Trullion: alastor 2262 Jack Vance



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1. Bufa: porra acolchada de noventa centímetros usada para arrojar los enemigos a los depósitos.

2. La mitad de la taquilla se dividía entre los dos equipos competidores, en una proporción de tres partes para el vencedor y una para el derrotado.

3. Tanchinaro: un pez negro y plateado del lejano Océano del Sur.

11
Después de la tiesta ofrecida por lord Gensifer, Glinnes pasó la noche con Tyran Lucho, que vivía en la isla Altramar, a algunos kilómetros al este de las Cinco Islas. A unos trescientos metros, tras cruzar una laguna y varios bancos de arena, se abría el Océano del Sur. El patio delantero de Lucho era una playa blanca. Cuando Glinnes y Tyran llegaron vieron que se estaba celebrando una observación de estrellas. Sobre un par de fuegos se asaban y chisporroteaban cangrejos, langostinos, bulbos de mar, pentabráquidos, algas amargas y una amalgama de mariscos. Se habían abierto barriles de cerveza, y sobre una mesa se amontonaban gruesas hogazas de pan crujiente, frutas y conservas. Treinta personas de todas las edades comían, bebían, cantaban, tocaban guitarras y armónicas, correteaban por la arena y abordaban a quien tuvieran la intención de poseer en la playa cuando cayera la noche. Glinnes se sintió al instante a gusto, en contraste con la cohibición experimentada en la fiesta de lord Gensifer, donde la alegría se había manifestado dentro de los límites fijados por la formalidad. Aquí estaban los trills que la fanscherada despreciaba, indisciplinados, frívolos, glotones, enamoradizos, algunos desarreglados y sucios, otros meramente desarreglados. Los niños practicaban juegos eróticos, al igual que los adultos. Glinnes observó a varios bajo la influencia evidente del cauch. Cada persona llevaba la ropa que consideraba apropiada: un forastero se habría creído en medio de un baile de disfraces. Tyran Lucho, condicionado y disciplinado por el hussade, exhibía prendas y maneras menos extravagantes. De todas formas, como Glinnes, se relajó con agrado sobre la arena con una jarra de cerveza y una bandeja de mariscos a la plancha. La fiesta era, en teoría, una «observación de estrellas»; el aire suave y las estrellas colgaban en lo alto como grandes farolillos de papel. Sin embargo, un ambiente festivo predominaba en el grupo, y no era probable que se pensara mucho en las estrellas al caer la noche.

Tyran Lucho había jugado con equipos de mucha reputación. Sobre el campo se le consideraba un hombre taciturno, muy habilidoso y casi único en su habilidad de atravesarlo a través de una muralla de enemigos en apariencia inexpugnable, regateando, esquivando, columpiándose de camino a camino o soltándose del trapecio para retroceder de un salto, un truco que incitaba en ocasiones a sus oponentes al acto ridículo de lanzarse al depósito por voluntad propia. Junto con Salvaje Wilmer Guff, Lucho había formado parte del equipo ideal soñado por lord Gensifer. Glinnes se acomodó junto a Lucho y se pusieron a hablar del partido.

—En esencia —dijo Glinnes —, la delantera funciona bien, a excepción de Pie Deforme Chust, y la defensa es penosamente endeble.

—Cierto, Savat tiene muchas posibilidades. Por desgracia, Tammi le desorienta y no sabe si correr hacia adelante o hacia atrás.

«Tammi» era el apodo con el que el equipo designaba a Thammas, lord Gensifer.

—Estoy de acuerdo —dijo Glinnes—. Hasta Sarkado es, como mínimo, idóneo, aunque demasiado indeciso para encajar en un buen equipo.

—Para ganar —siguió Lucho —, necesitamos una defensa, pero lo más urgente es un capitán. Tammi no tiene ni idea de lo que hace.

—Por desgracia, el equipo le pertenece.

—¡Pero se trata de nuestro tiempo y de nuestro provecho! —declaró Lucho con una vehemencia que sorprendió a Glinnes—. Y también de nuestra reputación. A nadie le beneficia jugar con una pandilla de bufones.

—Y, sobre todo, te puede impulsar a rebajar tus exigencias de calidad en el juego.

—He estado reflexionando sobre el asunto. Abandoné a los Vengadores de Poldan para poder vivir en casa, y pensé que tal vez lord Gensifer reuniría un buen equipo, pero nunca lo conseguirá si se empeña en dirigir al equipo como si fuera su juguete particular.

