Título: “La instrumentalidad política de las pasiones en el pensamiento de Nicolás Maquiavelo”



Descargar 94,1 Kb.
Fecha de conversión16.08.2017
Tamaño94,1 Kb.
Título: “La instrumentalidad política de las pasiones en el pensamiento de Nicolás Maquiavelo”

Autora: Prof. Lic. Corina Inés Branda
Resumen

En el pensamiento de Nicolás Maquiavelo es dable evidenciar una estrecha relación entre lo psíquico y lo político. La política es concebida como un campo de acción, cuyas fuerzas dinámicas son las propias pasiones humanas. Es por ello que es fundamental para el hombre que aspire a la conquista y conservación del poder político conocer las fuerzas pasionales que movilizan a los individuos. Dicho conocimiento es insoslayable para manipular a los hombres, manipulación que se torna necesaria a la hora de alcanzar objetivos políticos, objetivos éstos disociados de cualquier finalidad de índole ética. El hombre virtuoso, ideal del hombre político maquiaveliano, está movilizado por una pasión clave: el deseo de honor y de gloria. Es esta pasión la que lo diferencia del resto de los mortales, quienes, al estar sujetados por el miedo y atravesados por deseos mundanos, no están en condiciones de aventurarse en la más prometedora de las empresas humanas a juzgar por el autor: la conquista y conservación del poder político.



Abstract

In Niccolo Machiavelli's thought there is a narrow relation between the psychic and political aspects. Politics is considered a field of action, in which human passions are seen as dynamic forces. Thus, a man who aspires to conquer and preserve political power must know the passional forces that mobilize individuals. The above mentioned knowledge is critical in order to manipulate men. This manipulation is, in turn, neccesary in order to reach political aims, which are no necessarily ethical in nature. The virtuous man, Macchiavelli´s ideal of political man, is mobilized by a key passion: the desire of honor and glory. This is the kind of passion that differentiates the political man from ordinary people, who, are held back by fear and crossed by mundane desires, and consequently are not able to engage in the most promising of human adventures--namely, the conquest and conservation of political power.

 Palabras claves
Pasiones - miedo - honor – gloria - necesidad – política – hombre virtuoso
Keywords
Passions - fear - honor - glory - need - politics - virtuous man

Introducción
“A pesar de lo que digan los moralistas, el entendimiento humano le debe mucho a las pasiones, las cuales, recíprocamente, también le deben mucho”

J.J. Rousseau, Sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres



El siguiente trabajo, el cual abreva en las obras El príncipe y Los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, pretende poner de manifiesto, a la vez que profundizar, la conexión existente entre lo político y la vida psíquica en el pensamiento maquiaveliano, destacando la importancia política que revisten las pasiones para este autor del pensamiento político occidental.

A diferencia de la preeminencia de los aspectos ideativos de los estados psíquicos en la psicología antigua, como afirma Ernst Cassirer, en Maquiavelo nos encontramos con la centralidad de los aspectos pasionales de la psiquis humana, los cuales ocupan un lugar central en su pensamiento político y forman parte de lo contante en el decurso del tiempo. El acceso al conocimiento de los contenidos inmutables del alma humana es posible para el florentino gracias a su propia experiencia en los asuntos públicos, como también gracias a los aportes de la historia, disciplina que le permite comprobar un carácter universal y atemporal de las pasiones humanas. “… no he encontrado entre lo poco que poseo nada que me sea más caro o que tanto estime como el conocimiento de las acciones de los hombres, adquirido gracias a una larga experiencia de las cosas modernas y a un incesante estudio de las antiguas”1.

Dado que la política es un campo de acción cuyas fuerzas dinámicas principales son las pasiones humanas, es menester para el actor político, es decir para el hombre de acción, conocer las fuerzas que movilizan a los individuos. Por ende, las pasiones son pasibles de ser conocidas; se constituyen en objeto de conocimiento político. El conocimiento de los asuntos del alma proviene de su propia experiencia política, además de los datos que la historia pueda proporcionar. “Para Maquiavelo el despertar de las pasiones es un elemento que coadyuva a un conocimiento más completo de la realidad, porque sólo así se está en medida de comprender el significado de las acciones políticas protagonizadas por hombres apasionados”2. En este sentido, en Maquiavelo es evidenciable una ruptura entre sabiduría y la moderación de los apetitos humanos. “Maquiavelo manifiesta que considera innecesario aliar el conocimiento con la prudencia”3. El objetivo de constituir a las pasiones en objeto de conocimiento para el hombre público estriba, fundamentalmente, en la necesidad de manipular a los hombres con el fin de alcanzar objetivos políticos, fin éste disociado de cualquier finalidad ética. Su “realismo psicológico” persigue una finalidad pragmática: establecer prescripciones no ilusorias orientadas al hombre público con el fin de permitirle alcanzar y preservar el poder político, siendo necesario para ello saber manipular a los hombres. No se trata de alcanzar un summm bonum, sino de evitar el summun malum, el cual estriba en tornar insegura la vida en la ciudad.

Maquiavelo “cree que la conducta de los hombres puede ser altamente maleable, que el hombre es modelable por quien conoce la manera de someterlo a la necesidad”4. Sólo un tipo específico de hombre, el hombre virtuoso, podrá gobernar a las masas y al azar, merced al conocimiento de las necesidades que atraviesan la vida humana, que no son las mismas que las suyas. Ubicado este paradigma de hombre por encima de las necesidades primarias, es movilizado por el afán de gloria y el honor.

