Sí, le veo.

»Crane: —Salta por encima de ellos como si...

»Shawn: —Viene hacia nosotros.

»Grane: —Señor, mire, creo que deberíamos marcharnos de aquí, si usted permite que...»

El sonido que vino luego fue un alarido agudo y una especie de chirrido. La transmisión terminó en este punto, y el Control de Misión de los «Scoop», de Vandenberg, no pudo volver a establecer comunicación con los dos hombres.

3. Crisis

Se dice de Gladstone que, al enterarse de la muerte de «Chino» Gordon en Egipto, murmuró irritado que el general hubiera podido escoger un momento más propicio para morir. La muerte de Gordon precipitaba al Gobierno de Gladstone en un torbellino y una crisis. Un ayudante comentó que las circunstancias en que se hallaban eran excepcionales e impredecibles. A lo que Gladstone replicó malhumorado:

—Todas las crisis son lo mismo.

Se refería a las crisis políticas, naturalmente. En 1885 no había crisis científica, como tampoco las hubo, por cierto, durante otros cuarenta años. Desde entonces han habido ocho de mayor consideración; a dos de ellas se las ha discutido pública y prolijamente. Interesa hacer notar que las dos crisis dadas a la publicidad —la energía atómica y la competencia espacial— concernían a la química y la física, no a la biología.

Podía preverse que sucedería así. La física fue la primera de las ciencias naturales que llegó a su fase completamente moderna y altamente matemática. La química siguió la estela de la física. Pero la biología, la hija retardada, quedaba mucho más atrás. Ya en los tiempos de Newton y Galileo, los hombres sabían más de la Luna y de otros cuerpos celestes que del suyo propio.

Esta situación no cambió hasta los años cuarenta del presente siglo. El periodo de la posguerra introdujo una era nueva de investigaciones biológicas, espoleadas por el descubrimiento de los antibióticos. De pronto hubo entusiasmo y dinero abundantes para la biología, y de ahí nació un torrente de descubrimientos: los tranquilizantes, las hormonas esteroides, la inmunoquímica, el código genético. En 1953 se trasplantó el primer riñón y en 1958 se administraron, a título de prueba, las primeras píldoras para el control de la natalidad. No pasó mucho tiempo sin que la biología se convirtiera en el campo de la ciencia que experimentaba un desarrollo más rápido: sus conocimientos se duplicaban cada diez años. Investigadores con la mirada puesta en el futuro hablaban en serio de cambiar genes, controlar la evolución, regular la mente... Ideas que diez años atrás hubieran constituido una especulación descabellada.

Y, sin embargo, no se había producido ninguna crisis biológica. El microbio «Andrómeda» proporcionó la primera.

Según Lewis Bornheim, una crisis es una situación en la que un conjunto de circunstancias hasta entonces tolerables se vuelve de pronto, por la adición de otro factor, completamente intolerable. Que el factor nuevo sea político, económico o científico importa poco: la defunción de un héroe nacional, la inestabilidad de los precios o un descubrimiento técnico pueden poner en marcha los acontecimientos. En este sentido, Gladstone decía bien: todas las crisis son lo mismo.

El notable erudito Alfred Pockran, en su estudio de las crisis (Culture, Crisis and Change), ha dejado sentadas varias tesis interesantes. Primero observa que toda crisis tiene sus comienzos mucho antes de que estalle realmente. Así, por ejemplo, Einstein publicó sus teorías de la relatividad en el período 1905-1915, cuarenta años antes de que su labor culminase en el final de una guerra, el comienzo de una edad nueva y el primer estallido de una crisis.

De modo parecido, a principios del siglo XX, científicos americanos, alemanes y rusos se interesaron por igual en los viajes espaciales, aunque sólo los alemanes reconocieron el potencial militar de los cohetes. Y después de la guerra, cuando los soviéticos y los americanos se hicieron dueños de la instalación alemana de cohetes de Peenemunde, fueron los rusos solamente quienes dieron pasos inmediatos y enérgicos hacia la meta de desarrollar las posibilidades del espacio. Los americanos se contentaban jugando con cohetes sin tomar el juego en serio...; lo cual desembocó, diez años más tarde, en una crisis científica americana relacionada con los sputniks, la instrucción americana, los ICBM2 y el bache en la cuestión de los proyectiles.