—Sí pero es el capitán; ¿quién jugará en su puesto? ¿Y si lo ocuparas tú?

Lucho agitó la cabeza.

—No tengo paciencia. ¿Y tú?

—Prefiero jugar de atacante. Candolf es muy bueno.

—Es una posibilidad, en caso necesario, pero tengo en mente a otro hombre... Denzel Warhound.

Glinnes meditó unos momentos.

—Es inteligente y veloz, y no desdeña el cuerpo a cuerpo. Sería un buen capitán. ¿Es un alcatraz de corazón?

—Quiere jugar. Los Alcatraces carecen de estadio propio; la suya es una situación temporal. Warhound cambiará de bando si se le ofrece una buena oportunidad.

Glinnes vació su jarra de cerveza.

—A Tammi le daría algo si supiera de lo que estamos hablando... ¿Quién es esa chica tan bonita de la blusa blanca? Me sabe mal verla tan solitaria.

—Es prima segunda de la esposa de mi hermano. Se llama Thaio y es muy simpática.

—Iré a preguntarle si quiere ser sheirl.

—Te dirá que hasta los nueve años fue su ambición más codiciada.

El partido entre los Gorgonas y los Tanchinaros se celebró un día hermoso y cálido por la tarde. El cielo parecía una semiesfera de vidrio blanco opaco. Los Tanchinaros eran inmensamente populares en Saurkash, y el público superaba la capacidad del estadio. Por pura curiosidad, Glinnes recorrió con la mirada la fila de palcos: allí, como en la anterior ocasión, acompañado de su cámara, se hallaba Lute Casagave. «Qué raro», pensó Glinnes.

Los equipos se alinearon para el desfile, y las sheirls se adelantaron. Por los Tanchinaros, Filene Sadjo, de rostro vivaz, hija de un pescador de Far Spinney; por los Gorgonas, Karue Liriant, una chica alta de cabello oscuro, madura y espléndida figura, evidente incluso bajo los pliegues clásicos de su vestido blanco. Lord Gensifer había mantenido su identidad en secreto hasta una reunión del equipo convocada tres días antes del partido. Karue Liriant no había intentado hacerse popular...

Un mal presagio. De todas formas, Karue Liriant era el factor que menos minaba la moral. El defensa izquierdo Ramos, cansado de las críticas de lord Gensifer, había abandonado el equipo.

—No es que yo sea muy experto —le dijo a su capitán—. pero usted es mucho peor. Sería más justo que yo le gritara ki—yik—yik—yik a usted que usted a mí.

—¡Fuera del campo! —ladró lord Gensifer—. Si no te hubieras ido, yo te habría echado.

—Bah —dijo Ramos—. Si echara a todos los que se quejan, jugaría solo.

La cuestión de la sustitución se suscitó durante el descanso posterior al entrenamiento.

—Tengo una idea para ayudar al equipo —dijo Lucho a lord Gensifer— . Suponga que usted juega de defensa, para lo que está muy capacitado, puesto que es lo bastante corpulento y obstinado. En ese caso, conozco a un hombre que nos iría muy bien de capitán.

—Ah, ¿sí? —dijo lord Gensifer con frialdad—. ¿Y quién es ese dechado de virtudes?

—Denzel Warhound, que ahora juega con los Alcatraces.

Lord Gensifer apenas pudo controlar su voz.

—Sería más sencillo y menos desbaratador contratar a un nuevo defensa.

Lucho no insistió. El nuevo defensa, un hombre todavía más torpe que Ramos, apareció en la siguiente sesión de entrenamientos.

Los Gorgonas, por tanto, fueron a jugar contra los Tanchinaros en un pésimo estado de ánimo.