De esta manera, se advierte una conexión entre lo político y lo psíquico, siendo lo primero el espejo y el resultante de lo segundo. En otros términos, podemos afirmar que en el autor hay “… una verdadera constatación de la naturaleza exigente y deseante del hombre, que se sitúa en los orígenes tanto de las insatisfacciones colectivas como de la inestabilidad política”5. El conocimiento sobre los contenidos pasionales del alma, a la vez que le permite al hombre político un eficaz manejo de los hombres, otorga inteligibilidad a los fenómenos políticos.


El manejo político de las pasiones

Mi intención es poner en evidencia como, a partir de la concepción sobre la naturaleza psíquica de los hombres, ya sea individual o analizados en masa, y su conducta, el autor va elaborando los contenidos de la acción política que todo hombre que aspire al poder debe conocer.


Del comportamiento humano

En El Príncipe encontramos un primer elemento en la caracterización psíquica de los hombres. Éste es la dificultad de la misma para asumir y metabolizar los cambios. En este sentido, Maquiavelo, al referirse a los principados hereditarios, sostiene que son los más fáciles de conservar y en los que la continuidad en el poder para el príncipe no está bajo amenaza, “a menos que una fuerza arrolladora lo arroje de él”6. El acostumbramiento de los hombres a un determinado statu quo facilita para el príncipe su permanencia en el poder, siendo necesario para éste no alterar, afirma el florentino, el orden establecido por la dinastía predecesora.

Desde luego que es en el principado nuevo en donde afloran los desafíos mayores, precisamente porque está en juego la construcción de un orden político nuevo y su legitimidad. Es por ello que, en esta ardua empresa política, es menester, en la medida de lo posible, respetar las costumbres del pueblo conquistado y evitar modificar sus leyes y tributos. “Pues debe considerarse que no hay nada más difícil de emprender, ni más dudoso de hacer triunfar, ni más peligrosos de manejar, que el introducir nuevas leyes”7. La dificultad estriba, según el autor, en la enemistad que dichas leyes producirán en quienes sacaban provecho de la anterior legislación. Por otro lado, quienes se beneficiarían con los nuevos cambios, sólo ofrecen al príncipe una “amistad tibia” en términos del florentino, en parte por la incredulidad de los hombres, “que nunca fían en las cosas nuevas hasta que ven sus frutos”8. Esta última afirmación pone de manifiesto la desconfianza humana, la cual requiere de la evidencia para convertirse en su opuesto.

Ahora bien, advierte el autor, cuando se trata de principados que estuvieron acostumbrados a vivir en libertad, es decir principados en los cuales había una participación ampliada en la vida política, el escenario se complica porque en ellos “hay más vida, más odio, más ansías de venganza. El recuerdo de su antigua libertad no les concede, no puede concederles un solo momento de reposo9”. En este tipo de principado es necesario llevar a cabo una destrucción total del mismo, o bien radicarse en ellos, puesto que el cambio que se espera es radical, precisamente al tratarse de la instauración de un nuevo orden político.

Maquiavelo, en el capítulo VI del Príncipe, caracteriza a los pueblos como “tornadizos”. En este sentido, el autor da a entender que si es fácil convencer al pueblo de alguna idea, la dificultad emerge en el mantenimiento de su fidelidad a la misma. A los efectos de estar preparado para afrontar este rasgo de inestabilidad, es menester para el hombre de acción acudir a la violencia. Cuando la mera creencia no pueda oficiar de garante de la obediencia, de la lealtad, por ejemplo, se deberá apelar a la fuerza, contando para ello de un ejército propio. “Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo no habrían podido hacer respetar sus estatutos durante mucho tiempo si hubiesen estado desarmados”10.

En aras de mantener fieles a los hombres, el autor afirmará más adelante en el mismo capítulo del Príncipe, que es indispensable para un príncipe hábil hacerse sentir necesario ante el pueblo. La fidelidad o lealtad política es entonces un vínculo que se basa en la mera necesidad y conveniencia; y es manejada por el propio príncipe, quien se debe constituir en el artífice de este vínculo nada o poco desinteresado: “…los hombres sólo obran bien por necesidad…”11. En la medida en que el príncipe se muestra ante los ojos de sus súbditos como su amigo, los tendrá leales, mas cuando requiera de éstos, el descontento estará a la orden del día.

En cuanto a la gratitud y la entrega de los hombres, éstas afloran cuando éstos no esperan lo recibido. Cuando reciben algún bien de quien esperaban o temían algún mal, los hombres muestran su gratitud, poniéndose bajo la protección de su benefactor. Maquiavelo va más lejos en este punto, afirmando que los hombres, no sólo despliegan su gratitud frente a su benefactor, sino que el sometimiento el mayor.

El capítulo siguiente de la mencionada obra maquiaveliana es célebre por el tratamiento que allí se efectúa sobre la instrumentalidad política de la violencia. Como ejemplo de manejo eficaz de la violencia, Maquiavelo se vale de la figura de César Borgia, hijo del Papa Alejandro VI. En dicho capítulo, nuestro autor analiza la administración de la fuerza que llevó adelante este actor de la política italiana de su época, el cual es para Maquiavelo un paradigma de príncipe nuevo. El único error que cometió el duque, a juzgar por nuestro autor, es haber consentido la elección de Julio II como sucesor de su padre en el solio papal. Según Maquiavelo, César Borgia no tuvo en cuenta un elemento muy importante: “Pues los hombres ofenden por miedo o por odio”12. Más adelante agrega: “Pues se engaña quien cree que entre personas eminentes los beneficios nuevos hacen olvidar las ofensas antiguas”13. Las ofensas tienen en su origen un estado pasional: el miedo o el odio. Ahora bien, las ofensas producidas en el pasado siempre tendrán preeminencia sobre los posibles beneficios presentes. El recuerdo de un pasado de ofensas no se desdibuja en los gestos favorables del presente. No hay olvido cuando hubo una ofensa, ni beneficio a otorgar que la redima. Los hombres son propensos, afirma el autor, a mirar el presente bajo el velo del pasado, ya sea del pasado que los historiadores dan a conocer (no siempre con ecuanimidad para Maquiavelo, por su obediencia a la fortuna de los vencedores), o bien del pasado propio, aquél “que siendo viejos, recuerdan haber visto en su juventud”14. Este anclaje en el pasado, en parte, torna sesgada la mirada de los hombres en el presente.

