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DEUS IRAE

Philip K. Dick & Roger Zelazny

Título original: Deus Irae


Traducción: Beatriz Podestá

© 1976 by Philip K. Dick & Roger Zelazny

© 1987 Ediciones B S.A.

ISBN: 84-7735-173-2

Edición digital: Daniel Sierras de Cordoba

Revisión: Daniel Sierras de Cordoba



A la entrañable memoria de

Stanley G.Weinbaum, por haber

dado al mundo su relato

«Una odisea marciana»
1
La vaca con manchas negras tiraba del carrito con ruedas de bicicleta. Y en la puerta de la sacristía, el padre Handy, dando un vistazo al sol de la mañana desde Wyoming hacia el norte, como si el sol viniera de esa dirección, vio al empleado de la iglesia, el tronco sin miembros y con la cabeza llena de bultos, balanceándose como en un viaje fantástico, al ritmo de una lenta giga, mientras la vaca Holstein chapoteaba en su avance.

Un mal día, pensó el padre Handy. Porque tenía que dar malas noticias a Tibor McMasters. Volviéndose, entró nuevamente en la iglesia y se ocultó. Tibor, en su carro, no lo había visto, pues en ese momento era presa de náuseas y oscuros pensamientos; siempre era así cuando el artista llegaba para comenzar su trabajo: estaba enfermo del estómago y cualquier olor, cualquier imagen, aun la de su propia obra, lo hacía toser. Y el padre Handy se interrogaba sobre esto, el rechazo de las percepciones sensoriales a primera hora del día, como si Tibor, pensó, no quisiera estar nuevamente vivo durante otro día.

El sacerdote disfrutaba del sol. El cálido olor de los tréboles, de las praderas de Charlottesville, Utah, que lo rodeaban. El tintineo de las plaquetas de las vacas... olfateó el aire que llenaba su iglesia y, sin embargo..., no la imagen de Tibor, sino su conciencia del sufrimiento del hombre sin miembros; eso le preocupaba.

Allí, detrás del altar, estaba la minúscula parte del trabajo ya terminada; cinco años necesitaría Tibor, pero el tiempo no contaba en un tema de esta clase: eterno... no, eterno no, porque las cosas hechas por el hombre —pensó el padre Handy— están condenadas..., pero durará mucho tiempo; estará aquí durante generaciones. Las otras personas sin brazos, sin piernas que llegarían después, no se arrodillarían porque les faltaba el equipamiento fisiológico; eso era oficialmente aceptado.

—Muuuuu —mugió la vaca Holstein, mientras Tibor, por medio de su sistema extensor U.S. ICBM, tiraba de las riendas para detenerla en el patio posterior de la iglesia, donde el padre Handy guardaba su «Cadillac» 1976, inmóvil y desprovisto de neumáticos, dentro del cual unos pollitos pequeños y encantadores, con plumajes alegres, dorados, luminosos, porque eran Bantam mexicanos, pasaban las noches, estropeándolo..., y sin embargo, ¿por qué no? El estiércol de hermosos pájaros que vagabundeaban formando una pequeña bandada, conducidos por Herbert G., el gallo que hacía siglos se había lanzado a una confrontación con todos sus rivales, había ganado y había vivido para ser seguido; un conductor de animales, pensó el padre Handy, melancólicamente. Era una cualidad innata de Herbert G., que, ahora, hurgaba en el suculento jardín buscando bichos. Mutantes especiales y gordos.

El sacerdote odiaba los bichos; había demasiadas variedades raras, que habían aparecido de un día para otro después de la lluvia radiactiva... de modo que amaba a los predadores que se alimentaban de rastreros quitinosos, amaba a su rebaño —era gracioso pensarlo— ¡de pájaros! No de hombres.

Pero los hombres llegaban, por los menos en el Día Sagrado, el martes, para diferenciarlo (a propósito) del arcaico Día Sagrado cristiano, el domingo.

En el patio trasero, Tibor separó su carrito de la vaca. Luego, movido por la energía de las baterías, el carrito subió por su rampa especial de tablones de madera y entró en la iglesia. El padre Handy lo oyó dentro del edificio: la llegada del hombre sin miembros que, haciendo arcadas, luchaba por controlar su cuerpo abreviado, para poder retomar el trabajo donde lo había dejado ayer, a la puesta del sol.