Pockran observa también que una crisis se compone de individuos y personalidades y que éstas son únicas:

«Es tan difícil imaginarse a Alejandro en el Rubicón y a Eisenhower en Waterloo, como figurarse a Darwin escribiéndole a Roosevelt sobre el potencial de una bomba atómica. Una crisis es obra de unos hombres, que entran en ella con sus prejuicios, propensiones e inclinaciones particulares. Una crisis es una suma de intuición y de puntos ciegos, una mezcla de hechos observados y hechos ignorados.

Sin embargo, por debajo de su singularidad, las crisis presentan una similitud inquietante. Una característica de las crisis, en visión retrospectiva, es que hubieran podido preverse, que parecían dictadas de antemano. Ello no resulta cierto en todas, pero sí en un número bastante elevado para volver cínico y misántropo al historiador más encallecido.»

A la luz de los argumentos de Pockran, resulta interesante considerar el ambiente y las personalidades implicadas en el microbio «Andrómeda». En la época del «Andrómeda» todavía no se había producido nunca ninguna crisis en la ciencia biológica, y los americanos que hubieron de hacer frente a los hechos no estaban preparados para raciocinar pensando en tal posibilidad. Shawn y Crane eran un par de hombres capaces, aunque no reflexivos, y Edgar Comroe, el oficial de noche en Vandenberg, aun siendo un científico, no estaba preparado para tomar en cuenta nada que no fuese la irritación que sentía al ver que un problema inexplicable le arruinaba una velada tranquila.

Ateniéndose al protocolo, Comroe telefoneó a su oficial superior, mayor Arthur Manchek, y aquí la historia toma un cariz distinto. Puesto que Manchek estaba preparado, y, además, dispuesto, a tomar en consideración una crisis de proporciones tremendas..., aunque no lo estaba a confesarlo así.

El mayor Manchek, la cara todavía ajada por el sueño, estaba sentado en el borde de la mesa de Comroe y escuchaba la cinta en que se había grabado la conversación habida en la furgoneta. Cuando se terminó, dijo:

—La cosa más rara y endemoniada que haya oído en mi vida —y puso la cinta otra vez. A continuación, llenó cuidadosamente la pipa, la encendió y, sin dejar de escuchar, una vez apurada, sacudió la ceniza.

Arthur Manchek era ingeniero, hombre sosegado y recio, atormentado por una hipertensión caprichosa, que amenazaba con poner fin a ulteriores ascensos en la jerarquía militar. En varias ocasiones le habían aconsejado que perdiese peso, pero era incapaz de tal cosa. Por ello estaba acariciando la idea de abandonar el ejército para iniciar una carrera como científico en una industria privada, donde nadie suele preocuparse del peso ni de la presión sanguínea de uno.

Manchek había venido a Vandenberg procedente de Wright Patterson (Ohio), donde estuvo al frente de unos experimentos sobre métodos de aterrizaje de vehículos espaciales. Su misión consistió en idear una forma de cápsula que pudiera posarse con la misma seguridad en tierra que en el agua. Y consiguió configurar tres formas nuevas que prometían dar buen resultado; éxito que le valió el ascenso y traslado a Vandenberg.

Aquí hacía una tarea administrativa, y la aborrecía. La gente le aburría; la mecánica de la manipulación y las excentricidades del personal subordinado no encerraban atractivo alguno para él. Con frecuencia deseaba hallarse otra vez en los túneles de aire de Wright Patterson. Muy particularmente las noches que le sacaban de la cama por algún problema estúpido.

Esta noche se sentía irritable y bajo una fuerte tensión. Manchek reaccionaba de una manera característica ante una situación de esta clase: se volvía lento. Se movía despacio, pensaba despacio, actuaba con una calma pesada, maciza. Ahí estaba el secreto de su éxito. Cuando el personal que le rodeaba se ponía nervioso y excitado, Manchek parecía volverse más apático, hasta dar la impresión de que iba a quedarse dormido. Era la treta que empleaba para conservar una objetividad y una claridad de juicio absolutas.

Ahora, mientras la cinta iba pasando por segunda vez, él suspiraba y chupaba la pipa.

—No ha habido ningún corte de comunicaciones, deduzco.

Comroe meneó la cabeza.

—Por nuestra parte hemos verificado todos los aparatos. Y seguimos sincronizando aquella frecuencia. —Así diciendo, abrió la radio, y unos ruidos parásitos sibilantes llenaron la habitación—. ¿Conoce la pantalla acústica?