Mas adelante en El Príncipe, Maquiavelo argumenta que las ofensas se realizan con menor reparo ante una figura amada que ante una temida. El temor, en tanto miedo al castigo, afirma el autor, es un vínculo que no se extingue nunca, a diferencia del amor, que es un vínculo de gratitud, de carácter lábil que se quebranta cada vez que se puede obtener algún provecho propio. Ambos, amor y temor, son concebidos por Maquiavelo, como las dos “cosas” principales que impulsan a los hombres15. El amor depende de los otros, afirma el florentino, a diferencia del temor que está en manos del propio príncipe. “Y los hombres tienen menos cuidado en ofender a uno que se haga temer; porque el amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es miedo al castigo que no se pierde nunca”16 “Volviendo a la cuestión de ser amado o temido, concluyo que, como el amor depende de la voluntad de los hombres y el temor de la voluntad del príncipe, un príncipe prudente debe apoyarse en lo suyo y no en lo ajeno, pero, como he dicho, tratando siempre de evitar el odio”17. El temor al príncipe es el mejor antídoto para evitar, frenar o disipar cualquier tipo de manifestación popular adversa, siempre y cuando dicho temor no se transmute en odio. La evitación del odio revela el adecuado manejo de la violencia por parte del estadista. ¿Cómo evitar el odio? Su evitación estriba en no avasallar los bienes de los hombres18, en no tornarse excesivamente “fiscal”. Si los hombres ofenden por miedo, además de odio, es el mismo miedo a la autoridad política el que pone su freno. “El orden político s alquimia del mal, nunca completa, del miedo por el miedo”19.

En relación al tipo de manejo de la violencia, Maquiavelo exhorta al príncipe a aplicarla de una sola vez, “para que no tenga que renovarlas día a día y, al no verse en esa necesidad, pueda conquistar a los hombres a fuerza de beneficios”20. Para el florentino, esta recomendación en la aplicación de la violencia se explica por la dificultad que representa para los hombres soportar un uso continuado de la fuerza. En la medida en que dure menos la aplicación, aunque ésta vaya a la raíz, la capacidad humana para soportarla es mayor: “porque las ofensas deben inferirse de una sola vez para que, durando menos, hieran menos”21. Si la aplicación de la fuerza está justificada por la persecución de algún tipo de bien, su efecto psicológico se atenúa notablemente.

En el célebre capítulo De la crueldad y la clemencia; Y si es mejor ser amado que temido, o ser temido que amado, Maquiavelo esboza una primera concepción antropológica. De la generalidad de los hombres se puede sostener que éstos son: “ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro. Mientras les haces bien, son completamente tuyos: te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y sus hijos, pues –como antes expliqué- ninguna necesidad tienes de ellos; pero cuando la necesidad se presenta se rebelan”22. Además de la concepción maquiaveliana del hombre, de la cita precedente podemos apreciar el fundamento que la obediencia y lealtad política tienen para el hombre común: la propia necesidad y conveniencia.

En el Proemio de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, el autor señala que la naturaleza humana es envidiosa y más adelante en la misma obra, agrega: “…es necesario que quien dispone una república y ordena sus leyes presuponga que todos los hombres son malos, y que podrán en práctica sus perversas ideas siempre que se les presente la ocasión de hacerlo libremente”23. El hombre no es un ser con inclinación al bien por naturaleza: “…los hombres son más inclinados al mal que al bien24”. Su moralidad, por ende, es el resultado de la mera necesidad. Frente a una naturaleza imprevisible y hostil, la unión entre los hombres es el remedio a la situación de inseguridad natural en la que se halla y la unión que permitirá frenar sus ambiciones. Por ende, la moralidad es producto de la vida en sociedad, de su institución humana y la ciudad es el resultado de la necesidad de garantizar la existencia; no de procurar la perfección ética. La cosmología maquiaveliana se nos revela carente de un cierto tipo de orden atravesado por una finalidad última. Es por ello que el azar, lo imprevisible cobra tamaña importancia en el pensamiento teórico-político del autor. En este punto, como en tantos otros, Maquiavelo se ubica como un pensador moderno: la concepción de la naturaleza en tanto ente hostil, impredecible y ausente de finalidad, y la misión del hombre, de cierto tipo de hombre, de lanzarse a su heroica conquista.