El padre Handy preguntó a Ely, su mujer:

—¿Tienes café caliente para él? Por favor.

—Sí —contestó ella, seca, respetuosa, pequeña y marchita, como si careciera de humedad propia; a él le disgustó la falta de atractivo de su cuerpo mientras la miraba disponer una taza de Melmac y un platillo, no con amor, sino con la fría devoción de la mujer de un sacerdote, por tanto, la sirvienta de un sacerdote.

—¡Hola! —llamó alegremente Tibor.

Siempre alegre, como profesionalmente, por encima de sus repetidas náuseas fisiológicas.

—Negro —dijo el padre Handy—. Caliente. Aquí mismo.

Se hizo a un lado, para que el carrito, que resultaba enorme dentro de un edificio, pudiera pasar por el corredor, y entrara en la cocina de la iglesia.

—Buenos días, señora Handy —dijo Tibor.

Ely Handy dijo en tono polvoriento y sin mirar al hombre sin miembros:

—Buen día, Tibor. La pax sea contigo y con tu bendita chispa.

—¿Pax o viruelas? —preguntó Tibor, e hizo un guiño al padre Handy.

No hubo respuesta; la mujer se ocupaba en fruslerías. El odio, pensó el padre Handy, puede adoptar formas maravillosas, excesivamente atenuadas; súbitamente deseó que fuera directo, abierto, maduro y bien dirigido. No esta mera falta de gracia, esta formalidad... La miró sacar la leche de la nevera.

Tibor comenzó la dificultosa tarea de beber café.

Primero tenía que detener su carrito. Colocó el freno. Luego separó el relé, controlado por solenoides, del circuito ambulatorio y envió energía de la batería de helio líquido al circuito manual. Una limpia extensión tubular de aluminio se estiró y, en su extremo, un mecanismo de presa de seis dedos metálicos, cada uno de los cuales estaba conectado por separado a los músculos del hombro del hombre sin miembros, asió la taza vacía. Entonces, cuando Tibor vio que todavía estaba vacía, miro inquisitivamente.

—Está en el fuego —dijo Ely, sonriendo significativamente.

De modo que hubo que quitar el freno del carrito. Tibor fue hasta la cocina, volvió a aplicar el freno del carrito por medio del relé controlado por solenoides y envió su mecanismo de presa a levantar la cafetera. El extensor tubular de aluminio, parecido a un brazo, levantó tediosamente la cafetera, con un movimiento casi parkinsoniano, hasta que, finalmente, Tibor se las arregló, por medio de todos los elaborados componentes de conducción ICBM, para servir café en su taza.

El padre Handy dijo:

—No te acompaño porque tuve espasmos pilóricos anoche y al levantarme esta mañana. —Se sentía irritable, físicamente. Como tú, pensó, tenso (aunque sea Completo), problemas con mi cuerpo esta mañana; con las glándulas y las hormonas. Encendió un cigarrillo, el primero del día, saboreó el tabaco genuino y blando, exhaló y se sintió mucho mejor; un producto químico controlaba el exceso de producción de oro y ahora se sentó a la mesa, mientras Tibor, que aún sonreía alegremente, bebía el café recalentado sin quejarse.

Y sin embargo...

»A veces, el dolor físico es una precognición de cosas malignas que se acercan, pensó el padre Handy, y en tu caso, ¿es eso? ¿Sabes qué es lo que voy a decirte —lo que debo decirte— hoy? No hay elección, y, por tanto, soy yo, sólo un hombre-gusano a quien se le dice y que, los martes, dice, pero eso es sólo un día y sólo una hora de ese día.

—Tibor —dijo—, ¿wie geht es Heute?

—Es geht mir gut —respondió instantáneamente Tibor.

Ambos amaban su recuerdo y su uso del alemán. Significaba Goethe y Heine y Schiller y Kafka y Falada; ambos hombres, juntos, vivían para esto y de esto. Ahora, como el trabajo vendría pronto, era un ritual que rozaba lo sagrado, un recuerdo de las horas posteriores a la puesta del sol, cuando era imposible pintar y sólo podían —tenían que— hablar. En la semioscuridad de los faroles de petróleo y la luz del hogar, que era una mala fuente de luz, demasiado irregular, por lo que Tibor se había quejado, en su estilo discreto, de fatiga visual. Y eso era un presagio terrible porque en ningún lugar de la zona Wyoming-Utah había un tallador de lentes; ningún trabajo de refracción de cristales había sido posible últimamente, al menos por lo que sabía el padre Handy.