—Vagamente —contestó Manchek, reprimiendo un bostezo. Lo cierto era que se trataba de un ingenio creado por él tres años atrás. Definido de la manera más sencilla, consistía en hallar una aguja en un pajar por medio de las computadoras..., un conjunto de máquinas que escuchaban una mezcla de sonidos, embarullados, confundidos al azar, y aislaban determinadas irregularidades. Por ejemplo, podía recogerse en una cinta el rumor de las conversaciones en un cóctel de sociedad y luego hacer pasar la cinta por una computadora, que aislaba una determinada voz y la separaba del resto.

Este ingenio tenía varías aplicaciones en el campo de los servicios secretos.

—Bien —dijo Comroe—, cuando ha terminado la transmisión, no hemos oído más que los ruidos parásitos que usted escucha ahora. Los hemos pasado por la pantalla acústica para ver si la computadora localizaba algo en particular. Y luego los hemos pasado por el osciloscopio del rincón.

En el otro costado de la habitación, la verde faz del osciloscopio exhibía una línea quebrada bailoteante: suma de los ruidos parásitos.

—Después —prosiguió Comroe— hemos intercalado la computadora. Así.

Y oprimió un botón de la consola de su mesa. La línea del osciloscopio cambió de carácter bruscamente, volviéndose de pronto más sosegada, más regular, presentando una pauta de impulsos más fuertes, acompasados.

—Comprendo —dijo Manchek. Ciertamente, había identificado ya aquella pauta y captado su significado. Ahora su mente derivaba hacia otros terrenos, considerando nuevas posibilidades, ramificaciones más amplias.

—Aquí tiene el audio —dijo Comroe. Oprimió otro botón, y la versión sonora de la señal llenó la sala. Consistía en un rechinar metálico continuo, con un «clic» metálico repetido.

Manchek movió la cabeza en gesto de asentimiento.

—Un motor. Con una oscilación.

—Sí, señor. Nosotros creemos que la radio de la furgoneta sigue emitiendo y que el motor continúa en marcha. Eso es lo que oímos ahora, eliminados los ruidos parásitos.

—Perfectamente —convino Manchek. La pipa se le apagó. La chupó un momento, volvió a encenderla, se la quitó de la boca y expulsó una miajita de tabaco que se le había pegado a la lengua—. Necesitamos pruebas —dijo, casi para sí mismo. Estaba sopesando categorías de pruebas, hallazgos posibles, contingencias... —¿Pruebas de qué? —inquirió Comroe.

Manchek pasó por alto la pregunta.

—¿Tenemos un «Scavenger» en la base?

—No lo sé cierto, señor. Pero si no lo tenemos, podemos conseguir uno de Edwards.

—Pues, consígalo. —Manchek se puso en pie. Había tomado una decisión, y ahora volvía a sentirse cansado. Le esperaba una noche de llamadas telefónicas, una noche de telefonistas irritadas, malas conexiones y voces sorprendidas en el otro extremo del hilo—. Necesitamos un vuelo por encima de aquella aldea —dijo—. Y una inspección completa. Todas las películas han de llegar directamente. Avise a los laboratorios.

También ordenó que Comroe trajese a todos los técnicos, especialmente a Jaggers. Manchek le tenía antipatía a Jaggers, hombre avejentado y raro; pero sabía también que valía mucho, y esta noche necesitaba gente que supiera lo que se traía entre manos.

A las 11.07 (las once y siete minutos), Samuel «Gunner» Wilson volaba a 645 millas por hora sobre el desierto Mojave. Allá arriba, bañados por la luz de la Luna, veía los dos reactores gemelos que le indicaban el camino, con los tubos de escape brillando enojados en el cielo nocturno. Los aviones tenían un aire pesado, de preñez: debajo de las alas y el vientre colgaban bombas de fósforo.

El de Wilson era distinto, delgado, largo y negro. Era un «Scavenger», uno de los siete únicos existentes en todo el mundo.