De la psiquis humana

En esta concepción antropológica de carácter pesimista, a mi entender es el miedo la pasión subyacente. Los hombres proceden con gratitud porque esperando un mal, reciben un bien, entonces como forma de expresar un alivio frente al miedo despertado ante una espera indeseada, éstos se muestran agradecidos. Agradecidos quizás no por lo que reciben sino por lo indeseado que no reciben. El autor entiende que la ingratitud es el producto de la avaricia y la sospecha25. Ahora bien, ¿no podemos acaso argüir que la avaricia y la sospecha, que desde la óptica maquiaveliana conducen a la ingratitud, son producto del miedo? La volubilidad le permite a los hombres una suerte de mutabilidad y desplazamiento ante las diferentes situaciones que se le presentan, sin verse ceñido a ciertas conductas o pensamientos que lo tornen objeto de predecibilidad alguna. A partir del miedo, se organiza el curso de acción más seguro, siendo tal vez necesario, ante ciertas situaciones, exponer lo que no es (simulación). La simulación es una mise en scène que procura preservar algo que por algún motivo no se pueda dar a conocer, no se puede tornar visible. El florentino concibe, según expresábamos, a los hombres ávidos de lucro. Maquiavelo observa un afán de lucro, un deseo constante que los conduce a los hombres a tomar, adquirir más allá de lo necesario en relación a la autosubsistencia. En cuanto a la avidez de lucro, ésta puede ser entendida como la forma en que los hombres pueden sentirse seguros al contar con un cierto “plus”, aplacando así el miedo26. Maquiavelo afirma que no es sino por las nuevas adquisiciones que el hombre siente seguro lo que ya posee. El miedo ante una posible pérdida de lo ya adquirido se morigera cuando se efectúa una nueva conquista. El afán de adquirir lo nuevo brinda seguridad y está movilizado entonces por el miedo. Maquiavelo afirma en los Discursos: “…porque a los hombres no les parece que poseen con seguridad lo que tienen si no adquieren algo más”27. Hasta qué punto la seguridad es tan relevante para el hombre común que, según el autor, “los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio”28. Los lazos de consanguinidad ofrecen menos seguridad que el propio patrimonio, del cual el príncipe deberá abstenerse de cualquier tipo de decisión que lo perjudique si no quiere desfogar el odio en los hombres. Hasta qué punto los hombres de acuerdo a nuestro escritor aprecian las riquezas que éstos prefieren ceder ante aquellas cuestiones en las cuales se juegue su honor que en aquéllas en las se vean involucrados sus bienes.

El temor, en tanto miedo al castigo y a la pérdida, juega un papel de cabal importancia en la teoría maquiaveliana, siendo necesario que el hombre de acción política lo sepa manejar eficazmente. El temor de la masa es fundamental para su conducción política; de lo contrario sería ésta ingobernable, pues no conocería dique alguno para sus apetitos. Maquiavelo expresa que los hombres, por miedo al castigo, se conservan mejores y menos ambiciosos29. Por ende, el temor morigera los deseos, sobre todo, afirmará el autor, un cierto temor: el temor a Dios. “Porque, donde falta el temor a Dios, es preciso que el reino se arruine o que sea sostenido por el temor a un príncipe que supla la falta de religión”30. Es aconsejable, afirma el florentino, que el temor se apoye preferentemente en Dios, es decir en una fuente imperecedera, todopoderosa, puesto que los príncipes no reúnen estas características y “… el reino acabará enseguida en cuanto le falte su fuerza”31. Con Maquiavelo la religión adopta un carácter instrumental “y el valor moral que ella acarrea a la existencia de los pueblos es el de una fuerza coactiva que desciende de las alturas, amaestrando sabiamente sus ánimos y ratificándolos en el cumplimiento de sus deberes”32. La religión posee, a diferencia de la ley humana, una capacidad mayor para manejar las conciencias. La recurrencia al cielo, al estilo de Solón y Licurgo, ha sido la apelación insoslayable para alcanzar fines políticos. Inspirado en el ejemplo de Roma, Maquiavelo afirma: “… se ve cómo aquellos ciudadanos temían más romper un juramento que la ley, como quien estima más el poder de Dios que el de los otros hombres…”33. “… pero lo que aquí sale a la luz no es el sentimiento en sí, no su necesidad por el alma misma del hombre que encuentre en ella el sostén donde apoyar su natural inquietud, sino más bien el carácter práctico que deriva de ella, por construir un freno para la corrupción y un elemento para el desarrollo ordenado de la vida colectiva”34. Es el miedo de los hombres la pasión que los lleva a estar sometidos al reino de la necesidad, y es por ello que se tornan previsibles; ergo manipulables.

Maquiavelo en los mismos Discursos sobre la primera década de Tito Livio, concibe al psiquismo humano como una suerte de maquinaria deseante inagotable. En términos del florentino: “La causa es que la naturaleza ha constituido al hombre de tal manera que puede desearlo todo, pero no puedo conseguirlo todo, de modo que, siendo siempre mayor el deseo que la capacidad de conseguir, resulta el descontento de lo que posee y la insatisfacción”35. Primordialmente el hombre es un ser pasional, antes que “un ser razonable dispuesto a reconocer y a aceptar los límites de su propia finitud”36. Este defasaje entre el orden del deseo ilimitado y la realidad limitada deja a la creatura humana siempre insatisfecha. La ambición, “la cual es tan poderosa en los corazones humanos, que nunca los abandona, por altos que hayan llegado”37, es entonces sinónimo de este “deseo de todo” que está impreso en la psiquis humana y moviliza a los hombres a la búsqueda de los objetos de satisfacción, al igual de la propia necesidad. Ahora bien, es la ambición y no la necesidad la que lleva a un orden político al colapso, tal lo evidencia el ejemplo de la república romana: “He dicho todo esto porque a la plebe romana no le bastó resguardarse de los nobles mediante la creación de los tribunos, a lo que fue obligada por necesidad, cuando, apenas obtenido aquello, comenzó a luchar movida por la ambición, y al querer compartir con los nobles los honores y las riquezas”38. La ambición va unida al temor. El propio deseo de poseer, al chocar con la realidad, sumerge al hombre en la insatisfacción, insatisfacción que lo mantendrá en un constante movimiento hacia los objetos de deseo. Por otro lado, y para tener seguridad de cuanto posee, el hombre se lanzará a la empresa de adquirir un plus, porque, según afirmábamos con anterioridad, no es sino gracias a nuevas adquisiciones que el hombre adquiere seguridad de cuanto posee. El hombre buscará nuevas adquisiciones para asegurarse de lo que ya posee, aplacando así el temor a su pérdida por un lado, y por el otro para atenuar el estado de insatisfacción que experimentan sus deseos ante los límites impuestos por la realidad.