Después de dar la vuelta al campo, los dos equipos se pusieron los cascos para realizar esa metamorfosis siempre sorprendente que convierte a los hombres en demiurgos heroicos, pues cada uno asume en algún grado la cualidad de la máscara. Glinnes vio por primera vez las máscaras tanchinaras, impresionantes objetos negros y plateados con plumas rojas y violetas. El despliegue de los Tanchinaros por el campo fue espectacular. Tal como se esperaba, eran fuertes y macizos. «Un equipo de diez defensas y un viejo gordo», como lo había descrito Carbo Gilweg. El «viejo gordo» era el capitán Nilo Neronavy, que jamás abandonaba el radio protector de su hange, y cuyas jugadas eran tan directas como retorcidas y confusas las de lord Gensifer. Glinnes comprendió por anticipado que no habría problemas en la defensa, ya que los delanteros tanchinaros eran torpes en el trapecio, y la veloz línea delantera de los Gorgonas podría burlarles uno tras otro. La ofensiva era otra cosa. Glinnes, de haber sido capitán, habría movido a los delanteros de un lado a otro, hasta practicar una brecha por la que penetrara como un rayo uno de los atacantes. Dudaba de que lord Gensifer adoptara esta estrategia, e incluso de que fuera capaz de controlar lo suficiente el equipo para orquestar las veloces fintas y maniobras.

A los Gorgonas les tocó la luz verde. Sonó el gong, la luz destelló en verde y el partido empezó.

—¡Doce a diez, ki—yik —gritó lord Gensifer, empujando a delanteros y libres hacia el foso, mientras los defensas avanzaban dos posiciones —. ¡Trece a ocho!

Un ataque de penetración por los pasillos laterales, ejecutado por laterales y libres, en tanto los atacantes se disponían a salvar el foso. Hasta el momento, todo bien. No tardaría ni un segundo en oírse el grito «Ocho a trece», que significaría que los libres seguirían en línea recta y los delanteros se desviarían hacia la izquierda. Los libres atravesaron el foso. Los delanteros tanchinaros titubearon; era el momento preciso para desencadenar un ataque fulgurante contra el ala derecha tanchinara, pero lord Gensifer vaciló. Los delanteros recuperaron la iniciativa, los libres volvieron a cruzar el foso y la luz roja se encendió.

El juego prosiguió de este modo quince minutos. Dos delanteros tanchinaros fueron lanzados al depósito en el curso de un ataque, pero regresaron al campo antes de que los Gorgonas aprovecharan su ventaja. Lord Gensifer se impacientó y probó una nueva táctica, precisamente la que Glinnes había empleado para lograr un tanto contra los Alcatraces, y que resultó del todo inapropiada en el caso de los Tanchinaros.

Como resultado, los cuatro delanteros, un libre y el propio lord Gensifer fueron a parar al depósito, y los Tanchinaros no encontraron dificultades para aferrar la anilla. Lord Gensifer pagó unos mil ozols por el rescate.

Los equipos se reagruparon.

—Conozco un modo de ganar el partido —dijo Lucho a Glinnes—. Mantener a Tammi en el depósito de castigo.

—Muy bien —aceptó Glinnes. La táctica Absoluta Estupidez— Díselo a Savat, yo se lo diré a Chust.

Luz verde, lord Gensifer puso a su equipo en acción. Dos segundos antes de que la luz cambiara, toda la línea frontal gorgona se movió sin objetivo aparente. Estupefacto, lord Gensifer bramó contraórdenes cuando la luz roja ya se había iluminado. El juego se interrumpió mientras el capitán de los Gorgonas, sin comprender muy bien lo que había ocurrido, se sumergía en el depósito de castigo.

Glinnes, como punta derecha, asumió el control. Aprovechando la luz roja, los Tanchinaros intentaron cruzar en tromba el foso. Con una excelente precisión, los delanteros gorgonas enviaron al depósito a los dos atacantes tanchinaros, y los laterales retrocedieron. Luz verde.

Glinnes llevó sus ideas a la práctica. Ordenó jugar en serie. La vanguardia se desplazó arriba y abajo, y después delanteros y libres gorgonas se lanzaron hacia adelante. Los libres tanchinaros terminaron en el depósito, pero los defensas aguantaron: un baluarte inexpugnable. Glinnes hizo avanzar a sus dos delanteros centrales; ocho hombres se precipitaron hacia el centro. Los defensas tanchinaros se vieron obligados a reagruparse. Glinnes se deslizó por detrás, arrojó a Carbo Gilweg al depósito en señal de amistad y agarró la silla de oro.

Lord Gensifer salió malhumorado del depósito, sin hablar con nadie, y recogió mil ozols de manos de Nilo Neronavy.