El «Scavenger» era la versión operativa del «X-18». Era un avión a reacción de radio de acción mediano destinado a vuelos de reconocimiento y perfectamente equipado para vuelos de información así de noche como de día. En sus costados tenía dos cámaras fotográficas de 16 mm, una para el espectro visible, la otra para las radiaciones de baja frecuencia. Contaba, además, con una cámara «Homans» multispex para infrarrojos, montada en el centro, amén del conjunto habitual de aparatos electrónicos y radiodetectores. Por supuesto, todas las películas y las placas se revelaban automáticamente en el aire, y estaban listas para ser examinadas en cuanto el avión regresaba a la base.

Todas estas perfecciones técnicas dotaban al «Scavenger» de una sensibilidad casi inimaginable. Esa nave aérea podía registrar la silueta de una ciudad completamente a oscuras y seguir los movimientos de un coche o un camión desde ocho mil pies (dos mil cuatrocientos metros, aproximadamente) de altura. Podía descubrir a un submarino sumergido a una profundidad de doscientos pies. Podía localizar minas en los puertos por las deformaciones del movimiento de las olas y podía obtener una fotografía muy clara de una fábrica valiéndose del calor residual del edificio cuatro horas después de que hubiera cerrado sus puertas.

Por todo ello, el «Scavenger» era el aparato ideal para volar sobre Piedmont (Atizona) en el corazón da la noche.

Wilson pasó revista cuidadosamente a su equipo, llevando las manos a todos los controles, tocando, uno por uno, todos los botones, todas las palancas; vigilando las parpadeantes lucecitas verdes que indicaban que todos los mecanismos estaban en buen orden.

Sus auriculares crepitaron. Del avión que volaba en cabeza decían perezosamente:

«Llegamos a la aldea, Gunner. ¿La ve?»

Wilson estiró el cuello en la atiborrada cabina. Volaba bajo, a unos quinientos pies de altura solamente, y de momento no pudo ver sino una mancha de arena, nieve y yucas. Luego, más adelante, divisó unos edificios bañados por la claridad lunar.

—De acuerdo. La veo.

«Muy bien, Gunner. Denos espacio.»

Wilson se rezagó, dejando un intervalo de media milla entre su aparato y los otros dos. Se estaban colocando en la formación apropiada para la visión directa del blanco mediante la llama de fósforo. En realidad no era necesario que procediesen a la visión directa; el «Scavenger» podía actuar sin ella. Pero los de Vandenberg parecían muy empeñados en que reuniesen toda la información posible sobre el pueblecito.

Los dos aviones que volaban en cabeza se distanciaron, hasta situarse paralelamente a la calle mayor de la aldea.

«¡Gunner! ¿Preparado para filmar?»

Wilson apoyó los dedos delicadamente sobre los botones de la cámara. Cuatro dedos: como para tocar el piano.

—Preparado.

«Vamos a internarnos.»

Los dos reactores delanteros descendieron, como zambulléndose graciosamente hacia la aldea. Ahora, al comenzar a soltar las bombas de fósforo, volaban muy separados y, en apariencia, a pocas pulgadas del suelo. Cuando una bomba tocaba en tierra, se levantaba de ella una esfera luminosa al rojo blanco que bañaba la aldea en una luz deslumbrante, irreal, y arrancaba reflejos al fuselaje de los aeroplanos.

Los reactores se elevaron, terminada su pasada, pero Gunner no los vio. Toda su atención, su alma y sus sentidos se concentraban en el poblado.

«Todo para usted, Gunner.»

Wilson no respondió. Inclinó el morro del aparato, hizo bajar los alerones y experimentó un estremecimiento cuando el avión empezó a caer, como una piedra, hacia el suelo. Debajo de él, los alrededores de la aldea aparecían iluminados en un espacio de centenares de metros en todas direcciones. Wilson oprimió los botones de las cámaras y percibió, mejor que oyó, el zumbido vibrante que emitían.

Durante un momento largo siguió cayendo, luego movió la palanca adelante, y pareció que el avión se agarraba al aire, se sostenía, levantaba el hocico y empezaba a remontarse. Wilson divisó la calle mayor por unos segundos. Veía cadáveres tendidos por todas partes, brazos y piernas separados, sembrados por las calles, sobre los coches...

—¡Jesús! —exclamó.

Unos instantes después estaba arriba, todavía remontándose, guiando al aparato en un amplio arco, preparándose para descender de nuevo y realizar la segunda pasada..., y procurando no pensar en lo que había visto. Una de las primeras normas del reconocimiento aéreo decía: «Ignorar el panorama». El análisis y la evaluación de lo que apareciese no incumbía al piloto; quedaba para los expertos. Los pilotos que olvidaban esta regla y se interesaban demasiado por lo que estaban fotografiando se ponían en apuros. Solían acabar estrellándose contra el suelo.