El autor nos presenta una concepción antropológica desencantada e inmutable, a saber:”… los hombres, como dije en el prólogo, nacen, viven y mueren siempre de la misma manera”39. Este pesimismo antropológico, sin amargo, no alienta ni justifica ningún tipo de pesimismo político; por el contrario, su intención de índole pragmática persigue erradicar cualquier enfoque miope, por más que él mismo nos haga ver la inestabilidad de los logros humanos y la ineliminabilidad del mal. Éste es otro punto en el que el florentino demuestra nuevamente ser hijo de su tiempo. “Seguramente uno de los rasgos más profundamente enraizados en el alma moderna es dudar del bien; es esa sonrisa de superioridad y burla, es esa pasión –la única pasión- de ser despabilado”40. Sin bien hay una naturaleza humana que se presenta a los ojos de nuestro autor inalterable, es necesario dejar en claro que, en relación a los pueblos, éstos asumen rasgos caracterológicos particulares a lo largo del tiempo. La combinación de factores económicos, religiosos, sociopolíticos, culturales, por ejemplo, explican para al autor la existencia de diferentes humores populares. No son los mismos deseos y temores que se observan en un pueblo acostumbrado a vivir en libertad que los observados en otro que siempre estuvo bajo el yugo de un tirano. Un pueblo que cuenta con un ejercicio de la libertad en su haber es un pueblo que se involucra en los negocios públicos, que participa en el espacio público, que ama la libertad y sabe, afirmará el autor, deliberar sobre las defensas y ofensas públicas. Este tipo de pueblo es, por ende, un pueblo difícil de corromper y subsumir en un estado de servidumbre. Por ende, es un pueblo compatible con la república. Por el contrario, un pueblo que siempre estuvo acostumbrado a vivir bajo la obediencia de un príncipe, es un pueblo en el cual preservar la libertad, si la conquistase, es una impresa difícil. “Y tal dificultad es razonable, porque aquel pueblo es como un animal que, aunque de naturaleza feroz y silvestre, se ha alimentado siempre en prisión y servidumbre (…), no estando acostumbrado a procurarse el alimento ni sabiendo los lugares en que puede refugiarse, se convierte en presa fácil para el primero que quiera ponerle de nuevo las cadenas41. Aún más difícil se torna mantener la libertad en pueblos corruptos. Cuando la materia está corrompida, carente de aptitud para la vida libre, expresa Maquiavelo, las leyes bien ordenadas no surten su efecto, salvo en la improbable situación en las cuales las leyes sean proclamadas por algún actor que cuente con un poder suficiente que las haga cumplir durante el tiempo que lleve la reconversión de la materia. Sólo la virtud de un hombre vivo puede hacer que una ciudad corrompida se regenere, y tan pronto como este hombre desaparece, la reedición de los malos y viejos hábitos es un fatal resultado. Sólo la excepcionalidad de ciertas medidas, ignotas y resistidas por la mayoría, podrían permitir otro desenlace. Es por ello que para los pueblos corruptos Maquiavelo prescribe la monarquía, “para que los hombres cuya insolencia no pueda ser corregida por las leyes sean frenados de algún modo por una potestad casi regia”42. Cuando una ciudad ha alcanzado un cierto grado de corrupción es necesaria, afirma el autor, convertirla en reino. La razón de ello es “que las leyes no bastan para frenarla, es preciso ordenar, junto con las leyes, alguna fuerza mayor, como un poder regio que, con autoridad absoluta y extraordinaria, ponga freno a la excesiva ambición y corruptela de los poderosos”43. Cuando los niveles de corrupción política son altos, “siempre será necesario –en una república no menos que en un principado- depender del régimen enérgico de un solo hombre para restaurar la prístina virtü de una comunidad”44. Es interesante el sentido que le imputa a la palabra corrupción el autor, el cual, como bien señala Skinner, se vincula con la ausencia de dedicación al bien común, priorizando los intereses privados a los de la ciudad45. La corrupción, en el sentido maquiaveliano del término, es la amenaza que se alza sobre la libertad política, cuando no su causa de muerte, como lo ilustra el ejemplo de la libertad romana, “proceso que equipara con la creciente propensión de los “poderosos "a proponer leyes“ no para las libertades comunes, sino para aumentar su propio poder”46. La corrupción implica la falta de aptitud para una vida en libertad política, ausencia que estraga a esta última y se profundiza cuando el poder de unos pocos excluye al poder de los muchos. ¿Cuál es la razón principal por la cual un pueblo acostumbrado al sometimiento a un príncipe anhela la libertad? Antes de proseguir, es importante tener en claro el concepto de libertad para el autor. De manera sumaria, y sin entrar en agudas disquisiciones, por libertad entiende, principalmente, “la independencia de toda agresión y tiranía exteriores” Además, “cuando Maquiavelo habla de “libertad” también está pensando en el correspondiente poder de un pueblo libre para gobernarse a sí mismo, en vez de ser gobernado por un príncipe”47.Una minoría anhela la libertad para mandar, afirma Maquiavelo, mas para la mayoría la libertad es garantía de su seguridad. La forma que el autor advierte para satisfacer las ansías de libertad del pueblo estriba en hacer leyes mediante las cuales se garantice mediante ellas la seguridad de todos: “… a los que les basta con vivir seguros, se satisfacen con facilidad haciendo leyes y ordenamientos en los que, a la vez que se afirma el poder, se garantice la seguridad de todos”48. Más adelante en los Discorsi el autor expresa que el anhelo de los pueblos a vivir en libertad estriba que en que es gracias a ella que pueden aumentar su riqueza y dominio. Los ejemplos de la grandeza de Atenas y Roma. tras la liberación de la tiranía de Pisístrato y la de los reyes respectivamente, son los ejemplos de los que el autor se vale para fundamentar lo dicho. ¿Por qué la libertad es causa del aumento de la riqueza y el domino en una ciudad? La respuesta es fácil de saber, afirma Maquiavelo: La libertad sólo se alcanza en las repúblicas para el florentino, ciudades en las que reina el bien común por encima de los intereses particulares. En este sentido, los hombres del pasado, a diferencia de los coetáneos de Maquiavelo, eran hombres cuyo amor a la libertad estaba cimentado en la religión pagana. Explica el autor: “Pues como nuestra religión muestra la verdad y el camino verdadero, esto hace estimar menos los honores mundanos, mientras que los antiguos, estimándolos mucho y teniéndolos por el sumo bien, eran más arrojados en sus actos”49. Prosigue el autor: “La religión antigua, además, no beatificaba más que a hombres llenos de gloria mundana, con los capitanes de los ejércitos o los jefes de las repúblicas. Nuestra religión ha glorificado más a los hombres contemplativos que a los activos. A esto se añade que ha puesto el mayor bien en la humildad, la abyección y el desprecio de las cosas humanas, mientras la otra lo ponía en la grandeza de ánimo, en lo fortaleza corporal y en todas las cosas adecuadas para hacer fuertes a los hombres. Y cuando nuestra religión te pide que tengas fortaleza, quiere decir que seas capaz de soportar, no de hacer un acto de fuerza”50. Advertimos que su pesimismo antropológico se refleja en la propia constitución psíquica del hombre por un lado, y por otro en su inclinación ética.
Del pueblo y del hombre virtuoso