Los equipos ocuparon sus posiciones. Luz roja. Los Tanchinaros se agruparon en su lado izquierdo, con la esperanza de que algún imprudente gorgona cruzara el foso. Glinnes intercambió una mirada con Lucho. Ambos habían adivinado la intención del contrario y ambos cruzaron, corriendo por las pasarelas centrales a una velocidad que confundió a un equipo preparado para la ofensiva. Tras ellos fueron los laterales y los libres. Una confusión de fintas y balanceos, y los Gorgonas se plantaron tras la línea defensiva para enfrentarse a los defensas. Salvaje Wilmer Guff. el libre, rompió el cerco y aferró la anilla.

—Hay otro método de ganar —susurró Lucho a Glinnes—. Atacar cuando las luces están apagadas y Tammi no puede discutir.

Los equipos se reagruparon. De nuevo luz roja. Nilo Neronavy utilizó la estrategia que mejor se acomodaba a las habilidades del los Tanchinaros: atacar en tromba. Lucho y Chust fueron lanzados al depósito, Savat y Glinnes retrocedieron. Los Tanchinaros concentraron todos sus defensas en el foso. Luz verde.

—¡Veinte a dos! —gritó lord Gensifer.

Era una jugada sencilla, tan buena como cualquier otra, que consistía en enviar atropelladamente a los delanteros hacia la zaga del contrario. Los defensas tanchinaros se replegaron; los Gorgonas no pudieron romper la muralla. Carbo Gilweg se enfrentó a Glinnes y lucharon con sus bufas, adelante, atrás, gancho, quite. Gilweg bajó la cabeza y cargó.

Glinnes intentó esquivarle, pero la bufa de Gilweg le alcanzó. Al depósito. Gilweg le miró.

—¿Cómo está el agua?

Glinnes no respondió. Había sonado el gong. Algún tanchinaro había llegado a la orilla.

Los equipos descansaron cinco minutos. Lord Gensifer se apartó con semblante severo. Pese a ello. Lucho se acercó para ofrecerle sus consejos.

—No cabe duda de que volverán a emplear la Gran Embestida. De hecho, no van a esperar: cargarán durante la luz verde. Hemos de romper su centro antes de que se lancen.

Lord Gensifer no contestó.

Los equipos salieron de nuevo al campo. Luz verde. Lord Gensifer condujo a sus hombres hacia el foso. Los Tanchinaros habían adoptado la formación llamada alambrada, que invitaba al ataque de los Gorgonas. Una situación en la que los ágiles delanteros gorgonas, columpiándose en los trapecios, podían lanzar al depósito a tanchinaros aislados... o ser lanzados. Lord Gensifer se negó a atacar. Luz roja. Los Tanchinaros permanecieron en posición defensiva. Luz verde. El capitán de los Gorgonas retuvo todavía a sus hombres, una táctica imprudente porque indicaba duda.

—¡Avancemos! — le gritó Glinnes—. Siempre podemos volver.

Lord Gensifer guardó un hosco silencio.

Luz roja. Los once Tanchinaros avanzaron como un sólo hombre.

«...y sólo la sheirl defiende el pedestal», como terminaba el refrán. Al igual que antes, rebasaron el foso, y sólo se quedaron en su terreno los defensas.

Luz verde. Lord Gensifer ordenó un desplazamiento a la derecha y atacar a los Tanchinaros que se habían internado por la izquierda.

En la escaramuza, dos hombres de cada equipo cayeron al depósito, pero entretanto los Tanchinaros habían superado la muralla derecha de los Gorgonas, y el inepto defensa nuevo fue arrojado al depósito.

La luz cambió a rojo. Los Tanchinaros, paso a paso, avanzaron hacia el pedestal de los Gorgonas, donde Karue Liriant aguardaba sin demostrar zozobra.

Luz verde. Lord Gensifer se enfrentaba a una situación desesperada. Sus delanteros controlaban el centro, pero los defensas y libres tanchinaros que venían por las pasarelas centrales les cercaban y asediaban. Glinnes se abalanzó sobre los atacantes. Por el rabillo del ojo creyó distinguir una vía sin obstáculos, siempre que pudiera apartar a un defensa de su posición.

Luz roja. Glinnes se balanceó lejos de los atacantes tanchinaros. Atravesó corriendo el foso. ¡Tenía el camino libre, nadie se lo impedía! Garbo Gilweg, con un esfuerzo desesperado, saltó para detener a Glinnes con la bufa. Los dos cayeron al foso.

El gong sonó tres veces. El partido había sido ganado.