Cuando el avión descendía para la segunda pasada, Wilson se propuso no mirar. Pero miró, y volvió a ver los cuerpos tendidos. Las llamas de fósforo habían descendido, la luz era más apagada, mortecina, siniestra. Pero los cadáveres seguían allí: no había visto visiones imaginarias, no.

—¡Jesús! —exclamó otra vez—. ¡Buen Jesús!

El rótulo de la puerta decía: «Data Prossex Epsilon», y debajo, en letras encarnadas: «Sólo se permitirá la entrada a los que traigan pase». Dentro había una especie de salita de conferencias muy cómoda, con una pantalla en una pared, una docena de sillas de tubo de acero y tapizado de cuero frente a ella, y un proyector detrás.

Cuando Manchek y Comroe entraron en la sala, Jaggers les estaba esperando ya, plantado en la cabecera de la sala, junto a la pantalla. Jaggers era un hombre bajito, de paso saltarín, con una faz animada, más bien esperanzada. Aunque no gozara de muchas simpatías en la base, era, no obstante, el maestro indiscutido en la interpretación de los datos proporcionados por los reconocimientos. Poseía ese tipo de mente que se deleita en los detalles pequeños, desconcertantes; estaba perfectamente dotado para la misión que le confiaron.

—Bueno, pues —dijo frotándose las manos, mientras Manchek y Comroe se sentaban—, mejor será que vayamos a ello sin rodeos. Creo que esta noche tenemos algo que les interesará. —En esto, hizo signo con la cabeza al encargado de la máquina de proyecciones—. Primer cuadro.

Las luces de la sala se apagaron. Oyóse un «clic» metálico y la pantalla se iluminó para mostrar una vista aérea de una aldea perdida en la llanura.

—He ahí una instantánea singular —continuó Jaggers—. De nuestros archivos. Tomada hace dos meses desde el «Janos 12», nuestro satélite de reconocimiento, que, como ustedes saben, describía una órbita a ciento ochenta y siete millas de altura. La perfección técnica de la fotografía es muy buena. Todavía no podemos leer las placas de matrícula de los coches, pero estamos trabajando en ello. Quizá el año que viene...

Manchek se revolvió en la silla, pero no dijo nada.

—Pueden ver la aldea aquí —prosiguió Jaggers—. Piedmont (Arizona). Cuarenta y ocho habitantes, y poca cosa que ver, incluso desde una altura de ciento ochenta y siete millas. Ahí está la tienda única; la estación de servicio (adviertan lo claramente que pueden leer la palabra gulf)..., la oficina de Correos, el motel. Todo lo demás que ven son casas particulares. La iglesia cae por acá. Bien; el cuadro siguiente.

Otro chasquido. Este cuadro era oscuro, con un matiz rojizo; se trataba, evidentemente, de una vista aérea de la aldea en blanco y rojo oscuro. Las siluetas de los edificios aparecían, muy oscuras.

—Ahora empezamos con los clisés de infrarrojos del «Scavenger». Como saben, éstas son películas impresionadas por los rayos infrarrojos, que producen la imagen valiéndose del calor y no de la luz. Los objetos calientes aparecen blancos en el cuadro; los objetos fríos salen negros. Ahí tenemos, pues. Pueden ver que los edificios han salido oscuros...; están más fríos que el suelo. Al llegar la noche, los edificios ceden su calor más prestamente.

—¿Qué son esos puntos blancos? —preguntó Comroe. Había cuarenta o cincuenta manchas blancas en el firme.

—Eso —explicó Jaggers— son cuerpos humanos.

Unos dentro de las casas, otros en las calles. Contados, suman cincuenta. En algunos, como este de aquí, se distingue claramente las cuatro extremidades y la cabeza. Este cuerpo está tendido perfectamente horizontal, en la calle. —Encendió un cigarrillo, y a continuación señaló un rectángulo blanco—. Por lo que podemos deducir, esto es un automóvil. Adviertan que tiene una mancha blanca brillante en un extremo. Ello significa que el motor sigue funcionando, sigue generando calor.