Maquiavelo considera a la masa como un objeto manipulable, explicando que dicha manipulabilidad se debe al apego de los hombres al reino de la necesidad. “Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre alguien que se deje engañar”51. Más adelante, en el mismo capítulo XVIII, afirma: “… porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen dónde apoyarse”52. El hombre es tan simple, tan corto de miras que, por su sujeción al dictado de las necesidades, queda atrapado en los límites del plano apariencial. Es precisamente la naturaleza humana subsumida en el reino de la necesidad, la que la torna maleable, y es la mera necesidad lo que lleva a los hombres a convertirse en obradores de buenas acciones. Por otro lado, el mismo autor considera que ceñir el juicio a este plano de la realidad es más cómodo y es lo más asequible para este hombre de mentalidad sencilla: “Pues los hombres, en general, juzgan más con los ojos que con las manos porque todos pueden ver, pero pocos tocar53. “…porque la mayoría de los hombres se sienten tan satisfechos con lo que parece como con lo que es, y muchas veces se mueven más por las cosas aparentes que por las que realmente existen”54. Dado que el juicio del hombre común queda restringido al plano de la apariencia, y los cambios son leídos como posibles amenazas al orden de certezas establecido, las reformas en la ciudad deben implementarse bajo la sombra de los usos antiguos, afirmará Maquiavelo. Recordamos que los hombres son reacios al cambio, a la novedad, cobrando el pasado gran preeminencia en ellos.

En relación a cómo debe el actor político mostrarse en el plano aparencial, siendo éste el plano de la acción política por antonomasia, además del único plano asequible al vulgo, como afirmaba, este actor debe desplegar ciertas “cualidades” a través de su actuación política que, al juzgar por el florentino, son las esperadas por el pueblo de quien se considere un cabal estadista. En palabras del autor: “Hace despreciable el ser considerado voluble, frívolo, afeminado, pusilánime e irresoluto, defectos de los cuales debe alejarse como una nave de un escollo, e ingeniarse para que en sus actos se reconozca grandeza, valentía, seriedad y fuerza”55. La masa exige de su conductor estos atributos últimos como condición para su obediencia política. Ahora bien, la grandeza, valentía, seriedad y fuerza que puedan reconocerse en los actos del príncipe no pueden sobrepasar un límite; éste es el de los bienes y el honor de los hombres. “Hace odioso, sobre todo, como ya lo he dicho antes, el ser expoliador y el apoderarse de los bienes y de las mujeres de los súbditos, de todo lo cual convendrá abstenerse”56. Conducirse más allá de este límite expone al estadista a uno de los peligros más grande que debe temer y de los cuales debe alejarse: el odio del pueblo expresado a través de la sublevación interna. Nuevamente el autor subraya la importancia para el hombre público de evitar el odio popular, debiéndose abstener para ello de intervenir desfavorablemente en la situación patrimonial de los hombres.

Maquiavelo deja en claro que el príncipe, a los fines de conservar su poder, debe empeñarse por todos los medios a su alcance en dejar satisfecho al pueblo. Lograr este estado de satisfacción en los súbditos, nos advierte el autor, obstaculiza el camino a cualquier posible conspirador que intente hacerse del poder político, puesto que una masa insatisfecha es el escenario ideal para las conspiraciones. Para procurar la satisfacción de la masa, es menester evitar el odio, afirma el florentino, siendo la falta de esta pasión un remedio eficaz para el príncipe contra las conjuraciones. “Llego, pues a la conclusión de que un príncipe, cuando es apreciado por el pueblo, debe cuidarse muy poco de las conspiraciones; pero que debe temer todo y a todos cuando lo tiene por enemigo y es aborrecido por él”57. Es dable comprobar como la satisfacción de un aspecto psicológico es vital para la consecución de fines políticos.