El arbitro llamó a lord Gensifer y solicitó el rescate, que fue denegado. La música adquirió una tonalidad triste y exaltada, una música dorada como el crepúsculo, que seguía el ritmo de un corazón y poseía el sentimiento de las pasiones humanas. El arbitro solicitó por tercera vez el rescate, y lord Gensifer hizo caso omiso por tercera vez de la petición. El atacante tanchinaro tiró de la anilla; el vestido cayó a los pies de Karue Liriant. Plantó cara al público, desnuda e indiferente. De hecho, sonrió levemente. Adoptó una postura seductora, apoyándose en un pie, mirando por encima de un hombro y después por el otro, mientras la multitud parpadeaba de asombro ante una exhibición tan poco frecuente.

Una pregunta extraña acudió a la mente de Glinnes. ¿Estaría Karue Liliant embarazada? No se le había ocurrido a él solo la idea, pues un murmullo recorrió las graderías. Lord Gensifer se apresuró a cubrirla con una capa y ayudó a bajar a su sheirl, todavía sonriente, del pedestal. Después se volvió hacia el equipo.

—Esta noche no habrá fiesta. Me toca ahora el penoso deber de castigar la insubordinación. Tyran Lucho, puedes considerarte libre de toda responsabilidad. Glinnes Hulden, tu conducta...

—Puede ahorrarse sus críticas, lord Gensifer —replicó Glinnes—. Abandono el equipo. Jugar en estas condiciones es imposible.

—Yo también abandono —anunció Ervil Savat, el atacante izquierdo.

—Y yo —dijo Wilmer Guff, el libre derecho, uno de los jugadores más combativos.

El resto del equipo vaciló. Si todos abandonaban, quizá no encontraran un equipo organizado en el que jugar. Se mantuvieron en un embarazoso silencio.

—Pues muy bien —dijo lord Gensifer—. Es un placer librarnos de vosotros. Habéis sido muy tercos..., y tú Glinnes Hulden, y tú, Tyran Lucho, habéis procurado en todo momento socavar mi autoridad.

—Pero conseguimos marcar uno o dos tantos —dijo Lucho—. Da igual... Buena suerte para usted y sus Gorgonas.

Se quitó la máscara y se la tendió a lord Gensifer. Glinnes le imitó, seguido de Ervil Savat y Wilmer Guff. Porrazo Candof, el único defensa eficiente, comprendió que carecía de sentido seguir jugando en el equipo superviviente, y también entregó la máscara al capitán del equipo.

—Esta noche iremos todos a mi casa —dijo Glinnes a sus compañeros al salir del vestuario—, para celebrar lo que será, de hecho, nuestra fiesta de celebración de la victoria. Nos hemos librado del zoquete de Tammi.

—Una idea excelente —dijo Lucho—. Me apetece tomar un par de jarras, pero encontraremos más diversiones en la playa de Altramar y un público muy complaciente.

—Como quieras. Mi terraza es muy tranquila por la noche. Sólo yo me siento, y tal vez uno o dos merlings cuando estoy ausente.

De camino al muelle se toparon con Carbo Gilweg, acompañado de dos defensas tanchiranos, todos de muy buen humor.

—Habéis jugado bien, Gorgonas, pero hoy os ha tocado enfrentaros con los desesperados Tanchinaros.

—Gracias por el consuelo — dijo Glinnes—. Pero no nos llames Gorgonas. Ya no merecemos tal distinción.

—¿Cómo es eso? ¿Ha abandonado lord Gensifer su propósito de dirigir un equipo de hussade?

—Nos ha abandonado a nosotros, y nosotros le abandonamos a él. Los Gorgonas todavía existen, al menos eso creo. Lo único que necesita Tammi es una nueva delantera.

—Por una extraña coincidencia —dijo Carbo Gilweg—, es lo que también necesitan los Tanchinaros... ¿Adónde vais?

—A casa de Lucho, en Altramar, para celebrar la victoria en privado.

—Para disfrutar de una versión más auténtica, lo mejor será que visitéis a los Gilweg.

—Me temo que no será posible —adujo Glinnes—. No os agradará ver nuestras caras en la fiesta.

—¡Al contrario! Me impulsa un motivo especial al invitarnos. Parémonos en la Tenca Mágica a tomar una jarra de cerveza.

Los ocho hombres tomaron asiento alrededor de una mesa redonda, y la camarera trajo ocho enormes jarras.

Gilweg frunció el ceño mientras contemplaba la espuma de su cerveza.