Se requeriría una Pere para que Tibor obtuviera gafas si era necesario, y se resistía a eso, porque con mucha frecuencia el empleado de la iglesia a quien se intimidaba para que emprendiera una Pere, partía y no retornaba nunca. Y ni siquiera se enteraba de las razones; más allá, ¿las cosas eran mejores o peores? Podría ser —lo había decidido a partir de las declaraciones de las noticias radiales de las seis de la tarde— que fueran las dos cosas; dependía del lugar.

Y el mundo, ahora, era muchos lugares. Las conexiones habían sido destruidas. Las conexiones que habían hecho posible la antiguamente castigada «uniformidad».

—«Tú entiendes» —entonó el padre Handy, en un sonsonete, citando Ruddigore. E inmediatamente Tibor dejó de beber su café.

—«Creo que sí» —entonó a su vez, terminando la cita—. «Ese deber, el deber ha de ser cumplido» —dijo entonces. La taza de café fue apoyada, un elaborado rechazo que requirió el uso de muchos cables y conductos que se abrieron y se cerraron.

—La regla —dijo el padre Handy —se aplica a todos.

Como hablando consigo mismo, con verdadera amargura, Tibor dijo:

—Para eludir la tarea. —Volvió la cabeza, lamió rápidamente con su experta lengua y contempló al sacerdote estudiándole profunda y largamente—. ¿Qué pasa?

Pasa, pensó el padre Handy, el hecho de que estoy encadenado; soy parte de una red que fustiga y se estremece con toda la cadena, que es sacudida desde arriba. Y creemos —como tú sabes— que el movimiento definitivo proviene de Ese Otro Sitio, del que recibimos suaves efluvios, datos que nos esforzamos honestamente por entender y cumplir porque creemos —sabemos— que lo que quiere no solamente es fuerte, sino correcto.

—No somos esclavos —dijo en voz alta—. Después de todo, somos servidores. Podemos desistir. Tú puedes. Y hasta yo, si creyera que es lo correcto.

Pero nunca lo haría; lo había decidido hace mucho y había prestado un juramento secreto.

—¿Quién te hace hacer tu trabajo aquí? —preguntó entonces.

—Bueno, usted me paga —dijo Tibor cautelosamente.

—Pero no te obligo.

—Tengo que comer. Eso me obliga.

El padre Handy dijo:

—Puedes hallar muchos trabajos, en cualquier sitio. Podrías estar trabajando en cualquier parte. Pese a tu... hándicap.

—El Amén de Dresde —dijo Tibor.

—¿Eh? ¿Qué? —No comprendía.

—Alguna vez, cuando conecte el generador con el órgano eléctrico, lo tocaré para que lo oiga; lo reconocerá. El Amén de Dresde se levanta muy alto. Señala hacia Arriba. Hacia el lugar donde le dan órdenes a usted.

—Oh, no —protestó el padre Handy.

—Oh, sí —replicó Tibor sarcásticamente, y su cara apretada empalideció a causa de su emoción reprimida, su convicción—. Aunque sea «bueno», un poder benigno. Aun así le obliga a hacer cosas. Dígame sólo esto: ¿tengo que borrar algo que ya haya hecho? ¿O tiene que ver con el conjunto del mural?

—Con la composición definitiva; lo que has hecho es excelente. Las diapositivas en colores de treinta y cinco milímetros que enviamos... quedaron encantados, los que las vieron, los Antanos de la Iglesia, sabes.

Reflexionando, Tibor dijo:

—Es extraño. Puedes obtener película de color y revelarla. Pero no puedes comprar un periódico.

—Bueno, están las noticias de las seis en la radio —señaló el padre Handy—. Desde Salt Lake City.

Aguardó, esperanzado. No hubo respuesta. El hombre sin miembros bebió silenciosamente el café.

—¿Sabes —preguntó el padre Handy— cuál es la palabra más antigua que hay en el idioma inglés?

—No —contestó Tibor.

—Might —dijo el padre Handy— en el sentido de ser poderoso. En alemán es Macht. Pero es más antigua aún que el teutónico; se remonta hasta los hititas.

—Hum.

—La palabra hitita mekkis. «Poder» —Nuevamente, aguardó esperanzado—. «¿No estuviste charlando? ¿No es eso cosa de mujeres?»



Estaba citando La flauta mágica, de Mozart.

—«La acción es cosa de hombres» —terminó.

—Usted es el que está charlando —dijo Tibor.

—Y tú —dijo el padre Handy— debes actuar. Tenía algo que decirte.

Reflexionó.

—Oh, sí, las ovejas. —Tenía, detrás de la iglesia, en una pradera de seis acres, seis ovejas—. Ayer a última hora, recibí un carnero de Theodore Benton. En préstamo, para criar. Benton lo dejó; yo no estaba. Es un carnero viejo; tiene el hocico gris.

—Hum.

—Vino un perro y trató de hacer huir al rebaño; era esa especie de setter irlandés rojo de los Yeats. ¿Sabes?, casi todos los días hace correr a mis ovejas.



Interesado, el hombre sin miembros volvió la cabeza.

—¿Acaso el carnero...?

—Cinco veces, el perro se acercó al rebaño. Cinco veces, moviéndose lentamente, el carnero anduvo hacia el perro, dejando atrás el rebaño. El perro, por supuesto, se detuvo y se quedó quieto cuando vio que el carnero iba hacia él, de modo que el carnero se detuvo y fingió; pacía. —El padre Handy sonrió al recordar—. Qué inteligente era el viejo carnero; lo vi paciendo, pero estaba vigilando al perro. El perro gruñó y ladró y el viejo carnero siguió paciendo. Y luego, nuevamente, el perro se acercó. Pero esta vez el perro corría y brincó más allá del carnero; se colocó entre el carnero y el rebaño.

—Y el rebaño huyó.

—Sí. Y el perro... sabes cómo hacen, cómo aprenden a hacer... separó a una oveja, para darle caza; entonces matan a la oveja, o la inutilizan, la cogen por la barriga. —Guardó silencio—. Y el carnero era demasiado viejo. No podía correr y alcanzarlo. Se volvió y vigiló la escena.

Ambos hombres, juntos, guardaron silencio.

—¿Podrá pensar? —preguntó Tibor—, Quiero decir, el carnero.

—Sé lo que yo pensé —dijo el padre Handy—. Fui a buscar el revólver. Para matar al perro. Tuve que hacerlo.

—Si fuera yo —dijo Tibor—, si yo fuese ese carnero y viera eso, si viera que el perro pasa junto a mí haciendo huir al rebaño y lo único que pudiese hacer fuera vigilar...

Vaciló.


—Desearías estar muerto —concluyó por él el padre Handy.

—Sí.


—De modo que la muerte, como enseñamos a los Siervos de la Ira... enseñamos que es una solución. No un adversario, como enseñaban los cristianos, como decía Pablo. Recordarás su texto: «Muerte, ¿dónde está tu aguijón? Tumba, ¿dónde está tu victoria?» ¿Entiendes lo que quiero decir?

Tibor dijo lentamente:

—Si no puedes hacer tu trabajo, es mejor que mueras. ¿Cuál es el trabajo que tengo que hacer?

En tu mural, pensó el padre Handy, debes crear Su rostro.

—Él —dijo—. Y cómo Él es realmente.

Después de una pausa llena de perplejidad, Tibor dijo:

—¿Quiere decir Su apariencia física exacta?

—Y no una interpretación subjetiva —confirmó el padre Handy.

—¿Tiene fotografías? ¿Datos de vídeo?

—Me han proporcionado algunos. Para que te los enseñe.

Mirándolo con fijeza, Tibor dijo:

—¿Quiere decir que tiene una foto del Deus Irae?

—Tengo una foto en colores con profundidad, lo que antes de la guerra llamaban 3-D. No está animada, pero creo que será suficiente.

—Veámosla. —El tono de Tibor era complejo, una mezcla de asombro y miedo y la hostilidad de un artista turbado, incómodo.

Entrando en su despacho interior, el padre Handy cogió el pliego de papel manita, volvió con él, lo abrió, sacó la foto en colores y 3-D del Dios de la Ira y se la tendió. El extensor manual derecho de Tibor la cogió.

—Ese es el Dios —dijo el padre Handy.

—Sí; se nota —Tibor asintió—. Esas cejas negras, esos cabellos negros enredados, los ojos... Veo dolor, pero está sonriendo.

Abruptamente, su extensor devolvió la foto.