—La furgoneta —dijo Comroe. Manchek hizo un gesto, asintiendo.

—La cuestión que se plantea ahora —comentó Jaggers— es la siguiente: ¿Están muertas todas esas personas? No podemos darlo por seguro. Los cuerpos manifiestan temperaturas distintas. Cuarenta y siete están más bien fríos, indicando que fallecieron hace algún tiempo. Tres están más calientes. Dos de ellos se hallan en el coche, aquí.

—Nuestros hombres —afirmó Comroe—. ¿Y el tercero?

—El tercero resulta un caso sorprendente. Véanle aquí, según parece de pie, o acurrucado en la calle. Observen que aparece completamente blanco, o sea, perfectamente caliente. Nuestro detectores de temperaturas indican que está a unos noventa y cinco grados (o sea, treinta y cinco grados centígrados), temperatura más bien baja, aunque probablemente se puede achacar a la vasoconstricción periférica debida al aire nocturno de esas soledades. La temperatura de la piel desciende. Otra foto.

La tercera impresión se iluminó en la pantalla. Manchek arrugó el ceño al verla.

—La mancha se ha movido.

—Exactamente. La tomaron en la segunda pasada. El punto blanco se ha movido en unas veinte yardas, aproximadamente. La siguiente.

Tercer cuadro.

—¡Se ha movido otra vez!

—En efecto. Otras cinco o diez yardas.

—¿De modo que hay una persona que sigue con vida?

—Esa —respondió Jaggers— es la conclusión presumible.

Manchek se aclaró la garganta.

—Esa expresión, ¿significa que usted lo cree así?

—Sí, señor. Lo creo así.

—¿Hay, pues, un hombre ahí abajo, andando entre los cadáveres?

Jaggers levantó los hombros y dio una palmadita a la pantalla.

—Sería difícil interpretar el dato de otro modo, y...

En aquel momento entró un soldado, con tres botes metálicos cilíndricos debajo del brazo.

—Señor, tenemos unos carretes de visualización directa.

—Páselos —ordenó Manchek.

Colocaron la cinta en un proyector. Un momento después daban entrada en la sala al teniente Wilson. Jaggers dijo:

—Como yo no he revisado todavía esas cintas, quizá debería hacer los comentarios el piloto.

Manchek asintió con un gesto y miró a Wilson, quien se puso en pie y fue a situarse en la cabecera de la sala, limpiándose las manos, nerviosamente, en los pantalones. Plantado junto a la pantalla, de cara al reducido público, empezó con voz monótona:

—Señor, di las pasadas a las once y ocho minutos y a las once trece minutos de esta noche. Han sido dos, comenzando por el este y regresando desde el oeste, volando a una velocidad media de doscientas catorce millas por hora, a una altura media, según altímetro corregido, de ochocientos pies, y a...

—Un momento, hijo —interrumpió Manchek, levantando la mano—. No estamos en un interrogatorio policíaco. Explíquelo con naturalidad.

Wilson dio un cabezazo y estiró el cuello para deglutir. Las luces de la sala se apagaron y el proyector entró en acción con un runruneo. La pantalla mostró la aldea, bañada por una luz blanca deslumbrante, en el momento en que el aparato descendía hacia ella.

—Esta es la primera pasada que hice —dijo Wilson—. De este a oeste, a las once y ocho minutos. Miramos ahora desde la cámara del ala izquierda, que corre a noventa y seis fotografías por segundo. Como pueden ver, pierdo altura rápidamente. Delante, en línea recta, está la calle mayor del pueblo...

Aquí se interrumpió. Los cuerpos humanos se veían con toda claridad. Y la furgoneta, parada en la calle, con la antena de la capota todavía girando lentamente. Al seguir adelante el aeroplano, acercándose al vehículo, pudieron ver al chófer derrumbado sobre el volante.

—Excelente definición —dijo Jaggers—. Esa película de grano fino nos procura de verdad una resolución perfecta, cuando la necesitamos...

Manchek interpuso:

—Wilson nos estaba hablando de su pasada.

—Sí, señor —dijo Wilson, carraspeando. Y fijó la mirada en la pantalla—. En este momento me encuentro encima mismo del blanco, donde vi los accidentados que ustedes están contemplando. Entonces calculé que habrían unos setenta y cinco, señor.

Lo decía con voz sosegada y tensa. Hubo una interrupción en la película; pasaron unos números, y la imagen apareció de nuevo.

—Ahora regreso para la segunda pasada —explicaba Wilson—. Las llamas han descendido, pero ustedes pueden ver...

—Paren la película —ordenó Manchek.

El encargado de la proyección paró la máquina en un cuadro concreto, que mostraba la larga y recta calle de la ciudad y los cadáveres.

—Retrocedan.

La cinta rodó para atrás, dando la sensación de que el aeroplano se alejaba de la calle.

—¡Ahí! Paren otra vez.

La imagen quedó inmóvil. Manchek se levantó y se acercó a la pantalla, fijando la mirada hacia un costado.

—Vean esto —dijo, señalando una figura. Era un hombre con una bata blanca hasta la rodilla, plantado en la calle y mirando al aeroplano. Un hombre anciano, con una cara marchita y los ojos muy abiertos—. ¿Qué deduce de eso? —le preguntó Manchek a Jaggers.

—Corran la cinta para adelante un poco —pidió, arrugando la frente.

La película avanzó. Pudieron ver claramente cómo el hombre volvía la cabeza y hacía rodar los ojos, siguiendo al avión que pasaba por encima de su cabeza.

—Ahora, para atrás —ordenó Jaggers. Y así lo hicieron. Jaggers sonrió desabridamente—. A mí se me antoja que ese hombre parece vivo.

—Sí —contestó Manchek, excitado—. En verdad que lo parece.

Y con esto, salió de la habitación. En el momento de salir se detuvo y anunció que iba a declarar un estado de emergencia; que todos los que se hallaban en la base quedaban confinados en sus puestos hasta nuevo aviso; que no habría llamadas telefónicas ni otra clase de comunicaciones con el exterior; y que lo que habían visto en aquella sala había de quedar en secreto.

Ya en el pasillo, puso rumbo hacia el Control de Misión. Comroe le siguió.

—Quiero que llame al general Wheeler —dijo Manchek—. Explíquele que he proclamado el estado de emergencia sin contar con la autorización adecuada y que le pido que baje inmediatamente. —Protocolariamente, sólo el comandante, y nadie más, tenía derecho a declarar el estado de emergencia.

Comroe aventuró:

—¿No preferiría decírselo usted mismo?

—Yo tengo otras cosas que hacer —replicó Manchek.



4. Alerta

Cuando Arthur Manchek penetró en el reducido cubículo a prueba de ruidos y se sentó ante el teléfono, sabía exactamente qué iba a hacer, pero no estaba seguro de por qué lo hacía.

En su calidad de oficial de los más antiguos de los «Scoop», le habían dado unas instrucciones y unas explicaciones, hacía entonces un año casi, sobre el Proyecto Wildfire. Manchek recordaba que se las había dado un hombrecillo flaco y bajo que tenía una manera de hablar seca, precisa. Era profesor de Universidad, y había trazado las líneas generales del proyecto. Manchek había olvidado ya los detalles, excepto que existía un laboratorio en alguna parte y un equipo de cinco científicos a quienes se podía avisar para que pasaran a ocuparse del mencionado laboratorio. El tal equipo estaba encargado de investigar las formas de vida extraterrestre que quizá pudieran introducirse en una nave espacial americana que regresase a la Tierra.

A Manchek no le habían dicho quiénes eran aquellos cinco hombres; sabía únicamente que existía una línea telefónica principal, en el Departamento de Defensa, para llamarles. Para conectar con aquella línea, bastaba que uno marcase el número binario correspondiente a cierto número decimal. Manchek metió la mano en el bolsillo y sacó la cartera; luego rebuscó por ella hasta dar con la tarjeta que le había entregado el profesor:


EN CASO DE INCENDIO,

Comuníquenlo a División 222.



Emergencias solamente
Manchek fijó la mirada en la tarjeta y se preguntó qué pasaría exactamente si marcaba el binario de 222. Probó de imaginarse la secuencia de los acontecimientos. ¿Con quién hablaría? ¿Le llamaría alguien después? ¿Habría una investigación, una apelación a una autoridad superior?

Manchek se frotó los ojos y siguió mirando la tarjeta; por fin se encogió de hombros. Fuese de un modo, fuese de otro, pronto lo sabría.

Arrancó un pedazo de papel del bloque que tenía delante, junto al teléfono, y escribió:

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