—Permitidme que os esboce una idea..., una obvia y excelente idea. Los Tanchinaros, como lord Gensifer, necesitan una delantera. No es ningún secreto; todo el mundo admite el hecho. Formamos un equipo de diez defensas y un tonel de cerveza.

—Me parece muy bien y adivino por dónde vas —dijo Glinnes—, pero vuestros delanteros, sean o no defensas, se opondrán.

—No tienen ningún derecho a oponerse. El club de los Tanchinaros está abierto; cualquiera puede unirse, y si se gana el puesto juega. ¡Pensad en ello! ¡Por primera vez en la historia, los miserables Tanchinaros de Saurkash pueden formar un auténtico equipo.

—Una idea muy atrayente. —Glinnes miró a sus compañeros—. ¿Qué pensáis?

—Quiero jugar al hussade —dijo Wilmer Guff—. Me gusta ganar. Estoy a favor del proyecto.

—Contad conmigo —dijo Lucho—. Quizá tengamos la oportunidad de jugar contra los Gorgonas.

Savat se adhirió a la propuesta, pero Candolf se mostraba indeciso.

—Yo soy defensa. No hay sitio para mí en los Tanchinaros.

—No estés tan seguro —dijo Gilweg—. Nuestro defensa lateral izquierdo es Pedro Shamoran, y una pierna no le responde bien. Habrá muchos puestos libres, y es posible que te adjudiquemos el de libre izquierdo: eres lo bastante rápido para ganártelo. ¿Por qué no lo pruebas?

—Muy bien. ¿Porqué no?

Gilweg levantó su jarra.

—¡Muy bien, acordado! ¡Y ahora es el momento de que todos juntos celebremos la victoria de los Tanchinaros!




12
Cuando Glinnes llegó a su casa, a última hora de la mañana siguiente, descubrió una barca desconocida amarrada al muelle. No había nadie sentado en la terraza, y la casa estaba vacía. Glinnes salió a echar un vistazo y vio a tres hombres paseando por el prado: Glay, Akadie y Junius Farfan. Los tres iban vestidos con pulcros trajes negros y grises, el uniforme de la fanscherada. Glay y Farfan se hallaban enzarzados en una apasionada discusión. Akadie caminaba algo apartado.

Glinnes fue a su encuentro. Akadie esbozó una sonrisa tímida al observar el asombro de Glinnes.

—Jamás creí que se mezclara con esa basura —rezongó Glinnes.

—Hay que avanzar con los tiempos —dijo Akadie — . La verdad es que estos ropajes me divierten.

Glay le dirigió una mirada fría; Junius Farfan se limitó a reír.

Glinnes indicó con un gesto la terraza.

—¡Sentaos! ¿Queréis beber vino?.

Farfan y Akadie tomaron un vaso de vino. Glay rehusó la invitación. Siguió a Glinnes al interior de la casa donde había pasado su niñez y paseó la mirada en derredor como si fuera un extraño. Dio media vuelta y avanzó hacia Glinnes.

—Te propongo una cosa —dijo — . Tú quieres la isla Ambal. —Miró a Junius Farfan, que había depositado un sobre encima de la mesa—. Tendrás la isla Ambal. Aquí tienes el dinero para desalojar a Casagave.

Glinnes se inclinó para coger el sobre, pero Glay lo apartó.

—No tan de prisa. Cuando Ambal vuelva a ser tuya, puedes ir a vivir allí, si quieres. Y yo me quedaré con Rabendary.

Glinnes se le quedó mirando, asombrado.

—¿Ahora quieres Rabendary? ¿Por qué no podemos vivir aquí juntos, como hermanos, y trabajar la tierra?

Glay meneó la cabeza.

—A menos que cambiaras de actitud, nos pasaríamos el tiempo discutiendo. No quiero malgastar mis energías. Quédate con Ambal y yo con Rabendary.

—Es la proposición más fantástica que jamás he oído, puesto que ambas me pertenecen.

—Siempre que Shira esté muerto —repuso Glay, agitando la cabeza.

—Shira está muerto. —Glinnes fue a su escondite, desenterró el pote y sacó la faltriquera de oro, que arrojó sobre la mesa de la terraza—. ¿Te acuerdas de esto? Se lo quité a tus amigos los Drosset. Asesinaron y robaron a Shira y le arrojaron a los merlings.

Glay contempló la faltriquera.

—¿Lo confesaron?

—No.