En las ciudades en las cuales el pueblo tenga una importante participación en los asuntos públicos, y a los fines de procurar su satisfacción, es menester que ésta disponga de canales para que el mismo pueblo pueda desfogar su ambición. Al hacer esta afirmación, Maquiavelo estaba mirando el ejemplo de la Roma republicana: el atrincheramiento de la plebe en las afueras de la ciudad debido a la embestida en su contra por parte de los nobles tras la muerte de los tarquinos, situación ésta que dio lugar a la creación de los tribunos de la plebe. El florentino, si bien concibe al pueblo como un colectivo portador de ambiciones, ambiciones que cuando los deseos provienen de un pueblo libre, no son perjudiciales para la libertad política, motivo por el cual es menester que sean atendidas: “…de éstas era la ciudad de Roma, que lo hacía de esta manera: cuando el pueblo quería que se promulgase alguna ley, o protestaba en la forma que hemos descrito o se negaba a enrolarse para ir a la guerra, de modo que era preciso aplacarlo satisfaciendo, al menos en parte, sus peticiones”58. Arbitrar los medios para satisfacer dichos deseos no es una cuestión que amenace la vida cívica de la ciudad; precisamente al dimanar las peticiones populares de la amenaza de opresión, o bien de su mera sospecha. Muchos podrían cuestionar la calificación de ambicioso utilizada por el autor en relación a las peticiones de este perfil de pueblo, precisamente cuando este actor actuaría movilizado por el miedo a ser oprimido. Este sujeto colectivo no está atravesado por un deseo ardiente de honores y riquezas, que son las cosas más estimadas por los hombres59; más bien su deseo se presenta un tanto modesto, pasible de ser satisfecho. Como bien afirma Manent: “El deseo del pueblo es, después de todo, inocente: no quiere ser oprimido”60.

Maquiavelo sostiene que una multitud sin una cabeza se torna en una masa inútil. El autor se vale del siguiente ejemplo de la historia romana para dar cuenta de lo afirmado: “Estaba la plebe romana en armas retirada en el monte Sacro, a causa del incidente de Virginia. Mandó el senado embajadores para preguntarles con qué autoridad había abandonado a sus capitanes y se había marchado al monte. Y era tan respetada la autoridad del senado que, no contando la plebe con un jefe, nadie se atrevía a responder. Y Tito Livio dice que no les faltaba quien contestase”61. La multitud, además, encuentra el catalizador de sus anhelos en la figura de un hombre venerable, que la conduzca, la mantenga cohesionada y vele por su defensa. Por otro lado, una multitud que no esté sujeta a ningún mando es pasible de ser fácilmente reducirla62. “…todos juntos son valientes, y cuando luego cada uno empieza a pensar en el propio peligro, se vuelven cobardes y débiles”63.

La cabeza que lidere a la masa no es cualquier cabeza; a saber, el autor está pensando en una suerte de hombre extraordinario, de hombre virtuoso. La ambición que inspira a este hombre, a este ser de mente superior, es el deseo de gloria y honor. Al estar animado por este deseo elevado, este hombre se posiciona por encima de los deseos mundanos, inclusive del miedo a la muerte. Éste es el ideal de hombre político, aquél que inspirado en el deseo de gloria y honor se lanza a la acción política, haciendo de su deseo egoísta una causa política. En otros términos, la pasión de honor y gloria es una suerte de pasión impulsiva que permite al hombre sobreponerse al miedo, a la necesidad, para aventurarse en un camino de acechantes peligros. Esta pasión, aunque de corte egoísta, en el pensamiento maquiaveliano conspira a favor de fines políticos, es decir de fines que van más allá de lo meramente apetitivo e individual, motivo por el cual, podríamos argüir, es la pasión política por antonomasia del ideal del hombre vistoso. Puesto que el deseo de gloria y honor no se conquista en el orden doméstico ni mercantil, es que el hombre virtuoso debe lanzarse al terreno donde sí se le prometen: debe, sobreponiéndose al miedo y a los deseos más mundanos, precipitarse en la arena política.
Consideraciones finales

En el pensamiento político de Nicolás Maquiavelo las pasiones ocupan un lugar preponderante, siendo evidenciable la estrecha relación entre lo psíquico y lo político. Los aspectos pasionales del alma se constituyen en las fuerzas dinámicas del campo político, y su conocimiento, el cual abreva en la experiencia personal y en los aportes de la Historia, es axial para el hombre público. Las pasiones humanas devienen objeto de conocimiento político, conocimiento encaminado a la manipulación de los hombres y a la búsqueda de inteligibilidad de los propios fenómenos políticos. Por ende, las pasiones son ineliminables, se reeditan históricamente, y su capitalización política depende de su conocimiento y eficaz manejo.

Miedo y deseo son las principales pasiones que mueven al hombre, que movilizan el psiquismo humano. El deseo siempre insatisfecho como producto de los límites que le impone lo real, persigue un plus. Además, este plus no sólo se persigue ante la insatisfacción producida por el desfasaje entre el deseo ilimitado y la realidad limitante, sino también para sofocar el miedo a la pérdida, el cual sólo se logra en la conquista de lo nuevo. Al parecer, según el florentino, en virtud de las nuevas adquisiciones, el hombre cobra seguridad de cuanto posee, aplacando así el miedo que lo atraviesa. El manejo de ambas pasiones es de vital importancia para el hombre que aspire a la conquista del poder público. El manejo del miedo y el deseo, es decir el manejo de los aspectos pasionales del hombre en general, en el teatro político de la apariencia, son fundamentales para el logro de los fines políticos. Conocer las pasiones humanas le permiten al actor político la manipulabilidad de los hombres, manipulabilidad que se torna necesaria a los efectos de alcanzar dichos fines.