—No puedo pintarlo partiendo de eso.

—¿Por qué no?

Pero el padre Handy sabía por qué no. La foto no había captado la condición divina; era la foto de un hombre. La condición divina... no podía ser registrada por celuloide con una capa de nitrato de plata. Dijo:

—Estaba, en el momento en que se tomó esta foto, en un luau, en Hawai. Comiendo hojas tiernas de taro con pollo y pulpo. Divirtiéndose. ¿Ves la gula, la sensualidad, creando una expresión poco natural? Estaba descansando, un domingo por la tarde, antes de decir un discurso a los profesores de alguna universidad. He olvidado cuál. En los días felices, en los años setenta.

—Si no puedo hacer mi trabajo —dijo Tibor— es por culpa suya.

—Un pobre trabajador siempre culpa a...

—Usted no es una caja de herramientas. —Los dos extensores manuales golpearon el carrito—. Mis herramientas están aquí. No las culpo; las uso. Pero usted... usted es mi patrón y me está diciendo qué debo hacer, pero ¿cómo puedo hacerlo con esa única foto en colores? Dígame...

—Una Pere. Los Antanos de la Iglesia dicen que si la fotografía no es adecuada —y no lo es, lo sabemos todos nosotros—, entonces debes emprender una Pere, hasta que encuentres al Deus Irae, y han enviado documentos que tienen que ver con eso.

Parpadeando a causa de la sorpresa, Tibor contuvo el aliento y luego protestó:

—Pero..., mi metabatería. ¿Y si se estropea?

—De modo que culpas a tus herramientas —dijo el padre Handy.

Su voz estaba cuidadosamente controlada y resonaba sin estridencias.

Desde la cocina, Ely dijo:

—Despídelo.

El padre Handy le respondió:

—No despido a nadie. Un juego de palabras: fuego, el infierno, los cristianos.

—Nosotros no tenemos eso —le recordó.

Y luego dijo a Tibor el Gran Poema de todos los mundos, ese que los hombres simultáneamente entendían y no captaban, que no podían, como Papagano con su red, apresar. Lo recitó en voz alta, como un vínculo que los unía en lo que ellos, los cristianos, llamaban ágape, amor. Pero esto era más elevado que aquello: esto era amor y hombría y belleza, los tres. Una nueva trinidad.


Ich sih die liehte heide

in gruner varwe star.

Dar süln wir alle gehen

die sumerzit enpahen.


Después que dijo eso, Tibor asintió, cogió su taza de café, ese movimiento, ese problema difícil y elaborado; bebió. La habitación quedó en silencio.

Afuera, la vaca que tiraba del carrito de Tibor mugió roncamente y cambió de postura; quizá, pensó el padre Handy, está buscando, deseando comida. Ella necesita comida para su cuerpo, nosotros para nuestra mente. O todos morimos. Nosotros necesitamos el mural; él necesita recorrer casi dos mil kilómetros, y si su vaca muere o su batería se descarga, entonces expiraremos con él: no está sólo en esta muerte.

Se preguntó si Tibor sabría eso. Si saberlo sería útil. Probablemente no. De modo que no lo dijo; en este mundo nada era útil.

2
Ninguno de los dos hombres sabía quién había escrito el antiguo poema, las palabras alemanas medievales que no podían ser halladas en su diccionario de Cassell; juntos, los dos, habían imaginado, convocado, encontrado, el significado de las palabras. Estaban seguros de que era correcto y lo entendían. Pero no exactamente. Y Ely resoplaba.

Pero era: veo la zarza ardiente. Verde... y después, no estaban seguros. De alguna manera tenía que ver con verdor. Y todos iremos allí... ¿pronto? En el verano, a... ¿a qué? ¿A alcanzar? ¿A encontrar? O sería... ¿en el verano, a partir?

Lo sentían, él y Tibor; una verdad definitiva, y, sin embargo, era para ellos, por su ignorancia, su falta de puntos de referencia, tanto el hallazgo como la pérdida del verano, de los bosques golpeados por el sol; era la vida y la partida de la vida unidas, porque no lo podían descifrar racionalmente y eso los asustaba y, sin embargo, volvían una y otra vez a ello porque —y quizá exactamente porque no podían entender— era un bálsamo que los socorría.

Ahora, el padre Handy y Tibor necesitaban poder —mekkis— pensó para sus adentros el padre Handy que viniera desde Arriba y les ayudara: en eso, los Siervos de la Ira estaban de acuerdo con los cristianos. El poder benigno estaba Arriba, Ubrem Sternenzelt, como había dicho una vez Schiller; por encima de la franja de las estrellas. Sí; más allá de las estrellas; eso estaba claro; eso era alemán moderno.

Pero era extraño, depender de un poema cuyo significado uno no entendía realmente; se preguntó mientras desdoblaba y buscaba en los mapas viejos y manchados que se regalaban en las gasolineras antes de la guerra, si no era un estigma de degeneración. Un presagio de maldad... no sólo de que los tiempos eran malos, sino de que ellos mismos se habían vuelto malos; la maldad se había alojado en ellos.

Ahora conferenciaba con el Dóminus McComas, su superior en la jerarquía de los Siervos de la Ira; el Dóminus estaba sentado, grande y tibio, con dientes extrañamente crueles, como si desgarrara cosas, no necesariamente vivas, en realidad mucho más duras... como si trabajara con ellos, como si sus dientes fueran su profesión.

—Carl Lufteufel —dijo el Dóminus McComas— era un hijo de perra. Como hombre. —Añadió eso porque, por supuesto, uno no hablaba de la parte divina del dios-hombre, el Deus Irae, de ese modo.

—Y le apuesto —dijo— diez contra cinco a que hacía los martinis con vermut dulce.

—¿Alguna vez ha bebido vermú dulce solo o con hielo? —preguntó el padre Handy.

—Es pipí dulce —graznó McComas con su horrible voz baja, y, mientras hablaba, hurgó sus encías esponjosas con la punta de un fósforo de madera—. No estoy bromeando; lo que han comprado es pipí de caballo.

—De caballo diabético —puntualizó el padre Handy.

—Sí; que mea azúcar. —McComas gruñó un ja-ja; sus ojos redondos y rojos, rojos como si hubiesen sufrido un cortocircuito y su parte metálica se hubiese calentado de forma peligrosa, chispearon; pero eso era normal, como su bragueta, abrochada a medias.

—¿De modo que su inc —graznó McComas— va a rodar hasta Los Ángeles? ¿Es cuesta abajo? —Y esta vez rió tanto que escupió sobre la mesa. Ely, que estaba sentada en un rincón, tricotando, lo miró con tanto odio que el padre Handy se sintió incómodo y volcó su atención sobre los arrugados mapas de la gasolinera.

—Carleton Lufteufel —dijo el padre Handy— fue el secretario de la Administración de Investigación y Desarrollo de la Energía desde 1982 hasta el comienzo de la guerra. —Hablaba como para sí mismo—. Para controlar el uso de la G-BSO.

La Gran Bomba Sin Objetivo, una bomba que no estallaba en un punto determinado de la superficie de la Tierra, sino que actuaba contaminando una capa de la atmósfera. Por lo tanto (y éstas eran las teorías que habían estado de moda antes de la Tercera Guerra Mundial) no podía ser interceptada como un misil por otro misil o por un bombardero tripulado, por rápido que fuera —y eran muy rápidos en 1982—, o por un biplano, increíblemente. Un biplano lento.

En 1978 el biplano había reaparecido: era el D III. Defensor III, un pelícano aleteante, hecho por el hombre, que llevaba una cantidad ilimitada de combustible; podía volar en círculos a poca altura durante meses mientras, adentro, el piloto vivía de su traje, como Nuestros Abuelos habían vivido de la caza y la pesca. El biplano D III tenía un dispositivo trópico que dirigía sus esfuerzos cuando un bombardero tripulado se acercaba, aunque fuese a una altitud fantástica; el D III empezaba a ascender cuando el bombardero estaba aún a mil kilómetros de distancia, soltando sobre sus alas un peso parecido a una plomada de gran densidad, lo que empujaba al avión hasta la altitud deseada. En realidad, el D III y su piloto brincaban hacia arriba, donde no se podía decir que hubiese atmósfera. Y la plomada llevaba al biplano y al hombre que había dentro hacia el bombardero tripulado y ambos objetos chocaban. Y todos morían. Pero «todos» eran sólo tres hombres en total: dos en el bombardero y uno en el D III. Y allá abajo, una ciudad seguía viviendo, alumbrada, funcionando con circunspección.




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