—¿Puedes demostrar que se lo quitaste a los Drosset?



—Ya me has oído.

—No es suficiente —dijo con brusquedad Glay.

Glinnes volvió lentamente la cabeza y miró a Glay. Se puso en pie poco a poco. Glay estaba sentado tan rígido como un poste de acero.

—Tu palabra es suficiente. Glinnes, por supuesto —se apresuró a intervenir Akadie —. Siéntate.

—Que Glay retire su observación y se marche.

—Glay sólo quería dar a entender que tu palabra no es legalmente suficiente. Glinnes. Siéntate. ¿No es verdad, Glay?

—Sí, sí —dijo Glay con voz aburrida—. En lo que a mí concierne, tu palabra es suficiente. La propuesta sigue en pie.

—¿A qué viene ese repentino deseo de volver a Rabendary? —preguntó Glinnes—. ¿Vas a retirarte de tu baile de disfraces?

—Todo lo contrario. Fundaremos en Rabendary una comunidad fanscher, una academia de formulaciones dinámicas.

—Por las estrellas —se maravilló Glinnes—. Formulaciones. ¿Con qué propósito?

—Intentamos fundar una academia dedicada a la realización de logros —dijo Junius Farfan con suavidad.

Glinnes desvió la mirada hacia el ancho de Ambal, pensativo.

—Admito mi perplejidad. El Cúmulo de Alastor cuenta con una edad de miles de años; trillones de hombres pueblan la galaxia. A todo lo largo de la existencia, en todas partes, grandes filósofos han planteado problemas y los han resuelto. Se ha llevado cabo todo lo concebible, no hay meta que no se haya alcanzado, no sólo una, sino miles de veces. Es bien sabido que vivimos el dorado atardecer de la raza humana. Por tanto, en nombre de las Treinta Mil Estrellas, ¿dónde vais a encontrar una parcela virgen de conocimiento que con tanta urgencia deba desarrollarse en el prado de Rabendary?

Glay hizo un gesto de impaciencia, como cansado de la embarazosa estupidez de Glinnes. Junius Farfan, sin embargo, respondió con cortesía.

—Estos conceptos, por supuesto, son familiares para nosotros. Es fácil demostrar, con todo, que el campo de conocimientos, y por tanto de las realizaciones, es ilimitado. Siempre existe una frontera entre lo conocido y lo desconocido. En esta situación, las oportunidades son también ilimitadas para un número ilimitado de gente. No pretendemos ni tan sólo esperamos extender el conocimiento hacia nuevas fronteras. Nuestra academia es meramente preparatoria; antes de explorar nuevos campos hemos de delinear los antiguos y definir las áreas en que la realización es posible. Es un trabajo tremendo. Espero terminar mis días como un simple precursor. Aun así, le habré dado un sentido a mi vida.

Glinnes Hulden, te invito a unirte a la fanscherada y a compartir nuestro gran designio.

—¿Y a llevar un uniforme gris, abandonando el hussade y las observaciones de estrellas? De ninguna manera. Me importa muy poco conseguir algo o no. En cuanto a vuestra academia, si la establecéis en el prado me estorbaréis la vista. Fijaos en la luz que cae sobre el agua, fijaos en el color de los árboles. De repente, vuestra cháchara sobre «realizaciones» y «significados» se me antoja pura vanidad... La charla pomposa de unos niños.

—Estoy de acuerdo en lo de «vanidad» —rió Junius Farfan—, además de arrogancia, egocentrismo, elitismo o lo que te dé la gana. Nadie ha pretendido otra cosa desde que Jan Dublays predicó la mortificación de la carne cuando escribió La rosa entre los dientes de la gárgola.

—En otras palabras —intervino Akadie con diplomacia—, la fanscherada convierte hábilmente la fuerza inherente a los vicios humanos en objetivos de aparente utilidad.

—Las discusiones abstractas son entretenidas —observó Junius Farfan—, pero debemos centrarnos en los procesos dinámicos, no en los estáticos. ¿Aprueba la propuesta de Glay?

—¿Que Rabendary se convierta en un manicomio fanscher? ¡Claro que no! ¿Es que carecéis de alma? ¡Contemplad ese paisaje! Existen grandes realizaciones humanas en el universo, pero falta belleza. Estableced vuestra academia en los lechos de lava o detrás de las Colinas Rotas, pero no aquí.

Junius Farfan se levantó.

—Buenos días.

Cogió el sobre. Glinnes alargó la mano, pero Glay le aferró la muñeca. Farfan guardó el sobre en su bolsillo.

Glay retrocedió con una sonrisa lobuna. Glinnes se inclinó hacia adelante, los músculos tensos. Junius Farfan le miró con serenidad. Glinnes se tranquilizó. La mirada de Farfan era firme, segura y desconcertante.

—Me quedaré con Glinnes —dijo Akadie —. Me acompañará a casa dentro de un rato.

—Como quieras —dijo Farfan.

Glay y él fueron hacia la barca, y tras echar una última ojeada al prado de Rabendary partieron.

—Hay algo muy insolente en esa propuesta —dijo Glinnes con los dientes apretados—. ¿Me toman por un imbécil que se deja desplumar con toda facilidad?

—Están absolutamente seguros de sus propósitos —dijo Akadie

—Quizá confundes seguridad con insolencia... Estoy de acuerdo en que a veces convergen. De todas formas, ni Glay ni Junius Farfan son insolentes. Farfan, de hecho, es extraordinariamente suave. Glay puede parece algo distante, pero es una persona leal.

Glinnes apenas podía contener su indignación.

—¿A pesar de que me engañan de ocho maneras diferentes y me roban la propiedad? Creo que necesita reexaminar sus conceptos.

Akadie dio a entender que no insistiría en el tema.

—Asistí al partido de hussade de hoy. Debo reconocer que fue muy divertido, aunque el juego carecía de bastante precisión. El hussade es, ante todo, interacción entre personalidades. Ningún partido se parece a otro. Incluso me inclino a creer que las máscaras se reconocen inconscientemente como una necesidad, para impedir que las personalidades dominen el juego.

—En el hussade, todo puede ser cierto. Sé que soy incapaz de soportar la personalidad de lord Gensifer, con el resultado de que jugaré con los Tanchinaros.

Akadie asintió, dando a entender que ya lo sabía.

—Esta mañana me he encontrado por casualidad con lord Gensifer, en la posada del Valle Plácido de Voulash. Tras una taza de té admitió que había despedido a varios jugadores por insubordinación.

—¿Insubordinación? —tronó Glinnes—. Para ser más exactos, por incompatibilidad. ¿Qué hacía en Voulash? Le advierto que la pregunta es casual. No tengo la intención de pagar por la respuesta.

—Lord Gensifer estaba discutiendo de hussade con un miembro de los Alcatraces de Voulash. —Akadie habló con dignidad—. Creo que intentaba convencer a varios de que jugasen con los Gorgonas.

—¡Vaya, vaya! ¿Así que lord Gensifer se resiste a desistir?

—Al contrario. Está más animado que nunca. Afirma que sólo ha sido derrotado por culpa de chiripas y torpezas, más no por los oponentes.

Glinnes rió despectivamente.

—Siempre que lord Gensifer terminaba sentado en el depósito de castigo, conseguíamos marcar un tanto. Cuando daba instrucciones, nos barrían en toda la línea.

—¿Te irá mejor con el viejo Neronavy? No se destaca por el juego imaginativo.

—Muy cierto. Pienso que podemos mejorarlo. —Glinnes reflexionó un momento—. ¿Le importaría volver a Voulash?

—No tengo nada mejor que hacer —dijo Akadie.

Denzel Warhound vivía en una cabaña situada entre dos enormes myrsilos, en el fondo del Valle Plácido. Aún no se había enterado de la visita de lord Gensifer a Voulash, pero no mostró sorpresa ni rencor.

—Los Alcatraces nacieron como una diversión en ratos libres. Me sorprende que el equipo haya cuajado tan bien. Un momento. —Fue al teléfono y habló durante varios minutos con alguien cuya cara Glinnes no podía ver, y después volvió al porche — . Los dos atacantes, los dos laterales y un libre... Ahora todos son Gorgonas. Los Alcatraces han volado por última vez este año, te lo aseguro.

—Tal vez te interese saber —dijo Glinnes— que los Tanchinaros podrían necesitar un capitán audaz. Neronavy no está tan en forma como debería. Con un capitán inteligente, los Tanchinaros podrían ganar mucho dinero.

Denzel Warhound se pellizcó la barbilla.

—Según creo, el de los Tanchinaros es un club abierto.

—Tan abierto como el aire.

—La idea, sin duda alguna, tiene gancho.



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