El hombre virtuoso maquiaveliano, este hombre de máxima prudencia, no es un mortal ordinario. Es su deseo de honor y gloria la pasión que singulariza a este ser del resto de los mortales, impulsándolo a una patriada para elegidos: la conquista y la conservación del poder. Esta pasión, al impulsar a este hombre a emprender desafíos mayores, lo invita a meditar sobre su propia muerte, y es en virtud de esta reflexión que este hombre encuentra sentido a la propia vida como a su ocaso.



Bibliografía

  • Ansart, Pierre, Los clínicos de las pasiones políticas, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1997.

  • Bodei, Remo, Geometría de las pasiones. Miedo, esperanza, felicidad, filosofía y uso político, Fondo de Cultura Económica, México, 1995.

  • Bordelois, Ivonne, Etimología de las pasiones, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2006.

  • Branda, Corina, “El pensamiento de Nicolás Maquiavelo a la luz de la categoría warburgiana Das Nachleben der Antike”, en Revista Temas & Debates, Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Año 9, Nº 9, Rosario, Octubre de 2005.

  • Braun, Rafael, “Reflexión política y pasión humana en el realismo de Maquiavelo”, en Fortuna y Virtud en al República Democrática. Ensayos sobre Maquiavelo, Tomás Várnagy CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2000.

  • Cassirer, Ernst, El mito del Estado, Fondo de Cultura Económica, México, 1968.

  • Chabod, Federico, Escritos sobre Maquiavelo, Fondo de Cultura Económico, México, 1984.

  • Hilb, Claudia, Leo Strauss: al arte de leer. Una lectura de la interpretación straussiana de Maquiavelo, Hobbes, Locke y Spinoza, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005.

  • Manent, Pierre, Historia del pensamiento liberal, Emecé editores, Buenos Aires, 1990.

  • Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Editores Unidos, México, 1989.

  • Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Alianza, España, 2005.

  • Skinner, Quentin, Los fundamentos del pensamiento político moderno, Tomo I, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.



1 Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Editores Unidos, México, 1989, p. 39.

2 Braun, Rafael, “Reflexión política y pasión humana en el realismo de Maquiavelo”, en Fortuna y Virtud en al República Democrática. Ensayos sobre Maquiavelo, Tomás Várnagy CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2000, p. 82.

3 Hilb, Claudia, Leo Strauss: al arte de leer. Una lectura de la interpretación straussiana de Maquiavelo, Hobbes, Locke y Spinoza, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005, p. 43.

4 Idem, p. 77.

5 Ansart, Pierre, Los clínicos de las pasiones políticas, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1997, 94.

6 Maquiavelo, Nicolás, Op. Cit., p. 41.

7 Idem, p. 60.

8 Idem, p. 60.

9 Idem, p. 57.

10 Idem, p. 61.

11 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Madrid, Alianza, 2003, pp. 40-41.

12 Idem, p. 71.

13 Idem, p. 71.

14 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit., p. 187.

15 Idem, p. 380.

16 Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Op. Cit. p. 107.

17 Idem, p. 109.

18 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit., p. 377.

19 Manent, Pierre, Historia del pensamiento liberal, Emecé editores, Buenos Aires, 1990, p. 53.

20 Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Op. Cit., p. 76.

21 Idem, p. 77.

22 Idem, p. 107.

23 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Licio, Op. Cit., p. 40.

24 Idem, p. 61.

25 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Licio, Op. Cit., p 112.

26 Más adelante veremos que, además de la pasión del miedo, es la propia insatisfacción de los deseos, la cual se concibe como producto del desfasaje entre los ilimitados deseos y la limitante realidad, la que junto al miedo dinamiza al psiquismo humano.

27 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Licio, Op. Cit., p. 46.

28 Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Op. Cit., p. 108.

29 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit p. 110.

30 Idem, p. 70.

31 Idem, p. 70.

32 Chabod, Federico, Escritos sobre Maquiavelo, Fondo de Cultura Económico, México, 1984, Op. Cit., p. 90.

33 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit., p. 67.

34 Chabod, Federico, Op. Cit., pp. 89-90.

35 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit., pp. 126-127.

36 Braun, Rafael, Op. Cit., p. 83.

37 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit., pp. 126.

38 Idem, p. 127.

39.Idem, p. 71.

40 Manent, Pierre, Op. Cit., p. 42.

41 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit., pp., 82.

42 Idem, p. 92.

43 Idem, pp. 170-171

44 Skinner, Quentin, Los fundamentos del pensamiento político moderno, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, Tomo I, p. 148.

45 Idem, p. 190.

46 Idem. Las comillas pertenecer al autor.

47 Idem, p. 183.

48 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit pp. 84-85

49 Idem, p. 198.

50 Idem, p. 199.

51 Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Op. Cit., p. 111.

52 Idem, p. 112.

53 Idem, p.112.

54 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit., p. 103.

55 Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Op. Cit., p. 113.

56 Idem, .p. 113.

57 Idem, p. 116.

58 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit., p. 42-43.

59 Idem, p. 127.

60 Manent, Pierre, Op. Cit., p. 45.

61 Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Op. Cit., p. 144.

62 Idem, pp. 174-175.

63 Idem, p. 175.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal